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Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 71

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Capítulo 71: El Mundo en 90 Minutos

Domingo. 14:30 Horas. Concentración del Estadio Monumental.

El aire vibraba. Literalmente.

Thiago estaba en su habitación, terminando de armar el bolso, pero podía sentir cómo las paredes del edificio temblaban levemente. Faltaban tres horas para el partido, y el estadio ya estaba al 70% de su capacidad. Los cánticos de la hinchada se filtraban a través del hormigón como un zumbido grave y constante.

“Niveles de cortisol: 300% por encima de la media basal,” informó Levi. Su voz sonaba estática, comprimida dentro del cráneo de Thiago. “El ruido ambiental está alcanzando los 95 decibeles incluso aquí dentro. Recomiendo tapones auditivos para preservar el equilibrio vestibular.”

—Ni loco —dijo Thiago, atándose los cordones de las zapatillas—. Quiero escuchar todo.

La puerta se abrió. Julián Álvarez asomó la cabeza. Tenía los ojos brillantes, esa mezcla de miedo y ansiedad que tienen los depredadores antes de cazar.

—Vamos, Thiago. El Muñeco quiere la charla técnica antes de que el ruido sea insoportable.

Bajaron al salón de conferencias. El equipo estaba en silencio. No había risas, no había celulares. Solo caras largas, mandíbulas tensas y miradas perdidas en el vacío.

Gallardo entró. No gritó. Caminaba lento, mirando uno por uno a sus soldados.

—No les voy a hablar de táctica —dijo Gallardo, con voz suave—. La táctica ya la saben. Saben cómo se mueve Villa, saben cómo pivotea Benedetto. Eso está en los videos.

El técnico se detuvo frente a la pizarra, donde solo había escrito una palabra: IDENTIDAD.

—Hoy les voy a hablar de esto. Ahí afuera hay 84.000 personas que pagaron una entrada no para verlos ganar, sino para verlos representarlos. El hincha de River exige ganar, sí. Pero exige que no se escondan. Si pierden la pelota, la recuperan. Si les pegan, se levantan. Si erran un pase, piden la siguiente.

Gallardo golpeó la pizarra con la mano abierta. ¡PUM!

—Quiero que jueguen con el corazón caliente y la cabeza fría. No entren en la provocación de Rojo. No se dejen llevar por el árbitro. Jueguen al fútbol. Porque si jugamos al fútbol, somos mejores. ¡Vayan y demuéstrenlo!

Un grito unánime rompió la tensión.

—¡VAMOS CARAJO!

16:00 Horas. Vestuario Local.

El vestuario era un templo del caos organizado. Olor a aceite verde, reggaetón sonando de fondo para calmar los nervios, utileros corriendo con camisetas y botines.

Thiago se sentó en su lugar habitual. Sacó el pendrive negro de su neceser y lo miró un segundo. ¿Debería llevarlo en el botín?

“Negativo,” aconsejó Levi. “El riesgo de que se rompa durante un impacto es alto. Además, la densidad de señales de celulares en el estadio es tan alta (50.000 dispositivos activos) que la red está saturada. Será difícil para K-Core triangular una señal limpia incluso si quisieran. Estás oculto en la multitud digital.”

Thiago dejó el pendrive en el fondo de su casillero y lo cerró con candado.

Se puso las medias altas, cubriendo las cicatrices de sus rodillas y la piel recién curada de su tobillo derecho.

Enzo Pérez se sentó a su lado y empezó a vendarse las muñecas.

—¿Nervioso, pibe? —preguntó el capitán.

—Un poco. Me tiemblan las manos.

Enzo se rió.

—Es bueno. El día que no te tiemblen las manos antes de un Superclásico, retirate. Escuchame: los primeros 15 minutos van a ser un manicomio. No intentes hacer la jugada de tu vida. Tocá fácil. Asegurá el pase. Entrá en confianza. Si la perdés de entrada, la gente murmura y te come la cabeza.

—Tocar fácil. Entendido.

