Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 76
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Capítulo 76: Fuego Cruzado
Martes. 22:15 Horas. Departamento de Thiago. Belgrano.
El silencio en el séptimo piso era denso, artificial. Thiago estaba parado en el centro del living, con las luces apagadas, respirando rítmicamente como le había enseñado el viejo Levi antes de un tiro libre.
Pero esta vez no había barrera, ni árbitro, ni hinchada.
—Informe de proximidad —susurró Thiago.
“Múltiples firmas térmicas en el pasillo,” respondió la voz monótona de Levi 1.0. “Cuatro objetivos hostiles acercándose a la puerta principal. Armamento detectado: Tazers de alto voltaje y redes de contención de polímero.”
—Son los de Weber —dedujo Thiago—. Me quieren vivo y me quieren apagar.
“Detectado movimiento en la fachada exterior. Drones silenciosos descendiendo hacia el balcón. Firma de señal: K-Core Corporativo.”
Thiago apretó los dientes. Estaba en un sándwich. Klaus por la puerta, K-Core por la ventana.
—Levi, dame control manual total —ordenó Thiago—. Pero mantené el giroscopio activo para no perder el equilibrio.
“Advertencia: El control manual al 100% de potencia sin asistencia predictiva puede resultar en fracturas óseas por estrés de torque.”
—¡Hacelo!
Un zumbido agudo recorrió su pierna izquierda. Sintió cómo los pistones se tensaban, acumulando energía cinética como un resorte gigante a punto de soltarse.
Clic.
El sonido de la cerradura electrónica siendo hackeada fue casi imperceptible. La puerta se abrió despacio.
Una granada cilíndrica rodó por el piso de parqué hasta los pies de Thiago.
—¡Gas! —pensó.
Pero no explotó. Solo soltó un humo blanco denso y rápido. Gas somnífero de acción inmediata.
Dos figuras vestidas con trajes tácticos negros y máscaras de gas irrumpieron por la puerta. No gritaron “alto”. No dijeron nada. Se lanzaron sobre Thiago con movimientos coordinados.
El primero intentó tacklearlo.
Thiago reaccionó por instinto, pero con la potencia de una máquina industrial.
Giró sobre su pierna derecha (la humana) y soltó una patada lateral con la izquierda (la biónica).
El impacto fue terrorífico.
El empeine de titanio conectó con el chaleco de kevlar del mercenario. El hombre salió despedido hacia atrás como si lo hubiera atropellado un camión. Cruzó todo el pasillo del edificio, atravesó la puerta de vidrio del vecino de enfrente y se estrelló contra una pared, quedando inmóvil.
Thiago trastabilló. El retroceso del golpe casi le disloca la cadera derecha.
—¡Ay, la puta madre! —gritó de dolor. Su cuerpo biológico no estaba preparado para esa fuerza.
El segundo mercenario se detuvo en seco, mirando a su compañero volar. Dudó un segundo.
Ese segundo fue suficiente.
“Amenaza en retaguardia,” alertó Levi 1.0.
¡CRASH!
El ventanal del balcón estalló en mil pedazos.
Dos operativos de K-Core, con trajes grises futuristas y cascos cerrados, entraron colgados de cables de rapel. A diferencia de los matones de Weber, estos traían armas de fuego. No letales, pero dolorosas: rifles de balas de goma modificadas.
El líder de K-Core apuntó a Thiago.
—¡Sujeto 7-Alpha! ¡Ríndase! ¡Protocolo de recuperación activo!
Thiago estaba rodeado. Los de Weber en la puerta, los de K-Core en el balcón. El gas empezaba a nublarle la vista.
—¡Al suelo! —gritó el mercenario de Weber que quedaba en la puerta, levantando una pistola Tazer.
Disparó.
Los dardos electrificados volaron hacia el pecho de Thiago.
“Tiempo de reacción insuficiente para esquiva humana,” calculó Levi 1.0. “Iniciando intercepción cinética.”
Sin que Thiago lo pensara, su pierna izquierda se levantó a una velocidad invisible para el ojo humano. La tibia de metal golpeó los cables del Tazer en el aire, desviando los dardos hacia el techo.
Thiago cayó al suelo, sorprendido por su propio movimiento.
