Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 66
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66: El Rugido del Monumental 66: El Rugido del Monumental Domingo.
14:30 Horas.
Concentración de River Plate.
Thiago estaba sentado al borde de la cama en la habitación del hotel, mirando sus zapatillas como si fueran un jeroglífico alienígena.
No había podido comer el postre en el almuerzo.
Tenía un nudo en el estómago del tamaño de una pelota de fútbol.
Su compañero de habitación, Bruno Zuculini, un volante central conocido por su energía inagotable y su buen humor, se estaba peinando frente al espejo.
—Che, pibe —dijo Zuculini, viéndolo por el reflejo—.
Respirá.
Si te ponés azul antes de subir al micro, el Muñeco te baja.
Thiago levantó la vista y forzó una sonrisa.
—Estoy bien, Zucu.
Solo…
repasando jugadas mentalmente.
—Deja de pensar.
En el Monumental no se piensa, se siente.
Si pensás, la tribuna te come.
Vos entrá, divertite y, si tenés dudas, pasásela a Enzo o a mí.
Nosotros nos encargamos de las patadas.
El teléfono de la habitación sonó.
Era la hora.
Bajaron al lobby.
El plantel estaba reunido, todos vestidos con el impecable traje de viaje del club.
Thiago se sentía disfrazado.
Se ajustó la corbata, incómodo.
Al pasar por la mesa de entrada, el Dr.
Santoro lo interceptó.
No dijo nada, simplemente le extendió una bolsa negra pequeña.
—Tu GPS —susurró el médico, sin sonreír—.
Úsalo.
Y recuerda: nada de yoga milagroso hoy.
Quiero ver datos reales.
Thiago tomó la bolsa.
Sentía el peso del dispositivo como si fuera una bomba de tiempo.
—Sí, doctor.
Subieron al micro.
Thiago caminó hacia el fondo, buscando un asiento libre, pero un utilero le señaló uno de los primeros asientos.
—Los pibes van adelante —le dijo—.
Los jerarcas van al fondo.
Thiago se sentó junto a la ventana.
El motor arrancó.
El viaje hacia el estadio fue una alucinación.
A medida que se acercaban al barrio de Núñez, las calles se teñían de blanco y rojo.
Banderas, camisetas, humo.
La gente golpeaba los costados del micro, cantando.
“Ritmo cardíaco: 130 BPM,” informó Levi.
“La adrenalina está subiendo.
Esto es bueno para la reacción, pero malo para la resistencia.
Si entras a jugar con este nivel de excitación, te quedarás sin aire en diez minutos.” —Es imposible calmarse, Levi.
Mirá esto.
Thiago pegó la frente al vidrio.
Vio a un padre llevando a su hijo en hombros, ambos gritando “¡Vamos River!”.
Vio a ancianos llorando.
Vio la pasión en estado puro.
El micro entró en el playón del Monumental.
El estadio se alzaba sobre ellos, inmenso, tapando el sol.
El “Coliseo”.
Bajaron.
El túnel hacia el vestuario local era amplio, moderno, con frases motivacionales pintadas en las paredes.
“Vivir y jugar con Grandeza.” Entraron al santuario: el vestuario local.
Y ahí estaba.
Colgada en un casillero, entre la 34 y la 36.
Una camiseta blanca con la banda roja cruzando el pecho.
Limpia, perfecta.
En la espalda, el número 35 y un apellido: ARENAS.
Thiago se quedó paralizado frente a ella.
—Es real —susurró.
Sacó el celular y le sacó una foto rápida para mandársela a su madre y a Ingrid.
Ingrid: “Hermosa.
Ahora ensuciala.” Thiago se empezó a cambiar.
Se puso el chaleco GPS de Santoro debajo de la térmica.
Se puso las medias, las canilleras, el short.
Y finalmente, la camiseta.
Le quedaba un poco holgada en los hombros (todavía le faltaba masa muscular), pero la sintió como una armadura.
Gallardo entró en el vestuario.
El silencio se hizo absoluto.
El técnico caminó por el centro, mirando a cada uno de sus soldados.
—Hoy jugamos contra Talleres —dijo Gallardo, con voz tranquila—.
Un equipo físico, que corre.
Van a querer ensuciar el partido.
Nosotros no entramos en esa.
Nosotros jugamos.
—Se detuvo y miró a los titulares—.
Presión alta.
