Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 88
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Capítulo 88: Debut en Miami
Jueves. 14:00 PM. Hotel Le Méridien. Dania Beach, Miami.
El calor húmedo de Florida golpeó a Thiago en la cara apenas bajó del micro. Pero el calor humano era peor.
Había miles de personas agolpadas contra las vallas de seguridad del hotel. Banderas argentinas, camisetas de Messi… y carteles nuevos. Carteles que no tenían el 10, sino un dibujo de una pierna robótica y frases en inglés: “ROBO-PLAYER” “IS IT FAIR?” (¿ES JUSTO?) “THIAGO = TERMINATOR”
Los flashes de las cámaras eran una tormenta estroboscópica.
—Cabeza gacha, pibe —le susurró De Paul, agarrándolo del brazo para escoltarlo—. No mires a nadie. No contestes nada.
Un periodista de la CNN rompió el cerco de seguridad y le puso un micrófono peludo en la cara a Thiago.
—Mr. Arenas! Weber Tech says you are a walking weapon! Do you have a remote control? (¡Señor Arenas! ¡Weber Tech dice que es un arma andante! ¿Tiene control remoto?)
Thiago siguió caminando, pero Levi procesó la pregunta.
—Análisis de voz: Hostilidad detectada. Nivel de estrés ambiental: Alto. Sugiero activar cancelación de ruido en tu audífono interno,— dijo la IA.
—No, Levi. Necesito escuchar todo —pensó Thiago.
Entraron al lobby del hotel, refrigerado a 18 grados. El silencio repentino fue un alivio.
El “Chiqui” Tapia estaba en la recepción, discutiendo con el gerente del hotel.
—¡Necesito que revisen las habitaciones! —gritaba el presidente de la AFA—. ¡Barrido electrónico! ¡No quiero micrófonos, no quiero cámaras ocultas, no quiero nada!
Thiago se sentía observado. Y no por la gente.
—Thiago,— alertó Levi. —Detecto un escaneo activo.
—¿Qué? ¿Quién?
—No es visual. Es una señal de radiofrecuencia de banda ancha. Alguien está intentando hacer un “ping” a mi sistema operativo. Están buscando mi dirección IP local.
Thiago se detuvo en medio del lobby. Miró a su alrededor. Turistas, empleados, seguridad. Cualquiera podía tener un celular modificado.
—¿Podés bloquearlo?
—Ya lo hice. Cambié nuestra firma digital. Pero saben que estamos acá. Y saben que estoy encendido.
Jueves. 18:00 PM. Habitación 404.
Thiago compartía habitación con Julián Álvarez. La “Araña” estaba durmiendo la siesta con la tele prendida en ESPN.
El Ruso estaba sentado en el piso, con la pierna Fénix desmontada sobre una toalla blanca. La estaba limpiando con un paño de microfibra y un líquido especial que olía a almendras.
Thiago estaba sentado en la cama, con el muñón al aire, mirando el techo.
—Ruso, Levi dice que nos están escaneando.
El Ruso dejó de limpiar. Se puso serio. Sacó un aparatito negro de su bolsillo (un detector de señales que le había dado Helena antes de irse).
—Acá adentro estamos limpios —dijo el Ruso, mirando la luz verde del aparato—. Pero el estadio… el Hard Rock Stadium es otra cosa. Es un colador de señales. Wifi, 5G, las radios de la policía, la transmisión de TV…
—¿Klaus puede atacarme en el partido?
—Si logra triangular tu posición exacta y meter un “paquete de datos” en tu sistema de refrigeración… podría apagar los ventiladores. O peor, podría invertir el flujo de los servos y hacerte patear al revés.
Thiago sintió un nudo en el estómago.
—¿Y qué hacemos?
—Helena dejó un “Modo Avión” —dijo el Ruso—. Desconecta toda comunicación inalámbrica. Te quedás aislado. Levi solo funcionaría con lo que tiene guardado en el disco duro. Sin actualizaciones, sin clima, sin GPS.
—Es arriesgado. Levi usa el GPS para calcular el viento y la fricción del pasto.
—Es eso o que te hackeen en medio de una jugada y le pegues una patada en la cabeza a un chileno.
