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Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 9

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  4. Capítulo 9 - 9 El peso del amanecer
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9: El peso del amanecer 9: El peso del amanecer El reloj marcaba las seis de la mañana cuando Thiago salió de su casa.

El barrio aún dormía: las persianas cerradas, los perros callejeros estirándose en la vereda, y un aire frío que parecía querer colarse hasta los huesos.

Con la mochila al hombro y un balón gastado bajo el brazo, caminó hasta la vieja cancha de cemento donde todo había empezado.

El eco de sus pasos lo acompañaba, como si cada pisada fuese una respuesta a la pregunta que su madre le había lanzado la noche anterior: “¿Cómo me convences de que esta vez es diferente?”.

El sol asomaba tímido cuando dejó el balón en el suelo.

Respiró hondo.

Su rodilla, la maldita rodilla, crujió al estirarla.

Por un momento el miedo lo mordió: ese miedo que lo había paralizado tantas veces desde la lesión.

Pero dio el primer toque.

Luego otro.

Y otro.El sonido del balón rebotando en el cemento era como un tambor marcando un nuevo comienzo.

—No voy a rendirme —murmuró, como si el aire frío pudiera llevarse sus dudas.

Empezó a correr en zigzag, imaginando rivales invisibles.

La rodilla protestó, pero él no se detuvo.

El sudor apareció rápido, pegándole la camiseta al cuerpo.

Cada sprint era una guerra contra sí mismo.

Tras media hora, se dejó caer al suelo, agotado.

El pecho le ardía, las piernas parecían de plomo.

Cerró los ojos, y en su mente volvió a ver a Gabriel Soto, con esa sonrisa arrogante, llamándolo “recuerdo roto”.

Ese recuerdo lo obligó a levantarse.

Tomó el balón otra vez, lo colocó frente a una portería improvisada hecha con piedras y apuntó.Primer disparo: desviado.Segundo disparo: al poste.Tercer disparo: adentro.

La pelota se coló entre las piedras y Thiago alzó los brazos, solo, en esa cancha vacía.

Fue un gesto pequeño, casi ridículo, pero en su corazón ardía como un gol en una final.

El entrenamiento duró hasta que el sol ya iluminaba todo el barrio.

Vecinos que pasaban a trabajar lo miraban con curiosidad: el chico que una vez fue promesa, sudando como si jugara una final.

Cuando regresó a casa, su madre lo esperaba en la puerta.

Observó la transpiración, la respiración agitada, y por primera vez en mucho tiempo, no dijo nada.

Solo lo dejó pasar, en silencio.

Pero en sus ojos brillaba algo distinto: no aceptación total, pero sí un primer destello de fe.

Thiago subió a su cuarto, se tiró en la cama, y mientras el cansancio lo vencía, sonrió.

Había dado el primer paso.

Pequeño, sí, pero firme.Sabía que no sería fácil.

Que los dolores volverían, que las dudas lo morderían cada día.

Pero también sabía que si quería volver a ser jugador, tendría que aprender a amar ese dolor.

El amanecer ya no pesaba tanto.

Ahora, pesaba la esperanza.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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