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Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 73

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Capítulo 73: El Prisionero de Puerto Madero

Lunes. 09:15 Horas. Laboratorio Privado “Nivel 4” de Weber BioTech. Subsuelo.

El despertar no fue humano. No hubo legañas, ni bostezos, ni confusión gradual.

Fue un reinicio.

“Iniciando secuencia de arranque…” “Comprobación de memoria: OK.” “Sistemas motores: Desconectados manualmente.” “Interfaz de red: Bloqueada por firewall externo.” “Bienvenido de nuevo, Thiago.”

Thiago abrió los ojos de golpe.

La luz blanca de los tubos fluorescentes le quemó las retinas. Intentó llevarse la mano a la cara para cubrirse, pero su brazo no respondió. Escuchó el sonido de cuero estirándose.

Miró hacia abajo.

Estaba atado.

Estaba acostado en una camilla quirúrgica de metal frío, inclinado a 45 grados. Gruesas correas de sujeción inmovilizaban sus muñecas, su pecho y su cintura.

Pero el horror real estaba más abajo.

Su pierna izquierda estaba abierta.

No había sangre, o al menos, había sido limpiada. La piel alrededor de la rodilla estaba separada por retractores quirúrgicos de acero inoxidable, exponiendo el interior de su anatomía. Y lo que se veía no era hueso y cartílago.

Era el brillo plateado del chasis de titanio. Eran los cables de fibra óptica azules y rojos que palpitaban con luz propia. Y, lo más aterrador de todo, había cables gruesos de datos conectados directamente a los puertos de servicio de su fémur biónico, cables que salían de su cuerpo y se conectaban a una torre de servidores negra que zumbaba suavemente a su lado.

Thiago sintió un grito subir por su garganta, pero salió como un graznido seco.

—Levi… ¡Levi! ¿Qué está pasando?

“Alerta de intrusión masiva,” respondió la IA, su voz sonando extrañamente metálica, sin la calidez habitual. “Estamos conectados a un sistema externo. Alguien está descargando mis archivos fuente. Están copiando mi código base, Thiago. Me están clonando.”

—¡Paralo! ¡Desconectate!

“No puedo. Han puenteado mis protocolos de defensa con una llave de encriptación de nivel militar. Estoy paralizado.”

—Buenos días, Bella Durmiente.

La voz vino desde la sombra, más allá del círculo de luz de la camilla.

Klaus Von Weber caminó hacia la luz. No llevaba bata de médico, sino un traje gris impecable, sin corbata. Sostenía una taza de café humeante y una tablet.

Parecía relajado, como si estuviera admirando una obra de arte en un museo.

—¿Dónde estoy? —preguntó Thiago, tirando inútilmente de las correas.

—Estás en mi casa. O mejor dicho, tres pisos debajo de mi casa —dijo Klaus, tomando un sorbo de café—. Tranquilo. Las correas son por tu seguridad. Si intentás moverte con la rodilla abierta y conectada al mainframe, podrías causar un cortocircuito que te freiría el cerebro.

Klaus se acercó a la rodilla expuesta. Con un dedo índice, tocó suavemente uno de los pistones hidráulicos expuestos.

Thiago se estremeció. Sintió el toque no en la piel, sino en el sensor de presión del metal. Fue una violación íntima.

—Fascinante —murmuró Klaus—. Simplemente fascinante. Llevo treinta años en la industria de la biomecánica. He visto prótesis militares, exoesqueletos industriales, injertos neuronales… pero esto… —Klaus negó con la cabeza—. Esto es arte. La integración entre el tejido biológico y la aleación sintética es perfecta. No hay rechazo. No hay cicatriz interna. K-Core ha resuelto el problema de la interfaz hombre-máquina.

Klaus levantó la vista y miró a Thiago a los ojos.

—Y pensar que lo usaron para que un pibe de 19 años patee una pelota. Qué desperdicio de tecnología.

—Soltame —dijo Thiago, intentando sonar firme a pesar del miedo—. River me está buscando. Mi representante me está buscando.

Klaus soltó una risa suave.

—River cree que estás en una clínica privada de alta complejidad en Pilar, sedado post-operación, bajo mi cuidado personal y “gratuito”. Les dije que la operación fue un éxito y que necesitás aislamiento total por 48 horas para evitar infecciones. Están muy agradecidos. Incluso Gallardo me mandó un mensaje de texto.