En ese momento, alguien golpeó la puerta.
Era Pablo Aimar.
—Thiago, el técnico te quiere en la sala de video. Charla técnica.
Jueves. 18:30 PM. Sala de Conferencias del Hotel.
El equipo estaba sentado en filas de sillas. Scaloni estaba frente a una pizarra táctica digital.
—Bien, muchachos. Mañana debutamos contra Chile. Ya los conocen. Son duros, pegan, ensucian el partido. No nos van a regalar nada.
Scaloni puso la formación en la pantalla.
Dibu; Molina, Cuti, Licha Martínez, Tagliafico; De Paul, Enzo, Mac Allister; Messi, Lautaro, Di María.
Thiago buscó su nombre. No estaba.
Scaloni lo miró.
—Thiago, vos vas al banco.
Thiago asintió. Era lo lógico. Era el nuevo. Pero sintió una punzada de decepción.
—No pongas esa cara —dijo Scaloni, adivinando sus pensamientos—. El partido va a ser trabado. Chile se va a cerrar atrás. Los vamos a desgastar sesenta minutos. Y cuando estén cansados, cuando ya no tengan piernas… ahí entras vos.
Scaloni señaló la pierna negra de Thiago.
—Ellos tienen músculos que se llenan de ácido láctico. Vos tenés pistones que no se cansan nunca. Vas a ser el factor desequilibrante en el segundo tiempo. Pero necesito que entres con la cabeza fría. Si te pegan, te levantás. Si te insultan, te reís.
Messi levantó la mano.
—Y si ves que te vienen a romper la máquina… tocala rápido y pasá. No te hagas el héroe. Nosotros te cubrimos.
Thiago miró a sus compañeros. Ya no eran pósters. Eran sus socios.
—Entendido, Lionel.
Viernes. 19:00 PM. Vestuario Visitante. Hard Rock Stadium.
El estadio rugía. Setenta mil personas.
Thiago se estaba atando los botines. El derecho, un Adidas normal. El izquierdo, una carcasa especial de fibra de carbono atornillada directamente a la estructura del Fénix.
El Ruso se acercó, agachándose.
—Thiago, escuchame bien. Activé el Protocolo Jaula.
—¿Qué es eso?
—Es un firewall físico. Corté la antena de recepción de largo alcance. Solo te pueden hackear si alguien se acerca a menos de cinco metros con un transmisor de alta potencia.
—¿Cinco metros? O sea, ¿un jugador rival?
—Exacto. O un árbitro. O un alcanza-pelotas. Mantenete alejado de cualquiera que tenga algo electrónico encima que no sea un reloj.
—Ruso, es un partido de fútbol. Hay contacto físico todo el tiempo.
—Bueno, tratá de que no te abracen mucho.
El utilero gritó:
—¡A LA CANCHA, MUCHACHOS!
Thiago se puso la pechera naranja de suplente.
Salió al túnel. El ruido era ensordecedor.
Al pasar por la zona mixta, vio al equipo de Chile.
Arturo Vidal lo miró. El “King” tenía una mirada desafiante. Se tocó el escudo de Chile y luego señaló la pierna de Thiago. Hizo un gesto de “corte de manga”.
Thiago no respondió.
Pero Levi sí.
—Ritmo cardíaco de Arturo Vidal: Elevado. Pupilas dilatadas. Análisis de comportamiento: Agresividad táctica. Cuidado con él, Thiago. No le gusta la tecnología.
Thiago salió al banco de suplentes. Se sentó en la butaca acolchada.
El árbitro pitó el inicio.
La Copa América había empezado. Y Thiago Arenas, el primer futbolista cyborg de la historia, estaba sentado esperando su turno, mientras en las gradas, alguien con una computadora portátil buscaba desesperadamente una señal que ya no existía
Viernes. 20:35 PM. Hard Rock Stadium. Minuto 65. Marcador: Argentina 0 – Chile 0.
El partido estaba trabado, sucio, cortado. Chile había planteado un esquema 5-4-1 impenetrable. Cada vez que Messi tocaba la pelota, tenía tres camisetas rojas encima.
