Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 82
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Capítulo 82: Entrenamiento de Guerrilla
Miércoles. 09:30 Horas. El “Potrero de Atrás”. Fuerte Apache.
El sol de la mañana pegaba fuerte sobre la tierra seca. Alrededor de la cancha, en los techos de los monoblocks y colgados de los alambrados, decenas de “centinelas” del barrio vigilaban el perímetro. Nadie entraba, nadie salía sin que el Tano lo autorizara.
En el centro de la cancha, Marcelo Gallardo sostenía una pelota bajo el brazo. Frente a él, Thiago estaba parado con una postura rígida.
—Relajate —gritó Gallardo—. Estás tenso. Si estás tenso, la máquina interpreta que estás en peligro y activa los protocolos de defensa.
—Es difícil relajarse cuando sabés que podés matar a alguien de un pelotazo, Marcelo —respondió Thiago, secándose el sudor de la frente.
El Beto estaba sentado en una silla de plástico plegable al borde de la cancha, con su laptop sobre las rodillas, conectado vía Wi-Fi local a la pierna de Thiago. El Ruso ajustaba un tornillo en la carcasa de la rodilla con un destornillador de joyero.
—El sistema está muy sensible —gritó el Beto—. La latencia neural es cero. Básicamente, la pierna se mueve antes de que termines de pensar la orden.
Gallardo tiró la pelota al suelo.
—Vamos a empezar con lo básico. Control y pase corto. Nada de potencia. Quiero que acaricies la pelota.
Gallardo le pasó la pelota suavemente.
Thiago la vio venir. Su instinto de 9 de área se activó. Controlar y girar.
Su cerebro envió la señal: “Toque suave con cara interna.”
Pero Levi 1.0, sin los limitadores de Klaus, interpretó la señal eléctrica de los nervios de Thiago como una orden de combate. Los servos se contrajeron con una velocidad explosiva.
¡PAM!
Thiago apenas rozó la pelota, pero esta salió disparada como una bala de cañón a ras del piso.
Gallardo tuvo que saltar para esquivarla. La pelota pasó entre sus piernas, zumbando, e impactó contra un tacho de basura de metal a diez metros de distancia, abollándolo severamente y haciéndolo volar por el aire.
Silencio en el potrero.
—Dije “acariciar”, Thiago —dijo Gallardo, acomodándose la gorra—. Eso fue una trompada.
Thiago miró su pie, frustrado.
—No puedo controlarlo. Apenas la toco, sale disparada. Es como manejar una Ferrari con el acelerador trabado a fondo.
El Ruso se acercó, limpiándose las manos.
—El problema es el torque, Muñeco. El motor eléctrico tiene todo el par disponible desde cero revoluciones. En un músculo humano, la fuerza es progresiva. Acá es todo o nada.
—Arreglalo —ordenó Gallardo.
—No puedo cambiar el hardware —dijo el Ruso—. Pero el Beto puede engañar al software.
El Beto tecleó rápido.
—Thiago, Levi te está leyendo la intención muscular demasiado literal. Voy a meter un filtro de “ruido”. Voy a hacer que la pierna ignore las micro-contracciones. Vas a tener que hacer el gesto técnico mucho más exagerado para que reaccione.
—¿Cómo manejar un camión viejo con juego en el volante? —preguntó Mendieta, que cebaba mates a un costado.
—Exacto —dijo el Beto—. Probemos ahora. Cargando parche de sensibilidad… Listo.
Gallardo volvió a tomar una pelota.
—Intento número dos. Pasámela al pie. Despacio.
Thiago se concentró. Esta vez, tuvo que mover la pierna con más decisión, sintiendo el peso muerto del metal antes de que los motores ayudaran.
Toc.
El sonido fue normal. La pelota rodó por la tierra y llegó mansa al pie de Gallardo.
El Muñeco la pisó y sonrió.
—Mejor. Ahora, devolvéme una pared.
Empezaron a tocar. Toc, toc, toc. El sonido del fútbol.
Thiago empezó a sonreír. Se sentía raro, como aprender a caminar de nuevo, pero estaba recuperando el tacto.
—Bien —dijo Gallardo, subiendo el ritmo—. Ahora, control orientado. Yo te la tiro fuerte, vos la matás y la dejás dormida.