—Y otra cosa —Enzo bajó la voz—. Ojo con Advíncula. Es rápido y fuerte. Si te encara, esperalo, no te regales. Yo te hago el relevo.

En ese momento, el jefe de seguridad entró al vestuario.

—Muchachos, a la cancha. Calentamiento.

Salieron al túnel. El ruido se hizo físico. Era como estar parado al lado de una turbina de avión.

Subieron las escaleras. Y entonces, la luz.

El Monumental explotó.

—¡RIVER, MI BUEN AMIGO…!

Papelitos, humo rojo y blanco, banderas gigantes. El estadio parecía vivo, una bestia que respiraba y rugía.

Thiago pisó el césped. Miró hacia arriba. Las tribunas San Martín y Belgrano eran paredes verticales de gente. La Sívori y la Centenario eran mareas humanas.

“Alerta de sobrecarga sensorial,” parpadeó Levi. “Procesamiento de audio al límite. No puedo filtrar las frecuencias. El ruido es… total.”

Thiago sintió un mareo momentáneo. Sin la ayuda de Levi para estabilizar sus sentidos, la magnitud del evento lo golpeó con toda su fuerza humana. Se sintió pequeño. Diminuto.

Miró hacia el campo rival. Los jugadores de Boca estaban calentando en la otra mitad. Camisetas azules y amarillas. Rostros serios.

Buscó con la mirada los palcos VIP.

Allí, detrás de un vidrio blindado, vio una figura de pelo blanco. Klaus Von Weber. El alemán estaba de pie, con unos binoculares de alta tecnología colgados al cuello, mirando hacia abajo. Mirándolo a él.

Thiago sostuvo la mirada un segundo y luego escupió al pasto.

—Mirá bien, alemán —murmuró—. Hoy no vas a ver datos. Vas a ver fútbol.

—¡Arenas! —le gritó el profe—. ¡Movete! ¡Activá los isquios!

Thiago empezó a trotar. El tobillo derecho respondía de maravilla. Ni una molestia. La tecnología de Klaus era increíble, había que admitirlo.

Pero ahora dependía de él.

El calentamiento pasó volando. Volvieron al vestuario, se pusieron la camiseta oficial con la banda roja cruzando el pecho.

Formaron en la fila del túnel.

A su lado, los jugadores de Boca. Hubo miradas desafiantes, pero nadie dijo nada. La tensión era tan densa que se podía cortar con un cuchillo.

El árbitro, Darío Herrera, agarró la pelota.

—Señores, fair play. No me compliquen la vida. Vamos.

Salieron al campo de juego. El recibimiento fue ensordecedor. Fuegos artificiales retumbaron en el cielo gris de Buenos Aires.

Thiago se paró en el círculo central para el minuto de silencio (que nunca es silencio total en Argentina).

Miró a sus compañeros. Armani en el arco. La defensa armada. Enzo y De la Cruz en el medio. Julián arriba.

Y él. Thiago Arenas. El pibe de las rodillas de oro, el fantasma del sistema.

El árbitro miró su reloj. Se llevó el silbato a la boca.

Piiiiiit.

Julián movió la pelota para atrás. Thiago la recibió.

El Superclásico había comenzado.

Los primeros quince minutos fueron un borrón de velocidad y violencia contenida.

La pelota no rodaba; volaba. Boca había salido a presionar alto, intentando asfixiar la salida de River. Cada vez que Thiago recibía la pelota, tenía una camiseta azul y amarilla respirándole en la nuca.

—¡Solo! ¡Solo! —le gritó Simón.

Thiago recibió de espaldas. Sintió el contacto: era Marcos Rojo, áspero, marcando territorio.

En su “vida anterior” (hace dos semanas, conectado a la nube), Levi le habría dicho: “El centro de gravedad de Rojo está desplazado hacia la izquierda. Gira a la derecha en 0.5 segundos.”

Ahora, Levi solo decía: “Alerta de impacto trasero.”

