Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 79
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Capítulo 79: Dolor Silencioso
Sábado. 19:00 Horas. Enfermería de River Camp. Ezeiza.
El olor a alcohol etílico y alcanfor saturaba el aire. Thiago estaba sentado en la camilla, con el torso desnudo. Su lado derecho era un mapa de colores oscuros: violeta, negro y amarillo verdoso, donde las costillas fisuradas gritaban bajo la piel.
Frente a él, el Dr. Santoro preparaba una jeringa con una aguja larga y fina.
—Esto no es una cura, Thiago —advirtió el médico, golpeando la jeringa para sacar las burbujas de aire—. Es un engaño. Vamos a bloquear los nervios intercostales con lidocaína y corticoides. Vas a dejar de sentir el dolor, pero el daño va a seguir ahí.
—No importa —dijo Thiago, mirando la pared blanca—. Solo necesito 90 minutos.
—Si recibís un golpe fuerte en esta zona mañana, podrías perforarte un pulmón y ni te vas a enterar hasta que escupas sangre. ¿Entendés el riesgo?
Thiago asintió.
—Hacelo, Doc.
Santoro suspiró y se acercó.
—Quedate quieto. Va a pinchar.
Thiago cerró los ojos y apretó los dientes. Sintió la aguja penetrar la piel, buscar el espacio entre las costillas y descargar el líquido frío. Fue un ardor agudo, profundo, que le hizo lagrimear los ojos.
“Detectado ingreso de agente químico externo,” reportó Levi 1.0 en su cabeza. “Anestésico local identificado. Inhibición de receptores nociceptivos en proceso. Advertencia: La pérdida de feedback de dolor reduce la capacidad del sistema para prevenir daños catastróficos.”
—Levi, ajustá los sensores de impacto —ordenó Thiago mentalmente—. Si el cuerpo no siente, vos tenés que ser mi alarma.
“Calibrando sensores de vibración ósea. Te avisaré si la integridad estructural de la caja torácica cae por debajo del 40%.”
Santoro retiró la aguja y puso un apósito.
—Listo. En diez minutos vas a sentir esa zona dormida, como si fuera de cartón. Ahora, vamos a vendarte.
El kinesiólogo Bombicino entró con rollos de venda elástica y cinta adhesiva industrial. Empezaron a envolver el torso de Thiago con fuerza, creando una segunda piel rígida para limitar el movimiento de las costillas.
Cuando terminaron, Thiago se miró al espejo.
Tenía el torso vendado como una momia de guerra, y la pierna izquierda brillando con metal y cromo. Parecía menos un jugador de fútbol y más un soldado remendado para su última misión.
—Estás para la foto de una película de terror, pibe —bromeó Bombicino, aunque sin sonreír.
Habitación 204. Concentración.
Thiago compartía habitación con Enzo Fernández. El mediocampista estaba tirado en su cama, mirando el celular, pero el ambiente estaba tenso.
Normalmente, las concentraciones eran momentos de risas, mates y jugar a la Play. Hoy, había un silencio incómodo.
Thiago entró y se sentó en su cama. El vendaje le apretaba, dificultándole respirar hondo.
Enzo dejó el celular y lo miró.
—¿Te duele mucho?
—Ahora no. Me pusieron de todo.
Enzo se sentó en el borde de la cama.
—Che, Thiago… los pibes están hablando.
—¿De qué?
—De vos. De la pierna. —Enzo bajó la voz—. Dicen que en la práctica de hoy a la mañana, cuando pateaste al arco, la pelota hizo un ruido raro. Como si fuera un balazo. Y el arquero de la reserva… dicen que le quedó la mano hinchada de solo intentar atajarla.
Thiago miró sus manos.
—Tengo fuerza, Enzo. Eso es todo.
—No es solo fuerza, boludo. Es antinatural. —Enzo lo miró a los ojos, con preocupación genuina—. Escuchame bien. Mañana jugamos contra Estudiantes de La Plata. Son mañeros. Son duros. Si ven que tenés una máquina ahí abajo, te van a ir a buscar. No a la pelota, a la máquina. Van a querer ver si se rompe.
—Que vengan —dijo Thiago, con una frialdad que sorprendió a su compañero—. Si me pegan en la izquierda, se van a romper ellos.
Enzo se tiró hacia atrás en la cama, mirando el techo.
—Ese es el problema, Thiago. Ya no hablás como vos. Hablás como si fueras de hierro. No pierdas la cabeza, amigo. Te necesitamos lúcido, no en modo Terminator.
El zumbido suave de la rodilla de Thiago llenó el silencio de la habitación. Era un sonido constante, rítmico, que recordaba que, aunque Thiago durmiera, una parte de él siempre estaba despierta.
