Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 63
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63: Tierra de Gigantes 63: Tierra de Gigantes El Estadio Monumental no era simplemente una cancha de fútbol.
Visto desde la vereda de la Avenida Figueroa Alcorta, era una montaña de hormigón y pasión que tapaba el sol.
Thiago bajó del auto con su bolso al hombro.
Su madre lo abrazó fuerte, con los ojos llenos de lágrimas que intentaba contener.
—Cuidate, hijo.
Comé bien.
Y llamame todas las noches.
—Sí, ma.
Tranquila.
Es fútbol, no la guerra.
Ella se subió al remís que la llevaría de vuelta a la terminal de ómnibus, y Thiago se quedó solo frente a la entrada de la pensión del club.
Marcelo Funes, que había bajado a recibirlo, le hizo un gesto con la cabeza.
—Vamos, Arenas.
No te quedes mirando el estadio como un turista.
A partir de hoy, esta es tu casa.
Y en esta casa no se viene a pasear, se viene a ganar.
Thiago asintió y siguió al reclutador.
Cruzaron el hall de entrada, donde vitrinas llenas de copas brillaban bajo luces dicroicas.
Pasaron junto a fotos de leyendas: Labruna, Francescoli, Ortega, Gallardo.
Thiago se sentía pequeño.
Físicamente, lo estaba.
La “limpieza” de Levi lo había dejado con tres kilos menos de músculo.
La ropa del club que le habían dado en utilería —un conjunto de entrenamiento talle M— le quedaba un poco holgada.
—Esta es tu habitación —dijo Funes, abriendo una puerta en el segundo piso—.
Compartís con Dante.
Él es central de la Reserva.
Llevate bien con él; es buen pibe, pero no le gusta el desorden.
Funes le dio una llave magnética y se fue.
Thiago entró.
La habitación era sobria: dos camas, dos escritorios, un ventanal que daba a las canchas auxiliares.
En una de las camas, un chico de su edad, pero con el físico de un gladiador, estaba leyendo un mensaje en su celular.
Levantó la vista.
Tenía el pelo rapado a los costados y una mirada evaluadora.
—¿Vos sos el nuevo?
—preguntó Dante, sin levantarse.
—Sí.
Thiago.
Thiago Arenas.
Dante lo escaneó de arriba a abajo.
Se detuvo en las piernas finas de Thiago, en sus hombros huesudos bajo la campera.
Soltó un resoplido corto.
—¿De qué jugás?
¿De arquero?
Porque para correr te falta guiso, amigo.
Thiago sintió el golpe en el ego, pero mantuvo la calma.
Sabía que se veía débil.
—Juego de diez —respondió, dejando el bolso en su cama—.
Y no necesito pesar cien kilos para ponerte una pelota en la cabeza.
Dante sonrió de medio lado.
Le gustó la respuesta, aunque no lo admitiría.
—Veremos.
Mañana a las 7:30 desayunamos.
El entrenamiento empieza a las 8:30.
Y ojo…
acá no es como en tu pueblo.
Acá te comen los tobillos si te dormís.
Esa noche, Thiago se acostó temprano.
El silencio de la pensión era distinto al de su casa.
Se escuchaban murmullos lejanos, algún grito de gol de una tele encendida, el zumbido de la ciudad afuera.
Cerró los ojos e intentó invocar a Levi.
—¿Hola?
—pensó—.
¿Sigues ahí?
Al principio, solo hubo estática.
Luego, lentamente, una línea de texto verde, muy tenue, apareció en la oscuridad de sus párpados.
No era la interfaz completa y elegante de antes.
Era como una consola de comandos vieja, arrancando en modo seguro.
[SISTEMA…
REINICIANDO…] [Cargando módulos básicos…] [Memoria: 100%] [Integridad Física del Huésped: 58% (CRÍTICO)] “Thiago…” La voz de Levi sonó, pero no era fluida.
Sonaba metálica, cortada, como una transmisión con mala señal.
“…Me has…
despertado.
El proceso de limpieza…
fue un éxito.
No detectaron…
nada.” —Lo sé —respondió Thiago mentalmente, aliviado de no estar loco—.
Pero mirame, Levi.
Estoy hecho un desastre.
Dante, mi compañero, dice que me falta guiso.
