Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 87
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Capítulo 87: Ezeiza: Zona de Guerra
Martes. 07:45 AM. Predio de la AFA. Ezeiza.
La niebla cubría los campos de entretenimiento del predio Lionel Andrés Messi. El silencio era religioso, solo roto por el sonido de los aspersores regando el césped perfecto de la Cancha 1.
Una amigata negra con videos polarizados se detuvo en la barra de seguridad.
Adentro, el ambiente se cortaba con cuchillo.
—Me estoy haciendo pis —confesó Mendieta, justa la corbata—. Te juro, Thiago, me tiemblan las manos. Ahí adentro está los campeones del mundo. Está Messi. Está el Dibu.
Thiago miraba por la ventana, tranquilo. Demasiado tranquilo.
Levaba la cuerda de entretenimiento oficial de la Selección que le habían ordenado por correo: buzo azul oscuro, pantalones largos. Nadie podía ver lo que había debojo de la tela.
—Tranquilo, Mendieta. Ellos juegan al fútbol. Yo también.
—No, Thiago. Ellos juegan a otra cosa —dijo el Ruso, que iba al volante—. Ellos juegan a la velocidad de la luz. Y vos tenés una página que terminan de ajustar anoche con un destornillador Phillips.
Thiago se tocó el muslo izquierdo. Sintió el zumbido imperceptible del refrigerante líquido circulando por las venas de oro del Proyecto Fénix.
“Estado del Sistema: Óptimo”, informó Levi 2.0 en su mente. Su voz era neutra, sin la calidez de antes, pero eficiente. “Ritmo cardíaco: 58 lpm. Nivel de cortisol: Bajo. Está listo.”
El guardia de seguridad revisó la lista, miró a los ocupantes y levantó la barrera.
—Pasen. Estacionamiento 1.
08:15 AM. El Vestuario de los Campeones.
Thiago entró al vestuario.
El ruido de las risas y la cumbia se detuvo al instante.
Era un santuario. Las camisetas con las tres estrellas están colgadas en los perros. Y ahí están ellos. Los monstruos.
Rodrigo De Paul estaba cebando mate en un rincón, con Paredes al lado. Otamendi se estaba atando los botines con cara de pocos amigos. El Cuti Romero lo miró de arriba ajo con esa mirada que usaba antes de partir a un delantero al medio.
Y al fondo, enviado tranquilo, mirando su celular, estaba el Capitán. messi.
Nadie dijo “Hola”.
Thiago sintió el peso de las miradas. Sabía lo que pensaban. “Ahí viene el pibe biológico. El del marketing. El circo.”
Scaloni entró detrás de Thiago, rompiendo la tensión.
—Buen día a todos.
—Buen día —murmuraron varios.
—Este es Thiago Arenas —presente Scaloni, seco—. Ya lo conocen de la tele. Viena es un probarse. Si aguanta el ritmo, vía a la Copa América. Si no, se vale a su casa a verla por Fox Sports.
Scaloni miró a Thiago.
—Cambiante. Te quiero en la cancha en cinco minutos.
El técnico salió.
Thiago caminó hasta su casillero asignado. Era el último de la fila, al lado de Julián Álvarez.
Julián, que lo conocía de River, le guiñó un ojo discretamente, pero no dijo nada. El código de vestuario era estricto: el nuevo tenía que ganar el derecho a hablar.
Thiago se sacó el buzo. Se sacó las zapatillas.
Y entonces, se bajó los pantalones largos de entretenimiento.
El vestuario contuvo el aire.
No era la página de chatarra que había visto en las noticias. No era el montón de pistones y grasa del Superclásico.
El Proyecto Fénix era una pieza de ingeniería negra mate, elegante y letal. La fibra de carbono absorbe la luz. Las líneas doradas brillantes suaves con una luz pulsante, como si la puerta tuviera latido propio. El pastel no tocaba el suelo de forma rica; los microactuadores del tobillo se ajustaban constantemente al equilibrio de Thiago.
Se descubrió un silbido de admiración.
—A la mierda… —se le escapó al Papu Gómez (que estaba de visita).
El Cuti Romero se acercó. No con hostilidad, sino con curiosidad depredadora.
—¿Eso es legal, pibe? —preguntó el Cuti.
Thiago lo miró a los ojos.
—La FIFA dice que es una práctica médica asistida. El reglamento no especifica de qué material tiene que ser.
