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Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 89

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Capítulo 89: El Espejo Negro

Lunes. 10:00 AM. Laboratorios Centrales de Weber Technologies. Berlín, Alemania.

La sala estaba a oscuras, iluminada únicamente por el brillo frío de una pantalla curva de diez metros.

Klaus Weber estaba de pie, con las manos en la espalda, observando la proyección.

En la pantalla se veía una silueta digital de alambre rojo: era Thiago Arenas. O mejor dicho, era el fantasma digital de Thiago. El modelo se movía, corría, giraba y pateaba en un bucle infinito.

A su lado, el Dr. Strauss, jefe de ingeniería biomecánica, tecleaba frenéticamente en una tablet.

—Es fascinante, Herr Weber —murmuró Strauss—. La sincronización neural es del 99.8%. No hay latencia. La chica, Helena Voss… ha logrado fusionar el sistema nervioso con el servomotor de una manera que nosotros creíamos teóricamente imposible hasta 2030.

—No me interesa admirar a mi ex empleada, Strauss —cortó Klaus con voz gélida—. Me interesa destruirla. ¿Qué tenemos?

Strauss amplió la imagen del tobillo digital.

—Gracias al dispositivo del jugador chileno, capturamos el “código fuente” del movimiento de Arenas. Sabemos cómo pisa, cómo distribuye el peso y, lo más importante, sabemos cómo piensa su prótesis antes de ejecutar una acción.

—Explíquese.

—El sistema “Levi” predice el movimiento del usuario 0.15 segundos antes de que ocurra para asistirle. Ahora que tenemos ese algoritmo… podemos crear un sistema que prediga a Levi.

Klaus sonrió. Una sonrisa de tiburón.

—Un Contra-Levi.

—Exacto. Si cargamos estos datos en una de nuestras unidades de combate… el oponente sabrá lo que Arenas va a hacer antes que el propio Arenas. Será como jugar ajedrez contra alguien que puede ver el futuro.

Klaus caminó hacia una pared de vidrio que daba a la planta de ensamblaje. Abajo, brazos robóticos anaranjados construían docenas de prótesis grises en serie. Pero en el centro, en una zona aislada y estéril, había una sola unidad siendo ensamblada a mano.

No era negra y elegante como el Fénix de Thiago. Era plateada, cromada, brutalista. Llena de pistones expuestos y cables rojos. Parecía el motor de un avión de caza.

—¿El Proyecto Quimera está listo? —preguntó Klaus.

—El hardware está al 90% —dijo Strauss—. Pero tenemos un problema. No tenemos un piloto.

—¿Cómo?

—El sistema Quimera requiere una agresividad física y una tolerancia al dolor que pocos atletas poseen. Probamos con dos voluntarios paralímpicos alemanes esta mañana. Ambos terminaron vomitando por el vértigo neural en tres minutos. Necesitamos a alguien que odie perder más de lo que ame sus propias piernas.

Klaus miró la pantalla gigante. El mapa de la Copa América brillaba en una esquina.

—Consígame la lista de planteles de los equipos clasificados a Cuartos de Final —ordenó Klaus—. Busque jugadores con antecedentes de violencia, sanciones disciplinarias o lesiones crónicas que estarían dispuestos a vender su alma por volver a ser élite. No me importa la nacionalidad. Me importa el odio.

Strauss asintió y salió de la sala.

Klaus se quedó solo mirando al fantasma de Thiago correr en la pantalla.

—Disfruta tus vacaciones en Miami, chico —susurró—. Porque te estoy construyendo una pesadilla a medida.

Jueves. 15:00 PM. Hotel de la Selección. Nueva Jersey.

Habían pasado seis días desde el partido contra Chile. Argentina había jugado contra Perú (victoria 2-0, goles de Lautaro y Julián) y se preparaba para cerrar el grupo.

Thiago no había estado en ninguno de los dos partidos.

