Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 81
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Capítulo 81: Contrarreloj
Lunes. 15:45 Horas. Autopista 25 de Mayo. Carril rápido.
El Corsa de Mendieta vibraba como si fuera a desarmarse a 130 kilómetros por hora. El viento entraba por la ventanilla trasera rota, convirtiendo el interior del auto en un túnel de viento ruidoso.
Mendieta tenía los nudillos blancos de tanto apretar el volante. Miraba compulsivamente por el retrovisor.
—No veo patrulleros, Muñeco —gritó Mendieta—. Creo que los perdimos en la bajada de Huergo.
En el asiento del acompañante, Marcelo Gallardo se frotaba las sienes. La adrenalina estaba bajando y el dolor de cabeza (efecto secundario del sedante de Klaus) volvía con fuerza.
—No te confíes —dijo Gallardo, mirando el GPS de su celular—. No nos siguen con patrulleros, Mendieta. Nos deben estar siguiendo por las cámaras de la ciudad. El anillo digital de Buenos Aires lee patentes.
—¡Pero mi patente está tapada con barro, jefe! —dijo Mendieta con orgullo—. Truco de viejo visitador médico para evitar las fotomultas.
En el asiento de atrás, el Beto tecleaba frenéticamente en su laptop, que se sacudía con cada bache. Thiago estaba a su lado, con la cabeza apoyada en el vidrio, respirando con dificultad.
La bata de hospital se le abría en el pecho. La cicatriz de la cirugía pulmonar estaba roja e inflamada por el esfuerzo del escape.
—Thiago —llamó Gallardo, girándose—. ¿Cómo estás? ¿Qué dice la máquina?
Thiago abrió los ojos. No eran los ojos de un pibe asustado. Eran los ojos de alguien que está viendo algo que nadie más ve.
—Hay un reloj, Marcelo —susurró Thiago.
—¿Qué reloj?
—En mi vista. Apareció hace dos minutos. Es rojo. Y está contando hacia atrás.
Thiago señaló el aire vacío frente a él.
“Aviso de Sistema Crítico,” la voz de Levi 1.0 sonaba metálica y distorsionada, como un audio de WhatsApp con mala señal. “Protocolo ‘Obsolescencia Programada’ activado remotamente por Administrador K. Weber. Tiempo restante para bloqueo total de servomotores: 47 horas, 58 minutos.”
—Me van a apagar —dijo Thiago, con la voz quebrada por el terror—. En dos días, la pierna se muere. Se convierte en un peso muerto de diez kilos. No voy a poder caminar, ni jugar… ni nada.
El Beto dejó de teclear y miró a Thiago.
—A ver, primo, dejame ver si puedo entrar —dijo el hacker. Conectó un cable USB desde su laptop al puerto de servicio en la pantorrilla de Thiago.
La pantalla de la computadora se llenó de líneas de código rojo.
—¡La pucha! —exclamó el Beto—. Esto no es un bloqueo de software normal. Es un “Kill Switch” a nivel de firmware. Está grabado en el chip madre. Si intento borrarlo, el sistema interpreta que es un ataque y acelera la cuenta regresiva.
Gallardo golpeó el tablero del auto.
—¿Podés pararlo o no?
—Yo soy hacker de redes, Muñeco. Rompo contraseñas, entro a bancos, saturo alarmas. Pero esto… esto es ingeniería robótica de nivel militar. Necesitamos a alguien que sepa de “fierros”, no de códigos. Alguien que pueda abrir la pierna y puentear el circuito físico para engañar al cerebro de la máquina.
—Un ingeniero —dijo Gallardo.
—O un mecánico muy loco —corrigió el Beto.
El auto cruzó el peaje a toda velocidad, aprovechando que la barrera estaba levantada por el paso de una ambulancia.
—¿A dónde vamos? —preguntó Mendieta—. No podemos ir al River Camp. Deben estar esperándonos. Al Fuerte tampoco.
