Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 86
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Capítulo 86: El Rengo de Oro
Martes. 11:00 AM. Puerto Madero. Piso 25.
El departamento era lujoso. Tenía vista al río, pisos de mármol, una PlayStation 5 conectada a una pantalla de 85 pulgadas y una heladera llena de bebidas importadas.
Era una jaula de oro.
Thiago Arenas estaba tirado en el sofá, jugando al FIFA. Manejaba al Manchester City. Hizo un gol con Haaland, pero no lo gritó. Apretó pausa y miró por el ventanal. Abajo, la ciudad se movía. Él no.
Su pierna izquierda terminaba en un muñón prolijo, cubierto por una media de compresión negra. Debajo de la tela, el puerto de conexión plateado estaba frío y dormido. Hacía tres meses que no sentía nada ahí abajo. Ni dolor, ni electricidad, ni a Levi.
La puerta del departamento se abrió. Entró Mendieta, hablando por celular a los gritos, con un traje que brillaba demasiado.
—¡Te digo que no! —gritaba el representante—. ¡Thiago no va a hacer la publicidad de “Pegamento La Gotita”! ¡Me chupa un huevo el slogan “Pega fuerte como Thiago”! ¡Es de mal gusto!
Mendieta cortó y miró a su representado.
—¡Arriba ese ánimo, campeón! Te traigo noticias. Cerré con una marca de zapatillas. Quieren que seas la cara de la campaña “Un paso a la vez”. Es emotiva, pagan en dólares.
Thiago apagó la Play.
—No quiero hacer más publicidades, Mendieta. Me siento un payaso. Soy un ex jugador de 20 años que vende lástima.
—Sos un ídolo nacional, pibe —corrigió Mendieta, sirviéndose un whisky—. La gente te ama. “El Héroe del Superclásico”. ¿Sabés cuántas camisetas con el número 33 vendió River este mes? Récord histórico. Superaste a Francescoli.
—Pero Francescoli jugaba —dijo Thiago, agarrando sus muletas de aluminio para levantarse—. Yo soy un póster. El Ruso me dice que el taller está listo, que Helena va a llamar… pero no llama. Pasaron 90 días, Mendieta. Helena desapareció. Klaus está callado. Y yo me estoy oxidando acá.
El timbre del portero eléctrico sonó.
Mendieta frunció el ceño.
—Qué raro. Le dije a la seguridad de abajo que no dejara pasar a nadie. Ni periodistas ni fanáticos.
El representante fue al intercomunicador.
—¿Quién es? —preguntó con tono agresivo.
La voz del guardia de seguridad sonó nerviosa.
—Sr. Mendieta, disculpe… pero hay alguien que insiste en subir. Dice que tiene cita.
—No tengo cita con nadie. Echal…
—Señor… es Lionel Scaloni.
Mendieta se quedó mudo. Se le cayó el vaso de whisky. El hielo rodó por el piso de mármol.
Thiago, que iba camino a la cocina, se frenó en seco sobre sus muletas.
—¿Quién? —preguntó Thiago.
—El técnico de la Selección —susurró Mendieta—. ¡Hacé pasar al Gringo! ¡Ya! ¡Limpiá este quilombo!
11:15 AM. La Propuesta.
Lionel Scaloni entró al departamento con esa caminata tranquila de hombre de campo que acaba de ganar todo. Llevaba ropa de entrenamiento de la AFA. Simple. Austero.
—Buen día —dijo Scaloni.
Mendieta estaba hiperventilando, tratando de ofrecerle café, agua, whisky o su riñón.
—Un mate está bien —dijo Scaloni.
Se sentó en el sofá, frente a Thiago. Lo miró. No miró las muletas. Lo miró a los ojos.
—¿Cómo estás, pibe?
—Bien, Lionel. Acá… recuperándome —mintió Thiago.
—Te vi contra Boca —dijo el técnico—. No hablo del gol. El gol fue suerte y huevo. Hablo de los primeros treinta minutos. Los movimientos. La lectura de juego. Tenés algo que no se compra en farmacia, Thiago. Tenés el potrero y tenés la frialdad de una máquina.
Scaloni cebó un mate y se lo pasó a Thiago.
—Se viene la Copa América en Estados Unidos. Y después, el Mundial. Estamos armando la lista preliminar.
Thiago casi se atraganta con la bombilla.
—¿Me estás jodiendo?
