Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 7
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- Capítulo 7 - 7 El regreso al campo verde
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7: El regreso al campo verde 7: El regreso al campo verde El día del partido llegó con un aire distinto.
El estadio de barrio, aunque pequeño, estaba lleno de voces, tambores improvisados y banderas que se mecían como olas en la tribuna.
Aurora enfrentaría a Estrella Roja, un rival conocido por su intensidad y por nunca dar un balón por perdido.
Thiago se ató los botines con calma, aunque por dentro su corazón latía como tambor.
El vestuario era un enjambre de nervios: algunos se reían para disimular la tensión, otros rezaban en silencio.
El entrenador habló firme, pero sin levantar demasiado la voz:—Hoy quiero orden, quiero coraje.
Y recuerden algo: no gana el que más corre, sino el que sabe cuándo hacerlo.
Al salir al campo, Thiago respiró hondo.
El silbido inicial fue como una campana que anunciaba una pelea.
Los primeros minutos fueron un torbellino.
Estrella Roja presionaba alto, mordía en cada jugada, como perros hambrientos.
Aurora apenas podía cruzar la mitad de la cancha.
Thiago recibía el balón, y en cuanto levantaba la cabeza, ya tenía un rival encima.
En el minuto quince, un mal pase suyo casi provoca un gol en contra.
El capitán le gritó, furioso:—¡Concéntrate, Thiago!
¡No estamos para errores!
El eco de esas palabras le pesó en el pecho, como si lo arrastrara de nuevo al pasado.
Pero esta vez no se derrumbó.
Apretó los dientes y recordó lo que había practicado lo simple.
No magia inmediata, sino calma y logica.
En la siguiente jugada, recibió y en lugar de arriesgar, soltó rápido al lateral.
El movimiento abrió un hueco, el equipo respiró, y Aurora salió jugando limpia por primera vez.
Nadie lo celebró, pero en el silencio hubo algo distinto: confianza silenciosa.
Minuto treinta.
Thiago volvió a recibir, giró con elegancia y soltó un pase en diagonal que dejó al extremo corriendo en ventaja.
El público se levantó, y aunque la jugada terminó en un tiro desviado, algo cambió: Aurora ya no estaba asfixiada.
El entrenador, desde la línea, cruzó los brazos y asintió apenas.
El primer tiempo terminó 0-0, con un aire de esperanza que no existía al inicio.
En el descanso, Thiago bebió agua con las manos temblorosas.
Su madre estaba en la tribuna, él lo sabía.
Cada jugada era también un mensaje para ella.
La segunda parte comenzó igual de intensa.
Estrella Roja atacó con furia, y al minuto sesenta consiguió el 1-0.
El golpe fue duro, y algunos compañeros bajaron la cabeza.
Thiago, en cambio, dio un grito inesperado:—¡Vamos, carajo!
¡Esto no termina acá!
El capitán lo miró sorprendido, como si por primera vez escuchara un fuego que no esperaba en su voz.
Aurora respondió.
A falta de diez minutos, Thiago recibió entre líneas.
Esta vez sí arriesgó: filtró un pase que rompió la defensa.
El delantero quedó solo y, con un remate seco, empató el partido.
El estadio explotó en un rugido que sacudió hasta los árboles cercanos.
Los compañeros corrieron a abrazar al goleador, pero algunos, casi sin darse cuenta, buscaron también a Thiago.
El partido terminó 1-1.
No fue una victoria, pero para Thiago, fue mucho más: el primer día en que sintió que podía volver a ser parte de algo.
Cuando el árbitro pitó el final, levantó la vista hacia la tribuna.
Su madre lo observaba en silencio, sin sonrisa, pero con los ojos brillando.
Y aunque ella no dijera nada, él entendió: el cambio había comenzado a llegar también hasta ella.
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