—No me importa el reglamento —dijo el Cuti, acercando su cara—. Me importa si te la banca. Porque en el entretenimiento yo no freno. Si te pego una patada y se rompe, no quiero llantos.
Thiago Sonrió.
—Si me pegás una patada ahí, Cuti, te vas a mamper el pie vos. Es salida de titanio y grafeno.
El vestuario se quedó mudo. Desafiar al Cuti Romero el primer día era suicida.
De repente, una risa corta rompió el silencio.
Era Messi.
El 10 se levantó, término bajo el brazo. Pasó por al lado de Thiago y le dio una palmada en la espada.
—Vamos a ver si corre tanto como brilla —dijo Leo—. Vamos.
08:30 AM. Cancha 1. El Rondo.
El encuentro empezó con el clásico “loco” (rondo).
Thiago entró al círculo. La pelota volaba. Tac-tac-tac. La velocidad era infernal. Nada que ver con el fútbol local. Aquí, el paso te llegó antes de que lo pidieras.
Thiago recibió un pase fuerte de Enzo Fernández.
“Cálculo de bandejatoria: Ajustando amortización del empeine”, procesó Levi en milisegundos.
La piel Fénix absorbió el impacto de la pelota como si fuera una almohada de plumas. La pelota murió en el pie de Thiago. Control perfecto.
Thiago levantó la vista y tocó de primera para Di María.
—Buena —dijo Fideo, sorprendido.
Scaloni observaba desde la loma, junto a Pablo Aimar y Walter Samuel.
—Se mueve bien —dijo Aimar—. Sin renguea. El paso es fluido.
—Esperá —dijo Samuel, cruzando los brazos—. Tocar la pelota parado es fácil. Ahora vamos a ver qué pasa en el fútbol reducido. Ponele a los perros.
Scaloni sopló el silbato.
—¡Futbol reducido! ¡7 contra 7! ¡Cancha de 40 metros! ¡Intensidad máxima!
El técnico señor los equipos.
—Thiago, vas con los suplentes. De Paul, Paredes, Cuti, Otamendi, Molina, Acuña… ustedes son los títulos. ¡Un comerlo!
Era una sentencia de muerte. Lo mandaba a jugar contra la defensa titular campeona del mundo.
Thiago se ajustó las canilleras (una de plástico en la derecha, una placa de carbono integrada en la izquierda).
—Análisis de oponentes,— susurró Levi. “Cristiano Romero: Agresividad 99%. Anticipación 95%. Objetivo prioritario: intimidación física.” “Nicolás Otamendi: Fuerza bruta. Juego aireo. No va a dudar en ir al choque.” “Probabilidad de lesión estructural: 15%.” “Probabilidad de éxito: Variable segundo tu creatividad”
—Gracias por el dato, Levi —pensó Thiago—. Ahora callate y dama potencia en los servos.
Scaloni tiró la pelota al medio.
—¡JUEGUE!
Paredes agarró la pelota y buscó al Cuti. El Cuti levantó la cabeza y lo vio a Thiago. No buscó el paso. Buscó el duelo.
Le tiró la pelota larga a Thiago, dividida, para que tuviera que ir a chocar con Otamendi.
—¡Es mía! —gritó Otamendi, que vino como un tren de carga.
Thiago corrió. La puerta Fénix zumbó. Vzhhhh.
Otamendi llegó primero. Puso el cuerpo para desplazar al pibe de 70 kilos.
Pero Thiago no chocó.
Activó el giroscopio lateral.
En una fracción de segundo, la página de metal pivote en un anillo imposible, frenando a Thiago de golpe mientras su cuerpo se inclinaba 45 grados hasta la izquierda, esquivando la embestida de Otamendi como un torero.
Otamendi paso de largo, chocando contra el aire.
Thiago recuperó la verticalidad al instante, se levantó la pelota y encarnó hasta el arco.
El Cuti Romero salud al cruz. Este no iba a pasar de largo. El Cuti se tiró a barrer. Una barra asiática, al piso, buscando pelota y piel.
—Alerta de impacto inminente. Iniciando salto asistido.
Thiago no saltó antes. Saltó duro.
Pisó la pelota con la página humana, y usó la página Féix como un resort explosivo.
Se elevó por cima del Cuti Romero. Fue un salto de básquet, no de fútbol.
