Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 72
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Capítulo 72: Gloria y Ruina
Segundo Tiempo. Minuto 45. Estadio Monumental.
El árbitro Darío Herrera sopló el silbato. Boca movió la pelota.
El Monumental rugió de nuevo, una ola de sonido que golpeaba contra el pecho. Pero para Thiago Arenas, el sonido del mundo exterior se había vuelto lejano, ahogado por el ruido interno de su propia catástrofe biomecánica.
Click… Click… Click…
Cada vez que apoyaba el pie izquierdo, sentía el perno moverse dentro del fémur. Era una sensación asquerosa, como tener una piedra en el zapato, pero adentro del hueso.
“Advertencia de integridad,” repetía Levi, monótono, implacable. “Desplazamiento del anclaje: 2.8 milímetros. Vibración armónica en aumento. Tiempo estimado hasta la falla crítica bajo estrés de partido: 4 minutos.”
—Cuatro minutos —pensó Thiago—. Tengo cuatro minutos de vida.
Gallardo había pedido intensidad. Thiago salió a morder.
A los dos minutos, la pelota le quedó dividida cerca del lateral. Luis Vázquez, el 9 de Boca, iba a cubrirla. Thiago sabía que si trababa fuerte con la izquierda, se rompía ahí mismo.
Así que hizo algo antinatural. Saltó y trabó con la derecha, girando el cuerpo en el aire. Ganó la posesión, pero cayó mal.
Se levantó rápido, ignorando el pinchazo.
—¡Jugá, jugá! —le gritó Julián Álvarez, picando al vacío.
Thiago lanzó el pase. Fue preciso. Julián corrió, pero Rossi salió rápido y cortó el avance.
El partido estaba roto. El mediocampo era una zona de tránsito rápido. Nadie marcaba, todos corrían. Era el escenario ideal para Thiago… si tuviera rodillas funcionales.
Minuto 51.
Boca tuvo un córner. Subieron los torres: Rojo, Izquierdoz, Advíncula.
Thiago bajó a defender. Se paró en el primer palo, su zona asignada.
El centro de Villa fue cerrado, venenoso.
Thiago saltó. Al impulsarse con la pierna izquierda, sintió un crujido agudo, como una rama seca rompiéndose bajo el agua.
“¡Alerta! Micro-fractura en la base del implante,” gritó Levi, simulando pánico en su voz digital. “¡Abortar actividad física! ¡Sentate!”
Thiago despejó de cabeza, cayendo sobre la pierna derecha para proteger la izquierda.
El despeje le cayó a Enzo Fernández, quien la dominó y levantó la cabeza.
El contraataque.
River salía disparado. Era un 3 contra 3.
Enzo condujo y vio a Thiago, que a pesar del dolor, había salido corriendo instintivamente hacia el ataque.
—¡Thiago! —le gritó Enzo, y le lanzó un pase largo, perfecto, a espaldas de Fabra.
Thiago vio la pelota viajar por el aire. El estadio se puso de pie. 70.000 almas contuvieron el aliento.
Era esa jugada. La jugada con la que sueña todo pibe desde que patea una botella en el patio. Correr solo hacia el arco de la Sivori en un Superclásico.
Thiago aceleró.
Su cerebro le gritaba: ¡Pará! ¡Te vas a romper! Su corazón le gritaba: ¡Corré, cagón, es la gloria!
Thiago corrió.
La pelota picó delante de él. Fabra venía cerrando desesperado desde la derecha. Izquierdoz venía de frente.
Thiago entró al área.
“Cálculo de probabilidad de rotura total en caso de cambio de dirección brusco: 99%,” sentenció Levi.
Thiago no tenía ángulo para patear directo. Izquierdoz le tapaba el arco. Tenía que enganchar. Tenía que hacer el movimiento que su rodilla no podía soportar.
El defensor de Boca se plantó, esperando el remate de zurda.
Thiago apoyó el pie izquierdo en el césped. Todo su peso, toda su velocidad, toda la inercia de la carrera se concentraron en ese punto de apoyo biónico defectuoso.
Clavó los tapones.
Y enganchó hacia adentro.