Gallardo agarró la pelota con la mano y se la tiró con fuerza al pecho.
Thiago amortiguó. La pierna de metal absorbió el impacto con una elegancia hidráulica, dejando la pelota muerta a sus pies.
—¡Eso! —gritó Gallardo—. La máquina no solo sirve para romper arcos. Sirve para esto. Tenés el mejor control de pelota del mundo, porque tu pie no rebota. Tu pie es una esponja si vos querés que lo sea.
Miércoles. 11:00 Horas.
El entrenamiento fue interrumpido por un zumbido que venía del cielo.
No era un pájaro.
—¡Dron! —gritó uno de los vigías desde el techo del Monoblock 12.
Todos miraron hacia arriba. Un dron blanco, de cuatro hélices, con una cámara de alta definición colgando de la panza, flotaba a unos treinta metros sobre el potrero. Tenía el logo de un canal de noticias sensacionalista.
—Nos encontraron —dijo Mendieta—. Están transmitiendo en vivo.
Gallardo miró el aparato con asco.
—Ignorenlo. Seguimos entrenando.
Pero el dron bajó más. Empezó a zumbar cerca de Thiago, buscando el primer plano de la pierna prohibida. Era molesto, invasivo, como un moscardón gigante.
Thiago sintió que la ira le subía por el cuello.
“Objetivo aéreo identificado,” susurró Levi en su mente. “Trayectoria calculada. Velocidad del viento: 12 km/h Noroeste. Probabilidad de impacto con proyectil esférico: 98%.”
Thiago miró la pelota que tenía en los pies. Miró al dron.
—Muñeco —dijo Thiago—, me molesta.
Gallardo lo miró. Entendió lo que pasaba por la cabeza de su jugador. En un partido oficial, tendría miles de cámaras, insultos y distracciones. Si no podía mantener la cabeza fría con un juguete volador, no podría jugar el Superclásico.
Pero también sabía que el Fuerte Apache tenía sus propias reglas de privacidad.
—¿Podés bajarlo sin lastimar a nadie? —preguntó Gallardo.
—Si el Beto me saca el filtro de sensibilidad por dos segundos… sí.
Gallardo asintió al hacker.
—Beto, soltale la correa.
El Beto apretó una tecla.
—¡Libre!
Thiago enganchó la pelota con la punta del pie metálico, levantándola en el aire. La dejó caer unos centímetros y, sin dejarla tocar el suelo, soltó una volea.
No fue un pase. Fue un misil tierra-aire.
¡WHAM!
La pelota salió disparada hacia el cielo en una línea recta perfecta.
Un segundo después, el cielo llovió plástico y hélices.
El pelotazo impactó de lleno en el dron, desintegrándolo en el aire. La cámara, la batería y los rotores cayeron sobre el techo de chapa de un galpón vecino.
La pelota, habiendo cumplido su misión, comenzó a caer en parábola, aterrizando tres cuadras más lejos.
Los vecinos que miraban desde las ventanas estallaron en aplausos y vitoreos.
—¡Vamos Thiago! —gritaban—. ¡Que no espíen!
Thiago bajó la pierna. El humo del esfuerzo salía de la articulación.
—Blanco eliminado —dijo, con una media sonrisa.
Gallardo no sonrió, pero sus ojos brillaban con aprobación.
—Buena puntería. Pero ahora me debés una pelota. Y volvé a poner el filtro, Beto. No quiero que mates al arquero de Boca el domingo.
Mientras tanto. Casa Rosada. Despacho Presidencial.
El Ministro de Seguridad estaba de pie frente al escritorio, sudando. El Presidente miraba las imágenes del dron destruido que ya se habían viralizado en Twitter.
—Señor Presidente —dijo el Ministro—, esto es incontrolable. Tienen un arma en Fuerte Apache. Weber BioTech está presionando a la Embajada Alemana. Dicen que estamos protegiendo tecnología robada y peligrosa.
—¿Y qué quiere que haga? —preguntó el Presidente, masajeándose las sienes—. ¿Que mande al Ejército a sacar a un jugador de fútbol de un barrio popular tres días antes de un Superclásico? ¿Quiere que el país arda?
—La AFA sugiere suspender el partido.
—¡Ni se le ocurra! —El Presidente golpeó la mesa—. Si suspendo el River-Boca, la gente sale a la calle a romper todo. El partido se juega.