Estaba acostado en una cámara hiperbárica portátil que la AFA había alquilado por una fortuna. Parecía un tubo de torpedo transparente. Adentro, la presión de oxígeno puro aceleraba la regeneración celular al triple de la velocidad normal.

—¿Cómo te sentís? —preguntó la voz de Levi a través de los auriculares internos.

—Me siento como un pepinillo en conserva —pensó Thiago—. Me aburro, Levi. Quiero jugar.

—Tu tejido epitelial está al 85% de recuperación. La dermis ya cerró. El Dr. Villani autorizó trote suave para mañana.

La puerta de la habitación se abrió. El Ruso entró con una laptop bajo el brazo y cara de no haber dormido en una semana. Cerró la puerta con llave y corrió las cortinas.

—Sacame de acá, Ruso —dijo Thiago por el intercomunicador de la cámara.

El Ruso despresurizó la máquina. Ssssshhh.

Thiago salió, en calzoncillos, y miró su muñón. La piel estaba rosada, nueva, sensible, pero entera. Ya no había sangre.

—Thiago, tenemos que hablar —dijo el Ruso, abriendo la laptop sobre la cama—. Helena contestó.

Thiago se sentó rápido.

—¿Qué dijo?

—Dijo que estamos jodidos.

El Ruso giró la pantalla. Había una videollamada grabada de Helena Voss. Estaba en una ubicación desconocida (parecía el interior de un barco de carga), con poca luz.

“Hola, chicos,” decía Helena en el video. Su voz sonaba metálica. “Vi los logs que me mandó el Ruso. Klaus tiene el mapa neural. Lo que va a hacer ahora es ingeniería inversa. Va a crear un algoritmo de predicción.”

Helena tomó un trago de café y miró a la cámara.

“Thiago, escuchame bien. Si te enfrentás a alguien usando tecnología Weber actualizada con tus datos, esa persona va a saber hacia dónde vas a amagar antes de que muevas el pie. Van a anular tu ventaja de velocidad. Te van a hacer parecer lento.”

—Genial —dijo Thiago en vivo—. ¿Y la solución?

El video continuó.

“No podemos cambiar tu hardware. No tengo cómo mandarles una pierna nueva. Así que vamos a tener que cambiar el software. Les estoy enviando un parche de actualización. Lo llamé Protocolo Caos.”

—¿Protocolo Caos? —preguntó Thiago, mirando al Ruso.

—Seguí escuchando —dijo el mecánico.

“El Protocolo Caos introduce un factor aleatorio en los micro-movimientos de la prótesis,” explicó Helena. “Básicamente, Levi va a ‘mentir’. Si vos pensás en ir a la derecha, Levi va a micro-amagar a la izquierda milisegundos antes de ejecutar tu orden real. Va a generar ruido falso en la lectura de cualquier escáner enemigo. Te va a hacer ilegible.”

Helena se acercó a la cámara.

“Pero tiene un costo. El sistema va a vibrar. Vas a sentir que la pierna está inestable todo el tiempo. Vas a tener que confiar en que, en el último segundo, la pierna va a ir donde vos querés. Es un salto de fe, Thiago. Instálenlo antes de Cuartos. Suerte.”

La pantalla se fue a negro.

El Ruso sacó un cable USB.

—¿Lo instalo?

Thiago miró su pierna Fénix, que descansaba en una silla cercana.

—Si no lo hacemos, somos predecibles. Si lo hacemos, inestables.

—Básicamente —confirmó el Ruso.

—Instalalo. Prefiero ser un quilombo que ser un libro abierto.

Sábado por la noche. Cierre de la Fase de Grupos.

Argentina clasificó primera cómoda, con 9 puntos. El cuadro de Cuartos de Final se definía en las pantallas gigantes del hotel.

El plantel estaba cenando. Todas las miradas estaban en el televisor.

—Si sale todo normal, nos toca Ecuador o México —decía De Paul, pelando una mandarina.

Pero el fútbol tiene sorpresas.

