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Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 67

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  4. Capítulo 67 - 67 La Sangre no Miente
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67: La Sangre no Miente 67: La Sangre no Miente El lunes por la mañana, Thiago despertó con la sensación de que lo había atropellado un camión con acoplado.

No le dolía un músculo; le dolían todos.

Desde el dedo gordo del pie hasta las pestañas.

La “trancada” final contra el defensor de Talleres le había dejado un moretón violáceo en el muslo derecho que parecía un mapa geográfico.

Se estiró para agarrar el celular de la mesa de luz.

La pantalla estaba estallada de notificaciones.

Instagram: +50.000 seguidores nuevos.

WhatsApp: 140 mensajes no leídos.

Tíos que no veía hace diez años, compañeros de escuela que le hacían bullying, y chicas que antes lo dejaban en “visto”.

Abrió un portal de noticias deportivas.

La foto principal era él, de rodillas en el Monumental, gritando el gol agónico.

Título: “¿QUIÉN ES EL PIBE DE LA 35?

LA APUESTA SECRETA DE GALLARDO QUE SALVÓ A RIVER.” Subtítulo: “Thiago Arenas.

De la lesión que casi lo retira a una noche mágica en el Monumental.

Crónica de un debut soñado.” Thiago sonrió, sintiendo un calorcito en el pecho.

Por un segundo, fue solo un chico de 19 años disfrutando su momento.

“Disfruta la dopamina,” interrumpió Levi, cortando el momento como un cuchillo helado.

“Es una recompensa química aceptable.

Pero te recuerdo que en 45 minutos tienes una cita con el Dr.

Santoro.

Y él no quiere un autógrafo.

Quiere tu sangre.” La sonrisa de Thiago desapareció.

—¿Qué vamos a hacer, Levi?

Si analizan mi sangre…

¿van a ver los nanobots?

“Mis unidades son microscópicas, pero en un análisis de alta complejidad podrían aparecer como ‘sedimento no identificado’ o anomalías metálicas.

Tengo que activar el Protocolo de Camuflaje.” —¿Qué significa eso?

“Voy a ordenar a todas las unidades nanobóticas que se anclen a tus huesos y tejidos profundos.

Voy a limpiar tu torrente sanguíneo temporalmente.

Tu sangre se verá normal…

demasiado normal.

Sin rastro de la ayuda extra.

Eso te hará sentir extremadamente débil durante la extracción, porque perderás mi soporte metabólico.” Thiago se levantó de la cama con un quejido.

—Genial.

Justo lo que necesito.

Sentirme más débil.

Al llegar al River Camp, la realidad de su nueva fama lo golpeó en la cara.

Había cámaras de televisión en la puerta.

Hinchas con camisetas esperando.

—¡Ahí viene!

¡Es el pibe!

—gritaron al ver el auto del club.

Thiago bajó la ventanilla tímidamente y firmó dos camisetas.

Las manos le temblaban.

Cuando entró al vestuario, el ambiente era relajado.

Día regenerativo.

Los titulares hacían bicicleta fija y masajes.

Enzo Pérez lo vio entrar rengueando.

—¡Buen día, figura!

—le gritó el capitán—.

¿Te duele?

—Todo, Enzo.

—Bien.

Ese es el dolor lindo.

El dolor de ganar.

Andá a kinesiología que te aflojen las patas.

Pero antes de que pudiera ir a kinesiología, la sombra del Dr.

Santoro apareció en la puerta del vestuario.

—Arenas.

Enfermería.

Ahora.

El silencio volvió al vestuario por un segundo.

La obsesión de Santoro con el nuevo ya era vox populi.

Thiago siguió al médico hasta la sala de extracción.

Se sentó en la camilla.

El olor a alcohol le revolvió el estómago (vacío, por orden médica).

Santoro preparó la jeringa con una meticulosidad que ponía nervioso.

—Sabes, Thiago, anoche me quedé revisando los videos del partido —dijo Santoro, ajustando la goma en el brazo de Thiago para buscar la vena—.

Hay un momento, en el minuto 82, donde haces un pique de veinte metros para recuperar una posición defensiva.

—¿Y?

—Tu aceleración no coincide con tu masa muscular.

—Santoro le dio unos golpecitos en la vena del brazo—.

Tus cuádriceps todavía están en recuperación.

Biomecánicamente, deberías haber tardado 1.5 segundos más.

Esos 1.5 segundos son la diferencia entre un atleta normal y uno dopado.

Thiago sintió el pinchazo de la aguja.

