Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 64
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64: La Semana del Infierno 64: La Semana del Infierno [TIEMPO RESTANTE PARA EL SUPERCLÁSICO: 6 DÍAS, 14 HORAS] La alarma del celular de Thiago sonó a las 5:30 AM.
Afuera todavía era de noche.
Dante, en la cama de al lado, gruñó y se tapó la cabeza con la almohada.
—Si te levantás para hacer abdominales, te tiro una zapatilla —masculló el central con voz dormida.
—Tengo que comer —susurró Thiago.
Se levantó en silencio, con los músculos rígidos como tablas de madera.
Fue hasta su escritorio, donde tenía guardado su “arsenal” aprobado por Levi: latas de atún, bananas, y un batido de proteínas espeso que parecía cemento líquido.
Mientras comía mecánicamente, la interfaz de Levi parpadeó con una luz tenue, ahorrando recursos.
[INFORME MATUTINO] [Recuperación de tejido muscular: +4% durante el sueño.] [Nivel de Cortisol: Elevado.] [Estado Actual: Cansado, pero funcional.] “Hoy aumentamos la carga,” indicó Levi.
“Ayer fallaste con 60 kilos en banco plano.
Hoy vamos a levantar 70.” Thiago casi se atraganta con la banana.
—Levi, mis pectorales todavía están gritando de ayer.
Si le sumo diez kilos, me voy a partir.
“No vas a usar solo tus músculos.
Voy a activar el Protocolo de Reclutamiento Fibrilar.
Voy a enviar descargas eléctricas a tus nervios motores para obligar a tu cuerpo a usar el 100% de las fibras musculares, no el 60% que usan los humanos normalmente.” —Suena a que va a doler.
“Va a arder.
Pero el domingo hay un Superclásico.
¿Quieres jugarlo o quieres verlo por la tele?” Thiago terminó el batido de un trago.
—Vamos al gimnasio.
A las 10:00 AM, el gimnasio estaba lleno.
El plantel de Reserva entrenaba fuerza antes de salir al campo.
Thiago estaba de nuevo en el banco plano.
Tenía 70 kilos cargados en la barra.
Dante estaba parado detrás de él, listo para asistirlo (o para salvarle la vida de nuevo).
—Estás loco, Arenas —dijo Dante—.
Ayer no podías con 60.
¿Qué te hace pensar que hoy podés con esto?
—La fe, Dante.
La fe mueve montañas —respondió Thiago, acomodando las manos en la barra.
—La fe no evita que te aplastes la tráquea.
Pero bueno, dale.
Yo te cuido.
Thiago cerró los ojos.
—Ahora, Levi.
Sintió una descarga interna.
No fue dolor, fue un shock.
Como si hubiera metido los dedos en un enchufe, pero la electricidad se hubiera quedado atrapada dentro de sus brazos y pecho.
De repente, sus músculos se tensaron con una violencia incontrolable.
Se sintieron duros como rocas.
Thiago sacó la barra del soporte.
Pesaba.
Pesaba muchísimo.
Pero subía.
—¡Uno!
—gruñó Thiago.
Bajó la barra y la subió de nuevo.
Sus brazos temblaban, sus venas se hinchaban en el cuello como cables a punto de estallar.
—¡Dos!
Dante abrió los ojos, sorprendido.
No estaba tocando la barra.
El “flacucho” lo estaba haciendo solo.
—¡Tres!
En la cuarta repetición, la electricidad interna de Levi parpadeó.
El agotamiento biológico golpeó de golpe.
La barra se detuvo a mitad de camino.
—¡Ayuda!
—gritó Thiago.
Dante la agarró y la subió al soporte.
Thiago se quedó respirando como una locomotora, con el pecho ardiendo.
—Cuatro repeticiones con 70 kilos —dijo Dante, mirándolo con respeto—.
Ayer eras un flan.
Hoy sos…
un flan un poco más duro.
¿Qué estás tomando?
Thiago se sentó, mareado por el esfuerzo neuronal.
—Ganas, Dante.
Estoy tomando ganas.
Desde la puerta de vidrio del gimnasio, una figura de ambo verde observaba la escena.
El Dr.
Santoro anotaba algo en su libreta, con el ceño fruncido.
Thiago lo vio de reojo.
