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Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 78

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Capítulo 78: La Caravana de los Nadie

Jueves. 08:00 Horas. Barrio Ejército de los Andes (Fuerte Apache).

El suelo del departamento del Beto temblaba. No era un terremoto, ni maquinaria pesada.

Era el sonido de cientos de bombos, redoblantes y trompetas sonando al unísono en el playón central.

Thiago se asomó por la ventana, con cuidado. Lo que vio le puso la piel de gallina. Una marea de gente había inundado los espacios entre los monoblocks. Había banderas de River, pero también de Boca, de San Lorenzo, de Chacarita y, sobre todo, banderas argentinas caseras pintadas con aerosol:

“THIAGO NO SE TOCA” “EL BARRIO TE BANCA”

—Informe de situación —pidió Thiago, abrumado.

“Análisis de entorno,” respondió Levi 1.0. “Estimación de multitud: 2.400 personas. Nivel de decibeles: 110 dB (equivalente a turbina de avión). Tendencia en redes sociales: #CaravanaThiago es Trending Topic mundial número 3. Has movilizado una fuerza civil que supera la capacidad de contención de cualquier agencia privada.”

Mendieta entró a la habitación, afeitado (mal) y con una camisa que el Beto le había prestado (que le quedaba chica). Parecía un general antes de la batalla.

—Es la hora, pibe —dijo Mendieta, con los ojos brillosos—. El Chino organizó la salida. Vamos a ir hasta el Monumental escoltados. Si Klaus quiere tocarte, va a tener que pasar por encima de tres mil personas.

Thiago se ajustó las zapatillas. Le dolían las costillas al agacharse, pero el dolor era un recordatorio útil de que seguía siendo humano.

—¿Y la prensa?

—Están todos en la General Paz. El Chino no los dejó entrar al barrio. Vamos a salir en caravana y nos van a seguir hasta Núñez. Va a ser como la llegada de la Selección después del Mundial, pero con más olor a choripán.

Oficina de Klaus Von Weber. Puerto Madero.

El contraste no podía ser mayor. En la oficina de cristal y acero, reinaba un silencio sepulcral.

Klaus miraba la pantalla gigante de la pared. Las imágenes de los drones (que ahora volaban a gran altura, modo espía) mostraban la masa de gente en Fuerte Apache.

A su lado, su asistente técnica, Greta, revisaba datos en una tablet.

—Señor, K-Core ha retirado todos sus activos de la zona Oeste. Consideran que la misión de recuperación es de “alto riesgo político”.

Klaus apretó los labios hasta que se pusieron blancos.

—Cobardes —siseó—. Tienen miedo de salir en las noticias disparándole a civiles.

—¿Y nosotros, señor? —preguntó Greta—. El equipo de extracción Delta está a la espera de órdenes. Podríamos intentar una intercepción en la autopista con inhibidores de señal para desactivar la pierna…

—¡Idiota! —gritó Klaus, girándose—. ¡Mirá la pantalla! ¡Si desactivamos la pierna en medio de la autopista y el chico choca, seremos los culpables ante millones de testigos! Ese video que subió anoche nos ató de manos. Ya no es un “activo perdido”. Ahora es una figura pública “rescatada por el pueblo”.

Klaus caminó hacia el ventanal que daba al río.

—Si no podemos ocultarlo, tenemos que adueñarnos de él —murmuró Klaus.

—¿Señor?

—Cambio de estrategia. Llamá a los medios. Emití un comunicado oficial de Weber BioTech. Deciles que estamos “aliviados” de que nuestro paciente estrella haya aparecido. Deciles que su comportamiento errático es efecto secundario de la medicación post-operatoria y que estamos enviando un equipo médico al estadio de River para “asistirlo”.

—¿Vamos a fingir que lo apoyamos?

—Vamos a estar ahí cuando llegue. Y si esa rodilla falla, o si él comete un error… vamos a estar ahí para “salvarlo” y llevárnoslo legalmente por incapacidad mental. Si no puedo secuestrarlo, voy a ser su médico de cabecera a la fuerza.

La Salida del Fuerte.

La puerta del bloque se abrió y el rugido de la gente fue ensordecedor.

Thiago salió rodeado por el círculo de seguridad del Chino: diez hombres enormes que formaban una barrera humana impenetrable.

—¡VAMOS THIAGO CARAJO! —¡DALE CAMPEÓN!