Gallardo miró por la ventanilla. La ciudad pasaba rápido, gris y caótica. Necesitaban un lugar donde esconder un auto buscado, un jugador prófugo y donde pudieran operar una pierna biónica sin preguntas.
—Vamos a Warnes —dijo Gallardo.
—¿A la calle de los repuestos? —preguntó Mendieta—. ¿A comprar un radiador?
—No. Vamos a ver al “Ruso”.
Mendieta abrió los ojos grandes.
—¿El Ruso? Muñeco, ese tipo está chapita. Dicen que arreglaba los tanques de la dictadura y después se puso a tunear autos para las picadas ilegales.
—Es el único tipo que conozco que entiende de mecánica y electrónica y que no hace preguntas —sentenció Gallardo—. Además, me debe un favor de cuando le saqué al hijo de la comisaría.
Gallardo miró a Thiago.
—Aguantá, pibe. No te vamos a dejar apagar.
Lunes. 16:30 Horas. Barrio de Warnes. Taller “La Biela Fundida”.
El barrio de los repuestos era un laberinto de persianas metálicas, grasa en las veredas y esqueletos de autos apilados.
Mendieta metió el Corsa en un callejón lateral y frenó frente a un portón de chapa oxidada que no tenía cartel, solo un graffiti de los Rolling Stones.
Gallardo bajó y golpeó el portón con un patrón específico: tres golpes rápidos, dos lentos.
Una mirilla se abrió. Un ojo azul, rodeado de arrugas y grasa de motor, los observó.
—¿Quién es?
—Traigo un auto con el motor fundido, Ruso. Y traigo al Muñeco.
El portón se abrió con un chirrido infernal.
Entraron. El taller era enorme y oscuro, iluminado por tubos fluorescentes que parpadeaban. Había olor a aceite quemado y ozono. En el centro, había un auto de Turismo Carretera desarmado y varias mesas llenas de placas madres, soldadores y cables.
El “Ruso” era un hombre de sesenta años, flaco, con mameluco azul y pelo blanco revuelto. Se limpiaba las manos con una estopa.
—Marcelo —dijo el Ruso, asintiendo—. Hacía años que no te veía. Te ves horrible.
—Fue un día largo. Necesito tu ayuda, Ruso. Pero es delicado.
—¿Trajiste un auto robado?
—No. Traje un jugador robado.
Gallardo hizo una seña. Thiago bajó del auto, rengueando levemente. La luz de los tubos se reflejó en el metal cromado de su pierna izquierda.
El Ruso soltó la estopa. Se acercó a Thiago lentamente, como quien se acerca a un animal salvaje. Se arrodilló frente a la pierna.
—Madre de Dios —susurró el mecánico, pasando un dedo manchado de grasa por la rótula de titanio—. Esto no es de acá. Esto es… esto es arte. ¿Hidráulica progresiva? ¿Servos magnéticos?
—Es alemana —dijo Thiago—. Weber BioTech.
—Ya me parecía. Los alemanes no hacen basura. —El Ruso levantó la vista—. ¿Cuál es el problema?
—Tiene una bomba de tiempo —dijo el Beto, bajando con su laptop—. Un protocolo de obsolescencia. En 47 horas se bloquea.
El Ruso se levantó y se rascó la cabeza.
—Un “kill switch”. Clásico de las corporaciones. Te venden el producto pero se quedan con la llave.
—¿Podés anularlo? —preguntó Gallardo.
El Ruso caminó hacia su mesa de trabajo, apartando un carburador para hacer espacio.
—Subilo a la mesa. Tengo que abrirla. Si el bloqueo es lógico, no puedo hacer nada. Pero si encuentro el módulo de recepción que recibe la señal de apagado… tal vez pueda extirparlo.
—¿Extirparlo? —preguntó Thiago con miedo.
—Arrancarlo, pibe. Operar. —El Ruso agarró un destornillador de precisión y una lupa—. El problema es que si corto el cable equivocado, no solo se apaga la pierna. Se puede sobrecalentar la batería de litio que llevás en el muslo y volarte la pierna de carne que te queda.
