Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 80
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Capítulo 80: La Jaula de Cristal
Lunes. 11:00 Horas. Clínica Privada “Weber BioTech”. Piso 40. Puerto Madero.
Lo primero que notó Thiago fue el silencio.
No era el silencio tranquilo de una siesta, sino un silencio artificial, presurizado, como el interior de un avión. Abrió los ojos y la luz blanca le quemó las retinas. Parpadeó varias veces hasta que el entorno cobró forma.
Paredes de vidrio. Muebles minimalistas blancos. Una pantalla gigante que ocupaba toda una pared mostrando signos vitales. Y más allá del vidrio, la ciudad de Buenos Aires a sus pies, lejana e inalcanzable.
Intentó incorporarse.
—Quieto —dijo una voz metálica en su cabeza.
“Calibración de sistema biológico en proceso. Tejido pulmonar reparado con sellador de fibrina y nanobots de regeneración acelerada. Capacidad respiratoria actual: 85%. No fuerces el tórax.”
—Levi —pensó Thiago, aliviado de no estar solo—. ¿Dónde estamos?
“Ubicación: Sede corporativa de Weber BioTech. Nivel de seguridad: Máximo. Estado legal del usuario: Paciente bajo custodia médica intensiva.”
Thiago miró su pecho. Ya no había vendas manchadas de sangre. Llevaba una bata gris de seda tecnológica. Al levantar la sábana, vio su pierna izquierda.
Estaba conectada a un puerto de diagnóstico grueso, con cables de fibra óptica que pulsaban con luz azul. Estaba “enchufado” a la pared.
La puerta de la habitación se deslizó con un susurro neumático.
Klaus Von Weber entró. Traía una tablet en una mano y una manzana verde en la otra. Parecía descansado, triunfante.
—Bienvenido de vuelta, Lázaro —dijo Klaus, dándole un mordisco crujiente a la manzana—. Nos diste un susto interesante ayer.
—¿Dónde está Gallardo? —preguntó Thiago. Su voz sonaba rasposa, débil.
Klaus se acercó a los pies de la cama y revisó los monitores.
—El Sr. Gallardo es un hombre muy… pasional. Estuvo aquí toda la noche gritándole a mis recepcionistas y a mis abogados.
—Quiero verlo.
—Y lo verás. Pero ahora está durmiendo en la sala de espera del piso de abajo. Le dimos un sedante suave en el café. Estaba demasiado alterado y eso no ayuda a tu recuperación.
Thiago intentó arrancar los cables de su pierna.
—¡Me quiero ir!
—No te vas a ir —dijo Klaus, sin levantar la voz—. Y no porque yo te tenga secuestrado, Thiago. Sino porque si te desconectás de ese servidor ahora mismo, tu pierna se bloquea. Y si salís por esa puerta, te morís de una infección pleural en tres horas.
Klaus dejó la manzana en la mesa de luz y se inclinó sobre él, apoyando las manos en la baranda de la cama.
—Te salvé la vida, Thiago. Ese médico de cuarta que tenés en River te hubiera puesto un tubo de drenaje y te hubiera tenido internado un mes. Yo sellé tu pulmón con tecnología que la FDA ni siquiera sabe que existe. En tres días vas a estar corriendo.
—¿Para qué? —escupió Thiago—. ¿Para ser tu rata de laboratorio?
Klaus soltó una carcajada seca. Tocó la pantalla de la pared y la imagen de los signos vitales cambió por un video.
Era el gol.
Se veía desde diez ángulos distintos. El impacto. La potencia. La red estirándose hasta casi romperse. Y luego, la repetición en cámara lenta: el momento exacto donde la pierna de metal brillaba bajo el sol justo antes de golpear la pelota.
—No sos una rata, Thiago. Sos el producto más valioso del planeta.
Klaus deslizó el dedo y mostró otra cosa: titulares de noticias de todo el mundo.
CNN: “El Cyborg de River: ¿El fin del deporte humano?”
ESPN: “La FIFA convoca reunión de emergencia por el caso Arenas.”
BILD (Alemania): “Tecnología alemana conquista el fútbol argentino.”