[ALERTA DE VIGILANCIA] [El Dr.
Santoro está monitoreando tus métricas de esfuerzo.] “Que mire,” dijo Levi con agresividad.
“Para cuando quiera hacernos otro test, ya habremos asimilado la carga.
Ahora, ve a la prensa de piernas.
Tenemos que despertar esos cuádriceps.” Los días pasaron volando, en una neblina de dolor y sudor.
Día 3: Thiago vomitó después de las pasadas de velocidad, pero terminó todas las series.
El “Cholo” asintió en silencio.
Día 4: En la práctica de fútbol, Thiago metió un pase de gol de 40 metros con la zurda.
El equipo titular empezó a mirarlo diferente.
Día 5: Thiago ganó su primer duelo físico contra un lateral.
No fue por fuerza, fue por equilibrio (asistido por giroscopio interno de Levi), pero contó.
El sábado por la mañana, Día 6, el técnico reunió al equipo en la sala de video.
El ambiente era eléctrico.
Mañana era el partido contra Boca.
El Cholo prendió el proyector.
Mostró videos de la Reserva de Boca.
—Son rápidos.
Son fuertes.
Y nos tienen ganas porque les ganamos el torneo pasado —dijo el técnico—.
Pero nosotros somos River.
Y en nuestra casa, nadie nos pasa por encima.
Apagó el proyector y prendió la luz.
Tenía una lista en la mano.
—Citados para mañana.
El corazón de Thiago latía a mil.
Había dejado la vida en la semana.
Le dolía hasta el pelo.
¿Había sido suficiente?
—Arco: Petroli.
Defensa: Dante, Mammana…
—El Cholo siguió leyendo—.
Medio: Rossi, Palavecino…
Thiago apretó los puños.
—…y Arenas.
Thiago soltó el aire.
Estaba adentro.
—Arenas, vas al banco —aclaró el técnico—.
Pero preparate.
Si el partido se traba, voy a necesitar esa visión tuya para destrabarlo.
Y más te vale que tengas aire, porque el Muñeco Gallardo va a estar en el palco.
Y él no perdona a los que caminan.
Cuando salieron de la sala, Dante le dio un empujón amistoso que casi lo tira contra la pared.
—Al banco, eh.
Nada mal para el nuevo.
—Voy a entrar, Dante —dijo Thiago, con una seguridad que le nacía de las tripas—.
Y voy a hacer un desastre.
—Ojalá.
Porque si perdemos contra los bosteros, no vas a poder salir a la calle en toda la semana.
Esa noche, Thiago preparó su bolso.
Botines limpios.
Canilleras.
Y una última carga de carbohidratos.
Ingrid le mandó un mensaje encriptado.
Ingrid: “Suerte mañana.
He bloqueado dos intentos de acceso remoto a tu historial médico hoy.
Santoro está buscando algo desesperadamente.
No le des motivos para encontrarlo.” Thiago se acostó, mirando la camiseta de River colgada en la silla.
“Mañana es el día,” dijo Levi.
“Tus niveles de fuerza están al 78%.
No es ideal, pero es suficiente.
Mañana no jugamos contra Boca.
Mañana jugamos por nuestra vida.” El River Camp amaneció con neblina, pero para la hora del partido, el sol ya quemaba.
La cancha principal estaba impecable.
En las gradas tubulares, había mucha más gente de la habitual para un partido de Reserva.
Familiares, dirigentes, periodistas partidarios y, en el palco vidriado del primer piso, una silueta inconfundible con campera negra y brazos cruzados: Marcelo Gallardo.
Thiago estaba sentado en el banco de suplentes, con la pechera naranja puesta, mordiéndose las uñas.
—Tranquilo, cordobés —le dijo el arquero suplente a su lado—.
Si te comés las uñas, no vas a tener con qué rascar la pelota.
—No son nervios —mintió Thiago—.
Es ansiedad.
El partido comenzó con una intensidad que hizo que los entrenamientos de la semana parecieran un juego de niños.
Boca Juniors había traído un equipo pesado.
Chicos grandes, fuertes, que jugaban al límite del reglamento.
En los primeros quince minutos, hubo tres patadas de amarilla y ningún remate al arco.
River intentaba jugar, fiel a su estilo, pero chocaba contra una pared azul y oro.