Klaus deslizó el dedo por la pantalla de su tablet y la giró para que Thiago la viera.

Mostraba el código de programación de Levi desfilando a toda velocidad.

—¿Sabés lo que vale esto, Thiago? —preguntó Klaus—. El código de esta Inteligencia Artificial… este “Levi” que detecto en tus patrones cerebrales… vale más que el PBI de un país pequeño.

—No es un código. Es mi amigo.

Klaus arqueó una ceja.

—Ah, sentimentalismo. Típico error humano. —Klaus dejó la tablet sobre una mesa auxiliar—. Vamos a ser claros, Thiago. Sé lo que sos. Sos propiedad robada de K-Core. Sos un prototipo militar ilegal disfrazado de futbolista.

Klaus se inclinó sobre él, apoyando las manos en los bordes de la camilla.

—Si yo hago una llamada telefónica a la FIFA, te suspenden de por vida. Si llamo a la prensa, sos un fenómeno de circo. Y si llamo a K-Core… bueno, ellos vendrán a recuperar su inversión, y dudo que sean tan amables como yo.

Thiago sintió el peso de la realidad. Estaba atrapado. Jaque mate.

—¿Qué querés? —preguntó Thiago.

—Conocimiento —respondió Klaus—. Quiero entender cómo funciona. Quiero la patente. K-Core me lleva diez años de ventaja con esta tecnología. Con vos en mi mesa, puedo cerrar esa brecha en una semana.

—¿Me vas a desarmar?

—No. Eso sería crudo. Solo voy a estudiarte. Voy a reparar tu rodilla —Klaus señaló la articulación abierta—. De hecho, ya casi termino. Reemplacé el anclaje roto con una pieza de carbono de mi propio diseño. Es más fuerte que la original.

Klaus se enderezó y caminó hacia la consola de servidores.

—Pero hay un precio por mi silencio y por mi reparación, Thiago.

—¿Cuál?

—Vas a seguir jugando. Vas a ganar campeonatos. Vas a ser el mejor del mundo. Pero ya no vas a reportar datos a K-Core.

Klaus tecleó un comando.

Las luces de la torre de servidores cambiaron de rojo a verde.

—Acabo de instalar un “rootkit” en tu sistema —explicó Klaus—. Un acceso de puerta trasera. A partir de hoy, todos los datos que recopile tu IA… tu velocidad, tu biometría, tus tácticas… vendrán a mis servidores, no a los de K-Core. Y cuando yo te diga que pierdas, vas a perder. Y cuando te diga que te lesiones, te vas a lesionar.

Thiago sintió un frío en el estómago.

—¿Querés que sea tu marioneta?

—Quiero que seas mi activo más valioso. K-Core te creó, pero yo te voy a controlar.

Klaus sonrió, una sonrisa de tiburón corporativo.

—Ahora, voy a cerrar la incisión. Va a doler un poco, no puedo usar anestesia general porque interferiría con el reinicio del sistema. Apretá los dientes, “gladiador”.

Klaus tomó una grapadora quirúrgica automática.

Thiago cerró los ojos y apretó los puños contra las correas.

“Thiago,” susurró Levi en su mente, con voz urgente. “He logrado aislar un paquete de datos oculto en la sub-red. Klaus cree que tiene el control total, pero dejó una brecha en el protocolo de comunicaciones inalámbricas.”

—¿Qué significa eso? —pensó Thiago, mientras sentía la primera grapa morder su piel.

“Significa que no puedo contactar a K-Core… pero si alguien está cerca, con un receptor de corto alcance… tal vez pueda pedir ayuda.”

—¿Ayuda de quién? Nadie sabe que estoy acá.

“Incorrecto. Hay una señal Bluetooth conocida intentando hacer ‘ping’ en el perímetro del edificio. Es débil, pero persistente.”

Thiago abrió los ojos, sorprendido, justo cuando Klaus clavaba la segunda grapa.

—¿Quién es?

“Dispositivo reconocido: Smartphone modelo antiguo. ID de Usuario: ‘Gordo_Mendieta_10’.”

Thiago contuvo un suspiro de alivio en medio del dolor.

