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Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 69

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Capítulo 69: El Fantasma en el Coloso

Domingo. 19:00 Horas. Rosario, Provincia de Santa Fe.

El micro de River avanzaba lento por las calles aledañas al Parque Independencia. La escolta policial abría camino con sirenas, pero no podía silenciar el ambiente. Rosario no es una ciudad; es una religión dividida en dos colores. Y hoy, todo era rojo y negro.

—¡Porteños amargos! —gritaban los hinchas de Newell’s desde las veredas, haciendo gestos obscenos al pasar el micro.

Thiago miraba por la ventana, pero esta vez no veía datos superpuestos. No había escaneo facial de la multitud, ni cálculo de trayectorias de posibles proyectiles.

“Modo Offline activo,” recordó Levi, con su nueva voz monótona y residente. “Sin conexión a servidores externos. Análisis de amenazas limitado al campo visual directo.”

Thiago se sintió extrañamente ciego. Y vulnerable.

—Bienvenido a Rosario, pibe —dijo Maidana, el veterano defensor central, sentado en el asiento de al lado—. Acá no se juega con la pelota. Se juega con el cuchillo entre los dientes.

El micro entró en las entrañas del Estadio Marcelo Bielsa, “El Coloso”.

Al bajar, la humedad del río Paraná se les pegó a la piel. El aire estaba cargado de tensión. Newell’s venía de perder tres partidos y su gente estaba furiosa. Necesitaban una víctima, y River era la presa perfecta.

En el vestuario visitante, Thiago empezó su ritual. Se aseguró de que el pendrive negro (que había sacado de su zapatilla y escondido en el doble fondo de su neceser de aseo) estuviera seguro en su casillero.

Gallardo entró para dar la charla técnica y confirmar el equipo.

El Muñeco pegó la hoja con la alineación en la pared.

ARMANI VIGO – ROJAS – MAIDANA – ANGIILERI ENZO PÉREZ – ZUCULINI SIMÓN – ARENAS – PALAVECINO ÁLVAREZ

Thiago tragó saliva. Titular.

Sus compañeros lo miraron. Algunos con aprobación, otros con esa duda silenciosa: “¿Estará listo para 90 minutos de guerra?”.

—Thiago —dijo Gallardo, girándose hacia él—. Hoy vas de arranque. No quiero lujos. La cancha está pesada y ellos tienen a Lema y a Pablo Pérez. Te van a ir a buscar.

Gallardo se acercó un paso, invadiendo su espacio personal. Sus ojos oscuros lo escanearon.

—El otro día, en la práctica, te vi dudar. Te vi “humano”. Eso quiero hoy. No quiero que seas una máquina que juega a dos toques. Quiero que aguantes la pelota, que recibas la falta, que hagas tiempo. Quiero que ensucies el partido. ¿Me entendés?

—Sí, Marcelo.

—Bien. Porque si te veo jugar “demasiado limpio”, te saco a los veinte minutos. Esto es barro.

Thiago asintió. La ironía era brutal: su técnico le pedía imperfección justo cuando él tenía que esforzarse para no ser perfecto (para no alertar a K-Core), pero también para sobrevivir sin las ayudas de Levi.

Salieron al túnel.

El ruido era ensordecedor. “El Coloso” rugía.

Al lado de ellos, los jugadores de Newell’s esperaban. Eran gigantes. Cristian Lema, el central de Newell’s, parecía un edificio con tatuajes. Miró a Thiago hacia abajo y soltó una risa corta.

—¿Este es el pibe maravilla? —le dijo a su compañero—. Parece que se rompe si lo soplás.

Thiago miró al frente, ignorándolo.

“Ritmo cardíaco: 110 BPM,” informó Levi. “Sin inyección de adrenalina sintética disponible. Controla tu respiración manualmente.”

Salieron a la cancha. Las luces los cegaron momentáneamente. 40.000 personas insultándolos al unísono.

El árbitro pitó el inicio.

La pelota rodó y, desde el primer segundo, Thiago notó la diferencia.

En su “Modo Online”, Levi le hubiera dicho: “El lateral derecho de ellos deja un espacio de 2 metros a su espalda cada vez que la pelota cruza la mitad de cancha.”

Ahora, Levi estaba callado. Thiago tenía que ver ese espacio él mismo.

A los cinco minutos, recibió su primera pelota real. Fue un pase comprometido de Angileri, picando mal.

