Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 84
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Capítulo 84: El Superclásico Cibernético
Domingo. 15:00 Horas. Estadio Monumental.
Néstor Pitana se llevó el silbato a la boca.
—¡Priiiiit!
El sonido agudo fue casi inaudible bajo el rugido de 80.000 almas. Julián Álvarez movió la pelota para Enzo Pérez. El Superclásico había comenzado.
Thiago corrió hacia el área rival. O mejor dicho, trotó. Sentía la pierna izquierda extraña. El frío extremo del matafuego había entumecido los sensores de presión. Era como pisar con un bloque de hielo.
“Advertencia: Integridad estructural de la aleación comprometida,” informó Levi en su visión periférica. “Nivel de fragilidad por cristalización: Crítico. Se recomienda evitar impactos superiores a 400 Newtons durante los próximos 8 minutos, hasta normalizar temperatura.”
—Genial —pensó Thiago—. Tengo que jugar en puntitas de pie un rato.
Pero Boca no estaba dispuesto a darle tiempo.
Minuto 4.
La pelota le llegó a Thiago por primera vez. Un pase lateral de Casco, un poco sucio, picando mal.
Thiago estaba de espaldas al arco, en tres cuartos de cancha.
—¡Es mío! —escuchó el grito a su espalda.
Era el Cali Izquierdoz, el central de Boca. Un ropero de un metro noventa que venía a la carrera para anticiparlo y, de paso, dejarle un recuerdo.
Thiago vio venir la sombra. Su instinto le dijo que saltara para evitar el golpe. Pero recordó la orden de Gallardo: “Sos un ancla. Fijalos.”
Si saltaba con la pierna congelada, el impacto en el aire podía partir el titanio. Tenía que plantar bandera.
Thiago clavó el pie izquierdo en el césped. Los tapones se hundieron en la tierra. Activó los frenos hidráulicos de la rodilla. Se puso rígido.
Izquierdoz llegó como un tren de carga y chocó contra la espalda de Thiago.
¡CRAAAAACK!
El sonido seco se escuchó hasta en la platea San Martín. La gente contuvo el aliento. Klaus, mirando desde un palco, sonrió esperando ver la pierna desarmada.
Pero Thiago no se movió. Ni un milímetro.
Fue Izquierdoz el que rebotó. El central de Boca salió despedido hacia atrás como si hubiera chocado contra una columna de alumbrado. Cayó de culo al pasto, con una expresión de dolor y sorpresa total.
Thiago giró sobre su eje, controlando la pelota que le quedó mansa.
—¡Siga, siga! —hizo señas Pitana—. ¡No hubo falta! ¡Cuerpo a cuerpo!
Thiago miró su pierna. Una capa de escarcha blanca se había desprendido con el golpe y caía como nieve sobre el pasto verde.
“Impacto absorbido,” dijo Levi. “Micro-fisura detectada en la carcasa externa. Estructura interna: Intacta. Temperatura subiendo a 15°C. La zona de peligro por congelamiento ha pasado.”
Thiago soltó el aire. Había aguantado.
Izquierdoz se levantó, frotándose las costillas. Lo miró a Thiago con ojos de loco.
—¿De qué estás hecho, pibe? —le gritó—. ¡Parecés de cemento!
—Es la dieta —respondió Thiago, y soltó el pase para De la Cruz que entraba solo.
El estadio rugió. La gente había visto que su gladiador no se rompía.
Minuto 15.
El partido era trabado, sucio. Boca se dio cuenta de que no podía mover a Thiago por la fuerza, así que cambiaron la estrategia: empezaron a buscarle los tobillos.
Marcos Rojo, fiel a su estilo, fue a buscarlo en una jugada dividida sobre la banda. Se tiró a barrer con los dos pies hacia adelante, una tijera clásica para cortar al jugador y a la pelota.
—¡Cuidado! —gritó Gallardo desde el banco.
