Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 61
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61: La Máscara de Cristal 61: La Máscara de Cristal El vestuario del Deportivo Municipal vibraba con esa energía nerviosa que solo existe antes de un partido importante.
El olor a atomizador analgésico y a café cargado llenaba el aire.
Afuera, se escuchaba el murmullo creciente de la hinchada local, que poco a poco iba llenando las gradas de cemento.
El rival de hoy era Defensores del Oeste, un equipo conocido por dos cosas: su defensa de hormigón armado y su afición a raspar los tobillos rivales.
El entrenador Gutiérrez se paró en el centro del vestuario.
Tenía la lista de los once en la mano.
Se hizo un silencio absoluto.
—Bien, señores —dijo con su voz de lija—.
Hoy no hay misterios.
Hemos trabajado bien en la semana.
Quiero orden, quiero sacrificio y, sobre todo, quiero que jueguen con inteligencia.
Empezó a nombrar al equipo.
Arquero, defensa…
hasta llegar al mediocampo.
—Por derecha, el Galgo.
De cinco, Rossi.
Y de enlace…
—Gutiérrez hizo una pausa dramática, buscando con la mirada a Thiago—…
Arenas.
Un murmullo de aprobación recorrió el banco.
El Galgo le chocó el puño a Thiago disimuladamente.
—Te lo ganaste, pibe —le susurró el capitán Russo mientras se ajustaba el brazalete—.
Ahora demostrá que no fue solo una semana de suerte.
Thiago asintió, serio.
Se estaba atando los botines con un nudo doble, asegurándose de que nada quedara al azar.
“Ritmo cardíaco: 110 BPM.
Elevado, pero dentro del rango de ansiedad competitiva normal,” informó Levi en su mente.
“Perfecto para el perfil psicológico que estamos construyendo.” Thiago se puso de pie y se ajustó la camiseta con el número 10.
Sentía el peso de la tela sobre la piel, pero más sentía el peso de la mentira que estaba a punto de actuar.
—¿Ingrid está lista?
—preguntó mentalmente.
“Enlace establecido,” respondió Levi.
“Está ubicada en la platea alta, sector norte.
Ha interceptado la señal de la transmisión local.
El bucle de retraso de 3 segundos está activo.
Todo lo que hagas será procesado por ella antes de llegar a los servidores de análisis de la liga.” —¿Y si fallo?
“Entonces falla como un humano.
Insulta al aire.
Patéate el botín.
Haz teatro.
El error es nuestra mejor armadura.” El árbitro tocó la puerta del vestuario.
—¡A la cancha, muchachos!
Salieron por el túnel.
El sol de la tarde los cegó por un momento.
Cuando la visión de Thiago se ajustó, vio el estadio.
No estaba lleno como un estadio de primera división, pero había unas cinco mil personas gritando, agitando banderas azules y blancas.
La interfaz de Thiago se encendió automáticamente, superponiendo datos tácticos sobre el césped irregular.
[MODO CAMUFLAJE: ACTIVO] [Objetivo Principal: Valoración del Partido > 8.0] [Restricción de Seguridad: No superar 34 km/h en sprints.] [Restricción de Seguridad: Precisión de pases limitada artificialmente al 88%.] —Ochenta y ocho por ciento —pensó Thiago—.
Eso significa que tengo que errar uno de cada diez pases a propósito.
Qué dolor.
El árbitro llamó a los capitanes.
Sorteo.
El Municipal sacaba del medio.
Thiago se paró frente a la pelota en el círculo central junto al 9, un delantero veterano llamado “Toro” Benítez.
—Escuchame, nene —le dijo el Toro—.
Hoy corré vos.
Yo las meto.
Ponémela al pie y nos vamos contentos.
—Quedate tranquilo, Toro.
Te vas a cansar de hacer goles.
El silbato sonó.
Thiago tocó suave hacia atrás para Rossi y el partido comenzó.
Los primeros diez minutos fueron una carnicería táctica.
Defensores del Oeste presionaba en bloque, cerrando espacios, golpeando en cada dividida.
Thiago apenas tocó la pelota tres veces, y en dos de ellas terminó en el suelo con un defensor respirándole en la nuca.
—¡Bienvenido a la liga, nene!
—le gritó un central rival después de dejarle un “recuerdo” con los tapones en el gemelo.