Mendieta. El viejo zorro no lo había abandonado. Estaba afuera.

Exterior del Edificio Weber BioTech. Puerto Madero. 09:30 Horas.

El “Gordo” Mendieta estaba sentado en un banco de plaza, fingiendo leer un diario deportivo, con un gorro de lana calado hasta las cejas. A simple vista, parecía un jubilado descansando frente al río.

Pero debajo del diario, sus manos se movían frenéticamente sobre la pantalla de un celular Motorola viejo, conectado por un cable USB a una antena casera fabricada con una lata de papas fritas (una vieja técnica de wardriving que nunca fallaba).

—Vamos, pibe… dame una señal —murmuraba Mendieta, mordiendo un escarbadientes.

Había seguido a la ambulancia “fantasma” desde el Monumental. No había sido difícil; el vehículo tenía patente diplomática y se saltó tres semáforos en rojo. Pero entrar al edificio era otra historia. Cámaras térmicas, guardias armados en el lobby y escáneres de retina.

Mendieta sabía que no podía entrar a los tiros. Tenía que entrar por la red.

En la pantalla de su celular, una barra de señal parpadeaba débilmente.

[DISPOSITIVO DESCONOCIDO DETECTADO] [ID: L.E.V.I – MODO SEGURO] [INTENSIDAD DE SEÑAL: 12%]

—¡Te tengo! —susurró Mendieta.

La señal venía del subsuelo. Profundo. Mendieta miró alrededor. Vio una rejilla de ventilación industrial al costado del edificio, oculta detrás de unos arbustos prolijamente cortados. De ahí salía aire caliente.

Se levantó, guardó el diario y caminó hacia los arbustos, rezando para que su artrosis de rodilla (la biológica, la que dolía con la humedad) no le fallara ahora.

Laboratorio Subterráneo.

Klaus terminó de colocar la última grapa. Limpió la sangre con una gasa estéril y admiró su trabajo.

—Perfecto —dijo—. La cicatriz será mínima. En dos semanas ni se notará.

Thiago respiraba agitado, cubierto de sudor frío. El dolor había sido agudo, pero el miedo era peor.

—Ahora, vamos a probar la nueva configuración —dijo Klaus, caminando hacia el teclado de la consola.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Thiago.

—Demostrarte quién manda.

Klaus tecleó una serie de comandos.

De repente, Thiago sintió una descarga eléctrica en el muslo izquierdo. No fue dolorosa, fue… autoritaria.

Su pierna izquierda se levantó sola.

Thiago intentó bajarla. Su cerebro envió la orden: ¡Bajá la pierna! Pero la pierna no obedeció. Se mantuvo rígida en el aire, a 45 grados, sostenida por los servomotores que ahora respondían a Klaus y no a él.

—¡Bajala! —gritó Thiago, golpeando la camilla con los puños atados—. ¡Bajala!

—Interesante —dijo Klaus, ignorando los gritos—. He anulado tu control motor voluntario sobre la extremidad. Tu cerebro envía la señal, pero mi rootkit la intercepta y la bloquea. Yo tengo el volante ahora.

Klaus movió un joystick en la consola.

La pierna de Thiago empezó a flexionarse y extenderse rítmicamente. Arriba. Abajo. Arriba. Abajo.

Era grotesco. Thiago miraba su propia pierna moverse como si fuera de otra persona. Se sintió violado de la manera más profunda posible. Ya no era dueño de su cuerpo.

—Imaginátelo en un partido, Thiago —dijo Klaus con voz suave—. Estás por patear un penal decisivo. Te perfilás. Pero yo, desde mi palco, decido que quiero que la tires afuera. O mejor aún… decido que tu rodilla se trabe justo antes del impacto.

La pierna se detuvo en seco, totalmente rígida.

—Eso es poder —sentenció Klaus—. Y ahora, ese poder es mío.

Mientras Klaus se regodeaba en su triunfo técnico, Levi aprovechó la distracción.

“Thiago, escúchame,” la voz de la IA sonó urgente. “El tráfico de datos del control remoto de Klaus está saturando el ancho de banda local. Ha creado una ‘niebla’ digital perfecta. Puedo enviar un paquete de datos comprimido a Mendieta oculto en el ruido de fondo.”

