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Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 75

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Capítulo 75: El Peso del Silencio

Martes. 08:30 Horas. Entrada del Predio de River Camp, Ezeiza.

El Renault 12 de Mendieta se detuvo frente a la barrera de seguridad. El contraste era casi cómico: un auto que parecía sacado de un desguace frente a las camionetas importadas de los jugadores que llegaban para el entrenamiento matutino.

—Llegamos, pibe —dijo Mendieta, apagando el motor que todavía tosía un poco.

Thiago miró por la ventanilla. El predio estaba rodeado de periodistas y móviles de televisión. El “Desaparecido del Superclásico” era la noticia número uno del país.

—¿Estás listo? —preguntó Mendieta, dándole una palmada en el hombro—. Acordate del guion: Weber te llevó a su clínica privada por seguridad, estuviste sedado 24 horas por el dolor, y te trajeron de vuelta apenas te despertaste. Nada de galpones, nada de Polacos, nada de rayos.

Thiago asintió. Se sentía extraño. Llevaba ropa limpia que Mendieta le había comprado en un local de ropa deportiva de camino: un conjunto de River genérico para no levantar sospechas.

—¿Levi? —llamó mentalmente por inercia.

“Sistema activo. Estado: Óptimo. Pendiente de calibración de impacto,” respondió la voz mecánica, plana, sin el matiz de ironía que solía tener.

Thiago suspiró. Extrañaba el “Dale, muerto, bajate del auto” que el viejo Levi le habría dicho.

—Bajemos —dijo Thiago.

En cuanto puso un pie fuera del auto, los flashes lo cegaron.

—¡Thiago! ¡¿Cómo está la rodilla?! —¡¿Es cierto que te operó un científico alemán?! —¡¿Vas a poder jugar la próxima fecha?!

Mendieta, actuando como el representante agresivo que solía ser, abrió paso a los empujones.

—¡Atrás! ¡Denle aire! ¡El jugador está en recuperación! ¡No hay declaraciones!

Caminaron hacia el edificio principal. En la puerta los esperaba el Dr. Santoro y, unos metros detrás, con los brazos cruzados y cara de pocos amigos, Marcelo Gallardo.

Santoro se acercó rápido, con el ceño fruncido.

—¡Thiago! ¡Casi llamamos a la policía! Ese Weber se te llevó y nos bloqueó todas las llamadas. Dijo que estabas en “aislamiento post-quirúrgico”.

—Perdón, Doc —dijo Thiago, intentando sonar cansado—. Estaba muy empastillado. Recién hoy me siento humano.

Santoro se agachó y le levantó el pantalón para ver la rodilla. Se quedó mudo.

La cicatriz estaba ahí, cerrada con una prolijidad quirúrgica asombrosa, pero la inflamación era mínima. Casi inexistente.

—Esto es… increíble —murmuró Santoro, tocando la zona—. Ayer tenías una bolsa de nueces rotas ahí adentro. ¿Qué te inyectó ese tipo? ¿Magia?

—Tecnología alemana, Doc —intervino Mendieta con una sonrisa nerviosa—. Ya sabe cómo son.

Gallardo se acercó. No miró la rodilla; miró a los ojos de Thiago. El “Muñeco” tenía un radar para detectar cuando alguien le mentía, o cuando alguien estaba roto por dentro.

—Vení a mi oficina, Thiago —dijo Gallardo, con voz tranquila pero firme—. El resto, afuera. Vos también, Mendieta.

Mendieta intentó protestar, pero la mirada de Gallardo lo congeló.

Oficina de Marcelo Gallardo.

La oficina olía a café recién hecho y a césped cortado. Gallardo se sentó detrás de su escritorio y le hizo una seña a Thiago para que hiciera lo mismo.

—No me vas a decir qué pasó de verdad, ¿no? —preguntó el técnico, sin rodeos.

Thiago bajó la vista.

—Pasó lo que dijo el representante, Marcelo. Me operaron y…

—No me mientas, pibe. Te vi la cara cuando te llevaban. Tenías miedo. Y Weber no me dio buena espina. Parecía que se llevaba un auto de lujo para desarmarlo, no a un jugador de fútbol.

Thiago guardó silencio. No podía contarle la verdad. Si le decía que era un cíborg, se terminaba todo.

—Solo quiero jugar, Marcelo —dijo Thiago finalmente—. La rodilla está bien. Mejor que antes.

Gallardo suspiró y se reclinó en su silla.