—Yo no jodo con la Selección —dijo Scaloni serio—. Nos falta un 9 con tus características. Julián es movilidad. Lautaro es potencia. Vos… vos con esa pierna eras otra cosa. Eras el futuro.
—”Eras” —repitió Thiago, tocándose el muñón—. Dijiste la palabra clave. No tengo pierna, Lionel. Soy rengo.
—Hablé con Gallardo —siguió Scaloni, ignorando la queja—. Me contó lo del puerto. Lo del “enchufe”. Me dijo que técnicamente, si conseguís el hardware, podés volver a jugar mañana.
Thiago bajó la mirada.
—El hardware lo tenía un alemán loco que me lo quiere arrancar. Y la única persona que puede hacerme uno nuevo está escondida en algún lugar del planeta porque la buscan para matarla.
Scaloni se levantó.
—Mirá, Thiago. Yo no entiendo de chips ni de alemanes. Yo entiendo de fútbol. La lista definitiva para la Copa América cierra en 60 días.
Scaloni dejó una carpeta sobre la mesa ratona. Tenía el escudo de la AFA.
—Si en 60 días te presentás en el predio de Ezeiza con dos piernas y pasás la revisión médica… estás adentro. Si no, lo llevo a Gio Simeone.
El técnico le dio una palmada en el hombro.
—Depende de vos. Podés seguir vendiendo yogur o podés venir a ganar la cuarta estrella.
Scaloni salió del departamento.
El silencio que dejó fue más pesado que el ruido del estadio.
12:00 PM. La Decisión.
Mendieta agarró la carpeta de la AFA y la abrió como si fuera un texto sagrado.
—¡Es la Selección, Thiago! ¡La Selección Mayor! ¡Esto vale más que cualquier contrato! ¡Tenemos que conseguirte una pata! ¡Compro una en Mercado Libre! ¡Lo que sea!
Thiago estaba mirando por la ventana de nuevo. Pero ya no veía la ciudad gris. Veía el predio de Ezeiza. Veía la camiseta celeste y blanca.
El aburrimiento había desaparecido. Ahora sentía miedo. Y adrenalina.
—Mendieta —dijo Thiago—. Dame el teléfono encriptado.
—¿El que te dio el Ruso? Dijeron que solo para emergencias.
—Esto es una emergencia. Tengo 60 días para encontrar a Helena Voss, convencerla de que me construya una pierna de nivel militar en un laboratorio clandestino, operarme, rehabilitarme y aprender a usarla antes de que Scaloni entregue la lista.
Thiago agarró el teléfono negro, un aparato viejo y sin internet, solo mensajes de texto satelitales.
Lo encendió.
Había un mensaje nuevo, recibido hacía dos horas. Justo antes de que llegara Scaloni. Las casualidades no existen.
El mensaje era corto. Solo una serie de números y una palabra.
COORDENADAS: -34.6037, -58.3816 CODE: DANTE HORA: Medianoche.
Thiago buscó las coordenadas en su celular normal.
—¿Dónde es? —preguntó Mendieta.
Thiago sonrió. Una sonrisa peligrosa.
—El Obelisco. O mejor dicho… abajo del Obelisco.
—¿Abajo? ¿En el subte?
—No. Más abajo. Helena está en Buenos Aires. Y parece que el “Laboratorio Clandestino” está en el lugar más visible y a la vez más oculto de la ciudad.
Thiago agarró las muletas. Se movió rápido, con agilidad.
—Llamalo al Ruso. Decile que traiga la camioneta. Nos vamos de Puerto Madero.
—¿A dónde vamos?
—Al inframundo, Mendieta. Vamos a buscar mi pierna.
Martes. 23:55 Horas. Estación de Subte “Carlos Pellegrini”. Línea B.
La estación estaba vacía y en penumbras. El servicio había cortado a las once. El olor a humedad y grasa ferroviaria era penetrante.
Thiago, con una capucha gris y sus muletas, avanzaba flanqueado por el Ruso (que llevaba una mochila llena de herramientas y una linterna táctica) y Mendieta (que miraba con asco un charco de agua negra).
—Esto es una locura —se quejó Mendieta, cuya voz retumbaba en el túnel—. Si me muerde una rata mutante, te demando, Thiago. Estos mocasines son de piel de cocodrilo.
—Callate, Mendieta —susurró Thiago—. Estamos en las coordenadas.
Llegaron al final del andén, donde un cartel despintado decía “PROHIBIDO EL PASO – PERSONAL AUTORIZADO”. Una reja oxidada con candado bloqueaba el acceso a un túnel de mantenimiento.
