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Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 77

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Capítulo 77: La Fortaleza de Cemento

Miércoles. 00:30 Horas. Acceso al Barrio Ejército de los Andes (Fuerte Apache). Ciudadela.

El Corsa gris, con el parabrisas trasero estallado y la carrocería abollada, cruzó la Avenida General Paz y se adentró en la oscuridad del Oeste.

Thiago iba encorvado en el asiento de atrás, apretándose el costado derecho con una remera vieja que Mendieta le había tirado para frenar el sangrado superficial de los cortes de vidrio.

—Estamos entrando —avisó Mendieta, apagando las luces del auto para no llamar la atención, dejándolo solo con las de posición.

Frente a ellos se alzaban los monoblocks. Gigantes de cemento despintado, torres idénticas que formaban laberintos de pasillos aéreos y escaleras oxidadas. Parecía una ciudad amurallada dentro de la ciudad.

—Levi —susurró Thiago—, escaneo de zona.

“Zona de alta densidad poblacional y bajo control estatal,” respondió la voz plana de Levi 1.0. “Estadísticas de criminalidad: Críticas. Presencia policial: Nula. Infraestructura de red: Precaria. Es el lugar perfecto para desaparecer, estadísticamente hablando.”

—Y para que te peguen un tiro si no te conocen —agregó Thiago para sus adentros.

Mendieta detuvo el auto en una esquina oscura, justo antes de la entrada al Nudo 1. Dos sombras salieron de detrás de un contenedor de basura. Se vio el brillo metálico de dos pistolas 9mm bajo la luz amarillenta de un poste de luz.

—¡Apagá el motor y bajá las manos! —gritó uno de los centinelas.

Mendieta bajó la ventanilla despacio, con las manos bien visibles sobre el volante.

—¡Eh, guacho! ¡Soy el Gordo Mendieta! —gritó—. Vengo a ver al Beto. ¡Soy sangre!

El de la pistola se acercó, apuntándole a la cara. Lo miró bien. Bajó el arma.

—¿Qué hacés acá a esta hora, Gordo? Parecés que venís de la guerra.

—Vengo de algo peor. Traigo un paquete delicado. El Beto sabe que voy.

El centinela miró hacia el asiento de atrás. Vio a Thiago encapuchado, hecho un ovillo.

—¿Quién es el bulto?

—Nadie. Un sobrino que se mandó una macana. —Mendieta le pasó un billete de mil pesos arrugado con la mano—. Comprate unas birras y olvidate que viste este auto.

El pibe agarró la plata y golpeó el techo del Corsa dos veces.

—Pasá. Tercer piso, tira 4. Ojo que los de la torre de enfrente están re locos hoy.

Mendieta arrancó. El auto se metió en las entrañas del barrio. Los pasillos eran estrechos, con ropa colgada secándose en las barandas y motos estacionadas en cualquier lado. Cumbia y reggaetón sonaban desde diferentes ventanas, mezclándose en una cacofonía nocturna.

—¿Quién es el Beto? —preguntó Thiago, mirando las paredes llenas de grafitis y agujeros de bala viejos.

—Mi primo. Hacía “trabajitos” de cerrajería fina en los 90. Ahora maneja la distribución de internet trucho y cable enganchado del barrio. Es el rey de las conexiones acá. Si alguien te pregunta, sos un pibe que se peleó con la cana y necesita guardarse. Nadie pregunta apellidos acá.

El auto frenó frente a una torre que parecía más cuidada que las demás. Había una virgen en una ermita en la entrada, rodeada de velas rojas.

—Bajamos rápido. Capucha puesta. No mires a nadie a los ojos —instruyó Mendieta.

Thiago obedeció. El dolor en las costillas era punzante, cada paso era una aguja en el pulmón. Su rodilla izquierda, sin embargo, subía las escaleras de cemento con una potencia insultante, arrastrando al resto de su cuerpo herido.

Llegaron al tercer piso. Una puerta de rejas reforzada se abrió antes de que tocaran.

Un hombre grandote, con una camiseta de Chacarita Juniors y tatuajes tumberos en los brazos, los esperaba. Tenía cara de pocos amigos, pero cuando vio a Mendieta, sonrió mostrando un diente de oro.

—¡Primo! —El Beto abrazó a Mendieta—. ¡Qué quilombo traés encima! ¡Está en todos los noticieros!