Dante, en la defensa central, estaba teniendo una guerra personal con el 9 de Boca, un tanque que le sacaba media cabeza.
—¡Salí, Dante, no te quedes!
—gritaba el Cholo desde la línea de cal.
Desde su posición sentada, la visión de Thiago era diferente.
No veía el caos; veía la matriz.
Levi, aunque en modo de ahorro de energía, proyectaba líneas tácticas sobre el campo real.
“Análisis táctico en tiempo real,” susurró la voz de Levi.
“El bloque defensivo de Boca es compacto, pero lento en la transición lateral.
Cada vez que River cambia de frente, su lateral izquierdo tarda 1.4 segundos en cerrar la línea.
Ahí está el hueco.” Thiago miraba.
Era cierto.
El lateral de Boca se cerraba demasiado, dejando la banda libre por un instante.
Pero los volantes de River no lo veían; querían entrar por el medio, donde estaba la congestión.
Minuto 38.
Boca recuperó una pelota en el medio.
Contragolpe letal.
El 10 de Boca filtró un pase a la espalda de Dante.
El 9 aguantó la marca y definió cruzado ante la salida del arquero.
Gol de Boca.
0-1.
El banco de Boca saltó a festejar.
El Cholo pateó una botella de agua con furia.
—¡Estamos dormidos!
¡Despierten, carajo!
El primer tiempo terminó así.
River 0, Boca 1.
Y la sensación era que River no tenía cómo entrar.
En el vestuario del entretiempo, el ambiente era fúnebre.
Los jugadores estaban agitados, frustrados.
Dante se tiró agua en la cara, rojo de bronca.
—No lo puedo mover —decía—.
Es una bestia ese 9.
El Cholo entró dando portazos.
—¡No estamos jugando a nada!
¡Tienen miedo!
—gritó el técnico—.
¡Están jugando al trotecito y ellos nos están pasando por encima con actitud!
El técnico miró el pizarrón táctico y luego miró al banco de suplentes.
Sus ojos se detuvieron en Thiago.
—Arenas.
Thiago levantó la cabeza de golpe.
—¿Profe?
—Empezá a calentar.
Entrás por Palavecino.
Quiero que te pares de enganche, suelto.
Buscá la espalda del 5 de ellos.
Hacé jugar a los extremos.
Si no tocamos la pelota, perdemos.
¿Me entendiste?
El corazón de Thiago dio un vuelco.
Iba a jugar el segundo tiempo completo.
45 minutos contra Boca.
—Entendido, Profe.
Salió al campo a calentar con el preparador físico.
Mientras hacía los movimientos precompetitivos, miró hacia el palco.
Gallardo seguía ahí, hablando con su ayudante.
“Es tu momento,” dijo Levi.
“Tus reservas de energía están al 82%.
Suficiente para 45 minutos de alta intensidad si administras los sprints.
No vayas al choque.
Usa la habilidad pasiva ‘El Ojo del Arquitecto’.
Haz que la pelota corra más que tú.” —¿Y si me pegan?
—preguntó Thiago, viendo cómo los defensores de Boca volvían al campo, riéndose y empujándose.
“Si te pegan, te levantas.
Recuerda el dolor de la limpieza de nanobots.
Una patada en la canilla es una caricia comparado con eso.” El árbitro llamó a los equipos.
El cuarto árbitro levantó el cartel.
SALE: 8 (Palavecino) ENTRA: 20 (Arenas) Thiago pisó el césped.
Sintió que el suelo vibraba, aunque no había hinchada cantando.
Era la vibración de la historia.
El capitán de River se le acercó y le dio una palmada en la espalda.
—Dale, Thiago.
Mostrá lo que hiciste en la práctica.
Danos fútbol.
El árbitro pitó el inicio del segundo tiempo.
Thiago recibió su primera pelota a los diez segundos.
Estaba de espaldas.
Sintió la presencia del 5 de Boca, un perro de presa que venía a morder.
En el Aurora, cuando empezó su recuperación, Thiago había aprendido a jugar simple para sobrevivir.
Pero hoy no necesitaba sobrevivir.
Necesitaba destacar.
“Giro a la izquierda.
Ahora.” Thiago obedeció a Levi.
