Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 68
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Capítulo 68: Modo Desconectado
Lunes, 23:45 Horas. Habitación de la Pensión de River.
Thiago estaba sentado en la oscuridad, con la única luz proveniente de la pantalla de su celular. En su mano derecha, sostenía el pequeño pendrive negro que le había dado Gastón.
“No lo hagas,” la voz de Levi resonó en su cabeza, clara y sin eco, pero con un matiz que Thiago no había notado antes: urgencia. “Ese dispositivo es un inhibidor de frecuencia de espectro completo. Si lo conectas, cortarás mi enlace con los servidores de K-Core.”
—Eso es exactamente lo que quiero, Levi —susurró Thiago—. Que dejen de recibir mis datos. Que dejen de venderme.
“Si cortas el enlace, pierdo el 90% de mi capacidad de procesamiento. No podré acceder a las bases de datos tácticas en tiempo real. No podré triangular la posición de los jugadores usando las cámaras del estadio. No podré predecir lesiones con exactitud.”
Thiago dudó. La promesa de O’Connell y la cicatriz de Gastón bailaban en su mente.
—Pero seguirás controlando mi rodilla, ¿verdad?
Hubo un silencio breve. Un procesamiento de milisegundos.
“Sí. Las funciones motoras básicas y la gestión del dolor son locales. Están en tu hardware, no en la nube. Pero serás… menos eficiente. Serás vulnerable.”
—Prefiero ser vulnerable que ser un espía.
Thiago conectó el pendrive al puerto de carga de su celular.
La pantalla del teléfono parpadeó. Apareció una barra de carga roja con un código que no reconocía.
[INICIANDO PROTOCOLO DE AISLAMIENTO] [BLOQUEANDO PUERTOS DE SALIDA…] [VPN FANTASMA ACTIVA.]
En su cabeza, Thiago sintió un sonido agudo, como el acople de un micrófono, seguido de una sensación de “vacío”. Era como si de repente le hubieran quitado un peso de encima, pero también como si la habitación se hubiera vuelto más silenciosa de lo normal.
“Conexión con servidor central: Perdida,” dijo Levi. Su voz sonaba diferente ahora. Más plana. Más robótica. Menos… humana. “Iniciando Modo Offline. Cargando heurística local. Capacidad de predicción reducida al 15%.”
Thiago respiró hondo. Se tocó la rodilla. No dolía.
—¿Estás ahí, socio?
“Estoy operativo, Thiago. Pero estoy ciego del ojo exterior. Solo veo lo que tus ojos ven. Solo sé lo que tú sabes. Estamos solos.”
Thiago se tiró en la cama, mirando el techo.
—Mejor. Así es como se supone que debe ser.
Martes, 09:00 Horas. River Camp. Entrenamiento matutino.
El cielo estaba gris plomo sobre Ezeiza. Había humedad en el aire, esa que hace que la pelota vuele más rápido y el pasto esté resbaladizo.
Gallardo reunió al grupo.
—Ayer descansaron. Hoy volvemos a la realidad. El domingo vamos a Rosario a jugar contra Newell’s. Cancha chica, gente cerca, partido friccionado. Quiero presión en bloque.
Empezaron los ejercicios tácticos. Fútbol en espacios reducidos. 7 contra 7 en un cuadrado de 40 metros.
Thiago recibió la pechera naranja. Estaba en el equipo de Simón y Palavecino.
El silbato sonó.
La pelota llegó a los pies de Thiago. Su instinto habitual fue esperar la proyección de Levi: las líneas rojas y verdes que le indicaban dónde estaban los espacios, quién venía a marcarlo y a qué velocidad.
Pero no apareció nada.
Su campo visual estaba limpio. Solo pasto, camisetas y movimiento.
Por un segundo, se sintió desnudo. El “mapa de calor” que siempre tenía superpuesto en su visión había desaparecido.
Un rival lo presionó rápido. Thiago, esperando una alerta de proximidad que nunca llegó, tardó una fracción de segundo en reaccionar.
Intentó girar, pero el rival le punteó la pelota.
—¡Dale, Thiago! ¡Despertate! —le gritó Palavecino.
Thiago sacudió la cabeza. “Tengo que mirar. Tengo que mirar yo,” se dijo.
El juego siguió. Thiago se sentía “miope” tácticamente. Tenía que girar el cuello constantemente para escanear el entorno, algo que Levi solía hacer por él procesando sonidos y sombras. Se cansaba más rápido mentalmente.