—¡Hacelo! —pensó Thiago—. ¡Decile que me saque de acá!

“Enviando baliza de emergencia. Coordenadas precisas y código de acceso a la puerta de servicio. Pero necesito 10 segundos de conexión estable. Mantené a Klaus ocupado. Que no mire el monitor de red.”

Thiago tragó saliva. Klaus se estaba dando vuelta para mirar las pantallas.

—¡Klaus! —gritó Thiago.

El alemán se detuvo y lo miró.

—¿Sí?

—Dijiste… dijiste que querías datos —improvisó Thiago, hablando rápido—. Pero K-Core tiene una encriptación biológica. Si intentás leer mi memoria muscular sin mi consentimiento, los datos se corrompen.

Klaus frunció el ceño, intrigado.

—¿De qué hablás? No encontré ninguna encriptación biológica.

—Porque Levi la oculta. —Thiago estaba inventando sobre la marcha, rezando para que sonara creíble—. Si querés que sea tu “activo valioso”, tenés que dejarme calibrar la rodilla yo mismo. Si lo hacés a la fuerza desde la consola, voy a jugar como un robot duro. Y todos se van a dar cuenta.

Klaus se acercó a la camilla, pensativo.

—Tiene sentido lógico. La propiocepción humana es difícil de emular.

“5 segundos…” contaba Levi.

—Desatame —dijo Thiago—. Dejame probar la pierna. Dejame hacer una sentadilla. Si querés ver cómo funciona de verdad, tenés que verla con carga de peso real, no en una camilla.

Klaus lo miró fijamente. Evaluando el riesgo.

—Estás en un sótano blindado, Thiago. No tenés a dónde ir. Y si intentás algo estúpido, apago tu rodilla con un botón y te caés al piso.

“2 segundos…”

Klaus sacó un pequeño control remoto del bolsillo y apretó un botón.

Las correas de metal que sujetaban a Thiago se abrieron con un clac.

“¡Paquete enviado! Mendieta confirmó recepción,” anunció Levi. “Ahora, cuidado. Klaus te soltó, pero te está apuntando.”

Thiago se sentó en la camilla, frotándose las muñecas doloridas. Bajó la pierna izquierda al suelo.

Al apoyar el pie, sintió la diferencia. El nuevo anclaje de Klaus era sólido, pesado, industrial. Se sentía menos “orgánico” que el de K-Core, pero infinitamente más robusto.

—Parate —ordenó Klaus.

Thiago se puso de pie. Dio un paso. Luego otro. La rodilla respondió, pero sentía el delay del software espía de Klaus procesando cada movimiento.

—Se siente… raro —dijo Thiago.

—Se siente como el futuro —corrigió Klaus—. Ahora, hacé una sentadilla. Quiero ver los niveles de tensión en los pistones.

Thiago separó las piernas. Bajó lentamente.

Mientras lo hacía, sus ojos recorrieron la habitación buscando una salida. Había una puerta blindada al fondo, con un panel numérico.

Y justo encima de la puerta, una luz roja de la cámara de seguridad parpadeó una vez. Y luego se apagó.

“Mendieta está en el sistema de seguridad,” informó Levi. “Ha cortado las cámaras. Va a abrir la puerta en 3… 2… 1…”

¡BZZZZZT!

El cerrojo electrónico de la puerta blindada zumbó y la luz del panel cambió de rojo a verde.

Klaus se giró, sorprendido por el ruido.

—¿Qué demo…?

Thiago no esperó. No pensó.

Usando la potencia explosiva de su nueva rodilla alemana, se lanzó hacia adelante. No hacia la puerta, sino hacia Klaus.

Tenía que quitarle el control remoto.

Klaus intentó levantar el dispositivo para “apagar” a Thiago, pero el futbolista fue más rápido.

Thiago lo tackleó como un rugbier. Los dos cayeron al suelo duro del laboratorio. La tablet voló por el aire y se estrelló contra la pared. El control remoto patinó por el piso, alejándose.

—¡Maldito ingrato! —gritó Klaus, intentando golpear a Thiago en la cara.

Thiago bloqueó el golpe y lo empujó. Se levantó a duras penas, rengueando (la rodilla funcionaba, pero los puntos de sutura tiraban horrores).