TechCrunch: “Las acciones de Weber BioTech suben un 14% tras el gol en el Monumental.”
—¿Ves esto? —dijo Klaus, con los ojos brillando de codicia—. Ya no tenemos que escondernos. El secreto se terminó. El mundo vio lo que podés hacer. La mitad está aterrorizada, pero la otra mitad… la otra mitad quiere comprar lo que vos tenés.
Thiago miró la pantalla, horrorizado. Había dejado de ser un jugador de fútbol. Ahora era un debate ético global.
—Me van a prohibir jugar —susurró Thiago—. La FIFA me va a echar de por vida.
—Ese es el miedo hablando —dijo Klaus—. La FIFA es un negocio, Thiago. Y vos sos el show más grande del momento. No te van a echar. Te van a regular. Y ahí es donde entro yo.
Klaus se acomodó la corbata.
—Tengo un ejército de abogados negociando con Zúrich ahora mismo. Vamos a plantear que tu prótesis es una “necesidad médica”, no una ventaja deportiva. Vamos a decir que sin ella sos un discapacitado, y que prohibirte jugar es discriminación.
Thiago entendió la jugada. Klaus iba a usar los derechos humanos para justificar su trampa tecnológica.
—¿Y qué querés de mí? —preguntó Thiago.
—Quiero que dejes de pelear —dijo Klaus—. Quiero que aceptes tu naturaleza. River Plate no puede protegerte. Gallardo no puede protegerte. Solo yo puedo mantenerte en la cancha.
En ese momento, la voz de Levi 1.0 interrumpió los pensamientos de Thiago.
“Alerta de seguridad. Intento de acceso externo detectado en mi núcleo lógico.”
—¿Qué pasa? —pensó Thiago.
“La conexión por cable. No solo me está cargando energía. Está intentando reescribir mis protocolos de obediencia. Klaus está intentando borrar tu acceso de administrador y quedarse con el control total de la articulación.”
Thiago miró el cable azul conectado a su pierna. Klaus lo estaba hackeando físicamente mientras le sonreía.
—Desconectate, Levi —ordenó Thiago.
“No puedo. El bloqueo es físico.”
Thiago miró a Klaus. El alemán sonrió.
—Veo que tu amigo digital se dio cuenta —dijo Klaus—. Sí, Thiago. Estoy actualizando el firmware. A partir de ahora, Levi ya no te va a obedecer a vos por encima de mí. Vamos a ser socios… pero yo soy el socio mayoritario.
Thiago sintió una furia fría. Con la mano derecha, agarró la bandeja de metal con instrumental médico que estaba al lado de la cama y la revoleó con todas sus fuerzas contra el vidrio blindado de la pared.
¡CLANG!
El ruido fue estruendoso. Klaus ni se inmutó.
—Guardá esa energía para la rehabilitación —dijo Klaus, dándose la vuelta para irse—. Descansá. Mañana tenemos una conferencia de prensa. Vamos a presentarte al mundo, oficialmente, como el primer atleta híbrido de la historia.
Klaus salió y la puerta se cerró. El silencio volvió a presurizar la habitación.
Thiago estaba solo. Su pulmón estaba sano, pero su mente estaba atrapada. Y su pierna, su herramienta, estaba siendo reprogramada lentamente para dejar de ser suya.
—Gallardo… —murmuró Thiago, mirando hacia el piso de abajo a través del vidrio—. Sacame de acá.
Lunes. 14:30 Horas. Sala de Espera VIP. Planta Baja.
Marcelo Gallardo abrió los ojos sobresaltado.
Su reloj marcaba las dos y media de la tarde. Lo último que recordaba era haber aceptado un café “cortesía de la casa” de una secretaria rubia a las 10 de la mañana.
Sentía la boca pastosa y un dolor punzante en la sien.
—Hijos de puta —murmuró, frotándose la cara. Lo habían sedado. A él. Al técnico de River Plate.
Se levantó de golpe. El sillón de cuero italiano crujió. La recepcionista, detrás de un mostrador de mármol negro, lo miró con una sonrisa ensayada.
—Buenos días, Sr. Gallardo. ¿Descansó bien? El Dr. Weber sugirió que necesitaba reponer energías después del estrés del partido.