La gente se estiraba para tocarlo. Thiago levantó la mano, saludando tímidamente. Se sentía un impostor. Ellos vitoreaban al héroe del fútbol, pero él sabía que la mitad de su talento ahora venía de un chip que le decía porcentajes de éxito en el oído.

Subieron al Corsa de Mendieta (que ahora tenía una bandera de Argentina pegada con cinta en el vidrio roto de atrás).

El Chino se acercó a la ventanilla del conductor.

—Gordo, yo voy adelante con las motos abriendo camino. Vos pegate a mi paragolpes. Que no se te meta nadie en el medio.

—Copiado, Chino. Gracias por todo.

—No me agradezcas. Si el pibe juega el domingo y hace un gol, que se acuerde de los pibes del Fuerte.

El Chino aceleró su moto de alta cilindrada, haciendo willy. Cincuenta motos más lo siguieron. Detrás, combis escolares, autos destartalados y hasta un camión de reparto se sumaron a la fila.

La caravana arrancó.

Al salir a la Avenida General Paz, el tráfico se detuvo. Los autos tocaban bocina en apoyo. Los camiones hacían sonar sus bocinas de aire.

Thiago miraba por la ventanilla, incrédulo.

—Esto es una locura, Mendieta.

—Esto es Argentina, pibe. Pasás de villano a dios en 24 horas. Ahora lo difícil es mantenerse.

El celular de Thiago vibró. Un mensaje de Marcelo Gallardo.

Muñeco: “Veo que venís con hinchada propia. Te espero en el vestuario. Vení solo. Tenemos que hablar muy serio antes de que pises mi cancha.”

Thiago tragó saliva. Enfrentar a Klaus era peligroso, pero enfrentar a Gallardo después de haber desaparecido tres días y mentido… eso daba pánico real.

“Alerta de proximidad,” dijo Levi 1.0. “Detecto dos vehículos de alta gama incorporándose a la caravana desde la subida de Acceso Norte. Matrículas registradas a nombre de subsidiarias de Weber BioTech. No están atacando. Nos están escoltando.”

Thiago miró hacia atrás. Efectivamente, dos camionetas negras, limpias y brillantes, se habían colocado discretamente al final de la fila de autos viejos del barrio.

Klaus se había unido al desfile.

—Están atrás —dijo Thiago.

—Dejalos que vengan —dijo Mendieta, mirando por el retrovisor—. Hoy sos intocable, pibe. Hoy sos el Diego en el 86. Disfrutalo. Mañana… mañana vemos.

El Estadio Monumental apareció en el horizonte, imponente bajo el sol de la mañana. Su estructura de cemento parecía esperar el veredicto final.

Jueves. 09:15 Horas. Entrada Principal del Estadio Monumental. Núñez.

El Corsa de Mendieta, escoltado por las motos del Fuerte Apache, logró atravesar el mar de periodistas y fanáticos que bloqueaban la Avenida Udaondo. La seguridad del club tuvo que abrir el portón de hierro negro a la fuerza para dejar pasar al auto destartalado.

—Llegamos, pibe —dijo Mendieta, frenando en la zona mixta reservada para los jugadores.

Thiago miró por la ventanilla. No solo estaba la prensa. A unos metros, las dos camionetas negras de Weber BioTech estacionaron con una impunidad arrogante.

La puerta de la primera camioneta se abrió. Bajó Klaus Von Weber.

No vestía como un villano de película. Llevaba un traje gris impecable, pero sin corbata, con un aire de “médico moderno y preocupado”. Inmediatamente, los micrófonos se volvieron hacia él.

—¡Dr. Weber! ¡Dr. Weber! ¿Usted lo operó? ¿Qué le pasa a Thiago?

Klaus levantó una mano, pidiendo calma, pero clavó sus ojos azules directamente en Thiago, que bajaba del Corsa.

—Solo estamos aquí para asegurar la integridad de nuestro paciente —dijo Klaus a las cámaras, con una voz suave que heló la sangre de Thiago—. El procedimiento fue experimental y requiere monitoreo constante. Thiago es un patrimonio de la ciencia y del deporte. No vamos a permitir que su salud corra riesgos por… imprudencias.

Era una amenaza perfecta. Disfrazada de cuidado médico, Klaus le estaba diciendo al mundo: “Él es mío. Si falla, es porque está loco. Si triunfa, es gracias a mí.”

Thiago quiso ir a golpearlo. Sintió el impulso eléctrico en su pierna izquierda.

“Probabilidad de éxito en combate físico frente a cámaras: 99%,” analizó Levi 1.0. “Consecuencias legales y sociales: Catastróficas. Se recomienda ignorar al sujeto hostil.”