Cayó detrás del defensor, controló la pelota y definido cruzado ante la salida del Dibu Martínez.
GOL.
El silencio volvió a la cancha. Pero esta vez era un silencio distinto. Sin descripción de la era. Choque de época.
El Cuti se levantó del pasto, sacrificando la tierra. Miró a Thiago. Miró la piel negra.
—Che —dijo el Cuti—. ¿Dónde se compra eso?
Messi, desde el otro equipo, sonrió levemente.
Scaloni anotó algo en su libreta.
—Bien, Arenas —gritó el técnico—. Pero eso fue suerte. ¡Seguimos! ¡No se relajan!
El encuentro continuo. Y Thiago sabía que la verdad prueba recién empezaba. Había pasado el filtro físico. Ahora viene el filtro político.
Martes. 10:45 AM. Consultorio Médico Principal. Predio de la AFA.
El aire olía a alcohol etílico y tensión. Thiago estaba sentado en una camilla alta, con las piernas colgando.
A su derecha, el Dr. Donato Villani (médico histórico de la Selección) observaba con brazos cruzados. A su izquierda, Lionel Scaloni golpeaba rítmicamente el piso con el pie, impaciente.
Frente a Thiago, un hombre de traje gris impecable, guantes de látex y gafas de montura gruesa manipulaba un escáner portátil. Era el Dr. Heinrich Huber, enviado especial del Comité de Tecnología y Fair Play de la FIFA.
—Esto es ridículo —bufó Scaloni—. El pibe ya jugó en la liga local. Está habilitado.
—La liga argentina tiene estándares… flexibles —respondió Huber con un acento suizo gélido, sin levantar la vista de la pierna negra—. La normativa FIFA 2024, Sección 12, Párrafo 4, prohíbe explícitamente el “Dopaje Mecánico”.
Huber pasó el escáner sobre la rodilla de carbono. El aparato emitió un pitido agudo.
—Cualquier dispositivo que genere propulsión activa, es decir, que añada energía externa al movimiento del jugador, es ilegal. Solo se permite el “retorno de energía pasiva”.
Huber miró a Thiago a los ojos.
—Si esta pierna tiene un motor que te hace correr más rápido que a un humano normal, Sr. Arenas, usted queda inhabilitado de por vida.
Thiago tragó saliva.
“Levi,” pensó. “¿Escuchaste al suizo?”
“Alto y claro,” respondió la IA en su cabeza. “Detecto un escáner de resonancia electromagnética de grado militar. Es tecnología de Weber. Klaus le dio este juguete.”
“¿Podemos engañarlo?”
“No se trata de engañar. Se trata de limitar. Voy a activar el ‘Modo Humano’. Voy a restringir la potencia de salida de los servomotores para que coincida exactamente con la fuerza muscular de tu pierna derecha biológica. Ni un vatio más, ni un vatio menos.”
—Proceda con la prueba de carga —ordenó Huber.
El suizo conectó un cable desde su escáner a un puerto de diagnóstico externo en la pantorrilla de la prótesis (que Helena había dejado accesible a propósito para estas situaciones).
—Extienda la pierna contra la resistencia —dijo Huber.
Una máquina hidráulica comenzó a presionar la pierna de Thiago hacia abajo. Thiago tenía que empujar hacia arriba.
—¡Fuerza! —gritó el Dr. Villani.
Thiago apretó los dientes. Empujó.
En la pantalla de la laptop de Huber, un gráfico de líneas rojas comenzó a subir.
300 Newtons… 500 Newtons… 800 Newtons…
—Está dentro del rango de un atleta de élite —murmuró Huber, decepcionado—. Pero veamos la respuesta de velocidad.
El suizo tecleó un comando. La máquina soltó la presión de golpe. La pierna de Thiago debía reaccionar.
Si la pierna era robótica pura, reaccionaría en 0.01 segundos (inhumano). Si era humana, reaccionaría en 0.15 segundos (reflejo neural).
“¡Ahora, Levi! ¡Meté lag! ¡Hacete el lento!”
“Introduciendo latencia artificial…”
La pierna Fénix vibró. Se quedó quieta una fracción de segundo y luego se extendió.
En la pantalla apareció el número: 0.14 segundos.
—Al límite —dijo Huber, frunciendo el ceño—. Más rápido que el 99% de los humanos, pero técnicamente dentro del espectro biológico de un velocista olímpico.