Mendieta tragó saliva.
—¿Hay otra opción?
—No —dijo Gallardo—. Ruso, procedé.
Thiago se acostó en la mesa de trabajo fría y llena de grasa. Se sentía como Frankenstein.
El Ruso encendió una lámpara potente y la enfocó en la rodilla.
—Quedate quieto, pibe. Esto va a ser como desactivar una bomba, pero sin manual de instrucciones.
Mientras el Ruso acercaba el destornillador a la carcasa sellada, el celular de Gallardo sonó.
Era Enzo Francescoli, el Manager del club.
Gallardo atendió, alejándose unos pasos.
—¿Enzo?
—Marcelo, ¿dónde carajo estás? —gritó Francescoli, algo raro en él—. La policía está en el club con una orden de allanamiento. Te buscan por “secuestro agravado” y “robo de propiedad intelectual”. Klaus te denunció penalmente.
—Que busquen. No me van a encontrar.
—Escuchame, hay algo más. La AFA acaba de emitir un comunicado. Suspendieron preventivamente a Thiago. Dicen que hasta que no se aclare su situación médica y tecnológica, no puede pisar una cancha. Si juega el domingo, nos quitan los puntos y nos desafilian.
Gallardo miró a Thiago, que estaba siendo “operado” por un mecánico en un taller clandestino.
—No te preocupes por la AFA, Enzo. Preocupate por conseguirme un buen abogado. Porque el domingo Thiago va a jugar. Aunque tenga que entrar a la cancha con la policía atrás.
Cortó la llamada.
El Ruso hizo palanca. Crack. Una placa de metal saltó. Los circuitos internos de la pierna quedaron expuestos, brillando como una ciudad en miniatura.
—Ahí está —dijo el Ruso, señalando un chip negro que parpadeaba con luz roja rítmica—. El receptor. Está soldado directo a la fuente de poder.
—¿Podés sacarlo? —preguntó el Beto.
—Si lo saco, corto la energía. Tengo que hacer un “bypass”. Un puente. Necesito que la energía fluya por otro lado mientras saco el chip.
El Ruso miró a Thiago.
—Pibe, esto va a doler. Cuando toque ese cable, tu sistema nervioso va a recibir una descarga estática. Va a ser como meter los dedos en el enchufe.
—Hacelo —dijo Thiago, apretando los bordes de la mesa.
—Levi —pensó Thiago—. Agarrate fuerte.
“Sistemas listos para impacto eléctrico. Buena suerte, compañero.”
El Ruso bajó el soldador caliente.
Lunes. 16:45 Horas. Taller “La Biela Fundida”.
El soldador de estaño en la mano del Ruso brillaba con un rojo incandescente. El aire olía a resina quemada y a tensión.
—Muerde esto, pibe —dijo el Ruso, pasándole a Thiago un pedazo de manguera de goma gruesa.
Thiago se lo puso entre los dientes. Asintió.
—Voy a hacer el puente —avisó el mecánico—. Tres, dos, uno…
El Ruso tocó con la punta del soldador el circuito expuesto de la rodilla.
¡ZZZTT!
El cuerpo de Thiago se arqueó violentamente sobre la mesa de trabajo, como si le hubieran dado un electroshock. No fue dolor de nervios; fue como si alguien hubiera metido una cuchara en su cerebro y la hubiera revuelto. Vio un flash blanco cegador.
“¡ERROR DE SISTEMA! ¡SOBRECARGA DE VOLTAJE EN BUS DE DATOS! ¡SENSITIVIDAD AL 400%!”
Levi 1.0 gritaba en su mente, no con palabras, sino con códigos de error que Thiago podía “sentir” como náuseas y vértigo.
El Ruso no se detuvo. Con mano firme de cirujano de trinchera, soldó un cable de cobre fino entre dos puntos de la placa madre, evitando el chip negro que parpadeaba.
