Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 62

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Fútbol: El Sistema del Renacer
  4. Capítulo 62 - 62 El Umbral de la Verdad
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

62: El Umbral de la Verdad 62: El Umbral de la Verdad El amanecer se coló por la persiana de la habitación, pero Thiago no se despertó con la luz.

Se despertó con el latido.

Su tobillo derecho tenía su propio corazón.

Un tump-tump-tump caliente y pesado que irradiaba dolor hasta la rodilla.

Se sentó en la cama con una mueca y levantó la sábana.

Lo que vio le revolvió el estómago.

Su tobillo era una masa deforme de colores violetas, negros y amarillos, hinchado hasta el punto de que el hueso del tobillo había desaparecido bajo la inflamación.

—Mierda…

—susurró—.

Esto se ve peor que ayer.

“Apariencia visual: Consistente con traumatismo severo,” diagnosticó Levi en su mente, con su habitual tono clínico.

“He mantenido la congestión vascular superficial para simular un daño mayor.

Pero internamente, los ligamentos ya están al 60% de integridad estructural.

Podrías caminar si quisieras, pero no debes hacerlo.” —No te preocupes, no tengo ganas de caminar —respondió Thiago, dejándose caer de nuevo en la almohada.

La puerta de la habitación se abrió suavemente.

Su madre entró con una bandeja: tostadas, café con leche y una bolsa de hielo nueva.

Tenía los ojos rojos, como si hubiera estado llorando, pero una sonrisa extraña, casi incrédula, en los labios.

—Buen día, campeón —dijo ella, dejando la bandeja en la mesa de luz—.

¿Cómo está esa pata?

—Duele, ma.

Pero creo que no está roto.

Ella se sentó al borde de la cama y suspiró.

—El teléfono de casa no paró de sonar desde las ocho de la mañana.

Tuve que desconectarlo.

Thiago se tensó.

—¿Quiénes eran?

—Periodistas de la radio local.

Un tal “Beto” que dice que es representante.

Y…

—Ella hizo una pausa, mirándolo a los ojos—.

Llamó Gutiérrez.

Dijo que viene para acá al mediodía.

Y que no viene solo.

El corazón de Thiago dio un vuelco.

—¿Viene con la gente de River?

Su madre asintió, llevándose una mano al pecho.

—Thiago…

River Plate.

Es una locura.

Hace seis meses estábamos rogando que pudieras volver a trotar en el parque, y ahora te busca un grande.

—Le acarició el pelo—.

Pero tengo miedo, hijo.

Mirá cómo tenés el pie.

¿Y si te apurás y te rompés para siempre?

Thiago le tomó la mano.

—No me voy a romper, ma.

Estoy fuerte.

Más fuerte que nunca.

—Eso espero.

Porque si te vas a Buenos Aires…

vas a estar solo.

Cuando su madre salió de la habitación para atender otra llamada (esta vez al celular), la interfaz de Levi se desplegó sobre el techo de la habitación.

[EVENTO INMINENTE: NEGOCIACIÓN DE TRANSFERENCIA] [Nivel de Riesgo: CRÍTICO] [Obstáculo Principal: Examen Médico de Ingreso (Nivel 4)] “Ingrid me ha enviado los protocolos médicos de River Plate,” informó Levi.

“No son broma.

Hacen un mapeo corporal completo.

Resonancia magnética de 3 Teslas, ecografía Doppler y análisis de sangre para marcadores genéticos.

Si entras en esa máquina, verán los filamentos de carbono en tus huesos y la actividad eléctrica anómala en tu cerebro.

Serás clasificado como ‘Sujeto Mejorado Ilegalmente’ o, peor aún, como un experimento militar.” Thiago sintió un sudor frío.

—¿Entonces qué hago?

¿Les digo que no?

¿Les digo que soy hincha de Boca y que no quiero ir?

Es la oportunidad de mi vida, Levi.

Si digo que no, voy a seguir jugando en canchas de tierra el resto de mi carrera.

“No dije que digas que no.

Dije que es un riesgo crítico.

Tenemos que cambiar las reglas del juego.” El celular de Thiago vibró.

Era un mensaje de Ingrid.

Ingrid (Soporte): “Estoy en el sistema del hospital donde River hace las revisiones.

Es seguridad nivel bancario.

No puedo borrar los resultados si te meten en el resonador.

La única opción es que NO te metan en el resonador.” Thiago escribió torpemente con una mano.

Thiago: “¿Cómo evito eso?