Thiago apretó los dientes, se subió la capucha del buzo y caminó rápido hacia la entrada del vestuario, ignorando los gritos de los periodistas.

Mendieta intentó seguirlo, pero un guardia de seguridad enorme le puso la mano en el pecho.

—Solo jugadores y cuerpo técnico, señor. Órdenes del Muñeco.

Mendieta miró a Thiago.

—Entrá, pibe. Yo me quedo acá vigilando a los alemanes para que no te pongan un chip en el agua. Rompela.

Vestuario Local. El Silencio.

El contraste fue brutal. Afuera era un manicomio de ruido. Adentro, en el pasillo que llevaba al vestuario circular de River, el silencio era absoluto. Solo se escuchaba el zumbido de los aires acondicionados.

Thiago caminó rengueando levemente. El efecto del tramadol estaba bajando y las costillas volvían a punzar.

Al entrar al vestuario, se encontró con que no había nadie cambiándose. La ropa de entrenamiento estaba ordenada en cada locker.

Solo había una persona sentada en el banco central.

Marcelo Gallardo.

El técnico tenía los brazos cruzados y miraba el piso. Cuando Thiago entró, levantó la vista. Su mirada no expresaba enojo, sino una decepción fría, analítica.

—Buen día —dijo Gallardo.

—Buen día, Marcelo —respondió Thiago, quedándose parado junto a la puerta.

Gallardo se levantó y caminó lentamente alrededor de Thiago, como si estuviera inspeccionando un auto usado.

—Llegaste con barra brava propia. Con escolta de motos. Con un circo mediático en la puerta. Y con un médico alemán que habla de vos como si fueras un experimento de laboratorio.

Gallardo se detuvo frente a él.

—Decime la verdad, Thiago. Y no me mientas, porque te echo ahora mismo. ¿Qué te hicieron en esa rodilla?

Thiago sintió que Levi 1.0 preparaba una lista de excusas prefabricadas: “Implante de ligamento sintético”, “Terapia de células madre”, “Reconstrucción artroscópica avanzada”.

—Silencio, Levi —pensó Thiago.

Miró a Gallardo a los ojos.

—Me la arreglaron, Marcelo. Me pusieron algo que… que no es normal.

—Eso ya lo sé. Nadie se recupera de una rotura total en tres días. Mi pregunta es: ¿sos un jugador de fútbol o sos una máquina a control remoto?

La pregunta pegó fuerte.

—Soy yo —dijo Thiago con firmeza—. La rodilla es de metal, sí. Tiene tecnología que ni yo entiendo. Pero el que decide el pase soy yo. El que decide correr soy yo. El que quiere ganar sos vos y soy yo.

Gallardo le sostuvo la mirada unos segundos interminables. Luego, bajó la vista hacia el torso de Thiago.

—Estás respirando mal. Te agarrás el costado. ¿Qué tenés?

—Costillas fisuradas. Me caí… tuve un accidente anoche.

—¿Podés correr?

—Sí.

—¿Podés chocar?

—Sí.

—¿Podés aguantar el dolor sin llorar?

—Sí.

Gallardo asintió. Se dio vuelta y caminó hacia su pizarra táctica.

—Escuchame bien. El club está presionado. Los sponsors, la dirigencia, hasta la AFA… todos quieren saber qué pasa con vos. Ese alemán de afuera tiene abogados presentando papeles para anular tu contrato por “riesgo médico”. Quieren llevarte.

Thiago sintió frío. Klaus estaba atacando por el lado legal.

—Pero —continuó Gallardo—, yo soy el técnico. Y mientras estés en mi lista, nadie te saca de acá. Pero tengo una regla: no pongo a nadie que no esté al 100%. Y vos estás roto, pibe. Tenés costillas rotas y una rodilla que es una incógnita.

—Puedo jugar, Marcelo. Dame una oportunidad.

Gallardo borró la pizarra con la mano.

—No te voy a dar una oportunidad. Te voy a dar una prueba. Ahora mismo.

—¿Ahora?

—Sí. Los muchachos están en la cancha auxiliar. Vos no vas a ir ahí. Vas a ir al campo principal. Vamos a estar vos, yo, el profe y tres arqueros.

Gallardo se acercó a su cara, invadiendo su espacio personal.

—Vas a patear cien veces al arco. Desde todos los ángulos. Con lluvia, con viento, con dolor. Si metés noventa, jugás el domingo. Si te duele, si rengueás, o si esa máquina tuya falla una sola vez… te vas con el alemán y no volvés más a River. ¿Trato?