Thiago vio venir los tapones de Rojo directo a su tobillo metálico.
Si le pegaba en la articulación del tobillo, donde los servos eran más delicados y estaban expuestos por los agujeros del taladro del Ruso, podía trabar el mecanismo.
Thiago no podía saltar a tiempo.
Entonces, hizo caso al consejo del Burrito Ortega. No pienses. Sentí.
En lugar de protegerse o trabar fuerte, Thiago hizo algo ilógico. Pisó la pelota con la suela metálica y la arrastró hacia atrás con una velocidad absurda, escondiéndola.
Rojo pasó de largo, barriendo el aire y llevándose un pedazo de pasto.
Thiago, con la pelota todavía bajo la suela, giró 180 grados (una “calesita”) y salió jugando para el otro lado.
“¡Ooooooole!” bajó desde las tribunas.
Rojo se levantó rápido, enfurecido por el ridículo.
—¡La próxima te rompo todo, robotito! —le escupió.
Thiago no contestó. Sentía que la temperatura subía.
“Temperatura operativa: 45°C. Óptima,” reportó Levi. “Sistemas de combate al 100%. Usuario, detecto un patrón en la defensa rival. El número 6 (Rojo) deja un hueco de 1.5 metros a su izquierda cada vez que se enoja. Sugerencia: Explotar la brecha.”
Minuto 32.
River dominaba la pelota, pero Boca se cerraba bien atrás. Necesitaban romper el cerco.
Julián Álvarez recibió sobre la derecha. Levantó la cabeza. Vio a Thiago en el punto penal, rodeado por Izquierdoz y Advíncula.
Julián tiró el centro.
La pelota iba alta, llovida.
Thiago midió el salto.
—No saltes —le dijo su cerebro humano—. Pesás 12 kilos más de ese lado. Vas a perder el equilibrio en el aire.
—Saltá —dijo Levi—. Yo compenso el giroscopio.
Thiago flexionó la rodilla biónica. Los pistones silbaron, liberando presión acumulada.
¡WOOSH!
Thiago se elevó. Su salto fue monstruoso. Le sacó una cabeza entera a Izquierdoz. Parecía que se había quedado colgado en el aire, desafiando la gravedad como Cristiano Ronaldo en sus mejores épocas, pero con una potencia bruta diferente.
Impactó la pelota con la frente.
El cabezazo fue un misil.
Rossi, el arquero de Boca, voló. Fue una atajada imposible, puro reflejo. Manoteó la pelota que iba al ángulo y la mandó al córner.
El estadio hizo: “¡UUUUUUHHHH!”
Thiago cayó al suelo. El impacto de la caída fue pesado. Sintió una vibración fea en su cadera humana, la que unía el metal con el hueso.
Se levantó rengueando un poco.
—¿Estás bien? —le preguntó Enzo Pérez.
—Sí —mintió Thiago. Le dolía la conexión. El hueso de su fémur estaba soportando fuerzas para las que no había evolucionado.
Desde el banco, el médico de River miró a Gallardo.
—Marcelo, miralo caminar. Está rengueando de la pierna sana. Está compensando demasiado. Se va a lesionar la cadera buena.
Gallardo se mordió el labio.
—Que aguante. Faltan diez para el entretiempo.
En ese momento, Thiago miró hacia el palco VIP. Allí estaba Klaus Von Weber, de pie, con unos binoculares.
Klaus bajó los binoculares y miró a Thiago. Hizo un gesto con la mano. Se tocó la muñeca, como mirando un reloj imaginario.
Tic-tac.
Thiago miró su HUD interno.
“Alerta de temperatura: 68°C. Tendencia: Alza rápida. El flujo de aire no es suficiente en jugadas estáticas. Necesitamos correr más rápido para enfriar.”
—Si corro más rápido, me rompo la cadera —pensó Thiago—. Si me quedo quieto, me fundo.
