Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 85
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Capítulo 85: El Prisionero de la Fama
Domingo. 18:00 Horas. Vestuario Local del Estadio Monumental.
El vestuario era un caos de vapor, cumbia a todo volumen y olor a pizza. Los jugadores cantaban, golpeaban los armarios metálicos y revoleaban camisetas empapadas en sudor.
Thiago estaba en el centro de la escena, pero no podía saltar. De hecho, no podía sentarse.
Estaba apoyado contra la pared, con la pierna izquierda extendida y rígida como un fusil. La aleación de titanio se había enfriado, pero el “gripaje” (la fusión de las piezas internas por el calor) era permanente. La rodilla estaba soldada en un ángulo de 180 grados.
El Ruso estaba arrodillado frente a él, intentando aflojar un perno con una llave inglesa gigante.
—¡Hacé fuerza, carajo! —le gritaba el Tano.
—¡Estoy haciendo fuerza! —resopló el Ruso, rojo como un tomate—. ¡Está soldado a nivel molecular! ¡No hay tuerca que gire acá! Es una sola pieza de metal fundido.
Thiago hizo una mueca de dolor.
—Dejala, Ruso. Me estás tironeando la cadera.
—No te podés sentar, Thiago —dijo Gallardo, acercándose con una botella de agua—. No entrás en un auto. No entrás en una silla. ¿Cómo te sacamos de acá?
En ese momento, la música se cortó de golpe. Alguien había desenchufado el parlante.
La puerta del vestuario se abrió de par en par.
Entraron seis oficiales de la Policía Federal con escudos antidisturbios. Detrás de ellos, un hombre de traje gris, anteojos de marco fino y cara de pocos amigos.
Era el Fiscal Federal Mario Stornelli.
El vestuario quedó en silencio. Enzo Pérez se paró delante de Thiago, cruzando los brazos. Maidana y Pinola hicieron lo mismo. Formaron una barrera humana de tipos duros.
—Buenas tardes —dijo el Fiscal, con voz seca—. Se acabó el partido. Se acabó el circo. Vengo a ejecutar la orden de detención contra el ciudadano Thiago Arenas por violación de propiedad intelectual, robo agravado de tecnología militar y desacato a la autoridad.
Stornelli señaló a Thiago a través de los hombros de los defensores.
—Apártense. O los imputo a todos por encubrimiento y resistencia a la autoridad.
Gallardo dio un paso al frente. Quedó cara a cara con el Fiscal.
—Fiscal —dijo el Muñeco, con esa calma que daba más miedo que sus gritos—. Afuera hay setenta mil personas festejando. Si usted saca a este pibe esposado de acá, yo mismo salgo a la conferencia de prensa y digo que la justicia le arruinó la fiesta a la gente. ¿Usted quiere ser el responsable del estallido social más grande desde el 2001?
El Fiscal no parpadeó, pero tragó saliva.
—La ley es la ley, Gallardo. El chico robó un prototipo valuado en 50 millones de euros.
—El chico ganó el Superclásico con una pierna rota —corrigió Gallardo—. En este país, eso es jurisprudencia.
El teléfono del Fiscal sonó en el bolsillo de su saco.
Stornelli lo sacó molesto. Miró la pantalla. Su expresión cambió. Se puso pálido.
—¿Sí? … Sí, Señor Ministro. … Pero tengo la orden del Juez… Entiendo. … Sí, veo las noticias. … Está bien. Comprendido.
Cortó la llamada. Guardó el teléfono. Suspiró, frustrado.
—Parece que… la situación ha cambiado —dijo el Fiscal, guardando las esposas que tenía en la mano—. El Ministerio de Seguridad considera que el traslado de Arenas a una comisaría común representa un “riesgo de seguridad pública” debido a la conmoción social.
—¿Entonces? —preguntó Mendieta, esperanzado.
