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Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 70

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Capítulo 70: La Tentación Alemana

Lunes por la mañana. Departamento de Thiago (alquiler temporal en Belgrano).

Thiago abrió los ojos y lo primero que sintió fue el peso. No el peso de la fama, ni de la responsabilidad, sino el peso físico, plástico y molesto de la bota ortopédica que envolvía su pierna derecha.

Intentó levantarse para ir al baño y casi se cae. Tuvo que agarrar las muletas apoyadas contra la pared.

Clac. Clac. Clac.

El sonido de las muletas contra el piso de madera era el sonido de la impotencia.

“Informe de estado matutino,” solicitó Thiago, más por costumbre que por necesidad.

“Inflamación localizada: 75%. Movilidad articular: 5%. Tasa de regeneración de tejido biológico: Lenta,” respondió Levi con su tono monótono de ‘Modo Offline’. “A este ritmo de curación natural, la probabilidad de estar apto para el partido contra Boca Juniors es del 4.2%.”

Thiago se lavó la cara con agua fría, mirando su reflejo. Tenía ojeras.

—4 por ciento… Es nada, Levi.

“Es la biología humana estándar, Thiago. Ineficiente. Lenta. Si pudiera reactivar mi enlace con la nube y solicitar un ‘paquete de reparación nanobótica’ a K-Core, podrías estar corriendo en 48 horas. Pero eso alertaría a los rastreadores.”

—Ni lo menciones. Prefiero estar rengo que secuestrado.

El celular vibró sobre el lavabo. Era Ingrid.

Ingrid: “Buen día, gladiador. ¿Cómo amaneció ese tobillo? Mi papá reservó mesa en ‘Cabaña Las Lilas’ para esta noche a las 21hs. Dice que es importante. No faltes. P.D: Te paso a buscar, ya sé que no podés manejar.”

Thiago miró el mensaje. Ingrid le gustaba. Le gustaba mucho. Pero la presencia de su padre, un magnate de la tecnología deportiva, enturbiaba el agua.

—¿Qué opinas, Levi?

“Análisis de riesgo: Moderado. El padre de Ingrid es Klaus Von Weber, CEO de ‘Weber BioTech’. Son competidores directos de K-Core en el mercado europeo. No son aliados, son rivales comerciales. Podría ser una oportunidad… o una trampa diferente.”

Thiago escribió: “Ahí estaré.”

10:00 Horas. River Camp. Sala de Kinesiología.

El lugar olía a alcanfor y gel frío. Thiago estaba acostado en una camilla, conectado a una máquina de magnetoterapia. A su lado, Bombicino, el histórico kinesiólogo de River, le ajustaba las correas.

—Paciencia, pibe —decía Bombicino—. El ligamento no se apura. Es como un asado, si lo arrebatás, sale mal.

Desde la otra punta de la sala, Matías Suárez, que también se recuperaba de una lesión crónica en la rodilla, le sonrió con simpatía.

—Bienvenido al club de los rotos, Thiago. Acá se toma mucho mate y se miran muchos videos.

El Dr. Santoro entró silbando. Se lo veía extrañamente feliz.

—¿Cómo va mi paciente humano favorito? —bromeó Santoro, revisando la pantorrilla de Thiago—. ¿Duele?

—Bastante, Doc.

—Excelente. El dolor es señal de vida. —Santoro firmó la planilla—. Vamos a hacer doble turno de kinesiología y cámara hiperbárica todos los días. Si tenés suerte, llegás al banco de suplentes contra Banfield en la fecha 10.

—Yo quiero estar contra Boca, Doc. Es en la fecha 9.

Santoro se rio, una risa paternal y condescendiente.

—Olvidate, nene. Para el Superclásico faltan tres semanas. Tu tobillo está como una empanada. No vas a llegar. Y no te voy a infiltrar porque tenés 19 años y no te voy a arruinar la carrera por un partido.

Thiago apretó los dientes. No vas a llegar. Esa frase resonó en su cabeza como un desafío.

Al salir del predio, rengueando hacia el auto que el club le había puesto a disposición, se cruzó con Gallardo.