Thiago la controló con el pecho, pero la pelota se le fue un poco larga.

—¡Coma, coma! —escuchó el grito de la tribuna.

Vio una sombra gigante acercarse por su derecha. Era Lema.

“Impacto inminente,” dijo Levi, tarde. “Prepárate para colisión.”

Sin la capacidad de micro-ajuste muscular para absorber el golpe, Thiago tuvo que hacer lo que hace cualquier jugador: tensar el cuerpo y rezar.

Lema lo embistió con el hombro. Fue como chocar contra una pared de hormigón.

Thiago salió despedido dos metros y cayó rodando por el pasto húmedo. El aire se le escapó de los pulmones.

—¡Levantate, cagón! —le gritó Lema, parado sobre él.

El árbitro no cobró nada. “Hombro con hombro”.

Thiago se quedó en el suelo, boqueando como un pez fuera del agua. Le dolía todo el costado derecho.

“Daño detectado: Contusión en costillas 7 y 8,” reportó Levi. “No puedo bloquear el dolor. Tendrás que jugar con la molestia.”

Thiago se levantó despacio. Miró hacia el banco. Gallardo no lo miraba con lástima; lo miraba esperando una reacción.

“Perfil bajo,” se recordó Thiago. “Soy un jugador normal. Y a los jugadores normales les duele.”

Escupió al pasto y miró a Lema.

—Vas a tener que pegar más fuerte, gordo —murmuró Thiago, aunque por dentro se estaba muriendo de dolor.

El partido se reanudó. Y Thiago entendió que esa noche no iba a ser de tacos y caños. Iba a ser una noche de supervivencia. Tenía que demostrar que podía ser titular en River sin ser un cíborg. Tenía que ser Thiago Arenas, el pibe de barro, no el producto de laboratorio.

Pero en el minuto 15, pasó algo que Levi (incluso en modo offline) detectó como una anomalía estadística grave.

Thiago recibió cerca de la banda. Tres jugadores de Newell’s fueron a encerrarlo. Era una presión coordinada, demasiado perfecta.

“Patrón de marca inusual,” dijo Levi. “No están cubriendo líneas de pase. Están cerrando el cerco sobre ti específicamente. Como si supieran…”

—¿Como si supieran qué? —pensó Thiago, protegiendo la pelota.

“Como si supieran que tu punto ciego es el giro hacia la izquierda sin asistencia.”

Un escalofrío recorrió la espalda de Thiago. ¿Era posible? ¿K-Core había vendido sus datos de debilidades tácticas a los rivales antes de “desecharlo”? ¿O había alguien en el cuerpo técnico de Newell’s usando la misma tecnología de StatsBomb que él había saboteado?

No tuvo tiempo de pensar. Le robaron la pelota limpiamente y lanzaron un contragolpe letal a espaldas de la defensa de River.

Thiago quedó parado, mirando cómo el delantero de Newell’s se iba solo contra Armani.

Estaba jugando contra un equipo que parecía conocer sus limitaciones mejor que él mismo.

El delantero de Newell’s, Scocco, corrió solo hacia el área. El Monumental de Núñez estaba lejos, pero el silencio que se produjo en la tribuna local cuando Scocco armó el remate fue igual de pesado.

Thiago, que venía corriendo cincuenta metros atrás, desesperado por su error, vio la escena en cámara lenta.

Scocco pateó. Fuerte, al primer palo.

Franco Armani se hizo gigante. Sacó una mano de acero, desviando la pelota al córner con un reflejo imposible.

—¡Vamos carajo! —gritó Armani, golpeándose el pecho y luego señalando a Thiago con furia—. ¡No la pierdas ahí, pibe! ¡No ahí!

Thiago levantó la mano pidiendo disculpas, jadeando. El corazón le latía en la garganta.

El córner se ejecutó sin peligro, y River recuperó el aliento. Pero Thiago sabía que algo estaba mal. Muy mal.

“Análisis de patrón confirmado,” dijo la voz de Levi en su cabeza, sonando preocupada a pesar de su falta de emoción. “El jugador que te robó la pelota inició el movimiento de anticipación 0.4 segundos antes de que tú decidieras girar. Estadísticamente imposible. A menos que…”

—A menos que supiera que iba a girar —completó Thiago mentalmente.