—Pero, señor… ese chico es peligroso. Vio lo que hizo con el dron.
—Entonces asegúrese de que el estadio sea seguro. Ponga mil policías. Ponga francotiradores si quiere. Pero Thiago Arenas juega. El pueblo quiere ver al robot. Y yo no voy a ser el que les apague la tele.
El Presidente miró la foto de Thiago en la pantalla.
—Además… —murmuró para sí mismo—, soy de River. Y quiero ver cuántos goles mete.
Jueves. 20:30 Horas. Salón de Usos Múltiples (SUM) del Monoblock 14.
Las ventanas estaban tapadas con diarios viejos para evitar miradas indiscretas. Adentro, bajo la luz de un tubo fluorescente que zumbaba, Marcelo Gallardo había improvisado una sala técnica.
No había pizarra electrónica. Había una puerta de armario vieja apoyada contra la pared, donde el Muñeco había dibujado la cancha con tiza.
Thiago, Julián Álvarez (que había logrado infiltrarse en el barrio escondido en el baúl del auto de un utilero) y el cuerpo técnico escuchaban.
Gallardo golpeó la tiza contra el dibujo del área chica.
—Olvídense de lo que entrenamos toda la vida —dijo Gallardo, intenso—. El domingo no jugamos un partido normal. Jugamos asimétricamente.
Dibujó un círculo grande alrededor de la posición del 9.
—Thiago, vos ya no sos un delantero de movilidad. Con el peso extra de la pierna y la potencia que tenés, sos un ancla.
Gallardo miró a Thiago.
—Klaus te diseñó para correr, pero nosotros te vamos a usar para fijar.
—¿Fijar? —preguntó Thiago.
—Cuando recibas de espaldas, quiero que actives los frenos hidráulicos de la rodilla y la cadera. Clavate al piso. Convertite en una estatua de trescientos kilos. Los centrales de Boca, Rojo e Izquierdoz, van a intentar empujarte, anticiparte, pegarte.
Gallardo sonrió con malicia.
—Dejalos que empujen. Si activás el anclaje, van a rebotar. No te van a mover ni un milímetro. Vas a ser un poste en el medio del área.
Gallardo trazó flechas saliendo desde Thiago hacia los costados.
—Y ahí entran ustedes —señaló a Julián—. Cuando Thiago aguante la pelota, va a arrastrar a dos o tres marcas. Julián, Simón, De la Cruz… ustedes tienen que picar al espacio. Thiago va a ser la pared del frontón. Él aguanta, descarga y ustedes definen.
Julián asintió, mirando a su amigo cyborg.
—O sea, te usamos de escudo.
—Me usan de tanque —corrigió Thiago.
—Exacto —cerró Gallardo—. Pero cuidado. Si perdés la cabeza, perdemos el partido. Boca va a salir a buscar tu reacción. Te van a decir de todo. Te van a pegar en la pierna de carne. Te van a tratar de monstruo. Si reaccionás y le pegás una patada con la pierna biónica a alguien… vas preso por homicidio, Thiago. No es roja. Es cárcel.
Viernes. 23:45 Horas. La Cancha de Tierra.
Thiago no podía dormir. La ansiedad le comía las entrañas. Salió a caminar por el potrero vacío, arrastrando levemente la pierna metálica que brillaba bajo la luna.
Se sentó en una de las cubiertas de auto enterradas que servían de banco.
—Está fresca la noche para estar en calzoncillos, pibe.
Thiago se sobresaltó. No lo había escuchado llegar.
De las sombras del arco salió una figura baja, caminando con ese andar chueco y relajado inconfundible. Llevaba una campera deportiva vieja y las manos en los bolsillos.
Era Ariel “El Burrito” Ortega.
El máximo ídolo del potrero. La leyenda de River que mejor entendía el idioma de la tierra y la gambeta.
—¿Ariel? —Thiago se puso de pie torpemente—. ¿Qué hacés acá?
—El Tano me avisó que estaban escondidos —dijo Ortega, acercándose. Sacó un cigarrillo, lo miró y lo guardó de nuevo—. Vine a ver a la máquina.
Ortega se paró frente a él y miró la pierna izquierda. No con asco, ni con miedo, sino con una curiosidad triste.