El Muñeco paró su caminata. Lo miró de arriba abajo, deteniéndose en la bota ortopédica.

—¿Cómo venimos?

—Voy a llegar, Marcelo —dijo Thiago, con más convicción de la que sentía.

Gallardo lo miró a los ojos, serio.

—No me sirves al 50%, Arenas. El Superclásico se juega al 110%. Si tenés miedo de trabar, no jugás. Recuperate bien. El fútbol da revancha, pero las rodillas no.

Gallardo siguió caminando.

Thiago se subió al auto, frustrado. Todos le decían que bajara la velocidad. Pero él tenía un motor de Fórmula 1 en el cerebro y un chasis de Fiat 600.

21:00 Horas. Puerto Madero. Restaurante Cabaña Las Lilas.

El auto de Ingrid era un Audi negro, impecable. Ella bajó primero y dio la vuelta para ayudar a Thiago. Llevaba un vestido elegante pero sencillo. Se veía hermosa.

—Dejá, puedo solo —dijo Thiago, orgulloso, luchando con las muletas.

—No seas cabeza dura —Ingrid le ofreció el brazo—. Apoyate en mí.

Entraron al restaurante. El maître los llevó a una mesa reservada en un rincón privado, con vista al canal y a las luces de los rascacielos.

En la mesa, un hombre los esperaba.

Klaus Von Weber era imponente. Pelo blanco cortado al ras, ojos azules penetrantes y un traje que gritaba “dinero viejo”. Se levantó al verlos.

—¡Thiago! —Su español era perfecto, con un leve acento alemán—. Un honor conocer finalmente al joven del que mi hija no para de hablar.

Ingrid se puso roja.

—¡Papá!

Klaus soltó una carcajada y le estrechó la mano a Thiago. Su apretón fue firme, evaluador.

—Sentate, por favor. Pedí un Malbec, espero que te guste. Ah, cierto, sos deportista. Agua para vos.

Cenaron. Al principio, la charla fue trivial. Fútbol, Buenos Aires, el clima. Klaus era encantador, culto y parecía genuinamente interesado en la vida de Thiago.

Pero cuando llegaron los postres, el tono cambió.

Klaus dejó la copa de vino sobre la mesa y entrelazó los dedos.

—Thiago, voy a ser directo. Soy un hombre de negocios, pero ante todo, soy un hombre de ciencia. Mi empresa, Weber BioTech, se dedica a la optimización de la recuperación atlética.

Thiago se tensó. Levi, en su cabeza, agudizó los sensores de audio.

—Vi tu lesión el domingo —continuó Klaus—. Un esguince clásico. Tratamiento convencional: 4 a 6 semanas. River te quiere cuidar, y eso está bien. Pero vos querés jugar contra Boca, ¿verdad?

—Es el partido más importante del año —admitió Thiago.

—Lo sé. Y sé que tenés un… “potencial” especial. —Klaus hizo una pausa deliberada, mirándolo a los ojos—. He estudiado tus métricas, Thiago. Tu biomecánica es fascinante. Hay algo en tu forma de moverte que desafía los modelos tradicionales.

“Cuidado,” advirtió Levi. “Está pescando información.”

—Tengo buena genética —dijo Thiago, usando su respuesta estándar.

Klaus sonrió, como si supiera que era mentira pero decidiera ignorarlo.

—Por supuesto. Genética. Escuchá, Thiago. Tengo un prototipo en mis oficinas de Buenos Aires. Es una unidad de Crio-Estimulación Molecular. No es ilegal, no es doping químico. Es física pura. Acelera la mitosis celular mediante pulsos magnéticos y frío extremo.

Klaus sacó una tarjeta de su bolsillo y la deslizó sobre la mesa.

—Podemos reducir tu tiempo de recuperación a la mitad. Diez días. Estarías listo para entrenar la semana que viene y jugar contra Boca al 100%.

Thiago miró la tarjeta. Luego miró a Ingrid. Ella parecía entusiasmada.

—Papá dice que es seguro, Thiago. Lo usan en el Bayern Múnich.