—¿Vos hiciste eso? —jadeó.
“Protocolo de defensa automática. La integridad del activo es prioritaria.”
Ahora, los de K-Core y el de Weber se miraron entre sí. Eran enemigos corporativos compitiendo por el mismo premio.
El líder de K-Core giró su rifle hacia el hombre de Weber en la puerta.
—¡Este activo es propiedad de K-Core! ¡Retírense!
—¡Vengan a buscarlo! —respondió el mercenario de Weber, sacando una pistola real.
El living de Thiago se convirtió en un infierno.
Balas de goma y plomo real empezaron a cruzar la habitación. Los muebles volaban, el televisor explotó.
Thiago se arrastró por el piso hacia la cocina, cubriéndose la cabeza.
—¡Tengo que salir de acá! —gritó.
“Ruta de escape calculada: Vertical,” dijo Levi 1.0 con frialdad absoluta en medio del caos. “El piso del balcón tiene una debilidad estructural en la baranda lateral. Salto a edificio adyacente posible. Probabilidad de éxito: 42%.”
—¿42%? ¡Es una mierda!
“Es la única variable superior a 0%. La puerta está bloqueada por fuego cruzado.”
Una bala impactó en la mesada de mármol sobre la cabeza de Thiago, llenándolo de polvo.
Thiago miró hacia el balcón. Los hombres de K-Core estaban distraídos disparando hacia el pasillo contra los refuerzos de Weber que llegaban por el ascensor.
Era ahora o nunca.
—¡Cargá potencia en los pistones de salto! —ordenó Thiago.
“Cargando… 80%… 100%… Sobrecarga lista.”
Thiago se levantó de un salto.
—¡Che, robots de mierda! —gritó para llamar la atención de ambos bandos.
Los operativos se giraron hacia él.
—¡El pase es mío!
Thiago corrió tres pasos. La rodilla izquierda se flexionó con un zumbido hidráulico ensordecedor, comprimiendo el aire alrededor.
Pisó el borde del balcón y saltó.
No fue un salto humano. Fue un lanzamiento.
Thiago salió disparado hacia la noche de Buenos Aires, volando sobre la Avenida Cabildo, alejándose del edificio mientras atrás dejaba un rastro de destrucción.
El aire frío le golpeó la cara. Estaba volando. O cayendo con estilo.
El edificio de enfrente, una torre de oficinas con fachada de vidrio, se acercaba peligrosamente rápido.
—Levi… ¿cómo aterrizo?
“Cálculo de impacto inminente. Sugerencia: Cubrirse la cara y rezar a su deidad preferida. No poseo amortiguadores para caídas de 20 metros.”
—¡La concha de tu madre, Levi 1.0!
Avenida Cabildo. Altura 2400. En el aire.
El vidrio templado de la fachada del edificio de oficinas se acercaba a una velocidad vertiginosa. Thiago cerró los ojos y cruzó los brazos frente a su cara, encogiendo las piernas para absorber el impacto.
¡CRASHHHHHH!
El sonido fue ensordecedor. Thiago atravesó la ventana del tercer piso como una bola de demolición humana.
Lluvia de cristales. Un golpe seco contra el suelo alfombrado. Rodó sobre sí mismo, llevándose por delante un escritorio, una silla ergonómica y una maceta con un ficus de plástico.
Terminó tirado boca arriba, jadeando, rodeado de papeles y vidrios rotos. La alarma de incendio del edificio comenzó a aullar.
—Informe de daños —gimió Thiago, sin atreverse a moverse.
“Amortiguadores hidráulicos de la pierna izquierda al 90% de capacidad. Absorbieron el 70% de la energía cinética del impacto,” reportó Levi 1.0. “Sin embargo, el tobillo derecho (biológico) presenta una contusión severa. Costillas 4 y 5 fisuradas por impacto contra el escritorio.”
Thiago intentó levantarse. Un dolor agudo en el costado derecho le cortó la respiración.
—¡Ay! ¡Me rompí todo!
“La movilidad es posible. Se recomienda evacuación inmediata. Los objetivos hostiles están desplegando tirolinas desde su posición original.”
