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Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 65

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  4. Capítulo 65 - 65 La Velocidad de la Luz
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65: La Velocidad de la Luz 65: La Velocidad de la Luz El vestuario de la Primera División olía diferente.

No olía a humedad ni a desodorante barato como el de la Reserva.

Olía a perfume importado, a cuero nuevo y a éxito.

Thiago entró con el bolso apretado contra el pecho, sintiéndose un intruso en un templo sagrado.

A su alrededor, los casilleros tenían nombres que hacían temblar las rodillas de cualquier hincha: Armani, Enzo Pérez, Casco, De La Cruz.

Dante le había advertido antes de salir de la habitación esa mañana: “No seas un fanático.

No pidas fotos.

No los mires fijo.

Saludá, cambiante y cerrá la boca.

Si te ven como un nene, te comen.” Thiago buscó su lugar.

Un utilero le señaló un banco vacío en una esquina, lejos del núcleo central donde los referentes tomaban mate y se reían.

—Hola, buen día —murmuró Thiago al pasar.

Algunos levantaron la vista y asintieron levemente.

Otros ni siquiera notaron su presencia.

Era carne fresca.

Otro pibe más de la cantera que subía a probar suerte y que probablemente bajaría a la semana siguiente.

Thiago se cambió rápido.

Se puso la ropa de entrenamiento oficial, la que tenía el patrocinador principal en el pecho.

Se ajustó los botines con fuerza, intentando controlar el temblor de sus manos.

“Ritmo cardíaco: 115 BPM,” señaló Levi.

“Estás en zona de ansiedad pre-competitiva.

Respira.

Recuerda: biológicamente son humanos.

Tienen dos piernas y dos pulmones, igual que tú.” —Sí, pero sus piernas valen millones de dólares y las mías acaban de salir del taller mecánico —respondió Thiago mentalmente.

—¡A la cancha!

—gritó el preparador físico principal.

Salieron al Campo 1.

El césped era una alfombra de billar.

Ni un pozo, ni un yuyo.

Perfecto.

Marcelo Gallardo los esperaba en el centro del campo.

No tenía silbato, no tenía carpeta.

Solo tenía presencia.

Estaba parado con las piernas separadas, observando cómo trotaban.

Cuando el grupo se reunió, Gallardo habló.

Su voz no era alta, pero cortaba el aire como un cuchillo.

—Buenos días.

Hoy recuperamos intensidad.

El domingo jugamos por los puntos y quiero ver hambre.

—Sus ojos recorrieron el círculo y se detuvieron un segundo en Thiago—.

Tenemos invitados de la Reserva.

Ayúdenlos a adaptarse, pero no les regalen nada.

Acá el puesto se gana con sangre.

El entrenamiento comenzó con el famoso “Loco” (rondo).

Un círculo de jugadores pasándose la pelota a un toque, mientras dos intentan recuperarla en el medio.

Thiago quedó en el grupo de los referentes.

Enzo Pérez, Maidana, Suárez.

—Al medio, pibe —le dijo Maidana, con una sonrisa que daba miedo—.

Pagás derecho de piso.

Thiago entró al círculo junto a otro juvenil.

El silbato sonó.

Y el mundo se aceleró.

Tac-tac-tac.

La pelota volaba.

No rodaba, levitaba.

Los pases eran misiles teledirigidos a los pies de los compañeros.

Thiago corría de un lado a otro, persiguiendo sombras.

Cuando creía que iba a interceptar un pase, el jugador giraba el tobillo en el último microsegundo y cambiaba la dirección.

Era humillante.

Thiago se sentía pesado, lento, torpe.

“Análisis de velocidad,” dijo Levi, con tono de alarma.

“La velocidad de circulación de balón es un 45% superior a la de la Reserva.

El tiempo promedio de posesión por jugador es de 0.8 segundos.

No puedes reaccionar visualmente.

Tienes que predecir.” —¡No llego, Levi!

—jadeó Thiago, con los pulmones ardiendo—.

¡Son demasiado rápidos!

—¡Dale, nene!

¡Más vivo!

—le gritó Enzo Pérez después de meterle un caño que ni siquiera vio venir.

Las risas de los compañeros resonaron como latigazos.

“Activa ‘El Ojo del Arquitecto’.

No mires la pelota.

Mira las caderas.

Mira la intención.” Thiago se detuvo un segundo en el medio del rondo, respirando hondo.

Ignoró la pelota que zumbaba a su alrededor.

Se fijó en Maidana, que estaba por recibir.

El veterano defensor tenía el cuerpo inclinado levemente hacia la derecha.