—¿Qué pedís a cambio? —preguntó Thiago. Nada era gratis.

Klaus se reclinó en la silla.

—Solo una cosa. Que durante el tratamiento, me dejes monitorear tus datos. Quiero ver cómo reacciona tu cuerpo “especial” a mi máquina. Quiero entender tu… genética.

Era una transacción peligrosa. Klaus quería datos. Si descubría los nanobots de K-Core mientras escaneaba a Thiago, ¿qué haría? ¿Lo delataría? ¿O intentaría robar la tecnología?

Pero la oferta era jugar contra Boca.

—Diez días… —murmuró Thiago.

—O cuatro semanas de muletas y ver el partido por televisión —remató Klaus.

Thiago tomó la tarjeta.

—¿Cuándo empezamos?

Las oficinas de Weber BioTech no parecían un consultorio médico; parecían el set de una película de ciencia ficción. Ubicadas en el último piso de una torre de cristal en Puerto Madero, todo era blanco, cromado y silencioso.

—Bienvenido al futuro, Thiago —dijo Klaus, guiándolo hacia una sala privada.

Ingrid caminaba a su lado, sosteniendo su mano. Ella parecía orgullosa de mostrarle el imperio de su padre, ajena a la guerra fría tecnológica que estaba por desatarse bajo la piel de Thiago.

En el centro de la habitación había una cápsula cilíndrica de metal pulido, rodeada de monitores.

—La Unidad Crio-Regenerativa Mark IV —presentó Klaus—. Te vas a acostar ahí. La máquina va a generar un campo magnético pulsado mientras baja la temperatura de tu tobillo a -140 grados centígrados mediante nitrógeno vaporizado. No vas a sentir frío, vas a sentir… hormigueo.

Thiago tragó saliva.

—¿Es seguro?

—Totalmente. Solo necesito que te quedes muy quieto. Los sensores necesitan calibrar tu densidad ósea al milímetro.

Thiago se quitó la bota ortopédica y se acostó en la camilla de la máquina. La cápsula se cerró sobre su pierna derecha, aislándola del resto del cuerpo.

—Empezando ciclo 1 —anunció un técnico desde la consola.

El zumbido comenzó. Era un sonido grave, vibrante, que Thiago sintió en los dientes.

“Alerta de proximidad,” se despertó Levi en su cabeza. “Detecto un escaneo activo de espectro completo. No están mirando solo el tobillo. Están escaneando todo tu sistema nervioso periférico.”

—¿Me están espiando? —pensó Thiago, intentando no moverse.

“Están buscando. Las frecuencias que usa esta máquina son invasivas. Si penetran en la médula ósea de tu rodilla izquierda, encontrarán el Nido Nanobótico.”

—¡Bloquealos, Levi!

“Estoy en Modo Offline. Mis capacidades de contramedida electrónica son limitadas. Tendré que usar el camuflaje pasivo: dispersar las unidades nanobóticas para que parezcan depósitos de calcio o hierro en la sangre. Pero eso reducirá tu protección contra el dolor.”

—Hacélo. No pueden saber qué sos.

“Ejecutando Dispersión de Emergencia. Prepárate. Esto va a doler.”

De repente, el “hormigueo” agradable que había prometido Klaus se transformó en fuego líquido. Thiago arqueó la espalda, gritando ahogado.

—¡Aghhhh!

—¡Papá! —gritó Ingrid, acercándose a la máquina—. ¡Le duele! ¡Pará!

Klaus miraba los monitores con una intensidad depredadora. Sus ojos recorrían las columnas de datos que subían y bajaban a velocidad vertiginosa.

—Es normal, Ingrid. El tejido se está reconectando —dijo Klaus, sin apartar la vista de la pantalla—. Aguanta, Thiago. Un minuto más.

En la pantalla de Klaus, una alerta parpadeaba en amarillo: [ANOMALÍA METÁLICA DETECTADA EN ZONA LUMBAR. FIRMA DESCONOCIDA.]

Klaus frunció el ceño. ¿Zona lumbar? Estaba escaneando el tobillo, pero la máquina captaba ecos de “algo” más arriba.