Es obligatorio.” Ingrid (Soporte): “Gana tiempo.

Tu lesión es nuestra mejor arma.

Si logramos convencerlos de que te fichen AHORA pero te revisen DESPUÉS, cuando la ‘inflamación baje’, Levi puede reabsorber los filamentos temporales y esconderse en la materia blanca de tu cerebro.

Necesitamos 3 semanas de limpieza biológica.” Thiago: “¿Tres semanas?

El mercado de pases cierra en 5 días.” Ingrid (Soporte): “Entonces vas a tener que ser el mejor actor del mundo.

Cuando vengan hoy, no vendas salud.

Vendé futuro.” Thiago dejó el celular.

—Vender futuro…

—murmuró.

Al mediodía, el timbre sonó.

Thiago escuchó las voces en la sala.

La voz rasposa de Gutiérrez y otra voz, más educada, con ese acento porteño inconfundible y rápido.

—¿Se puede?

—preguntó Gutiérrez asomándose a la puerta.

Detrás de él entró un hombre de unos cincuenta años, vestido con una chomba polo con el escudo de River Plate bordado y una carpeta bajo el brazo.

Tenía esa mirada de águila de quien ha visto a mil chicos jugar y sabe diferenciar el oro de la pirita.

—Hola, Thiago —dijo el hombre, extendiendo la mano—.

Soy Marcelo Funes, jefe de captación.

Lindo gol el de ayer.

Lástima el tobillo.

Thiago le estrechó la mano.

Firme.

—Gajes del oficio, Marcelo.

El defensor llegó tarde, yo llegué antes.

Así es el fútbol.

Funes sonrió.

Le gustó la respuesta.

Se sentó en una silla junto a la cama y abrió la carpeta.

—Vamos al grano, pibe.

Te venimos siguiendo.

Tu historia de la lesión, tu recuperación en el Aurora, y lo que estás haciendo en el Municipal.

Tenés técnica, tenés visión…

y ayer demostraste que tenés carácter.

River busca eso.

Carácter.

Funes sacó un pre-contrato.

—Queremos que te sumes a la Reserva inmediatamente, con proyección a Primera en seis meses.

Pero…

—Funes señaló el pie hinchado de Thiago—.

No podemos firmar nada sin ver qué hay ahí adentro.

El médico del club quiere una resonancia mañana mismo en Buenos Aires.

Te llevamos nosotros.

El silencio llenó la habitación.

Era la trampa.

Si subía a ese auto para ir a Buenos Aires mañana, estaba acabado.

“Activa el protocolo de persuasión,” susurró Levi.

“Usa la estadística.

Usa la confianza.” Thiago miró a Funes a los ojos y negó con la cabeza lentamente.

—No, Marcelo.

Mañana no.

Funes arqueó una ceja, sorprendido.

Nadie le decía que no a River.

—¿Cómo?

—Mire mi pie —dijo Thiago, señalando el desastre violeta—.

Si me meten en un viaje de cinco horas a Buenos Aires ahora, esto se va a inflamar el doble.

Y si me hacen una resonancia con este nivel de líquido, no van a ver nada claro.

Van a ver sombras.

Y van a pensar que estoy roto.

Thiago se inclinó hacia adelante, ignorando el dolor.

—Yo no estoy roto.

Es un esguince.

En tres semanas estoy corriendo.

Si me lleva ahora, voy a fallar la revisión por inflamación y usted va a perder un jugador.

Déjeme recuperarme acá, con mi gente, con mi médico.

Firme un pre-acuerdo sujeto a revisión en 20 días.

Funes lo miró, escéptico.

—River no espera, Thiago.

El mercado cierra el viernes.

Si no firmamos y te revisamos, perdemos el cupo.

—Entonces juéguesela —desafió Thiago.

Su voz sonó con una autoridad que no pertenecía a un chico de su edad.

Era Levi hablando a través de él—.

Usted vio el gol de ayer.

Vio el pase de zurda.

¿Va a dejar que me vaya a Boca o a Independiente solo porque no quiere esperar 20 días a que baje una hinchazón?

Funes sostuvo la mirada.

Gutiérrez contenía la respiración en la puerta.

El reclutador cerró la carpeta lentamente.

Se tocó la barbilla.

—Tenés agallas, pibe.

O estás muy seguro de vos mismo, o estás loco.

—Soy un 10 —sonrió Thiago—.

Un poco de las dos cosas.

El silencio en la habitación era denso.