Thiago tuvo que resolver por instinto. Aguantó la embestida, sintiendo los tapones del rival rozándole el talón, y tocó rápido hacia atrás para Enzo Pérez.

—¡Bien, pibe! ¡Movela! —le alentó Enzo.

Thiago corría, buscaba espacios, pero se sentía un segundo tarde en todo. El ruido de la hinchada era tan abrumador que interfería con su propia capacidad de pensar. Era como intentar resolver una ecuación matemática en medio de un recital de heavy metal.

“Procesamiento auditivo saturado,” se quejó Levi. “No puedo filtrar las instrucciones de Gallardo. Hay demasiado ruido blanco.”

—¡Callate y dejame escuchar! —pensó Thiago, frustrado.

Minuto 18. El partido seguía 0-0, muy trabado en el medio.

Boca recuperó una pelota y salió rápido por la banda derecha. Advíncula, el lateral peruano, era una locomotora.

Thiago estaba en esa zona, cubriendo el retroceso. Vio venir al peruano a toda velocidad.

—Es rápido —pensó Thiago—. Muy rápido.

Advíncula tiró la pelota larga y corrió.

Thiago giró y aceleró para cerrar. Sus piernas respondieron, potentes, explosivas. El tobillo curado por Klaus no dio ni una señal de debilidad. Pero sin la micro-gestión de Levi optimizando cada zancada, Thiago notó que se cansaba más rápido. El aire quemaba.

Llegaron juntos a la pelota cerca del banderín del córner.

Fue un choque de trenes. Hombro contra hombro.

Advíncula era puro músculo. Thiago rebotó, casi pierde el equilibrio, pero usó su bajo centro de gravedad para mantenerse en pie. Metió el pie, trabó la pelota y la ganó.

La tribuna explotó en un aplauso.

—¡Bien, nene! ¡Así se mete!

Thiago salió jugando, respirando agitado. Había ganado el duelo físico, no por tecnología, sino por garra.

En el Palco VIP.

Klaus Von Weber bajó los binoculares digitales. En la pantalla de su tablet, conectada a los sensores ópticos de los lentes, fluían datos en tiempo real.

—Fascinante —murmuró.

A su lado, un asistente técnico miraba con nerviosismo.

—Señor, los escaneos térmicos del tobillo derecho son normales. La temperatura es estable. El tratamiento fue un éxito total.

—No me interesa el tobillo —dijo Klaus, haciendo zoom en la imagen de Thiago—. Mirá su patrón de movimiento.

Klaus señaló un gráfico de ondas.

—Cada vez que corre, hay una micro-vibración en su estructura ósea. No es biológica. Es… metálica. Pero es tan sutil que se confunde con el ruido de fondo del estadio.

—¿Cree que tiene una prótesis, señor?

—Creo que tiene algo mucho más caro que una prótesis. —Klaus sonrió—. Y mirá cómo juega. Está contenido. Se está frenando. Está jugando al 70% de su capacidad real. ¿Por qué un chico de 19 años jugaría a media máquina en un Superclásico?

—¿Miedo?

—No. Camuflaje. —Klaus volvió a levantar los binoculares—. Se está escondiendo. Quiero saber de quién.

Campo de Juego. Minuto 32.

River empezó a dominar la pelota. Boca se replegó un poco, apostando a la contra con Villa.

Thiago empezó a encontrar su lugar en la cancha. Se olvidó de Levi, se olvidó de Klaus, se olvidó de K-Core. Dejó de pensar y empezó a sentir.

Recibió una pelota de Julián Álvarez en tres cuartos de cancha, volcado hacia la izquierda.

Tenía a Advíncula enfrente de nuevo. El peruano lo esperaba, agazapado, sabiendo que Thiago era zurdo (o eso creía).

Thiago amagó ir por afuera. Advíncula compró el movimiento.

Pero en lugar de desbordar, Thiago enganchó hacia adentro con la derecha, usando el pie “recién curado” con una confianza total.

El movimiento fue fluido, hermoso.

Quedó de frente al arco, a unos 25 metros.