Iba a abrir el pie.

Thiago no esperó el pase.

Se lanzó antes.

Maidana tocó…

y la pelota rebotó en la canilla de Thiago.

—¡Recuperó!

—gritó alguien.

Thiago salió del medio, jadeando pero con una pequeña victoria en el bolsillo.

—Bien leído —murmuró Maidana al pasar a su lado para entrar al medio—.

Suerte, pibe.

Pero el “Loco” era solo el calentamiento.

Gallardo llamó a todos para el trabajo táctico.

Fútbol formal.

Once contra once.

Titulares contra Suplentes (reforzados con juveniles).

—Arenas, vas con los suplentes.

De enganche.

Jugás contra Enzo.

—Gallardo lo miró fijo—.

No te escondas.

Si te la dan, jugala.

Thiago se paró en su posición.

Enfrente tenía a Enzo Pérez, el capitán, el ídolo, el hombre que manejaba los tiempos de River como si tuviera un control remoto.

El partido empezó.

A los dos minutos, Thiago recibió una pelota “fácil” de un lateral.

Controló y levantó la cabeza.

En la Reserva, ese tiempo era suficiente.

En Primera, fue un suicidio.

Sintió un impacto seco en el hombro.

Como chocar contra una pared de hormigón.

Thiago salió despedido dos metros y cayó de cara al pasto.

Enzo Pérez se llevó la pelota limpia, salió jugando y habilitó al delantero.

Gol de los titulares.

Gallardo detuvo la práctica.

—¡Arenas!

—gritó el Muñeco, caminando hacia él—.

¿Qué hacés en el piso?

Thiago se levantó, escupiendo pasto.

Le dolía todo el costado derecho.

—Me…

me chocaron, Marcelo.

Gallardo negó con la cabeza, decepcionado.

—No te chocaron.

Te anticiparon.

Tardaste una eternidad en decidir.

Acá no tenés tiempo para pensar qué vas a comer a la noche.

Recibís y tocas.

O recibís y girás.

Pero si te quedás quieto, sos un cono.

El técnico se dio vuelta.

—¡Saca el arquero!

¡Dale, ritmo!

Thiago se quedó parado, aturdido.

El golpe físico le había dolido, pero el golpe de realidad había sido devastador.

Sus mejoras cibernéticas, su visión de juego, sus nanobots…

nada de eso importaba si no podía aguantar el ritmo físico de la élite.

Enzo Pérez, con 36 años, lo había movido como si fuera un muñeco de trapo.

“Diagnóstico,” susurró Levi.

“Déficit de fuerza: Crítico.

Déficit de velocidad mental: Moderado.

Si intentas jugar al choque, te van a destruir.

Tienes que cambiar la estrategia ahora mismo.” —¿Qué hago?

—preguntó Thiago, viendo cómo la pelota volvía a rodar.

“No juegues al fútbol.

Juega al ajedrez.

No toques la pelota.

Haz que la pelota pase por donde tú no estás.

Usa el ‘Toque Fantasma’.” Thiago vio venir la pelota de nuevo.

Enzo Pérez venía a presionarlo otra vez, oliendo sangre.

Esta vez, Thiago no controló.

El balón venía rasante, fuerte, escupiendo pasto y agua.

Detrás del balón venía una locomotora llamada Enzo Pérez.

En cualquier otro momento de su vida, Thiago habría puesto la suela para frenar la pelota, protegerla con el cuerpo y buscar el pase.

Eso es lo que enseña la academia: seguridad.

Pero en la élite, la seguridad es lentitud.

Y la lentitud es muerte.

“Vector de intercepción calculado,” disparó Levi en su córtex visual.

“Enzo llega en 0.4 segundos.

Si paras la pelota, impacto inminente.

Probabilidad de lesión: 60%.

Opción: Redirección cinética.” Thiago no pensó.

Ejecutó.

No intentó dominar el balón.

En cambio, giró su cuerpo levemente hacia la izquierda, abriendo las caderas como si fuera a dejarla pasar, pero en el último instante, punteó el esférico con la cara externa del botín derecho.

Fue un toque sutil, casi imperceptible.

Un “toque fantasma”.

La pelota cambió de trayectoria violentamente, saliendo disparada en diagonal hacia el lateral izquierdo, justo al pie del compañero que subía.

Enzo Pérez, que ya había iniciado la barrida para comerse a Thiago y a la pelota, pasó de largo.

Sus tapones rasparon el aire a centímetros del tobillo de Thiago.

El capitán se frenó, giró sobre el césped y miró hacia atrás con el ceño fruncido.