—No me dopo, doctor.

—Eso dice la orina.

Veremos qué dice la sangre.

Voy a buscar EPO, hormona de crecimiento sintética, y cualquier diseñador de esteroides nuevo que ande dando vueltas en el mercado negro.

La sangre roja y oscura empezó a llenar el tubo.

“Protocolo de Camuflaje activo,” informó Levi.

“Unidades retiradas del flujo sanguíneo.

Nivel de energía del sistema: 5%.

Te vas a sentir mareado.” De repente, el mundo se volvió gris.

Los sonidos se alejaron.

Thiago sintió que se desmayaba.

Su cuerpo, privado del soporte constante de Levi, sintió de golpe la verdadera magnitud del cansancio y la falta de nutrientes.

Se tambaleó en la camilla.

—¡Epa!

—Santoro sacó la aguja rápido y lo sostuvo por los hombros—.

¡Respira, pibe!

Thiago parpadeó, viendo puntos negros.

—Estoy…

bien…

solo…

no comí.

Santoro lo miró, sosteniendo el tubo de sangre tibia en la otra mano.

La debilidad de Thiago parecía genuina.

Demasiado genuina.

—Estás pálido como un papel.

Tienes la presión por el piso —diagnosticó Santoro, frunciendo el ceño—.

Esto es raro.

En la cancha eres Superman y acá te desmayas con una aguja.

El médico le alcanzó un jugo de naranja industrial.

—Toma esto.

Y quédate sentado diez minutos.

Voy a mandar esto al laboratorio central.

Resultados urgentes para la tarde.

Santoro etiquetó el tubo: ARENAS, T.

– PRIORIDAD ALTA.

Cuando el médico salió de la sala, Thiago se tomó el jugo de un trago.

El azúcar golpeó su cerebro y Levi reactivó los sistemas lentamente.

“Sangre limpia entregada,” confirmó Levi.

“No encontrarán nada químico.

Pero Santoro tiene razón en algo: la discrepancia entre tu rendimiento y tu estado basal es sospechosa.

Necesitamos una coartada biológica.” —¿Una coartada?

“Sí.

Necesitamos una explicación médica de por qué rindes tanto y luego te desplomas.

Estoy buscando en bases de datos médicas.

Quizás…

una condición genética rara.

Hiper-eficiencia mitocondrial transitoria.

Algo que lo mantenga ocupado y lejos de la palabra ‘nanotecnología’.” Thiago se frotó el brazo donde tenía el algodón.

—Lo que sea, Levi.

Pero que sea rápido.

Porque si me prohíben jugar, se acabó todo.

En ese momento, su celular vibró de nuevo.

Otro mensaje de G.M.

Esta vez, no era texto.

Era una foto.

Era una foto tomada desde lejos, con mucho zoom.

Se veía la entrada del River Camp hace diez minutos.

Se veía a Thiago firmando autógrafos.

Y detrás de la multitud, apoyado en un árbol, un hombre de traje gris mirando la escena.

Debajo de la foto, un mensaje: G.M.: “Sonríe para la cámara.

Pero cuidado con el de gris.

Es un scout del City Group.

Y no viene solo a ver fútbol.

Viene a comprar futuros.

No firmes nada sin hablar conmigo.” Thiago sintió un escalofrío.

¿City Group?

¿Manchester City?

—Esto se está yendo de las manos —murmuró.

La tarde cayó sobre el predio de Ezeiza.

Thiago había pasado las últimas tres horas en la sala de kinesiología, con hielo en el muslo y los ojos cerrados, fingiendo dormir para evitar las preguntas de los periodistas que se filtraban por las ventanas.

A las 18:00 horas, su celular sonó.

Era una llamada interna.

—Arenas.

A mi oficina —la voz de Santoro sonaba seca, casi metálica.

Thiago se levantó, sintiendo que el corazón le volvía a golpear las costillas.

“Tranquilo,” le susurró Levi.

“Los datos están manipulados.

No eres un cíborg.

Eres un fenómeno biológico inexplicable, pero legal.” Al entrar en la oficina, Santoro no estaba frente a los monitores.

Estaba de pie junto a la ventana, mirando el atardecer, con una hoja de papel en la mano.

—Siéntate, Thiago.

Thiago se sentó.

El silencio se estiró hasta volverse incómodo.

Finalmente, Santoro se dio vuelta y tiró el papel sobre el escritorio.

—Negativo.

Thiago soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—¿Negativo en qué, doctor?

—En todo.

—Santoro se quitó los lentes y se frotó el puente de la nariz, frustrado—.

