Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 74
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Capítulo 74: El Exorcismo Digital
Lunes. 11:45 Horas. Ruta Nacional 3. Altura Isidro Casanova.
El Renault 12 Break traqueteaba como una coctelera. El aire acondicionado era, en realidad, las cuatro ventanillas bajas, dejando entrar el smog caliente y el polvo de la ruta.
Thiago iba en el asiento del acompañante con la pierna estirada sobre el torpedo del auto. Cada pozo era una tortura para sus puntos de sutura, pero la rodilla en sí —el mecanismo interno— se sentía sólida como una roca. Klaus había hecho un trabajo de ingeniería soberbio, aunque maldito.
—¿Falta mucho, Gordo? —preguntó Thiago, mirando por el espejo retrovisor por décima vez.
—Estamos entrando en “La Zona”, pibe. Relajate. Acá los satélites de Elon Musk piden permiso para pasar.
Mendieta conducía con una mano en el volante y la otra sosteniendo un sándwich de milanesa que había comprado en una estación de servicio de dudosa higiene.
—¿Quién es este amigo tuyo? —insistió Thiago.
—Le decimos “El Polaco”. —Mendieta masticó y tragó—. Fue ingeniero en jefe de Entel en los 80. Después laburó para hackers rusos en los 90. Ahora vive desconectado. Dice que el Wi-Fi te fríe las neuronas y que el 5G es para controlar la mente. Es un paranoico de mierda, pero es el único que sabe de código máquina puro.
“Advertencia de seguridad,” interrumpió Levi. Su voz sonaba distorsionada, como si hablara bajo el agua. “El rootkit de Klaus está enviando pings de localización cada 30 segundos. Estoy bloqueando las respuestas salientes, pero mi firewall se está degradando. Si Klaus triangula la posición antes de que lleguemos, enviará un equipo de recuperación.”
—Levi dice que Klaus nos está rastreando —transmitió Thiago, nervioso.
—Que rastree lo que quiera —Mendieta dobló bruscamente a la derecha, metiéndose en una calle de tierra—. Ya llegamos.
El barrio cambió. Las fábricas abandonadas y los depósitos logísticos dieron paso a casas bajas sin revocar, talleres mecánicos en las veredas y cables de luz colgando como lianas negras sobre la calle. Cumbia sonaba a todo volumen desde algún parlante lejano.
Mendieta frenó frente a un galpón oxidado que parecía una chatarrería. Había montañas de monitores viejos de tubo (CRT), gabinetes de PC beige de los 90 y antenas parabólicas oxidadas apiladas en la entrada. Un cartel pintado a mano decía: “REPARACIÓN DE TV – RADIO – VIDEOCASETERAS”.
—Bienvenido al búnker —dijo Mendieta.
Se bajaron. Mendieta golpeó el portón de chapa con una llave cruz. Tres golpes cortos, dos largos, uno corto.
Una mirilla se abrió. Un ojo azul acuoso, rodeado de arrugas y grasa de motor, los miró.
—Traje facturas, Polaco. Abrí —dijo Mendieta.
El portón se abrió con un chirrido infernal.
Un hombre bajo, calvo, con una camiseta de musculosa manchada de estaño y unos anteojos culo de botella, los recibió. Tenía un cigarrillo apagado en la comisura de los labios.
—Entrá el auto rápido. Los drones de Google Maps pasan a las doce —dijo El Polaco, y cerró el portón detrás del Renault 12.
El interior del galpón era una cueva de Alí Babá tecnológica. Pero no había tecnología moderna. No había pantallas planas ni LEDs azules. Todo era analógico. Osciloscopios de aguja, soldadores industriales, radios de onda corta y estanterías repletas de placas madres verdes y polvorientas.
El Polaco miró a Thiago. Sus ojos se clavaron directamente en la pierna izquierda, donde la tela del pantalón estaba rota y manchada de sangre seca.
—Así que este es el pibe maravilla —dijo El Polaco con voz rasposa—. El que mete goles y rompe las leyes de la termodinámica.