Thiago ya no estaba ahí; había corrido al espacio vacío que Enzo había dejado al salir a presionar.

La jugada siguió.

El lateral tiró el centro, el delantero cabeceó y la pelota pegó en el travesaño.

—¡Bien!

—gritó Gallardo—.

¡Eso es velocidad!

¡Sigan!

Thiago sintió que el aire volvía a sus pulmones.

Había funcionado.

Durante los siguientes veinte minutos, Thiago dejó de ser un jugador de fútbol y se convirtió en un espejo.

Cada pelota que le llegaba, rebotaba en él con una intención precisa.

No conducía.

No gambeteaba.

Solo tocaba.

Tic.

Tac.

Tic.

Si recibía de espaldas, tocaba de primera hacia atrás y giraba.

Si recibía de frente, filtraba el pase al hueco antes de que el defensor pudiera cerrar las piernas.

Estaba jugando al límite de su capacidad mental.

Levi estaba procesando las posiciones de los 21 jugadores restantes en tiempo real, proyectando “líneas de pase seguras” en la visión de Thiago como si fuera un videojuego de realidad aumentada.

[Nivel de Estrés Cognitivo: 90%] [Alerta: Consumo de glucosa cerebral acelerado.] Thiago empezó a sentir un zumbido en los oídos.

La visión se le nublaba en los bordes.

Pensar tan rápido quemaba más energía que correr.

—¡Última bola!

—avisó Gallardo.

El equipo suplente recuperó la pelota en su propia área.

El contragolpe fue eléctrico.

La pelota le llegó a Thiago en el círculo central.

Tenía campo abierto por delante, pero dos defensores titulares cerrándose sobre él como una pinza.

“No tienes velocidad para ganarles en carrera,” advirtió Levi.

“Frena.” Thiago clavó los frenos en seco.

Los dos defensores, esperando que el novato intentara correr, siguieron de largo un metro por inercia.

Ese metro fue todo lo que necesitó.

Thiago levantó la cabeza y vio a Matías Suárez picando en diagonal hacia el área, entre los centrales.

El pase era difícil: tenía que pasar por un pasillo de piernas casi inexistente.

—Hacélo —susurró Thiago.

Le pegó con el empeine, seco, con un efecto de retroceso.

La pelota viajó a ras del piso, pasó entre las piernas de Maidana, cortó el césped como un bisturí y le quedó servida a Suárez.

El delantero no perdonó.

Definió cruzado al segundo palo.

Gol.

Silencio en la cancha.

Solo se escuchaba la respiración agitada de los jugadores.

Gallardo pitó el final.

—¡Bien!

¡A elongar!

—ordenó el Muñeco, sin mostrar emoción, aunque Thiago notó que había anotado algo en su libreta mental.

Thiago se dejó caer al suelo, mareado.

El mundo le daba vueltas.

Sentía náuseas.

—¿Estás bien, pibe?

Una mano se extendió hacia él.

Thiago levantó la vista.

Era Enzo Pérez.

El capitán ya no tenía cara de pocos amigos.

Tenía esa expresión seria pero respetuosa de los veteranos.

—Sí…

solo…

un poco mareado —dijo Thiago, aceptando la mano para levantarse.

Enzo lo sostuvo un momento para que no se cayera.

—Jugaste a uno y dos toques.

Eso nos complicó —dijo Enzo, mirándolo a los ojos—.

Al principio te la quedaste mucho y te comí.

Después entendiste.

Aprendés rápido.

Eso es raro acá.

—Gracias, Enzo.

—No me agradezcas.

Ahora andá a comer algo dulce antes de que te desmayes.

Estás pálido como un papel.

Y mañana…

mañana vení con canilleras nuevas, porque ya sé cómo jugás y no te voy a dejar girar tan fácil.

Enzo le dio una palmada en la nuca y se fue trotando hacia el grupo.

Thiago se quedó ahí, tambaleándose pero sonriendo.

Había sobrevivido.

Mientras caminaba hacia el vestuario, arrastrando los pies, sintió una presencia a su lado.

No era un jugador.

—Arenas.

Thiago se tensó.

Era Gallardo.

El técnico caminaba mirando al frente, con las manos en los bolsillos de la campera.

—¿Profe?

—Ese pase final —dijo Gallardo, sin detener el paso—.

¿Lo viste o lo tiraste por tirar?

—Lo vi, Marcelo.

Suárez picó a la espalda de Maidana.

El hueco estaba ahí.

Gallardo se detuvo y lo miró.

Sus ojos eran analíticos, fríos.

—Ese hueco estuvo abierto por menos de medio segundo.