Estaba en una encrucijada. Y Boca tenía un córner a favor.
—¡Bajen todos! —gritó Armani—. ¡A defender!
Thiago bajó a su propia área. Se paró en el primer palo para despejar.
El centro de Villa vino cerrado, venenoso.
Thiago fue a rechazar con la pierna metálica. Pero en el amontonamiento, alguien (no vio quién) le pisó la rodilla biónica justo en uno de los agujeros de ventilación.
Un tapón de aluminio se metió en el mecanismo.
Thiago sintió un CRUNCH metálico y un chispazo de dolor fantasma (feedback neural).
La pierna se bloqueó por un segundo. Quedó rígida.
La pelota pasó por donde debería haber estado su pie. Le cayó a Benedetto en el segundo palo.
Benedetto la empujó. Gol de Boca.
River 0 – Boca 1.
El silencio en el Monumental fue sepulcral. Solo se escuchaban los gritos de los jugadores de Boca festejando en el córner.
Thiago estaba arrodillado en el pasto, golpeándose la pierna metálica con el puño para destrabarla.
—¡Maldita sea! —gritó, con lágrimas de bronca.
Gallardo pateó una botella de agua.
—¡Beto! —gritó al hacker que estaba escondido detrás del banco de suplentes con la laptop—. ¡Decime qué pasó!
—¡Obstrucción mecánica en el servo 4! —gritó el Beto—. ¡Entró mugre o un tapón! ¡Tiene la movilidad reducida al 60%!
Thiago se puso de pie. La pierna hacía un ruido horrible al flexionarse: Grrr-clack, grrr-clack.
El partido se reanudó. Faltaban tres minutos para el entretiempo. River perdía. Su estrella estaba averiada. Y la pierna estaba levantando temperatura peligrosamente al rozar metal con metal.
Domingo. 15:50 Horas. Vestuario Local. Entretiempo.
Thiago entró al vestuario arrastrando la pierna. El sonido era horrible: CRACK-GRIND-CRACK. Como una caja de cambios rota. Se dejó caer en la camilla de masajes, gritando de dolor, no por la pierna de metal, sino por la cadera que ardía.
El Ruso entró corriendo con su caja de herramientas, apartando al médico del club.
—¡Hagan espacio! —gritó el mecánico.
Gallardo cerró la puerta de un golpe. El ruido de la hinchada quedó amortiguado afuera.
—¿Qué tiene? —preguntó el Muñeco, secándose el sudor de la frente.
El Ruso se puso una linterna de minero en la cabeza e inspeccionó el agujero de ventilación dañado.
—Es un tapón de aluminio —dijo el Ruso, escupiendo un insulto—. Se le clavó un tapón de los botines de alguien. Está mordido entre el piñón principal y la cremallera de la rodilla.
—Sacalo —ordenó Gallardo.
—Si lo saco a la fuerza, puedo romper los dientes del engranaje. Y si rompo los dientes, la pierna no se mueve más.
Thiago se incorporó, con los ojos inyectados en sangre.
—¡Sacalo igual, Ruso! —gritó—. ¡No me importa si se rompe! ¡Sacalo!
El Ruso miró al Beto.
—Desactivá los sensores de dolor fantasma, Beto. Voy a tener que hacer palanca.
El Beto tecleó rápido.
—Listo. No vas a sentir nada ahí abajo.
El Ruso sacó un destornillador plano grande, de esos que se usan para abrir latas de pintura, y una pinza de presión.
Metió el destornillador en la herida mecánica. Hizo fuerza. Los bíceps del mecánico se tensaron.
¡CLANK!
Hubo chispas. El Ruso tiró con la pinza.
Con un chirrido metálico agudo que hizo que todos los jugadores se taparan los oídos, el Ruso arrancó el pedazo de metal deformado. Era un tapón de aluminio, aplastado y negro de grasa.
—Salió —dijo el Ruso, jadeando.
Pero la noticia no era buena.