Fue el regate más hermoso y doloroso de su vida.
Adentro de su pierna, el perno de sujeción no aguantó la torsión. El metal rasgó el hueso. El anclaje se soltó.
¡CRACK!
El sonido fue audible para él, un estallido interno. El dolor fue cegador, blanco, absoluto.
Pero la inercia del movimiento ya estaba hecha. Izquierdoz pasó de largo como un tren sin frenos.
Thiago quedó solo frente a Rossi. Su pierna izquierda ya no respondía; estaba colapsando bajo él. Se estaba cayendo.
Pero mientras caía, mientras el mundo se le apagaba por el dolor, su pierna derecha —la pierna humana, la del tobillo curado por Klaus, la pierna que todos creían que era la débil— latigó la pelota.
Fue un puntazo. Seco. Abajo.
Rossi ni se movió.
La pelota infló la red.
¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL!
El grito del Monumental fue una explosión nuclear. Una liberación de energía que hizo temblar los cimientos de Núñez.
Thiago vio la pelota entrar. Vio la red moverse.
Y luego, chocó contra el suelo.
No se levantó para correr al córner. No se sacó la camiseta. No hizo el topo gigio.
Quedó tirado boca abajo en el área chica, con los brazos abiertos en cruz, mientras la marea de compañeros llegaba para abrazarlo.
—¡GOLAZO! ¡GOLAZO, ANIMAL! —gritaba Julián, tirándose encima de él.
—¡Te amo, pendejo! —gritaba De la Cruz, saltando sobre la pila.
Pero Thiago no respondía. Debajo de la montaña de cuerpos eufóricos, Thiago estaba gritando, pero el sonido se ahogaba en el pasto.
“Sistema crítico,” fue lo último que escuchó de Levi antes de que la interfaz se pusiera en rojo total. “Desconexión del sistema motriz inferior izquierdo. Falla catastrófica. Iniciando protocolo de apagado de emergencia para evitar shock neurogénico.”
Enzo Pérez, el último en llegar al festejo, notó algo raro. Thiago no se movía. No festejaba. Estaba pálido, con los ojos desorbitados y llenos de lágrimas.
Enzo empujó a Julián.
—¡Salgan! ¡Salgan de encima! —gritó el capitán con desesperación—. ¡Aire! ¡Denle aire!
Los jugadores de River se apartaron, confundidos. La tribuna seguía gritando el gol, ajena al drama.
Thiago se agarraba la rodilla izquierda con las dos manos, con los nudillos blancos.
—¡Médico! —gritó Enzo, haciendo el gesto de rotación con las manos hacia el banco—. ¡MÉDICO, RÁPIDO!
El estadio empezó a callarse lentamente, como si alguien hubiera bajado el volumen de la tele, al ver que el goleador no se levantaba.
Thiago miró al cielo gris. Las luces del estadio empezaban a girar.
Había metido el gol. Había ganado.
Y se había roto.
Dr. Santoro llegó corriendo, con el maletín médico rebotando contra su pierna. Se tiró al pasto al lado de Thiago.
—¡Tranquilo, pibe, tranquilo! —gritaba el médico, tratando de apartar las manos de Thiago de su propia rodilla—. ¡Dejame ver!
Thiago estaba en shock. No gritaba por el dolor (Levi había activado un bloqueo neuronal de emergencia que reducía la agonía a un latido sordo y distante), gritaba por el pánico. Sentía la pierna suelta. Como si la parte de abajo de la rodilla ya no estuviera conectada a la parte de arriba.
—¡No me toques! —jadeó Thiago, con los ojos llenos de lágrimas—. ¡No me la muevas!
Santoro, con manos expertas pero temblorosas, palpó la zona.
Lo que sintió lo dejó helado.
No se sentía como una rotura de ligamentos normal, donde la rodilla se siente “blanda” o inestable. Esto se sentía… mecánico. Al presionar el lado externo de la rótula, sintió algo duro y filoso debajo de la piel hinchada. Algo que hizo un sonido de clic metálico al rozar con el hueso.
Santoro levantó la vista y miró a Thiago a los ojos. Había una pregunta en la mirada del médico. Una pregunta aterradora que no se atrevía a formular en medio de un estadio lleno.