Tenés una visión periférica inusual.

O mucha suerte.

—No creo en la suerte, Profe.

Gallardo esbozó media sonrisa.

Casi imperceptible.

—Mejor.

Porque la suerte se acaba.

El talento no.

Mañana te quiero acá de nuevo.

Y empezá a comer más fideos, porque si te sopla el viento te caes.

Necesitamos que ganes tres kilos de músculo para ayer.

—Sí, señor.

Gallardo siguió su camino hacia la oficina técnica.

Thiago entró al vestuario.

Se sentó en su banco y sacó una barra de cereal del bolso con manos temblorosas.

[MISIÓN DIARIA: COMPLETADA] [Respeto del Capitán: Adquirido.] [Interés del Entrenador: Confirmado.] [Estado Físico: Agotamiento Severo (Requiere 12 horas de sueño).] Thiago mordió la barra de cereal.

Nunca algo tan seco le había sabido tan bien.

Estaba en Primera.

Y por primera vez en mucho tiempo, sentía que no dependía solo de los nanobots para estar ahí.

Su mente, esa conexión instintiva con el juego que Levi potenciaba pero no creaba, era real.

—Un día a la vez —se dijo a sí mismo, cerrando los ojos.

Pero el descanso no duraría mucho.

Porque mientras Thiago se duchaba, en una oficina del piso de arriba, el Dr.

Santoro estaba mirando los datos biométricos del GPS que Thiago había usado en la pechera durante la práctica.

Y lo que veía en la pantalla no le gustaba nada.

O mejor dicho, le gustaba demasiado.

—Imposible…

—murmuró Santoro, ajustándose los lentes—.

Nadie tiene esa capacidad de recuperación cardíaca.

Nadie humano.

Thiago terminaba de atarse las zapatillas en el vestuario, sintiendo que cada músculo de su cuerpo era de gelatina.

La ducha caliente había ayudado, pero el agotamiento mental de mantener a Levi procesando tácticas a velocidad luz le había dejado un dolor de cabeza pulsante detrás de los ojos.

Un utilero asomó la cabeza por la puerta.

—Arenas.

Te llaman de arriba.

Departamento Médico.

El silencio en el vestuario fue breve pero notorio.

Algunos jugadores veteranos intercambiaron miradas.

Ir al Departamento Médico después del primer entrenamiento no solía ser buena señal.

O estabas roto, o no habías pasado algún parámetro.

—Gracias —dijo Thiago, colgándose la mochila al hombro.

Subió las escaleras hacia el primer piso.

El pasillo estaba decorado con fotos de glorias del club levantando copas internacionales.

Thiago sentía que esas figuras de bronce lo juzgaban.

Llegó a la oficina del Dr.

Santoro.

La puerta estaba entreabierta.

—Permiso —dijo Thiago.

Santoro estaba sentado frente a tres monitores gigantes llenos de gráficos de colores.

No se giró de inmediato.

—Entra, Thiago.

Cierra la puerta.

Thiago obedeció.

El aire acondicionado estaba tan fuerte que le dio frío.

Santoro giró su silla.

Tenía la pechera con el dispositivo GPS que Thiago había usado en la práctica sobre su escritorio, conectada a un cable.

—Siéntate.

Thiago se sentó en el borde de la silla.

—¿Pasó algo, Doc?

¿Salí mal en alguna medición?

Santoro se ajustó los lentes y señaló uno de los monitores.

—Verás, Thiago, en River usamos tecnología de punta.

Estos chalecos miden todo.

Distancia, velocidad, impactos…

y frecuencia cardíaca.

El médico hizo clic en un gráfico que mostraba una línea roja subiendo y bajando.

—Aquí —señaló un pico—.

Esto fue durante el rondo.

Tu corazón estaba a 185 pulsaciones por minuto.

Estrés máximo.

Normal para un debutante.

Luego, señaló una caída abrupta en la línea, justo después.

—Pero esto…

esto es lo que no entiendo.

La línea roja caía verticalmente.

De 185 a 55 pulsaciones en cuestión de ocho segundos.

—En el momento en que Gallardo paró el ejercicio para retarte, tu corazón no se “recuperó”.

Se apagó.

O mejor dicho, frenó con la precisión de un motor hidráulico al que le cortan la corriente.

—Santoro lo miró a los ojos, con una mirada que perforaba—.

Ni los maratonistas olímpicos tienen esa tasa de recuperación vagal.

Biológicamente, es imposible.

A menos que…

Santoro dejó la frase en el aire.

El corazón de Thiago (el real) empezó a acelerarse por el pánico.

“Alerta,” intervino Levi.