—¡La puerta, Thiago! ¡Corré! —le gritó Levi en su cabeza.

Thiago miró el control remoto en el suelo. Si lo dejaba, Klaus podría apagarlo antes de que llegara a la salida.

Se tiró al piso para agarrarlo.

Klaus también se lanzó.

Las manos de ambos se cerraron sobre el pequeño dispositivo negro al mismo tiempo.

El control remoto negro resbalaba entre los dedos sudorosos de ambos.

Klaus, a pesar de su edad, peleaba con la furia de un hombre que ve cómo le roban su propiedad más valiosa. Le clavó las uñas a Thiago en la muñeca, buscando el nervio para hacerlo soltar el dispositivo.

—¡Es mío! —gritó el alemán—. ¡Sin mí sos chatarra!

Thiago sintió el ardor en la muñeca, pero la adrenalina era un analgésico poderoso. Recordó los forcejeos en el área chica con los defensores de Boca. Esto no era diferente. Era ganar la posición.

Usó su hombro derecho para embestir a Klaus en el pecho. El científico, que no tenía la estabilidad física de un atleta de alto rendimiento, salió despedido hacia atrás y golpeó su cabeza contra la pata metálica de la mesa de operaciones.

Klaus soltó un gemido y quedó aturdido en el suelo.

Thiago aprovechó el segundo. Se arrastró, manoteó el control remoto y se lo metió en el bolsillo del pantalón (que estaba roto y manchado de sangre).

Se puso de pie. La rodilla izquierda, recién operada y forzada al extremo, palpitó con un dolor sordo, pero el mecanismo alemán aguantó.

—Levi… ¿por dónde? —jadeó Thiago.

“Salida de servicio. Pasillo a la derecha. Mendieta ha bloqueado los ascensores en el piso 1 para retrasar a seguridad, pero están bajando por las escaleras. Tenemos 90 segundos antes de que lleguen a este nivel.”

Thiago corrió hacia la puerta blindada abierta.

Antes de salir, miró hacia atrás. Klaus intentaba levantarse, tocándose la nuca sangrante. Sus ojos se encontraron.

—¡Esto no termina acá, Arenas! —bramó Klaus, con la voz rota—. ¡Tengo tu código! ¡Tengo tu alma en mis servidores!

Thiago no respondió. Salió al pasillo y corrió.

El pasillo era blanco, estéril e interminable. Las alarmas empezaron a sonar. Luces rojas giratorias bañaban las paredes.

“Alerta. Guardias en la escalera norte,” advirtió Levi. “Girá a la izquierda. Hay un conducto de lavandería.”

Thiago derrapó en la esquina, casi cayéndose. Sus botines (todavía tenía puestos los botines del partido, increíblemente) resbalaron en el piso encerado.

Llegó a una puerta doble que decía “RESIDUOS BIOLÓGICOS / LAVANDERÍA”.

La empujó. Adentro había carros con sábanas sucias y un tubo cromado gigante que subía hacia la superficie.

—¿Tengo que trepar por ahí? —pensó Thiago, desesperado.

“No. Mendieta ha invertido el flujo de aire de los ventiladores industriales. El conducto está succionando hacia arriba. Si saltás y te agarrás de los rieles de mantenimiento, la corriente de aire te ayudará a subir. Es peligroso, pero es la única salida.”

Thiago abrió la compuerta del tubo. El rugido del aire era ensordecedor.

Miró sus manos. Miró su rodilla.

—Si me caigo, me mato.

“Si te quedás, te desarman.”

Thiago respiró hondo y saltó dentro del tubo.

El viento lo golpeó como un puñetazo, pero logró agarrarse de los escalones de metal empotrados en la pared del cilindro. Empezó a trepar. El aire caliente que salía del laboratorio empujaba su espalda, haciéndolo sentir más liviano.

Subió diez, quince, veinte metros. Sus brazos ardían. Su rodilla crujía.

Vio una rejilla de luz natural arriba.

Alguien estaba del otro lado, tirando de la rejilla con una barreta.

¡CLANG!

La rejilla voló. Una cara redonda, con barba de tres días y un gorro de lana, se asomó.

—¡Dale, pibe! ¡Dame la mano! —gritó el Gordo Mendieta.