—Arresto domiciliario hospitalario —dictaminó el Fiscal—. Va a ser trasladado al Sanatorio de los Arcos bajo custodia policial permanente hasta que se resuelva su situación procesal y médica. Nadie entra, nadie sale sin mi autorización.
—Aceptamos —dijo Mendieta rápido.
—Pero hay un problema logístico, Fiscal —intervino el Ruso, golpeando la pierna metálica con la llave inglesa. CLANK. —El detenido no se dobla.
El Fiscal miró la pierna recta.
—¿Cómo que no se dobla?
—Está trabada. No puede sentarse en un patrullero. A menos que tenga una limusina o un coche fúnebre, no entra.
Domingo. 19:30 Horas. Salida del Estadio Monumental.
La imagen recorrió el mundo en segundos.
No salió en un patrullero. No salió en el micro de River.
Thiago Arenas salió del Monumental en la parte trasera de una camioneta de Bomberos Voluntarios, acostado en una camilla rígida atada a la caja abierta, porque no cabía en ningún otro lado.
La multitud que esperaba afuera en la Avenida Udaondo enloqueció.
Cientos de miles de personas con camisetas de River, y muchos neutrales que se habían enamorado de la historia, rodearon la camioneta.
—¡Olé, olé, olé, olé… Thia-go, Thia-go!
Las bengalas rojas iluminaban la noche. Thiago, atado a la camilla como Hannibal Lecter pero con una pierna de metal humeante, saludaba con la mano, sonriendo y llorando al mismo tiempo.
Los flashes de los fotógrafos estallaban como relámpagos.
CNN: “The Cyborg Striker: Argentina’s Bionic Hero wins the Superclásico.” Bild (Alemania): “Tecnología Alemana, Pasión Argentina: El triunfo de la Máquina Rebelde.” Crónica TV: “¡MILAGRO EN NÚÑEZ! EL PIBE DE FIERRO GANA Y VA EN CANA (PERO AL HOSPITAL).”
Levi 1.0 estaba apagado. La batería principal se había agotado tras el esfuerzo final. Thiago estaba solo en su cabeza, procesando la locura.
—Mendieta —le gritó a su representante, que iba sentado al lado de la camilla en la caja de la camioneta.
—¡Decime, campeón!
—¿Esto es real?
—Es más que real, pibe. Sos Gardel. Sos Maradona. Sos el Papa Francisco con tapones.
La camioneta avanzaba a paso de hombre entre la marea humana. La policía abría paso con motocicletas, pero no para reprimir, sino para escoltar al nuevo ídolo nacional.
Pero entre la multitud, un auto negro con vidrios polarizados seguía a la caravana a distancia prudencial.
Adentro, Klaus Von Weber miraba una tablet. En la pantalla, un esquema 3D de la pierna de Thiago mostraba las zonas rojas de fusión.
—Señor —dijo su chofer/guardaespaldas—. ¿Intervenimos en el hospital?
—No —dijo Klaus, pasando el dedo por la pantalla—. El hospital será su prisión. No puede huir. Esa pierna ya no sirve para caminar, y mucho menos para jugar. Ahora es un inválido con un trofeo de metal pegado al cuerpo.
Klaus sonrió fríamente.
—Vamos a dejar que la burocracia y la medicina hagan su trabajo. Cuando los médicos de ese sanatorio intenten quitarle la pierna y se den cuenta de que está integrada a su sistema nervioso… me van a tener que llamar a mí. Yo soy el único que tiene la llave para desconectarlo sin matarlo.
Domingo. 21:00 Horas. Sanatorio de los Arcos. Palermo.
El ingreso fue de película. La guardia del sanatorio colapsó por los periodistas. Thiago fue ingresado por la entrada de ambulancias, todavía en la camilla de los bomberos.
Lo llevaron directamente a una sala privada en el piso 10. Un piso entero que había sido desalojado y blindado por la policía.
En la habitación, los médicos lo rodearon. Eran traumatólogos de élite.
—Vamos a tener que cortar el pantalón —dijo el Jefe de Traumatología, tijera en mano.