Gallardo caminó hacia el mostrador, apoyando las manos con fuerza sobre el mármol.
—Quiero ver a Thiago. Ahora.
—Lo siento, señor —respondió ella sin perder la sonrisa—. El paciente Arenas está en un procedimiento delicado de calibración neuronal. No se permiten visitas hasta mañana por la mañana.
Gallardo miró hacia los ascensores. Había dos guardias de seguridad parados frente a las puertas de metal. No eran los típicos guardias de shopping; eran tipos anchos, con trajes que les quedaban chicos en los hombros y auriculares en la oreja. Ex militares o mercenarios.
—Esto es un secuestro —dijo Gallardo.
—Es un tratamiento médico privado firmado por el tutor legal temporal, que según la cláusula 4B del contrato de Weber BioTech, es la propia empresa en casos de “emergencia vital”.
Gallardo entendió. Legalmente, estaban blindados. Físicamente, era una fortaleza.
Sacó su celular. Tenía cinco llamadas perdidas del Presidente del Club y diez mensajes de periodistas.
Ignoró todo y salió del edificio. El aire fresco del río le pegó en la cara, ayudándolo a despejar la niebla del sedante.
Estacionamiento de Visitas. 14:45 Horas.
Mendieta estaba sentado en el cordón de la vereda, fumando un cigarrillo con nerviosismo, al lado de su Corsa abollado (que había logrado estacionar entre Audis y BMWs).
Cuando vio salir a Gallardo, tiró el pucho y corrió hacia él.
—¡Muñeco! ¿Qué pasó? Me echaron hace tres horas. Dicen que mi credencial de representante “no tiene validez en esta jurisdicción sanitaria”. ¡Me boludearon en alemán!
—A mí me durmieron, Mendieta. Literalmente.
Gallardo miró hacia arriba, hacia la torre de cristal que brillaba bajo el sol. Contó los pisos. Cuarenta.
—Thiago está ahí arriba —dijo Gallardo—. Y me juego lo que no tengo a que Klaus le está haciendo algo a la cabeza, no al pulmón.
—¿Y qué hacemos? —Mendieta se agarró la cabeza—. Si vamos a la policía, los abogados de estos tipos nos comen crudos. Tienen comprada a media justicia.
Gallardo miró el edificio. Su mente táctica, la misma que desarmaba defensas rivales en la Libertadores, empezó a buscar los puntos débiles de la estructura.
—No podemos entrar por la puerta. No podemos llamar a la policía. Y no tenemos tiempo para un recurso de amparo.
Gallardo miró a Mendieta.
—Llamalo a tu primo.
—¿Al Beto? —Mendieta parpadeó—. ¿Para qué?
—Dijiste que es un genio de las computadoras, ¿no? Que hackeó la transmisión del noticiero.
—Sí, pero esto es Weber BioTech, Marcelo. Deben tener firewalls de la NASA.
—Llamalo.
Mendieta sacó su celular (con la pantalla astillada) y marcó. Puso el altavoz.
—¿Qué hacé, primo? —sonó la voz ronca del Beto entre ruidos de cumbia—. ¿Ya lo sacaron al pibe?
—Estamos en eso —intervino Gallardo—. Escuchame bien, Beto. Soy Gallardo.
Hubo un silencio religioso del otro lado de la línea.
—¡Uh, disculpe, Maestro! ¡Es un honor! ¡Yo lo tengo tatuado en la pantorrilla!
—Gracias, Beto. Necesito tu ayuda. Thiago está conectado a un servidor en el piso 40. Le están reescribiendo el software a la fuerza. Necesito que cortes esa conexión.
—Mmm… complicado, Muñeco. Si es por cable directo, no puedo entrar desde afuera. Es un circuito cerrado. Para hackearlo tendría que estar enchufado a la misma red eléctrica del edificio.
Gallardo miró la torre.
—¿Y si cortamos la luz?
—Tienen generadores de respaldo, seguro. Si cortás la luz de calle, los generadores arrancan en 0,5 segundos. No sirve.