A los diez minutos, recibió una pelota difícil, picando.
“Cálculo de trayectoria: No disponible,” dijo la voz monótona de Levi. “Ejecuta cálculo manual.”
Thiago tuvo que juzgar el pique de la pelota basándose en su propia experiencia de potrero. Puso el pecho, la amortiguó y la dejó muerta en el piso.
Fue un control imperfecto, la pelota le quedó un poco atrás, pero fue suyo.
Gallardo detuvo la práctica unos minutos después.
—Arenas —llamó el técnico.
Thiago se acercó, temiendo lo peor. ¿Se notaba tanto la diferencia? ¿Había perdido la magia?
Gallardo lo miró con curiosidad.
—Hoy estás jugando diferente.
—¿Mal, Marcelo?
—No. —Gallardo se rascó la barbilla—. Estás jugando más… sucio. Más real. El domingo parecías una computadora, no errabas un pase, pero tampoco arriesgabas si no era seguro. Hoy te veo girar el cuello, te veo dudar, te veo pelear la posición.
El técnico hizo una pausa y luego asintió levemente.
—Me gusta más así. El jugador perfecto no existe. El que duda y resuelve es el que me sirve. Seguí así, pero ajustá los controles porque se te están escapando algunas pelotas fáciles.
Thiago volvió al trote, sorprendido.
Sin la perfección asistida de la nube, su juego se había vuelto más humano, más errático, pero también más impredecible. A Gallardo le gustaba la “imperfección creativa”.
Sin embargo, el cuerpo le pasaba factura.
Al terminar la práctica, Thiago se sentó en el pasto, exhausto. Sin Levi optimizando cada micro-contracción muscular para ahorrar energía, había gastado un 30% más de combustible.
El Dr. Santoro se acercó con su planilla, como un cuervo.
—A ver ese pulso.
Le tomó la muñeca a Thiago.
—140 pulsaciones post-ejercicio. Recuperación lenta. —Santoro sonrió, satisfecho—. Por fin. Estos son números de un ser humano cansado. Tu “anemia eficiente” parece que hoy se tomó el día libre.
—Fue una práctica dura, Doc.
—Lo fue. Y me alegra ver que te cuesta, Arenas. Porque eso significa que no sos un marciano. —Santoro anotó algo en su carpeta—. Si sigues mostrando estos parámetros humanos, quizás deje de pincharte el brazo todos los días.
Thiago vio alejarse al médico.
El plan de Gastón estaba funcionando en dos frentes: bloqueaba a K-Core y, al hacerlo, hacía que Thiago pareciera fisiológicamente “normal” ante los ojos de Santoro.
Pero había un problema.
Mientras caminaba hacia el vestuario, Levi habló en su mente. Su voz local sonaba distorsionada, como una radio con poca señal.
“Advertencia de sistema local. He detectado un intento de intrusión externa.”
Thiago se detuvo en seco.
—¿Qué? ¿Quién?
“Alguien está intentando hacer ‘ping’ a mi dirección IP. Como no respondo porque el pendrive bloquea la salida, están aumentando la potencia de la señal. Están buscándote activamente, Thiago. Y no es desde Manchester.”
—¿Desde dónde?
“La señal es de corto alcance. Muy corto. Está dentro del predio.”
Thiago miró a su alrededor. El River Camp era enorme. Podía ser cualquiera. Un empleado, un periodista, un compañero… o alguien escondido.
“Si no respondo pronto,” continuó Levi, “activarán el Protocolo de Recuperación Física.”
—¿Qué es eso?
“Si K-Core cree que la unidad (tú) ha sido robada o averiada, envían un equipo de extracción para recuperar el hardware. Físicamente.”
Thiago sintió un frío en la espalda. Al desconectarse, había dejado de ser un activo valioso para convertirse en un activo perdido. Y las corporaciones no pierden activos de millones de dólares sin pelear.
Thiago se duchó rápido, evitando mirar a los ojos a sus compañeros. La paranoia empezaba a filtrarse en su comportamiento. ¿Quién podía ser? ¿Un utilero? ¿Un administrativo? ¿Uno de los chicos de seguridad?
Salió del vestuario con el pelo mojado y la mochila al hombro. El celular, con el pendrive negro conectado, ardía en su bolsillo como un carbón encendido.