Dejó pasar la pelota entre sus piernas, girando sobre su eje sin tocarla.
El 5 de Boca, que esperaba el control, pasó de largo como un colectivo.
El campo se abrió.
—¡Oooh!
—se escuchó un murmullo en la tribuna.
Thiago condujo tres metros y levantó la cabeza.
Vio al lateral izquierdo de Boca cerrándose, tal como Levi había predicho.
Vio el espacio vacío a su espalda.
Y metió el pase.
Un cambio de frente de cuarenta metros, con el empeine, seco y preciso.
La pelota cayó llovida a espaldas del lateral.
El extremo de River la bajó y encaró.
Centro atrás.
Remate.
¡Córner!
Fue la primera llegada clara de River en todo el partido.
Y había nacido de los pies de Thiago en su primera intervención.
El Cholo aplaudió desde el banco.
—¡Bien, Arenas!
¡Eso es!
Thiago retrocedió para posicionarse en el córner.
Miró al 5 de Boca, que lo miraba con ojos inyectados en sangre.
—La próxima te rompo, nene —le avisó el rival.
Thiago sonrió.
Le recordaba a Gabriel Soto, “El Dorado”, en aquel partido de barrio donde todo empezó.
La misma arrogancia.
El mismo desafío.
—Vení a buscarme —murmuró Thiago—.
Si me encontrás.
El partido había cambiado.
River tenía un conductor.
Y Boca estaba a punto de descubrir que el chico flaco con la camiseta 20 era mucho más peligroso de lo que parecía.
El partido había entrado en esa zona donde la táctica desaparece y solo queda el corazón.
Minuto 70.
River empujaba, Boca resistía y contragolpeaba.
Thiago era el eje de todo.
A pesar de que sus pulmones ardían y sus piernas pesaban como plomo (la falta de masa muscular se notaba en cada choque), su mente volaba.
Tocaba de primera, giraba, ordenaba.
“El 5 de Boca está cansado,” analizó Levi.
“Su tiempo de reacción ha bajado 0.3 segundos.
Es el momento de encararlo.” Thiago recibió en tres cuartos de cancha.
El 5 salió a romperlo, como había prometido.
Pero esta vez, Thiago no tocó rápido.
Lo esperó.
Cuando el rival tiró el zarpazo, Thiago pisó la pelota y giró en un movimiento de 360 grados, una “ruleta” que dejó al volante de Boca abrazando el aire.
—¡Seguí de largo!
—gritó alguien en la tribuna.
Thiago quedó de frente a la defensa.
Vio a Dante, que había subido heroicamente al ataque, levantando la mano en el segundo palo.
Thiago no lo dudó.
Levantó la pelota con un toque suave, bombeado, por encima de los centrales.
Dante saltó.
Fue un salto imperial, ganándole a todos por arriba.
El cabezazo fue un martillazo al piso.
¡GOL DE RIVER!
1-1.
Dante corrió gritando como un loco y señaló a Thiago.
—¡Ese es el pase!
¡Ese es el pase, carajo!
—le gritó el central, abrazándolo con una fuerza que casi le saca el aire a Thiago.
El partido se reanudó.
1-1.
Quedaban quince minutos.
Boca sintió el golpe y se refugió atrás, buscando el empate.
El juego se volvió sucio, cortado.
Minuto 88.
Thiago recibió cerca del área grande, sobre la derecha.
Intentó gambetear hacia adentro, pero el central de Boca lo taló abajo.
Una patada seca al tobillo derecho (el bueno, por suerte).
Thiago cayó rodando.
El árbitro pitó.
—¡Tiro libre!
¡Es tarjeta!
—reclamó el Cholo desde el banco.
El árbitro amonestó al central y marcó la falta.
Era una posición ideal…
para un zurdo.
Thiago se levantó rengueando.
Miró la pelota.
Miró la barrera que se armaba.
El encargado de las pelotas paradas, un volante llamado Matías, agarró el balón.
—Dejame a mí, Thiago.
Es para mi perfil.
Thiago miró el arco.
Estaba a unos 25 metros, perfilado para una rosca de izquierda a derecha.
“Probabilidad de gol con tiro de zurda: 89%,” calculó Levi.
“El arquero está dando un paso hacia el centro, esperando el remate de Matías.