“Exacto. Alguien ha vendido tu perfil biomecánico. Saben que bajo presión, tu tendencia programada es proteger con la derecha y girar a la izquierda usando el pivote de la rodilla sana. Están hackeando tu juego, Thiago. No digitalmente, sino tácticamente.”

Thiago miró a los jugadores de Newell’s. Pablo Pérez, el capitán rival, le decía algo al oído a su volante central, señalando a Thiago.

Lo estaban cazando con un manual de instrucciones. K-Core, antes de darlo por “muerto”, debía haber vendido sus datos de rendimiento como un paquete de “scouting avanzado” a través de esa empresa falsa. Para Newell’s, Thiago no era un cíborg; era simplemente un jugador predecible si tenías los datos correctos.

—Si juego como vos me enseñaste, pierdo —pensó Thiago.

“Afirmativo. Mi estilo es la eficiencia. Ellos esperan eficiencia. Para vencerlos, debes introducir caos.”

—Caos… —Thiago se limpió el sudor de la frente—. Eso me sale bien.

Minuto 35. El partido seguía 0-0, trabado, sucio.

Thiago recibió la pelota de nuevo, esta vez de espaldas, cerca del círculo central. Inmediatamente, sintió la presión. Dos rivales se le fueron encima, cerrando su lado izquierdo, invitándolo a ir hacia la derecha donde lo esperaba una trampa (el lateral cerrándose).

La “solución Levi” hubiera sido un pase de primera hacia atrás para reiniciar.

Pero Thiago no hizo eso.

Hizo lo ilógico.

En lugar de tocar o girar, pisó la pelota y se quedó quieto. Congelado.

Los dos rivales, que venían con inercia esperando un movimiento, dudaron un microsegundo. ¿Por qué no se mueve?

Ese instante de duda fue todo lo que Thiago necesitó.

Con un movimiento brusco, de potrero, tiró la pelota por entre las piernas del que venía de frente (un caño sucio, trabado) y pasó el cuerpo a los empujones.

—¡Eh! —protestó el rival.

Thiago salió del cerco, no con elegancia, sino con fuerza bruta y sorpresa.

Ahora estaba de frente al arco, con el mediocampo de Newell’s desarticulado porque habían apostado todo a robarle en el giro.

“Línea de pase a Julián: Abierta,” indicó Levi.

Pero Thiago sabía que el central Lema estaba leyendo esa línea.

Así que Thiago hizo lo opuesto de nuevo. No pasó. Condujo directo hacia Lema.

El defensor gigante se plantó, esperando el choque o el pase.

Thiago amagó el pase a la derecha. Lema movió el peso de su cuerpo.

Thiago enganchó hacia adentro y pateó al arco desde 30 metros.

No fue un tiro perfecto. Fue mordido, viboreando. La pelota picó mal en el área chica.

El arquero de Newell’s dio rebote.

Julián Álvarez, que olía sangre como un tiburón, se tiró en palomita.

¡GOL DE RIVER!

0-1.

Julián salió gritando el gol hacia el banco. Thiago se quedó parado, con las manos en las rodillas, sonriendo con la boca llena de sangre (se había mordido el labio en el esfuerzo).

Había funcionado. Había jugado “mal” para que saliera bien.

El primer tiempo terminó con River ganando por la mínima, pero sufriendo.

En el vestuario, Gallardo entró con la camisa arremangada y cara de pocos amigos, a pesar del resultado.

—¡No estamos jugando a nada! —gritó el Muñeco, golpeando la pizarra—. ¡Estamos ganando de casualidad! ¡Julián los salvó!

Luego, se giró hacia Thiago, que estaba siendo atendido por el médico por el golpe en las costillas.

—Arenas.

—Sí, Marcelo.

—Ese caño en mitad de cancha… —Gallardo lo miró fijo—. Fue irresponsable. Si la perdías, nos comíamos otro contraataque.

Thiago sostuvo la mirada.

—Ellos sabían lo que iba a hacer, Marcelo. Me tenían medido. Tuve que improvisar.

Gallardo se quedó callado un momento. Procesando.

—Te tenían medido… —repitió el técnico, pensativo—. Sí, noté que te anticipaban mucho. Como si hubieran visto videos tuyos que yo no vi.

El Muñeco se acercó y le puso una mano en el hombro sano.