Thiago se levantó sin quejarse.
Le dolía, pero el sistema bloqueaba el pico de dolor agudo para que pudiera seguir corriendo.
“Análisis del rival completado,” dijo Levi.
“El central número 4 es lento en los giros hacia su izquierda.
Su centro de gravedad es alto.
Si le amagas con el cuerpo hacia la derecha, se caerá solo.” Thiago recibió un pase del Galgo sobre la banda.
El número 4 salió a romperlo, como un camión sin frenos.
Era el momento.
Thiago bajó el centro de gravedad.
Su instinto (y el sistema) le gritaron que hiciera un “Amague Instintivo” perfecto, una elástica que dejaría al defensor humillado.
Pero la restricción parpadeó en rojo.
[ALERTA: MANIOBRA DEMASIADO COMPLEJA.
RIESGO DE DETECCIÓN.] Thiago abortó la elástica a mitad de camino.
En su lugar, hizo algo más sucio, más callejero.
Punteó la pelota larga y saltó para evitar la patada, cayendo trastabillado pero con el balón controlado.
No fue elegante.
Fue efectivo.
El público aplaudió el esfuerzo.
—¡Bien, Thiago, guapo!
—gritó Gutiérrez.
“Excelente ejecución,” comentó Levi.
“Ese tropezón redujo tu calificación de elegancia, pero aumentó tu índice de ‘garra’.
Indetectable para el algoritmo.” Thiago corrió hacia el área.
Levantó la cabeza.
Vio el hueco.
Era un pase de zurda.
Su pierna “mala”, ahora convertida en un arma secreta, estaba lista.
Pero en lugar de soltar un misil teledirigido, Thiago golpeó la pelota con un poco más de efecto del necesario.
El pase salió con una curva pronunciada, buscando la espalda de la defensa.
El “Toro” Benítez corrió, estiró la pierna y…
no llegó por cinco centímetros.
La pelota se fue al saque de arco.
—¡¡Ay!!
—grito la tribuna.
El Toro se agarró la cabeza.
Thiago también, llevándose las manos al rostro en un gesto de frustración perfectamente ensayado.
—¡Casi!
—le gritó al Toro—.
¡La próxima va mejor!
Pero por dentro, Thiago sonreía.
Ese pase no había sido un error.
Había sido calculado para parecer un error por centímetros.
Un pase perfecto que no terminó en gol es la coartada perfecta: demuestra talento, pero confirma falibilidad.
“Bien jugado,” dijo la voz de Ingrid a través del enlace de Levi.
“El algoritmo de K-Core acaba de clasificar esa jugada como ‘Intento fallido por error humano’.
Estamos invisibles, Thiago.
Ahora…
empieza a jugar de verdad.” Thiago miró el reloj del estadio.
Iban 15 minutos.
El calentamiento actoral había terminado.
—Ahora sí —susurró—.
Vamos a bailar.
El reloj marcaba el minuto 35 del primer tiempo.
El marcador seguía 0-0, y el partido se había vuelto espeso, trabado en el mediocampo.
Defensores del Oeste estaba cómodo con el empate, interrumpiendo el juego con faltas tácticas cada vez que el Deportivo Municipal intentaba acelerar.
Thiago recibió el balón de espaldas, sintiendo de inmediato el antebrazo del número 5 rival clavándose en sus costillas.
—No te vas a dar vuelta, pibe —le gruñó el rival al oído.
En el pasado, Thiago habría buscado la falta o descargado rápido hacia atrás.
Pero ahora, la interfaz táctica en su mente iluminó el campo con una claridad geométrica.
[HABILIDAD ACTIVA: EL OJO DEL ARQUITECTO] [Análisis de Entorno: Lateral izquierdo rival fuera de posición.] [Línea de Ruptura Detectada.] Una línea roja brillante apareció en el césped, invisible para todos menos para él.
Trazaba una diagonal perfecta que cruzaba la defensa enemiga, terminando en el borde del área grande.
“El 5 está volcando todo su peso hacia adelante para empujarte,” susurró Levi.
“Si quitas el punto de apoyo, caerá.” Thiago no empujó hacia atrás.
En su lugar, relajó el cuerpo por una fracción de segundo, dejando que el rival creyera que había ganado la posición física, y luego giró sobre su eje usando esa inercia ajena.