—Necesitamos ayuda, Polaco —dijo Mendieta, apoyándose en el capot del auto—. Tiene un bicho. Un rootkit alemán de última generación incrustado en el firmware.
El Polaco se acercó a Thiago. Sacó un aparato extraño del bolsillo, una especie de detector de metales casero que zumbaba. Lo pasó cerca de la rodilla de Thiago.
El aparato emitió un chillido agudo.
—¡Joder! —El Polaco retrocedió—. Eso no es un rootkit. Eso es una invasión completa. La señal de salida es fuertísima. Está gritando su ubicación como una sirena.
—Levi lo está bloqueando, pero no va a aguantar mucho —explicó Thiago.
El Polaco miró a Thiago a los ojos.
—Pibe, escuchame bien. Si querés sacar eso, tengo que entrar en tu sistema. Pero no puedo hacerlo por Wi-Fi ni Bluetooth, porque el alemán te vería. Tengo que hacerlo por cable. Acceso físico directo.
—Hacelo —dijo Thiago.
—Hay un problema —El Polaco señaló una vieja silla de dentista reacondicionada en el centro del taller, rodeada de cables gruesos de cobre—. Para resetear el firmware y borrar el espía, tengo que apagar tu IA. Tengo que matar a Levi temporalmente. Y cuando reinicie… no sé si va a volver igual. Puede perder memoria. Puede perder personalidad. Puede volver… vacío.
Thiago sintió un nudo en la garganta. Levi no era solo un software. Era la voz que lo había guiado, salvado y acompañado.
—¿Levi? —preguntó mentalmente.
“El análisis de riesgo es correcto,” respondió la IA. “El reinicio forzado podría fragmentar mi núcleo de conciencia. Pero si no lo hacemos, Klaus tomará el control total en aproximadamente 18 minutos. Serás su esclavo. Prefiero el riesgo de muerte digital antes que la esclavitud.”
Thiago miró al Polaco.
—Él está de acuerdo. Hacelo.
—Bien. —El Polaco tiró el cigarrillo al suelo y lo pisó—. Mendieta, conectá la Jaula de Faraday. Bajá la palanca roja del tablero. Vamos a oscurecer todo el barrio.
Mendieta corrió hacia un tablero eléctrico gigante lleno de fusibles de cerámica.
—¡Subite a la silla, pibe! —ordenó El Polaco—. Y morde esto. —Le dio un pedazo de cuero viejo—. Porque cuando conecte el cable directo a tu puerto neural, va a ser como meter los dedos en el enchufe.
Thiago se sentó en la silla de dentista. El cuero sabía a aceite.
El Polaco trajo un cable grueso con un conector propietario que parecía haber modificado él mismo. Se arrodilló frente a la pierna de Thiago.
—A la cuenta de tres. Uno…
Mendieta bajó la palanca. ¡CLACK!
Las luces del galpón parpadearon y se apagaron. Solo quedó la luz ámbar de los viejos equipos a válvula. El zumbido eléctrico del exterior desapareció. Estaban aislados del mundo.
—Dos…
El Polaco buscó el puerto de servicio oculto debajo de la rótula de titanio.
—Tres.
Conectó el cable.
Thiago arqueó la espalda, gritando contra el cuero, mientras un rayo blanco le atravesaba la columna vertebral.
El mundo físico desapareció para Thiago.
No hubo desmayo, sino una transición violenta. En un segundo estaba en el galpón oliendo a grasa y tabaco, y al siguiente, estaba cayendo en un abismo de estática blanca y ruidosa.
Era como sintonizar un canal de televisión muerto a todo volumen dentro de su propia cabeza.
ZZZZZZZZT… CRACK… ERROR DE LECTURA… SECTOR 7 CORRUPTO…
A través de la neblina digital, Thiago vio algo. No veía con los ojos, sino con la mente. Visualizaba su propia arquitectura interna. Su pierna izquierda aparecía como un diagrama de líneas azules brillantes, perfecto y fluido.