—Miren esto —señaló el agujero.
Adentro, se veía un líquido oscuro goteando. No era sangre. Era aceite hidráulico mezclado con limaduras de metal.
—Perdió fluido —diagnosticó el Ruso—. Y los engranajes están limados. Tienen juego.
El Beto miró la pantalla de su laptop con cara de terror.
—La fricción interna subió al 300%. Thiago, si corrés con esto, la temperatura va a subir el doble de rápido. El sistema de refrigeración por aire no va a dar abasto.
—¿Cuánto tiempo tengo? —preguntó Thiago.
El Beto hizo un cálculo rápido.
—A ritmo de trote… quizás 30 minutos. A ritmo de sprint máximo… diez minutos. Quince con suerte. Después de eso, el calor va a fundir los circuitos y la pierna se va a apagar para siempre. Se va a convertir en un ancla de verdad.
Hubo silencio en el vestuario. River perdía 1-0. Quedaban 45 minutos. Y Thiago tenía autonomía para 15.
Gallardo miró el reloj. Quedaban cinco minutos de descanso.
—Tenemos dos opciones —dijo el Muñeco, mirando al suelo—. Te saco ahora, ponemos a Braian Romero y tratamos de empatarlo con 11 jugadores enteros. O…
—O juego hasta que reviente —completó Thiago.
Gallardo lo miró.
—Si se traba en medio de una jugada, dejás al equipo con diez. Es un riesgo enorme.
Thiago se bajó de la camilla. Probó la pierna. Ya no hacía CRACK, pero hacía un zumbido grave, como una turbina mal balanceada: Vvvvmmmmm…
—Marcelo —dijo Thiago—. Me pasé dos años soñando con este partido. Me secuestraron. Me operaron. Me persiguió la policía. Casi me mato en un colectivo escolar para llegar acá.
Thiago apretó los puños.
—No me voy a ir a bañar ahora. Voy a jugar. Y si tengo quince minutos, dame quince minutos de guerra.
Gallardo sonrió. Esa era la respuesta que quería.
El técnico se dio vuelta hacia el resto del equipo, que miraba la escena en silencio.
—¿Escucharon? —gritó Gallardo—. ¡Él tiene quince minutos! ¡Quince!
El Muñeco señaló la pizarra táctica.
—Escúchenme bien. No vamos a regular. No vamos a esperar. Vamos a salir a atropellarlos.
Gallardo borró el esquema táctico anterior. Dibujó un esquema suicida. 3-3-4.
—Vamos a presionar tan arriba que se van a asfixiar. Quiero que la pelota le llegue a Thiago en el área cada vez que la tengamos. No me importa si está sucio, si es un pelotazo. Tirensela a él.
Gallardo miró a Thiago.
—Beto, quitale todos los limitadores de seguridad térmica.
—¿Qué? —El Beto saltó—. Marcelo, si hago eso, no le va a avisar cuando esté por quemarse. Va a explotar sin aviso.
—Exacto —dijo Gallardo—. No quiero que Thiago esté mirando un termómetro. Quiero que esté mirando el arco.
—Hacelo, Beto —ordenó Thiago.
El Beto suspiró y tecleó la secuencia final.
“Protocolo de Seguridad: DESACTIVADO. Advertencias de Temperatura: SILENCIADAS. Modo Overclock: ACTIVO.”
La luz LED de la rodilla de Thiago cambió de color. Del azul suave pasó a un rojo pulsante.
—Parecés un semáforo —dijo Enzo Pérez, dándole una palmada en la espalda—. Vamos a dar vuelta esto.
—¡Vamos carajo! —gritó el capitán.
Salieron al túnel.
El Segundo Tiempo.
Cuando River volvió a la cancha, el ambiente había cambiado. La gente notó la luz roja en la pierna de Thiago. Notó que el equipo salió corriendo, no caminando.
El árbitro pitó el inicio.