—¿Qué dicen? —preguntó Mendieta, entrando rápido y arrastrando a Thiago.

El Beto cerró la puerta y puso tres cerrojos.

—Dicen que explotó el departamento de la joya de River. Dicen que fue una fuga de gas, pero que no encuentran el cuerpo. —El Beto miró a Thiago, que se había quitado la capucha—. Y por lo que veo, el cuerpo está acá, y está hecho mierda.

La “casa” del Beto era un departamento chico pero lleno de tecnología extraña: servidores apilados en el living, monitores de cámaras de seguridad que mostraban diferentes pasillos del barrio y cables de fibra óptica cruzando el techo como telarañas.

Thiago se dejó caer en un sillón viejo de cuerina.

—Necesito… necesito hielo —jadeó.

—Levi —pensó—. Diagnóstico.

“Costillas 4, 5 y 6 con fisuras múltiples. Hematomas severos en torso y extremidades. Nivel de dolor: 8/10. Se recomienda inmovilización y analgésicos opioides.”

—Che, Beto —dijo Mendieta—. ¿Tenés algo para el dolor? Y no me refiero a una aspirina.

El Beto fue a la cocina y volvió con una botella de whisky barato y una cajita de tramadol que seguramente había caído de algún camión.

—Tomá, pibe. Esto te va a planchar.

Thiago se tragó la pastilla con un trago largo de whisky. El fuego del alcohol le quemó la garganta, pero distrajo el dolor de las costillas.

—Gracias —murmuró.

El Beto se sentó frente a él y miró fijamente la pierna izquierda de Thiago. El pantalón estaba rasgado desde el muslo hasta el tobillo. El metal cromado y los pistones negros de la articulación alemana brillaban bajo la luz del tubo fluorescente.

El primo de Mendieta silbó bajito.

—Mierda, Gordo… no me dijiste que traías a Robocop.

—Es largo de explicar, Beto. Necesitamos fondeadero por dos días. Hasta que se calmen las aguas.

—Dos días… —El Beto se rascó la barbilla—. Acá nadie entra sin que yo me entere. La policía ni se asoma. Pero si ese metal tiene GPS, te van a tirar un misil.

—Tiene —dijo Thiago, hablando por primera vez con claridad—. Tiene un rastreador pasivo. Klaus sabe dónde estoy.

Mendieta y El Beto se miraron.

—Entonces tenemos un problema —dijo El Beto—. Porque Fuerte Apache es seguro, pero si vienen con drones o satélites… esto es una ratonera.

—No pueden entrar —dijo Thiago—. Si entran con fuerza militar, es un escándalo nacional. No se van a arriesgar a una guerra en medio de la villa por un jugador de fútbol. Me van a vigilar. Van a esperar a que salga.

—Entonces no salís —sentenció El Beto—. Te armo una cama en el cuarto de los servidores. Ahí hace ruido por los ventiladores, pero es fresco.

Thiago intentó levantarse para ir al cuarto, pero las piernas le fallaron. El efecto de la adrenalina había desaparecido y el cuerpo le pasaba factura.

Mendieta lo atajó antes de que cayera al suelo.

—Tranquilo, pibe. Ya estás a salvo. Descansá.

Lo llevaron arrastrando hasta una habitación pequeña, iluminada por las luces leds parpadeantes de los módems y routers. Lo acostaron en un colchón en el piso.

Thiago cerró los ojos. El zumbido de los ventiladores de las computadoras se mezclaba con el zumbido interno de Levi 1.0.

“Modo de hibernación iniciado para reparación de tejidos biológicos. Vigilancia activa en segundo plano.”

Thiago se durmió en el corazón de Fuerte Apache, rodeado de cables, ladrones y miseria, sintiéndose más seguro que en la clínica de millones de dólares.

Pero afuera, en la noche, un punto rojo parpadeaba en un mapa digital, marcando su ubicación exacta en la pantalla de una tablet que sostenía Klaus Von Weber.

Miércoles. 10:45 Horas. Departamento de “El Beto”. Nudo 1, Fuerte Apache.

El olor a café quemado y tortas fritas despertó a Thiago.

Abrió los ojos esperando ver el techo blanco aséptico de una clínica o las molduras de su departamento en Belgrano. En su lugar, vio cables de red azules y grises pegados con cinta aisladora recorriendo un techo manchado de humedad.