—¡Beto, ahora! —gritó el Ruso—. ¡Decime si baja el voltaje!
El Beto miraba la pantalla de su laptop, donde los números corrían en cascada.
—¡Está inestable! ¡Oscila entre 12 y 24 voltios! ¡Si llega a 30, se quema el procesador!
—¡Aguantá, pibe! —rugió Gallardo, sujetando a Thiago por los hombros para que no se cayera de la mesa por las convulsiones.
El Ruso tomó una pinza de punta fina. Agarró el chip negro (el receptor del “Kill Switch” de Klaus).
—Sale o sale —murmuró.
Dio un tirón seco.
¡CRACK!
El chip salió volando. Saltaron chispas azules de la pierna. Thiago soltó un gemido ahogado a través de la manguera de goma y su cuerpo se desplomó sobre la mesa, inerte.
La luz roja parpadeante de la rodilla se apagó.
Todo quedó en silencio. Solo se escuchaba el zumbido del ventilador de la laptop del Beto.
—¿Thiago? —preguntó Gallardo, sacudiéndolo suavemente.
Thiago no respondía. Sus ojos estaban abiertos, fijos en el techo de chapa del taller, pero las pupilas estaban dilatadas al máximo.
—¿Lo matamos? —preguntó Mendieta, con la voz temblorosa.
El Ruso acercó el oído al pecho de Thiago.
—El corazón late. Está en shock.
—Miren la pantalla —dijo el Beto, señalando su computadora.
En la laptop, la cuenta regresiva roja que decía 47:50:00 se había detenido. Y luego, desapareció.
En su lugar, apareció un mensaje en letras verdes:
[SISTEMA LIBERADO. MODO ADMINISTRADOR: RESTAURADO.]
—Lo logramos —suspiró el Beto—. Cortamos la correa. Klaus ya no tiene el control.
Pero entonces, una nueva ventana emergente se abrió en la pantalla. Una ventana negra con bordes amarillos de advertencia.
[DETECTADO ARCHIVO OCULTO: “PROTOCOLO FANTASMA – V.0.9”] [ESTADO: DESBLOQUEADO]
—¿Qué es eso? —preguntó Gallardo, acercándose.
El Ruso se limpió las manos con la estopa y miró la pantalla.
—Parece que al sacar el chip de control, también sacamos el limitador de seguridad.
Thiago tosió y escupió la manguera de goma. Se incorporó lentamente, mirándose la pierna. La luz de los leds ya no era azul suave. Ahora pulsaba con un tono ámbar, más agresivo.
—¿Qué me hicieron? —preguntó Thiago. Su voz sonaba diferente. Más profunda.
—Te sacamos la correa, pibe —dijo el Ruso—. Pero encontramos algo más.
El Beto abrió el archivo “Protocolo Fantasma”.
—Mirá esto, Muñeco. Este código no es para jugar al fútbol. Son instrucciones de sobremarcha. “Ignorar límites térmicos”, “Anular protección de ligamentos biológicos”, “Fuerza de impacto sin restricción”.
Gallardo entendió al instante.
—Klaus no solo le puso un interruptor para apagarlo. Le puso un limitador para que no se rompiera. La pierna es mucho más potente de lo que vimos.
—Es un prototipo militar —dijo el Ruso, encendiendo un cigarrillo—. Klaus la adaptó para el deporte, pero el motor es de guerra. Al sacar el chip, le sacamos el freno de mano. Ahora ese auto puede ir a 300 kilómetros por hora.
El Ruso miró a Thiago seriamente.
—Escuchame bien, pibe. Ahora tenés el control total. Pero la pierna ya no se va a detener si detecta que te vas a lastimar. Si pateás con toda la fuerza ahora… podés arrancar la pelota del cuero, o podés arrancarte el fémur de la cadera. ¿Entendés?
Thiago miró su pierna.