Se escuchaba el zumbido de una mosca y la respiración entrecortada de Gutiérrez, que miraba al reclutador como quien espera un veredicto de muerte.

Marcelo Funes tamborileó los dedos sobre la carpeta de cuero.

Miró el tobillo hinchado de Thiago, luego miró sus ojos desafiantes.

Finalmente, soltó un suspiro largo y sacó una lapicera del bolsillo de su chomba.

—Está bien —dijo Funes, destapando el bolígrafo—.

Me gustan los jugadores que saben lo que valen.

Gutiérrez soltó el aire que tenía contenido en los pulmones.

—Pero escuchame bien, Arenas —advirtió Funes, apuntándole con la lapicera—.

Esto no es un regalo.

Es un préstamo de confianza.

Voy a redactar un pre-acuerdo de prioridad.

River se asegura tu ficha, y vos te asegurás tu recuperación acá.

Funes garabateó rápidamente en una hoja membretada, tachando cláusulas y agregando notas al margen.

—Tenés 20 días exactos.

El día 21, a las ocho de la mañana, te quiero en la Clínica Rossi de Buenos Aires.

Si ese tobillo sigue hinchado, o si la resonancia muestra algo raro…

el contrato se rompe y yo me olvido de que existís.

¿Trato hecho?

Thiago no dudó.

—Trato hecho.

El día 21 voy a estar nuevo.

Funes le pasó el papel y la lapicera.

Thiago firmó, sintiendo que no estaba firmando un contrato deportivo, sino una sentencia de libertad condicional.

—Bienvenido a la órbita de River, pibe —dijo Funes, guardando el documento—.

Ahora, hielo y reposo.

No quiero que pises ni una baldosa floja.

El reclutador y el entrenador se despidieron.

Su madre los acompañó hasta la puerta, agradeciéndoles con esa mezcla de orgullo y terror que tienen las madres de los futbolistas.

Cuando la puerta de calle se cerró, Thiago se dejó caer en la cama, exhausto.

—¿Lo logramos?

—preguntó al aire.

El celular vibró.

Ingrid (Soporte): “Estuviste brillante y aterrador.

Funes se comió el anzuelo.

Ahora viene la parte fea.” La interfaz de Levi se materializó frente a sus ojos.

Ya no tenía el brillo verde de “Estado Óptimo”.

Ahora pulsaba en un tono ámbar de advertencia.

[PROTOCOLO DE LIMPIEZA BIOLÓGICA: INICIADO] [Objetivo: Eliminar rastros de nanotecnología y refuerzos de carbono.] [Duración estimada: 19 días.] [Efectos secundarios previstos: Debilidad muscular, fiebre, dolor óseo agudo.] “Thiago,” dijo Levi, con un tono inusualmente suave.

“Para pasar esa resonancia, tengo que desaparecer.

Literalmente.

Debo disolver los filamentos de micro-carbono que reforcé en tus ligamentos y huesos para evitar que te rompieras.

Tengo que replegar mi red neuronal a los sectores más profundos de tu cerebro, donde el escáner no pueda diferenciarme de la actividad eléctrica normal.” —¿Qué significa eso para mí?

—preguntó Thiago, sintiendo un nudo en el estómago.

“Significa que durante los próximos 20 días, no serás un superatleta.

Ni siquiera serás un atleta promedio.

Serás un humano convaleciente.

Tu fuerza bajará un 40%.

Tu resistencia será nula.

Y el proceso de reabsorción…

va a doler.

Es como tener gripe y ‘dolores de crecimiento’ multiplicados por diez.” Thiago miró su tobillo hinchado.

—¿Y el esguince?

“El esguince es real.

Y sin mi asistencia activa para acelerar la curación, va a sanar a ritmo humano.

Lento y doloroso.” Thiago cerró los ojos.

—Hacélo —ordenó—.

Si ese es el precio para jugar en Primera, lo pago.

Empezá la purga.

“Iniciando desmantelamiento estructural en 3, 2, 1…” La sensación no fue inmediata.

Empezó como un calor sutil en los huesos, una especie de fiebre interna que nacía en la médula.

Pero a los pocos minutos, el calor se convirtió en ardor.

Thiago apretó las sábanas.

Sentía como si le estuvieran limando los huesos desde adentro.

Su madre entró en la habitación, sonriendo.

—Se fueron, hijo.

¡No lo puedo creer!

¡River!

Tenemos que llamar a la tía Marta, tenemos que…

—Se detuvo al ver la cara de Thiago—.

Hijo, ¿estás bien?

Estás pálido.