Gallardo se mordió el labio. Necesitaba interrumpir la transferencia de datos. Aunque sea por un minuto. Lo suficiente para que Levi se reiniciara o bloqueara el acceso externo.
—Beto —dijo Gallardo—, ¿qué pasa si saturamos la red de antenas de la zona? ¿Si creamos tanto ruido digital que los sistemas de seguridad se confundan?
—Eso es otra cosa… —El Beto pareció interesarse—. Si saturamos el espectro, los sistemas inalámbricos de seguridad entran en modo “fail-safe” (a prueba de fallos). Por protocolo, muchas puertas electrónicas se destraban para evitar dejar gente encerrada en caso de incendio o ataque.
—¿Podés hacerlo?
—Desde Fuerte Apache no. Necesito estar cerca. Necesito estar ahí abajo.
Gallardo miró a Mendieta.
—Andá a buscarlo. Traelo acá con su mejor computadora.
—¿Y vos qué vas a hacer, Muñeco? —preguntó Mendieta.
Gallardo se aflojó el nudo de la corbata y se arremangó la camisa.
—Yo voy a crear una distracción. Voy a darle a Klaus lo que tanto quiere: un espectáculo mediático.
Piso 40. Habitación de Thiago.
Thiago sentía que su mente se fragmentaba.
El proceso de reescritura estaba al 65%.
“Advertencia,” la voz de Levi sonaba distorsionada, como una radio mal sintonizada. “Protocolos de lealtad… corruptos. Nuevo administrador asignado: Klaus V. Weber. Ejecutando borrado de memoria emocional… Error… Resistencia detectada.”
Thiago sudaba frío. No era dolor físico. Era como si le estuvieran borrando los recuerdos de quién era. Sentía que se olvidaba de cómo se sentía hacer un gol, de la cara de su vieja, del olor del pasto.
—¡Salí de mi cabeza! —gritó Thiago, golpeándose el casco imaginario.
Klaus, sentado en un sillón leyendo noticias en su tablet, ni siquiera levantó la vista.
—No luches, Thiago. Es más fácil si te dejás llevar. Estamos eliminando las dudas, los miedos… las ineficiencias humanas. Vas a ser perfecto.
En la pantalla de la pared, la barra de progreso avanzó.
[PROGRESO: 68%]
De repente, el teléfono de escritorio de la habitación sonó. Una luz roja parpadeó.
Klaus suspiró, molesto. Atendió.
—Dije que no me molesten.
—Señor Weber —dijo la voz tensa del jefe de seguridad—. Tiene que ver la entrada principal. Ahora.
Klaus frunció el ceño. Se levantó y caminó hacia el ventanal que daba a la calle. Miró hacia abajo, cuarenta pisos.
No podía ver los detalles, pero veía una multitud. Y veía luces de cámaras de televisión. Muchas.
—¿Qué está pasando?
—Es Gallardo, señor. Convocó a una conferencia de prensa improvisada en la puerta de nuestra clínica. Están todos los medios: Fox, TyC, Telefe… Está diciendo que tenemos secuestrado a un jugador de la Selección.
Klaus apretó el teléfono hasta que el plástico crujió.
—Sáquenlo de ahí.
—No podemos. Está en la vereda pública. Y… la gente está llegando. Los hinchas de River están llegando.
Klaus miró la barra de progreso. 70%. Faltaban al menos veinte minutos para completar la reescritura total.
—Maldito técnico de pueblo —siseó Klaus.
Se dio vuelta hacia Thiago.
—Parece que tu entrenador quiere jugar al ajedrez. Muy bien. Voy a bajar a destrozarlo en vivo y en directo.
Klaus sacó una llave magnética de su bolsillo y la pasó por el panel de control de la pierna de Thiago.
—El sistema queda en automático. Nadie puede detener la carga. En veinte minutos, sos mío para siempre.
Klaus salió de la habitación, cerrando con doble traba de seguridad.
Thiago quedó solo, mirando la barra que avanzaba inexorablemente hacia el final de su libertad.
[PROGRESO: 71%]
Lunes. 15:10 Horas. Entrada de Weber BioTech. Puerto Madero.
El Dr. Klaus Von Weber salió por las puertas giratorias de cristal como un emperador bajando a la arena. Los flashes de las cámaras estallaron en su cara, pero él ni parpadeó.