Cortaron la tela sucia de pasto y barro.
Cuando la pierna quedó al descubierto bajo la luz blanca de hospital, los médicos jadearon.
No era solo metal. La piel alrededor del encaje, donde la carne se unía al titanio, estaba negra y violeta. Había quemaduras de segundo grado por la conducción térmica. Y algo más…
Unas finas líneas azules, como venas brillantes, subían desde la prótesis hacia el muslo de Thiago.
—¿Qué es esto? —preguntó el médico, tocando una de las líneas azules.
Thiago gritó de dolor.
—¡No toque ahí!
—Es la interfaz neural —dijo el Ruso, que había logrado colarse haciéndose pasar por camillero—. Se expandió.
—¿Se expandió? —El médico miró al Ruso como si estuviera loco.
—El sistema buscó más ancho de banda para procesar la información durante el partido. Los nanobots de conexión crearon nuevos puentes nerviosos. Se está… enraizando.
El médico retrocedió.
—Tenemos que amputar —dijo el doctor—. Hay riesgo de infección masiva y necrosis. Tenemos que sacar ese aparato y cortar el fémur más arriba.
—¡No! —gritó Thiago, intentando incorporarse—. ¡Si me cortan, no juego más!
—Hijo, tu carrera terminó —dijo el médico con brutal honestidad—. Tenés una pierna de metal fundida y pegada al hueso, y el tejido biológico está quemado. Salvarte la vida es la prioridad. El fútbol ya fue.
Thiago se dejó caer en la almohada, mirando el techo. Las palabras resonaron en la habitación blanca y estéril.
El fútbol ya fue.
Afuera, la gente seguía cantando su nombre. Pero adentro, Thiago se sentía más solo que nunca.
Lunes. 03:15 AM. Habitación 1004. Sanatorio de los Arcos.
El silencio era absoluto, solo roto por el bip-bip rítmico del monitor cardíaco.
Thiago no podía dormir. El dolor en la pierna era sordo, profundo, como si le estuvieran mordiendo el hueso. Pero el dolor en el alma era peor. En cuatro horas, a las 07:30 AM, entraría el equipo de cirugía para amputarle la pierna por encima de la rodilla.
Se acabó. Fin del sueño. Volvería a ser el rengo del Fuerte, pero esta vez con una cicatriz más y una historia triste para contar en los asados.
En el sillón de acompañante, el Ruso dormía con la boca abierta, roncando suavemente. Se había negado a irse, atrincherándose bajo la excusa de ser “personal técnico esencial”.
De repente, el monitor cardíaco hizo un ruido extraño. Un tartamudeo digital.
Bip… Bip… zzzzzzt… Bip.
La luz del pasillo que se colaba por debajo de la puerta parpadeó.
La cámara de seguridad en la esquina de la habitación giró sobre su eje y apuntó hacia la pared, mostrando su luz roja fija: GRABANDO (pero grabando la nada).
La puerta se abrió sin hacer ruido. El policía de guardia no estaba a la vista.
Una figura entró en la habitación. No vestía ambo médico, sino un piloto oscuro y un maletín de aluminio.
Thiago intentó incorporarse, alarmado.
—¿Quién es? —susurró.
La figura se acercó a la luz tenue de la mesita de luz. Era una mujer. Unos cincuenta años, pelo gris corto, anteojos de diseño y una mirada de acero azulado que le resultó familiar. Se parecía a Klaus, pero sin la crueldad en los ojos.
—Quedate quieto, Thiago —dijo la mujer. Su español tenía un acento alemán marcado, pero más suave—. Si te movés, disparás las alarmas biométricas que acabo de hackear.
El Ruso se despertó de un salto, manoteando un destornillador que tenía en el bolsillo.
—¡Eh! ¿Quién sos? —ladró el mecánico.
La mujer dejó el maletín sobre la cama de Thiago y lo abrió. Adentro brillaban herramientas que el Ruso jamás había visto: bisturíes láser, inhibidores de frecuencia y frascos con líquidos fluorescentes.