Y fue un vendaval.
Minuto 48.
River recuperó la pelota en el saque de Boca en tres segundos. Presión asfixiante de De la Cruz. Pase rápido para Julián. Julián vio a Thiago.
Thiago recibió de espaldas. Esta vez, Izquierdoz no fue al choque. Tuvo miedo.
Thiago giró. La pierna zumbó fuerte. ¡VROOOOM!
Sacó un remate desde 30 metros.
La pelota viboreó en el aire. Rossi ni la vio.
El disparo reventó el travesaño.
¡CLANG!
El arco tembló. La pelota salió disparada hacia la tribuna Sívori alta.
El “UUUUHHHH” de la gente fue ensordecedor.
—¡Casi! —gritó Thiago. Sintió un calor intenso en el muslo. La fricción interna estaba generando temperatura a lo loco. Pero no le importaba.
Minuto 55.
Boca estaba desconcertado. River jugaba con una intensidad suicida. Parecía que había 15 jugadores de camiseta blanca.
Gallardo gritaba desde la línea de cal: ¡Más! ¡Más ritmo!
Sabía que el reloj de arena de Thiago se estaba vaciando.
Thiago corría, chocaba, saltaba. Cada movimiento era más fluido pero más ruidoso que el anterior. El aceite caliente lubricaba los engranajes limados, pero el humo empezaba a salir visiblemente por los agujeros de ventilación.
Klaus, en el palco, miraba el humo con una sonrisa macabra.
—Ya empezó —murmuró—. La fusión del núcleo. Cinco minutos más y se convierte en una estatua de chatarra.
Minuto 60.
Thiago recibió una falta dura de Rojo cerca del área. Tiro libre para River. Ideal para un derecho. O para un zurdo potente.
Thiago agarró la pelota.
—Dejame a mí —le dijo a Quintero, que había entrado recién.
—Está lejos, Thiago. Son 35 metros.
—No voy a llegar al área muchas veces más, Juanfer. Tengo que pegarle ahora.
Thiago acomodó la pelota. Miró la barrera. Miró a Rossi.
La pierna le ardía. Podía sentir el calor a través del aislante, quemándole la piel del muñón.
“Temperatura estimada: 120°C. Daño estructural inminente,” pensó, aunque ya no tenía el HUD para confirmarlo.
Tomó carrera.
El estadio enmudeció.
Thiago corrió y le pegó con todo el alma, con todo el odio hacia Klaus, con todo el amor por su vieja y por el barrio.
El impacto fue descomunal.
La pelota salió con efecto, esquivando la barrera por afuera y cerrándose violentamente hacia el ángulo.
Rossi voló.
Pero la pelota llevaba fuego.
Domingo. 16:15 Horas. Estadio Monumental. Minuto 60.
La pelota viajaba hacia el arco como un meteorito envuelto en llamas invisibles. Rossi, el arquero de Boca, voló hacia su ángulo izquierdo. Sus dedos llegaron a rozar el cuero.
Pero la potencia era absurda.
La pelota dobló las manos del arquero, pegó en la parte interna del poste y…
¡CHACK!
Entró. Se infló la red con violencia.
¡GOL! ¡GOL DE RIVER! ¡GOL DE LA MÁQUINA!
El Monumental estalló. Fue un grito visceral, de esos que hacen temblar los cimientos de hormigón. 70.000 personas saltaron al mismo tiempo.
River 1 – Boca 1.
Thiago intentó correr hacia el banderín del córner para festejar. Dio dos pasos.
Y entonces, sucedió.
¡CRAAAA-K-K-K!
Un sonido horrible salió de su pierna izquierda. Un chirrido de metal desgarrándose. Una nube de humo negro salió disparada por los agujeros de ventilación, oliendo a aceite quemado y goma derretida.
Thiago se desplomó en el área chica. Su pierna izquierda quedó trabada, totalmente recta, rígida como una viga de construcción.