El Ruso se acercó al candado. Sacó una ganzúa electrónica.
—Dame diez segundos.
Click. El candado se abrió.
Cruzaron la reja y entraron en la oscuridad total. Caminaron por las vías muertas de un túnel que no figuraba en los mapas modernos. Era parte de la vieja red de cargas que corría bajo la Avenida 9 de Julio.
Caminaron doscientos metros hasta encontrar una puerta de acero macizo empotrada en la pared de ladrillo antiguo. No tenía picaporte, solo un teclado numérico sucio.
Thiago se acercó.
—Dante —recordó el código.
Pero el teclado solo tenía números.
—Dante Alighieri —dijo el Ruso rápido—. La Divina Comedia se publicó en 1320. O quizás… Dante es la letra D… la cuarta letra.
—Probá con la fecha de hoy —sugirió Mendieta.
Thiago negó con la cabeza. Miró el teclado. Las teclas estaban gastadas, pero no todas.
—Code: DANTE —murmuró. Marcó los números correspondientes a las letras en un teclado telefónico antiguo. 3 (D) – 2 (A) – 6 (N) – 8 (T) – 3 (E).
La puerta emitió un siseo hidráulico. El polvo cayó del marco.
La puerta se abrió hacia adentro.
Una luz blanca, clínica y purísima, los cegó por un segundo.
El Taller de Dante.
Cuando sus ojos se acostumbraron, se quedaron sin aire.
No era una cueva. Era un búnker de alta tecnología incrustado en la infraestructura de la ciudad. El lugar era enorme, una bóveda de hormigón abovedado que alguna vez debió ser un depósito de agua o un refugio de la época de Perón.
Ahora, estaba lleno de servidores parpadeantes, impresoras 3D de metal líquido, brazos robóticos que ensamblaban microchips y pantallas holográficas flotando en el aire.
El zumbido de los ventiladores de refrigeración tapaba el ruido del subte que pasaba tres pisos más arriba.
En el centro de la sala, sentada en una silla ergonómica frente a una mesa de trabajo, estaba Helena Voss.
Estaba soldando un circuito bajo un microscopio. Ni siquiera levantó la vista cuando entraron.
—Llegan tres minutos tarde —dijo Helena. Su voz resonó amplificada por el sistema de audio de la sala.
—Tuvimos problemas con los molinetes —dijo Thiago, avanzando con sus muletas.
Helena giró la silla. Se sacó las gafas de protección. Parecía más vieja que la última vez, más cansada, pero sus ojos brillaban con esa inteligencia maníaca.
—Bienvenido al Infierno, Thiago —dijo Helena, abriendo los brazos—. O al Purgatorio, dependiendo de cómo salga esto.
El Ruso dejó caer la mochila, boquiabierto.
—Esto es… esto es el paraíso —balbuceó el mecánico, mirando una impresora de sinterización láser que valía más que todo el barrio de Liniers.
—No toques nada —advirtió Helena—. Todo aquí está calibrado al micrón.
Helena se puso de pie y caminó hacia Thiago. Miró el muñón enfundado.
—¿Cómo está el puerto?
—Frío. Muerto.
—Bien. Eso significa que no hay infección ni rechazo.
Helena hizo un gesto con la mano y las luces de la sala cambiaron. Se atenuaron en los bordes y se concentraron en una vitrina cilíndrica que estaba en el centro de la habitación, cubierta por una lona.
—Klaus diseñó a Levi 1.0 como un prototipo militar adaptado —dijo Helena, caminando alrededor de la vitrina—. Era fuerte, sí. Pero era estúpido. Fuerza bruta. Se sobrecalentaba porque peleaba contra la física en lugar de fluir con ella.
Helena agarró la lona.
—Para la Selección Argentina, para el nivel que querés jugar, no necesitás un tanque. Necesitás un jet de combate. Necesitás velocidad, precisión y gestión térmica activa.
Tiró de la lona.
Ahí estaba.
Thiago soltó las muletas. Tuvo que apoyarse en Mendieta para no caerse.
No era una pierna. Era una obra de arte.
A diferencia del modelo anterior, que parecía esquelético y tosco, esta prótesis tenía un diseño orgánico, fluido. Estaba hecha de una aleación negra mate (fibra de carbono y grafeno), con líneas doradas que recorrían la estructura como venas.