—Pesa, ¿no? —preguntó el Burrito.
—Un poco. Doce kilos.
—No digo el metal. Digo la responsabilidad.
Ortega se sentó en la cubierta, al lado de Thiago.
—Me contaron que le pegás como una bestia. Que reventaste un dron. Que sos Terminator.
—No pedí esto, Ariel. Yo solo quería volver a jugar.
—Ya sé, pibe. Nadie pide ser diferente. A mí me decían que era un desastre, que no entrenaba, que era un borracho… pero cuando entraba a la cancha, la pelota me quería.
Ortega se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.
—Escuchame bien. Gallardo te llenó la cabeza de táctica, ¿no? Que te pares firme, que aguantes, que seas un robot.
—Sí. Dice que tengo que ser frío.
Ortega negó con la cabeza y sonrió. Esa sonrisa torcida que había enamorado a millones.
—Ese es el error. Si jugás frío, si jugás pensando en los circuitos y los cables, sos de ellos. Sos de los alemanes.
El Burrito le tocó el pecho, justo sobre el corazón.
—La pierna es de metal, Thiago. Pero la gambeta… la gambeta sale de acá y de la panza. El domingo, cuando la cosa se ponga fea, cuando te caguen a patadas… no pienses. No calcules. Sentí.
Ortega se levantó y agarró una piedra del suelo. Empezó a hacer jueguitos con la piedra, con sus zapatos de calle, con una facilidad insultante.
—Ellos esperan un robot que calcule trayectorias —dijo Ortega sin dejar caer la piedra—. Vos dales un pibe de Fuerte Apache que se divierte. Tirá un caño. Tirá un sombrero. Hacé algo que la computadora no sepa explicar. Eso es lo que los va a matar. No la fuerza. La alegría.
Ortega dejó caer la piedra y le dio una palmada en la nuca a Thiago.
—No dejes que el fierro se coma al pibe, Thiago. Si perdés la alegría, perdés aunque ganes 5 a 0.
El ídolo se dio media vuelta y empezó a caminar hacia la salida del potrero.
—Ah, y una cosa más —gritó sin darse vuelta—. Si te queda picando en el borde del área… arrancales la cabeza al arquero. Por mí.
Thiago se quedó solo en la oscuridad. Pero algo había cambiado. El peso en su pecho se sentía más liviano.
Levi 1.0 procesó la interacción.
“Análisis de datos: Consejo ilógico. ‘Alegría’ no es una variable cuantificable para el rendimiento deportivo. Sin embargo, los niveles de cortisol (estrés) del usuario han bajado un 40%. Conclusión: La intervención del sujeto ‘Burrito’ fue altamente efectiva.”
—Cállate, Levi —sonrió Thiago—. Vos no entendés nada de fútbol.
Sábado. 10:00 Horas. El Ruidazo.
El último entrenamiento antes del partido no fue táctico. Fue una fiesta.
Miles de hinchas de River rompieron el cerco policial (o la policía los dejó pasar, superada en número) y rodearon el Fuerte Apache. Bombos, banderas, bengalas de humo rojo y blanco.
El “banderazo” no fue en el Monumental. Fue en los monoblocks.
Gallardo salió al balcón del primer piso, con Thiago a su lado.
La multitud rugió: “¡Muuu-ñeeee-co! ¡Muuu-ñeeee-co!” y luego “¡Olé, olé, olé, olé… Thia-go, Thia-go!”
Desde abajo, un periodista de TyC Sports, apretado entre la gente, gritaba hacia el balcón con un micrófono.
—¡Marcelo! ¡Marcelo! ¡La justicia dice que si Thiago sale del barrio lo detienen! ¿Cómo van a llegar al Monumental mañana?
Gallardo agarró un megáfono que le pasó el Tano.
—¡Mañana vamos a ir en caravana! —gritó el Muñeco, y su voz retumbó en los edificios—. ¡Si nos quieren detener, van a tener que detener a cincuenta mil personas! ¡Nos vemos en la cancha!
La gente estalló en un grito de guerra.
Thiago miró la marea roja y blanca. Sintió un escalofrío eléctrico recorrer su columna y bajar hasta fusionarse con los sensores de su pierna.
“Batería al 100%,” informó Levi. “Sincronización emocional al 100%. Estamos listos para la guerra.”
En su bolsillo, el celular vibró. Era un mensaje de número desconocido.
Thiago lo leyó. Era corto.
*”Disfruta tu domingo. Será el último. El prototipo fallará.
K.W.”
Thiago borró el mensaje.
—Ya no te tengo miedo, Klaus —pensó—. Mañana juego con el Burrito, con el Muñeco y con mi vieja en la tribuna. Mañana soy invencible.
Sábado. 22:45 Horas. Departamento 4B. Monoblock 14.
La mesa del comedor de Claudia estaba cubierta de herramientas, cables y migas de pan. El Ruso y el Beto trabajaban bajo la luz de una lámpara de escritorio, con el aire denso por el humo de tabaco.
Thiago estaba sentado en una silla, con la pierna extendida y la carcasa abierta.
—Klaus no habla por hablar —dijo el Beto, tecleando furiosamente—. Si dijo que va a fallar, es porque sabe algo que nosotros no.
—Ya le sacamos el chip de apagado, Beto —respondió el Ruso, ajustándose los anteojos—. No tiene señal. Es un fierro muerto para él.
—No es la señal, Ruso. Es la física. —El Beto giró la laptop para mostrar un gráfico de curvas rojas—. Mirá esto. Son los registros de temperatura del entrenamiento de hoy. Cuando le pegó al dron, la temperatura del núcleo subió a 85 grados en 0.4 segundos.
—¿Y? Es titanio. Aguanta.
—El titanio sí. Pero el fluido hidráulico no. Si Thiago usa el “Modo Fantasma” tres veces seguidas, el líquido hierve. Se expande. Y si no tiene por dónde salir…
—Revienta los sellos —concluyó el Ruso, palideciendo—. Se le traba la pierna en posición rígida. Se convierte en un palo de escoba de metal.
Thiago escuchaba en silencio. La amenaza de Klaus era esa: Obsolescencia térmica. Había diseñado la pierna para fallar si se le exigía demasiado sin los limitadores de seguridad.
—¿Tienen solución? —preguntó Thiago.
El Ruso se quedó mirando la pierna. Se rascó la barbilla manchada de grasa.
—Necesitamos ventilación. Refrigeración forzada. Pero no tengo nitrógeno líquido ni ventiladores micro-axiales acá en el Fuerte.
El mecánico se levantó y fue a la cocina. Volvió con un taladro eléctrico y una mecha de acero rápido.
—Esto va a ser una carnicería, pibe. Pero va a funcionar.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Gallardo, que entraba desde el balcón.
—Voy a agujerear la carcasa —dijo el Ruso encendiendo el taladro. Whirrrrr. —Le voy a hacer tomas de aire. Como al capó de un Chevy preparado. Va a entrar aire sucio, va a entrar polvo, pero el calor va a salir.
—Si entra tierra, se pueden granar los engranajes —advirtió el Beto.
—Tiene que aguantar 90 minutos —sentenció Gallardo—. Hacelo.
Thiago cerró los ojos. Sintió la vibración del taladro perforando la fibra de carbono y el metal de su propia pierna. No le dolía, pero sentía la invasión. Estaban convirtiendo una pieza de tecnología aeroespacial en un auto de carreras callejero.
Cuando el Ruso terminó, la pierna tenía seis agujeros irregulares en la pantorrilla y el muslo. Se veían los cables y pistones moverse adentro.
—Listo —dijo el Ruso, soplando las virutas de metal—. Aerodinámica de Warnes. Ahora, cuando corras, el viento te enfría. Si te quedás quieto, te calentás. Así que mi consejo es: no dejes de correr.
Domingo. 04:30 AM. La Azotea del Monoblock.
Faltaban horas para el amanecer. El cielo sobre Buenos Aires estaba teñido de un violeta oscuro. A lo lejos, las luces del Estadio Monumental apenas se adivinaban en el horizonte, a kilómetros de distancia.
Mendieta estaba apoyado en la baranda, mirando la nada. Thiago subió, haciendo un leve ruido metálico con cada paso. El aire frío de la madrugada entraba por los nuevos agujeros de su pierna, dándole una sensación extraña de frescura interna.
—No podés dormir —dijo Mendieta.
—No. Levi está en modo de espera, pero mi cabeza no para.
Thiago se paró junto a su representante.
—Mendieta… perdón por el Corsa.
El representante soltó una risa amarga y negó con la cabeza.
—Olvidate del auto, pibe. Ese auto era una porquería. Lo único bueno que tenía era que me llevaba a verte jugar.
Mendieta se dio vuelta y lo miró seriamente. Sus ojos estaban rojos de cansancio, pero brillaban.
—¿Sabés? Me ofrecieron plata. Mucha.
—¿Quién?
—Gente de Weber. Antes de que te secuestraran. Me ofrecieron un maletín lleno de dólares para que te convenciera de firmar con ellos y dejar a River. Para que fueras su “producto exclusivo” en Europa.
Thiago lo miró. Mendieta vivía al día. Debía expensas, debía la tarjeta.
—¿Y por qué no agarraste?
—Porque yo soy un chanta, Thiago. Vendo ilusiones. Miento sobre la edad de los jugadores. Arreglo contratos flojos de papeles… —Mendieta se golpeó el pecho—. Pero no vendo pibes. Y menos al pibe que me hizo volver a creer que el fútbol no es solo un negocio de mierda.
Mendieta le puso una mano en el hombro.
—Hoy no jugás solo por River, Thiago. Jugás por todos los que estamos rotos y seguimos peleando. Jugás por el Ruso, por el Beto, por tu vieja… y por este gordo fracasado que te quiere como a un hijo.
Thiago sintió un nudo en la garganta.
—Voy a meter tres, Mendieta. Uno por cada rueda que le quedó al Corsa.
—Con uno me conformo, pibe. Con uno que sirva para ganarles a los bosteros y taparle la boca al alemán ese.
Domingo. 07:00 AM. El Despertar de la Bestia.
El sol salió. Y con el sol, llegó el ruido.
No fue un ruido gradual. Fue un estruendo repentino.
Cientos de motores arrancaron al mismo tiempo.
Thiago, Gallardo y el resto bajaron a la calle. Lo que vieron los dejó sin aliento.
No era una caravana. Era un ejército.
Había miles de personas. Motos con tres pasajeros, camiones de flete cargados de hinchas con banderas, autos destartalados pintados de rojo y blanco, colectivos escolares alquilados.
La barra brava “Los Borrachos del Tablón” estaba ahí, sí, pero mezclada con familias, con abuelos en reposeras subidos a camionetas, con pibes en bicicleta.
El Tano se acercó con un Handy.
—Marcelo, tenemos la logística lista. Cuatro columnas. La primera de motos abre camino y corta los semáforos. La segunda somos nosotros, los pesados, rodeando el micro. La tercera es la gente.
—¿Qué micro? —preguntó Gallardo.
El Tano señaló hacia la esquina.
Un colectivo de línea viejo, de esos que ya no circulan, sin vidrios en las ventanas, pintado enteramente con aerosol rojo y blanco. En el costado decía: “LA MÁQUINA DE RIVER”.
—No vamos a ir en un micro blindado de lujo, Muñeco —dijo el Tano sonriendo—. Vamos a ir en el bondi del pueblo. Así, si la policía quiere tirar gases, se los comen ellos también.
Gallardo miró el vehículo. Miró a Thiago. Miró a su equipo.
—Es perfecto —dijo el Muñeco.
Subieron. El motor del colectivo rugió, tosiendo humo negro. Thiago se sentó en el primer asiento, al lado de la ventanilla abierta.
Gallardo se paró en el estribo, mirando hacia atrás, hacia el mar de gente.
—¡A Núñez! —gritó.
Las bocinas sonaron al unísono. Un sonido ensordecedor que hizo temblar los vidrios de los monoblocks.
La columna se puso en marcha. Salieron del Fuerte Apache como una marea imparable, tomando la Avenida General Paz.
Arriba, en el cielo, un helicóptero de la Policía Federal empezó a seguirlos.
Levi 1.0 activó sus sensores.
“Análisis de entorno: Nivel de decibelios: 110 dB. Adrenalina ambiente: Saturada. Probabilidad de intercepción policial: 80%. Probabilidad de éxito de la caravana: 100%. Porque esto, Thiago, no lo para nadie.”
Thiago sacó el brazo (el humano) por la ventanilla y saludó.
El viaje hacia la gloria, o hacia la cárcel, había comenzado.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com