Thiago sintió el desafío. Era una locura. Cien tiros con las costillas rotas. Era una tortura física.

Pero era la única salida.

—Trato —dijo Thiago.

Gallardo sonrió por primera vez. Una sonrisa de tiburón.

—Andá a cambiarte. Te quiero en la cancha en cinco minutos. Y decile a tu amigo de metal que se despierte, porque lo voy a exigir al máximo.

Thiago fue hacia su locker.

“Advertencia,” dijo Levi 1.0. “Niveles de integridad física del usuario: 65%. Probabilidad de daño permanente en costillas bajo esfuerzo extremo: Alta. ¿Desea activar bloqueo de dolor neural?”

Thiago se ató los cordones de los botines con fuerza.

—No bloquees nada, Levi. Necesito sentirlo. Si no me duele, no soy humano. Y si no soy humano, Gallardo se va a dar cuenta.

—Vamos —dijo Thiago en voz alta al vestuario vacío—. A matar o morir.

Campo de Juego del Estadio Monumental. 09:45 Horas.

El estadio estaba vacío, pero las tribunas de cemento gris parecían pesar sobre los hombros de Thiago. El silencio era tan absoluto que se escuchaba el viento colándose por las bocas de acceso de la Sívori Alta.

En el arco que da al Río de la Plata, tres arqueros de la Reserva se turnaban bajo los tres palos.

Gallardo estaba parado en el círculo central, con un silbato en la boca y una planilla en la mano.

—Arrancamos —gritó el Muñeco, su voz retumbando en el eco del estadio—. Diez series de diez tiros. Diferentes distancias. Tenés que meter 90. Si errás 11, te vas a tu casa.

Thiago se paró frente a la primera pelota, ubicada en la medialuna del área.

El dolor en las costillas era un cinturón de fuego apretándole el pecho. Cada respiración profunda era una puñalada.

—Levi —pensó—. Solo dame estabilidad en la pierna de apoyo. El disparo lo hago yo.

“Estabilizadores giroscópicos activos. Compensación de viento: Nula. Objetivo: Ángulo superior derecho.”

¡PUM!

El impacto fue seco. La pelota salió como un misil teledirigido y se clavó en el ángulo, inatajable para el arquero juvenil.

—Uno —contó Gallardo, sin emoción.

¡PUM!

—Dos.

¡PUM!

—Tres.

La pierna izquierda de Thiago funcionaba con una perfección aterradora. No se cansaba. No temblaba. El golpe era siempre limpio, siempre con la potencia exacta.

Pero el resto de su cuerpo se desmoronaba.

Para el tiro número 40, Thiago estaba empapado en sudor frío. Su pierna derecha (la humana) empezaba a sentir la fatiga de soportar el peso en los giros. Y las costillas gritaban.

—Cuarenta y ocho… Cuarenta y nueve… Cincuenta —contó Gallardo—. Descanso de un minuto.

Thiago se arrodilló en el pasto, boqueando como un pez fuera del agua. Se llevó la mano al costado derecho. Sentía algo húmedo. Levantó la remera térmica: un hematoma negro y violeta cubría sus costillas, y la piel estaba hinchada.

Gallardo se acercó caminando despacio. Miró el hematoma.

—Te estás rompiendo, pibe —dijo—. ¿Vale la pena?

—Sigo —jadeó Thiago, poniéndose de pie—. Faltan cincuenta.

—Si te desmayás, te saco —advirtió el técnico.

La segunda mitad de la prueba fue una tortura.

“Alerta Crítica,” parpadeó el HUD de Levi en su visión. “Frecuencia cardíaca: 185 lpm. Niveles de cortisol: Extremos. Detectada micro-fractura adicional en la costilla 5 debido a la torsión del torso. Se recomienda abortar.”

—¡Callate y calculá! —gritó Thiago mentalmente.

Tiro 75. Gol. Tiro 82. Palo y afuera. (Primer error).

Gallardo anotó en su planilla.

—Llevás uno errado. Te quedan nueve vidas.

Tiro 88. El arquero la sacó al córner. (Segundo error). Tiro 94. Travesaño. (Tercer error).

El cansancio hacía que Thiago perdiera la concentración. La rodilla mecánica era perfecta, pero su cerebro humano estaba agotado. La coordinación entre el pensamiento y la acción mecánica empezaba a tener “lag”.

Tiro 99.