La “pantorrilla” no era un bloque sólido, sino una serie de pistones hidráulicos expuestos y aletas aerodinámicas que parecían las branquias de un tiburón.
—Te presento al Proyecto Fénix —dijo Helena.
—Es… hermosa —susurró el Ruso.
—Es mucho más que linda —explicó Helena—. Tiene un sistema de refrigeración líquida integrado. Esas líneas doradas no son decoración; son micro-tuberías que circulan un refrigerante a base de nitrógeno. Nunca más se va a fundir.
Helena señaló el pie.
—El tobillo tiene un giroscopio de triple eje. Podés patear desde ángulos que anatómicamente son imposibles para un humano. Y la suela… la suela tiene sensores de tracción variable. Se adapta al pasto seco, mojado o barro en milisegundos.
Thiago se acercó, hipnotizado. Extendió la mano para tocarla.
—¿Y Levi? —preguntó—. ¿Está ahí adentro?
—El hardware está vacío —dijo Helena—. El “cerebro” está en mis servidores. Tenemos que descargar la copia de seguridad que rescaté. Pero Thiago…
Helena lo miró seria.
—Esta versión de Levi no es la misma que conociste. Perdió sus “recuerdos” operativos del partido contra Boca. Tiene los datos básicos, pero su personalidad… su vínculo con vos… está reseteado. Vas a tener que enseñarle a jugar de nuevo. Tienen 60 días para sincronizarse.
—Sesenta días —repitió Thiago—. Es lo que tengo.
—Hay un problema más —interrumpió Helena.
Presionó un botón y un mapa de Buenos Aires apareció en una pantalla gigante. Había puntos rojos moviéndose.
—Klaus no se rindió. Weber Technologies ha desplegado drones de rastreo de señal térmica por toda la ciudad. Si encendemos el Fénix a plena potencia, va a emitir un pico de energía que podrían detectar si están cerca.
—¿Entonces?
—Entonces vamos a tener que entrenar en una Jaula de Faraday —dijo Helena—. O vamos a tener que movernos rápido. Muy rápido.
Helena sacó la pierna de la vitrina. Pesaba la mitad que la anterior.
—Sentate, Thiago. Vamos a conectar.
Thiago se sentó en la camilla de operaciones. Se arremangó el pantalón corto. Quitó la media de compresión. El puerto plateado brilló bajo la luz.
Helena acercó la prótesis. El encaje era perfecto.
—Esto va a sentirse frío al principio. Y después… va a sentirse como meter el dedo en un enchufe. ¿Listo?
Thiago miró al Ruso, que le levantó el pulgar. Miró a Mendieta, que se tapaba los ojos.
—Listo —dijo Thiago.
Helena alineó los conectores.
Click.
El sonido fue suave, preciso.
Un segundo de silencio.
Y luego, las líneas doradas de la pierna se iluminaron. Un zumbido suave, casi musical, llenó la sala. El refrigerante empezó a circular.
Thiago arqueó la espalda y soltó un grito ahogado. Sus ojos se pusieron blancos por un instante.
La descarga de datos golpeó su cerebro como un tsunami.
“Iniciando sistema…” “Cargando Proyecto Fénix v1.0…” “Verificando usuario… Biometría confirmada: Thiago Arenas.” “Hola, Thiago. He dormido mucho tiempo.”
La voz resonó en su cabeza. Era Levi. Pero sonaba más joven, más limpia. Sin estática.
Thiago abrió los ojos. Miró su pierna nueva.
Movió el dedo gordo del pie metálico. El servomotor respondió instantáneamente, sin lag.
Se puso de pie. Sin muletas.
El equilibrio era perfecto. Se sentía liviano.
—Hola, Levi —dijo Thiago en voz alta.
—Mis sensores indican atrofia muscular en el resto del cuerpo y niveles de cortisol elevados,— dijo la IA—. Sugiero entrenamiento inmediato. Tenemos una Copa América que ganar.
Thiago sonrió. La sonrisa del campeón había vuelto.
—Ruso —dijo Thiago—. Pasame una pelota.
El Ruso sacó una pelota de fútbol de su mochila (nunca salía sin una) y se la tiró.
Thiago la mató con el pecho, la dejó caer al empeine de carbono y empezó a hacer jueguitos. Tac, tac, tac. El sonido era diferente. Más seco. Más metálico. Pero el control era absoluto.
Helena miraba su tablet, monitoreando los flujos de energía.