En el banco, Thiago se mordía las uñas. Veía cómo sus compañeros se desgastaban. Julián Álvarez corría y presionaba, pero no le llegaba ni una limpia.
Scaloni se dio vuelta. Tenía la camisa empapada de sudor y los ojos inyectados en sangre.
—¡Arenas! —gritó—. ¡A mover las patas!
Thiago saltó del banco como un resorte.
El Ruso, que estaba colado en el cuerpo técnico con una credencial de “Kinesiólogo Auxiliar”, le alcanzó una botella de agua isotónica.
—Acordate, Thiago —le susurró el Ruso—. Nada de lujos innecesarios. Tocá y andate. Si te rodean, soltala. No dejes que se te peguen.
Thiago asintió. Se sacó la pechera naranja.
El cuarto árbitro levantó el cartel luminoso. SALE: 22 (Lautaro Martínez) ENTRA: 33 (Thiago Arenas)
El estadio explotó. Fue una mezcla de ovación argentina y abucheos del resto del mundo. Las cámaras de televisión hicieron zoom en la pierna izquierda, enfundada en la media negra, donde se adivinaba la estructura rígida del Fénix.
Thiago pisó el césped.
—Sincronización de superficie: Césped híbrido, humedad 85%,— informó Levi. —Tracción ajustada. Modo Deportivo activado.
Thiago chocó la mano con Lautaro.
—Dale con todo, pibe —le dijo el Toro, jadeando—. Están cansados. Matalos.
Minuto 72. El Impacto.
La primera pelota que tocó Thiago fue eléctrica.
Recibió de espaldas un pase de De Paul. Sintió la presión de Maripán en la nuca.
En lugar de aguantarla, Thiago dejó correr la pelota y giró sobre su eje usando el pivote hidráulico de su tobillo izquierdo. El movimiento fue tan rápido y fluido que el defensor chileno quedó abrazando el aire.
Thiago encaró hacia el arco. Tenía treinta metros de campo libre.
La velocidad era embriagadora. No corría; devoraba metros. La pierna Fénix zumbaba suavemente, devolviendo energía en cada zancada.
El público se puso de pie. “¡Uuuuh!”
Pero justo cuando iba a patear desde afuera del área, un volante chileno, el número 5, se le cruzó en el camino para bloquear el tiro.
Thiago armó el remate.
Y entonces, sucedió.
Bzzt.
Su pierna izquierda tuvo un espasmo. Una micro-interrupción. El comando de “patear” llegó al servomotor, pero el motor tardó 0.2 segundos en responder.
Fue imperceptible para el ojo humano, pero para Thiago fue eterno.
En lugar de un misil al ángulo, le salió un tiro mordido, débil, que el arquero Claudio Bravo atajó sin problemas.
Thiago se quedó mirando su pierna.
—¿Qué pasó, Levi? —pensó con pánico.
—Interferencia magnética detectada,— respondió la IA. —Hubo un pico de ruido en la banda de control justo cuando ese jugador se acercó a menos de dos metros.
—¿Cuál jugador?
—El número 5. Erick Pulgar.
Minuto 80. La Zona Muerta.
El partido seguía 0-0. Argentina atacaba con más corazón que fútbol.
Thiago pidió la pelota de nuevo. Esta vez por la banda derecha, para alejarse del mediocampo.
Recibió de Messi. Encaró.
El número 5, Pulgar, lo salió a buscar. No corría hacia la pelota. Corría hacia la pierna de Thiago.
Thiago intentó frenar y cambiar de dirección.
Bzzt. Criiiick.
La rodilla se le trabó momentáneamente. El giroscopio perdió el horizonte. Thiago trastabilló y cayó al piso. Perdió la pelota.
El árbitro hizo señas de “siga, siga”.
—¡Te tiraste! —le gritó Pulgar en la cara, escupiéndolo—. ¡Levantate, robot de mierda!
Thiago se levantó rápido. Mientras Pulgar se alejaba, Thiago vio algo.
En la muñeca derecha del chileno, debajo de la cinta de capitán improvisada y las vendas, había un bulto rígido. No era un reloj deportivo. Era una caja negra pequeña, con una luz roja tenue que parpadeaba.