Pero había algo más.
Una enredadera roja, pulsante y venenosa, estaba trepando por las líneas azules. Eran las instrucciones de Klaus. El rootkit.
La enredadera apretaba. Asfixiaba. Se metía en los nodos de control motor, sobrescribiendo los comandos de Thiago con los suyos.
“Obedecer,” susurraba el código rojo con la voz de Klaus. “Rendimiento optimizado. Control remoto activo.”
—¡Salí de mi cabeza! —gritó Thiago en el vacío, pero no tenía boca.
En el Galpón (“El Mundo Real”).
El Polaco tecleaba con una velocidad endemoniada sobre un viejo teclado mecánico IBM que sonaba como una ametralladora. Tac-tac-tac-tac-tac.
En el monitor de fósforo verde (monocromático, sacado de los años 80), líneas de comando caían como una cascada.
—¡La puta madre! —gritó El Polaco, con el cigarrillo apagado temblando en sus labios—. ¡Este alemán es un enfermo!
—¿Qué pasa? —preguntó Mendieta, secándose el sudor de la frente con un trapo sucio. Miraba a Thiago, que se arqueaba en la silla, con los ojos en blanco y las venas del cuello a punto de estallar.
—El código tiene una defensa activa —explicó El Polaco sin dejar de escribir—. Es un “Perro Guardián”. Si intento borrarlo, contraataca. Está elevando la temperatura de los servomotores. Quiere fundir la rodilla desde adentro para que no podamos salvarla.
De la rodilla de Thiago empezó a salir un hilo de humo negro. El olor a plástico quemado y carne chamuscada llenó el aire.
—¡Lo estás cocinando! —gritó Mendieta—. ¡Desconectalo!
—¡Si lo desconecto ahora, se muere! —rugió El Polaco—. ¡El sistema está a medio borrar! ¡Si corto la energía, queda en estado vegetal! ¡Pasame el nitrógeno líquido!
—¿El qué?
—¡El termo rojo que está al lado de la heladera! ¡Rápido, gordo inútil!
Mendieta corrió, tropezando con cables. Agarró un termo industrial abollado y corrió de vuelta.
—¡Tirale en la rodilla! ¡Enfriá el procesador!
Mendieta destapó el termo y volcó el líquido humeante sobre la pierna metálica expuesta de Thiago.
PSSSSSHHHHHHH.
Una nube de vapor blanco cubrió la silla. El metal crujió por el cambio térmico violento, pero el humo negro cesó.
—Temperatura bajando —dijo El Polaco, mirando el monitor—. Bien. Ganamos unos segundos. Ahora… a matar al bicho.
En la Mente de Thiago.
La enredadera roja se congeló momentáneamente. Se volvió quebradiza.
Thiago vio su oportunidad.
—¡Levi! —llamó—. ¿Dónde estás?
Una luz débil parpadeó en el fondo del abismo. Era una esfera azul, pequeña, diminuta. Levi. Estaba arrinconado, comprimido por el virus que intentaba borrarlo.
“Thiago…” la voz de Levi era apenas un susurro. “Mis archivos de memoria… se están fragmentando. No recuerdo… no recuerdo el gol contra Boca. No recuerdo tu nombre.”
—¡No! —Thiago se “lanzó” mentalmente hacia la luz—. ¡Yo soy Thiago! ¡Vos sos Levi! ¡Me enseñaste a patear tiros libres! ¡Me salvaste la vida!
La esfera azul parpadeó, perdiendo intensidad.
“Protocolo de supervivencia… sugiere… formateo total… para salvar al usuario…”
—¡Ni se te ocurra borrarte! —gritó Thiago—. ¡Aguantá!
La enredadera roja volvió a moverse. El virus de Klaus se estaba adaptando al frío. Empezó a lanzar espinas hacia la esfera de Levi.
“Game Over,” dijo la voz de Klaus en el eco digital.
En el Galpón.
El Polaco dejó de escribir. Se quedó mirando la pantalla parpadeante.