Intentó incorporarse. El dolor en las costillas fue un latigazo, pero menos intenso que la noche anterior. El Tramadol y el descanso habían hecho lo suyo.

—Quieto, fiera —dijo la voz ronca del Beto desde la puerta—. No te hagas el Rambo.

El primo de Mendieta entró con una bandeja de plástico. Traía una taza de café con leche humeante y dos tortas fritas grasientas.

—Desayuno de campeones —dijo, dejando la bandeja en el suelo, al lado del colchón—. Mendieta salió a buscar provisiones y “papeles”. Vos no asomes la nariz ni a la ventana.

Thiago se sentó despacio, apoyando la espalda contra la pared tibia por el calor de los servidores.

—¿Cómo está la situación afuera? —preguntó, mordiendo la torta frita. Estaba deliciosa.

El Beto señaló una pared llena de monitores viejos de tubo (CRT) que mostraban imágenes granulosas en blanco y negro.

—Mirá vos mismo.

Thiago entrecerró los ojos. Las cámaras, escondidas estratégicamente en los accesos del barrio, mostraban la Avenida General Paz y las calles laterales de Ciudadela.

En cada salida, había vehículos estacionados que no encajaban. Una camioneta Sprinter negra con vidrios polarizados en la bajada de la autopista. Un auto sedán gris parado hace horas frente a la estación de servicio.

—Están de guardia —dijo El Beto—. No entran porque saben que si se meten con fierros acá adentro, los pibes del barrio les responden con plomo. Es un pacto de no agresión. Ellos no entran, nosotros no salimos. Te tienen sitiado, pibe.

—Klaus —murmuró Thiago.

“Análisis de perímetro confirmado,” intervino Levi 1.0. Su voz resonó extraña en la habitación pequeña. “Detecto escaneo de espectro de radiofrecuencia en la zona. Están buscando mi señal de transmisión activa.”

El Beto dio un salto hacia atrás, casi tirando el mate que tenía en la mano.

—¡La concha de la lora! —gritó, mirando la pierna de Thiago—. ¡Habló la rodilla! ¡Mendieta no me mintió!

Thiago se tocó la pierna metálica.

—Es una IA. Se llama Levi. Bueno… lo que queda de él.

El Beto se acercó, fascinado, dejando el miedo de lado. Como buen “hacker” de barrio, la curiosidad le ganaba.

—¿Es autónoma? ¿Tiene conexión propia?

—Sí. Pero ahora está en modo pasivo para que no nos triangulen.

El Beto sonrió, mostrando el diente de oro. Se sentó frente a su computadora principal, una torre armada con partes de cinco máquinas diferentes.

—Escuchame, Levi o como te llames. ¿Podés ver mi red?

“Red local detectada: ‘Beto_Net_V4’. Encriptación WPA2 básica. Topología de malla inestable. Ancho de banda robado a proveedor mayorista: 300 Megas. Eficiencia de la red: 65%.”

—¡Epa! ¡Me está bardeando la red! —se rió El Beto—. Escuchame, lata parlante. Si te doy acceso al nodo raíz… ¿podés usar mi fibra óptica para mirar hacia afuera sin que te detecten los satélites de esos alemanes?

“Afirmativo. Si enmascaro mi firma digital a través de tus miles de IPs dinámicas del barrio, mi rastro se disolvería como una gota de agua en el mar.”

Thiago miró a ambos. El técnico villero y la IA de vanguardia estaban negociando.

—Hacelo —autorizó Thiago—. Necesitamos saber qué dicen las noticias.

El Beto conectó un cable de red directamente a un puerto USB que colgaba de la torre. Le pasó el extremo a Thiago.

—¿Tiene entrada?

Thiago se levantó el borde de la prótesis. Había un puerto universal oculto. Conectó el cable.

Zumbido.

Los monitores del Beto parpadearon. Líneas de código corrieron a una velocidad imposible.

En la pantalla central, apareció la transmisión en vivo de un noticiero.

PLACA ROJA: “MISTERIO EN BELGRANO: ¿DÓNDE ESTÁ THIAGO ARENAS?”

Una periodista hablaba frente a las ruinas humeantes del balcón de Thiago.