“Intensidad de señal: 40%,” reportó Levi en su modo offline. Su voz sonaba plana, desprovista de la personalidad sarcástica que Thiago había empezado a apreciar. “El emisor está cerca. Dirección: Noroeste. Sector de oficinas y sala de prensa.”
Thiago caminó hacia el comedor, que estaba en esa dirección.
—¡Thiago! ¡Esperanos! —le gritó Simón, que venía con Enzo Fernández.
—Tengo… tengo que hacer un trámite en administración —mintió Thiago, apurando el paso.
Cruzó el patio central. A su alrededor, la vida del club seguía con normalidad. Jardineros cortando el pasto, administrativos llevando papeles, el olor a comida recién hecha saliendo de la cocina. Todo parecía pacífico, pero para Thiago, cada persona con un teléfono o una laptop era una amenaza potencial.
“Intensidad: 65%,” marcó Levi. “Sigue avanzando. Estamos entrando en el radio de detección precisa.”
Thiago llegó al pasillo que conectaba el comedor con las oficinas de análisis de video y la sala de conferencias.
El pasillo estaba vacío, salvo por un carrito de limpieza abandonado.
“Intensidad: 85%. Detente.”
Thiago se frenó en seco frente a una puerta de vidrio esmerilado. El cartel decía: “SALA DE INNOVACIÓN Y TECNOLOGÍA – ACCESO RESTRINGIDO”.
—¿Qué es esto? —murmuró Thiago. No recordaba haber visto esa sala antes.
“Analizando redes WiFi locales…” procesó Levi. “Nombre de red oculta: ‘Project_Blue’. Encriptación de nivel militar. La señal de búsqueda proviene de adentro.”
Thiago miró a ambos lados. No había nadie. Acercó su cara al vidrio, intentando ver a través de la borrosidad.
Adentro se veían siluetas. Servidores parpadeando con luces azules. Y una persona sentada frente a una consola de monitores, de espaldas a la puerta.
Thiago empujó la puerta. Estaba cerrada con llave magnética.
—¿Buscas a alguien, pibe?
Thiago dio un salto del susto. Se giró.
Detrás de él estaba Matías Biscay, el ayudante de campo principal de Gallardo. El hombre que rara vez hablaba, pero que lo veía todo.
—Profe… —Thiago tragó saliva—. Estaba… buscando el baño. Me perdí.
Biscay lo miró con esa expresión inescrutable que compartía con Gallardo. Miró la puerta de la sala de tecnología y luego volvió a mirar a Thiago.
—El baño está al fondo a la derecha. Esta sala es nueva. La instaló la gente de la empresa de estadísticas que contratamos este mes. StatsBomb o algo así.
—Ah… mira vos. Tienen muchos equipos.
—Demasiados —gruñó Biscay—. Llenaron la cancha de cámaras y sensores. Dicen que es para “optimizar el rendimiento”. Para mí, es para vender humo. Pero la dirigencia firmó el acuerdo, así que…
Biscay se encogió de hombros y siguió su camino.
—Andá a comer, Arenas. No te metas donde no te llaman.
Cuando Biscay dobló la esquina, Thiago volvió a mirar la puerta.
“StatsBomb es una fachada,” concluyó Levi. “El patrón de la señal es inequívoco: Código fuente de K-Core. Han infiltrado el club bajo la apariencia de proveedores de servicios.”
Thiago sintió un escalofrío. No era un espía escondido en los arbustos. Era oficial. K-Core, o una subsidiaria, tenía contrato con River. Estaban legalmente instalados dentro del predio, monitoreando a todos los jugadores… buscándolo a él.
De repente, la puerta de vidrio se abrió.
Thiago se pegó contra la pared, intentando hacerse invisible detrás de una maceta grande.
Un hombre salió de la sala. Llevaba una camisa polo con el logo de la empresa de tecnología y una credencial colgada al cuello. Era joven, unos 25 años, con anteojos de marco grueso y auriculares grandes.
Llevaba una mochila negra y caminaba rápido, mirando su celular.
“El emisor se mueve,” alertó Levi. “La señal de rastreo proviene de su mochila. Es un repetidor portátil. Él es el enlace.”
El hombre caminó hacia la salida lateral que daba al estacionamiento de proveedores.
—Tengo que ver adónde va —pensó Thiago.
Sin pensarlo dos veces, lo siguió a una distancia prudente.
El técnico salió al aire libre y se dirigió a una camioneta blanca estacionada lejos de los autos de los jugadores. La camioneta tenía antenas en el techo, más de las necesarias para una simple camioneta de reparto.