—Bien leído, pibe. A veces hay que romper el libreto. Pero en el segundo tiempo, soltala antes. Pablo Pérez ya te tomó la patente y te va a ir a buscar los tobillos. No quiero héroes muertos. Quiero jugadores vivos.

—Entendido.

Gallardo se dio vuelta para hablar con la defensa.

Thiago se recostó en el banco.

“Energía física: 60%,” reportó Levi. “El dolor en las costillas está aumentando. Sin bloqueo neuronal, tu rendimiento bajará un 15% en los próximos veinte minutos. Te sugiero pedir el cambio.”

—Ni loco —pensó Thiago—. Gallardo me pidió barro. Voy a darle barro hasta que me saquen en camilla.

En ese momento, Enzo Pérez se sentó a su lado y le dio un trago de su bebida isotónica.

—Escuchame, pibe —le susurró el capitán—. Los de Newell’s están calientes. Dicen que los estás “sobrando” con esos amagues raros. Tené cuidado. Cuando entremos, quedate cerca mío. Si te tocan, yo los atiendo.

Thiago asintió. Se sentía parte de una manada. Ya no era un experimento de laboratorio solitario; era uno más en la trinchera.

El árbitro tocó el silbato en el pasillo.

—¡Segundo tiempo! ¡A la cancha!

Thiago se levantó, ignorando el pinchazo en el costado. Ajustó el pendrive escondido en su neceser con la mente (sabía que estaba seguro ahí) y salió al túnel.

La guerra de Rosario todavía tenía 45 minutos por delante. Y Thiago estaba a punto de descubrir que, a veces, el enemigo más peligroso no es el que tiene los datos, sino el que no tiene nada que perder.

El segundo tiempo fue una carnicería.

El cielo se abrió y empezó a llover sobre Rosario, una lluvia fría y pesada que convirtió la cancha en una pista de patinaje. Para Thiago, sin los sistemas de estabilidad de Levi activos, cada cambio de dirección era una apuesta.

Minuto 75. River aguantaba el 1-0 atrincherado atrás.

—¡Aguantala, pibe! —le gritaba Angileri desde la banda—. ¡Llevala al córner!

Thiago recibió una pelota dividida. Estaba exhausto. Sus pulmones ardían y las costillas le palpitaban con cada respiración.

“Nivel de energía crítico,” parpadeó el aviso minimalista de Levi en su mente. “Sugerencia: Simular falta y quedarse en el suelo para recuperación aeróbica.”

—No simulo —pensó Thiago.

Giró sobre su eje, protegiendo la pelota del volante de Newell’s. Pero esta vez, la trampa no fue táctica. Fue física.

Pablo Pérez, el capitán de Newell’s, venía lanzado en velocidad. No frenó. Se tiró al piso con las dos piernas hacia adelante, una tijera mortal dirigida al tobillo derecho de Thiago (el de la pierna “sana”, no la biónica).

El impacto se escuchó por encima de los cantos de la hinchada.

¡CRACK!

Thiago sintió que el mundo se daba vuelta. El dolor fue agudo, caliente, eléctrico. Cayó al barro, rodando, agarrándose el tobillo.

El árbitro pitó inmediatamente.

Pero antes de que pudiera sacar la tarjeta, una sombra blanca y roja cruzó el campo.

Enzo Pérez llegó primero. Empujó a Pablo Pérez con violencia.

—¡¿Qué hacés?! ¡Es un pibe, asesino! —le gritó Enzo, cara a cara con el rival.

Se armó el tumulto. Empujones, insultos, pechadas. Los jugadores de Newell’s y River se amontonaron. El estadio rugía pidiendo sangre.

Thiago, desde el suelo, veía todo borroso por las lágrimas de dolor.

“Diagnóstico de daño,” solicitó, esperando lo peor.

“Esguince de grado 2 en ligamento deltoideo derecho,” reportó Levi con frialdad clínica. “No hay fractura ósea. Pero el tejido blando está comprometido. Dolor: 8/10. Movilidad: 20%.”

El Dr. Santoro entró corriendo al campo. Se arrodilló al lado de Thiago.

—¿Dónde te duele? ¿La rodilla operada? —preguntó el médico con pánico.

—No… el tobillo… el otro… —gimió Thiago.

Santoro le tocó el tobillo derecho. Thiago gritó.

El médico suspiró, extrañamente aliviado.

—Bien. Es el tobillo sano. Eso es bueno. Si fuera la rodilla izquierda, estábamos jodidos.