Thiago intentó sonreír, pero le salió una mueca.

El dolor estaba escalando rápido.

—Es…

es la emoción, ma.

Y el tobillo me está matando ahora que se enfrió el cuerpo.

Creo que me voy a dormir una siesta larga.

Su madre se acercó y le puso la mano en la frente.

—Estás volando de fiebre, Thiago.

—Debe ser el estrés —mintió él, tiritando—.

Solo necesito dormir.

Por favor, apagá la luz y no me despiertes para cenar.

Ella lo miró con preocupación, pero asintió.

Le dio un beso en la frente, bajó la persiana y salió, cerrando la puerta con suavidad.

En la oscuridad, Thiago se hizo un ovillo en la cama.

El dolor era insoportable, como si su cuerpo se estuviera deshaciendo pieza por pieza.

“Aguanta,” susurró la voz de Levi, que ahora sonaba más lejana, más débil, como una señal de radio perdiendo fuerza.

“Estamos entrando en modo hibernación.

Estarás solo un tiempo, socio.

No hagas estupideces.” —No me dejes solo…

—susurró Thiago entre dientes, mientras una lágrima de dolor se le escapaba.

Pero la interfaz ya se había apagado.

La voz doble se había callado.

Por primera vez en meses, Thiago Arenas estaba completamente solo dentro de su cabeza.

Y se sentía más frágil que nunca.

Los días que siguieron fueron un borrón de fiebre, sudor y dolor.

Para el mundo exterior, Thiago Arenas estaba sufriendo una gripe fuerte sumada a la recuperación de su esguince.

Para Thiago, era una desintoxicación brutal.

Sentía cómo los nanobots se deshacían en su torrente sanguíneo, dejando sus huesos desnudos, vulnerables, puramente biológicos.

—Tenés que comer, hijo —le rogaba su madre al quinto día, sentada al borde de la cama con un plato de sopa.

Thiago, pálido y con ojeras profundas, apenas podía levantar la cabeza.

Se sentía liviano, pero no ágil.

Se sentía vacío.

—No tengo hambre, ma.

Solo sed.

Ingrid lo visitaba cada dos noches, entrando por la puerta trasera cuando su madre salía a hacer compras.

No traía consuelo, traía tecnología.

Le pasaba un escáner manual por las articulaciones y miraba los resultados con cara de póker.

—El nivel de residuos de carbono bajó al 15% —dijo ella en el día 12—.

Vas bien.

Pero perdiste tres kilos de masa muscular.

Estás flaco, Thiago.

—Me siento flaco —respondió él, mirando sus piernas que parecían haber perdido la potencia explosiva que tenían dos semanas atrás—.

Ingrid…

si paso la revisión, ¿voy a poder jugar?

Sin Levi, no soy el mismo.

Ingrid guardó el escáner y lo miró fijamente.

—Levi no te daba talento, Thiago.

Te daba precisión.

La visión de juego, la garra, eso estaba en tu cabeza antes de que él llegara.

Cuando te despiertes de esta pesadilla, vas a tener que aprender a usar tu cuerpo de nuevo.

Pero ahora, lo único que importa es que esa máquina no pite.

El Día 20 llegó con una lluvia torrencial.

Thiago se levantó temprano.

Su tobillo ya no estaba violeta, pero seguía sensible.

Podía caminar sin cojear si se concentraba, pero le faltaba esa seguridad de acero que tenía antes.

Se miró al espejo.

Vio a un chico joven, un poco demacrado, con miedo en los ojos.

—Hola, Thiago —se dijo a sí mismo—.

Bienvenido de vuelta a la realidad.

Un auto negro enviado por River Plate los esperaba en la puerta.

Su madre subió con él, cargando un termo y el mate, nerviosa pero intentando mostrarse fuerte.

El viaje a Buenos Aires duró cinco horas.

Thiago miró por la ventana cómo el paisaje cambiaba de los campos verdes a la jungla de cemento de la capital.

Vio el Obelisco a lo lejos, las avenidas interminables, y finalmente, el barrio de Belgrano.

El auto se detuvo frente a un edificio moderno de vidrio y acero: Centro de Diagnóstico Rossi.

Marcelo Funes los estaba esperando en la entrada, bajo un paraguas grande con los colores de River.

—Llegaron —dijo Funes, mirando el reloj—.

Puntuales.

Me gusta.

¿Cómo está esa pata?

Thiago bajó del auto.

Pisó el asfalto mojado.

Sintió una punzada leve, humana, normal.