Recuperación tras pérdida en tres segundos.
Y si tenemos que sufrir, sufrimos juntos.
Luego miró al banco.
Miró a Thiago.
—Los que esperan afuera, estén listos.
El partido dura 95 minutos.
A veces se gana en el minuto uno, a veces en el último.
Nadie se relaja.
—¡Vamos!
—gritó el capitán, Enzo Pérez.
—¡VAMOS CARAJO!
—rugió el equipo.
Salieron al calentamiento.
Cuando Thiago subió la escalerilla y pisó el césped, el sonido lo golpeó físicamente.
70.000 personas.
Un océano de ruido.
BUM-BUM-BUM.
Los bombos de la barra brava hacían vibrar el piso.
Thiago miró hacia arriba.
Las tribunas parecían caerse sobre la cancha.
Era aterrador y hermoso.
“Calibrando sensores auditivos,” dijo Levi.
“Filtrando ruido ambiente para permitir comunicación clara.
Concéntrate en la pelota, Thiago.
El resto es decoración.” Thiago agarró una pelota y empezó a hacer pases con Zuculini y Palavecino.
Intentó que no se le notara el temblor en las piernas.
De repente, mientras estiraba cerca del lateral, vio a alguien en la platea baja, muy cerca del campo.
Un hombre con gorra y lentes oscuros, que no miraba el calentamiento general.
Lo miraba a él.
El hombre se bajó un poco los lentes y le hizo un gesto sutil: se tocó el reloj de muñeca.
Thiago frunció el ceño.
¿G.M.?
Pero antes de que pudiera analizarlo, el preparador físico silbó.
—¡Adentro!
¡A cambiarse que arranca!
Thiago volvió al vestuario, con el corazón a mil y una pregunta en la cabeza.
Pero ya no había tiempo para misterios.
El partido estaba por empezar.
Y él iba a estar sentado a cinco metros de la línea de cal, esperando la orden para entrar a la guerra.
El partido comenzó y, desde el banco, Thiago entendió lo que Funes quería decir con “ritmo de Primera”.
Talleres de Córdoba no había venido a ver jugar a River.
Había venido a correr.
Eran once atletas vestidos de azul y blanco que presionaban la salida de River con una sincronización asfixiante.
—¡Soltala rápido!
—gritaba Gallardo, de pie al borde del área técnica, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa.
Pero River no podía.
Enzo Pérez estaba rodeado.
Los laterales no podían subir.
A los 23 minutos, pasó lo inevitable.
Una pérdida en la salida.
El extremo de Talleres, un colombiano rapidísimo llamado Valoyes, robó la pelota, corrió cuarenta metros dejando atrás a la defensa y definió cruzado ante la salida de Armani.
0-1.
El Monumental enmudeció un segundo y luego empezó a rugir, pero esta vez con impaciencia.
“¡Movete, River, movete…!”.
Thiago miraba el partido con los ojos muy abiertos.
Levi proyectaba líneas rojas sobre el campo.
“River está fracturado,” analizó la IA.
“Hay 40 metros entre los defensores y los delanteros.
Talleres está ganando todos los rebotes en esa ‘zona muerta’.
Necesitan un enlace.
Alguien que ocupe ese espacio.” El primer tiempo terminó 0-1.
El equipo se fue al vestuario bajo una lluvia de aplausos tibios y murmullos de preocupación.
Thiago y los suplentes se quedaron en el campo haciendo el “loco” y pases largos para mantener el calor.
—El Muñeco va a hacer cambios —dijo Zuculini, pasándole la pelota—.
Está caliente.
No le gusta que nos pasen por arriba en casa.
El segundo tiempo empezó sin cambios.
Pero la dinámica seguía igual.
River chocaba, Talleres contragolpeaba.
El 0-2 se olía en el aire.
Minuto 58.
Nico De La Cruz, el motor del medio campo de River, picó para buscar un pase largo.
De repente, se llevó la mano a la parte posterior del muslo derecho y se tiró al piso.
El estadio contuvo el aliento.
—¡Isquio!
—gritó el médico de campo haciendo la señal de cambio al banco.
Gallardo se dio vuelta como un resorte.
Sus ojos barrieron el banco de suplentes.
Pasó por encima de los delanteros, de los defensores.
Buscaba un volante.
Sus ojos se clavaron en Thiago.
—¡Arenas!
¡Vení!