Sala de Video. 21:00 Horas.
Gallardo entró a la sala oscura donde todo el plantel estaba sentado frente a la pantalla gigante.
—Bien, señores —dijo el Muñeco, con su tono habitual de autoridad—. Mañana es un partido clave. Pero no es un partido normal. Tenemos una situación especial.
Gallardo encendió el proyector. En la pantalla apareció una foto táctica del equipo rival: Estudiantes.
—Ellos saben lo de Thiago —dijo Gallardo, señalando al pizarrón—. Todo el país sabe lo de Thiago. Saben que está herido en las costillas y saben que tiene una pierna… especial.
El técnico miró a Thiago, sentado en el fondo.
—Zielinski (el técnico de Estudiantes) no es tonto. Va a poner doble marca sobre Thiago. Va a mandar a su 5, al “Corcho” Rodríguez, a respirarle en la nuca. Y van a intentar golpearlo en las costillas para sacarlo del partido en los primeros 15 minutos.
Hubo un murmullo en la sala.
—Por eso —continuó Gallardo—, nuestra estrategia cambia.
Gallardo dibujó un círculo rojo alrededor de Thiago en la pantalla y luego trazó flechas… alejándose de él.
—Thiago, mañana no sos el goleador. Mañana sos el señuelo.
Thiago frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Te vas a parar de 9, bien metido entre los centrales. Vas a pedir todas las pelotas. Pero no vas a girar. No vas a encarar. Vas a tocar de primera hacia atrás o hacia los costados. Quiero que atraigas toda la atención, toda la violencia y toda la marca hacia vos.
Gallardo miró a Julián Álvarez y a De la Cruz.
—Cuando Thiago arrastre a los tres defensores que van a estar obsesionados con romperlo, los espacios van a aparecer por las bandas. Julián, vos vas a entrar por el vacío que deje Thiago. Nicolás, vos vas a rematar de afuera cuando la defensa se cierre sobre él.
El plan era cruel pero brillante. Usar la fama, el miedo y la amenaza tecnológica de Thiago para desordenar al rival, sacrificando su brillo personal para el bien del equipo.
—Thiago —dijo Gallardo—, tu trabajo es aguantar. Aguantar los golpes, aguantar la presión y soltar la bola rápido. Solo vas a patear al arco si estás mano a mano y no te queda otra. ¿Entendido?
Thiago sintió una mezcla de frustración y respeto. Gallardo no lo iba a usar como superhéroe; lo iba a usar como pieza de ajedrez.
—Entendido, Marcelo.
—Bien. A dormir todos. Mañana quiero once leones. Y vos, Thiago… —Gallardo apagó el proyector—. Mañana quiero que esa rodilla sea un escudo, no una espada.
Domingo. 17:00 Horas. Túnel de Vestuarios. Estadio Monumental.
El ruido de 72.000 personas bajaba por la escalera de cemento como una avalancha física. “¡River, mi buen amigo…!”
Thiago estaba parado en la fila, detrás del capitán Enzo Pérez. Su mirada estaba fija en la nuca de su compañero. No miraba a los costados.
A su izquierda, la fila de jugadores de Estudiantes de La Plata lo observaba con una mezcla de curiosidad y hostilidad. El equipo “Pincha” tenía fama de ser rudo, mañero, de jugar al límite del reglamento.
Un defensor central de Estudiantes, alto y con cara de pocos amigos, se inclinó hacia él.
—Dicen que sos de fierro, nene —susurró el rival, masticando chicle con la boca abierta—. Vamos a ver si te bancás una patada de verdad o si se te saltan los tornillos.
Thiago no respondió.
“Amenaza verbal detectada,” analizó Levi 1.0. “Sujeto identificado: Defensor central agresivo. Historial de 12 tarjetas amarillas en la temporada. Probabilidad de agresión física en los primeros 5 minutos: 94%.”
—Que pegue —pensó Thiago—. No siento nada.
El árbitro dio la orden. Los equipos salieron a la cancha.
El estadio estalló. Papelitos, humo rojo y blanco, y un rugido que hizo vibrar el suelo. Pero esta vez, las cámaras de TV no enfocaron a Gallardo ni a Enzo Pérez. Todas las lentes apuntaban a las piernas de Thiago, cubiertas por las medias altas, buscando el bulto del metal.
Primer Tiempo. Minuto 5.
El partido comenzó trabado, áspero.
Gallardo no había mentido. Estudiantes salió a cazar.