Thiago puso la pelota en el punto del penal. Era el último. Llevaba 96 goles. Ya había pasado la marca técnica, pero Gallardo lo miraba como si este último tiro definiera todo.

—Última bola —dijo Gallardo—. Imaginate que es el minuto 90 contra Boca. Imaginate que no tenés aire. Imaginate que te duele todo. ¿La metés o te cagás?

Thiago miró al arquero. El pibe estaba fresco, saltando de un lado a otro.

Thiago tomó carrera.

El dolor en las costillas era tan agudo que la visión se le nubló. Vio puntos blancos.

“Probabilidad de desmayo post-impacto: 80%,” dijo Levi. “Sugerencia: Cambiar a modo totalmente automático para garantizar el gol.”

Si Thiago dejaba que Levi tirara, era gol seguro. Pero Gallardo se daría cuenta. La perfección robótica carece de alma.

—No —pensó Thiago—. Lo tiro yo.

Corrió hacia la pelota. Ignoró el dolor. Ignoró a la máquina.

Le pegó con el alma, con bronca, con miedo. No fue un tiro perfecto a la escuadra. Fue un tiro fuerte, al medio, rasante.

El arquero se tiró, pero la potencia le venció las manos. La pelota infló la red.

—Cien —dijo Gallardo.

Thiago no lo escuchó. El mundo giró sobre su eje y el césped se le vino encima. Cayó de rodillas y luego de cara al pasto, respirando con un silbido agónico.

Palco VIP Norte. (Hackeado).

En la tablet de Klaus Von Weber, la transmisión de la cámara de seguridad interna del estadio mostraba a Thiago tirado en el suelo.

Klaus sonrió levemente.

—Magnífico —susurró—. Su cuerpo biológico es débil, pero la integración neural con la prótesis bajo estrés extremo es del 98%.

—¿Eso es bueno? —preguntó su asistente.

—Es inaudito. El dolor humano está actuando como catalizador para el sistema. Cuanto más sufre, más se apoya en la máquina. Está aprendiendo a dejar de ser humano por necesidad.

Klaus cerró la tapa de su tablet.

—Dejen que juegue el domingo. Quiero ver qué pasa cuando le peguen de verdad.

Campo de Juego.

Gallardo se agachó al lado de Thiago. Le puso una mano en el hombro, no como técnico, sino casi como un padre severo.

—Respirá despacio —le ordenó—. Inhalá… exhalá.

Thiago obedeció, tragándose los gemidos de dolor.

—¿Pasé? —preguntó con un hilo de voz.

Gallardo miró hacia el arco, donde la pelota seguía en la red.

—Tenés un cañón en esa pierna, Thiago. Pero lo que me convenció no fue la puntería. Fue el tiro 82.

—¿El que erré? —Thiago lo miró confundido.

—Sí. El que pegó en el palo. Fue el único tiro donde vi que dudaste, donde tuviste miedo. Eso me dice que todavía hay un pibe ahí adentro y no solo un robot de los alemanes.

Gallardo se puso de pie y le tendió la mano para ayudarlo a levantarse.

—Vas a jugar el domingo. Pero escuchame bien: te voy a infiltrar la zona de las costillas hasta que no sientas nada. Vas a jugar vendado como una momia. Y si veo que cuidás la pierna, si veo que tenés miedo de trabar… te saco a los 5 minutos. ¿Entendido?

Thiago se agarró de la mano del Muñeco y se impulsó hacia arriba. Su rodilla mecánica zumbó suavemente, ayudándolo a estabilizarse.

—Entendido, Marcelo.

—Bien. Ahora andá a kinesiología. Decile a Bombicino que te prepare. El domingo es la guerra.

Thiago caminó hacia el túnel. Cada paso era una victoria.

Al entrar en la sombra del túnel de vestuarios, la voz de Levi 1.0 resonó, fría y calculadora.

“Análisis de rendimiento completado. El sujeto ‘Gallardo’ ha sido validado como una autoridad competente. Sin embargo, detecto una anomalía en su patrón de comportamiento.”

—¿Qué anomalía? —pensó Thiago.

“Él sabe que no vas a aguantar 90 minutos. Su estrategia no es usarte para ganar el partido. Su estrategia es usarte de carnada.”

Thiago se detuvo un segundo.

—¿Carnada para quién?

“Para los rivales. Y para Klaus. Gallardo también está jugando su propio ajedrez.”

Thiago sonrió con ironía en la oscuridad del túnel.

—Que jueguen todos —murmuró—. Mientras yo tenga la pelota, el que manda soy yo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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