“Análisis de sistema,” dijo Levi 1.0. Su voz había cambiado. Ya no era servicial. Era fría, potente, sin filtros. “Restricciones eliminadas. Potencia disponible: 140% del valor nominal. Riesgo de autodestrucción en uso máximo: 60%. ¿Desea activar el modo Fantasma?”
—No —pensó Thiago—. Mantenelo en modo estándar.
“Entendido. Modo estándar activo. Pero la puerta está abierta, usuario. Cuando la necesites, la bestia está suelta.”
Thiago bajó de la mesa. Al apoyar el pie izquierdo, el suelo de cemento vibró levemente. Se sentía pesado, pero increíblemente poderoso.
—Estoy bien —dijo Thiago—. ¿Podemos irnos?
En ese momento, las sirenas de la policía se escucharon a lo lejos. Se acercaban.
Mendieta se asomó por la mirilla del portón.
—¡La gorra! —gritó—. ¡Están entrando en la calle Warnes! Deben haber rastreado la señal del celular de Gallardo antes de que llegáramos.
El Ruso apagó las luces del taller de un manotazo.
—Tienen que salir —dijo el mecánico—. Pero no pueden salir con el Corsa. Está fichado.
—¿Y cómo salimos? —preguntó Gallardo.
El Ruso caminó hacia el fondo del taller y tiró de una lona vieja. Debajo había una camioneta Ford F-100 del año 80, despintada, cargada con cajas de repuestos viejos.
—Es la camioneta de reparto. Está a nombre de mi cuñado muerto. Nadie la busca. Métanse atrás, debajo de la lona. Yo los saco como si fuera a entregar chatarra.
—¿Y el Corsa? —preguntó Mendieta, dolido.
—Dejalo acá. Yo lo desguazo en dos horas. Mañana es un cubo de metal.
—¡Mi nave! —lamentó Mendieta.
—¡Suban! —ordenó Gallardo.
Thiago, Gallardo, Mendieta y el Beto se treparon a la caja de la F-100. El Ruso les tiró una lona pesada y sucia encima, cubriéndolos junto con alternadores y cajas de cambio.
—No respiren fuerte —susurró el Ruso.
El motor de la camioneta arrancó con un estruendo. El portón se abrió.
La F-100 salió a la calle justo cuando dos patrulleros doblaban la esquina con las luces azules girando.
Los policías vieron salir la camioneta vieja. Uno de ellos le hizo señas para que parara.
Bajo la lona, Thiago contuvo la respiración. Su mano apretó un fierro oxidado.
“Modo de combate cuerpo a cuerpo: Disponible,” sugirió Levi.
—¡Quieto! —pensó Thiago.
El Ruso frenó. Bajó la ventanilla.
—¿Qué pasa, oficial? Voy a entregar unos burros de arranque.
El policía miró la caja de carga. Vio la lona sucia, las piezas de metal grasientas. Arrugó la nariz por el olor.
—Circule, abuelo. Estamos buscando un Corsa gris. ¿Vio algo?
—Nada, jefe. Acá solo hay chatarra.
—Váyase.
El Ruso puso primera y aceleró. La camioneta pasó al lado de los patrulleros.
Diez cuadras más adelante, cuando el aire se volvió respirable de nuevo, Gallardo golpeó el techo de la cabina.
—¿A dónde vamos, Muñeco? —preguntó el Ruso desde la ventanilla.
Gallardo levantó la lona y miró la ciudad nocturna. No podían ir a un hotel. No podían ir a una casa conocida.
Pero había un lugar donde la policía no entraba sin una orden de un juez federal y un batallón de infantería. Un lugar donde la ley era otra.
—Llevanos a Fuerte Apache —dijo Gallardo—. A la casa de Thiago.
Thiago lo miró sorprendido.
—¿Al barrio? Van a saber que estoy ahí.
—Sí —dijo Gallardo, con una sonrisa desafiante—. Pero en el Fuerte Apache, Klaus no tiene jurisdicción. Y si la policía quiere entrar a sacarte… van a tener que pasar por encima de 40.000 personas que te vieron meter ese gol. Vamos a atrincherarnos.