No hay anabólicos.

No hay EPO.

No hay estimulantes del sistema nervioso central.

Tu sangre está más limpia que la de un monje tibetano.

El médico apoyó las manos en la mesa y se inclinó hacia él.

—Pero hay algo que no encaja.

Tus niveles de hemoglobina son bajos, rozando la anemia.

Y sin embargo, tu transporte de oxígeno es…

eficiente.

Demasiado eficiente.

Es como si tus células supieran exprimir cada molécula de aire mejor que las de cualquier humano normal.

—Le dije que tengo buena genética, Doc.

—No es solo genética.

Es…

rareza metabólica.

—Santoro suspiró, derrotado por la evidencia (o la falta de ella)—.

Escúchame bien, Arenas.

No puedo suspenderte porque no has roto ninguna regla.

Estás “limpio”.

Pero médicamente, eres una incógnita.

Voy a firmar el apto para que juegues el domingo, porque Gallardo me mata si no lo hago.

Pero te voy a monitorear cada semana.

Si veo que esa “anemia” empeora, te paro.

¿Entendido?

—Entendido, doctor.

Gracias.

Thiago salió de la oficina sintiendo que acababa de esquivar una bala de cañón.

“Primera batalla ganada,” celebró Levi.

“La excusa de la ‘eficiencia metabólica’ ha colado.

Ahora, salgamos de aquí antes de que se arrepienta.” Thiago agarró su bolso y caminó hacia la salida del predio.

El estacionamiento estaba casi vacío, salvo por un par de autos de los empleados y…

un sedán gris oscuro, importado, estacionado en doble fila cerca de la garita de seguridad.

Thiago recordó la foto de G.M.

El hombre de traje gris.

Intentó caminar rápido hacia el remís que lo esperaba, pero la puerta del sedán se abrió.

El hombre de la foto bajó.

Era alto, impecable, con un traje que costaba más que la casa de la madre de Thiago.

Tenía una sonrisa de publicidad de pasta dental.

—¡Thiago!

¡Thiago Arenas!

—llamó el hombre, con un acento extraño, una mezcla de español neutro y británico.

Thiago se detuvo.

No por cortesía, sino porque Levi le lanzó una alerta.

[ALERTA DE PROSPECCIÓN] [Sujeto: Identificado como Patrick O’Connell.] [Afiliación: City Football Group – Scout Senior Sudamérica.] —Hola —dijo Thiago, seco.

O’Connell se acercó, ignorando el espacio personal, y le tendió una tarjeta negra con letras doradas.

—Un placer verte en persona, Thiago.

Qué debut el de ayer.

Fabuloso.

Soy Patrick.

Represento a una familia de clubes que seguramente conoces.

Manchester City, New York City, Girona…

—Sé quiénes son —interrumpió Thiago—.

Pero tengo contrato con River.

Y representante ya tengo…

bueno, más o menos.

O’Connell soltó una risa suave, corporativa.

—Oh, no vengo a hablar de contratos hoy.

Eso sería ilegal.

Vengo a hablar de…

proyección.

Vemos tus métricas, Thiago.

Vemos cómo te mueves.

Tienes un perfil “europeo”.

Y en el City Group nos especializamos en cuidar talentos especiales.

Tenemos tecnología en Manchester que haría que este lugar…

—hizo un gesto despectivo hacia el predio de River— parezca una sala de primeros auxilios.

La mención de “tecnología” hizo que Thiago se tensara.

¿Sabían algo?

—Estoy bien en River —dijo Thiago, dando un paso hacia su remís.

—Por ahora —insistió O’Connell, bajando la voz—.

Pero River necesita vender.

Y tú eres la próxima gran venta.

Solo piénsalo.

Un futuro en la Premier League.

Médicos que no hacen tantas preguntas…

médicos que entienden el rendimiento moderno.

Eso fue un gancho directo al hígado.

O’Connell sabía que Santoro lo estaba investigando.

Tenían información interna.

—¿Cómo sabe lo de los médicos?

—preguntó Thiago, entrecerrando los ojos.

O’Connell le guiñó un ojo.

—Nosotros sabemos todo, Thiago.

Llámame.

El scout se dio vuelta y volvió a su auto de lujo.

Thiago se quedó parado, con la tarjeta negra en la mano.

City Group.

La cima del fútbol mundial.

Y una promesa velada de protección tecnológica.

Era tentador.

Terriblemente tentador.

El celular vibró.

G.M.: “Tirala.

Ahora.” Thiago miró a su alrededor.