En el otro grupo, Uruguay había arrasado. Pero el segundo puesto fue una batalla campal.

Y entonces, apareció el rival confirmado para Argentina en Cuartos de Final.

No fue México. No fue Ecuador.

Fue Colombia.

Una Colombia física, rápida, invicta.

Pero la cámara de la transmisión se enfocó en un jugador colombiano específico que estaba siendo entrevistado al borde del campo tras la clasificación.

Era un delantero alto, fibroso, con la mirada perdida. Jhon “La Bestia” Córdoba. Un jugador que había estado fuera de las canchas seis meses por una rotura de ligamentos cruzados y meniscos irreversible.

Nadie sabía cómo se había recuperado tan rápido.

Hasta que la cámara bajó.

Jhon Córdoba no llevaba medias largas. Llevaba medias cortas.

Y en su pierna derecha, brillando bajo los reflectores del estadio de Houston, había una estructura de metal cromado. Plateada. Brutal. Llena de pistones rojos.

Thiago, en el comedor, sintió que se le helaba la sangre.

—Es esa —susurró el Ruso—. Es la tecnología de Klaus.

Córdoba miró a la cámara y sonrió. No era una sonrisa de fútbol. Era una sonrisa química.

—Argentina —dijo el colombiano—. Los estamos esperando.

Messi, desde la cabecera de la mesa, dejó de comer. Miró la pantalla, luego miró a Thiago.

—Parece que no sos el único especial, pibe —dijo Leo.

La guerra de los clones había empezado. Y el campo de batalla sería el NRG Stadium de Houston.

Domingo. 20:00 PM. NRG Stadium, Houston. Cuartos de Final.

En el túnel de vestuarios, la tensión era sólida.

A la izquierda, la fila celeste y blanca, liderada por Messi. A la derecha, la fila amarilla de Colombia.

Thiago estaba al final de la fila. Justo al lado de Jhon Córdoba.

El colombiano era una montaña de músculo. Se había bajado las medias hasta los tobillos, exhibiendo desafiante la prótesis Quimera. Era fea, industrial, ruidosa. Los pistones hidráulicos resoplaban como una locomotora vieja cada vez que flexionaba la rodilla.

Córdoba se giró y miró la pierna negra y estilizada de Thiago.

—Bonito juguete —dijo Córdoba con una sonrisa burlona—. Se ve caro. Lástima que sea modelo viejo.

—¿Te duele? —preguntó Thiago, notando cómo los cables de la prótesis plateada se clavaban en la piel del colombiano. La zona de inserción estaba morada.

—El dolor me despierta —respondió Córdoba. Sus pupilas estaban dilatadas, probablemente por analgésicos fuertes—. Hoy te jubilo, pibe. Weber manda saludos.

Salieron al campo. El rugido de 70.000 personas fue ensordecedor.

Minuto 15. El Algoritmo Predictivo.

El partido arrancó con una intensidad brutal. Colombia no especulaba. Presionaba alto, mordía en cada sector.

Thiago recibió su primera pelota sobre la banda izquierda. Tenía espacio. Su especialidad.

—Iniciando secuencia de aceleración,— dijo Levi. —Ruta óptima: Diagonal hacia el área.

Thiago arrancó.

Pero Córdoba ya estaba ahí.

No es que Córdoba fuera más rápido. Es que había empezado a correr antes.

Thiago intentó frenar y recortar hacia adentro. Córdoba ya había puesto el cuerpo para bloquear el recorte.

Thiago intentó tirar la pelota larga por la banda. Córdoba estiró su pierna plateada y la interceptó limpiamente.

—¡Imposible!— exclamó Levi. —Calculó mi variable de decisión con un 100% de exactitud.

Thiago perdió la pelota. Córdoba salió de contra, potente, imparable.

El público argentino se quedó mudo. Thiago Arenas, el jugador más rápido del torneo, acababa de ser anulado como un principiante.