Santoro hizo señas al banco. “Cambio”.

Entró la camilla. Thiago salió del campo bajo una lluvia de insultos y vasos de plástico que caían desde la platea de Newell’s. Pero también vio a Gallardo aplaudiendo.

SALE: 35 (Arenas) ENTRA: 5 (Paradela)

Mientras lo llevaban al vestuario, Thiago vio el cartel del cuarto árbitro: 8 minutos de adición.

El partido terminó con sufrimiento. River ganó 1-0, pidiendo la hora, colgado del travesaño.

En el vestuario visitante, el clima era de batalla ganada. Había olor a átomo desinflamante y humedad.

Thiago estaba sentado en la camilla, con el tobillo derecho envuelto en una bolsa de hielo gigante.

Enzo Pérez entró, con la camiseta llena de barro. Se acercó a Thiago y le dio una palmada en la cabeza.

—Te la bancaste, pibe. Te pegaron y no arrugaste. Eso vale más que un gol.

—Gracias, Enzo. Gracias por defenderme.

—Somos equipo. Al que te toque, lo mato.

En ese momento, Santoro se acercó con su tablet.

—Bueno, Arenas. Vamos a ver. —El médico le quitó el hielo y examinó el tobillo, que ya estaba hinchado como una pelota de tenis—. Esguince fuerte. Vas a estar afuera dos o tres semanas.

Thiago bajó la cabeza.

—Me pierdo el Superclásico…

El Boca-River era en tres semanas.

—Probablemente —dijo Santoro—. Pero mirá el lado positivo.

El médico le mostró la tablet. Había gráficos de sus biométricos durante el partido.

—Tus niveles de estrés, tu ácido láctico, tu ritmo cardíaco… todo se disparó hoy. Terminaste fundido. Y ahora, te rompiste el tobillo como cualquier mortal. —Santoro lo miró a los ojos—. Ya no tengo dudas, Thiago. Sos humano. Un humano con una recuperación rara, sí, pero hoy vi cómo te dolía. Una máquina no llora cuando le pegan una patada.

Thiago sintió un alivio inmenso, más grande que el dolor del tobillo.

La lesión, irónicamente, era su mejor coartada. Al romperse la pierna “sana”, había validado su humanidad ante los ojos del escéptico doctor.

—Descansá. Mañana empezamos la kinesiología. Nada de entrenar. Reposo absoluto.

Santoro se alejó.

Thiago se recostó en la camilla, cerrando los ojos.

“Situación táctica actual,” susurró Levi en su mente.

—¿Qué pasa, Levi?

“Has logrado el objetivo primario: camuflaje exitoso ante el personal médico. Sin embargo, el objetivo secundario ha fallado: integridad física comprometida. Estarás inactivo 21 días.”

—Necesitaba descansar, Levi. Mi cuerpo no daba más.

“Correcto. Pero hay un riesgo latente. Durante tu inactividad, estarás fuera del radar público. K-Core sabe que la unidad está ‘rota’ (según el hackeo), pero si O’Connell sigue sospechando, intentará acercarse a ti mientras estés vulnerable, fuera del predio de River.”

Thiago apretó el puño.

—Que venga. Ahora tengo tiempo libre. Y tengo a Enzo Pérez de mi lado.

En ese momento, su celular vibró en el bolso.

Era un mensaje de Ingrid.

Ingrid: “Vi el partido. Qué patada horrible 🙁 ¿Estás bien? Mi papá está en Buenos Aires y quiere invitarte a cenar para hablar de… negocios. Dice que tiene una propuesta para tu recuperación.”

Thiago miró el mensaje.

El padre de Ingrid. El CEO de la empresa alemana de tecnología deportiva.

“Análisis de coincidencia,” alertó Levi. “El padre de Ingrid trabaja en biomecánica. O’Connell es de K-Core. Si estos dos mundos se conectan…”

Thiago apagó la pantalla.

La guerra en la cancha había terminado. Pero la guerra fuera de ella recién empezaba. Y ahora, él estaba rengo.

¡Hola, queridos lectores!

Espero que paséis una Navidad estupenda.

A todos los que habéis dedicado un poquito de vuestro tiempo a leer mi novela en un día tan especial, ¡gracias! Y a los que habéis llegado hasta aquí despues, ¡espero que lo hayáis pasado genial y disfrutado de la Navidad!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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