No veía a nadie.

G.M.: “La tarjeta.

Tirala.

Tienen un chip NFC pasivo.

Si te la llevás a tu casa, sabrán dónde vivís, a qué hora dormís y con quién hablás.

O’Connell no es un scout, es un recolector de datos.” Thiago sintió un escalofrío.

Miró la tarjeta elegante.

Parecía inofensiva.

“Detectando micro-circuito en el papel,” confirmó Levi.

“Es un rastreador de corto alcance.

G.M.

tiene razón.” Thiago arrugó la tarjeta y la tiró en un cesto de basura cercano.

Se subió al remís y cerró la puerta con seguro.

—Sácame de acá —le dijo al chofer.

Mientras el auto se alejaba por la autopista Ricchieri, Thiago escribió un mensaje.

Thiago: “¿Quién sos?

¿Y por qué me ayudás?” La respuesta llegó al instante, acompañada de una ubicación en Google Maps.

G.M.: “Porque yo cometí el error que vos estás por cometer.

Vení a esta dirección.

Solo.

Sin Levi activado (si es que podés apagarlo).” Thiago leyó el mensaje dos veces.

“Sabe mi nombre,” dijo Levi.

“Sabe que existo.” La ubicación era un bar antiguo en el barrio de San Telmo, lejos de las luces de Núñez y de la prensa.

—Cambio de planes —le dijo Thiago al chofer—.

Vamos a San Telmo.

El remís dejó a Thiago en la esquina de la calle Defensa.

El aire estaba húmedo y olía a café tostado y humedad de río.

Thiago caminó hasta la dirección indicada.

Era un bar notable, de esos con mesas de madera oscura, espejos manchados por el tiempo y un mostrador de estaño.

Había poca gente: un par de viejos jugando al ajedrez y una pareja de turistas hablando en voz baja.

Thiago entró.

La campanilla de la puerta sonó, anunciando su llegada.

“Escaneo del perímetro,” intentó iniciar Levi.

—Silencio, Levi —pensó Thiago con fuerza—.

Modo pasivo.

Solo observa.

No hables.

Al fondo del salón, en una mesa apartada bajo una luz amarillenta, un hombre levantó la mano.

Llevaba una gorra gastada y una campera de cuero que había visto mejores días.

Tenía una cicatriz fina que le cruzaba la ceja izquierda.

Thiago se acercó y se sentó enfrente.

El hombre lo miró.

Tenía ojos cansados, pero inteligentes.

—Viniste —dijo el hombre.

Su voz era ronca, como si hubiera gritado mucho en otra vida—.

Y tiraste la tarjeta.

Bien.

Aprendés rápido.

—¿Quién sos?

—preguntó Thiago sin rodeos—.

¿Y cómo sabés lo de Levi?

El hombre sonrió con tristeza.

Metió la mano en el bolsillo de su campera y sacó algo.

Lo puso sobre la mesa, deslizándolo hacia Thiago.

Era una vieja tarjeta de jugador de la AFA.

La foto estaba un poco descolorida, pero se reconocía el rostro joven del hombre.

Llevaba la camiseta de un club del ascenso.

Nombre: Gastón Mendieta.

Club: Chacarita Juniors.

Año: 2012.

—Mendieta…

—Thiago buscó en su memoria—.

Me suena.

Eras enganche.

Dicen que ibas a ser el nuevo Riquelme.

—Iba —corrigió Gastón—.

Hasta que me rompí los ligamentos cruzados.

Dos veces.

A los 17 años, mi carrera estaba terminada.

—Gastón se inclinó hacia adelante, bajando la voz—.

Entonces aparecieron ellos.

No se llamaban K-Core en ese entonces.

Eran un “laboratorio experimental privado”.

Me ofrecieron una solución.

Una cirugía revolucionaria.

Thiago sintió un nudo en el estómago.

—¿Nanobots?

—Prototipos —dijo Gastón, con amargura—.

Versión 1.0.

Rudimentarios.

No tenían una IA sofisticada como la tuya.

Eran…

inestables.

Gastón se arremangó la camisa en el brazo izquierdo.

Su piel estaba marcada por extrañas líneas plateadas, como venas metálicas que habían cicatrizado mal.

—Me dieron dos años de magia, Thiago.

Volví a jugar.

Corría más que nadie.

Saltaba más alto.

Me compró un club de México.

Iba a ser millonario.

—¿Y qué pasó?

—Que dejé de pagar la “suscripción”.

—Gastón soltó una risa seca—.