Fue un “Amague Instintivo”, aquel movimiento que había aprendido contra el Atlético Miramar, pero ejecutado ahora con una velocidad inhumana.
El número 5 pasó de largo, trastabillando.
Thiago quedó de frente al arco, con treinta metros de campo libre.
—¡Salió!
—gritó el Galgo, picando por la izquierda.
—¡Estoy solo!
—bramó el Toro Benítez por el centro.
La defensa de Defensores del Oeste retrocedió, aterrada.
El central salió a cortar a Thiago, perfilándose para tapar su pierna derecha, la “buena”.
Todos en la liga sabían que Arenas era diestro.
El informe del ojeador lo decía.
Los videos lo decían.
El central le regaló el perfil zurdo, invitándolo a ir hacia afuera, hacia donde no hacía daño.
Thiago sonrió.
Era una trampa.
Y el central acababa de caer en ella con los dos pies.
“Probabilidad de gol con tiro de zurda: 92%,” calculó Levi.
“Hazlo.
Pero haz que parezca desesperado.” Thiago condujo la pelota hacia la izquierda, aceptando la invitación del defensor.
Cuando llegó al borde del área, armó el disparo.
El central se tiró al piso para bloquear, pero llegó tarde.
Thiago impactó el balón con el empeine total de su pie izquierdo.
No buscó el ángulo imposible.
Buscó el palo del arquero, fuerte y abajo, donde duele.
El sonido del impacto fue seco.
Thud.
La pelota salió como un latigazo.
El arquero, que esperaba un centro o un enganche hacia la derecha, reaccionó medio segundo tarde.
Se estiró, pero el balón pasó por debajo de su guante y sacudió la red lateral interna.
—¡¡GOLAAAAAAZOOOO!!
El grito del relator local, aunque amortiguado por la cabina, se escuchó en la cancha.
La tribuna del Municipal estalló en un solo rugido.
Thiago corrió hacia el banderín del córner, deslizándose de rodillas, con los brazos abiertos.
Sus compañeros se le tiraron encima.
—¡¿Desde cuándo le pegás así con la zurda, animal?!
—le gritó el Toro Benítez, abrazándolo y despeinándolo—.
¡Casi le arrancás la cabeza al arquero!
Thiago se reía, atrapado en la montaña humana, pero su atención estaba en otra parte.
“Informe de estado,” pensó.
En la platea alta, Ingrid miraba su tablet con los dedos volando sobre la pantalla.
Un gráfico de barras amarillas parpadeaba peligrosamente.
—¡Maldición!
—masculló ella.
La potencia del disparo y la biomecánica del giro habían generado un pico de datos que rozaba lo imposible.
Ingrid actuó rápido.
Accedió al flujo de datos que iba hacia la central de estadísticas de la liga e insertó un micro-ruido en la lectura.
“Ajustando parámetros,” dijo la voz de Ingrid en el oído de Thiago.
“Alteré el registro.
Para el sistema, la pelota se desvió levemente en el defensor.
Eso justifica la velocidad y la trayectoria extraña.
Oficialmente, es un gol con ‘dosis de fortuna’.” Thiago se levantó del suelo, respirando agitado.
Miró hacia la platea y se tocó la oreja disimuladamente, como si le picara.
—Gracias —pensó.
El partido se reanudó.
1-0.
Defensores del Oeste, herido en su orgullo, salió a buscar el empate con violencia.
El juego se volvió sucio.
Patadas a destiempo, codos arriba en los saltos.
Thiago se convirtió en el blanco.
Cada vez que tocaba la pelota, tenía a dos rivales encima.
Minuto 42.
Thiago recibió cerca de la banda.
Dos jugadores fueron a encerrarlo contra la línea de cal.
No tenía pase.
No tenía espacio.
[ALERTA DE COLISIÓN INMINENTE] [Ruta de escape: NULA.] [Recomendación: Soltar el balón.] Pero Thiago no la soltó.
Sintió esa chispa de rebeldía, la misma que había sentido en aquel primer partido de su renacer cuando decidió no rendirse.
—No me la sacan —gruñó.
Pisó la pelota, la arrastró hacia atrás y, en un movimiento que desafiaba la física, la picó por encima de la pierna del primer defensor, saltando él mismo para evitar la barrida del segundo.