—”…la policía científica confirma que hubo una detonación, pero no hay rastros biológicos entre los escombros. El Club Atlético River Plate ha emitido un comunicado expresando su ‘profunda preocupación’ y suspendiendo las actividades del plantel por duelo, aunque no se ha confirmado ningún deceso…”

Cambiaron la imagen. Apareció Marcelo Gallardo en conferencia de prensa, con cara de pocos amigos y ojeras profundas.

—”No vamos a especular,” decía el Muñeco. “Thiago es un chico fuerte. Hasta que no tenga pruebas de lo contrario, lo sigo esperando en el entrenamiento. Si alguien sabe algo, que hable.”

Thiago sintió un nudo en la garganta. Estaba lastimando al club. Estaba lastimando a la gente que lo quería.

—Me están buscando como si estuviera muerto —dijo Thiago.

—Mejor —dijo El Beto, tecleando—. Si piensan que estás muerto o secuestrado, bajan la guardia. Pero mirá esto.

El Beto abrió otra ventana. Eran foros de la “Deep Web” y canales encriptados que él monitoreaba.

Había una recompensa.

“RECOMPENSA CORPORATIVA: 50.000 USD POR INFORMACIÓN SOBRE EL PARADERO DEL ACTIVO 7-ALPHA. VIVO O INTACTO.”

—Cincuenta lucas verdes —silbó El Beto—. Con eso comprás medio barrio, pibe. Tu cabeza tiene precio.

Thiago lo miró a los ojos.

—¿Vos me vas a vender, Beto?

El Beto se puso serio. Apagó el monitor.

—Yo soy chorro, pibe. Engancho cable, vendo decodificadores truchos y a veces compro cosas que se “caen” de los camiones. Pero no soy botón. Y la sangre es la sangre. Mendieta es mi primo. Mientras estés acá, sos familia. Y a la familia no se la vende.

Thiago asintió, agradecido.

—Necesito aire —dijo Thiago—. Me estoy asfixiando acá adentro.

—No podés salir.

—Solo al pasillo. Necesito estirar la pierna. Si no me muevo, el metal se enfría y me duele la unión con el hueso.

El Beto lo pensó un momento.

—Está bien. Ponete la capucha. Y no bajes al playón. Quedate en las pasarelas del tercer piso. Ahí no te ven los drones desde arriba por los techos.

Pasarelas del Nudo 1. 11:30 Horas.

Thiago salió al aire libre. El cielo estaba gris plomo. El viento corría encajonado entre las torres, trayendo olor a guiso y humedad.

Caminó rengueando levemente, ocultando la pierna izquierda bajo un pantalón de jogging holgado que le había prestado el Beto (tres talles más grande).

Se apoyó en la baranda de hierro oxidado y miró hacia abajo.

En el patio central, entre charcos de agua y basura acumulada, había un partido de fútbol.

Eran chicos de diez, doce años. Jugaban con una pelota de cuero gastada, casi negra. Los arcos eran dos piedras. El piso era cemento desnivelado.

Thiago observó.

La pureza del juego estaba ahí. Uno de los pibes, un morochito con la camiseta de Tévez (la de la Juventus), pisó la pelota, tiró un caño y definió cruzado al “arco”.

—¡Golazo! —gritó el nene.

Thiago sonrió. Por un segundo, se olvidó de Klaus, de K-Core y de su rodilla biónica. Recordó su propia infancia en el potrero, cuando el fútbol era solo diversión y no contratos millonarios y cirugías experimentales.

La pelota rebotó mal en un pozo y salió disparada hacia arriba, hacia la pasarela del primer piso, y luego rebotó hacia donde estaba Thiago, en el tercero.

Thiago la vio venir. El instinto fue automático.

Levantó la pierna izquierda.

“Cálculo de trayectoria: Intercepción simple. Fuerza necesaria: 2%.”

La amortiguó con el empeine de metal. La pelota murió en su pie con una suavidad sobrenatural. No hizo ruido. Se quedó pegada, desafiando la gravedad por un milisegundo antes de caer al suelo.

Thiago la pisó.

Los chicos de abajo miraron hacia arriba.

—¡Eh, amigo! ¡Tirala! —gritó el de la camiseta de Tévez.

Thiago miró la pelota. Miró a los chicos.