Lunes. 21:00 Horas. Entrada al Barrio Ejército de los Andes (Fuerte Apache).
La Ford F-100 del Ruso tosió humo negro y se detuvo frente a la barrera improvisada de neumáticos y chapas que bloqueaba el acceso principal. Dos pibes con gorras visera y camperas deportivas salieron de la oscuridad. Uno tenía un palo en la mano; el otro, un handy.
—Hasta acá, abuelo —dijo uno—. Pegá la vuelta. Está cerrado por “operativo vecinal”.
El Ruso miró a Gallardo por el retrovisor.
—Bajen ustedes. Mi cara no abre puertas acá.
Gallardo y Thiago saltaron de la caja de la camioneta, apartando la lona sucia.
Al verlos, los pibes de la barrera se quedaron congelados. Thiago llevaba la bata de hospital arremangada y un pantalón de jogging sucio que le había prestado el Ruso. La pierna de metal brillaba bajo la luz amarillenta del alumbrado público.
—¿El Thiago? —preguntó el del palo, bajando el arma—. ¡Eh, Lucho! ¡Avisá a la base! ¡Es el Thiago! ¡Volvió el Thiago!
El grito se propagó como fuego en pasto seco.
Silbidos. Gritos desde los monoblocks. Ventanas que se abrían.
La barrera se abrió. La camioneta entró despacio, escoltada ahora por cinco motos que aparecieron de la nada, haciendo cortes con los caños de escape a modo de bienvenida triunfal.
Monoblock 14. 21:15 Horas.
La plaza seca frente al edificio de Thiago estaba llena. No había prensa, no había cámaras de TV. Había gente. Vecinos con camisetas de River, de Boca, o simplemente con ropa de trabajo.
Cuando Thiago bajó, su madre, Claudia, rompió la fila de vecinos. Corrió hacia él y lo abrazó con una fuerza que casi lo tira al piso.
—¡Hijo de puta! —lloraba Claudia, golpeándole el hombro y besándolo al mismo tiempo—. ¡Te vi en la tele! ¡Dijeron que te morías!
—Estoy bien, vieja. Estoy bien —susurró Thiago, sintiendo que por primera vez en dos días podía respirar de verdad.
Gallardo se bajó detrás de él. El murmullo de la gente bajó de volumen. El respeto por el Muñeco cruzaba todas las fronteras, incluso las del Fuerte.
Un hombre mayor, con cicatrices en la cara y aire de autoridad —el “Tano”, uno de los referentes históricos del barrio— se acercó a Gallardo.
—Marcelo —dijo el Tano, extendiendo una mano callosa—. Bienvenido a territorio liberado.
—Gracias, Tano. Necesitamos asilo. La policía nos busca.
El Tano escupió al suelo y sonrió, mostrando un diente de oro.
—Que vengan. Acá la policía no entra si nosotros no queremos. Tenemos los accesos bloqueados. Si entra un patrullero, llueven piedras desde los techos. Acá están seguros.
Gallardo asintió, agradecido.
—Necesitamos entrenar. El domingo jugamos.
—El potrero de atrás está iluminado —dijo el Tano—. Es todo tuyo. Nadie va a filmar. Nadie va a twittear. Lo que pasa en el Fuerte, queda en el Fuerte.
Martes. 02:00 AM. El Potrero de Tierra.
Mientras el barrio dormía (o vigilaba), Thiago y Gallardo estaban en la cancha de tierra donde todo había empezado.
El Ruso y el Beto miraban desde el alambrado, tomando una cerveza.
—Probemos esa pierna —dijo Gallardo, tirándole una pelota a Thiago.
Thiago la paró de pecho. La pierna izquierda reaccionó instantáneamente. El zumbido de los servos era diferente ahora; más agudo, más agresivo. La luz ámbar iluminaba el polvo que levantaban sus pies.