—¡Thiago! —Julián Álvarez llegó primero, abrazándolo en el piso—. ¡Golazo, animal! ¡Golazo!
—¡No me puedo mover! —gritó Thiago, golpeando el pasto—. ¡Se trabó! ¡Se fundió!
El Ruso, viendo la televisión en el vestuario, se agarró la cabeza.
—Gripaje térmico —sentenció—. Los engranajes se dilataron tanto por el calor del disparo que se soldaron entre sí. Esa pierna ya no es una pierna. Es un palo de metal.
En la cancha, Gallardo miró la escena. Thiago estaba tirado. El empate servía, pero Thiago no se levantaba.
—¡Cambio! —gritó el cuarto árbitro, levantando el cartel electrónico. Gallardo iba a meter a Braian Romero.
Pero Thiago vio el cartel. Y desde el suelo, le hizo señas a Gallardo. NO.
Con un esfuerzo sobrehumano, usando sus brazos y su pierna derecha, Thiago se puso de pie. La pierna izquierda era peso muerto. Doce kilos de chatarra inútil que tenía que arrastrar.
—¡No me saques! —le gritó a Gallardo a la distancia—. ¡Dejame terminar!
Gallardo dudó. Faltaban 30 minutos. Jugar con un tipo que no puede correr era regalar el partido.
Pero Gallardo vio los ojos de Thiago. Y vio los ojos de los defensores de Boca. Tenían miedo. Incluso roto, Thiago les daba miedo.
—Baja el cambio —le dijo Gallardo al cuarto árbitro—. Se queda.
Minuto 85.
Los últimos veinticinco minutos fueron un suplicio. River jugaba prácticamente con diez. Thiago se quedó parado en el punto del penal de Boca, como un espantapájaros de lujo. No bajaba a defender. No presionaba. Solo estaba ahí, clavado.
Boca, envalentonado, atacaba con todo. Villa desbordaba una y otra vez. Armani tapó dos pelotas de gol milagrosas.
—¡Aguanten! —gritaba Enzo Pérez—. ¡No queda nada!
Thiago miraba el partido desde lejos, solo en el área rival. Se sentía impotente. Su pierna ardía al tacto. La pintura se había descascarado por el calor, revelando el titanio azulado y quemado de abajo.
“Sistema: CRÍTICO,” decía su mente, aunque Levi ya no respondía. “Movilidad: 0%.”
Klaus Von Weber, en el palco, ya se había servido una copa de champagne.
—Empate —dijo el alemán—. Un resultado mediocre para un experimento fallido. Mañana mismo ordeno el embargo de la tecnología. Ese chico no vuelve a caminar.
Minuto 90+3.
El árbitro Pitana miró el reloj. Adicionó cuatro minutos.
Boca tuvo un córner a favor. Subió hasta el arquero Rossi para buscar el cabezazo heroico y ganar el partido.
El centro vino al área de River.
Armani salió con los puños.
¡PUM!
El arquero despejó largo, muy largo. La pelota voló hacia la mitad de cancha.
Quedó botando sola en el círculo central.
Los defensores de Boca habían subido todos. El campo de Boca estaba desierto.
Solo había una persona ahí.
Thiago.
La pelota picó y pasó por encima de la cabeza de los defensores que volvían desesperados. Le cayó a Thiago, que estaba habilitado porque había arrancado en su propio campo (o mejor dicho, nunca había salido de ahí).
Estaba solo frente al arco vacío, a cuarenta metros de distancia.
Pero no podía correr.
—¡Corré! —le gritaban 70.000 personas.
Thiago intentó dar un paso. La pierna rígida se arrastró por el pasto, pesada como un ancla.
Marcos Rojo venía corriendo desde atrás como una locomotora para alcanzarlo. En tres segundos lo iba a comer.
Thiago sabía que no llegaba al área. No podía conducir la pelota.
La pelota picaba mansa delante de él.