El palo del arquero está descubierto.” Thiago puso una mano sobre la pelota, deteniendo a Matías.
—Es mía, Mati.
—Pero vos sos derecho, boludo.
Te queda incómoda.
—Confiá —dijo Thiago.
Su voz tenía ese tono metálico y seguro que no admitía discusión.
Matías lo miró, dudó un segundo y se alejó.
—Si la tirás a la tribuna, te mato en el vestuario —advirtió.
Thiago acomodó la pelota.
Respiró hondo.
El murmullo en la tribuna creció.
“¿Le va a pegar el nuevo?
¿Con la zurda?”.
Thiago visualizó la línea de trayectoria que Levi proyectaba en el aire.
Era una curva cerrada, buscando el ángulo superior del palo del arquero.
Tomó carrera.
El árbitro pitó.
Thiago corrió y golpeó el balón con el interior de su pie izquierdo.
No fue un bombazo de potencia bruta.
Fue técnica pura.
El balón salió girando sobre su eje, superó la barrera por centímetros y bajó de golpe.
El arquero de Boca, que había dado ese paso fatal hacia el centro, intentó volver.
Voló.
Pero la pelota entró limpia, besando la red lateral, justo donde duermen las arañas.
¡GOLAZO!
El River Camp explotó.
Los suplentes invadieron la cancha.
El Cholo saltaba abrazado a su ayudante.
Thiago se quedó parado en el lugar, mirando la pelota dentro del arco, con los brazos abiertos, recibiendo la ovación.
2-1.
El partido terminó dos minutos después.
River se quedó con el Superclásico de Reserva.
Mientras sus compañeros festejaban en el círculo central, Thiago se tiró al pasto, exhausto.
No tenía ni una gota de energía más.
Su cuerpo “humano” había llegado al límite absoluto.
Una sombra tapó el sol.
Thiago abrió los ojos.
Marcelo Funes estaba de pie junto a él, con una sonrisa de oreja a oreja.
—Levantate, Arenas.
No queda bien que la figura se tire al piso.
Thiago aceptó la mano de Funes y se incorporó con un gemido de dolor muscular.
—¿Vio el partido, Marcelo?
—Lo vi yo.
Y lo vio él.
—Funes señaló hacia el palco con la cabeza.
Thiago miró.
El palco estaba vacío.
Gallardo ya se había ido.
—Se fue cinco minutos antes de que terminara —dijo Funes, bajando la voz—.
Pero antes de irse, me dejó un mensaje para vos.
El corazón de Thiago se detuvo.
—¿Qué dijo?
Funes se inclinó y le susurró: —Dijo: “Tiene una zurda interesante para ser derecho.
Y tiene hambre.
Que se presente mañana a entrenar con la Primera.
Quiero ver si se banca jugar con los grandes.” Thiago sintió que las piernas se le aflojaban de nuevo, pero esta vez no por cansancio.
—¿Con la Primera?
¿Mañana?
—Mañana a las 9:00 en el River Camp.
Cancha 1.
No llegues tarde.
Y Arenas…
—Funes se puso serio—.
Los de Primera van más rápido.
Mucho más rápido.
Comé bien, dormí bien.
Porque esto recién empieza.
Funes le dio una palmada en la espalda y se fue, dejándolo solo en medio de la cancha vacía, con el eco de los festejos de fondo.
Thiago miró sus manos.
Temblaban.
“Lo logramos,” dijo la voz de Levi, sonando satisfecha.
“Primera División.
El escenario perfecto.
Pero Funes tiene razón.
Tus métricas actuales no aguantarán el ritmo de la élite profesional.
Necesitamos acelerar la reconstrucción.” [MISIÓN CUMPLIDA: EL SUPERCLÁSICO] [Recompensa: Convocatoria a Primera División.] [Nuevo Desbloqueo: Árbol de Habilidades Físicas Avanzadas.] Thiago sonrió, mirando el cielo azul.
Recordó aquel potrero en su pueblo, el dolor de la lesión, las dudas de su madre.
Y ahora, estaba a un paso de entrenar con los ídolos que veía por televisión.
—Levi —pensó Thiago—.
Prepará el programa de entrenamiento de esta noche.
No pienso dormir.
“Esa es la actitud, socio.
Bienvenido a las grandes ligas.”
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com