—Aumenten la potencia del escáner al 120% —ordenó Klaus al técnico.

—Señor, eso está por encima del protocolo de seguridad —dijo el técnico.

—¡Hacelo!

La máquina zumbó más fuerte. Thiago sintió que le clavaban agujas en la columna.

“Están forzando la puerta,” advirtió Levi. “No puedo mantener el camuflaje mucho tiempo. Voy a tener que provocar un pico de voltaje en tu sistema nervioso para saturar sus sensores. Te vas a desmayar.”

—¡No! —pensó Thiago—. Si me desmayo, me van a hacer análisis mientras duermo. ¡Tengo que aguantar!

Thiago mordió el tapizado de la camilla. Sudaba frío.

—¡Basta, Klaus! —gritó Ingrid, empujando a su padre—. ¡Lo estás lastimando!

Klaus miró a su hija, y por un segundo, el científico frío desapareció y volvió el padre. Hizo una señal con la mano.

—Corten.

El zumbido se detuvo. La cápsula se abrió con un siseo de aire comprimido.

Thiago se quedó jadeando, temblando incontrolablemente. Ingrid corrió a abrazarlo.

—Perdón, perdón… no sabía que iba a ser así —le susurró ella al oído.

Thiago miró a Klaus. El alemán no parecía arrepentido. Parecía… intrigado.

—Interesante —murmuró Klaus, mirando la última lectura en su tablet antes de borrarla—. Tu cuerpo tiene una resistencia eléctrica inusual, Thiago. Casi como si… condujera la energía mejor que el cobre.

—Debe ser… por los electrolitos —jadeó Thiago, usando una excusa barata que había leído en una revista.

Klaus sonrió. Una sonrisa de tiburón.

—Sí. Electrolitos. —Se acercó y le tocó el tobillo—. Probá moverlo.

Thiago, con miedo, giró el pie derecho.

No dolió.

Miró hacia abajo. La hinchazón había bajado un 50% en una sola sesión. El moretón violeta ahora era de un amarillo pálido.

—Es… increíble —admitió Thiago.

—Ciencia alemana —dijo Klaus, recuperando su encanto social—. Vení mañana a la misma hora. Vamos a ir más suave la próxima vez. No queremos “sobrecargar tus circuitos”, ¿no?

La frase tuvo un doble sentido evidente.

Thiago se bajó de la camilla. Podía apoyar el pie. Rengueaba, pero ya no necesitaba las muletas para dar pasos cortos.

—Gracias, señor Weber.

Ingrid lo acompañó hasta el ascensor. Cuando las puertas se cerraron, dejándolos solos, ella lo acorraló contra la pared de metal.

—Thiago… —dijo ella, con voz seria—. Mi papá no es malo, pero es… obsesivo. Cuando encuentra un misterio, no para hasta resolverlo.

—¿Yo soy un misterio?

—Vos te curás muy rápido. Y hoy, cuando la máquina te escaneó… vi la pantalla de los técnicos. Había lecturas raras. Como interferencia estática.

Ingrid le tomó la cara con las manos, mirándolo a los ojos verdes.

—Si estás tomando algo… o si hiciste algo raro para recuperarte… decímelo. Yo te puedo proteger de él. Pero no me mientas.

Thiago sintió el impulso de contarle todo. De decirle: “Tengo una IA en la cabeza y nanobots en las rodillas. Soy un experimento de una empresa rival de tu papá.”

Pero Levi intervino.

“Análisis de confianza: Riesgoso. Ingrid es leal a ti emocionalmente, pero su lealtad familiar es una variable desconocida. Si sabe la verdad, se convierte en un blanco para K-Core. Protegela manteniéndola en la ignorancia.”

Thiago suspiró y le dio un beso suave en la frente.

—Soy natural, Ingrid. Solo tengo muchas ganas de jugar contra Boca. Eso es todo.

Ingrid lo miró un segundo más, no muy convencida, pero asintió.

—Está bien. Te creo. Pero tené cuidado. Mi papá no juega limpio.

El ascensor llegó a la planta baja.