—Levi, escaneá la muñeca de ese tipo.
—Analizando… Confirmado. Es un inhibidor de frecuencia de corto alcance. Emite ruido blanco en la banda de 2.4 GHz. Es un bloqueador de señal portátil.
—¡Hijo de puta! —bramó Thiago—. ¡Está jugando con un jammer!
Thiago miró al banco. El Ruso estaba pálido, mirando su tablet. Él también lo había visto. El Ruso hacía señas desesperadas: “¡Alejate de él! ¡No dejes que se te acerque!”
Pero era imposible. Pulgar era el volante de contención. Su trabajo era ser la sombra de Thiago.
Cada vez que Thiago tocaba la pelota, Pulgar se le pegaba. Y cada vez que se le pegaba, la pierna de Thiago se volvía “tonta”, lenta, pesada.
Era la trampa perfecta. Si Thiago se quejaba, parecería que estaba poniendo excusas. Si seguía jugando, iba a cometer un error fatal.
Minuto 88. La Decisión.
Messi tenía la pelota en tres cuartos de cancha. Estaba rodeado. Levantó la cabeza y lo vio a Thiago, que estaba abierto por la izquierda, pidiendo el pase al espacio.
Pero Pulgar estaba ahí, flotando entre Messi y Thiago, esperando para activar su dispositivo y cortar la conexión neuronal de la prótesis en el momento clave.
Thiago sabía que si recibía al pie, la pierna fallaría.
Tenía que hacer algo ilógico.
—Levi —ordenó Thiago—. Desactivá el receptor inalámbrico principal. Pasá a Modo Manual Puro.
—Eso desconectará la asistencia de equilibrio y la corrección de tiro. Vas a tener que controlar cada pistón con tu propia propiocepción. Es como manejar un Fórmula 1 sin dirección asistida.
—Hacelo. ¡Ahora!
—Desconectando… Sistema offline. Suerte, Thiago.
De golpe, la pierna se sintió muerta. Pesada. Un bloque de 4 kilos de metal y carbono colgando de su fémur. Ya no había zumbido. Ya no había “magia”. Solo mecánica pura.
Thiago respiró hondo.
Messi filtró el pase. Una daga entre los centrales.
Thiago arrancó.
Sin la asistencia de la IA, el arranque fue tosco, humano, doloroso. Sintió el tirón en la cicatriz del muñón. Pero corrió. Corrió con la furia de los viejos tiempos en Fuerte Apache.
Pulgar vio que Thiago se escapaba y salió al cruce, confiado. Se acercó para activar su inhibidor.
Thiago lo vio venir.
Pulgar se pegó a él, esperando que la pierna fallara, que Thiago tropezara.
Pero la pierna no falló. Porque ya no había señal que bloquear. Era un pedazo de hierro inerte impulsado por la pura fuerza de voluntad de Thiago.
Thiago llegó antes a la pelota.
El inhibidor de Pulgar parpadeó inútilmente.
Thiago entró al área. Quedó mano a mano con Bravo.
La pierna le pesaba una tonelada. No tenía la corrección de tiro de Levi. No tenía la mira láser en su cerebro.
Tenía que patear como antes. Como un humano.
Cerró los ojos un instante, sintió el empeine de carbono contactar el cuero de la pelota y soltó todo el aire.
¡PUM!
El sonido fue seco, brutal.
La pelota salió disparada hacia el primer palo, violenta, imperfecta, con efecto raro.
Claudio Bravo se estiró.
La pelota pegó en el poste. ¡CLANG!
Y entró.
¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOL!
El estadio se vino abajo.
Thiago siguió corriendo por inercia, arrastrando la pierna pesada, y se tiró de rodillas cerca del córner. Se tapó la cara y lloró. No de emoción, sino de dolor y de alivio.
Sus compañeros se le tiraron encima. Messi, De Paul, Julián. Una montaña humana celeste y blanca.
Desde el piso, Thiago buscó con la mirada a Pulgar.
El chileno estaba parado en el borde del área, mirando su muñeca, golpeando el dispositivo inútil, sin entender por qué no había funcionado.