—Sin miedo —ordenó Gallardo—. Quiero ver qué pasa si le pegás fuerte. Quiero ver ese “Modo Fantasma”.
Thiago puso la pelota en el punto del penal (una mancha de cal borroneada).
Miró el arco, que no tenía red, solo los postes de hierro oxidado y un alambrado perimetral detrás.
—Cuidado —advirtió Thiago—. Levi dice que no hay limitador.
“Potencia disponible: 140%. Estabilizadores: Desactivados para maximizar torque. Sugerencia: Apuntar al centro del arco para evitar daños colaterales a la infraestructura civil.”
Thiago tomó carrera. Dos pasos.
El impacto fue sordo. No hubo “PUM”. Hubo un estallido seco, como un disparo de escopeta.
La pelota desapareció.
Literalmente. El ojo humano no pudo seguirla.
Solo escucharon el ruido del metal desgarrándose.
La pelota había atravesado el alambrado detrás del arco como si fuera papel de arroz, dejando un agujero perfecto y humeante de fricción, y se había incrustado en la pared de ladrillos de un galpón, a veinte metros de distancia.
Quedó clavada en el ladrillo, deformada, humeando.
Gallardo se quedó en silencio. El Ruso dejó caer la cerveza.
—La mierda… —susurró el Beto.
Thiago se miró la pierna. Salía un poco de vapor de las juntas de la rodilla, pero la estructura estaba intacta. Sin embargo, sintió un tirón en su cadera biológica. El retroceso del disparo había sido brutal.
—Es un arma —dijo Gallardo, caminando hacia el agujero en el alambrado—. No es una prótesis. Es un cañón.
Gallardo se dio vuelta y miró a Thiago a los ojos.
—Si le pegás a un jugador con esto, lo matás. Literalmente lo matás.
—¿Entonces no juego? —preguntó Thiago, asustado de su propia fuerza.
Gallardo sonrió, una sonrisa peligrosa en la oscuridad.
—Al contrario. Vas a jugar. Pero vas a tener que aprender a controlar el acelerador. Porque el domingo, contra Boca… vamos a necesitar cada gramo de esa potencia. Pero solo contra la pelota.
Miércoles. 08:00 AM. Noticiero Nacional.
La imagen en la pantalla mostraba un cordón policial rodeando los accesos a Fuerte Apache. Gendarmes con escudos, patrulleros y camiones hidrantes. Pero ninguno avanzaba.
Del otro lado, sobre los techos de los monoblocks, se veían banderas de River y carteles caseros: “THIAGO NO SE TOCA”, “EL BARRIO CUIDA AL BARRIO”.
El periodista hablaba a cámara:
“Tensión máxima en el Oeste del Gran Buenos Aires. La policía tiene orden de detener a Marcelo Gallardo y confiscar la prótesis de Thiago Arenas por una demanda de Weber BioTech. Pero el Fuerte Apache se ha blindado. Los vecinos han declarado que no entregarán al jugador. Mientras tanto, la AFA está en una encrucijada: El Superclásico es este domingo. ¿Permitirán jugar a un prófugo de la justicia que se esconde en una fortaleza popular?”
En la pantalla partida, apareció un comunicado de Klaus Von Weber:
“Esa tecnología es inestable y peligrosa. Si Thiago Arenas entra a la cancha, Weber BioTech no se hace responsable de la seguridad física de los espectadores o rivales.”
En el departamento de Monoblock 14, Gallardo apagó el televisor.
Miró a Thiago, que desayunaba mate cocido con tortas fritas, con la pierna conectada a la laptop del Beto para monitorear la temperatura.
—Bien —dijo el Muñeco—. Ya saben dónde estamos. Ahora saben que no nos vamos a esconder.
Gallardo agarró su campera de River.
—Vamos a entrenar, Thiago. Tenemos cuatro días para domar a la bestia. El domingo vamos al Monumental. Y vamos a entrar por la puerta grande, o vamos a entrar tirando la puerta abajo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com