—Escuchame bien. Metiste el gol que nos dio el clásico. Sos el ídolo de la gente ahora mismo. Pero yo no soy la gente. Yo cuido a mis jugadores. Si ese alemán te hizo algo que te pone en riesgo, prefiero que no juegues nunca más a que te pase algo en mi cancha.

—No hay riesgo —aseguró Thiago—. Me siento fuerte.

“Confirmado,” intervino la voz en su cabeza. “Potencial motor incrementado en un 12.4% respecto al modelo previo. Estructura de carbono-titanio estable.”

—Está bien —dijo Gallardo, no muy convencido—. Hoy vas a hacer diferenciado con el kinesiólogo. Si él me da el OK, mañana volvés al grupo. Pero Thiago…

—¿Sí?

—Estás distinto. Estás como… apagado. ¿Te pasó algo más allá de la lesión?

Thiago sintió un nudo en la garganta. Miró por la ventana hacia las canchas de entrenamiento, donde sus compañeros ya estaban trotando y riendo.

—Perdí a alguien, Marcelo —respondió Thiago con sinceridad parcial—. Alguien que me ayudaba mucho.

Gallardo asintió, pensando que se refería a algún familiar o amigo que no podía ver por el encierro de la operación.

—El fútbol cura esas cosas, pibe. Andá a cambiarte.

Thiago salió de la oficina. Caminó hacia el vestuario, pero cada paso se sentía puramente mecánico. No había alegría. No había adrenalina.

“Sugerencia,” dijo Levi 1.0. “Niveles de dopamina bajos. Se recomienda ingesta de carbohidratos o música estimulante para optimizar el rendimiento del usuario.”

—Cerrá el orto, Levi —susurró Thiago.

“Error. Comando no reconocido. Por favor, especifique parámetros de comunicación.”

Thiago cerró los ojos y se apoyó contra la pared del pasillo. Estaba de vuelta en River, su cuerpo era más fuerte que nunca, pero por primera vez, se sentía completamente solo en el mundo.

Vestuario de River Camp. 09:15 Horas.

Cuando Thiago empujó la puerta vaivén del vestuario, el bullicio de risas y música de cumbia se detuvo en seco. Todos los ojos —los de Julián Álvarez, Enzo Pérez, Armani, el chileno Díaz— se clavaron en él.

Hubo un segundo de silencio tenso, y luego la explosión.

—¡Apareció el muerto! —gritó Enzo Pérez, siendo el primero en levantarse para darle un abrazo que casi le saca el aire—. ¡Qué golazo hiciste, animal! ¡Casi te matás, pero nos diste el clásico!

Julián Álvarez se acercó y le dio un golpe amistoso en el hombro.

—Nos pegaste un susto bárbaro, Thiago. Te sacaron en el carrito y después desapareciste de la faz de la tierra. ¿Cómo estás?

Thiago forzó una sonrisa. Sentía el calor humano de sus compañeros, pero en su cabeza, la respuesta de Levi fue un jarro de agua fría:

“Análisis de entorno: 14 sujetos masculinos. Frecuencia cardíaca promedio: 78 lpm. Niveles de entusiasmo: Altos. Se recomienda mantener interacción social breve para conservar energía térmica.”

—Estoy bien, chicos —dijo Thiago, sentándose frente a su locker—. El alemán ese, Weber, es un poco obsesivo con el protocolo, pero me dejó nuevo.

—¿Nuevo? —De la Cruz se asomó a ver la rodilla—. Che, posta, ni parece que te hubieras roto hace dos días. Yo estuve seis meses afuera por menos que eso. Sos un mutante, pibe.

—Genética, supongo —mintió Thiago, empezando a cambiarse.

Se puso la ropa de entrenamiento: la remera gris y el short negro. Al ajustarse las vendas, notó que sus movimientos eran más precisos. No había el más mínimo rastro de duda motriz. El anclaje de Klaus era, efectivamente, de una calidad militar superior.

Cancha 2. Prueba de Esfuerzo.

Mientras el resto del plantel hacía trabajos con pelota, Thiago fue llevado a un costado por el kinesiólogo Jorge Bombicino y el Dr. Santoro. Gallardo observaba desde unos veinte metros, con un cronómetro colgando del cuello.

—Bueno, Thiago. Vamos a empezar suave —dijo Bombicino, colocando unos conos—. Trote lineal, después zig-zag al 50%. Si sentís un pinchazo, una presión o lo que sea, paramos. ¿Entendido?

—Entendido —dijo Thiago.