Thiago miró por el agujero de la ventana rota. A través de la avenida, en su propio balcón destrozado, vio las siluetas de los comandos de K-Core enganchando cables para cruzar. Venían a buscarlo.
—¡Maldita sea!
Thiago se levantó a duras penas. Su pierna izquierda, la biónica, estaba intacta, ni un rasguño en el metal. Su cuerpo humano era un desastre de moretones y cortes por los vidrios.
Corrió hacia la puerta de la oficina. Estaba cerrada con llave.
—¡Abrila!
Thiago levantó la pierna izquierda y soltó una patada frontal contra la cerradura.
¡BAM!
La puerta de madera maciza voló de sus bisagras, astillando el marco.
Salió al pasillo. Estaba desierto. Era un edificio corporativo y a esa hora solo quedaba el personal de limpieza.
Vio a una señora con un carro de limpieza al fondo del pasillo, que lo miraba con los ojos desorbitados, escoba en mano.
—¡Perdón, señora! ¡Simulacro de evacuación! —gritó Thiago mientras pasaba corriendo (rengueando) hacia la escalera de emergencia.
Bajó los tres pisos saltando los escalones de a dos. Su rodilla biónica zumbaba con cada aterrizaje, compensando la debilidad de su pierna derecha lastimada.
Llegó a la planta baja. Empujó la barra antipánico de la puerta de servicio y salió a una calle lateral oscura.
El aire fresco de la noche nunca se había sentido tan bien.
Pero no estaba a salvo.
Sobre la Avenida Cabildo, las sirenas de la policía empezaban a acercarse. La gente se amontonaba en las veredas mirando hacia arriba, señalando los vidrios rotos y el humo que salía de su departamento.
—Tengo que desaparecer —murmuró Thiago.
Se subió la capucha de su buzo (ahora lleno de agujeros y polvo de vidrio) y se mezcló con la multitud de curiosos.
Caminó rápido, agachando la cabeza.
“Detectado escaneo de reconocimiento facial en cámaras de seguridad urbana,” advirtió Levi 1.0. “La red de la ciudad está buscando su perfil biométrico.”
—¿Cómo saben que soy yo?
“K-Core tiene acceso a la infraestructura de vigilancia municipal. Sugiero evitar avenidas principales y transporte público con tarjeta SUBE registrada.”
Thiago dobló en una calle tranquila de Belgrano R, alejándose del caos.
Buscó su celular en el bolsillo. La pantalla estaba astillada por la caída, pero funcionaba.
Marcó el número de Mendieta.
Tuu… Tuu…
—¿Hola? —la voz de Mendieta sonaba dormida y alarmada—. ¿Thiago? Estoy viendo la tele. Dicen que hubo una explosión de gas en tu edificio. ¡Están pasando imágenes de tu balcón en llamas!
—No fue gas, Gordo. Vinieron a buscarme. Los dos bandos.
—¡La puta madre! ¿Dónde estás?
—En la calle. Estoy herido. Necesito que me busques. Pero no vengas con el Renault 12, es muy reconocible.
—Ok, ok. Escuchame. Caminá hasta la estación de tren de Belgrano R. Hay una plaza oscura ahí. Escondete en los juegos de niños. Voy en el auto de mi cuñado, un Corsa gris. Llego en 15 minutos.
—Apurate, Mendieta. Creo que me rompí una costilla y me duele respirar.
Cortó la llamada.
Thiago siguió caminando por la sombra de los árboles, pegado a las paredes de las casonas antiguas. Se sentía como un criminal, un prófugo.
De repente, una luz blanca lo iluminó desde el cielo.
Un zumbido suave, eléctrico.
Thiago levantó la vista.
Un drone pequeño, negro, con el logo de Weber BioTech pintado en el fuselaje, flotaba a diez metros sobre su cabeza. Una cámara roja lo enfocaba directamente.
—¡Me encontraron! —pensó Thiago.
El drone no disparó. En su lugar, un parlante incorporado emitió la voz de Klaus Von Weber, nítida y metálica.
“Correr es inútil, Thiago. Mi sistema de rastreo está integrado en tu propia articulación. Sé dónde estás, sé a qué temperatura está tu sangre y sé que tenés una fisura costal.”