Hizo un movimiento de “cucharita”. La pelota se elevó, describió una parábola perfecta y cayó justo en el punto de penal imaginario del patio, suavemente.

Los chicos se quedaron mudos. Ese toque no era de un amateur.

El de la camiseta de Tévez entrecerró los ojos, mirando hacia arriba, tratando de ver la cara debajo de la capucha.

—¡Che! —gritó el nene—. ¡Ese pase! ¡Vos jugás!

Thiago se dio cuenta de su error. Se alejó de la baranda rápidamente.

—¡Es él! —escuchó que gritaba otro chico—. ¡Es el que hizo el gol el domingo! ¡Es el de River!

Thiago se metió de nuevo en el pasillo oscuro, con el corazón latiendo a mil.

Había cometido el error más básico: había jugado. Y en Argentina, el fútbol es una huella digital que no se puede borrar.

Departamento de “El Beto”. 12:15 Horas.

Thiago cerró la puerta de rejas y se apoyó contra ella, con el corazón golpeándole las costillas fisuradas.

—¡¿Sos boludo o te hacés?! —le gritó El Beto desde la silla de los servidores—. ¡Te vi por la cámara! ¡¿Te pusiste a hacer jueguitos con los pibes?!

—Fue un reflejo —se defendió Thiago, jadeando—. La pelota vino hacia mí. La devolví.

—¡La devolviste con una técnica de primera división, gil! —El Beto se agarró la cabeza—. ¿Sabés lo que tardan esos pibes en contarle a sus hermanos mayores, y esos a sus tíos, y esos a todo el barrio?

En ese momento, el celular de Thiago (que Levi 1.0 mantenía en modo “solo recepción segura”) empezó a vibrar. No eran llamadas. Eran notificaciones de redes sociales.

“Alerta de tendencia,” informó Levi. “En Twitter, el hashtag #ThiagoEnElFuerte está subiendo a una tasa de 500 menciones por minuto. Hay un video borroso de 3 segundos circulando en TikTok. Se te ve encapuchado, pero la ‘cucharita’ es tu firma técnica.”

—Cagamos —dijo El Beto—. Ya está en internet.

Tres golpes secos sonaron en la puerta. No eran golpes de policía (que golpea para romper) ni de amigos (que tienen código). Eran golpes de autoridad.

El Beto palideció. Miró los monitores.

El pasillo del tercer piso estaba lleno de gente. Pero no eran mercenarios de K-Core.

Eran vecinos. Pibes con camisetas de fútbol, señoras con delantales, y en el frente, un grupo de hombres con gorras y miradas pesadas.

—¿Quiénes son? —preguntó Thiago.

—Es “El Chino” —susurró El Beto—. Es el que manda en este Nudo. Si él está ahí, no podemos no abrir.

—¿Me va a vender?

—Si te quisiera vender, ya habrían entrado a patadas. Abrí, Thiago. Es mejor dar la cara.

Thiago respiró hondo. Se bajó la capucha. Enderezó la espalda, ignorando el dolor.

El Beto destrabó los cerrojos. Clac, clac, clac.

La puerta se abrió.

El pasillo estaba abarrotado. El olor a humanidad, a guiso y a cigarrillo entró de golpe.

Frente a la puerta estaba un hombre de unos cuarenta años, con una cicatriz en la ceja y una camiseta de la Selección Argentina. A su lado, estaba el nene de la camiseta de Tévez que había recibido el pase de Thiago.

El hombre miró a Thiago de arriba abajo. Miró la pierna izquierda, donde el pantalón del Beto dejaba adivinar la forma extraña de la prótesis bajo la tela.

—Mi pibe dice que vio un fantasma —dijo El Chino, con voz grave—. Dice que vio al pibe de River que desapareció. Dice que la toca como los dioses.

Thiago sostuvo la mirada del hombre.

—No soy un fantasma. Soy Thiago.

El nene tironeó de la remera de su papá.

—¡Viste, pá! ¡Te dije! ¡Es él!

Un murmullo recorrió el pasillo. “¡Es el de River!”, “¡Mirá, está vivo!”, “¡Grande, Thiago!”

El Chino sonrió de medio lado. No era una sonrisa amable, era una sonrisa de respeto territorial.