Minuto 35. La Pesadilla.

El primer tiempo fue un monólogo de frustración.

Cada vez que Thiago pensaba un movimiento, la Quimera de Córdoba reaccionaba en espejo. Era como jugar contra su propia sombra, pero una sombra hecha de acero cromado.

—¡Soltala antes, Thiago! —le gritaba Scaloni desde el banco, desesperado.

Pero no era cuestión de tiempo. Era cuestión de lectura.

En el minuto 38, Thiago intentó un caño. Una jugada de potrero, impredecible. Córdoba ni se inmutó. Cerró las piernas medio segundo antes de que la pelota pasara. La pelota rebotó en la canillera de metal y le quedó servida al colombiano.

Córdoba lanzó un pelotazo largo a Luis Díaz. El extremo del Liverpool corrió, le ganó la espalda a Molina y definió cruzado ante el Dibu.

GOL DE COLOMBIA. 0 – 1.

Córdoba corrió a festejar gritándole el gol en la cara a Thiago.

—¡Sos un libro abierto, pibe! —le gritó—. ¡Sé lo que vas a hacer antes que vos!

Thiago miró al piso. Se sentía desnudo. Vulnerable.

—Thiago,— dijo Levi, con tono de urgencia. —Tiene acceso a mi bus de datos tácticos. Está leyendo mis micro-ajustes de equilibrio. Mientras sigamos jugando “limpio”, vamos a perder.

Entretiempo. Vestuario Argentino.

El silencio era sepulcral. Scaloni pateó una botella de agua contra la pared.

—¡Nos están comiendo la espalda! ¡Thiago, no pasaste a nadie! ¡Si no podés con él, decime y entra Garnacho!

Thiago estaba sentado, respirando agitado. El Ruso se le acercó, con la tablet en la mano.

—Thiago —susurró el Ruso—. Es ahora. Tenés que activar el Protocolo Caos.

—Es muy arriesgado, Ruso. Si la pierna vibra demasiado, puedo errarle a la pelota y hacer el ridículo.

—Si no lo hacés, perdemos —dijo el Ruso—. Córdoba te tiene en el bolsillo. Klaus le dio el manual de instrucciones de tu cerebro. La única forma de ganarle es volviéndote ilegible.

Thiago miró a Messi, que estaba dando indicaciones a los mediocampistas. Leo lo miró y asintió levemente, como diciendo: “Hacé lo que tengas que hacer”.

Thiago cerró los ojos.

—Levi. Ejecutar parche: Protocolo Caos. Nivel de aleatoriedad: 40%.

—Advertencia: Esto reducirá la estabilidad un 30%. Sentirás temblores constantes. ¿Confirmar?

—Confirmar.

Un escalofrío recorrió su pierna izquierda. No fue agradable. Sintió como si miles de hormigas eléctricas caminaran por dentro de la fibra de carbono. El pie le temblaba involuntariamente, moviéndose milímetros a la izquierda y a la derecha a una velocidad imperceptible.

—Se siente horrible —murmuró Thiago.

—Eso es el caos, amigo —dijo el Ruso—. Acostumbrate.

Minuto 60. El Glitch.

Salieron al segundo tiempo.

Argentina salió a matar o morir.

Thiago recibió la pelota en mitad de cancha. La pierna le vibraba. Tenía que hacer fuerza extra solo para mantener el pie firme sobre el pasto.

Córdoba vino a marcarlo, sonriendo, confiado. Su sistema Quimera escaneó la postura de Thiago.

“Predicción: Salida hacia la derecha. Probabilidad 98%.”

El sistema de Córdoba preparó sus pistones para bloquear la derecha.

Thiago pensó en ir a la derecha. Levi mandó la señal. Pero el Protocolo Caos intervino.

En el último milisegundo, el tobillo de Thiago hizo un espasmo aleatorio hacia la izquierda, un movimiento parásito, un “tic” nervioso digital.