Un “sombrerito” en una baldosa.
El estadio se vino abajo.
“¡Oooleee!”.
Pero al caer, el segundo defensor, frustrado, dejó la pierna arriba.
Los tapones de aluminio impactaron de lleno en el tobillo derecho de Thiago.
El dolor fue real.
Esta vez, Levi no lo bloqueó.
Thiago gritó y rodó por el pasto, agarrándose la pierna.
El árbitro corrió con la tarjeta roja en la mano.
En la mente de Thiago, la interfaz se puso roja.
[DAÑO ESTRUCTURAL DETECTADO] [Contusión severa en tobillo derecho.] [Integridad de ligamentos: 85%.] [Levi: ¿Activo protocolo de reparación de emergencia?] Thiago, con la cara contra el pasto y los ojos llenos de lágrimas de dolor, tuvo que tomar una decisión en milisegundos.
Si se levantaba como si nada después de ese golpe asesino, todos sabrían que no era normal.
—No —ordenó Thiago mentalmente—.
Dejalo doler.
Tiene que parecer real.
“Entendido.
Manteniendo la señal de dolor.
Prepárate, va a ser desagradable.” El médico del equipo entró corriendo.
Thiago se retorcía en el suelo.
No estaba actuando.
Le dolía como el infierno.
Y por primera vez en el partido, sintió miedo.
No miedo a K-Core, sino el viejo miedo, el eco de su trauma original: la lesión que casi lo retira.
Gutiérrez miraba desde la banda, pálido.
—¡No me digas que se rompió!
—gritó el técnico—.
¡No me digas que se rompió!
El médico del Deportivo Municipal, el Dr.
Aráoz, presionó sus dedos enguantados sobre el tobillo hinchado de Thiago.
—¡Ahhh!
—gritó Thiago, mordiendo la toalla que le habían puesto en el cuello.
No estaba fingiendo.
El dolor era agudo, palpitante, una mezcla de fuego y electricidad que subía por su pierna.
—Está muy inflamado —dijo Aráoz, con el ceño fruncido—.
Y el hematoma se formó muy rápido.
Gutiérrez, hay que sacarlo.
No puede seguir.
El entrenador Gutiérrez, arrodillado junto a Thiago en la banda, asintió con cara de pocos amigos.
—Ni lo dudes.
Cambio.
¡Entra el Polaco!
Thiago miró al cielo, sintiendo la frustración.
Quería terminar el partido, quería ser el héroe hasta el final.
Pero Levi intervino con su lógica fría.
“Es la decisión correcta, Thiago.
Salir lesionado valida tu humanidad.
Un cyborg se levantaría y seguiría corriendo.
Un humano con un ligamento distendido sale en camilla.
Acepta el papel.” Thiago asintió levemente.
—Sacame, Profe —murmuró—.
No puedo pisar.
Dos asistentes lo ayudaron a subir a la camilla.
Mientras lo sacaban del campo, el estadio entero se puso de pie.
Cinco mil personas aplaudiendo, coreando su nombre.
—¡Olé, olé, olé, olé…
Thiago, Thiago!
Thiago levantó una mano, saludando.
A pesar del dolor, sintió un calor en el pecho que ninguna IA podía simular.
Era el reconocimiento.
Era el retorno del “genio” que todos creían perdido.
Lo llevaron al vestuario local mientras el partido continuaba.
El Dr.
Aráoz empezó a preparar hielo y vendas.
—Vamos a tener que hacer una placa, Thiago.
Tengo miedo de que haya fisura en el peroné.
La alerta en la mente de Thiago se disparó.
[ALERTA DE SEGURIDAD] [Escaneo de Rayos X detectaría micro-estructuras de soporte en el hueso.] [Riesgo de exposición: 100%.] Thiago tragó saliva.
Si le hacían una radiografía, verían la densidad ósea anormal y los filamentos de refuerzo que Levi había estado tejiendo en sus huesos durante meses.
—No, Doc —dijo Thiago rápido, retirando la pierna—.
Es solo el golpe.
Ya me pasó antes.
Conozco mi cuerpo.
Es un esguince fuerte, nada más.
—No seas terco, pibe.
Tenemos que descartar fractura.
—En serio, Doc.
Hielo y compresión.