—La sincronización neuronal está al 98% en reposo —dijo ella, asombrada—. Nunca vi una adaptación tan rápida. Naciste para esto, chico.
De repente, una alarma roja empezó a parpadear en las pantallas de Helena.
¡ALERTA DE PROXIMIDAD! ¡DRONES DETECTADOS EN EL TÚNEL DE ACCESO!
Mendieta saltó.
—¡Nos encontraron! ¡Nos siguieron!
Helena corrió al teclado.
—¡Detectaron el pico de encendido! ¡Están entrando por la ventilación!
—¿Klaus? —preguntó Thiago, dejando caer la pelota.
—Peor —dijo Helena, cargando un arma de pulsos electromagnéticos—. Sus “Limpiadores”. Mercenarios. Thiago, ¿qué tan rápido podés correr con esa cosa nueva sin haber practicado?
Thiago miró el túnel oscuro por donde habían venido. Luego miró sus piernas nuevas.
—Levi, ¿estás listo para correr?
“Siempre,” respondió la IA. “Protocolo de Evasión activado. Potencia al 120%.”
—Creo que vamos a averiguarlo ahora mismo —dijo Thiago.
Martes. 23:59 Horas. Túneles de la Línea B.
—¡Salgan por la puerta trasera! —gritó Helena, disparando su arma extraña. Un pulso azul golpeó al primer dron que asomó por el ducto de ventilación. El aparato cayó frito al suelo, chisporroteando.
Pero venían más. Eran esferas negras, del tamaño de una pelota de fútbol, con rotores silenciosos y luces rojas que escaneaban el ambiente.
—¡Muévanse! —ordenó Thiago.
El Ruso agarró su mochila. Mendieta, pálido como un papel, corrió hacia la puerta blindada por la que habían entrado.
Salieron al túnel del subte. La oscuridad era total, salvo por las linternas que llevaban y el brillo dorado de la pierna de Thiago.
—Escaneo de amenaza,— informó Levi en la mente de Thiago. Su voz era tranquila, quirúrgica. —Tres unidades hostiles acercándose a 80 km/h por el túnel norte. Dos más por el sur. Estamos en una maniobra de pinza.
—¿Qué hacemos? —pensó Thiago mientras corrían por las vías, tropezando con durmientes viejos.
—Yo me encargo de la navegación. Vos encargate de la velocidad.
Thiago aceleró.
Fue una sensación extraña. Con la pierna vieja, correr era golpear el suelo: PUM, PUM, PUM. Era violencia. Con la pierna Fénix, era deslizarse. Los pistones absorbían el impacto y devolvían la energía. Thiago sentía que flotaba. Saltaba durmientes de a tres a la vez.
Tuvo que frenar para esperar al Ruso y a Mendieta, que venían jadeando cincuenta metros atrás.
—¡No damos más, Thiago! —gritó el Ruso—. ¡Son muy rápidos!
Un zumbido agudo llenó el túnel. Un dron apareció detrás de ellos, iluminando la espalda de Mendieta con un láser verde.
—Objetivo fijado. Preparando descarga eléctrica,— advirtió Levi.
Thiago no lo pensó. Giró sobre su eje.
Sus ojos, mejorados por la interfaz, vieron una piedra de balasto en el suelo. Una piedra gris, irregular, del tamaño de un puño.
—Levi, calculá trayectoria.
—Viento: nulo. Distancia: 45 metros. Objetivo en movimiento. Probabilidad de impacto: 94%.
Thiago enganchó la piedra con el empeine de carbono. La pierna Fénix emitió un suave silbido hidráulico.
¡TAC!
La patada fue seca, perfecta.
La piedra salió disparada como una bala de cañón. Zumbó en el aire oscuro y golpeó al dron justo en el lente central de la cámara.
¡CRASH!
El dron estalló en pedazos de plástico y chispas, cayendo a las vías.
—¡Golazo! —gritó el Ruso, aunque seguía corriendo.
—¡Quedan cuatro! —avisó Thiago—. ¡Sigan corriendo! ¡Hacia la estación!
Miércoles. 00:10 AM. Andén de la Estación Carlos Pellegrini.
Llegaron al andén. Estaba desierto. Las rejas de salida a la calle estaban cerradas con candados industriales.
—¡Estamos encerrados! —gritó Mendieta, sacudiendo las rejas—. ¡Vamos a morir acá abajo como ratas!
Los otros drones aparecieron al final del túnel. Venían en formación de ataque.