Thiago miró alrededor. La calle estaba vacía. Agarró una piedra del suelo.
“No lo hagas,” advirtió la voz de Klaus desde el drone. “Si destruís este drone, tengo tres más en camino. Y K-Core está a dos cuadras con una camioneta de extracción. Vení conmigo, Thiago. Subite al auto que va a doblar en la esquina ahora mismo. Yo puedo protegerte. K-Core solo quiere desguazarte.”
En la esquina, un Mercedes Benz negro con vidrios polarizados dobló lentamente y se detuvo a unos metros. La puerta trasera se abrió sola, invitándolo a entrar.
Thiago miró el auto. Miró el drone. Miró su celular con la llamada a Mendieta.
Estaba atrapado. Si esperaba a Mendieta, K-Core llegaría primero. Si subía al auto de Klaus, volvía a ser una rata de laboratorio.
—Levi 1.0 —susurró Thiago—. ¿Probabilidad de que el auto de Klaus sea una trampa mortal?
“Probabilidad de trampa: 85%. Probabilidad de supervivencia si te quedás aquí parado esperando a K-Core: 12%.”
Thiago apretó la piedra en su mano.
—Prefiero la trampa que conozco.
Pero no iba a subir al auto.
Con un movimiento rápido, Thiago lanzó la piedra con precisión de quarterback.
¡CRACK!
La piedra golpeó la hélice del drone. El aparato perdió estabilidad, giró locamente y se estrelló contra el asfalto, chisporroteando.
El Mercedes Benz aceleró hacia él.
Thiago giró y corrió hacia un callejón estrecho entre dos casas, donde el auto no podía entrar.
—¡Andate a la mierda, Klaus! —gritó mientras se perdía en la oscuridad.
Tenía que llegar a la estación de tren. Tenía que llegar a Mendieta. Y tenía que hacerlo antes de que K-Core o el próximo drone de Weber lo alcanzaran.
Plaza Castelli. Estación Belgrano R. 22:35 Horas.
La plaza estaba desierta, envuelta en la neblina húmeda de la noche. Los juegos infantiles —hamacas, toboganes y castillos de madera— parecían esqueletos gigantes en la oscuridad.
Thiago se refugió dentro de una casita de madera en lo alto del tobogán. Se apretaba el costado derecho, donde las costillas fisuradas ardían con cada respiración.
—Informe —susurró, temblando de frío y dolor.
“Tres objetivos hostiles ingresando al perímetro de la plaza,” reportó Levi 1.0 sin emoción. “Vectores de aproximación: Norte, Sur y Este. Están cerrando una red de contención triangular.”
Thiago espió por la ventanita de madera. Vio las siluetas grises de los operativos de K-Core moviéndose tácticamente entre los árboles. No corrían; cazaban. Llevaban visores nocturnos con brillo verde.
—Saben dónde estoy —dijo Thiago.
“Afirmativo. Tu firma térmica es inconfundible debido al calor residual de los servomotores de la rodilla.”
Uno de los mercenarios levantó el puño y señaló el tobogán.
—¡Sujeto en la estructura! —gritó una voz distorsionada por un comunicador—. ¡Fuego de supresión no letal!
¡Puff! ¡Puff!
Disparos secos. Granadas de aturdimiento (flashbangs) rodaron por la arena hacia la base del juego.
¡BANG! ¡BANG!
La luz cegadora y el ruido ensordecedor golpearon a Thiago. Sus oídos pitaron.
—¡Bajá ahora o subimos por vos! —ordenó el líder.
Thiago sabía que si bajaba, terminaba en una caja camino a un laboratorio en Suiza.
—Levi… ¿potencia restante?
“Batería al 45%. Integridad estructural al 88%. Sugerencia táctica: El tobogán es de plástico reforzado. Si aplicás una fuerza de 3000 Newtons en el soporte central, podés colapsar la estructura sobre los atacantes.”
—¿Me estás diciendo que rompa el juego conmigo arriba?
“Es la única maniobra ofensiva disponible.”
Los mercenarios empezaron a subir por la escalera y por la rampa del tobogán.
Thiago respiró hondo, ignorando el dolor en sus costillas.
—Perdón a los nenes del barrio —murmuró.