Huber no estaba satisfecho. Sacó un pequeño dispositivo del bolsillo. Parecía un control remoto de garage.
—Una última prueba. Susceptibilidad a interferencias externas. Queremos asegurarnos de que nadie pueda “hackear” su pierna durante un partido para hacerlo fallar… o para hacerlo ganar.
Thiago sintió un escalofrío. Helena le había advertido sobre esto.
Huber apretó el botón.
Un pulso electromagnético invisible golpeó la habitación. Las luces del techo parpadearon. El celular de Scaloni se reinició.
Thiago sintió como si le hubieran dado un martillazo en la rodilla.
“¡Alerta de intrusión! ¡Sobrecarga en los circuitos primarios!” gritó Levi. “¡Intentan forzar un reinicio del sistema!”
Si la pierna se reiniciaba, se quedaría rígida (“bricked”) durante treinta segundos. Eso demostraría que era dependiente del software.
—¡Aguantá! —pensó Thiago, agarrándose de la camilla para no gritar.
“Desviando sobrecarga a los disipadores de calor térmicos. ¡La temperatura está subiendo! ¡Vamos a quemar la pintura!”
La pierna negra empezó a emitir un calor intenso. Las líneas doradas brillaron con fuerza, casi cegadoras. Un hilo de vapor salió de la válvula de escape en el talón.
Pero la pierna no se bloqueó. Siguió flexible. Thiago la movió voluntariamente.
Huber miró la pierna humeante. Miró el termómetro láser.
—Se recalienta —acusó el suizo.
—Es refrigeración líquida —intervino Scaloni rápido, poniéndose entre el médico y Thiago—. Como un auto de carrera. El pibe está nervioso, le sube la temperatura corporal. ¿Terminamos con el show?
Huber guardó su control remoto, visiblemente molesto. No había logrado colgar el sistema. La arquitectura de Helena Voss era demasiado robusta.
—El hardware pasa la inspección —dictaminó Huber con frialdad—. Es… legal. Por ahora.
Se quitó los guantes.
—Pero le advierto, Sr. Scaloni. La FIFA estará monitoreando la telemetría de cada partido en tiempo real. Si en algún momento, aunque sea por un segundo, la potencia de salida supera los parámetros humanos… descalificamos a Argentina y le quitamos los puntos.
Scaloni se acercó a Huber, invadiendo su espacio personal.
—Usted preocúpese por los árbitros, doctor. Nosotros nos preocupamos por jugar.
Huber cerró su maletín y salió del consultorio sin saludar.
Cuando la puerta se cerró, Thiago se dejó caer hacia atrás en la camilla, exhalando todo el aire que tenía en los pulmones.
—Sistema estabilizado,— reportó Levi. —Temperatura bajando. Eso estuvo cerca. Ese pulso casi fríe mi tarjeta madre.
Scaloni miró a Thiago.
—¿Estás bien?
—Sí, Lionel. Solo un poco caliente.
Scaloni sonrió por primera vez en el día. Una sonrisa cómplice.
—Bien. Porque ahora viene lo difícil de verdad.
—¿Más difícil que la FIFA?
—Mucho más —dijo Scaloni—. Ahora tenés que convencer al grupo. Hoy a la noche hay asado. Y vos sos el asador.
Thiago lo miró espantado.
—¿Yo? ¿Para Messi y los demás? Lionel, yo quemo hasta las salchichas.
—Entonces aprendé rápido, pibe. Porque si les das carne cruda o quemada a estos animales, no te la perdonan más. La integración al grupo empieza en la parrilla, no en la cancha.
Martes. 21:00 Horas. El Quincho de la AFA.
El fuego crepitaba. El olor a carne y chorizo llenaba el aire frío de la noche.
Thiago estaba frente a la parrilla monumental, sudando la gota gorda. Tenía un delantal que decía “El Rey de la Parrilla” (una broma pesada del utilero Marito).
A unos metros, en la mesa larga, los jugadores de la Selección reían, jugaban a las cartas y tomaban vino tinto (con moderación).
Thiago giró un vacío. Estaba dorado perfecto.
—Temperatura interna de la carne: 62 grados. Punto: Jugoso,— le sopló Levi.
—Gracias, Levi. Nunca pensé que usaría una IA militar para hacer un asado —pensó Thiago.
—La termodinámica es universal, Thiago.