—Thiago, el sistema de salto vertical está cargado,— dijo Levi. —Altura de la reja: 3.5 metros. Capacidad de salto actual: 4.2 metros.
—Yo paso, ¿pero ellos? —Thiago miró a sus amigos.
—No podés llevarlos. Pero podés abrirles camino.
Thiago miró hacia arriba. Sobre las rejas había una caja de fusibles vieja que controlaba el sistema de cierre magnético de emergencia.
—Ruso, ¿si le pego a esa caja se abre la puerta?
El Ruso miró arriba.
—¡Sí, pero está re alto y blindada!
Thiago retrocedió dos pasos. Los drones estaban a veinte metros, cargando sus armas taser.
Thiago flexionó la rodilla. Las líneas doradas brillaron intensamente. El refrigerante circuló a máxima velocidad para enfriar los actuadores.
—Potencia al 100%.
Thiago saltó.
No fue un salto humano. Fue un despegue.
Se elevó en el aire, superando la altura de las cabezas de sus amigos, girando en el aire en una chilena espectacular.
Su talón de titanio impactó contra la caja de fusibles a tres metros de altura.
¡KABOOM!
Hubo un chispazo azul gigante. La caja explotó. El sistema eléctrico de la estación falló.
Las rejas hicieron clack-clack-clack y se destrabaron, abriéndose por gravedad.
—¡Salgan! —gritó Thiago, cayendo al suelo con la gracia de un gato. Los amortiguadores de la pierna absorbieron la caída sin hacer ruido.
El Ruso y Mendieta empujaron la reja y salieron corriendo hacia las escaleras mecánicas estáticas. Thiago los siguió, subiendo los escalones de a cuatro.
Atrás, los drones chocaron contra la reja que empezaba a cerrarse de nuevo, atrapados en el subsuelo.
Miércoles. 00:15 AM. Avenida 9 de Julio. Superficie.
Salieron disparados por la boca del subte frente al Obelisco. El aire fresco de la noche les llenó los pulmones.
La ciudad brillaba. Los autos pasaban tocando bocina, ajenos a la batalla futurista que acababa de ocurrir bajo sus ruedas.
Mendieta se dobló, vomitando el whisky y los canapés. El Ruso se tiró al piso, riendo de nervios.
Thiago se quedó de pie, mirando el Obelisco. Su pierna derecha temblaba por el esfuerzo. Su pierna izquierda, la Fénix, estaba fría, estable y lista para correr otros diez kilómetros.
—¿Están todos bien? —preguntó Thiago.
—Casi me da un infarto… —dijo Mendieta—. Renuncio. Renuncio a ser tu representante.
—No podés renunciar, Mendieta —dijo una voz detrás de ellos.
Helena Voss salió de las sombras de un kiosco de revistas. Había salido por otra ventilación, impecable, sin una gota de sudor.
—Ahora empieza el trabajo de verdad —dijo Helena. Le tiró una llave USB a Thiago.
Thiago la atrapó en el aire.
—¿Qué es esto?
—Son los manuales de calibración y una rutina de entrenamiento diseñada por Levi. Tenés 59 días para dominar esa máquina.
—¿Y vos? —preguntó Thiago—. Klaus sabe que estás acá.
—Por eso me voy. Tengo que mover el laboratorio a otra ubicación. Si me quedo cerca, los pongo en peligro. Nos volveremos a ver, Thiago.
Helena se acercó y le tocó el hombro.
—Hacé que valga la pena. Esa pierna es mi obra maestra. No la uses solo para meter goles. Usala para volar.
Helena se dio media vuelta y se mezcló con la gente que salía de un teatro, desapareciendo en la noche porteña.
Thiago apretó el USB en su mano.
El Ruso se levantó, limpiándose el polvo de las rodillas.
—Bueno, Muñeco… —dijo el mecánico—. Tenemos la pierna. Tenemos el pendrive. Y tenemos a Scaloni esperando. ¿Qué hacemos?
Thiago miró su pierna nueva. Las luces doradas se atenuaron hasta volverse invisibles, camuflándose como una pierna negra normal bajo la sombra.
—Vamos a casa, Ruso —dijo Thiago—. Mañana a las seis de la mañana empezamos.
—¿A entrenar?
—No. A aprender a caminar de nuevo. Y después… a correr.
Thiago miró hacia el sur, hacia Ezeiza.
—Tenemos una Copa América que ganar.
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