Mañana tengo la primera práctica y no sé si me dan las piernas para terminar la entrada en calor.
La interfaz parpadeó y mostró un gráfico simple del cuerpo de Thiago.
Zonas rojas marcaban los cuádriceps, los gemelos y los pectorales.
Atrofia inducida por la eliminación de los nanobots.
“Tranquilo.
La estructura base…
sigue ahí.
Tu talento neural…
está intacto.
Pero tu hardware…
tu cuerpo…
necesita una actualización de firmware urgente.” [NUEVA MISIÓN OBLIGATORIA: RECONSTRUCCIÓN] [Objetivo: Recuperar la masa muscular perdida en 14 días.] [Estrategia: Hipertrofia acelerada + Dieta de superávit calórico.] [Estado de Levi: Modo de Ahorro de Energía (Solo asistencia táctica básica).] “Mañana…
no intentes ser el héroe,” aconsejó Levi, su voz estabilizándose un poco.
“Mañana…
sobrevive.
Usa tu cerebro.
Deja que la pelota corra.
Tú…
camina.” A la mañana siguiente, el predio de Ezeiza (donde entrenaban las inferiores y la reserva) parecía un campo militar de alto rendimiento.
Había cinco canchas perfectas.
Thiago salió al campo con el grupo de la Reserva.
Eran treinta pibes que corrían como galgos y chocaban como toros.
Todos querían llegar a Primera.
Todos eran rivales.
El técnico de la Reserva, un ex jugador famoso apodado “El Cholo” (no Simeone, otro), reunió al grupo.
—Tenemos cara nueva —dijo, señalando a Thiago—.
Arenas.
Viene del interior.
Funes dice que es bueno.
Vamos a ver si se banca el ritmo de River.
—¡Bienvenido!
—gritaron algunos, con esa falsa cortesía de quien saluda a la competencia.
Empezaron con un “Yo-Yo Test”, una prueba de resistencia intermitente.
Correr de un cono a otro, ida y vuelta, cada vez más rápido.
Thiago se puso en la línea.
A su lado estaba Dante, el central de su cuarto.
—Tratá de no vomitar en mis botines, flaco —le susurró Dante.
Sonó el pitido.
Corrieron.
Ida y vuelta.
Thiago sintió el primer tirón de aire en los pulmones.
Estaban limpios (“Pulmones de Acero” seguía siendo una habilidad pasiva, afortunadamente), pero sus piernas no tenían potencia.
Se sentían pesadas, lentas.
Nivel 1…
Nivel 5…
Nivel 10…
Los jugadores empezaron a caer, agotados.
Dante seguía corriendo como una máquina.
Thiago apretó los dientes.
Levi le mostraba una barra de energía bajando peligrosamente rápido.
[ALERTA: RESERVA DE GLUCÓGENO AL 15%] [Recomendación: Abortar prueba para evitar desmayo.] Thiago ignoró la alerta.
No iba a renunciar en el primer ejercicio.
Siguió corriendo.
Sus piernas ardían.
Su visión se nubló.
Llegó al cono del Nivel 12.
Y entonces, sus piernas simplemente se apagaron.
Tropezó en el giro y cayó de rodillas sobre el pasto, jadeando como si se estuviera ahogando.
El silbato sonó.
—¡Arenas, fuera!
—gritó el preparador físico, anotando algo en su carpeta—.
Nivel 12.
Flojito, eh.
Muy flojito para un mediocampista.
Dante siguió corriendo hasta el Nivel 15.
Cuando terminó, pasó caminando al lado de Thiago, que intentaba levantarse.
—Te dije —dijo Dante, sin maldad, pero con una crudeza brutal—.
Acá el talento no alcanza.
Si no tenés nafta, no arrancás.
Thiago se puso de pie, mareado.
La vergüenza le quemaba la cara más que el sol.
“No escuches,” susurró Levi.
“Esto es solo el punto de partida.
Ahora sabemos dónde estamos.
Mañana…
empezamos a subir.” Pero cuando el técnico ordenó fútbol reducido, Thiago supo que el día iba a ser muy largo.
El “Cholo”, técnico de la Reserva, dividió al grupo en cuatro equipos para hacer fútbol en espacios reducidos.