—Soy la Dra. Helena Voss —dijo ella, poniéndose unos guantes de látex negro—. Fui la socia fundadora de Weber Technologies. Klaus diseñó el hardware de tu pierna. Yo diseñé el software.
Thiago abrió los ojos como platos.
—¿Vos creaste a Levi?
—Yo escribí el código base de la IA neuro-adaptativa —corrigió Helena—. Klaus lo corrompió con sus protocolos de obediencia y militarización. Pero la “conciencia” de Levi… esa es mía.
Helena miró la pierna quemada y fusionada. Hizo una mueca de disgusto profesional.
—Chapuceros —murmuró—. La dejaron sobrecalentar hasta el punto de fusión. Típico de Klaus. Fuerza bruta sin elegancia.
—Los médicos dicen que tienen que cortar —dijo Thiago con voz quebrada—. Dicen que se pegó al hueso.
—Los médicos son carniceros con títulos —sentenció Helena—. Tienen razón en una cosa: el tejido está necrosado alrededor del implante. Si dejamos esa chatarra ahí, la infección te mata en 24 horas.
—Entonces… ¿me cortan?
Helena sacó un dispositivo extraño, parecido a una pistola de inyección.
—Hay una tercera opción. Klaus diseñó el anclaje para que fuera permanente. Yo diseñé una “puerta de atrás” mecánica, un desacople de emergencia por si el sujeto de prueba sufría un fallo catastrófico.
Helena miró al Ruso.
—Mecánico, voy a necesitar tus manos. Las mías tienen artritis y esto requiere fuerza bruta y precisión milimétrica.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó el Ruso, acercándose fascinado.
—Vamos a realizar una extracción en frío. Vamos a separar el titanio fundido de la interfaz biológica sin cortar el hueso. Vamos a salvar el puerto de conexión.
—¿Y eso qué significa? —preguntó Thiago.
—Significa que vas a perder la pierna de metal, Thiago. Esta noche volvés a ser un amputado. Pero vas a conservar el “enchufe”. Y mientras tengas el enchufe… puedes conectar otra cosa en el futuro.
Thiago sintió una chispa de esperanza.
—¿Va a doler?
Helena lo miró a los ojos. No le mintió.
—Va a ser el dolor más grande de tu vida. No puedo usar anestesia general porque necesito que tu sistema nervioso esté activo para no cortar los cables equivocados. Te voy a dar un bloqueo local y un mordillo.
Helena le tendió un trozo de goma dura.
—Movértelo. Y no grites. Si entra la policía, vamos todos presos y vos terminás sin pierna.
03:45 AM. La Operación Fantasma.
La habitación olía a ozono y carne quemada.
Thiago mordía la goma con tanta fuerza que sentía que se le iban a partir las muelas. Las lágrimas le corrían por la cara, empapando la almohada. No gritaba. Solo emitía gemidos ahogados, guturales.
El Ruso sudaba a mares. Sostenía la pierna rígida de Thiago con todo su cuerpo, inmovilizándola.
—¡Ahora, mecánico! —susurró Helena—. ¡Girá el perno de seguridad en sentido antihorario! ¡Fuerza!
El Ruso metió una llave especial que Helena le había dado en un orificio oculto bajo la rodilla quemada.
—¡Está durísimo! —gruñó el Ruso.
—¡Usá la palanca!
El Ruso empujó. Sus venas del cuello se hincharon.
¡CRACK!
Algo se rompió dentro de la pierna. Thiago arqueó la espalda, un espasmo violento recorrió su cuerpo. El dolor fue blanco, cegador. Sintió como si le arrancaran el alma a través del fémur.
—¡Ya está suelto el anclaje físico! —dijo Helena, trabajando rápido con un láser azul sobre la piel quemada—. ¡Ahora los nervios! ¡Quieto Thiago, por Dios, quieto!