Thiago sonrió entre lágrimas.
La tecnología ayuda. Pero el indio es el que tira la flecha.
Viernes. 22:15 PM. Vestuario de Argentina. Hard Rock Stadium.
La fiesta era total. El “Muchachos” sonaba a todo volumen en el parlante JBL de Otamendi. Las camisetas volaban, el agua salpicaba.
Thiago estaba sentado en su banco, con una toalla en la cabeza. Sonreía para las fotos, chocaba las manos, pero por dentro gritaba.
El efecto de la adrenalina estaba desapareciendo rápido, dejando paso a un dolor punzante, agudo, como si tuviera vidrios rotos dentro del encaje de la prótesis.
El Ruso se acercó, con su mochila de herramientas. Su cara de felicidad desapareció al ver la palidez de Thiago.
—Hay que sacarla —dijo el Ruso en voz baja—. Ahora.
—Esperá a que se vayan los periodistas de la zona mixta —susurró Thiago, apretando los dientes—. No quiero que vean sangre.
—Thiago, Levi me está mandando alertas de presión crítica en el muñón. Si no descomprimimos ya, se te va a necrosar el tejido.
Scaloni pasó por ahí, vio la escena y entendió todo.
—¡Marito! —gritó el técnico—. ¡Cerrame la puerta! ¡Que no entre nadie más! ¡Dibu, bajá la música!
El silencio cayó sobre el vestuario. Los jugadores se dieron vuelta.
—¿Qué pasa? —preguntó De Paul.
—Ayudenme —pidió el Ruso.
El Dr. Villani corrió con el botiquín. Thiago se recostó en el banco de madera.
El Ruso presionó el botón de liberación de vacío de la pierna Fénix. Sssssshhh. El aire escapó.
Pero la pierna no salió fácil. Estaba pegada.
—Vaselina —pidió Villani—. Y gasas. Muchas gasas.
Con movimientos suaves, el Ruso y el médico tiraron de la estructura de carbono. Thiago soltó un gemido ahogado y agarró la mano de Julián Álvarez, que estaba a su lado, apretándola hasta dejarle los nudillos blancos.
¡Plop!
La prótesis se soltó.
El olor a sangre fresca y sudor llenó el aire.
El muñón de Thiago, usualmente de un color piel sano, estaba rojo furioso, inflamado al doble de su tamaño. En la zona de apoyo, donde el hueso de la tibia cortada empujaba contra el carbono, la piel se había abierto. Era una llaga viva.
—La puta madre… —susurró el Cuti Romero, tapándose la boca.
El Dr. Villani examinó la herida con luz forense.
—Es una abrasión de tercer grado por fricción —diagnosticó el médico, furioso—. ¡Jugaste veinte minutos en modo rígido! ¡Es como correr descalzo sobre lija, Thiago! ¡El sistema de amortiguación estaba apagado!
—Tenía que hacerlo, Doc —dijo Thiago, con la voz temblorosa por el shock—. Si no la apagaba, no podía patear. Me estaban bloqueando.
Villani empezó a limpiar la herida con solución salina. Thiago vio las estrellas.
—Olvidate de entrenar mañana —sentenció Villani—. Y pasado tampoco. Tenés que estar 72 horas sin ponerte la prótesis. Silla de ruedas. Si esto se infecta, Thiago, no es que te perdés la Copa… es que te tenemos que operar de nuevo para subir el nivel de amputación.
La sentencia cayó como un balde de agua helada.
Thiago cerró los ojos.
—Hacé lo que tengas que hacer, Doc. Pero contra Perú juego.
Viernes. 23:30 PM. Pasillo del Estadio. Zona de Micros.
Thiago salía en una silla de ruedas, empujada por el Ruso. Llevaba el pantalón del jogging arremangado, mostrando el vendaje abultado en su pierna izquierda. La pierna Fénix iba guardada en un estuche de guitarra para no llamar la atención.
La mayoría de los jugadores ya había subido al micro.
Solo quedaba uno esperando en la puerta del túnel.
Lionel Messi.