Canchas de cuarenta metros, arcos chicos, sin arqueros.
El objetivo: posesión y precisión.
—¡Toque y pase!
¡El que se queda quieto pierde!
—gritaba el técnico.
Thiago quedó en el equipo de pecheras amarillas.
Para su desgracia (o suerte), Dante, el central que lo miraba con desdén, estaba en el equipo contrario, los rojos.
El silbato sonó.
La pelota empezó a volar.
El ritmo en River era vertiginoso.
En el Aurora o en el Municipal, tenías dos segundos para pensar antes de que te llegara la marca.
Acá, tenías medio segundo.
Si parabas la pelota para acomodarte, ya tenías a un rival respirándote en la nuca.
Thiago recibió su primer pase.
La pelota le llegó fuerte, al pie.
Inmediatamente, vio una sombra inmensa venir hacia él.
Era Dante.
El central venía a “bautizarlo”, a meterle el cuerpo para mostrarle quién mandaba en Ezeiza.
Thiago sabía que si iba al choque, saldría volando hasta la autopista Ricchieri.
Sus músculos estaban vacíos.
“Alerta de impacto físico,” parpadeó Levi en su visión, con un tono ámbar tenue.
“Probabilidad de ganar el duelo físico: 4%.
Recomendación: Triangular.” Thiago no intentó girar, ni aguantar la pelota.
Antes de que el balón tocara su botín, él ya sabía dónde estaba su compañero.
Toc.
Fue un toque sutil, de primera, usando la fuerza del pase original para redirigir la pelota hacia la derecha, donde un lateral subía libre.
Dante llegó tarde.
Frenó a centímetros de Thiago, resoplando como un toro.
—Tocás rápido, eh.
Tenés miedo —le dijo Dante, sonriendo.
—Tengo prisa —respondió Thiago, moviéndose al espacio vacío.
El partido siguió.
Thiago se dio cuenta de que su falta de físico era, paradójicamente, una ventaja táctica en este ejercicio.
Como no podía correr grandes distancias, se obligaba a estar siempre bien posicionado antes de que la jugada ocurriera.
Mientras los demás corrían diez metros para recuperar una pelota, Thiago caminaba dos metros y quedaba libre para recibir.
“Economía de movimiento: Óptima,” aprobó Levi.
“Estás jugando con el cerebro de un veterano de 35 años en el cuerpo de un chico en recuperación.
Sigue así.
Busca la espalda de Dante.
Es agresivo, siempre sale a cortar.” Minutos después, la oportunidad llegó.
Su equipo recuperó la pelota en defensa.
Dante, fiel a su estilo agresivo, salió disparado a presionar al poseedor del balón, dejando un hueco gigante a sus espaldas.
Cualquier otro jugador habría pedido la pelota al pie.
Thiago no.
Thiago señaló el vacío.
—¡Al espacio!
—gritó.
Su compañero entendió y filtró el pase.
Thiago no tuvo que hacer un sprint explosivo; ya estaba corriendo antes de que Dante saliera.
Entró en el hueco, recibió solo y quedó frente al arco pequeño.
Podría haber pateado.
Pero vio que otro defensor cerraba desesperado.
Con una frialdad absoluta, pisó la pelota, dejó que el defensor pasara de largo barriendo el aire, y tocó suave al costado para que su compañero (el mismo que le había dado el pase) definiera con el arco vacío.
Gol.
—¡Bien jugada, Arenas!
—gritó el Cholo desde la banda—.
¡Eso es lectura, carajo!
¡Eso es usar el mate!
Dante se levantó del pasto, sacudiéndose la tierra.
Miró a Thiago con el ceño fruncido.
Ya no había burla en su mirada.
Había fastidio, sí, pero también cálculo.
Se dio cuenta de que el “flaquito” no era tonto.
El ejercicio terminó con el equipo de Thiago ganando 3-1.
Él había dado dos asistencias y no había perdido ni una sola pelota.
Cuando fueron a tomar agua, Thiago sentía que las piernas le temblaban, no por el esfuerzo muscular, sino por el agotamiento de sus reservas de energía.
Estaba al límite.
Dante se le acercó, desenroscando una botella de agua.
—Jugás lindo a un toque —dijo el central, secamente—.
Pero en la cancha de once es distinto.