—Está lista, Marcelo.

—Eso lo va a decir la máquina —respondió el reclutador sin sonreír—.

Vamos.

El turno es ahora.

Entraron.

El olor a clínica, limpio y antiséptico, le revolvió el estómago a Thiago.

Hicieron el papeleo rápido.

Su madre se quedó en la sala de espera, rezando en silencio.

A Thiago lo llevaron a un vestuario.

Le dieron una bata celeste descartable.

—Quítese todo.

Reloj, cadenas, celular.

Nada de metal —ordenó una enfermera con cara de aburrida.

Thiago dejó su ropa en el casillero.

Se quedó solo, descalzo sobre las baldosas frías.

Intentó buscar a Levi en su mente.

—¿Estás ahí?

—pensó.

Silencio.

Un vacío absoluto.

Levi estaba tan profundo en su subconsciente que era indetectable, incluso para él.

—Señor Arenas, pase —llamó un técnico radiólogo.

Thiago entró en la sala de resonancia.

La máquina era inmensa, un tubo blanco cilíndrico que zumbaba con una amenaza magnética.

—Acuéstate en la camilla.

Vamos a escanear tobillo, rodillas y cráneo por protocolo de conmociones previas.

No te muevas.

Va a hacer mucho ruido.

Thiago se acostó.

La camilla empezó a deslizarse hacia el interior del tubo.

El techo blanco se acercó a su cara hasta que sintió claustrofobia.

—Iniciando secuencia —sonó la voz del técnico por el intercomunicador—.

Quédate quieto.

CLACK-CLACK-CLACK.

BZZZZZZZZZT.

El ruido comenzó.

Era como un martillo golpeando metal dentro de su cabeza.

Thiago cerró los ojos.

Sabía que ondas magnéticas invisibles estaban atravesando su carne, buscando la verdad.

Buscando los secretos que Ingrid y Levi habían intentado borrar.

Si quedaba un solo nanobot, una sola fibra de carbono sin disolver…

todo terminaba ahí.

Sería el fin de su carrera, y probablemente el inicio de una vida como conejillo de indias en algún laboratorio militar.

El ruido se hizo más fuerte.

BZZZZZZZT.

CLACK-CLACK.

Thiago contuvo la respiración.

Treinta minutos después, la camilla salió del tubo.

—Listo, pibe —dijo el técnico—.

Vestite y esperá afuera.

El doctor analiza las imágenes y baja a hablar con Funes.

Thiago se vistió con las manos temblorosas.

Salió al pasillo.

Funes estaba hablando por teléfono, pero cortó al verlo.

—¿Y?

—preguntó el reclutador.

—No sé.

Me dijeron que espere.

Pasaron diez minutos eternos.

Finalmente, una puerta se abrió y salió un médico con ambo verde, mirando una tablet.

Funes se acercó rápido.

—¿Cómo salió, Doc?

¿Firmamos o lo mando de vuelta?

El médico ajustó sus lentes y miró a Thiago, luego a Funes.

—Es curioso —dijo el médico—.

El corazón de Thiago se detuvo.

Curioso.

Esa palabra es la muerte.

—¿Curioso qué?

—ladró Funes.

—Tiene una estructura ósea…

peculiar.

Muy densa para su edad.

Y los ligamentos del tobillo, aunque se ve la distensión del esguince, parecen haberse regenerado con una velocidad notable para 20 días.

—¿Pero está roto o no?

—insistió Funes.

El médico sonrió levemente y bajó la tablet.

—No.

No está roto.

De hecho, tiene la articulación de un toro.

Está apto, Marcelo.

Pero este pibe va a necesitar mucho gimnasio para recuperar la masa muscular que perdió.

Está débil.

Funes soltó una carcajada y le dio una palmada en la espalda a Thiago que casi lo tira al suelo.

—¡El gimnasio se lo damos nosotros!

¡Bienvenido a River, pibe!

Thiago soltó el aire.

Las rodillas le flaquearon.

Estaba hecho.

Había engañado a la máquina.

Había engañado a River.

Pero mientras Funes le hablaba de la pretemporada y de la pensión del club, Thiago sintió un pequeño, casi imperceptible, pinchazo eléctrico en la base de su nuca.

Una sola palabra parpadeó en su visión, tenue, como un fantasma digital despertando de un largo sueño.

[…Re iniciando…] Thiago sonrió.

No estaba solo.

Y ahora, tenía la camiseta de uno de los clubes más grandes del mundo esperándolo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo