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Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 83

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Capítulo 83: Código Rojo en la General Paz

Domingo. 13:15 Horas. Avenida General Paz. Altura Puente Saavedra.

El “bondi” del Fuerte Apache avanzaba a paso de hombre, envuelto en una nube de humo rojo y blanco de las bengalas. El ruido era ensordecedor: bocinas, motores de motos al corte y cánticos que hacían vibrar la chapa oxidada del colectivo.

Adentro, el calor era insoportable.

Thiago se miraba la pierna. A través de los agujeros taladrados por el Ruso, veía una luz ámbar que pulsaba lentamente.

—Está subiendo la temperatura —dijo Thiago, tocando el metal. Estaba tibio—. El Ruso dijo que necesito flujo de aire. Si vamos a paso de hombre, no entra aire.

El Beto, con la laptop abierta sobre las rodillas en el asiento de atrás, asintió preocupado.

—Estás en 55 grados. Si llegamos a 70 sin movernos, entra en modo de protección térmica y se traba. Necesitamos velocidad, Muñeco.

Gallardo, parado junto al chofer (un tipo grandote apodado “El Gordo Charly”), miró hacia adelante a través del parabrisas astillado.

—No vamos a tener velocidad ahora —dijo Gallardo, señalando al frente.

La caravana se detuvo de golpe. Las luces de freno de miles de autos se encendieron como una ola roja.

A quinientos metros, justo antes de la bajada hacia la Avenida Lugones (el camino directo al Monumental), la autopista estaba bloqueada.

No eran unos conos naranjas. Era un muro.

Tres camiones hidrantes de la Gendarmería Nacional bloqueaban los carriles centrales. Detrás de ellos, una doble fila de infantería con escudos, cascos y lanzagranadas de gas.

Un helicóptero negro bajó en picada, haciendo un vuelo rasante sobre el colectivo escolar, levantando polvo y haciendo flamear las banderas.

—Atención —tronó una voz amplificada desde los camiones policiales—. Esto es un operativo federal. La caravana debe dispersarse inmediatamente. Entreguen el vehículo objetivo o procederemos al uso de la fuerza.

El Gordo Charly escupió por la ventanilla.

—¿Y ahora qué hacemos, Muñeco? Si reculo, aplasto a los pibes de las motos. Si avanzo, el camión hidrante nos da vuelta como una caja de fósforos.

Gallardo miró el reloj. 13:30. Faltaban tres horas y media para el partido, pero tenían que estar en el vestuario antes de las 15:30 para la revisión médica oficial y la firma de planilla. Si llegaban tarde, River perdía los puntos.

—No podemos volver —dijo Gallardo—. Y no nos vamos a entregar.

—Marcelo —llamó Thiago, con urgencia—. 60 grados. La pierna está hirviendo. Necesito correr o necesito viento.

Gallardo miró a su alrededor. Estaban atrapados en la autopista elevada. A la derecha, el guardarraíl y una caída de diez metros hacia las calles de abajo. A la izquierda, la mano contraria, también cortada por la policía.

En ese momento, el celular de Mendieta sonó.

—¿Hola? —Mendieta atendió, tapándose el otro oído—. ¡No se escucha nada! … ¿Quién? … ¡Ah, el Tano!

Mendieta puso el altavoz.

—¡Muñeco! —gritó la voz del Tano entre el ruido de motores—. ¡Los de adelante dicen que no nos dejan pasar! ¡Están cargando los gases!

—Tano, escuchame —dijo Gallardo—. Necesitamos un hueco. No podemos romper el bloqueo policial frontalmente, nos van a matar. Necesito que las motos hagan una cortina de humo.

—¿Humo? Tengo bengalas de sobra.

—No. Humo de verdad. Que quemen goma. Que no vean nada por dos minutos.

—Entendido. ¡Aguanten los trapos!

Gallardo cortó y miró al Gordo Charly.

—Charly, ¿cuánto se banca la suspensión de este cacharro?

El chofer sonrió, mostrando unos dientes amarillos.

—Tiene elásticos de camión, jefe. Se banca lo que sea.

Gallardo señaló hacia el costado derecho. Hacia el pasto. Hacia el terraplén empinado que bajaba desde la autopista hacia la colectora, diez metros más abajo. Una pendiente de 45 grados de tierra y yuyos.

—¿Te animás a bajar por ahí?

Charly miró el precipicio. Miró el camión hidrante de la policía que empezaba a apuntar el cañón de agua hacia ellos.

—Es una locura, Muñeco. Podemos volcar.

—Es eso o la cárcel.

De repente, el frente de la caravana estalló en ruido. Cientos de motos empezaron a “quemar caucho” al mismo tiempo, frenando la rueda delantera y acelerando a fondo. Una nube espesa, blanca y con olor a azufre se levantó en segundos, cubriendo la visión de la policía.

¡PUM! ¡PUM!

La policía respondió. Los primeros botes de gas lacrimógeno volaron hacia la multitud, dibujando arcos en el cielo.

—¡Ahora, Charly! —gritó Gallardo—. ¡Al pasto!

El chofer dio un volantazo violento a la derecha.

El colectivo viejo, con sus cuarenta pasajeros (jugadores, cuerpo técnico, amigos), rompió el guardarraíl oxidado con un estruendo metálico.

¡CRAAAAACK!

La trompa del colectivo quedó colgando sobre el vacío por un segundo.

Thiago se agarró del asiento con fuerza. Levi calculó la física de la caída.

“Inclinación: 42 grados. Probabilidad de vuelco: 45%. Sugerencia: Sujetarse fuerte y rezar a deidades locales.”

El colectivo se inclinó y cayó hacia adelante, entrando en la pendiente de tierra.

—¡Agárrense! —gritó Mendieta.

El vehículo bajó a los saltos por el terraplén, patinando, rompiendo arbustos, con el motor rugiendo y la carrocería crujiendo como si fuera a partirse en dos.

Atrás, en la autopista, los policías miraban atónitos cómo el objetivo desaparecía de su vista, lanzándose kamikaze hacia la calle de abajo.

—¡Acelera! —ordenó Gallardo—. ¡Si frenás, volcamos!

Charly pisó el acelerador a fondo. El colectivo ganó velocidad en la bajada, estabilizándose por pura inercia.

Llegaron al final de la pendiente. Las ruedas delanteras golpearon el asfalto de la colectora con violencia. Los vidrios que quedaban estallaron.

Pero el colectivo siguió andando.

Estaban abajo. Habían burlado el bloqueo principal.

—¡Estamos vivos! —gritó el Beto, abrazando su laptop.

—¡Mirá la temperatura! —pidió Thiago.

El aire fresco había entrado a raudales por las ventanillas rotas durante la bajada vertiginosa.

—58 grados y bajando —dijo el Beto—. ¡El aire forzado funciona!

Gallardo se limpió el sudor de la frente.

—No canten victoria. Ahora estamos en la colectora. Pero perdimos a la caravana. Estamos solos.

El colectivo avanzó por la Avenida del Libertador, ahora desierta porque la policía había cortado el tránsito para el operativo en la autopista.

Pero a lo lejos, escucharon sirenas. Muchas sirenas. Las motos de la policía de tránsito y los patrulleros que estaban abajo empezaron a girar en U para perseguirlos.

—Charly —dijo Gallardo con calma fría—. Llevanos al Monumental. No pares en ningún semáforo.

—Sí, capitán.

El “bondi” del Fuerte Apache, abollado, sin vidrios y con pasto en el paragolpes, aceleró por Libertador como si fuera un auto de Fórmula 1, rumbo a la historia.

Domingo. 13:45 Horas. Avenida del Libertador. Altura ESMA.

El colectivo “La Máquina” iba perdiendo pedazos. El paragolpes trasero se había desprendido tres cuadras atrás, y el caño de escape arrastraba chispas contra el asfalto.

—¡Nos alcanzan, Muñeco! —gritó Mendieta, mirando por la luneta trasera rota.

Dos patrulleros se pegaron a los costados del colectivo, con las sirenas aullando. Un oficial, megáfono en mano, sacó medio cuerpo por la ventanilla del acompañante del patrullero derecho.

—¡Deténganse! ¡Último aviso! ¡Vamos a disparar a los neumáticos!

El Gordo Charly, con las manos aferradas al volante gigante, miró a Gallardo.

—Si me revientan una goma a esta velocidad, volcamos y nos matamos todos, Marcelo.

Gallardo miró el velocímetro: 90 km/h. Miró hacia adelante. La silueta imponente del Estadio Monumental se alzaba a menos de diez cuadras, una fortaleza de hormigón rodeada de banderas y helicópteros.

—No van a disparar —dijo Gallardo, apostando todo—. Hay demasiada gente en la vereda. Si fallan y le pegan a un civil, se les termina la carrera. ¡Seguí, Charly!

En el asiento del acompañante, Thiago miraba su pierna.

—52 grados —le gritó el Beto desde atrás—. ¡La velocidad nos está salvando! ¡El aire que entra enfría el sistema! ¡No frenes!

De repente, un tercer vehículo policial, una camioneta 4×4 de las fuerzas especiales, intentó una maniobra de “encierre” por la izquierda, tratando de cruzar el colectivo para obligarlo a frenar.

—¡Agárrense! —rugió Charly.

El chofer no frenó. Giró levemente el volante hacia la izquierda. El colectivo, que pesaba diez veces más que la camioneta, golpeó el lateral del patrullero con un BUM sordo. La camioneta rebotó, perdió el control y terminó subiéndose al cantero central, llevándose puesto un cartel de publicidad.

—¡Bien, Charly! —festejó Mendieta.

—¡Ojo adelante! —advirtió Thiago.

Llegaban al estadio. Pero el acceso principal de Udaondo estaba bloqueado por un cordón de Infantería y vallas de contención de dos metros de altura. Era impenetrable.

—No podemos entrar por la principal —dijo Gallardo rápido—. Nos van a acribillar.

—¿Entonces por dónde? —preguntó Charly, sudando la gota gorda.

Gallardo visualizó el mapa del club en su cabeza. Conocía cada rincón de River Plate. Sabía que por la calle Sáenz Valiente, detrás del club, estaba la entrada de proveedores y el acceso al Instituto River. Era una entrada secundaria, con un portón de rejas viejo, menos custodiado.

—¡Doblá en Sáenz Valiente! —ordenó el Muñeco—. ¡Vamos a entrar por la cocina!

Charly clavó los frenos y giró el volante. El colectivo derrapó, las cubiertas chillaron como cerdos en el matadero, y la cola del vehículo barrió un puesto de choripanes que estaba en la esquina (afortunadamente vacío).

Entraron en la calle lateral.

A 200 metros estaba el portón verde de rejas. Había dos guardias de seguridad privada y un solo policía distraído mirando el celular.

—¡No van a abrir! —gritó Thiago.

—¡No necesitamos que abran! —respondió Gallardo—. ¡Charly, es tu momento de gloria!

El chofer sonrió con una mueca de locura.

—¡Por River!

Aceleró. El motor diésel rugió agónicamente.

El policía levantó la vista. Vio venir una mole de metal pintada de rojo y blanco a toda velocidad. Ni siquiera intentó sacar el arma. Saltó hacia los ligustros para salvar su vida.

¡CRAAAAAAAAACK!

El impacto fue brutal. El colectivo embistió el portón de rejas. El metal cedió, las bisagras volaron, y el colectivo entró al predio del club arrastrando el portón enganchado en la trompa.

El vehículo avanzó cincuenta metros más por el asfalto interno, echando humo, y finalmente el motor tosió y murió frente a las canchas de tenis.

Silencio repentino.

—¡Todos abajo! —gritó Gallardo—. ¡Corran al vestuario!

La puerta neumática del colectivo no abría, así que salieron por las ventanas.

Gallardo saltó primero. Luego Thiago. Su pierna metálica aterrizó en el asfalto del club.

—¡El túnel! —señaló Gallardo—. ¡Vamos!

Empezaron a correr. Eran unos 300 metros hasta la entrada del hall central que daba a los vestuarios.

Pero las sirenas sonaban dentro del club. La policía había entrado detrás de ellos.

—¡Alto! —gritó una voz a sus espaldas.

Thiago giró la cabeza mientras corría. Eran cuatro oficiales corriendo detrás de ellos, con las manos en las holsters de las armas.

—¡Corré, Thiago! —gritó Gallardo—. ¡No pares!

Thiago activó los pistones.

“Modo Sprint: Activado. Temperatura actual: 65°C. Advertencia: Ventilación insuficiente a baja velocidad. Aumentar ritmo.”

Thiago aceleró. Dejó atrás a Gallardo, a Mendieta y al Beto. Su zancada era inhumana. Cada paso devoraba tres metros de asfalto.

Pero al llegar a la esquina del Museo River, se encontró con un problema.

Un grupo de diez policías de la Ciudad le bloqueaba el paso formando una línea.

—¡Al suelo! —le gritaron, apuntándole—. ¡Al suelo o disparamos!

Thiago frenó, derrapando. Estaba rodeado. Atrás venían los cuatro que lo perseguían. Adelante, el bloqueo.

Gallardo llegó jadeando detrás de él.

—¡No disparen! —gritó el Muñeco, poniéndose delante de Thiago con los brazos abiertos—. ¡Es un jugador de fútbol, carajo! ¡No es un terrorista!

—¡Apártese, Gallardo! —ordenó el comisario a cargo—. Tenemos orden de captura inmediata emitida por el Juez Federal. Entreguen la pierna.

Parecía el final. Estaban a cien metros de la puerta del vestuario, pero no podían pasar.

El comisario sacó las esposas.

—Dese vuelta, Arenas.

Thiago bajó la cabeza. La temperatura de su pierna marcaba 75 grados. El calor estático la estaba matando.

Pero entonces, se escuchó un ruido sordo. Como un trueno que venía de arriba.

No era el cielo. Eran los quinchos.

La zona de los quinchos del club, donde los socios hacían asados antes del partido, estaba repleta. Miles de socios que ya habían entrado al club vieron la escena. Vieron a Gallardo. Vieron a Thiago. Vieron a la policía apuntándoles.

—¡Eh! —gritó uno—. ¡Dejen al Muñeco!

—¡Es Thiago! —gritó otro.

Y sucedió. La marea humana rompió las rejas de contención interna.

Cientos, luego miles de hinchas que estaban comiendo y bebiendo, saltaron los molinetes internos y corrieron hacia la escena.

—¡No! —gritó el comisario, retrocediendo—. ¡Atrás!

Fue inútil. La ola de gente envolvió a la policía. No los agredieron, simplemente los inundaron. Se interpusieron entre las armas y los jugadores. Era un muro de carne, camisetas y pasión.

—¡Pasá, Muñeco! —gritaban los hinchas, abriendo un pasillo humano en el medio del caos—. ¡Corran! ¡Nosotros los tenemos!

Gallardo agarró a Thiago del brazo.

—¡Ahora!

Corrieron por el pasillo de gente. Los hinchas les palmeaban la espalda, les gritaban aliento. La policía quedó atrapada, inmovilizada por la multitud pacífica pero firme que les impedía avanzar.

Thiago sentía las manos de la gente. Sentía la energía.

Llegaron a la puerta de vidrio del Hall Central.

Estaba cerrada con llave por seguridad.

—¡Abran! —gritó Gallardo, golpeando el vidrio.

Del otro lado, apareció un guardia de seguridad del club, un viejo conocido. Vio a Gallardo. Vio la desesperación.

El guardia no dudó. Sacó su tarjeta magnética y abrió.

Gallardo y Thiago se lanzaron adentro. Mendieta y el Beto lograron entrar justo antes de que el guardia volviera a cerrar, dejando afuera el ruido, la furia y a la policía.

El Hall Central estaba fresco, silencioso, con el aire acondicionado a tope.

Thiago se apoyó en las rodillas, respirando agitado.

—Llegamos… —jadeó.

—Todavía no —dijo Gallardo, mirando el reloj de pared—. 14:15. Tenemos que firmar la planilla y pasar la revisión médica de la Conmebol. Y el médico de la Conmebol… es un tipo muy estricto.

Caminaron por los pasillos internos, rumbo a la zona de vestuarios. El sonido de los tapones de Thiago contra el piso de mármol resonaba como un reloj tic-tac.

Al llegar a la puerta del vestuario local, se encontraron con Enzo Francescoli y el Presidente del Club, que estaban pálidos.

—¡Están locos! —gritó el Presidente—. ¡Acaban de destruir una entrada del club y secuestrar un colectivo! ¡El Ministro de Seguridad me está llamando al celular cada diez segundos!

—Después pagamos los daños, Jorge —dijo Gallardo, pasando de largo—. ¿Dónde está la planilla?

—Adentro —dijo Enzo—. Pero hay un problema.

—¿Qué problema?

—Klaus está ahí.

Thiago se congeló.

—¿Qué?

—Klaus Von Weber entró con una credencial de “Asesor Médico de la Liga”. Está adentro del vestuario con el veedor del partido. Dice que tiene derecho a inspeccionar el equipamiento de seguridad de los jugadores. Te está esperando, Thiago.

Gallardo apretó los puños.

—Quiere ver si la pierna está recalentada —susurró el Beto—. Si mide la temperatura ahora y ve que está arriba de lo normal, te inhabilita por “riesgo de incendio”.

Thiago miró su pierna. Los agujeros del Ruso dejaban ver el interior.

—68 grados —leyó Thiago en su HUD—. Está bajando, pero lento. Si me mide ahora, estoy frito.

—Necesitamos enfriarla —dijo Gallardo—. Ya.

Miraron alrededor. Pasillo de lujo. Alfombras. Cuadros. No había hielo a la vista.

—El matafuego —dijo el Beto, señalando uno colgado en la pared.

—Es de CO2 —dijo el Ruso, que venía atrás tosiendo—. Sale helado. A menos setenta grados.

Gallardo descolgó el matafuego rojo.

—Thiago, esto va a doler en la piel de alrededor.

—Dale —dijo Thiago.

Gallardo apuntó la tobera a la pierna metálica y apretó el gatillo.

¡PSSSSSSSSSSSHHHHHHH!

Una nube blanca de gas carbónico congelado cubrió la pierna de Thiago. El metal crujió por el cambio térmico brusco. Thiago mordió su labio para no gritar cuando el frío le quemó el muñón de carne.

El Ruso tocó el metal cuando la nube se disipó. Estaba escarchado.

—Está fría como el corazón de mi ex suegra —dijo el Ruso.

—Vamos —dijo Gallardo.

Abrió la puerta del vestuario de una patada.

Adentro, los jugadores de River, que ya se estaban cambiando, se quedaron en silencio.

En el centro, sentado en un banco, impecable con su traje italiano, estaba Klaus Von Weber. A su lado, un médico de la AFA con un termómetro láser.

Klaus se levantó y sonrió.

—Llegaron tarde, caballeros. Y veo que el paciente viene un poco… agitado.

Klaus señaló la pierna.

—Doctor, por favor. Proceda a medir la temperatura operativa del dispositivo. Si supera los 45 grados centígrados, según el reglamento de la IFAB sobre equipamiento peligroso, no puede jugar.

El médico acercó el termómetro láser a la pierna escarchada de Thiago.

Domingo. 14:20 Horas. Vestuario Local de River Plate.

El médico de la AFA apretó el gatillo del termómetro digital. El punto rojo del láser descansaba sobre la carcasa de titanio de la rodilla de Thiago, que todavía tenía una fina capa de escarcha blanca por el matafuego.

Klaus Von Weber miraba con una sonrisa de tiburón, esperando ver el número rojo superar los 60 grados.

El aparato hizo beep.

El médico miró la pantallita. Frunció el ceño. Golpeó el aparato contra su mano y volvió a medir.

Beep.

—¿Y bien, doctor? —presionó Klaus—. ¿Cuánto marca? ¿Cien grados? ¿Está a punto de estallar?

El médico giró la pantalla hacia Klaus.

—4.5 grados Celsius.

Hubo un silencio sepulcral.

—¿Qué? —Klaus le arrancó el aparato de la mano. Leyó el número. Cuatro grados. La pierna estaba más fría que una cerveza.

—Está helada —dijo el médico, guardando el termómetro—. Está muy por debajo del límite de seguridad de 45 grados. Está habilitado para jugar.

Klaus se puso rojo de ira. Miró a Gallardo, que estaba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y una cara de póker perfecta, aunque el matafuego vacío estaba escondido detrás de un cesto de ropa sucia.

—Esto es trampa —sisenó el alemán—. La enfriaron artificialmente. Eso es manipulación de equipamiento.

—El reglamento dice que no puede estar caliente, Klaus —dijo Gallardo con calma—. No dice nada sobre que no pueda estar fresca. Quizás mi jugador tiene mala circulación. O quizás es un pecho frío, como dicen los periodistas.

Los jugadores de River soltaron risitas nerviosas.

Klaus tiró el termómetro sobre el banco. Se acercó a Thiago, invadiendo su espacio personal.

—Muy astuto, niño. Pero la física es la física. —Klaus bajó la voz para que solo Thiago lo escuchara—. El metal enfriado bruscamente se vuelve quebradizo. Acaban de cristalizar las juntas de aleación. En el primer choque fuerte… te vas a romper en mil pedazos. No digas que no te avisé.

Klaus se arregló la corbata, miró a Gallardo con desprecio y salió del vestuario dando un portazo.

—¡Fuera todos! —gritó Gallardo—. ¡Cuerpo técnico y médico afuera! ¡Quedamos nosotros!

El vestuario se vació. Quedaron los once titulares, los suplentes y el Muñeco.

El aire cambió. Ya no había persecuciones, ni policías, ni alemanes locos. Ahora había olor a átomo desinflamante, a transpiración nerviosa y a historia.

Thiago se sentó en su box. Su camiseta, la número 33 (la edad de Cristo, o la cantidad de tornillos que tenía en la pierna, según el Ruso), colgaba de la percha.

Se quitó el jogging sucio y roto. La pierna metálica brillaba, fría y letal, con sus agujeros de taladro “tunning” que le daban un aspecto de máquina de guerra post-apocalíptica.

Gallardo caminó hasta el centro del círculo.

No gritó. Habló bajito. Eso daba más miedo.

—Mírense —dijo el Muñeco—. Miren cómo llegaron. Sucios. Corriendo. Escapando.

Señaló a Thiago.

—Hoy tenemos un compañero que es mitad máquina. Pero lo que hicimos hoy para llegar acá… eso no lo hace una máquina. Eso lo hace una familia.

Gallardo miró a cada uno a los ojos. A Armani, a Enzo Pérez, a Maidana, a Julián.

—Boca está en el vestuario de enfrente. Están cómodos. Llegaron en su micro con aire acondicionado, escoltados, tranquilos. Creen que nosotros somos un circo. Creen que Thiago es un fenómeno de feria que se va a romper a los diez minutos.

Gallardo golpeó la palma de su mano con el puño.

—Quiero que salgan a esa cancha y les demuestren que el hambre le gana a la comodidad. Quiero que muerdan cada pelota como si fuera el último plato de comida. Thiago va a ser el ancla. Ustedes son los lobos. Si tocan a Thiago, saltan todos. ¿Entendido?

—¡Sí! —rugió el equipo.

—No escucho —dijo Gallardo.

—¡SÍ! —el grito hizo temblar las paredes.

—A la cancha.

El Túnel.

La fila de jugadores de River se formó en el túnel estrecho y oscuro. El ruido que venía de arriba era indescriptible. 80.000 personas cantando. El cemento vibraba bajo los tapones.

A su lado, apareció la fila de Boca Juniors. Camisetas azules y amarillas. Rostros serios, concentrados.

Marcos Rojo, el capitán de Boca, se paró al lado de Enzo Pérez. Pero sus ojos se desviaron hacia atrás. Hacia Thiago.

Rojo miró la pierna llena de agujeros y cables expuestos.

—Che, pibe —dijo Rojo, con esa voz ronca de guapo—. ¿Pasaste la VTV con eso? Mirá que yo voy fuerte. No me hago cargo si te oxido.

Thiago sintió que Levi 1.0 calculaba una respuesta agresiva.

“Sugerencia: Mencionar la estadística de lesiones del sujeto Rojo en los últimos dos años.”

—No, Levi —pensó Thiago.

Thiago levantó la vista y miró a Rojo a los ojos. Sonrió. La sonrisa del Burrito Ortega.

—Tranquilo, Marcos. Si me pegás, te vas a romper el pie vos. Es titanio grado 5.

Rojo parpadeó, sorprendido por la respuesta. Soltó una risa seca.

—Vamos a ver, pibe. Vamos a ver.

El árbitro, Pitana, agarró la pelota.

—¡Muchachos! ¡A la cancha!

La luz al final del túnel se hizo intensa.

Thiago dio el primer paso hacia la luz.

“Sistema activo,” reportó Levi. “Temperatura interna: 10°C (Subiendo). Batería: 98%. Modo Competición: ON. Probabilidad de victoria: Incalculable. Factor X: Corazón.”

Thiago pisó el césped.

El estadio estalló.

Fue un sonido físico. Un golpe de viento sónico que lo empujó hacia atrás. Papelitos blancos, humo rojo, bengalas.

“¡Mire, mire qué locura! ¡Mire, mire qué emoción! ¡Ese es el Thiago que volvió de Fuerte Apache para ser campeón!”

Thiago cerró los ojos un segundo y aspiró el aire del Monumental.

Se acabó el prófugo. Se acabó el paciente.

El partido había empezado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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