Ahí hay que correr setenta metros.
Y ahí te voy a comer.
Thiago, respirando con dificultad pero con la cabeza alta, lo miró.
—Cuando me comas, avisame.
Porque hoy pasaste de largo dos veces.
Dante se quedó quieto un segundo.
Luego, soltó una carcajada breve y fuerte.
—Tenés lengua también.
Bien.
Me gusta.
Pero ahora viene lo peor, cordobés (aunque Thiago no lo era, para los porteños todos los del interior a veces caían en la misma bolsa).
—¿Qué viene?
—El gimnasio.
—Dante señaló el edificio de alto rendimiento—.
Ahí es donde se fabrican los jugadores de River.
Y ahí vas a sufrir.
Thiago miró el edificio de cristal.
Sabía que Dante tenía razón.
En la cancha podía usar su mente y a Levi para compensar.
Pero bajo una barra de pesas, la gravedad no entiende de tácticas.
“Nivel de energía crítico,” advirtió Levi.
“Prepárate, Thiago.
El entrenamiento de fuerza con atrofia muscular será…
desagradable.” —Vamos —dijo Thiago, tirando la botella vacía—.
Si sobreviví a la limpieza de nanobots, puedo levantar un par de fierros.
El gimnasio de alto rendimiento era una nave industrial climatizada, llena de máquinas cromadas y el sonido constante de metal chocando contra metal.
Thiago estaba acostado en el banco plano, mirando la barra olímpica sobre su pecho.
Tenía 60 kilos cargados.
Para el Thiago de hace un mes (el Thiago potenciado por Levi), esto habría sido el calentamiento.
Podría haberla levantado con una mano mientras bostezaba.
Pero para el Thiago actual, biológico y atrofiado, esos 60 kilos parecían el peso del mundo entero.
—¡Vamos, una más!
—gritó el preparador físico, que no le quitaba los ojos de encima.
Thiago empujó.
Sus brazos temblaron violentamente.
Sintió que las fibras de sus tríceps se desgarraban microscópicamente.
La barra subió diez centímetros…
y se estancó.
—No…
no sube —jadeó Thiago, con la cara roja.
La barra empezó a bajar hacia su garganta.
Sus músculos habían fallado.
De repente, dos manos grandes y callosas agarraron la barra y la subieron de un tirón hasta el soporte, salvándole el cuello (literalmente).
Thiago miró hacia arriba.
Era Dante.
—Sesenta kilos, Arenas —dijo el central, mirándolo con una mezcla de lástima y burla—.
Mi hermanita levanta eso.
Thiago se sentó, masajeándose los brazos.
Estaba mareado.
—Gracias —murmuró.
—No me agradezcas.
Si te morís acá, nos suspenden el entrenamiento a todos —dijo Dante, secándose el sudor con la remera—.
Escuchame, cordobés.
Tenés buena visión.
En el reducido me dejaste pagando.
Pero si no ganás masa, te van a romper.
En la Reserva los defensores no frenan.
—Lo sé.
Estoy en eso.
Dante señaló el comedor que se veía a través del ventanal.
—Entonces dejá de hablar y andá a comer.
Necesitás proteína como si no hubiera un mañana.
Thiago se arrastró hasta las duchas y luego al comedor de la pensión.
Siguiendo las instrucciones estrictas de Levi, llenó su bandeja de una forma que rozaba lo ridículo: tres pechugas de pollo, una montaña de arroz, cuatro huevos duros y espinaca.
Se sentó solo en una mesa del fondo.
“Iniciando protocolo de absorción de nutrientes,” indicó Levi, cuya voz sonaba un poco más fuerte que a la mañana.
“He desviado el 80% de tu flujo sanguíneo al sistema digestivo y muscular.
Te sentirás somnoliento.
Es normal.
Necesito cada caloría para reconstruir el tejido que destruimos en el gimnasio.” —Voy a explotar, Levi —pensó Thiago, masticando el pollo con desgano.
—¿Buen apetito, Arenas?
Thiago levantó la vista.
Marcelo Funes estaba de pie junto a su mesa.
Pero no estaba solo.
A su lado estaba el médico que le había hecho la resonancia el día anterior, el Dr.
Santoro.
El Dr.
Santoro lo miraba con esa misma expresión de “curiosidad científica” que a Thiago le helaba la sangre.
—Hola, Marcelo.
Doctor —saludó Thiago, intentando tragar rápido.
—El Doctor Santoro quería pasar a ver cómo estabas —dijo Funes, sentándose frente a él—.
Quedó…
intrigado con tu caso.
Santoro se ajustó los lentes.
—Es fascinante, Thiago.
Estuve revisando tus análisis de sangre de ayer.
—El médico sacó una pequeña libreta—.
Tu nivel de creatinquinasa es altísimo, lo cual indica daño muscular severo, típico de alguien que no entrena hace meses.
Pero tu recuperación de tejidos conectivos…
ligamentos, tendones…
tiene una tasa de regeneración del 200% superior a la media.
Thiago sintió que se le cerraba el estómago.
[ALERTA DE SEGURIDAD] [Sospecha Médica: ALTA.] [Levi: No tengo energía para intervenir en sus recuerdos.
Miente.
Miente bien.] —Genética, supongo —dijo Thiago, encogiéndose de hombros—.
Mi abuelo era peón de campo.
Tenía huesos duros.
Santoro sonrió, pero sus ojos no.
—Genética…
sí.
O una dieta muy particular.
—El médico miró la montaña de comida en la bandeja de Thiago—.
Veo que estás intentando compensar la atrofia muscular rápido.
Cuidado con los suplementos, Thiago.
En River hacemos controles antidoping sorpresa incluso en Reserva.
No querrás que aparezca nada…
sintético en tu orina.
La amenaza estaba velada, pero era clara.
Santoro sospechaba de esteroides o algo peor.
No imaginaba nanotecnología, pero sabía que algo no encajaba.
—Solo pollo y huevo, Doctor —dijo Thiago, sosteniendo la mirada—.
Puede testearme cuando quiera.
Estoy limpio.
Funes, notando la tensión, intervino con una palmada en la mesa.
—Bueno, bueno.
El pibe está limpio, Doc.
Yo pongo las manos en el fuego.
—Se volvió hacia Thiago—.
Vine a traerte una noticia.
El técnico de la Primera, el “Muñeco”, va a venir a ver el partido de Reserva de la semana que viene contra Boca.
Thiago casi se atraganta con el agua.
—¿Superclásico de Reserva?
¿La semana que viene?
—Sí.
Y te quiero en el banco, por lo menos.
Así que comé todo eso, entrená duro y hacé caso a los profes.
Si el Muñeco te ve y le gustás…
tu vida cambia en noventa minutos.
Funes y Santoro se levantaron.
Antes de irse, el médico se inclinó una última vez hacia Thiago.
—Voy a estar vigilando tu progreso, Thiago.
De cerca.
Muy de cerca.
Cuando se fueron, Thiago soltó el aire que tenía en los pulmones.
Miró su plato de comida.
De repente, el pollo le parecía cartón.
—¿Escuchaste eso, Levi?
—pensó.
“Lo escuché.
Santoro es un problema.
Pero Funes te dio el objetivo.” [NUEVA MISIÓN PRINCIPAL: EL SUPERCLÁSICO] [Tiempo límite: 7 días.] [Objetivo Físico: Recuperar el 80% de la fuerza base.] [Objetivo Táctico: Ser convocado al partido contra Boca.] Thiago clavó el tenedor en la pechuga de pollo con rabia.
—Siete días para dejar de ser un flan y jugar contra Boca bajo la mirada del técnico de Primera y un médico que quiere atraparme.
—Masticó con fuerza—.
Pan comido.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Mey_Rey_6641 Hola, aquí el autor de nuevo.
Muchas gracias por su apoyo continuo a pesar de mi inactividad.
Sinceramente, esta vez no tengo un gran motivo que dar, además de una ligera desmotivación con la historia, pero no se preocupen, no me olvidaré de ustedes.
No se preocupen, que no abandonaré esta historia, aunque no me está encantando cómo está resultando, pero bueno, es lo que tiene la vida de un autor novato que solo entró en esto por pasión y que no sabía nada de esta industria y lo difícil que es, solo cuando te propones terminar una historia que tenías planeada y no querer decepcionar a tus lectores con los resultados, ya es una experiencia bastante única.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com