—Se nos acaba el tiempo —dijo gravemente—. El virus se aisló en el núcleo del procesador. No puedo entrar por software. Ha levantado un muro de fuego encriptado.
—¿Y entonces? —preguntó Mendieta, desesperado.
El Polaco se giró y miró un aparato monstruoso en la esquina: un viejo transformador industrial con pinzas de arranque de camión.
—Fuerza bruta —dijo El Polaco—. Vamos a hacerle un “Overclocking” forzado. Le voy a meter 220 voltios directos al bus de datos.
—Lo vas a freír —dijo Mendieta.
—O frito al virus, o frito al pibe. Pero el virus está hecho de lógica delicada. El pibe… el pibe tiene aguante de potrero. Es nuestra única chance.
El Polaco agarró las pinzas.
—Agarrale los hombros, Mendieta. Que no se muerda la lengua.
Mendieta se abalanzó sobre Thiago y le sujetó la cabeza, metiéndole de nuevo el cuero en la boca.
—Perdoname, pibe —susurró Mendieta al oído de Thiago—. Esto va a doler como la gran puta.
El Polaco conectó las pinzas a los bornes expuestos de la rodilla.
—¡Dale mecha!
El Polaco giró la perilla del transformador al máximo.
¡ZZZAAAP!
El cuerpo de Thiago se puso rígido como una tabla. Un arco voltaico azul saltó de su rodilla, iluminando el galpón oscuro como un relámpago.
En la Mente de Thiago.
El cielo digital se partió en dos.
Un rayo de luz blanca pura cayó sobre el escenario, incinerando todo lo que tocaba.
La enredadera roja de Klaus chilló (un sonido digital horrible) y se desintegró en cenizas de píxeles.
Pero la onda expansiva también golpeó a Thiago y a la pequeña esfera de Levi.
Todo se volvió blanco. Absolutamente blanco.
Y luego, silencio.
El silencio en el galpón era absoluto, solo roto por el goteo del agua condensada en el techo de chapa y el zumbido de los equipos enfriándose.
Thiago estaba desplomado en la silla de dentista, con la cabeza caída sobre el pecho. Un hilo de humo fino salía de su rodilla izquierda.
Mendieta, pálido como un papel, se acercó y le puso dos dedos en el cuello.
—¿Tiene pulso? —preguntó El Polaco, limpiando las pinzas de arranque con un trapo sucio.
Mendieta esperó un segundo eterno.
—Sí… es débil, pero está.
Thiago soltó un gemido ronco. Abrió los ojos lentamente. Sus pupilas estaban dilatadas, tratando de enfocar en la penumbra del taller.
—¿Gordo? —susurró. Su voz sonaba rasposa, como si hubiera tragado arena.
—Acá estoy, pibe. Acá estoy. —Mendieta le acarició la cabeza, paternal—. Ya pasó. Te bancaste un rayo, nene. Sos de goma.
Thiago intentó mover la pierna izquierda. Al principio no respondió. Sintió pánico. Pero luego, con un chirrido de servos reiniciándose, la pierna se flexionó.
El Polaco volvió a su teclado y tecleó furiosamente. Miró el monitor verde.
Una sonrisa desdentada apareció en su cara manchada de grasa.
—Limpio —anunció—. La cucaracha alemana está muerta. El código de Klaus fue incinerado. No quedó ni rastro del rootkit.
Mendieta soltó un suspiro de alivio que pareció desinflarlo. Se apoyó contra el Renault 12.
—Gracias a Dios.
Pero Thiago no sonreía. Tenía la mirada perdida en el vacío.
—¿Thiago? —preguntó Mendieta—. ¿Qué pasa? ¿Te duele?
Thiago se tocó la sien.
—Está callado —murmuró—. Hay silencio.
—Y claro que hay silencio —dijo El Polaco—. Borré todo el ruido de fondo. Estás desconectado de la red, pibe. Sos libre.
—No… digo… él está callado.