El sistema de Córdoba leyó el cambio brusco. “Error. Recalculando. Salida izquierda.” La pierna plateada cambió el peso hacia el otro lado violentamente.

Pero Thiago, luchando contra su propia pierna, forzó el movimiento original hacia la derecha.

El resultado fue visualmente extraño. Thiago pareció tropezar, moverse como un muñeco roto, pero salió disparado hacia la derecha.

Córdoba quedó clavado en el piso. Su pierna mecánica había intentado ir a los dos lados a la vez y se bloqueó por seguridad.

—¡¿Qué?! —gritó el colombiano, girando torpemente.

Thiago se escapó.

Minuto 75. La Rotura de Sistema.

El partido cambió.

Thiago ya no era elegante. Era un borrón inestable. Corría a los saltos, cambiaba de ritmo sin lógica, sus amagues eran espasmódicos.

Para el ojo humano, parecía que estaba jugando “feo”. Para el algoritmo de Weber, era indescifrable.

Córdoba estaba desesperado. Su visor interno (probablemente lentes de contacto de realidad aumentada) se llenaba de alertas rojas: “PATRÓN NO RECONOCIDO”, “MOVIMIENTO ILÓGICO”, “ERROR DE PREDICCIÓN”.

Thiago recibió cerca del área grande. Córdoba fue al choque, furioso. Ya no quería predecir, quería romper.

Thiago frenó de golpe.

Su pierna Fénix vibró salvajemente gracias al Protocolo Caos. Parecía que iba a patear, que iba a pasar, y que iba a enganchar, todo al mismo tiempo.

El sistema de Córdoba colapsó. Intentó cubrir las tres opciones.

Se escuchó un CRACK metálico horrible.

No fue un hueso. Fue la transmisión de la pierna Quimera.

El torque de los servos de Córdoba se aplicó en direcciones opuestas. La rodilla plateada giró sobre sí misma, rompiendo los engranajes internos.

Córdoba gritó y cayó al suelo como una bolsa de papas, con su pierna mecánica humeando y trabada en un ángulo antinatural.

Thiago quedó solo.

Entró al área.

Pero no pateó. Vio a Lautaro Martínez solo en el punto penal.

Hizo un pase “mordido”, vibrante, extraño, pero efectivo.

Lautaro la empujó a la red.

GOL DE ARGENTINA. 1 – 1.

El estadio explotó.

Thiago no festejó. Se quedó mirando a Jhon Córdoba en el piso. El colombiano golpeaba el césped, no de dolor físico (la pierna no sentía), sino de impotencia absoluta. Su máquina perfecta de millones de dólares había sido derrotada por un parche de software inestable.

El Ruso, desde el banco, se abrazaba con Aimar.

—¡Funciona! —gritaba—. ¡El caos funciona!

Pero Thiago sentía algo caliente en el encaje. La vibración constante estaba generando fricción de nuevo. Y todavía faltaban 15 minutos. Y quizás… penales.

—Temperatura de los actuadores: Crítica,— avisó Levi. —Si seguimos en Modo Caos, nos vamos a fundir antes de los 90.

Thiago miró el tablero. 1-1.

—Aguantá, Levi —pensó—. Aguantá un poco más.

Domingo. 22:15 PM. Tanda de Penales. NRG Stadium.

El sorteo de capitanes lo ganó Messi. Eligió el arco donde estaba la hinchada argentina.

El Dibu Martínez se paseaba por el área chica, hablando solo, comiéndose la cabeza de los pateadores colombianos.

—Estado del sistema,— pidió Thiago mientras se ponía hielo en spray sobre la carcasa de carbono hirviendo.

—Temperatura interna: 88°C,— advirtió Levi. —Los servos están al límite de la fusión térmica. Si pateamos con potencia máxima (100%), corremos el riesgo de que el pistón principal se suelde por el calor.

—¿Y si pateamos despacio?

—Si pateamos despacio y el arquero adivina, nos ataja. Y te aviso: el arquero Camilo Vargas está recibiendo instrucciones.