Thiago estiró el brazo. Mendieta lo agarró con una fuerza sorprendente para su aspecto descuidado y tiró hacia arriba.

Thiago salió del tubo y rodó sobre el pasto húmedo de los jardines de Puerto Madero, tosiendo y jadeando.

Estaban detrás del edificio, ocultos por unos arbustos ornamentales.

—¡Estás hecho mierda! —exclamó Mendieta, viendo la pierna de Thiago, que sangraba a través de los puntos recién puestos—. ¿Qué te hicieron?

—Me… me pusieron repuestos alemanes —dijo Thiago, tratando de recuperar el aliento.

—Tenemos que rajar. Ya.

Mendieta lo ayudó a levantarse. Corrieron (Thiago rengueando pesadamente) hacia la calle lateral.

Ahí estaba estacionado el vehículo de escape: un Renault 12 Break modelo 94, despintado, con masilla en los guardabarros y una calcomanía de “Gauchito Gil” en el vidrio trasero. El auto más invisible de Argentina.

—Subí —ordenó Mendieta, abriendo la puerta del acompañante.

Thiago se tiró en el asiento de cuerina gastada. El olor a tabaco y mate viejo inundó sus fosas nasales. Era el olor a libertad.

Mendieta arrancó el motor, que tosió un poco antes de rugir.

Salieron quemando gomas, justo cuando dos guardias de seguridad de traje negro salían por la puerta de servicio del edificio, hablando por sus radios.

El Renault 12 se mezcló con el tráfico de la Avenida Alicia Moreau de Justo.

Thiago miró por el espejo retrovisor. Nadie los seguía.

Se dejó caer contra el respaldo, cerrando los ojos. El dolor en la rodilla era insoportable ahora que la adrenalina bajaba.

—Gracias, Gordo —murmuró.

—No me agradezcas todavía —dijo Mendieta, mirando el camino con seriedad—. Hackear ese edificio fue fácil. Lo difícil va a ser lo que viene ahora.

—¿Qué viene?

Mendieta sacó un paquete de cigarrillos y le ofreció uno a Thiago. Thiago negó con la cabeza.

—Klaus tiene tus datos, pibe. Vi los paquetes de transferencia mientras estaba en la red. Copió todo. Tu mapa neuronal, los algoritmos de Levi, la bio-mecánica de K-Core. Todo.

—Me dijo que me puso un “rootkit”. Que puede controlarme.

Mendieta golpeó el volante con frustración.

—Lo imaginé. Por eso no podemos ir a River todavía. Ni a tu casa. Si Klaus aprieta un botón, te apaga. O peor, te hace chocar el auto.

—Tengo esto —Thiago sacó el control remoto negro del bolsillo—. Se lo saqué.

Mendieta miró el dispositivo y soltó una carcajada ronca.

—¡Jajaja! ¡Bien, nene! ¡Esa es la picardía criolla! Con eso ganamos tiempo. Mientras tengas el control manual, él no puede anularte remotamente… creo. Pero igual, necesitamos un lugar seguro para “limpiarte”.

—¿A dónde vamos?

Mendieta giró el volante bruscamente, entrando en la subida a la autopista.

—A un lugar donde no hay señal de celular, ni GPS, ni satélites que valgan. Vamos a lo de un amigo mío. Un viejo técnico de computación que vive “fuera del sistema”. Si alguien puede sacarte ese bicho alemán de la cabeza y de la rodilla, es él.

Thiago miró por la ventana. La ciudad de Buenos Aires pasaba rápido. Los carteles electrónicos todavía mostraban: RIVER 1 – BOCA 0. GOL DE ARENAS.

Era el héroe del día. El jugador del momento. Y al mismo tiempo, era un fugitivo herido en un Renault 12 destartalado, escapando de una corporación multinacional.

“Thiago,” dijo Levi, con voz cansada pero estable. “Sistemas estabilizados al 40%. La reparación mecánica de Klaus es… de excelente calidad, debo admitirlo. La rodilla es más fuerte que antes. Pero el software espía sigue activo en segundo plano. Me está vigilando.”

—Que mire —pensó Thiago—. Que mire cómo sobrevivimos.

El auto se perdió en la autopista rumbo al oeste.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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