—¿Qué tenés ahí adentro, Thiago? —susurró Santoro, tan bajo que nadie más lo oyó.
Thiago le devolvió la mirada, suplicante.
—Sacame de acá, Doc. Por favor. Sacame ya.
Enzo Pérez, arrodillado al lado, entendió que la situación era grave. Se paró y empezó a gritarle a la camilla.
—¡La concha de su madre! ¡Entren! ¡Rápido!
El carrito naranja entró al campo. Los camilleros bajaron la camilla rígida.
Entre cuatro lo levantaron. Al mover la pierna, Thiago sintió cómo el metal raspaba contra el tejido vivo. Mordió la camiseta para no aullar.
Mientras lo subían al carrito, la pantalla gigante del estadio mostró la repetición del gol. La jugada heroica. El enganche suicida y el remate de la victoria.
La gente, al ver que se lo llevaban, reaccionó.
Desde los cuatro costados del Monumental, bajó una ovación que erizaba la piel.
—¡OLEEEE, OLE OLE OLEEEE… THIAGOOOO… THIAGOOOO!
Thiago, acostado en la camilla, mirando el cielo nublado, levantó una mano débilmente para agradecer.
Era la despedida. Tenía que serlo. Con la rodilla destrozada y el secreto a punto de ser descubierto por los médicos del club, su carrera había terminado.
Palco VIP.
Klaus Von Weber dejó la tablet sobre la mesa. En la pantalla, el gráfico de la rodilla de Thiago mostraba una línea roja plana. [CONEXIÓN ESTRUCTURAL: 0%].
—Impresionante —dijo Klaus, sin un ápice de lástima—. Sacrificó la unidad para cumplir el objetivo. Es… admirablemente ineficiente.
Su asistente miraba la escena con preocupación.
—Señor, lo llevan al vestuario. Seguramente lo trasladen a la Clínica Rossi para una resonancia magnética.
Klaus sonrió.
—Si le hacen una resonancia magnética a esa pierna, el imán gigante va a arrancar los componentes metálicos a través de su piel. Va a ser una carnicería. Y el secreto saldrá a la luz en todos los noticieros.
Klaus se levantó y se abrochó el saco.
—Tenemos que intervenir. Prepará el auto. Vamos al vestuario de River.
—¿Señor? ¿Va a entrar al vestuario local en medio del Superclásico?
—Soy Klaus Von Weber. Yo entro donde quiero. Además… tengo la solución a su problema. Y esta vez, el precio va a ser mucho más alto que unos simples escaneos.
Túnel Local.
El carrito avanzaba rápido por el pasillo de hormigón. El ruido de la hinchada se iba apagando, reemplazado por el zumbido de las luces fluorescentes.
—¡Directo al consultorio! —ordenó Santoro a los camilleros—. Preparen hielo y llamen a la ambulancia. Hay que llevarlo a hacerse placas urgente.
—¡No! —gritó Thiago, incorporándose en la camilla—. ¡No quiero ir a la clínica! ¡No quiero placas!
—Thiago, no seas nene —lo retó Santoro—. Tenés la rodilla destrozada. Necesitamos ver qué pasó.
—¡Dije que no! —Thiago estaba desesperado. Si lo metían en un tomógrafo o le sacaban una radiografía, verían los tornillos, los servomotores, el chip. Sería el fin.
El carrito frenó en la puerta del vestuario.
Thiago miró a Santoro.
—Llevame a casa, Doc. O dejame acá. Pero no me lleves a la clínica. Tengo… tengo fobia a los hospitales.
Santoro lo miró, incrédulo.
—¿Fobia? Thiago, te acabás de romper todo. Esto es serio.
En ese momento, Levi habló en la mente de Thiago. Su voz era débil, intermitente, como una radio perdiendo señal.
“Nivel de batería de emergencia: 2%. Protocolo de hibernación inminente. Escucha bien, Thiago… Si te hacen imágenes, estamos muertos. Tienes que ganar tiempo. Klaus… Klaus es la única salida.”
—¿Qué? —pensó Thiago—. ¿El alemán?