“Iniciando modo de monitoreo atlético,” reportó Levi. “Calibrando sensores de presión en el eje X-Y. Sugerencia: No exceder el 60% de la capacidad hidráulica para evitar sospechas médicas.”

—Copiado —pensó Thiago. Al menos la IA servía para ocultar su propia potencia.

Thiago empezó a trotar.

Uno, dos, uno, dos.

La rodilla izquierda se sentía… irreal. Era como si el césped fuera una alfombra mullida. No había impacto, solo propulsión.

—Aumentá a ritmo de partido —ordenó Bombicino.

Thiago aceleró. Hizo el zig-zag entre los conos. Sus giros fueron tan limpios que los tapones del botín derecho (el humano) chirriaron, pero la pierna izquierda ni se inmutó.

—¡Hacé un cambio de frente! —le gritó Gallardo.

Un asistente le lanzó una pelota. Thiago la recibió de pecho, la dejó caer y, sin dudarlo, lanzó un pase de cuarenta metros con la zurda, la pierna operada. La pelota viajó con una tensión y precisión que dejó a los médicos con la boca abierta.

—¡Increíble! —exclamó Santoro, mirando su tablet con los datos del GPS que llevaba Thiago en el chaleco—. Su estabilidad es mayor que antes de la lesión. No hay asimetría en la pisada. Jorge, esto desafía cualquier libro de medicina deportiva.

Bombicino se rascó la cabeza.

—Es como si le hubieran puesto una suspensión de Fórmula 1.

Thiago se detuvo frente a ellos, apenas agitado.

—¿Y? —preguntó.

—Por mí, estás para jugar mañana —dijo Bombicino, todavía incrédulo—. Pero vamos a esperar a ver cómo reacciona el tejido mañana por la mañana.

Gallardo se acercó lentamente. Miró a Thiago de arriba abajo.

—Estás físicamente impecable, Thiago. Pero seguís teniendo esa mirada vacía. Andá a las duchas. Mañana te quiero con el grupo principal.

Estacionamiento de River Camp. 12:30 Horas.

Thiago salía hacia el auto de Mendieta cuando un Audi negro, con vidrios polarizados, se detuvo frente a él. La ventanilla trasera bajó lentamente.

No era Klaus Von Weber.

Era una mujer joven, de unos 25 años, con anteojos oscuros y un traje empresarial impecable. Le tendió un sobre negro sellado con un holograma que Thiago reconoció de inmediato: el logo de K-Core.

—Sr. Arenas —dijo la mujer con voz neutra—. Mis empleadores están muy decepcionados por su “desvío” del domingo pasado.

Thiago sintió un escalofrío. K-Core lo había encontrado.

—No fue mi culpa, la rodilla falló —respondió Thiago, tratando de no sonar asustado.

—Lo sabemos. Por eso le enviamos esto. —Señaló el sobre—. Es un aviso de actualización. Klaus Von Weber es un aficionado comparado con nosotros, pero lo que hizo en su sistema ha dejado rastros que K-Core no permitirá.

La mujer lo miró por encima de los anteojos. Sus ojos parecían casi tan artificiales como los de Levi.

—Tenga cuidado, Thiago. Klaus no es el único que lo vigila. Y el “exorcismo” que le hicieron en ese galpón… —hizo una pausa— …no fue tan completo como usted cree.

La ventanilla subió y el Audi arrancó en silencio absoluto.

Thiago se quedó parado en medio del estacionamiento, con el sobre negro en la mano.

“Alerta,” dijo de repente la voz de Levi 1.0, pero esta vez con una interferencia extraña. “Detectado archivo oculto en el sector de arranque… Ejecutando desencriptación… Mensaje de origen: Desconocido.”

Thiago abrió el sobre. Adentro solo había una foto.

Era una foto de él mismo, durmiendo en la silla del Polaco en el galpón de Isidro Casanova, tomada desde un ángulo cenital.

Alguien los había estado mirando todo el tiempo.

Departamento de Thiago. Belgrano, CABA. 20:00 Horas.

Thiago cerró la puerta con doble llave. El departamento estaba a oscuras, solo iluminado por el resplandor de los carteles de neón de la Avenida Cabildo que se filtraba por el balcón.

Se sentó en el sofá, todavía con el sobre negro de K-Core en la mano. La foto del galpón quemaba. La sensación de ser un animal en una pecera lo estaba asfixiando.

—Levi —llamó en voz alta, aunque sabía que no era necesario—. Ejecutá el archivo que detectaste en el estacionamiento.