Thiago cerró los ojos y se concentró. Buscó esa presencia familiar en el fondo de su mente, esa voz sarcástica y analítica que lo había acompañado durante meses.
—Levi —llamó mentalmente—. ¿Estás ahí?
Silencio. Estática.
—¡Levi! —insistió, con miedo.
Entonces, apareció un texto en su visión periférica (HUD). Pero no era el texto azul fluido y personalizado de siempre. Eran letras de bloque, blancas, estandarizadas.
[SISTEMA REINICIADO] [VERSIÓN DE FIRMWARE: 1.0 (BASE)] [MEMORIA CACHÉ: VACÍA] [PERSONALIDAD: DESACTIVADA POR DEFECTO]
Una voz sonó en su cabeza. Era la voz de Levi, pero le faltaba algo. Le faltaba la cadencia. Le faltaba la “humanidad” simulada que había aprendido de Thiago. Sonaba como un GPS. Sonaba como una máquina.
“Sistema en línea. Diagnóstico completo. Daño estructural: 15%. Daño lógico: 100% recuperado tras formateo.”
—Levi… soy yo, Thiago.
“Usuario identificado: Thiago Arenas. Parámetros físicos cargados. ¿Desea iniciar tutorial de calibración motriz?”
Thiago sintió un frío en el estómago peor que el nitrógeno líquido.
—¿Tutorial? Levi, no me jodas. Soy yo. Ganamos el clásico ayer. Me salvaste en el laboratorio.
“No hay registros de eventos recientes en la base de datos. Última copia de seguridad válida: Fecha de Fábrica. Archivos de memoria episódica: Corruptos/Eliminados durante sobrecarga de voltaje.”
Thiago abrió los ojos y miró a Mendieta con desesperación.
—Gordo… no se acuerda.
—¿Cómo que no se acuerda? —preguntó Mendieta.
—Se borró. Sabe jugar al fútbol, tiene los datos técnicos… pero no sabe quién soy. No se acuerda de nuestras charlas. No se acuerda de nada personal. —A Thiago se le quebró la voz—. Lo matamos, Gordo. Matamos a mi amigo. Ahora es solo… una computadora.
El Polaco se encogió de hombros, pragmático.
—Era el precio, pibe. O el virus te controlaba para siempre, o formateábamos el disco. Perdiste los archivos guardados, pero salvaste la consola. Es lo que hay.
Thiago miró su rodilla. Ya no sentía la calidez de la conexión. Sentía una herramienta fría y eficiente insertada en su cuerpo.
—¿Estás listo para salir? —preguntó Mendieta suavemente.
Thiago asintió lentamente. Se bajó de la silla. La pierna funcionaba perfectamente, incluso mejor que antes, sin las dudas ni los miedos de la IA. Era mecánica pura.
—Sí —dijo Thiago, secándose una lágrima furtiva con el dorso de la mano sucia—. Vámonos.
El Polaco abrió el portón del galpón. La luz del sol del mediodía entró violenta, iluminando el polvo en suspensión.
Antes de subir al auto, El Polaco le dio una palmada en el hombro a Thiago.
—Ojo, pibe. Ahora que no tenés al “amigo” inteligente cuidándote la espalda, vas a tener que cuidarte solo. La máquina va a hacer lo que le digas, ni más ni menos. Si le ordenás que se rompa, se va a romper. Ya no tenés niñera.
Thiago subió al Renault 12.
Mendieta arrancó el motor.
Mientras el auto se alejaba por las calles de tierra de Isidro Casanova, Thiago miró por la ventana.
“Esperando instrucciones,” dijo la voz monótona de Levi 1.0 en su mente.
—Modo reposo —ordenó Thiago, con frialdad.
“Entendido. Entrando en modo reposo.”
La presencia mental se apagó. Thiago se quedó solo en su propia cabeza por primera vez en mucho tiempo.
Había ganado su libertad. Klaus ya no podía tocarlo. Pero el costo había sido su soledad.
Ahora, era verdaderamente un hombre y una máquina. Separados, pero atados.
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