“K-Core te descartará. Te reciclarán. Klaus… Klaus quiere estudiarte. Es el menor de dos males. Gana tiempo.”
De repente, la luz del túnel pareció oscurecerse. Thiago sintió que se desmayaba. El dolor, el estrés y el bajón de adrenalina fueron demasiado.
Lo último que vio antes de cerrar los ojos fue a Marcelo Gallardo, que había bajado corriendo del banco de suplentes para ver cómo estaba, y detrás de él, entrando por la puerta del fondo del pasillo como un dueño de casa, la figura impecable de Klaus Von Weber.
—Yo me encargo, caballeros —dijo la voz del alemán, resonando en el pasillo—. Tengo el equipo médico necesario afuera.
Thiago se dejó caer en la oscuridad.
El partido seguía afuera. River ganaba 1-0. Pero la verdadera batalla por el cuerpo y el alma de Thiago Arenas acababa de empezar.
El pasillo del vestuario estaba congelado en una tensión insoportable.
Marcelo Gallardo miraba alternativamente a su jugador desmayado en la camilla y al hombre de traje impecable que acababa de interrumpir la escena médica.
—¿Quién carajo es usted? —ladró el Dr. Santoro, poniéndose delante de la camilla como un perro guardián—. ¡Este es un área restringida! ¡Seguridad!
Klaus Von Weber no se inmutó. Sacó una tarjeta de identificación plastificada que colgaba de su cuello (un pase VIP “All Access” de la Conmebol) y la mostró con calma.
—Soy Klaus Von Weber. CEO de Weber BioTech. Y soy el responsable del tratamiento de recuperación que permitió a este joven jugar hoy. —Klaus miró a Gallardo—. Marcelo, un placer. Gran planteo táctico.
Gallardo, con la adrenalina del partido todavía en las venas, dio un paso adelante.
—Usted curó el tobillo. Pero esto es la rodilla, Weber. Y parece grave. Tenemos que llevarlo a la Clínica Rossi ya mismo.
—Si lo llevan a una clínica convencional y lo meten en un resonador magnético, le van a arruinar la pierna para siempre —dijo Klaus con una seguridad helada.
Santoro frunció el ceño.
—¿De qué está hablando?
—El tratamiento que usé en su tobillo incluye nanobandas de soporte subcutáneo que reaccionan violentamente a los campos magnéticos fuertes. —Klaus mintió con una fluidez asombrosa, mezclando verdad técnica con invención—. Si le hacen una resonancia estándar, esas bandas se calentarán y quemarán el tejido muscular. Necesita un escáner de baja frecuencia. Y el único en Sudamérica lo tengo yo, en mi unidad móvil afuera del estadio.
Santoro dudó. La explicación sonaba a ciencia ficción, pero Thiago se había recuperado en diez días. El alemán tenía credibilidad.
—Yo sentí algo duro en la rodilla —insistió Santoro—. Como metal.
—Es el reflejo simpático de la fascia muscular endurecida por el tratamiento. Efecto secundario común —desestimó Klaus, agitando la mano—. Doctor, se nos acaba el tiempo. El chico está en shock neurogénico. ¿Quiere salvarle la carrera o quiere discutir protocolos burocráticos?
Gallardo miró a Thiago. El pibe estaba pálido, sudando frío, inconsciente.
—Llevátelo —ordenó Gallardo—. Pero Santoro va con vos.
Klaus sonrió levemente.
—Lo siento, Marcelo. Mi unidad móvil es un ambiente estéril y mi equipo trabaja solo. Además, el contrato de confidencialidad que firmó Thiago protege mi tecnología de ojos curiosos… incluso de los médicos de River.
Era una jugada agresiva. Klaus estaba apostando todo a su autoridad y al miedo de Gallardo de dañar al jugador.
En ese momento, se escuchó un rugido desde el campo de juego. El árbitro había pitado el final.
River había ganado el Superclásico 1-0.
Los jugadores empezaron a entrar al túnel gritando, festejando, saltando. La marea de alegría estaba a punto de inundar el pasillo de la tragedia.