“Probabilidad de gol desde esta posición: 8%,” calculó Levi en modo básico. “Línea de pase a De la Cruz: Segura.”

La lógica dictaba el pase.

Pero el arco estaba ahí. Y Rossi, el arquero de Boca, estaba un paso adelantado.

Thiago armó el remate.

No fue un “tiro asistido”. No hubo corrección de trayectoria ni cálculo de viento. Fue un zapatazo puro, de empeine, cargado con toda la frustración de las últimas semanas, con el dolor del tratamiento, con la rabia de ser un experimento.

La pelota salió disparada como un misil.

Hizo una curva extraña, bajando de golpe.

Rossi voló. Se estiró cuan largo era.

¡CLANG!

El sonido del metal retumbó en todo el estadio. La pelota reventó el travesaño, justo en el ángulo.

El rebote salió hacia afuera y un defensor de Boca la despejó a la tribuna.

El “¡UUUUUUHHH!” de 80.000 personas fue tan fuerte que Thiago sintió la vibración en el pecho.

Se agarró la cabeza.

—¡No te puedo creer! —gritó Julián, acercándose—. ¡Qué bombazo, hermano!

Thiago miró el arco, que todavía temblaba.

Había estado a centímetros. Centímetros humanos.

Gallardo aplaudía desde el borde del campo, pidiendo más intensidad.

Pero Thiago notó algo. Al patear con tanta fuerza bruta, sin la amortiguación nanobótica activa para proteger las articulaciones, sintió un pinchazo agudo, no en el tobillo derecho, sino en la rodilla izquierda. La rodilla biónica.

“Advertencia de integridad estructural,” alertó Levi. “Micro-fisura en el anclaje femoral detectada. El estrés mecánico del disparo superó los parámetros seguros del Modo Offline. Si continúas ejerciendo esta fuerza sin soporte de la nube, el hardware podría soltarse.”

Thiago se quedó helado.

Sin la conexión a la nube, Levi no podía hacer micro-reparaciones en tiempo real ni distribuir la carga del impacto eficientemente. Estaba usando un motor de Ferrari en un chasis que se estaba aflojando.

—¿Puedo seguir? —preguntó mentalmente.

“Puedes. Pero cada acción explosiva aumenta el riesgo de fallo catastrófico en un 2%. Si el anclaje se rompe, la rodilla colapsará.”

Boca iba a sacar del lateral.

Thiago miró el reloj. Minuto 35. Faltaba una eternidad.

Tenía que tomar una decisión: jugar “suave” y desaparecer del partido para proteger su rodilla, o seguir arriesgando y rezar para que los tornillos aguantaran hasta el entretiempo.

Enzo Pérez pasó a su lado.

—¡Dale, Thiago! ¡La próxima entra! ¡No aflojes!

Thiago apretó los dientes.

—No voy a aflojar.

Minuto 42. El 0-0 era un resultado mentiroso. El partido era un ida y vuelta frenético, con los dos equipos golpeándose como boxeadores en el último round.

Thiago sentía cada paso. No era dolor muscular; era una sensación mecánica, vibratoria. Click. Click. Un micro-movimiento dentro de su fémur izquierdo cada vez que apoyaba el pie con fuerza. El anclaje del nanobot maestro se estaba aflojando milímetro a milímetro.

“Riesgo de fallo estructural: 12%,” actualizó Levi, implacable. “Sugiero evitar los cambios de dirección bruscos.”

—Es un Superclásico, Levi. Si no cambio de dirección, me comen —respondió Thiago, apretando los dientes.

Boca atacaba. Villa desbordó por la izquierda y tiró un centro venenoso. Benedetto cabeceó solo. La pelota pasó lamiendo el poste derecho de Armani. El Monumental contuvo la respiración y luego soltó un suspiro colectivo de alivio que sonó como un huracán.

Armani sacó rápido.

La pelota le cayó a Enzo Fernández, quien vio a Thiago libre en el carril central.

—¡Llevála!