El hombre abrió la puerta trasera y se sentó en el borde, sacando una laptop. Empezó a teclear furiosamente.
Thiago se escondió detrás de un contenedor de basura, a unos diez metros.
“Activa micrófono direccional,” ordenó Thiago.
“Negativo. Función no disponible en Modo Offline. Hardware de audio limitado al rango humano estándar.”
—Maldita sea.
Thiago aguzó el oído. El hombre estaba hablando por teléfono, con el manos libres.
—…Sí, señor O’Connell. La señal del objetivo desapareció anoche. Sí, completo silencio de radio… No, no creo que se haya roto. Los biométricos que robamos del servidor de Santoro esta mañana muestran actividad normal… Sí, señor. Estoy intentando triangular el dispositivo con el escáner de corto alcance, pero hay mucha interferencia… Entendido. Si no aparece para las 18:00, activamos la Fase 2.
Fase 2.
Thiago sintió que se le secaba la boca. Fase 2 sonaba a “Equipo de Recuperación Física”.
El técnico cerró la laptop de golpe y se levantó. Parecía nervioso. Miró su reloj. Eran las 13:30.
—Voy a reiniciar los servidores —dijo al teléfono—. Quizás es un error del firewall local.
El hombre cerró la camioneta y volvió a caminar hacia el edificio.
Thiago se quedó detrás del contenedor, respirando agitadamente.
Tenía hasta las 18:00 horas. Si para ese momento no volvía a conectar a Levi a la red, darían por hecho que la unidad estaba perdida o robada, y enviarían a los “recuperadores”.
Pero si lo conectaba, revelaba su posición exacta y entregaba sus datos a K-Core, confirmando que era su “producto”.
Era una encrucijada mortal.
“Opciones tácticas,” pidió Thiago, desesperado.
“Opción A: Reconexión. Riesgo: Esclavitud corporativa y posible extracción a Europa.” “Opción B: Mantener silencio. Riesgo: Intervención física hostil inminente.” “Opción C: Contraataque.”
Thiago levantó una ceja.
—¿Contraataque? ¿Cómo?
“El técnico dejó la camioneta. Su laptop es el nodo de acceso local. Si logramos infectar su red con un virus desde adentro, podemos cegarlos temporalmente o hacerles creer que la unidad (yo) ha sido destruida, ganando tiempo.”
Thiago miró la camioneta blanca.
—Me estás pidiendo que hackee una camioneta de espionaje corporativo en el estacionamiento de River Plate, a plena luz del día.
“Te estoy pidiendo que sobrevivas. G.M. te dio un pendrive que bloquea señales. ¿Crees que ese es su único truco? Revisa el almacenamiento del dispositivo.”
Thiago sacó el celular y exploró los archivos del pendrive. Había una carpeta oculta llamada “Caballo_de_Troya.exe”.
—Mendieta… viejo zorro —sonrió Thiago.
Miró alrededor. El estacionamiento estaba desierto. Era la hora de la siesta.
—Vamos a hacerlo.
Thiago salió de su escondite y corrió agachado hacia la camioneta blanca.
Thiago se deslizó hasta la parte trasera de la camioneta blanca. La puerta estaba entreabierta; el técnico, confiado en la seguridad del predio privado de River, no había puesto el seguro.
“Entra,” indicó Levi. “Silencio absoluto. Ritmo cardíaco controlado.”
Thiago subió de un salto silencioso y se agazapó en la oscuridad del interior. El aire estaba viciado, caliente, con ese olor eléctrico de los servidores trabajando a máxima potencia. Las luces de los racks parpadeaban en azul rítmico.
En el centro, la laptop abierta del técnico brillaba como un faro. En la pantalla, un mapa del predio con un punto rojo parpadeante que decía: SEÑAL PERDIDA. ÚLTIMA UBICACIÓN CONOCIDA: VESTUARIO.
Thiago sacó su celular, todavía con el pendrive conectado, y buscó un cable USB suelto que salía de la consola principal.
—Espero que esto funcione, Mendieta —susurró.
Conectó el cable a su celular.
Inmediatamente, la pantalla de la laptop cambió. Una ventana negra de comandos se abrió sobre el mapa.
[DETECTADO DISPOSITIVO EXTERNO] [EJECUTANDO: CABALLO_DE_TROYA.EXE] [CARGANDO PAQUETE DE DATOS FALSO…]
Una barra de progreso verde apareció. 0%… 10%…
El tiempo parecía estirarse. Thiago miraba por la ventana trasera, esperando ver al técnico volver en cualquier segundo.