Levantó su pierna izquierda y, con un grito de furia, descargó un pisotón brutal sobre el eje central de madera que sostenía la casita.
¡CRACK!
El sonido fue como el de un árbol cayendo. La madera se partió en dos bajo la fuerza hidráulica.
Toda la estructura se inclinó violentamente y colapsó.
La casita, el tobogán y Thiago cayeron en una avalancha de madera y plástico sobre los dos mercenarios que intentaban subir. Hubo gritos de sorpresa y dolor mientras quedaban atrapados bajo los escombros.
Thiago rodó por la arena, tosiendo polvo. Se levantó rápido.
El tercer mercenario, el líder, estaba a diez metros. Había esquivado el derrumbe y ahora apuntaba su rifle directamente al pecho de Thiago.
—Se terminó el juego, pibe —dijo el hombre, con el dedo en el gatillo.
Thiago se quedó paralizado. No tenía cobertura. No tenía energía para otro salto.
El mercenario sonrió bajo su casco.
De repente, un par de luces amarillas cegaron al mercenario desde la calle. El rugido de un motor exigido al máximo rompió el silencio.
Un Chevrolet Corsa gris subió al cordón de la vereda, cruzó el pasto de la plaza a toda velocidad y embistió al mercenario de costado.
¡BUMP!
El hombre voló por el aire y cayó inconsciente sobre un cantero de flores.
El Corsa frenó derrapando en la arena, abriendo una puerta trasera que estaba medio abollada.
—¡SUBÍ, CARAJO! —gritó Mendieta desde el volante, con los ojos desorbitados.
Thiago no necesitó que se lo dijeran dos veces. Se lanzó al asiento trasero justo cuando los otros dos mercenarios empezaban a salir de entre los escombros del tobogán, disparando sus armas.
Las balas de goma repiquetearon contra la chapa del auto como granizo. Tac-tac-tac-tac.
El vidrio trasero estalló.
—¡Agachate! —gritó Mendieta, poniendo marcha atrás y girando el volante como un loco.
El auto salió de la plaza, bajó a la calle raspando el chasis y aceleró por la calle Echeverría, quemando neumáticos.
Mendieta condujo como si estuviera en una persecución de película, doblando en contramano, saltando lomas de burro y apagando las luces para perderse en la oscuridad de las calles residenciales.
Después de diez minutos de maniobras evasivas, el Corsa se estabilizó en una avenida tranquila, lejos de Belgrano.
Mendieta miró por el retrovisor.
—Creo que los perdimos —dijo, soltando el aire—. ¿Estás entero, pibe?
Thiago se sacó los vidrios del pelo. Se miró las manos temblorosas.
—Estoy vivo —dijo—. Pero me duele hasta el apellido.
—Te vi tirar abajo el tobogán —dijo Mendieta, negando con la cabeza—. Sos una bestia. Klaus te hizo un tanque de guerra.
Thiago miró su rodilla izquierda. El pantalón estaba destrozado, revelando el metal brillante bajo la luz de la calle. Ya no podía ocultarlo. Ya no era un secreto.
—¿A dónde vamos, Gordo? —preguntó Thiago con voz apagada—. No tengo casa. No tengo ropa. No tengo nada.
Mendieta prendió un cigarrillo con manos temblorosas.
—Vamos al único lugar donde nadie te va a buscar. Al único lugar donde la policía no entra y las corporaciones no tienen señal.
—¿A dónde?
—A la villa, pibe. A Fuerte Apache. Tengo un primo ahí que nos debe un favor. Vamos a desaparecer del mapa por unos días.
Thiago apoyó la cabeza contra el vidrio roto.
El “Pibe Maravilla” de River Plate, el héroe del Superclásico, ahora era un fugitivo escondido en un Corsa, rumbo a la clandestinidad.
Su carrera profesional estaba en pausa. Su vida estaba en peligro. Pero mientras el viento le pegaba en la cara, Thiago sintió algo que no había sentido en el laboratorio de Klaus.
Sintió que el volante de su vida, por primera vez en mucho tiempo, lo tenía él (o al menos, su representante).
—Vamos a Fuerte Apache —dijo Thiago, cerrando los ojos—. Y después… después vemos cómo recuperamos mi vida.
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