—Escuchame, Thiago. En la tele dicen que te moriste. Dicen que te secuestraron. Y afuera del barrio hay unos autos negros dando vueltas que no me gustan nada. ¿Esos giles te buscan a vos?

—Sí —admitió Thiago—. Me quieren llevar.

El Chino asintió lentamente. Se giró hacia la multitud en el pasillo y levantó la mano. El silencio fue inmediato.

—Escuchen bien todos —gritó El Chino—. Este pibe es patrimonio del fútbol argentino. Nos dio el clásico el domingo con una gamba menos. Y ahora vino a buscar refugio acá, en el Fuerte.

El hombre volvió a mirar a Thiago.

—Acá no entra la policía, y menos van a entrar unos chetos de traje a llevarse a un pibe nuestro. Mientras estés en el Nudo 1, estás bajo mi protección.

Thiago sintió que las piernas le temblaban, no por el miedo, sino por la emoción. No era la protección fría de una corporación; era la protección caliente y caótica del pueblo.

—Gracias —dijo Thiago.

—No me agradezcas todavía —dijo El Chino—. Pero a cambio, vas a tener que firmarle la camiseta al nene. Y a todos los pibes del bloque.

La tensión se rompió. La gente empezó a aplaudir y a vitorear.

En ese momento, Mendieta apareció entre la multitud, abriéndose paso a los codazos, cargando bolsas de supermercado.

—¡Permiso! ¡Permiso! ¡Soy el representante! —gritaba Mendieta, sudando la gota gorda—. ¡No lo agobien al artista!

Mendieta llegó a la puerta y vio la escena: Thiago firmando la camiseta de la Juventus del nene, con El Chino custodiando la entrada como un patovica VIP.

Mendieta entró al departamento y cerró la puerta reja detrás de él, dejando a la multitud afuera pero controlada.

—¿Qué pasó? —preguntó Mendieta, tirando las bolsas en el sillón—. Fui a comprar fideos y cuando vuelvo tenés una fan fest en la puerta.

—El barrio sabe —dijo Thiago, terminando de firmar—. Y el barrio me banca.

El Beto se sentó frente a la computadora y se rió.

—Pibe, mirá esto. Los drones de K-Core se están retirando.

Thiago se acercó al monitor. Efectivamente, las cámaras perimetrales mostraban que los autos negros y la camioneta gris estaban dando la vuelta en U y alejándose de los accesos.

—¿Por qué se van? —preguntó Thiago.

“Análisis táctico,” respondió Levi. “La densidad de civiles hostiles en el perímetro ha aumentado un 400%. Cualquier intento de extracción forzada resultaría en un levantamiento masivo con cobertura mediática instantánea. El costo político y de relaciones públicas es inaceptable para Weber y K-Core. Has convertido tu escondite en una fortaleza pública.”

Mendieta abrió una lata de cerveza y le dio un trago largo.

—Jaque mate, alemanes de mierda —brindó Mendieta—. Ahora, Thiago, tenemos que pensar el siguiente paso.

—¿Cuál es?

—Gallardo te está esperando. River te está esperando. Pero no podés volver en un Uber. Si salís de acá solo, te agarran en la General Paz.

Thiago miró por la ventana, hacia el patio donde los chicos seguían jugando, ahora con más entusiasmo sabiendo que su ídolo los miraba.

—No voy a salir solo —dijo Thiago—. Vamos a salir con ruido. Vamos a hacer que mi vuelta sea tan grande que no me puedan tocar sin que todo el mundo lo vea.

—Me gusta cómo suena eso —dijo El Beto—. Yo puedo hackear la señal del noticiero de la noche si querés.

—No hace falta hackear nada —dijo Thiago—. Solo prendé la cámara. Vamos a decirle la verdad a la gente. O al menos, la parte de la verdad que nos conviene.

Thiago se sentó frente a la webcam del Beto. Se acomodó el cuello de la remera prestada.

—Levi —ordenó mentalmente—. Prepará el discurso. Tono humilde, pero combativo. Y bloqueá cualquier intento de rastreo de IP durante 5 minutos.

“Grabando en 3, 2, 1…”

La luz roja de la cámara se encendió.

Thiago miró al lente.

—Hola a todos. Soy Thiago Arenas. No estoy muerto. No estoy secuestrado. Estoy en el Fuerte Apache, con mi gente. Y el domingo… el domingo voy a jugar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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