Thiago recibió y encaró. Tenía espacio. Pero enfrente estaba Marcos Rojo, el capitán de Boca, un central con experiencia en mundiales y una reputación de no hacer prisioneros.

Rojo no retrocedió. Salió a cortar, midiendo el tiempo para un cruce violento.

“Alerta. Colisión de alta energía inminente,” advirtió Levi. “El anclaje no soportará un impacto directo en la rodilla.”

Thiago tenía una fracción de segundo. Si frenaba, perdía la pelota y el estadio lo silbaría por “arrugar”. Si seguía, Rojo lo partía.

Thiago hizo lo único que podía hacer: saltar antes del contacto, pero dejando la pierna “muerta” para buscar la falta.

Rojo llegó con todo. Su rodilla impactó contra el muslo de Thiago.

El golpe sonó seco, duro.

Thiago voló por el aire y cayó pesadamente.

El árbitro Herrera pitó falta. Amarilla para Rojo.

El estadio estalló pidiendo la roja.

Thiago se quedó en el suelo, revisando mentalmente sus sistemas.

—¿Levi?

“Anclaje estable, pero vibración aumentada. El impacto fue absorbido por el recubrimiento de polímero, no por el hueso. Tuviste suerte.”

Marcos Rojo se acercó, con cara de pocos amigos, para levantarlo (o para apurarlo). Le agarró el brazo y lo tiró hacia arriba con brusquedad.

—Levantate, pendejo, no te toqué —le gruñó Rojo al oído.

Pero mientras lo soltaba, la mirada de Rojo cambió. Hubo un instante de confusión en los ojos del defensor de Boca. Se miró su propia rodilla, con la que había golpeado el muslo de Thiago, y luego miró la pierna del chico.

Había sido como chocar contra una barra de hierro envuelta en carne. Rojo se frotó la rodilla disimuladamente, haciendo una mueca de dolor.

El cuarto árbitro levantó el cartel: 1 minuto de adición.

El primer tiempo murió en un centro intrascendente de River.

Piiiiiit. Piiiiiit. Final del primer tiempo.

Thiago caminó hacia el túnel, tratando de no renguear. El click-click en su rodilla izquierda era ahora un zumbido constante.

Al entrar en la boca del túnel, donde las cámaras de TV ya no llegaban y la policía separaba a los planteles, la tensión estalló.

Hubo empujones entre Benedetto y Zuculini. Gritos. Insultos.

Thiago intentó pasar por el costado, pegado a la pared, para llegar al vestuario rápido y revisar su pierna.

Pero una mano fuerte lo detuvo.

Era Marcos Rojo.

El central lo acorraló contra la pared de cemento. No había agresividad de pelea, había… curiosidad oscura.

—Che, pibe —dijo Rojo, bajando la voz para que solo Thiago lo escuchara en medio del griterío—. ¿De qué estás hecho?

Thiago sintió el frío del miedo.

—¿Qué?

—Te pegué con todo. —Rojo se señaló la pierna—. Me duele a mí. Y vos te levantaste como si nada. Tu muslo… estaba duro como una piedra. No es normal.

Thiago tragó saliva. Sin la amortiguación activa de Levi, el chasis metálico de su pierna era más evidente al tacto violento.

—Gimnasio, Marcos. Mucha sentadilla —mintió Thiago, intentando soltarse.

Rojo lo soltó, pero lo miró con esa desconfianza de quien sabe que le están mintiendo.

—Sí… gimnasio. Ojalá sea eso. Porque si tenés canilleras de titanio abajo de la piel, avisame, así traigo un martillo para el segundo tiempo.

Rojo se dio media vuelta y se metió en el vestuario visitante.

Thiago se quedó temblando. Primero Klaus. Ahora Rojo. El secreto se está filtrando por las grietas.

Entró al vestuario de River. El clima era eléctrico. Gallardo daba indicaciones a los gritos, corrigiendo la presión.

Thiago se fue directo al baño y se encerró en un cubículo.