De Paul se acercó a la parrilla con un vaso de fernet en la mano (ese sí, sin moderación).
—Che, Robocop —dijo Rodrigo—. ¿Cómo viene eso? El Enano tiene hambre.
Thiago cortó un pedacito de vacío y se lo dio en una tabla.
De Paul lo probó. Masticó. Hizo una pausa dramática.
—Mmm… —Rodrigo lo miró—. Zafa. Está bueno.
Le dio una palmada en la espalda.
—Escuchame una cosa. Hoy en la práctica estuviste bien. Le pintaste la cara al Cuti y eso nos divirtió mucho a todos.
De Paul se puso serio un segundo.
—Pero la Copa América es una guerra. Nos van a pegar. Y te van a buscar a vos. Van a buscar romperte el juguete. ¿Te la bancás?
Thiago dejó las pinzas y miró a De Paul.
—Me rompieron la pierna de verdad, Rodrigo. Me operaron sin anestesia en una villa. Me persiguió la policía y me persiguieron mercenarios. Que me peguen patadas unos uruguayos o unos colombianos… es lo de menos. Yo quiero ganar.
De Paul sonrió. Le gustó la respuesta.
—Bienvenido a la Scaloneta, pibe.
Rodrigo se dio vuelta y gritó hacia la mesa:
—¡CHE, TRAIGAN EL PAN QUE EL PIBE SABE ASAR!
En la cabecera de la mesa, Messi levantó su copa hacia Thiago y asintió levemente.
Thiago sintió que, por primera vez en dos meses, podía respirar tranquilo.
Pero mientras servía la carne, no vio que en la televisión colgada en la pared del quincho, el noticiero pasaba una placa de “ÚLTIMO MOMENTO”.
CRISIS EN EUROPA: WEBER TECHNOLOGIES DEMANDA A LA AFA. “La empresa alemana alega uso de patentes robadas en la Selección Argentina y pide la impugnación del equipo en la Copa América.”
Levi lo vio.
—Thiago,— advirtió la IA. —No mires la tele. Disfrutá la noche. Mañana… mañana nos preocupamos por los abogados.
Thiago sirvió el asado. Esa noche, comió como un rey, rodeado de sus ídolos. El mañana podía esperar.
Martes. 22:30 Horas. El Quincho de la AFA.
La risa se había muerto en el quincho. El olor a asado, antes reconfortante, ahora parecía denso y pesado.
Todos los ojos estaban clavados en la pantalla gigante de 85 pulgadas.
En el noticiero, un abogado de Weber Technologies hablaba desde Berlín, con subtítulos en español: “La Asociación del Fútbol Argentino está empleando tecnología robada de grado militar clasificada. Solicitamos al TAS (Tribunal de Arbitraje Deportivo) la exclusión inmediata de Argentina de la Copa América y la incautación del dispositivo que porta el jugador Arenas.”
Thiago soltó el tenedor. El ruido metálico contra el plato de madera sonó como un disparo en el silencio.
—Soy yo —murmuró Thiago, bajando la cabeza—. Soy un quilombo para ustedes.
Nadie respondió al principio. Los jugadores se miraban entre sí. Habían ganado todo, eran intocables, pero esto no era fútbol. Esto eran abogados, patentes y política internacional.
La puerta del quincho se abrió de golpe.
Entró Claudio “Chiqui” Tapia, el presidente de la AFA. Venía con el traje desabrochado, la corbata floja y dos teléfonos en la mano. Detrás de él, Scaloni, que había salido a atender una llamada.
—¡Apaguen esa mierda de la tele! —gritó el Chiqui.
Marito, el utilero, corrió a desenchufarla.
Tapia se paró en la cabecera de la mesa. Respiraba agitado.
—Escúchenme bien, muchachos. La situación es esta: El alemán ese, Klaus, nos tiró con todo el código penal encima. La FIFA está cagada en las patas. Los sponsors están llamando para preguntar qué pasa.
Tapia miró a Thiago.
—El abogado de Weber me acaba de mandar un mail. Dice que si te bajamos de la lista ahora mismo, retiran la demanda. Dicen que Argentina puede jugar tranquila… sin vos.
Thiago se puso de pie. Su pierna Fénix zumbó suavemente bajo el pantalón.
—Presidente —dijo Thiago, con la voz firme pero triste—. No hace falta que lo diga. Yo me bajo. No voy a cagarle la copa a los pibes. Me vuelvo a casa.