—Es ahora o nunca —pensó.
Apoyó todo su peso en la pierna derecha (la de carne). Y usó la pierna izquierda, la pierna muerta, la pierna soldada, como un palo de golf.
Giró la cadera con violencia. Un movimiento torpe, feo, antinatural.
Lanzó el cuerpo hacia adelante, revoleando la pierna rígida en un arco lateral.
El empeine de metal, duro como una roca, impactó la pelota.
No fue un tiro con técnica. Fue un garrotazo.
La pelota salió disparada.
Thiago perdió el equilibrio por la inercia y cayó de cara al pasto. Quedó tirado, comiendo tierra, sin ver nada.
Solo escuchó el silencio.
Un segundo. Dos segundos.
Y luego, el sonido más hermoso del mundo.
El sonido de la red sacudida. Y detrás, el rugido de un tsunami.
¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL!
Thiago levantó la cabeza, escupiendo pasto.
La pelota descansaba mansa en el fondo del arco de la tribuna Centenario.
Marcos Rojo pasó corriendo por su lado y se frenó, mirando el arco, incrédulo.
River 2 – Boca 1.
El estadio se venía abajo. La gente lloraba. Gallardo corría por la línea de cal abrazándose con el Tano.
Thiago intentó levantarse, pero no pudo. Estaba exhausto. La pierna humeaba.
Entonces, sintió manos. Muchas manos.
Julián, Enzo, Armani, De la Cruz. Todo el equipo se le tiró encima. Hicieron una montaña humana sobre el héroe caído.
—¡Sos un animal! —le gritaba Julián al oído—. ¡Lo ganaste rengo! ¡Lo ganaste rengo!
Minuto 90+5.
Pitana pitó el final.
El Superclásico era de River.
En el palco, Klaus Von Weber dejó caer la copa de champagne. El cristal se rompió contra el suelo, manchando sus zapatos italianos caros.
Miró a Thiago, que era llevado en andas por sus compañeros, con la pierna metálica colgando rígida y humeante, brillando bajo los reflectores como un trofeo de guerra.
Klaus sacó su teléfono. Marcó un número.
—Señor —dijo Klaus, con la voz temblando por primera vez—. Tenemos un problema. El sujeto… el sujeto ha evolucionado más allá de los parámetros. La opinión pública lo ama. Si intentamos quitarle la pierna ahora, tendremos una revolución.
Cortó la llamada. Miró el estadio una última vez y salió del palco, desapareciendo en las sombras.
Abajo, en el césped, Thiago lloraba.
No lloraba de dolor, aunque le dolía todo. Lloraba porque vio a su mamá, Claudia, en la platea baja, agitando la camiseta de River y llorando con él.
Mendieta logró entrar a la cancha, esquivando a la seguridad, y llegó hasta Thiago.
—¡Te dije, pibe! —gritaba el gordo, abrazándolo—. ¡Te dije que valías millones!
Thiago miró a Mendieta.
—No valgo millones, Mendieta. Valgo esto.
Señaló a la gente.
El Ruso llegó con un balde de agua helada y se lo tiró encima de la pierna para enfriarla. El vapor cubrió a todos.
Gallardo se acercó, caminando despacio entre el caos de los festejos. Le agarró la cara a Thiago con las dos manos.
—Gracias —le dijo el Muñeco.
—Gracias a vos, Marcelo. Por no sacarme.
Gallardo sonrió.
—Ahora andá a descansar, soldado. Te ganaste el cielo. Pero primero… tenemos que ver cómo carajo te destrabamos esa rodilla para que entres en el auto.
Thiago se rió. Una risa franca, de nene.
Miró al cielo nocturno de Buenos Aires. La pierna estaba rota. Klaus seguía ahí afuera. La policía probablemente lo esperaba en la puerta.
Pero esa noche, en ese instante eterno, Thiago Arenas era el rey del mundo.
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