Se bajó el short y la media de la pierna izquierda.

Lo que vio le heló la sangre.

La piel alrededor de la cicatriz de la rodilla estaba roja e hinchada. Pero no era una hinchazón normal. Había un pequeño bulto, del tamaño de una bolita, que sobresalía levemente debajo de la piel.

Era la cabeza de un perno de sujeción. Se estaba saliendo.

“Diagnóstico confirmado,” dijo Levi, grave. “Desplazamiento del anclaje femoral: 2 milímetros. Si llega a 4 milímetros, el mecanismo de la articulación se trabará. Tu rodilla se bloqueará en posición rígida.”

—¿Puedo jugar 45 minutos más?

“No es recomendable. Cada impacto aumenta el desplazamiento. Si se traba en medio de una carrera, el hueso fémur se partirá por la torsión.”

Thiago se apoyó contra la puerta del baño, cerrando los ojos.

Afuera, escuchaba la voz de Gallardo.

—¡…Thiago está encontrando los espacios, pero le falta final! ¡Quiero que Julián se cierre y Thiago entre en diagonal!

El técnico contaba con él. El equipo contaba con él. 84.000 personas contaban con él.

Si pedía el cambio ahora, nadie dudaría. Diría que le duele el tobillo (el derecho) y todos entenderían. Saldría aplaudido.

Pero sería una mentira cobarde.

Thiago miró el bulto en su rodilla. Lo presionó con el dedo pulgar, con fuerza.

—¡Ahhh! —gimió de dolor.

El bulto cedió un milímetro hacia adentro.

—Levi —pensó Thiago—. ¿Si activo la conexión online solo por un segundo… podrías reajustar el perno?

“Afirmativo. Si me conecto a la nube, puedo descargar el parche de ‘Mantenimiento de Emergencia’ y usar los nanobots auxiliares para atornillar el anclaje desde adentro. Tardaría 30 segundos. Pero…”

—Pero K-Core me vería. Y Klaus me vería.

“Exacto. Sería como encender una bengala en la oscuridad.”

Alguien golpeó la puerta del baño.

—¡Thiago! ¡El Muñeco te llama! ¡Salimos en dos minutos! —era la voz del utilero.

Thiago se subió el short.

Tenía dos opciones:

Jugar roto y arriesgarse a una fractura expuesta y al retiro definitivo.

Conectarse, arreglarse, y arriesgarse a ser detectado y cazado por las corporaciones.

Thiago abrió la puerta del baño. Se lavó la cara.

No iba a conectarse. Había llegado hasta ahí siendo un fantasma, y iba a terminar el partido siendo un fantasma. O un mártir.

—Estoy listo —dijo al salir al vestuario.

Gallardo lo miró.

—¿Todo bien, Arenas? Te demoraste en el baño.

—Solo nervios, Marcelo. Todo bien.

—Bien. Escuchame. Ellos van a salir a buscar el empate. Van a dejar espacios atrás. Los primeros diez minutos del segundo tiempo son tuyos. Si tenés una, matalos. No perdones como en el tiro del travesaño.

—No voy a perdonar.

El equipo salió al túnel.

Thiago caminaba hacia el campo de batalla, sintiendo el click en su rodilla con cada paso. Sabía que era una bomba de tiempo. Solo esperaba que explotara después de meter un gol.

Hola, Aquí el autor otra vez, solo quería dar las gracias de nuevo por todo el apoyo que me habéis dado con mi novela. No me esperaba que volváis a estar tan atentos después de tanto tiempo sin publicar nada. ¡Y tengo una buena noticia! Por fin aprobé el examen de matemática que me tenía frito, así que ahora tengo un montón de tiempo libre para hacer lo que quiera. Así que volveré a publicar con más frecuencia (si no me olvido de actualizar algún día sera diario).

Como muestra de agradecimiento, quiero ver algunas piedras de poder, reseñas o comentarios. No me importa si es algo sin importancia que se os ha ocurrido, de verdad que me alegra mucho su apoyo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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