El Capitán estaba apoyado contra la pared, mirando su celular. Cuando vio la silla de ruedas, se guardó el teléfono.
—Dejanos un minuto, Ruso —pidió Leo.
El Ruso asintió y se adelantó hacia el micro.
Messi se agachó para quedar a la altura de Thiago.
—El médico me contó lo de la piel —dijo Leo—. Dice que estás loco.
—Quería ganar, Leo.
—Ya sé. Y ganamos gracias a vos. Ese gol… esa forma de pegarle… me hizo acordar a Batistuta. Fuerza pura.
Messi miró a los costados para asegurarse de que nadie escuchaba.
—Pero también me contaron lo otro. Lo del chileno. Lo del reloj.
Thiago asintió.
—Tenía un inhibidor, Leo. Un jammer. Cada vez que se me acercaba, Levi se moría. Tuve que apagarlo para que no me bloqueara. Por eso me lastimé. El modo manual no tiene suspensión.
La cara de Messi cambió. Ya no era el compañero simpático. Era el líder que había peleado mil batallas contra la corrupción de la CONMEBOL y la FIFA. Sus ojos se oscurecieron.
—Entonces esto no es fútbol —dijo Messi—. Es caza.
Leo le puso una mano en el hombro a Thiago.
—Escuchame bien. Descansá. Curate esa pierna. No te preocupes por la fase de grupos. Nosotros nos encargamos de Perú y de lo que venga. Vos recuperate para los “mata-mata”.
Messi se enderezó.
—Y de los jammers y de los alemanes… dejame a mí. Voy a hablar con el Chiqui. Si ellos quieren jugar sucio con tecnología, nosotros vamos a jugar sucio con el reglamento. A partir de ahora, nadie se te acerca a menos de dos metros sin que Paredes o De Paul lo atiendan.
Thiago sonrió débilmente.
—Gracias, Capitán.
—No me agradezcas. Curate. Te necesitamos entero.
Messi empezó a caminar hacia el micro, pero se detuvo y se dio vuelta.
—Ah, Thiago…
—¿Sí?
—La próxima vez que la apagues… avisame antes. Así te la paso al pie y no al espacio.
Sábado. 09:00 AM. Hotel en Miami. Habitación del Ruso.
Mientras Thiago dormía sedado por los analgésicos en la habitación contigua, el Ruso estaba trabajando frenéticamente en su laptop.
Tenía la pierna Fénix conectada a la computadora mediante un cable de fibra óptica. Estaba analizando los registros de error del partido.
ERROR DE CONEXIÓN: 20:45 PM. FUENTE: INTERFERENCIA EXTERNA (Banda 2.4Ghz). PATRÓN DE SEÑAL: WEBER-MILITARY-GRADE.
El Ruso confirmó sus sospechas. Pero encontró algo más. Algo que le heló la sangre.
El registro mostraba que el inhibidor de Pulgar no solo bloqueaba la señal. También enviaba datos.
Durante los breves segundos que Thiago estuvo cerca del chileno con el sistema encendido, el dispositivo de Weber había robado información.
—Mierda… —susurró el Ruso.
En la pantalla apareció una lista de archivos transferidos: >> MAPA_NEURAL_THIAGO.dat (COMPLETO) >> CALIBRACIÓN_MOTOR_TIRO.xml (COMPLETO) >> FRECUENCIA_BASE_LEVI.sys (COMPLETO)
Klaus Weber no quería bloquear a Thiago para siempre. Solo quería obligarlo a fallar para robarle los datos de cómo funcionaba la integración humano-máquina perfecta de Helena.
Ahora Weber tenía el mapa del cerebro de Thiago.
El Ruso agarró su teléfono. Tenía que llamar a Helena, donde quiera que estuviera.
—Hola, soy yo —dejó un mensaje de voz en el número encriptado—. Tenemos un problema grave. Klaus ya no está adivinando. Ahora tiene los planos. Y si tiene los planos… puede construir su propio Thiago.
El Ruso miró por la ventana hacia la playa de Miami.
La verdadera “Copa América” acababa de empezar. Y el próximo rival no iba a ser un equipo de fútbol. Iba a ser un espejo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com