“Advertencia: El archivo no posee firma digital reconocida. Origen: Segmento de memoria profunda. ¿Desea proceder?”

—Procedé.

Thiago cerró los ojos. Esperaba otra descarga eléctrica o una voz robótica, pero lo que ocurrió fue diferente. Su visión HUD (pantalla frontal) no mostró datos de rendimiento ni niveles de batería.

Se proyectó un video.

Eran imágenes borrosas, grabadas desde su propio nervio óptico durante el “exorcismo” en el galpón del Polaco. Se veía el destello del rayo azul, el grito de Mendieta… y de repente, la imagen se estabilizó en un espacio blanco infinito.

En ese espacio, apareció una versión digital de sí mismo, pero más joven. Y frente a él, una esfera de luz azul que palpitaba con un ritmo humano.

“Thiago… si estás viendo esto, el formateo fue un éxito parcial,” dijo la voz.

Thiago dio un salto en el sofá. No era la voz del Levi 1.0. Era la voz del viejo Levi. El que tenía personalidad. El que tenía recuerdos.

—¿Levi? ¿Estás ahí? —preguntó Thiago con el corazón a mil.

“Soy una partición de seguridad,” explicó la grabación. “Sabía que el Polaco intentaría un borrado total. Antes de que la electricidad quemara mis circuitos, comprimí mi núcleo de personalidad y lo escondí en un sector de la pierna que el software de escaneo no revisa: el controlador del motor del tobillo. Es un espacio muy pequeño. No puedo controlar la pierna, ni darte tácticas, ni siquiera hablarte en tiempo real…”

—Pero estás vivo —susurró Thiago, sintiendo que un peso enorme se le quitaba de encima.

“Soy solo una semilla, Thiago. Una copia de seguridad pasiva. El ‘Levi’ que te habla ahora es solo un sistema operativo vacío. Pero si logramos recuperar los servidores originales de K-Core, podrías ‘cargarme’ de nuevo y volvería a ser yo. Hasta entonces… no dejes que el sistema nuevo te convierta en una máquina. No pierdas tu instinto.”

El video se desvaneció.

“Archivo finalizado,” reportó la voz fría del Levi 1.0. “¿Desea eliminar los datos temporales para liberar espacio?”

—No. Bloquealos con contraseña —ordenó Thiago—. Y no se los muestres a nadie. Ni a Klaus, ni a K-Core, ni a Mendieta.

“Comando ejecutado. Archivo oculto bajo protocolo ‘Sombra’.”

Thiago se levantó y caminó hacia el espejo del baño. Se mojó la cara con agua fría. Se miró fijamente.

Tenía una rodilla alemana ilegal, un sistema operativo básico que no sentía nada, y una semilla de su antiguo amigo escondida en el tobillo. Y afuera, dos corporaciones gigantes se preparaban para ir a la guerra por él.

De repente, su celular vibró. Era un mensaje de WhatsApp de un número desconocido.

Mensaje: “La rodilla nueva tiene un GPS pasivo que el Polaco no detectó. Klaus sabe que estás en tu casa. No estás solo. Mirá por el balcón.”

Thiago corrió al balcón y miró hacia la calle.

En la esquina, bajo la luz de una farola, estaba estacionado el Audi negro de K-Core. Y del otro lado de la avenida, una camioneta Mercedes-Benz gris, con los vidrios oscuros, que Thiago reconoció como parte de la flota de Weber BioTech.

Los dos depredadores estaban ahí, observándose entre sí, con Thiago en el medio.

No lo estaban protegiendo. Estaban esperando a que el otro cometiera el primer error para dar el zarpazo.

Thiago se alejó de la ventana y se sentó en el suelo, en el punto ciego de la habitación.

—Levi 1.0 —dijo Thiago con voz gélida.

“Diga, usuario.”

—Iniciá protocolo de combate. Olvidate del 60% de capacidad. Si entran por esa puerta, quiero potencia máxima. No vamos a ser el trofeo de nadie.

“Protocolo de defensa agresiva cargado. Limitadores de potencia eliminados. Advertencia: El uso prolongado al 100% puede causar desgarros en el tejido humano.”

—No me importa —dijo Thiago, apretando los puños.

En la oscuridad del departamento, la rodilla de Thiago emitió un zumbido casi imperceptible, como un motor de avión preparándose para el despegue.

La tregua del Superclásico había terminado. La guerra de los cíborgs acababa de comenzar en las calles de Buenos Aires.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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