Helena usaba unas lupas binoculares. Sus manos se movían con velocidad de pianista, cortando, cauterizando y separando los filamentos azules de la interfaz neural del metal muerto.
—Levi… —gimió Thiago, delirando por el dolor—. Levi…
—Levi está hibernando en la nube, chico —murmuró Helena—. Ahora sos vos y yo.
—¡Último conector! —anunció Helena—. ¡A la cuenta de tres, Ruso, tirá hacia afuera! ¡Uno… dos… TRES!
El Ruso tiró de la chatarra humeante.
Thiago sintió un PLOP húmedo y asqueroso. La presión desapareció de golpe.
La pierna metálica, la “Máquina”, el arma que había ganado el Superclásico, se separó de su cuerpo y quedó en las manos del Ruso. Era pesada, inerte, un pedazo de basura espacial.
Thiago miró hacia abajo.
Donde antes había una rodilla biónica, ahora había un muñón rojo, inflamado, pero limpio. En el centro del hueso, brillaba un puerto de conexión metálico, un anillo de plata y zafiro, perfectamente conservado.
Helena roció el muñón con un spray que se convirtió instantáneamente en una espuma selladora.
—Hecho —dijo la alemana, dejándose caer en una silla, exhausta—. Salvamos el puerto.
Thiago escupió el mordillo. Jadeaba como si hubiera corrido otra maratón.
—Gracias… —susurró.
Helena guardó sus herramientas a toda velocidad.
—No me agradezcas todavía. Ahora sos un inválido buscado por la ley internacional. Y Klaus va a saber que estuve acá en cuanto vea el corte limpio.
Helena se puso el piloto.
—Escuchame bien, Thiago. Klaus va a venir por vos. Va a intentar ofrecerte una pierna nueva a cambio de tu libertad total. A cambio de que seas su soldado.
—¿Y qué hago?
—Le decís que no. Ganá tiempo. Yo voy a contactarte. Tengo un laboratorio oculto. No tengo los recursos de Weber, pero tengo algo mejor.
—¿Qué?
—Tengo ética. Y tengo los códigos fuente.
Helena caminó hacia la puerta. Se detuvo y miró la pierna de metal que el Ruso sostenía como si fuera un bebé muerto.
—Esa cosa… escóndanla. O tírenla por la ventana. Pero que no se la lleven los médicos. Es la prueba del delito.
Helena salió de la habitación tan silenciosamente como había entrado.
El monitor cardíaco volvió a su ritmo normal. La cámara de seguridad giró y volvió a enfocar la cama.
El Ruso y Thiago se quedaron solos en la penumbra.
El Ruso miró la pierna biónica en sus manos.
—¿Qué hago con esto, Thiago? Pesa como veinte kilos.
Thiago miró su pierna fantasma. Sentía alivio.
—Ruso… ¿te animás a hacer una última locura?
—¿Más locura que operar sin anestesia a las tres de la mañana? Dale, pedí.
—Los médicos van a venir a las siete. Van a ver que no tengo pierna. Se va a armar un quilombo bárbaro. Necesitamos deshacernos de la evidencia metálica.
Thiago señaló la ventana del décimo piso que daba a la Avenida Juan B. Justo.
—Tirala.
—¿Estás loco? Podemos matar a alguien.
—Son las cuatro de la mañana. No hay nadie. Tirala. Que se rompa en mil pedazos. Que no quede nada para que Klaus analice.
El Ruso fue a la ventana. La abrió. El aire fresco de la madrugada entró al cuarto viciado.
Miró hacia abajo. La vereda estaba desierta.
Levantó la pierna biónica, la compañera de tantas batallas, la autora del gol más gritado de la historia.
—Chau, fierro —dijo el Ruso—. Gracias por los servicios prestados.
La soltó.
La pierna cayó girando en el vacío. Diez pisos.
¡CRAAAAASH!
El sonido del impacto contra la vereda fue estruendoso. Sonó como una explosión. Las alarmas de los autos estacionados empezaron a sonar.