Pensé que la fuerza era mía.

Pensé que ya estaba curado.

Rompí el contrato con el laboratorio.

Y entonces…

apagaron el sistema.

Thiago sintió que la sangre se le helaba.

—¿Pueden hacer eso?

—Pueden hacer lo que quieran.

Cuando apagaron los nanobots, mis rodillas no solo volvieron a estar rotas; colapsaron.

El tejido que habían reconstruido se deshizo.

Pasé de ser titular en primera a estar en silla de ruedas en una semana.

Tardé cinco años en volver a caminar sin bastón.

Gastón volvió a taparse el brazo.

—Por eso te escribí, pibe.

Te vi en la tele.

Vi ese giro.

Vi esa recuperación antinatural.

Y supe que habían encontrado a un nuevo conejillo de indias.

Pero tu modelo…

tu modelo es diferente.

Levi es mucho más avanzado.

“Este sujeto es un residuo obsoleto,” interrumpió la voz de Levi en la cabeza de Thiago, sonando inusualmente fría y defensiva.

“Su falla se debió a incompatibilidad genética y falta de disciplina.

No escuches a los fracasados.” —Cállate, Levi —murmuró Thiago en voz alta.

Gastón lo miró fijamente.

—Te está hablando ahora, ¿no?

Te dice que soy un mentiroso.

O un fracasado.

Thiago asintió lentamente.

—Dice que sos “obsoleto”.

—Claro.

Para ellos, los humanos somos hardware.

Si nos rompemos, nos cambian.

Escuchame bien, Thiago.

O’Connell, el tipo del City Group…

él no trabaja para el Manchester City.

Él trabaja para la división de scouting tecnológico de K-Core.

Se infiltran en los grandes grupos de fútbol para recuperar sus activos.

—¿Recuperar?

—Quieren a Levi.

Vos sos solo el envase.

Quieren ver cómo funciona la IA en un entorno de alta competencia (la Primera de River) para luego vender la tecnología a ejércitos o corporaciones privadas.

Si te vas con ellos, te van a llevar a un laboratorio en Europa y no vas a volver a tocar una pelota en tu vida.

Te van a desarmar para estudiar los datos.

Thiago apoyó la espalda en la silla.

El bar de repente le pareció claustrofóbico.

—¿Qué hago entonces?

Si me quedo en River, Santoro me descubre.

Si me voy, O’Connell me atrapa.

Gastón Mendieta tomó un sorbo de su café.

—Santoro es un problema menor.

Es un médico honesto, lo cual es raro.

Si descubre la verdad, probablemente intente salvarte, no venderte.

Tu peligro real es O’Connell y la gente que lo envió.

Gastón sacó un pequeño pendrive del bolsillo y se lo dio a Thiago.

—Acá hay un programa.

Es un “bloqueador de señal”.

Si Levi intenta comunicarse con los servidores centrales de K-Core para enviar tus datos biométricos o tu ubicación, esto lo interfiere.

Conectalo a tu celular y mantenelo cerca siempre.

—¿Por qué me ayudás?

—Porque yo perdí el fútbol, pibe.

Me lo robaron.

Y no quiero que se lo roben a otro.

Jugá, Thiago.

Jugá todo lo que puedas.

Ganá todo lo que puedas.

Pero nunca, nunca confíes en la voz de tu cabeza más que en tu propio corazón.

Gastón se levantó, dejó un billete sobre la mesa para pagar el café y le puso una mano en el hombro.

—Ah, y una cosa más.

Si Levi empieza a pedirte que hagas cosas que te lastiman…

cosas peligrosas para ganar un partido…

recordá mi brazo.

A ellos no les importa si te rompés, siempre y cuando ganen el partido de los datos.

El exjugador salió del bar y se perdió en la noche de San Telmo.

Thiago se quedó solo, mirando el pendrive en su mano.

“No lo conectes,” advirtió Levi.

“Es un virus.

Destruirá mi código.

Si me borras, volverás a ser un lisiado.” Thiago apretó el pendrive en su puño.

—No te voy a borrar, Levi.

Pero tampoco voy a dejar que me controles.

A partir de ahora, somos socios.

Pero yo soy el socio mayoritario.

Guardó el dispositivo en su bolsillo y salió a la calle.

El aire fresco de la noche le golpeó la cara.

Tenía que volver a la concentración.

El domingo había otro partido.

Y ahora sabía que no jugaba solo contra el equipo rival.

Jugaba contra Santoro, contra el City Group, y quizás, contra su propio cuerpo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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