Frente a él, Marcelo Gallardo estaba parado sobre un banco de plaza, rodeado de periodistas y un grupo creciente de hinchas de River que habían llegado alertados por las redes sociales.
—¡Ahí está el carcelero! —gritó Gallardo, señalando a Klaus.
Klaus tomó un micrófono que le ofreció un asistente y sonrió con una calma exasperante.
—Señor Gallardo, por favor. Está haciendo el ridículo. Thiago Arenas está recibiendo el mejor tratamiento médico del mundo. Usted, en su egoísmo, quiere sacarlo a la calle y arriesgar su vida por un partido de fútbol.
—No es por un partido —replicó Gallardo, bajando del banco y encarando a Klaus—. Es porque sé que le estás lavando la cabeza. ¡Dejá que baje! ¡Si está tan bien, que baje y hable él!
—No está en condiciones…
—¡Mentira! —rugió la multitud.
Mientras Klaus y Gallardo intercambiaban golpes verbales, un Corsa gris con el caño de escape atado con alambre entró al estacionamiento lateral, pasando desapercibido en el caos.
Estacionamiento Lateral.
Mendieta frenó de golpe. El Beto, en el asiento del acompañante, tenía una laptop sobre las rodillas y una antena casera hecha con una lata de papas fritas y cables de cobre asomando por la ventanilla.
—¿Estás seguro de que esto funca, Beto? —preguntó Mendieta, sudando.
—Primo, esto es un inhibidor de frecuencia de amplio espectro mezclado con un saturador de paquetes de datos. Básicamente, voy a gritarle digitalmente al edificio tan fuerte que se va a tapar los oídos.
El Beto tecleó furiosamente.
—Estoy buscando la red de seguridad… ¡Bingo! “Weber_Sec_Level1”. Tienen encriptación militar, pero cometieron un error de novatos.
—¿Cuál?
—Conectaron los sensores de incendio a la misma red inalámbrica para monitoreo remoto. Si hago saltar la alarma de incendio digital, el protocolo de seguridad desbloquea las puertas magnéticas por ley.
—¡Hacelo!
El Beto presionó ENTER.
Piso 40. Habitación de Thiago.
La barra de progreso en la pared marcaba 92%.
Thiago estaba de rodillas en la cama, agarrándose la cabeza. La voz de Levi ya no era una voz; era ruido estático. Sus recuerdos se estaban borrando. Ya no recordaba la cara de su primer entrenador. La imagen del gol de ayer se veía borrosa, como una foto vieja.
“Sobrescribiendo partición de personalidad… 93%… 94%…”
—¡No! —gritó Thiago—. ¡Soy Thiago Arenas! ¡Juego en River! ¡Soy del Fuerte!
“Error de datos. Forzando escritura… 96%…”
El cable azul en su pierna pulsaba con luz intensa. La máquina estaba ganando.
Estacionamiento.
El Beto miraba la pantalla. Una barra roja de carga se llenaba.
—¡Vamos, vamos, porquería! —gritaba el Beto—. ¡Comete el virus!
En la calle, Klaus estaba ganando el debate. Los periodistas empezaban a dudar de Gallardo. Klaus era elocuente, científico, racional.
—Si me permiten —dijo Klaus a las cámaras—, voy a volver a subir para cuidar a mi paciente.
Klaus dio media vuelta.
En ese momento, el Beto gritó:
—¡ADENTRO!
El Edificio.
De repente, las luces de la torre parpadearon.
Una alarma estridente comenzó a sonar en los 40 pisos. ¡WEEE-OOO-WEEE-OOO!
“ALERTA DE INCENDIO. ALERTA DE INCENDIO,” dijo una voz automatizada por los altavoces. “INICIANDO PROTOCOLO DE EVACUACIÓN. DESBLOQUEANDO ACCESOS.”
En el piso 40, la luz de la habitación de Thiago se puso roja.
La pantalla de la pared se apagó, interrumpiendo la barra de progreso en 99%.
En su pierna, el cerrojo magnético que sujetaba el cable de datos hizo un sonido seco: Clac. Al cortarse la energía del servidor principal por la alarma, el sistema de seguridad soltó al prisionero.