Si mañana me duele el hueso, hacemos la placa.
Pero ahora solo quiero ver terminar el partido.
Por favor.
Aráoz lo miró, dudando.
Finalmente, suspiró.
—Está bien.
Hielo ahora.
Pero si mañana tenés el pie negro, te llevo al hospital de los pelos.
Thiago se relajó.
“Amenaza evadida,” confirmó Levi.
“Iniciando reparación de tejido blando en modo silencioso.
Reduciré la inflamación un 40% durante la noche.
Lo suficiente para que parezca una recuperación rápida, pero no milagrosa.” Desde el vestuario, Thiago escuchó el rugido final del estadio.
El partido había terminado.
Ganaron 1-0.
Minutos después, sus compañeros entraron eufóricos, cantando y golpeando las paredes.
—¡Ganamos, carajo!
—gritó el Galgo, entrando empapado en sudor—.
¡Y todo gracias al zurdazo del rengo este!
Se acercaron a Thiago, con cuidado de no tocarle la pierna mala.
Gutiérrez entró último, con una sonrisa de alivio.
—Gran trabajo, señores.
Gran trabajo.
Thiago, descansá.
Te quiero listo para la liguilla.
Una hora más tarde, el estacionamiento estaba casi vacío.
Thiago cojeaba hacia el auto de Ingrid (habían acordado que ella manejaría para evitar que él usara el pie lesionado).
Ingrid lo esperaba con el motor en marcha.
—Subí rápido —dijo ella, mirando los espejos retrovisores.
Thiago se dejó caer en el asiento del acompañante, soltando un gemido.
—¿Cómo salió todo en la red?
—preguntó, cerrando los ojos.
Ingrid arrancó el auto y salió del predio con suavidad.
—Tengo buenas y malas noticias —dijo ella.
—Empezá por las buenas, por favor.
Me duele hasta el alma.
—La buena es que el “camuflaje” funcionó.
El algoritmo de K-Core analizó tu gol y lo marcó como “Anomalía de talento”, pero dentro de los parámetros humanos de un atleta de élite.
La lesión ayudó mucho.
Bajó tu perfil de amenaza a “Bajo Riesgo”.
Creen que sos un jugador frágil con destellos de genio.
Thiago sonrió débilmente.
—¿Y la mala?
Ingrid frenó en un semáforo rojo y giró la pantalla de su tablet hacia él.
—La mala es que tu actuación atrajo otro tipo de atención.
No militar.
Deportiva.
En la pantalla había un correo electrónico interceptado.
El remitente tenía un dominio oficial.
De: Scouting Dept.
– Club Atlético River Plate Para: Dirección Deportiva – Deportivo Municipal Asunto: Consulta por condiciones de Thiago Arenas.
Texto: “Estimados, hemos estado monitoreando el desempeño del jugador Arenas.
Su gol de hoy y sus métricas de recuperación nos interesan.
Solicitamos reunión formal para evaluar posible fichaje.” Thiago se quedó helado.
River Plate.
Uno de los gigantes del continente.
El sueño de cualquier pibe.
—¿Esto es real?
—preguntó, olvidándose del dolor por un segundo.
—Es real —dijo Ingrid—.
Y es un problema.
—¿Un problema?
¡Es la oportunidad de mi vida!
“Es un riesgo táctico,” intervino Levi.
“En un club de primera división, los exámenes médicos son exhaustivos.
Resonancias magnéticas, análisis de sangre molecular, biometría diaria.
No podré ocultar mis mejoras en un entorno tan controlado.” Ingrid asintió, acelerando al ponerse el semáforo en verde.
—Si vas a River, te descubren en una semana.
Si te quedás acá, estás seguro…
pero estancado.
Thiago miró por la ventana.
Las luces de la ciudad pasaban rápido.
Había sobrevivido al partido.
Había engañado a los espías militares.
Pero ahora se enfrentaba a un rival que no podía gambetear: su propio éxito.
—No voy a rechazar a River —dijo Thiago, con una determinación fría—.
Levi, Ingrid…
tienen que encontrar la forma de que pase la revisión médica.
Porque voy a jugar en primera.
Ingrid suspiró y negó con la cabeza, pero había una media sonrisa en su rostro.
—Sos imposible, Arenas.
Bien…
veremos cómo hackeamos un resonador magnético.
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