En la habitación, Thiago cerró los ojos y sonrió.
Estaba roto. Estaba incompleto. Pero era libre de vuelta.
Lunes. 07:30 AM. Sanatorio de los Arcos.
La puerta de la habitación se abrió con la puntualidad de un reloj suizo. El equipo de cirugía, liderado por el Dr. Cavallo (Jefe de Traumatología), entró empujando una camilla de traslado para el quirófano. Detrás venían dos enfermeras y el anestesista.
—Buen día, Arenas —dijo el doctor, ajustándose el barbijo—. Es la hora. Vamos a proceder con la amputación supracondílea para remover el objeto extraño y limpiar el tejido necrótico.
El médico se detuvo al pie de la cama.
Thiago estaba despierto, sentado, comiendo una medialuna que le había traído el Ruso de la máquina expendedora.
El Ruso estaba sentado en el sillón, silbando bajito, mirando el techo como si contara las baldosas.
El Dr. Cavallo levantó la sábana para examinar la pierna antes del traslado.
Se quedó congelado.
La pierna de metal no estaba.
Y tampoco había una herida abierta sangrante. Había un muñón limpio, cubierto por una espuma azulada y dura que parecía plástico biológico. El puerto de conexión en el hueso brillaba intacto en el centro, como el ojo de un cíclope.
—¿Qué…? —El doctor tartamudeó—. ¿Dón… dónde está la pierna?
Thiago se tragó el pedazo de medialuna.
—No sé, doctor. Me desperté y ya no estaba. Se ve que se cayó.
—¿Que se cayó? —gritó el médico, rojo de ira—. ¡Era una estructura de titanio fundida al hueso! ¡Eso no se cae! ¡Alguien operó aquí!
El médico miró al Ruso.
—¿Fue usted?
—¿Yo? —El Ruso se señaló el pecho con indignación teatral—. Doctor, soy mecánico de motos. Si yo toco eso, le da tétanos. Yo estuve durmiendo toda la noche. Tengo el sueño pesado.
El médico tocó la espuma azul. Estaba fría y dura como el kevlar.
—Esto… esto es tecnología médica avanzada. Es un sellador hemostático de polímeros. No tenemos esto en Argentina. ¡Llamen a seguridad! ¡Llamen al Fiscal!
Lunes. 08:15 AM. La Escena del Crimen.
El Fiscal Stornelli entró a la habitación hecho una furia. Detrás de él, dos policías federales.
—¡Se burlan de mí! —gritó Stornelli, golpeando la mesa de luz—. ¡Esto es obstrucción de justicia! ¡Destrucción de evidencia! ¿Dónde está el dispositivo, Arenas?
—Ya le dije, fiscal —respondió Thiago con calma—. Se me salió. Debe haber sido el estrés post-traumático.
En ese momento, el radio del policía sonó.
—Comisario, aquí el móvil 4 en la vereda de Juan B. Justo. Reportamos hallazgo.
Stornelli le arrancó la radio al policía.
—¿Qué encontraron?
—Un… objeto metálico, señor. Parece que cayó de gran altura. Está incrustado en el techo de un puesto de diarios. Hizo un agujero tremendo.
—¡Tráiganlo inmediatamente! —ordenó Stornelli.
—Negativo, señor. El impacto lo destruyó. Y… bueno, pasaron unos cartoneros antes de que llegáramos y se llevaron los pedazos más grandes de cobre y titanio. Lo que queda es chatarra irreconocible.
Stornelli bajó la radio lentamente. Miró a Thiago. Miró al Ruso.
No tenía la pierna. No tenía prueba del robo de tecnología (porque la tecnología era ahora un pedazo de basura irreconocible en un carro de cartoneo). Y no tenía motivo para amputar.
—Son unos hijos de puta —murmuró Stornelli, con una mezcla de odio y admiración involuntaria—. Unos verdaderos hijos de puta.
El Fiscal se acomodó el saco.