Thiago miró hacia el arco. Vargas se tocaba disimuladamente el oído derecho. Desde el banco de Colombia, un asistente con una tablet le estaba cantando las probabilidades.

La tanda avanzó con una tensión insoportable.

Messi: Gol (suave, a la izquierda). 1-0.

Luis Díaz: Gol (fuerte, al medio). 1-1.

Julián Álvarez: Gol (cruzado). 2-1.

Borré: ¡ATAJÓ EL DIBU! (Bailecito incluido). 2-1.

Mac Allister: Gol. 3-1.

Uribe: Gol. 3-2.

Montiel: ¡Palo! (La pelota dio en el poste y salió). Drama. 3-2.

Davinson Sánchez: Gol. 3-3.

Qudaba el quinto penal. El decisivo para Argentina. Si Thiago metía, pasaban a Semifinales. Si erraba, iban a muerte súbita y su pierna no aguantaría otra ronda.

Scaloni lo miró.

—¿Vas?

Thiago se sacó la bolsa de hielo. El carbono humeaba vapor blanco en la noche de Houston.

—Voy.

El Duelo.

Thiago caminó hacia el punto penal. El camino se sintió eterno. La pierna Fénix pesaba el doble que la humana. El Protocolo Caos seguía activo en segundo plano, generando un zumbido eléctrico molesto.

Acomodó la pelota.

Camilo Vargas se paró en la línea. El arquero colombiano lo miró fijamente y luego miró hacia su banco de suplentes. Asintió con la cabeza.

“Ya sabe,” pensó Thiago.

—Confirmado,— dijo Levi. —El algoritmo de Weber predice que, bajo presión y fatiga, tu tendencia biomecánica es abrir el pie y buscar el ángulo superior derecho. Vargas se va a tirar ahí antes de que patees.

—¿Y si cambio al otro palo?

—El Protocolo Caos está haciendo vibrar el tobillo. Si intentás “cerrar” el pie para patear a la izquierda con esta inestabilidad, hay un 45% de probabilidades de que la tires afuera.

Thiago retrocedió tres pasos. Respiró hondo.

Tenía dos opciones malas:

Patear a su lugar seguro (derecha) y que se la atajen.

Arriesgar al otro palo (izquierda) y tirarla a la tribuna por la vibración.

Entonces, se acordó de algo que le había dicho el Ruso sobre los motores viejos. “Cuando el motor vibra mucho, no pelees contra la vibración. Usala.”

—Levi —ordenó Thiago mentalmente—. Sincronizá el disparo con la vibración.

—¿Qué?

—No quiero apuntar. Quiero pegarle seco. En el centro exacto de la pelota. Que la vibración haga el resto.

—¿Un tiro “Folha Seca” (Knuckleball)? Con una pierna artificial inestable es… teóricamente brillante. La trayectoria será aleatoria por la física del aire.

—Hacelo. Potencia al 80% para no fundirnos.

El árbitro pitó.

Thiago corrió.

Vargas, confiado en los datos de Weber, se preparó para volar a su izquierda (la derecha de Thiago).

Thiago impactó la pelota. No hubo golpe seco de empeine ni de cara interna. Fue un impacto plano, frontal, con los tres dedos del medio del pie de carbono vibrando a alta frecuencia.

¡PUFF!

La pelota salió disparada hacia el centro del arco. No giraba. Las costuras de la pelota se veían estáticas en el aire.

Vargas se lanzó hacia su izquierda, jugado.

Pero la pelota, atrapada en una turbulencia de aire causada por el golpe seco y la falta de rotación, hizo un extraño. Primero pareció ir a la derecha. Luego, en el aire, vibro y cambió de dirección hacia el medio.

Vargas, en el aire, intentó manotear hacia atrás con un reflejo desesperado.

La pelota pasó por encima de su mano, bajó de golpe como una piedra y entró pidiendo permiso.