—¡Saquenlo de acá antes de que lleguen los muchachos! —gritó Gallardo, tomando una decisión ejecutiva—. Weber, hacete cargo. Si al pibe le pasa algo, te voy a buscar a Alemania.
—Tiene mi palabra. Lo devolveré mejor que nuevo.
Dos paramédicos privados de Weber BioTech, vestidos con uniformes grises tácticos, aparecieron de la nada y tomaron el control de la camilla. Desplazaron a los camilleros del estadio y empezaron a correr hacia la salida de ambulancias.
Santoro se quedó mirando cómo se llevaban a su paciente.
—Esto no me gusta nada, Marcelo —murmuró el médico—. Ese tipo oculta algo. Esa rodilla… no era normal.
Gallardo se pasó la mano por el pelo, agotado.
—Lo sé, Doc. Pero Thiago confía en él. Y el pibe nos acaba de ganar el partido. Dejémoslo que se cure.
Unidad Móvil de Weber BioTech. Estacionamiento Privado del Monumental.
La ambulancia no era una ambulancia. Por dentro parecía el interior de una nave espacial. Monitores, brazos robóticos plegados en el techo, y una iluminación azul clínica.
Subieron a Thiago y cerraron las puertas blindadas, aislando el ruido de los festejos de la hinchada.
Klaus se sentó junto a la camilla. Ya no fingía preocupación social. Sacó un bisturí láser de un cajón y cortó la media y el pantalón de Thiago, exponiendo la rodilla izquierda.
La piel estaba morada y deforme.
Klaus presionó un botón en la consola. Un escáner de mano descendió del techo y pasó una luz roja sobre la pierna.
En la pantalla gigante de la pared, apareció la imagen interna.
No había huesos rotos (al menos, no huesos humanos).
La imagen mostraba una estructura compleja de aleación de titanio y polímeros, con servomotores en miniatura y cables de fibra óptica entrelazados con los nervios. Pero el mecanismo central de la articulación estaba desplazado. Un perno maestro se había salido de su eje, y los pistones hidráulicos estaban derramando fluido refrigerante dentro del tejido muscular.
Klaus miró la pantalla, fascinado. Sus ojos brillaban con la codicia de un niño que acaba de encontrar el juguete más caro del mundo tirado en la basura.
—Increíble —susurró—. No es una prótesis. Es una simbiosis total. K-Core… malditos genios hijos de puta. Han logrado la integración neuronal perfecta.
El asistente de Klaus, el Dr. Richter, miró los datos con temor.
—Señor, el sistema operativo de la unidad está en modo de hibernación crítica. Si no estabilizamos el núcleo de energía, el tejido biológico empezará a necrosarse por el contacto con los fluidos de la batería.
Klaus acarició la frente sudorosa de Thiago, como si fuera una mascota valiosa.
—Estabilizalo. Conectalo al bypass de soporte vital. No vamos a dejar que muera.
—¿Y la pierna, señor? ¿La reparamos?
Klaus sonrió. Una sonrisa depredadora.
—No solo la vamos a reparar, Richter. La vamos a mejorar. Y mientras lo hacemos, vamos a copiar cada línea de código, cada patente y cada diseño de ingeniería que tiene ahí adentro.
La ambulancia arrancó suavemente, saliendo del estadio Monumental, llevándose al héroe del Superclásico hacia la oscuridad.
Thiago, sumido en la inconsciencia, no sabía que acababa de cambiar de dueño. Había escapado de K-Core para caer en manos de alguien que no quería usarlo para jugar al fútbol, sino para desarmarlo y descubrir cómo funcionaba el alma de la máquina.
El celular de Thiago, guardado en el bolso al pie de la camilla, vibró una última vez antes de perder señal dentro del vehículo blindado.
Era un mensaje de Mendieta: “Vi el partido. Vi cómo te caíste. No vayas al hospital. Apagá todo. Voy para allá.”
Pero ya era tarde.
Hola, chicos aquí el autor para pedir perdon por no haber actualizado en estos días. No sé qué pasó, pero se fue la conexión a internet por la tormenta. ¡Pero ya volvió! Ahora sí, puedo seguir con la novela como si nada.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com