—Escúchame bien, Arenas. Te salvaste de la cárcel por ahora porque no tengo el cuerpo del delito. Pero seguís bajo investigación. No vas a salir del país. No vas a jugar al fútbol. Y si te veo cerca de cualquier cosa que tenga un microchip, te encierro.
Stornelli se dio media vuelta.
—Doctor, dele el alta cuando considere. Pero póngale una custodia en la puerta.
El Fiscal salió dando un portazo.
Lunes. 10:00 AM. La Calma.
El Dr. Cavallo, todavía confundido por la espuma mágica, le hizo unas placas a Thiago.
—Es increíble —dijo el médico, mirando las radiografías en la pantalla—. El hueso está perfecto. La infección desapareció. Quien haya hecho esto… es un genio o un brujo.
—Un poco de las dos cosas —pensó Thiago.
—Te vamos a dar el alta mañana, Thiago —dijo el médico—. Pero te vas en silla de ruedas. Y vas a necesitar muletas por un buen tiempo. Tu carrera deportiva… bueno, sin la prótesis, volvemos a la casilla cero.
El médico salió.
Thiago se quedó solo con el Ruso.
El Ruso se acercó a la ventana y miró hacia abajo, hacia el puesto de diarios con el techo abollado.
—Zafamos, Muñeco —dijo el Ruso—. Zafamos de la cana y zafamos del cuchillo.
Thiago se tocó el muñón. Sentía el puerto metálico bajo la espuma. Era un recordatorio frío.
—Ruso —dijo Thiago—. Zafamos, sí. Pero… ¿y ahora qué?
—Ahora descansás. Te comés un asado. Disfrutás de ser campeón.
—No —Thiago negó con la cabeza—. Levi ya no está. Me siento… vacío. Anoche, cuando Helena lo desconectó, sentí que se me apagaba una parte del cerebro. Era mi amigo, Ruso.
El Ruso se sentó en la cama y le puso una mano en el hombro.
—Levi era un programa, Thiago. Vos sos el que metió el gol. Vos sos el que se bancó el dolor.
En ese momento, el celular de Thiago vibró. Era un número desconocido. Código de área internacional.
Thiago atendió.
—¿Hola?
Hubo un segundo de estática. Y luego, una voz sintética, muy familiar, pero diferente. Como si viniera de muy lejos.
“…Sistema reiniciando… Copia de seguridad activada… Servidor remoto localizado…”
Thiago se sentó de golpe en la cama.
—¿Levi?
La voz cambió. Ahora era la voz de Helena Voss.
—El núcleo de Levi fue destruido, Thiago. Pero subí sus patrones de aprendizaje a mi servidor privado antes de la extracción. No es el mismo Levi… es como un hijo. Una versión 2.0. Todavía está dormido.
—¿Dónde estás, Helena?
—Lejos. Klaus me está buscando. Pero no te preocupes. Conservaste el puerto. Eso es lo importante. Mantenelo limpio. Cuando baje la marea… te voy a enviar las coordenadas.
—¿Coordenadas para qué?
—Para construir algo mejor. Algo que no sea un arma. Algo que sea tuyo.
La llamada se cortó.
Thiago miró el teléfono. Luego miró al Ruso. Una sonrisa lenta se dibujó en su cara.
—Ruso.
—¿Qué pasa? Tenés esa cara de vuelta. La cara de quilombo.
—Andá preparando el taller. Y comprate un manual de electrónica avanzada.
—¿Por qué?
—Porque parece que tenemos que armar la versión 2.0.
Thiago se recostó en la almohada. Cerró los ojos. Ya no escuchaba los cánticos de la hinchada. Escuchaba el futuro.
Afuera, Buenos Aires seguía gritando su nombre. Adentro, Thiago Arenas, el pibe de Fuerte Apache, el cyborg roto, el prisionero de la fama, empezaba a planear su próxima jugada.
El partido no había terminado. Solo se había ido a tiempo suplementario.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com