El corazón de Thiago dio un salto mortal.
—¿Yo?
—preguntó, incrédulo.
—¡Sí, vos!
¡Vení rápido!
Thiago saltó del banco y corrió hacia el técnico.
Se sacó el buzo de entrenamiento con manos torpes, revelando la camiseta 35.
El Dr.
Santoro, sentado cerca, miró su tablet.
[Ritmo Cardíaco: 175 BPM] [Pico de Adrenalina: Máximo.] “Cuidado,” advirtió Levi.
“Tu corazón va a explotar antes de entrar.
Respira.
No uses la calma artificial.
Deja que baje naturalmente o Santoro te sacará del partido.” Gallardo lo agarró de los hombros y lo acercó.
Le hablaba al oído para que el ruido de la hinchada no tapara sus palabras.
—Escuchame bien.
De La Cruz se rompió.
Necesito que entres ahí y conectes las líneas.
No quiero que corras detrás de ellos.
Quiero que te pares a la espalda del 5 de Talleres.
Ahí.
—Gallardo señaló un hueco imaginario en el campo—.
Recibí y hacé jugar a Julián.
¿Te animas?
Thiago miró el campo.
Parecía un campo de batalla.
—Sí, Marcelo.
—Entonces entrá y demostrá por qué te traje.
Thiago corrió hacia la línea central.
El cuarto árbitro levantó el cartel electrónico.
SALE: 11 (De La Cruz) ENTRA: 35 (Arenas) Hubo aplausos respetuosos para el uruguayo que salía lesionado en camilla.
Y luego, un murmullo de curiosidad.
“¿Quién es el 35?
¿El pibe nuevo?”.
Thiago pisó la línea de cal.
Se persignó (una costumbre vieja que le quedó de ver fútbol, no por religión) y entró.
El césped del Monumental se sentía diferente bajo sus pies.
Más blando, más rápido.
“Bienvenido al show,” dijo Levi.
“Activando Modo de Asistencia Táctica: Nivel Intermedio.
No puedo potenciar tus músculos, pero puedo decirte dónde va a estar la pelota dos segundos antes que el resto.” El juego se reanudó.
La primera pelota no tardó en llegar.
Maidana recuperó en el fondo y buscó a Enzo Pérez.
Enzo, presionado, vio a Thiago parado solo en el círculo central, justo donde Gallardo le había dicho.
—¡Thiago!
El pase fue fuerte, rasante.
Thiago sintió la presión de un volante de Talleres que venía a morderle los tobillos desde atrás.
El miedo intentó paralizarlo.
Si la perdía ahí, era gol de Talleres y su carrera terminaba antes de empezar.
“Viene por la derecha,” indicó Levi.
“Gira a la izquierda.” Thiago recibió con el borde interno del pie derecho, orientando el control hacia su izquierda en un solo movimiento fluido.
El volante de Talleres pasó de largo, tirando un manotazo que no llegó a nada.
El estadio hizo un sonido de aprobación: “Oooop”.
Thiago tenía campo de frente.
Levantó la cabeza.
Vio a Julián Álvarez marcando el pase en profundidad.
Pero también vio que el central de Talleres estaba esperando ese pase.
Era una trampa.
Thiago amagó el pase largo.
El central dio un paso atrás.
En ese instante, Thiago filtró un pase corto, vertical, rompiendo líneas por el medio, hacia Enzo Fernández que aparecía por sorpresa.
Fue un pase de billar.
Enzo Fernández recibió, giró y remató desde afuera del área.
La pelota pasó rozando el palo.
—¡Uh!
—gritó la tribuna.
Enzo Fernández se dio vuelta y le levantó el pulgar a Thiago.
—¡Esa es!
¡Seguí así!
Thiago sonrió.
El miedo había desaparecido.
Ahora solo quedaba el juego.
Pero Talleres no iba a dejarlo jugar tranquilo.
A los dos minutos, Thiago recibió de nuevo.
Esta vez, no hubo presión táctica.
Hubo violencia.
El volante defensivo de Talleres, un tipo curtido de mil batallas, fue al piso y lo barrió.
No fue a la pelota.
Fue al hombre.
Thiago voló por el aire y cayó pesadamente sobre su hombro.
El árbitro cobró falta, pero no sacó tarjeta.
“Siga, siga”.
Thiago se quedó en el piso, dolorido.