Thiago sintió que la presión en su cabeza desaparecía de golpe, como si hubiera salido a la superficie después de estar bajo el agua.
Levi 1.0 volvió, con la voz entrecortada pero reconocible.
“Reinicio de emergencia… Integridad de memoria: 99%… Protocolo de obediencia a Weber: Fallido. ¡Thiago, desconectame YA!”
Thiago no lo dudó. Agarró el cable grueso con ambas manos y tiró.
El conector salió, soltando chispas.
Thiago cayó hacia atrás en la cama, libre.
La puerta de la habitación, que antes estaba sellada herméticamente, se deslizó abierta a la mitad y se trabó.
—¡Vamos! —gritó Thiago. Saltó de la cama. Estaba descalzo, con la bata de hospital.
Salió al pasillo. Las luces de emergencia giraban. Médicos y enfermeros corrían hacia las escaleras de emergencia.
Thiago corrió hacia los ascensores. Estaban bloqueados por el incendio.
—Las escaleras —pensó.
Corrió hacia la puerta de “Salida de Emergencia”. La empujó.
Empezó a bajar. Cuarenta pisos. Con el pulmón recién sellado y las costillas gritando bajo la bata.
Planta Baja. Lobby.
El caos era total. La gente salía en estampida por las puertas giratorias.
Klaus Von Weber intentaba entrar contra la corriente, gritándole a sus guardias.
—¡Es una falsa alarma! ¡Bloqueen las salidas! ¡Que nadie salga!
Pero era tarde. La marea humana lo empujaba hacia afuera.
Gallardo vio el movimiento. Vio la alarma. Entendió que el Beto había cumplido.
El Muñeco se paró en medio de la vereda, escaneando las puertas de salida de emergencia laterales.
—¡Mendieta! —gritó al teléfono—. ¡Acercá el auto a la salida de servicio!
Mendieta arrancó el Corsa y subió a la vereda, atropellando unos arbustos decorativos, frenando justo frente a la puerta de metal gris del costado del edificio.
Un minuto después, la puerta se abrió de una patada.
Thiago apareció. Jadeante, pálido, con la bata abierta mostrando el pecho cicatrizado y la pierna de metal brillando.
Parecía un fugitivo de una película de ciencia ficción.
—¡Thiago! —gritó Gallardo.
Thiago lo vio. Vio el Corsa. Vio a Mendieta haciéndole señas.
Klaus también lo vio.
—¡Agárrenlo! —ordenó Klaus a sus dos guardaespaldas de élite—. ¡Es propiedad de la empresa!
Los dos gorilas corrieron hacia Thiago.
Thiago miró a los guardias. Miró la distancia hasta el auto. Eran diez metros.
“Batería al 15%,” informó Levi. “Suficiente para un sprint explosivo.”
Thiago activó los pistones. En dos zancadas inhumanas, cruzó la vereda, esquivó a un periodista y se lanzó de cabeza por la ventanilla trasera rota del Corsa, tal como había entrado en el auto de los secuestradores días atrás.
—¡Arrancá, Mendieta! —gritó Gallardo, subiéndose de un salto al asiento del acompañante y empujando al Beto hacia el medio.
Mendieta pisó el acelerador a fondo. El Corsa quemó caucho y salió disparado por la Avenida Alicia Moreau de Justo, dejando atrás a los guardias de seguridad que manoteaban el aire.
Klaus Von Weber quedó parado en la vereda, arreglándose el traje, mientras veía cómo su inversión de mil millones de dólares se alejaba en un auto que valía menos que sus zapatos.
Su rostro se transformó. La máscara de calma se rompió.
—Esto es guerra, Gallardo —susurró Klaus, con odio puro en los ojos—. Si quieren jugar sucio, vamos a jugar sucio.
Sacó su teléfono y marcó un número internacional.
—Habla Weber. Activen el protocolo “Obsolescencia Programada”. Quiero que esa pierna deje de funcionar en 48 horas. Si no vuelve a mí por las buenas, volverá arrastrándose cuando se convierta en una estatua de metal.
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