¡GOL!

La red se infló.

ARGENTINA A SEMIFINALES.

Thiago no corrió. Cayó de rodillas en el punto penal. Su pierna izquierda emitió un silbido final y se apagó por seguridad térmica. Las luces doradas se extinguieron.

El Dibu Martínez fue el primero en llegar, levantándolo en el aire como si fuera una pluma.

—¡Qué locura hiciste, enfermo! —le gritaba el Dibu—. ¡Esa pelota se movió como un ovni!

Lunes. 08:00 AM (Hora Europea). Oficina de Klaus Weber. Berlín.

CRASH.

Una botella de whisky de 50 años estalló contra la pared de pantallas.

Klaus Weber respiraba agitado, con la corbata deshecha.

En la pantalla repetían el gol de Thiago en cámara lenta. Los analistas alemanes trazaban líneas rojas tratando de entender la física del disparo.

—La predicción fue correcta… —balbuceó el Dr. Strauss, escondido detrás de una silla—. Él iba a patear a la derecha. Pero el impacto… la pelota… no tuvo lógica. Fue puro caos.

Klaus se dio vuelta lentamente. Sus ojos grises estaban fríos, aterradores.

—Subestimamos la variable humana, Strauss. El caos no es un error de ellos. Es su arma.

Klaus caminó hacia su escritorio y abrió un cajón biométrico. Sacó una carpeta negra con un sello rojo que decía: PROYECTO FINAL.

—Si no podemos ganarles en el fútbol —dijo Klaus—, entonces no habrá fútbol.

Agarró el teléfono encriptado.

—Comuníqueme con la oficina del Presidente de la CONMEBOL. Y preparen el jet. Nos vamos a Estados Unidos.

—¿Señor? —preguntó Strauss—. ¿Va a ir personalmente?

—Sí. La Semifinal no se va a jugar en la cancha. Se va a jugar en los despachos. Voy a activar la Cláusula 4.

Strauss palideció.

—Pero señor… eso destruiría la reputación de la Copa.

—Me importa una mierda la Copa —dijo Klaus—. Quiero esa pierna.

Lunes. 02:00 AM. Vestuario Argentino. Houston.

Thiago estaba sentado en la camilla, exhausto. El Ruso le estaba aplicando gel refrigerante en el mecanismo.

Messi entró, ya bañado, con la ropa de concentración. Se sentó al lado de Thiago.

—Estuviste bien, pibe —dijo Leo—. Ese penal… fue de caradura.

—Fue de suerte, Leo. La pierna se estaba desarmando.

Messi miró la prótesis apagada.

—Escuchame. Nos toca Uruguay o Brasil en semis. Pero me llegó un rumor.

—¿Qué rumor?

—Dicen que Weber está viajando para acá. Dicen que va a pedir una inspección técnica presencial antes del partido. Quiere abrir tu pierna.

Thiago sintió un frío en la espalda.

—Si la abren… van a ver que el software está modificado. Van a ver el “Protocolo Caos”. Es ilegal. Nos descalifican.

Messi se puso de pie y le guiñó un ojo.

—Entonces no la van a abrir. Tengo un plan. Pero vas a necesitar otra pierna.

—¿Otra? Solo tengo esta.

—Ya no —dijo Messi. Señaló la puerta.

Entró Helena Voss.

Estaba vestida con ropa del staff de la AFA, gorra y barbijo, camuflada. Traía una maleta metálica grande.

—Hola, Thiago —dijo Helena, bajándose el barbijo—. Llegué justo a tiempo. El “Modo Caos” era un parche temporal. Ahora vamos a instalar la actualización definitiva.

Helena abrió la maleta.

Adentro no había una pierna negra. Había una pierna blanca y celeste. Brillaba con una luz distinta. No dorada. Azul plasma.

—Presentando el Modelo Argentina —dijo Helena—. Klaus busca metal y pistones. Nosotros le vamos a dar… magia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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