—Bienvenido a Primera, nene —le dijo el rival al pasar, escupiéndole cerca—.
Tocá rápido o te rompo.
Desde el banco, Gallardo protestaba.
En la tablet de Santoro, la línea roja de Thiago mostraba el impacto y el dolor, pero también mostraba algo más: una recuperación estable.
Ni demasiado rápida, ni demasiado lenta.
Thiago se levantó.
Se acomodó las medias.
“Integridad física: 92%,” reportó Levi.
“Golpe superficial.
Pero el mensaje es claro: te han marcado como objetivo.
Van a intentar intimidarte.” Thiago miró al jugador que le había pegado.
No sentía miedo.
Sentía una frialdad calculadora.
—Levi —pensó Thiago—.
Analizá el patrón de movimiento de ese tipo.
La próxima vez que venga a pegarme, quiero que pase de largo y quede en ridículo frente a 70.000 personas.
“Análisis en proceso.
Listo.” River movió el tiro libre.
La pelota volvió a rodar.
Y Thiago Arenas, el pibe de la rodilla rota, empezó a pedirla.
Minuto 78.
El murmullo de la hinchada se había transformado en un rugido constante, una marea de ansiedad que empujaba al equipo hacia adelante.
River seguía perdiendo 0-1, pero el ingreso de Thiago había cambiado la geometría del partido.
Thiago recibió la pelota en tres cuartos de cancha, de espaldas al arco.
Sintió la respiración pesada de su “sombra”, el volante de Talleres que lo había levantado por el aire minutos antes.
—Ahora te rompo, pendejo —escuchó a sus espaldas.
El rival no venía a marcar; venía a cazar.
“Alerta de impacto inminente,” calculó Levi, proyectando un cono rojo detrás de Thiago en su visión periférica.
“Velocidad de aproximación: Alta.
Ángulo de barrida: Directo al tobillo izquierdo.
Tiempo para impacto: 0.8 segundos.” Thiago no se movió.
Se quedó clavado, ofreciendo el blanco.
Era la carnada.
“Espera…” ordenó Levi.
“Espera…” El volante de Talleres se lanzó al suelo, con los tapones de aluminio brillando como cuchillos, buscando la pierna de apoyo de Thiago.
“¡AHORA!” Thiago no saltó hacia adelante.
Hizo algo contraintuitivo: pisó la pelota con la suela derecha y la arrastró hacia atrás un metro, mientras él daba un pequeño salto vertical.
El rival pasó de largo como un tren descarrilado, barriendo la nada, llevándose solo aire y pasto.
Fue tan violento su impulso que terminó deslizando tres metros más allá.
El “Oleee” de 70.000 personas fue ensordecedor.
Thiago cayó de pie, con la pelota mansa frente a él.
El campo se abrió como el Mar Rojo.
Condujo hacia el área.
La defensa de Talleres, desordenada por la humillación de su volante, salió a tapar el agujero.
Un central salió a cortar a Thiago.
—¡Julián!
—gritó Thiago, no para que lo escucharan, sino para activar la atención del defensor.
Thiago miró a la derecha, donde entraba Simón, pero su pie izquierdo hizo otra cosa.
Filtró un pase quirúrgico, entre las piernas del central, hacia la izquierda.
Allí apareció Julián Álvarez, la Araña, entrando en diagonal como un fantasma.
Julián controló y definió cruzado, fuerte, inatajable.
¡GOOOOOOOOOOL DE RIVER!
El estruendo fue físico.
Thiago sintió que el suelo temblaba bajo sus pies.
Julián corrió hacia el córner y Thiago fue el primero en llegar a abrazarlo.
—¡Qué bocha me pusiste, nene!
—le gritó Julián, eufórico.
1-1.
Y quedaban diez minutos.
El partido se reanudó y el Monumental era una caldera.
Talleres ya no corría; Talleres se defendía.
Se colgaron del travesaño, aguantando el empate.
Thiago sentía que se le acababa la nafta.
Sus músculos, todavía recuperándose de la atrofia, quemaban ácido láctico.
“Reserva de energía: 12%,” advirtió Levi.
“Estás entrando en zona de riesgo de desgarro.
No hagas sprints de más de 10 metros.” —No necesito correr —jadeó Thiago—.
Necesito pensar.
Minuto 90+3.
El árbitro había adicionado cuatro minutos.
Era la última jugada.