Hubo un murmullo de aceptación en algunos rincones de la mesa. Era la salida lógica. La salida fácil.
Thiago agarró sus muletas (que usaba por protocolo cuando no tenía la prótesis activada al 100%) y empezó a caminar hacia la salida.
—Sentate, pibe —dijo una voz tranquila.
Thiago se detuvo.
No fue Scaloni. No fue Tapia.
Fue Messi.
El capitán se limpió la boca con la servilleta, se sirvió un vaso de agua y miró al Presidente de la AFA.
—Chiqui —dijo Leo—. ¿Desde cuándo nos dicen los alemanes quién juega en la Selección?
Tapia transpiró.
—Leo, es un tema legal… son millones de dólares…
—Me chupa un huevo la plata —dijo Messi, con esa calma rosarina que daba más miedo que un grito—. Nosotros ganamos en la cancha. Si Thiago se baja porque un empresario tiene miedo de perder, entonces nosotros también tenemos miedo. Y esta Selección no tiene miedo.
Messi miró a sus compañeros.
—¿O alguno tiene miedo?
El Dibu Martínez se rió, esa risa de loco que tiene.
—Yo no le tengo miedo a nada que no sea mi mujer cuando llego tarde, Leo.
De Paul se levantó y golpeó la mesa.
—Si el pibe es argentino y juega bien, se sube al avión. Corta.
Uno a uno, los jugadores empezaron a asentir. Di María, Otamendi, Julián. El pacto estaba sellado. La “Scaloneta” no dejaba a nadie atrás.
Scaloni sonrió de lado. Miró a Tapia.
—Ahí tenés la respuesta, Chiqui. ¿Qué hacemos?
El Chiqui Tapia miró al grupo. Suspiró, resignado, pero con una chispa de orgullo en los ojos. Sonrió y levantó uno de sus teléfonos.
—Marito —le gritó al utilero—. ¡Traeme un whisky doble!
Tapia marcó un número y puso el altavoz.
—¿Hola? ¿Doctor Burlando? Sí, escúcheme. Mande a todo el equipo de legales a Zúrich. Que presenten amparos, medidas cautelares, lo que sea. Que dilaten todo. Sí, me escuchó bien. Vamos a jugar. Y si nos quieren sacar los puntos, que vengan a sacárselos al Dibu en el área chica.
Tapia cortó y miró a Thiago.
—Andá a hacer la valija, pibe. Nos vamos a Miami.
Miércoles. 02:00 AM. Aeropuerto Internacional de Ezeiza. Pista Privada.
El avión de Aerolíneas Argentinas ploteado con las caras de los campeones esperaba en la pista. Las turbinas ya estaban encendidas.
El viento de la madrugada era helado.
Thiago subía la escalerilla detrás de Enzo Fernández. Se detuvo un segundo antes de entrar a la cabina y miró hacia atrás, hacia las luces de Buenos Aires a lo lejos.
—¿Estás nervioso? —preguntó Levi en su cabeza.
—No —pensó Thiago—. Estoy ansioso. Klaus no va a parar, Levi. Va a intentar algo allá.
—Que intente, —respondió la IA—. Ahora tenemos a Messi de nuestro lado. Las probabilidades de éxito acaban de subir un 400%.
Thiago sonrió y entró al avión.
Adentro, el ambiente era de fiesta. La cumbia sonaba de fondo. Las azafatas repartían almohadas.
Thiago se sentó en su asiento. Al lado, se sentó el Cuti Romero.
—Che, Robot —le dijo el Cuti, acomodándose—. Si roncás o hacés ruidos electrónicos mientras duermo, te desconecto el cable.
—Tranquilo, Cuti. Tengo modo silencioso.
—Más te vale.
El avión carreteó. Los motores rugieron.
En segundos, dejaron el suelo argentino. Thiago sintió el empuje en el pecho.
Ya no había vuelta atrás. Era un fugitivo de la ley corporativa, un experimento médico andante y la apuesta más arriesgada de la historia del fútbol.
Pero mientras el avión atravesaba las nubes rumbo a Estados Unidos, Thiago cerró los ojos y se durmió, soñando con el debut.
La guerra legal se pelearía en los tribunales. La guerra tecnológica se pelearía en las redes. Pero la guerra que a él le importaba… esa se pelearía en el césped.
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