Thiago recibió la primera pelota de espaldas al arco, en el círculo central. Inmediatamente, sintió el impacto. El “Corcho” Rodríguez se le tiró encima, clavándole la rodilla en la espalda baja, justo debajo de la zona anestesiada.
Thiago ni se movió.
Su rodilla izquierda se ancló al césped. Los pistones hidráulicos se bloquearon, convirtiéndolo en una estatua de granito. El jugador de Estudiantes rebotó contra él como si hubiera chocado contra un poste de luz.
Thiago tocó de primera hacia la derecha, habilitando a Simón.
—¡Bien, Thiago, soltala! —gritó Gallardo desde el banco.
La jugada terminó en un centro que Julián Álvarez casi conecta. El plan funcionaba: Thiago atraía a las moscas, y los demás comían.
Minuto 15.
La cacería se intensificó.
Thiago volvió a recibir, esta vez más cerca del área. Antes de que pudiera controlar, un defensor de Estudiantes se lanzó al piso con los tapones de punta. Iba directo al tobillo izquierdo. Al metal.
“Alerta de impacto inminente,” advirtió Levi. “Tiempo de reacción insuficiente para esquivar. Iniciando protocolo de rigidez máxima.”
¡CLANK!
El sonido no fue de carne y hueso. Fue el ruido seco de los tapones de plástico duro golpeando contra una aleación de titanio y fibra de carbono.
El defensor de Estudiantes gritó y rodó por el piso, agarrándose el pie.
Thiago se quedó parado, mirando la pelota que había quedado muerta a sus pies. El árbitro corrió hacia la jugada, pitando falta… a favor de River.
El defensor rival se levantó rengueando, mirando a Thiago con ojos desorbitados.
—¡Árbitro! —gritó el jugador de Estudiantes—. ¡Es como patear una pared! ¡Me rompió el dedo! ¡Tiene canilleras de plomo este pibe!
El árbitro, confundido, miró las medias de Thiago.
—Juegue, juegue —dijo el juez, aunque se lo notaba nervioso—. No hubo intención.
Thiago sintió un escalofrío. No había sentido el golpe. Nada. Ni una vibración. La anestesia en las costillas y la falta de nervios en la prótesis lo hacían sentir invulnerable.
Pero Levi tenía otra opinión.
“Informe de estado: El impacto fue de 1200 Newtons. La estructura está intacta. Sin embargo, la fuerza se transmitió hacia arriba. Tus costillas fisuradas (zona biológica) recibieron una sacudida por reverberación. Aunque no sientas dolor por la droga, el tejido se está estresando.”
—Ignorar —ordenó Thiago.
Minuto 32.
River dominaba, pero no podía quebrar el cero. Estudiantes, frustrado por no poder tumbar al “robot”, empezó a jugar sucio.
En un córner a favor de Estudiantes, el área de River era un campo de batalla.
Thiago bajó a defender. Estaba marcando en zona en el primer palo.
El centro vino llovido. Thiago saltó.
Sus pistones liberaron la energía acumulada. El salto fue prodigioso. Le sacó cabeza y media a todos los demás. Despejó la pelota con la frente hacia el mediocampo.
Pero al caer, un rival lo empujó en el aire.
Thiago perdió el equilibrio. Cayó pesadamente de costado.
¡Crrrac!
El golpe contra el césped fue brutal. Todo el peso de su cuerpo (más el peso extra de la pierna metálica) cayó sobre su lado derecho. El lado de las costillas.
Thiago se levantó de un salto, como un resorte.
—¡Sigan! —gritó, corriendo para salir del área.
No le dolía. La lidocaína hacía su trabajo. Se sentía perfecto.
Pero en el banco de suplentes, el Dr. Santoro se puso pálido.
—Marcelo… —dijo el médico, agarrando el brazo de Gallardo—. Mirá cómo corre.
—Corre bien —dijo Gallardo, sin sacar la vista de la cancha.
—No, mirá el torso. Está inclinado hacia la izquierda. Está compensando inconscientemente. Ese golpe… si no tuviera anestesia, estaría gritando en el piso. Se está rompiendo por dentro, Marcelo.
Gallardo apretó la mandíbula.
—Faltan 10 minutos para el entretiempo. Que aguante.
En la cancha, Thiago sentía un sabor metálico en la boca. Se pasó la lengua por los labios.
—Levi, ¿qué es este gusto?
“Análisis de saliva: Trazas de hemoglobina. Sangre. Diagnóstico probable: La costilla 5 se ha desplazado levemente, rozando la pleura pulmonar. Nivel de peligro: Crítico.”
—¿Puedo seguir?