Mientras salía del edificio, Thiago miró hacia arriba, hacia la ventana del último piso. Klaus Weber seguramente lo estaba mirando.

—Levi —pensó Thiago mientras subía al taxi—. ¿Cuánto captaron?

“Captaron ‘ruido’. Saben que hay algo metálico y conductor en tu cuerpo, pero no pudieron identificar la forma ni la tecnología. Creen que podrías tener implantes quirúrgicos no declarados o esquirlas de algún accidente viejo. Pero Klaus sospecha. Va a intentar escanear más profundo mañana.”

—No habrá escaneo profundo mañana.

“¿Vas a cancelar el tratamiento? Tu tobillo necesita 4 sesiones más para estar al 100%.”

—No voy a cancelar. Pero la próxima vez, voy a llevar el pendrive de Mendieta en el bolsillo. Si Klaus quiere escanearme, va a tener tanta interferencia que su máquina va a pensar que soy un microondas.

Thiago sonrió en la oscuridad del taxi. Estaba jugando al ajedrez contra dos gigantes tecnológicos al mismo tiempo. Y por ahora, su rey seguía en pie.

Jueves, 08:30 Horas. River Camp. Ezeiza.

Faltaban tres días para el Superclásico. El clima en el predio era de concentración absoluta. Periodistas agolpados en la puerta, hinchas colgando banderas de aliento en los alambrados y un silencio tenso en las canchas de entrenamiento.

El Dr. Santoro estaba tomando mate en su consultorio cuando la puerta se abrió.

—Buen día, Doc. Vengo por el alta.

Santoro escupió un poco de yerba.

—¿Qué alta, Arenas? Tenés para diez días más, mínimo.

Thiago entró, caminando con una naturalidad insultante. No había muletas. No había renguera. Se subió los pantalones y mostró el tobillo derecho.

Estaba seco. Sin hinchazón. Apenas una sombra amarilla donde había estado el hematoma.

Santoro se levantó de un salto, ajustándose los anteojos.

—No puede ser. —Se arrodilló y empezó a manipular la articulación con fuerza—. ¿Duele acá?

—No.

—¿Y acá?

—Tampoco.

—¡Es imposible! —Santoro miró a Thiago con una mezcla de horror y fascinación—. El ligamento estaba distendido. La biología no funciona así. Ni con la mejor genética del mundo. ¿Qué tomaste? ¿Qué te hiciste?

Thiago mantuvo la cara de póker.

—Hielo, Doc. Mucho hielo y fe. Y las ganas de jugar contra Boca.

Santoro bufó, incrédulo.

—Fe… Sí, claro. —El médico se levantó y caminó en círculos—. Escuchame bien. Clínicamente, estás curado. No sé cómo, y me da miedo preguntar, pero estás curado. Ahora, una cosa es el consultorio y otra es la cancha. Gallardo te va a exigir. Si ese tobillo es de cristal, se va a romper en la primera frenada.

—Estoy listo.

—Andá a la cancha 2. El Muñeco está haciendo táctico. Que Dios te ayude.

Thiago salió al campo. El rocío de la mañana mojaba los botines. Respiró hondo. El olor a pasto recién cortado era el mejor perfume del mundo.

Cuando apareció trotando por la banda, el entrenamiento se detuvo.

Gallardo, que estaba dando indicaciones a Palavecino, se giró. Se quedó mirando a Thiago unos segundos, con los ojos entrecerrados.

—¿Qué hacés acá, Arenas? —preguntó el técnico, secamente.

—Vengo a entrenar, Marcelo. Santoro me dio el apto.

Gallardo miró hacia el consultorio médico, donde Santoro observaba desde la ventana haciendo un gesto de “no me mires a mí, es un milagro”.

—Bien —dijo Gallardo, sin mostrar emoción—. Si estás para entrenar, estás para que te peguen. Ponete la pechera gris. Vas para los suplentes.

Thiago se puso la pechera.

—¡Vamos! ¡Fútbol formal! —gritó el técnico—. ¡Ritmo de partido!

El juego comenzó. Thiago se sentía ligero. Su tobillo respondía perfectamente, gracias a las sesiones con Klaus. Pero había algo diferente: Levi seguía en “Modo Offline”.