Armani descolgó un centro peligroso de Talleres y salió jugando rápido con las manos.
Se la dio a Enzo Pérez.
Enzo levantó la cabeza y vio a Thiago en el círculo central.
—¡Thiago!
El pase fue fuerte.
Thiago controló, pero el cansancio le jugó una mala pasada y la pelota se le fue un poco larga.
Un defensor de Talleres se le vino encima para reventarla.
Era una pelota dividida.
Si Thiago ponía el pie blando, perdía.
Si iba fuerte, se podía romper.
En ese milisegundo, recordó las palabras de Gallardo: “Acá el puesto se gana con sangre”.
Thiago se tiró al piso, con el alma.
Trancó la pelota con todo el peso de su cuerpo.
¡CRAACK!
El sonido del choque de canilleras sonó seco.
Thiago ganó la trabada.
La pelota salió despedida hacia adelante, superando la línea de volantes.
Thiago se levantó como pudo, rengueando un paso, y vio la situación.
Julián Álvarez picaba solo contra el arquero, habilitado por el rebote.
—¡CORRÉ!
—gritó Thiago con el último aliento que le quedaba.
Julián corrió.
El arquero salió desesperado.
Julián la tocó suave por un costado.
La pelota rodó lenta, dramáticamente lenta, hacia el arco vacío.
Un defensor corrió para sacarla, se tiró…
Pero llegó tarde.
La pelota besó la red.
¡GOOOOOOOOOOL AGÓNICO!
¡GOL DE RIVER SOBRE LA HORA!
El estadio explotó en un delirio absoluto.
Thiago no corrió a festejar.
Se dejó caer de rodillas en el círculo central, mirando al cielo, mientras las lágrimas se le mezclaban con el sudor.
El árbitro pitó el final inmediatamente después del saque.
River 2 – Talleres 1.
Sus compañeros lo levantaron del suelo.
Enzo Pérez le revolvió el pelo.
Gallardo entró al campo y, rompiendo su habitual distancia, le dio una palmada firme en el pecho al pasar.
—Huevo y fútbol —le dijo el Muñeco—.
Así se juega acá.
Thiago caminó hacia el túnel, arrastrando los pies, envuelto en la ovación de la gente que coreaba al equipo.
Al bajar las escaleras hacia el vestuario, se cruzó con el Dr.
Santoro.
El médico tenía la tablet en la mano.
Lo miró con una mezcla de respeto profesional y sospecha científica.
—Tus niveles de lactato deben estar por las nubes —dijo Santoro—.
Y tu frecuencia cardíaca en la última jugada llegó a 198.
Casi te morís, Arenas.
Thiago se apoyó en la pared, sonriendo débilmente.
—Casi, Doc.
Pero ganamos.
—Sí.
Ganaron.
—Santoro guardó la tablet—.
Descansa.
Mañana quiero análisis de sangre completos.
Esa recuperación milagrosa de energía en el segundo tiempo…
quiero ver qué hay en tu sangre.
Thiago sintió el frío de la amenaza, pero estaba demasiado cansado y feliz para preocuparse ahora.
Entró al vestuario.
La fiesta era total.
Cumbia a todo volumen, gritos, abrazos.
Thiago se sentó en su lugar, bajo la camiseta 35.
Sacó el celular.
Tenía un mensaje nuevo.
No era de su madre.
No era de Ingrid.
Era del mismo número desconocido.
G.M.
Abrió el mensaje.
“Buena trancada.
Así se gana el respeto.
Pero cuidado, pibe.
Santoro no es el único que mira tus datos.
Hay gente afuera del club que pagaría mucho por saber cómo un chico con la rodilla destrozada corre como un Fórmula 1.
Nos vemos pronto.
– G.M.” Thiago bloqueó el teléfono.
Miró a sus compañeros festejando.
Estaba en la cima del mundo.
Había debutado en River, había ganado en el Monumental.
Pero en las sombras, los lobos (los viejos y los nuevos) se estaban acercando.
“Levi,” pensó Thiago.
“¿Leíste eso?” “Afirmativo,” respondió la IA, ya en modo de reposo.
“La red se cierra.
Pero hoy…
hoy somos los dueños de la cancha.
Descansa, Thiago.
Mañana nos preocupamos por los espías.” Thiago cerró los ojos y, por primera vez en semanas, dejó que la música del vestuario apagara el ruido de su mente.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com