“Físicamente, sí. Biológicamente, te estás desangrando internamente a un ritmo lento. Si recibís otro impacto directo en la zona torácica, el pulmón colapsará.”
Thiago escupió al pasto. La saliva salió rosada.
Miró el reloj gigante del estadio. 38 minutos. El partido iba 0-0.
Julián Álvarez recibió una pelota por la banda derecha, aprovechando que dos defensores seguían pegados a Thiago. Julián levantó la cabeza y lo vio a Thiago entrando al área por el centro.
Era el pase de la muerte.
—¡Thiago! —gritó Julián, y le tiró el centro rasante.
La pelota venía perfecta para la pierna izquierda. Para el cañón.
Pero también venían dos defensores de Estudiantes a cerrar, tirándose con los pies hacia adelante, dispuestos a todo.
Era el momento de la verdad. Patear y recibir el impacto que podría perforarle el pulmón, o dejar pasar la pelota y salvarse.
El tiempo pareció detenerse.
“Cálculo de riesgo: 99% de lesión grave,” gritó Levi en su mente. “¡ABORTAR! ¡SALTAR!”
Thiago miró la pelota. Miró el arco.
—Ni en pedo —pensó.
Y armó la pierna para el remate.
Estadio Monumental. Minuto 39 del Primer Tiempo.
La pelota cruzó el área chica girando sobre su eje. Thiago armó el disparo. Los dos defensores de Estudiantes se lanzaron en una barrida suicida, formando una tijera de carne y hueso destinada a triturar lo que encontraran a su paso.
Thiago no cerró los ojos.
—¡Fuego! —gritó en su mente.
“Potencia al 100%. Amortiguación desactivada para maximizar transferencia de energía.”
La pierna biónica impactó el balón una fracción de segundo antes de que los defensores impactaran a Thiago.
¡Boooooom!
El sonido fue aterrador. No sonó como un remate de fútbol; sonó como una colisión vehicular. La pelota salió disparada a una velocidad invisible para el ojo humano, deformándose por la violencia del golpe.
El arquero de Estudiantes ni siquiera levantó las manos. Solo escuchó el zumbido junto a su oreja y luego el estallido de la red detrás de él.
¡GOL!
El Monumental explotó en un solo grito de éxtasis.
Pero Thiago no salió corriendo a festejar.
En el momento del disparo, los tapones de los defensores lo habían golpeado en la cadera y, fatalmente, en el costado derecho del torso. La inercia del choque lo levantó por el aire y lo hizo caer pesadamente sobre el césped.
Thiago intentó levantarse para gritar el gol. Abrió la boca.
Pero no salió sonido. Salió un chorro de sangre caliente y oscura que manchó el pasto verde.
El estadio seguía gritando, las banderas se agitaban, la música sonaba. Nadie se daba cuenta. Para la tribuna, el ídolo estaba tirado por la emoción del gol.
Julián Álvarez corrió para abrazarlo.
—¡Golaaaazo, animal! ¡Te dije que…!
Julián se frenó en seco cuando llegó al lado de Thiago. Vio la sangre en la barbilla. Vio los ojos de Thiago vidriosos, mirando al cielo sin enfocar.
—¡Médico! —gritó Julián, agitando los brazos desesperadamente—. ¡MÉDICO, CARAJO!
El árbitro detuvo el juego al ver la desesperación de Álvarez. El silencio cayó sobre el estadio como un manto pesado, extendiéndose desde el campo hacia las tribunas altas.
Gallardo no esperó la autorización. Saltó del banco y corrió hacia la cancha, seguido por el Dr. Santoro y Bombicino.
Llegaron donde estaba Thiago.
El pibe respiraba con un gorgoteo horrible. Cada inhalación era una lucha.
—Me… me quemá… —balbuceó Thiago, agarrándose el pecho. La anestesia ya no podía tapar el colapso mecánico de su cuerpo.
—Neumotórax —diagnosticó Santoro al instante, viendo cómo se hinchaban las venas del cuello de Thiago—. El pulmón colapsó. Se está ahogando en su propia sangre. ¡Camilla! ¡Rápido!
Gallardo se arrodilló y le agarró la mano. Estaba helada.
—Hiciste el gol, pibe. Hiciste el gol —le dijo el Muñeco, con la voz quebrada—. Ahora descasá. Ya está. Ya cumpliste.
Thiago intentó sonreír, pero solo salió una mueca roja.
“Alerta de sistema,” parpadeó Levi 1.0, visible solo para Thiago. “Niveles de oxígeno en sangre críticos: 82%. Iniciando protocolo de emergencia: Reduciendo consumo energético de la prótesis a cero. Apagando…”
La pierna de metal se quedó inerte, pesada, muerta.