25%…
“Análisis del payload,” susurró Levi en su mente. “El archivo que estás subiendo no es un virus destructivo. Es un informe de autopsia falso.”
—¿Qué?
“El programa le está diciendo al servidor central de K-Core que mis unidades nanobóticas sufrieron una falla catastrófica en cascada debido a un sobrecalentamiento. Está reportando que la ‘Unidad Arenas’ ha quedado inutilizada y que los nanobots se han autodestruido.”
Thiago sonrió con nerviosismo.
—O sea que para ellos, estoy muerto. O al menos, roto para siempre.
“Exacto. Si creen que el hardware ya no sirve, cancelarán la extracción física. Nadie roba basura.”
50%… 60%…
De repente, Thiago escuchó voces afuera.
—…sí, te digo que se cortó la luz en la oficina un segundo. Chequeá el generador de la camioneta.
Era la voz del técnico. Y estaba volviendo. Con alguien más.
Thiago sintió el pánico subirle por la garganta. Miró la pantalla. 78%.
—Dale, dale… —suplicó.
Se escucharon pasos sobre la grava, acercándose a la puerta trasera.
85%…
Thiago buscó un lugar para esconderse. No había espacio. Estaba atrapado entre los racks de servidores y la puerta.
92%…
La manija de la puerta trasera empezó a girar.
99%…
[CARGA COMPLETA. EJECUTANDO PROTOCOLO DE SIMULACIÓN DE FALLA.]
Thiago desconectó el cable de un tirón y se tiró al piso, rodando hacia el hueco debajo del escritorio principal, haciéndose un ovillo justo cuando la puerta se abría y la luz del sol inundaba el interior.
El técnico subió.
—Qué raro… huele a quemado acá dentro —dijo el técnico.
En ese momento, los servidores empezaron a zumbar violentamente. Los ventiladores se aceleraron al máximo. Las luces azules cambiaron a un rojo alarmante.
En la pantalla de la laptop, apareció un mensaje gigante en letras rojas:
[ERROR CRÍTICO DEL SISTEMA] [REPORTE DE UNIDAD 734: FALLA TOTAL.] [INICIANDO APAGADO DE EMERGENCIA DEL NODO LOCAL.]
—¡¿Qué carajo?! —gritó el técnico, corriendo hacia la computadora—. ¡No, no, no! ¡Se está friendo todo!
El técnico empezó a teclear frenéticamente, ignorando por completo lo que tenía a sus pies.
Thiago vio su oportunidad. Mientras el hombre estaba distraído con el caos digital, Thiago se deslizó silenciosamente hacia la puerta abierta.
—¡Central! ¡Acá O’Connell! —gritó el técnico al teléfono—. ¡Perdimos el enlace! ¡Dice que la unidad colapsó! ¡Sí, se quemó todo el sistema de rastreo!
Thiago salió de la camioneta, rodó sobre el pasto para amortiguar la caída y se escondió detrás de la rueda trasera de un auto estacionado al lado.
Nadie lo había visto.
Se quedó ahí un minuto, con el corazón latiendo tan fuerte que le dolía el pecho.
Desde adentro de la camioneta salía humo. El programa de Mendieta no solo había mentido; había sobrecalentado el hardware de la camioneta para borrar las huellas. Un trabajo “limpio”.
Thiago se levantó, se sacudió el pasto de la ropa y caminó hacia el edificio principal, intentando adoptar una postura relajada.
“Misión cumplida,” reportó Levi. “Estado en la red de K-Core: ‘Unidad Desechada’. Protocolo de búsqueda desactivado. Eres libre, Thiago. Para ellos, ahora solo eres un jugador de fútbol con rodillas normales.”
Thiago soltó una risa floja, casi histérica.
—Libre…
Entró al vestuario justo cuando varios compañeros salían de las duchas.
—¡Thiago! —le gritó Zuculini—. ¿Dónde te metiste? Te perdiste la charla de nutrición. Estuvieron media hora hablando de semillas de chía.
—Estaba… en el baño. Me sentía mal —dijo Thiago, y esta vez no tuvo que actuar mucho; estaba pálido de verdad.
Se sentó en su banco y sacó el celular. Tenía un mensaje nuevo de G.M.