“Ha detectado la intervención del regulador de estrés.

Cuando Gallardo te gritó, forcé una baja de frecuencia cardíaca para que pudieras pensar con claridad y responder.

Fue demasiado agresivo.

Error de cálculo.” —¿A menos que qué, Doc?

—preguntó Thiago, intentando mantener la voz firme.

—A menos que el sensor esté roto —dijo Santoro, aunque su tono sugería que no creía eso en absoluto—.

O que estés tomando betabloqueantes.

¿Estás tomando algo para los nervios, Thiago?

¿Algo que no declaraste?

Era una acusación grave.

El doping.

—No, doctor.

Nada.

—Entonces explícame cómo pasas de un ataque cardíaco a estar durmiendo la siesta en diez segundos.

Thiago necesitaba una mentira.

Y rápido.

“Técnicas de apnea,” sugirió Levi.

“Dile que practicas el método Wim Hof o respiración diafragmática profunda desde que te lesionaste para controlar el dolor.” Thiago tragó saliva.

—Es la respiración, Doc.

Santoro arqueó una ceja.

—¿La respiración?

—Sí.

Cuando me lesioné la rodilla…

el dolor era mucho.

Aprendí técnicas de meditación y respiración para bajar las pulsaciones.

Yoga, apnea…

esas cosas.

Cuando el Muñeco me gritó, me asusté tanto que…

instintivamente hice el ejercicio de respiración para calmarme.

Para no bloquearme.

Thiago hizo una pausa y lo miró con cara de inocencia.

—¿Eso está mal?

Santoro lo miró fijamente durante un largo minuto, buscando cualquier rastro de mentira en su rostro.

Thiago sostuvo la mirada, gracias a que Levi estabilizó los micro-gestos de su cara.

Finalmente, el médico soltó un suspiro y se reclinó en la silla.

—Respiración…

—murmuró, escéptico—.

Mira, pibe.

He visto de todo en este club.

Jugadores que fuman, que beben, que se inyectan vitaminas de caballo.

Pero nunca vi a nadie controlar su sistema nervioso autónomo así.

Santoro desconectó el GPS y lo tiró en un cajón.

—Te voy a dar el beneficio de la duda, Arenas.

Por ahora.

Pero te voy a poner otro sensor mañana.

Uno más avanzado.

Quiero ver si es “yoga” o si hay algo más.

—Lo que quiera, Doc.

No tengo nada que ocultar.

—Eso espero.

Porque Gallardo te quiere en la lista de concentrados para el domingo.

Y yo no voy a firmar el apto médico si veo otra “anomalía” como esta.

Puedes irte.

Thiago se levantó, sintiendo que las piernas le pesaban mil kilos.

—Gracias, Doc.

Hasta mañana.

Salió de la oficina y caminó por el pasillo sin mirar atrás.

Solo cuando llegó al estacionamiento y se subió al auto del club que lo llevaba a la pensión, se permitió soltar el aire.

—Estuvo cerca —susurró.

“Demasiado cerca,” coincidió Levi.

“Santoro es inteligente.

No cree la historia del yoga, pero no tiene pruebas.

A partir de ahora, tendré que simular una curva de recuperación cardíaca humana, imperfecta y lenta.

Eso significa que te cansarás más rápido.

No podré enfriar tu sistema tan eficientemente.” Thiago miró por la ventanilla.

El sol se ponía sobre el Estadio Monumental.

—Si eso significa que no me descubren, me banco el cansancio.

Pero Levi…

“¿Sí?” —Gallardo me quiere en la lista para el domingo.

Una sonrisa lenta se formó en la cara de Thiago.

A pesar del miedo, a pesar de Santoro, a pesar de todo…

iba a ir al banco de Primera.

El celular le vibró en el bolsillo.

Era un mensaje de un número desconocido.

Mensaje: “Bienvenido al show, pibe.

Vi la práctica.

Tienes agallas.

Pero cuidado con los médicos.

A veces curan, a veces investigan.

Nos vemos el domingo.

– G.M.” Thiago frunció el ceño.

¿G.M.?

“Gonzalo Montiel?

Gabriel Mercado?

No…” Levi procesó las iniciales con la base de datos del club actual y pasado.

Entonces, Thiago entendió.

—Guido…

—susurró.

O quizás no era un jugador.

Quizás era alguien más.

Pero no importaba ahora.

Lo único que importaba era que el domingo River jugaba en el Monumental.

Y Thiago Arenas iba a estar ahí, con el número que le dieran, listo para demostrar que, humano o máquina, él había nacido para jugar al fútbol.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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