Los camilleros lo subieron con cuidado. Mientras lo sacaban del campo, 72.000 personas empezaron a corear su nombre, suavemente al principio, y luego como un trueno de respeto y miedo.
“¡Olé, olé, olé, olé… Thia-go… Thia-go!”
Thiago escuchó el canto mientras su visión se cerraba en un túnel negro. Lo último que vio antes de desmayarse fue la luz de los reflectores, que le parecían las luces del quirófano de Klaus.
Túnel de Vestuarios. Zona Mixta.
Lo sacaron corriendo hacia la ambulancia estacionada en la boca del túnel.
Pero antes de que pudieran subirlo, un hombre de traje gris se interpuso en el camino, acompañado por dos paramédicos privados que llevaban equipos de alta tecnología.
Era Klaus Von Weber.
—¡Alto! —ordenó Klaus con autoridad—. Ese paciente está bajo contrato de supervisión biomédica de Weber BioTech. Su condición requiere equipo que la ambulancia municipal no tiene.
El Dr. Santoro se le plantó enfrente, con el ambo manchado de la sangre de Thiago.
—¡Salí del medio, alemán! ¡Tengo que llevarlo al Finochietto o se muere!
—Si lo lleva a un hospital normal, no sabrán cómo manejar la interacción de los fármacos con la interfaz neural —dijo Klaus, frío como el hielo—. Si entra en paro cardíaco y usan un desfibrilador común, van a freírle el cerebro a través de la conexión de la pierna. ¿Quiere ser responsable de eso, doctor?
Santoro dudó. La lógica médica de Klaus era irrefutable, aunque sus intenciones fueran oscuras.
Gallardo llegó corriendo desde el campo, con la mirada inyectada en sangre.
—¡¿Qué pasa?! ¡Subanlo ya!
—El Sr. Weber dice que solo él puede estabilizarlo —dijo Santoro, desesperado.
Gallardo miró a Thiago, que estaba gris en la camilla, inconsciente. Miró a Klaus, que esperaba con una calma depredadora.
Era la decisión más difícil de su vida. Entregarlo al diablo para salvarle la vida, o arriesgarse a que muriera en manos de médicos que no entendían lo que Thiago era ahora.
—Salvalo —gruñó Gallardo, señalando a Klaus—. Subilo a tu ambulancia. Pero yo voy con él. Y si le hacés algo raro, te juro que no salís vivo de Argentina.
Klaus sonrió levemente.
—Trato hecho.
Los paramédicos de Weber tomaron el control. Conectaron a Thiago a un respirador portátil negro y brillante, muy diferente a los estándar. Lo subieron a una unidad de terapia intensiva móvil blindada que esperaba junto a la ambulancia del club.
Las puertas se cerraron.
Gallardo subió de un salto. Klaus subió detrás.
La sirena aulló. La unidad móvil aceleró, saliendo del estadio y rompiendo la barrera de periodistas.
En el campo de juego, el partido se reanudó en un clima funeral. River ganaba 1-0. Pero nadie estaba festejando.
Interior de la Unidad Móvil de Weber.
Thiago estaba conectado a múltiples monitores. Su pecho subía y bajaba rítmicamente gracias al ventilador mecánico.
Klaus tecleaba en una tablet, ajustando parámetros.
—El pulmón se puede drenar y reparar —dijo Klaus, sin mirar a Gallardo—. Eso es carpintería básica. Lo fascinante es esto.
Giró la pantalla hacia Gallardo. Mostraba un gráfico de barras rojas que habían alcanzado un pico imposible en el momento del gol.
—¿Qué es eso? —preguntó Gallardo.
—Sincronización —dijo Klaus, admirado—. En el momento del impacto, Thiago ignoró su instinto de supervivencia biológico para priorizar el objetivo de la máquina. Su cerebro y mi procesador actuaron como uno solo. Ya no hay rechazo, Marcelo. Hay fusión.
Gallardo miró a su jugador, dormido y roto.
—Es un pibe de 20 años, enfermo. No es un arma.
—Ya no —corrigió Klaus—. Ahora es el prototipo perfecto. Y gracias a ese gol, el mundo entero lo vio. Acaba de validarme ante todos mis inversores. Su sacrificio ha sido muy… rentable.
Gallardo apretó los puños, conteniéndose para no golpearlo dentro de la ambulancia en movimiento.
Thiago dormía, ajeno a todo. En la oscuridad de su inconsciencia, Levi 1.0 seguía procesando datos, aprendiendo, evolucionando. La IA había entendido algo nuevo ese día: El dolor humano no es un error del sistema; es un combustible.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com