G.M.: “Vi que la señal de rastreo de la zona se apagó. Buen trabajo, pibe. Ahora sos un fantasma. Pero acordate: un fantasma no puede cometer errores. Si volvés a hacer algo ‘sobrehumano’ que salga en las noticias internacionales, van a revisar el archivo de tu ‘muerte’ y se van a dar cuenta del engaño. Perfil bajo. Jugá simple.”
Thiago guardó el teléfono.
—Jugar simple —repitió para sí mismo.
Pero el destino tenía otros planes.
De repente, las alarmas de incendio del River Camp empezaron a sonar. Una sirena estridente que hizo que todos saltaran de sus asientos.
—¿Qué pasa? —preguntó Enzo Fernández.
La puerta del vestuario se abrió de golpe y entró el Jefe de Seguridad del plantel, acompañado por dos policías.
—Nadie sale —ordenó el Jefe de Seguridad—. Hubo un incidente en el estacionamiento. Un acto de sabotaje contra los equipos de la empresa de estadísticas. Alguien quemó sus servidores.
Thiago sintió que se le helaba la sangre.
—Vamos a revisar las cámaras y los bolsos de todos —dijo el oficial de policía—. Esto es propiedad privada y daño criminal. Abran las mochilas.
Thiago miró su mochila. Adentro tenía el pendrive negro. La prueba del delito.
Si lo encontraban con eso, no solo lo echaban de River; iba preso. Y K-Core sabría que fue él.
“Cálculo de probabilidades,” dijo Levi. “Posibilidad de ser descubierto: 95%.”
Thiago miró alrededor, desesperado. Los policías empezaron a revisar bolso por bolso, empezando por el de Armani, en la otra punta del vestuario.
Tenía dos minutos antes de que llegaran a su lugar.
Miró hacia abajo. Tenía puestas las zapatillas de correr. La suela tenía una pequeña cámara de aire decorativa en el talón.
—Levi —pensó Thiago—. ¿Tengo fuerza en los dedos para romper la goma de la suela sin que se note?
“Afirmativo. Pero tendrás que hacerlo ahora.”
Thiago se agachó como para atarse los cordones. Con un movimiento rápido y disimulado, sacó el pendrive del bolsillo, lo apretó contra la suela de su zapatilla derecha y empujó con una fuerza bruta asistida por la adrenalina. La goma cedió. El pendrive se deslizó dentro de la suela hueca.
Se enderezó justo cuando el policía se paró frente a él.
—Tu bolso, pibe.
Thiago le entregó la mochila con manos temblorosas.
El policía la abrió. Sacó los botines, la ropa sucia, el desodorante. Revisó los bolsillos chicos.
Thiago contuvo la respiración.
El policía cerró la mochila y se la tiró de vuelta.
—Limpio. El siguiente.
Thiago exhaló.
Había sobrevivido al partido más difícil de su vida, y ni siquiera se había puesto los botines.
Pero mientras la policía seguía revisando, Thiago notó que Gallardo lo miraba desde la puerta. El Muñeco no miraba su bolso. Miraba sus ojos. Y en la mirada de Gallardo no había sospecha criminal, había algo peor: curiosidad táctica. El técnico sabía que algo raro pasaba con ese chico, y Thiago sabía que Gallardo no pararía hasta entender qué era.
¡Hola! Aquí estoy de nuevo, el autor, para dar las gracias de corazón a las dos personas que se tomaron la molestia de regalar una piedra de poder a mi novela. No saben lo feliz que me puso ver que alguien me regaló una piedra de poder de verdad, aunque parezca una tontería. ¡Me alegró el día cuando me di cuenta! Oye, solo quería recordarles que esta novela no se actualiza tan seguido. Bueno, la verdad es que comencé a escribirla porque me inspiré de repente, pero pronto me di cuenta de que no soy un genio de la literatura que todo le sale bien y que hace la mejor novela de todos los tiempos. Está bien si solo logro crear una novela que le guste a alguien, ya me alegra bastante. La verdad es que es difícil crear una historia y mantener un flujo constante de actualizaciones con calidad y respetando lo que se me ocurrió en los capítulos anteriores. Tanto es así que ya se me olvidaron varios detalles que había planteado en los capítulos anteriores, pero volví a leerlos y los recordé para desarrollarlos. Pero bueno, son problemas de un autor nuevo que ni siquiera califica como autor supongo. Me haría superfeliz que me regalaran un comentario, una reseña o una piedra de poder para demostrar que están apoyando ya sea a mí o a la novela de verdad muchas gracias.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com