Thiago recibió una pelota difícil de Zuculini. La paró con el pecho y, antes de que tocara el suelo, sintió la marca de Maidana en su espalda.

Sin la visión de 360 grados de Levi, Thiago tuvo que usar el cuerpo. Se apoyó en Maidana, sintiendo la fuerza del veterano, y giró usando el tobillo recién curado como pivote. El tobillo aguantó la torsión.

Thiago se escapó y metió un pase filtrado para Braian Romero.

—¡Buena! —gritó Biscay desde el costado.

Gallardo no dijo nada. Solo observaba. Buscaba la debilidad. Buscaba el miedo.

Durante cuarenta minutos, Thiago corrió, trabó y chocó. No fue el jugador brillante y computarizado de sus primeros partidos. Fue un jugador terrenal, que erró dos pases y perdió una pelota en la salida, pero que también recuperó tres y mostró una intensidad física abrumadora.

Cuando terminó la práctica, Thiago estaba jadeando, con las manos en las rodillas.

Gallardo se acercó.

—El tobillo aguanta —dijo el técnico.

—Sí.

—Pero te falta ritmo. Estuviste parado diez días. Estás impreciso.

—El domingo no voy a estar impreciso, Marcelo. El domingo es otra cosa.

Gallardo sonrió levemente, una mueca casi imperceptible.

—Tenés razón. El domingo es otra cosa. Andá a elongar.

Viernes, 19:00 Horas. Redes Sociales y Medios de Comunicación.

El mundo de River estalló cuando la cuenta oficial del club publicó la lista de concentrados.

@RiverPlate: “¡Los convocados para el Superclásico! 📋🐔”

En la lista, debajo de los nombres habituales (Armani, Enzo Pérez, Julián Álvarez), aparecía el nombre que nadie esperaba:

35. Thiago Arenas.

Los comentarios llovieron. “¿No estaba roto?” “¡Es un alien!” “Gallardo hace brujería.” “¡Vuelve el Pibe Maravilla!”

Thiago leyó los comentarios desde su cama en la concentración del Monumental. Había vuelto. Estaba adentro.

Pero no todo eran festejos.

Su celular vibró. Un mensaje de un número desconocido.

Número Desconocido: “Vi la lista. Felicitaciones. Mi máquina funciona bien, ¿no? Lástima que hubo tanta ‘interferencia’ en los escaneos de datos. Casi parecía intencional. Pero no te preocupes, Thiago. El domingo voy a estar en el palco. Y voy a llevar mis propios binoculares. Disfrutá el partido. – K.V.W.”

Klaus Von Weber sabía que Thiago lo había bloqueado. Y lejos de enojarse, parecía haber aceptado el desafío.

“Amenaza persistente,” comentó Levi, rompiendo el silencio mental. “Klaus sospecha que usaste contramedidas electrónicas. Ahora sabe que no eres solo un fenómeno biológico, sino que tienes acceso a tecnología. La curiosidad se ha convertido en obsesión.”

—Que mire lo que quiera —respondió Thiago, dejando el celular—. El domingo va a haber tanta gente gritando que sus sensores van a explotar.

“Una última cosa, Thiago. El Superclásico genera niveles de estrés ambiental no registrados en nuestra base de datos actual. Ruido, presión, violencia, emociones extremas. Mi procesador en Modo Offline podría sufrir lag (retraso). Tendrás que confiar en tus instintos más que nunca.”

—Mis instintos me trajeron hasta acá, Levi.

Thiago apagó la luz.

Mañana sábado sería la última práctica suave. Y el domingo… el domingo el país se paralizaría.

Boca Juniors venía al Monumental. Y Thiago Arenas, el chico con secretos en las rodillas y un jammer en el bolsillo, iba a jugar su primer clásico.

En la oscuridad, Thiago cerró los ojos y visualizó el partido. Pero por primera vez, no visualizó líneas de pase ni estadísticas. Visualizó la pelota entrando en la red y la tribuna cayéndose abajo.

Visualizó la gloria.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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