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Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 90

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Capítulo 90: Juego de Manos

Martes. 10:00 AM. Salón de Convenciones. Hotel Hyatt, Houston.

El aire acondicionado estaba tan fuerte que se podía ver el aliento. En el centro de la mesa larga de caoba, había un maletín abierto con herramientas de precisión quirúrgica.

De un lado de la mesa: Klaus Weber y tres abogados con trajes italianos idénticos. Del otro lado: Chiqui Tapia (sudando), Lionel Scaloni (con cara de póker) y el Dr. Villani.

Thiago estaba sentado en una silla en la cabecera, con el pantalón arremangado. Llevaba puesta la pierna Fénix (la negra y dorada), que se veía opaca, rayada y con marcas de quemaduras por el sobrecalentamiento del partido anterior.

—Esto es irregular —protestó Tapia—. La inspección técnica se hizo en Buenos Aires. Ya está habilitado.

—El Artículo 4.2 del reglamento de equipamiento permite “inspecciones extraordinarias ante sospecha de ventaja deportiva desleal” —recitó Klaus Weber con suavidad, sin mirar a Tapia. Sus ojos estaban fijos en la rodilla de Thiago—. Y créame, señor Tapia, tengo muchas sospechas.

Weber hizo un gesto. El Dr. Strauss (su ingeniero jefe) se acercó a Thiago con una tablet conectada a un cable de diagnóstico.

—Si encontramos una sola línea de código alterada —dijo Klaus—, no solo quedan descalificados. Voy a demandar a cada jugador de su plantel por complicidad en fraude industrial.

Thiago sintió que el corazón le golpeaba contra las costillas.

“Levi,” pensó. “¿Estamos listos?”

“El sistema está formateado,” respondió la IA. “Borré el Protocolo Caos. Borré los registros del partido contra Colombia. Estoy corriendo la versión 1.0 de fábrica. Soy, a todos los efectos, una tostadora inteligente.”

Strauss conectó el cable al puerto de la pierna. En la pantalla gigante de la sala, aparecieron líneas de código verde.

Todos contenían la respiración.

Strauss tecleó comandos rápidos, buscando el “Modo Caos”, buscando el algoritmo predictivo, buscando cualquier huella de Helena Voss.

—¿Y? —preguntó Klaus, impaciente.

Strauss frunció el ceño.

—El firmware es original, Herr Weber. Versión estandarizada. No hay modificaciones ilegales.

Klaus se levantó, incrédulo. Caminó hasta Thiago y agarró la pierna con sus propias manos. La revisó bruscamente.

Notó el desgaste. Los pistones estaban negros por el hollín. La fibra de carbono tenía micro-fisuras. El olor a circuito quemado era evidente.

—Esta pierna está destruida —dijo Klaus, mirando a Thiago—. Los actuadores están fundidos. La batería retiene solo el 40% de carga.

—Fue un partido difícil —dijo Thiago, sosteniéndole la mirada.

Klaus soltó la pierna con desprecio. Se limpió las manos con un pañuelo de seda.

Sonrió. Pero no era una sonrisa amable. Era la sonrisa de alguien que se da cuenta de que no necesita hacer trampa para ganar.

—Ya veo —dijo Klaus—. No hicieron trampa. Simplemente rompieron el juguete.

Se dirigió a los oficiales de la CONMEBOL que estaban de veedores.

—La pierna es legal. Está en condiciones deplorables, pero es legal. Si Argentina quiere jugar la Semifinal con un lisiado que arrastra chatarra quemada, es problema de ellos.

Klaus cerró su maletín.

—Nos vemos en el estadio, señor Arenas. Disfrute su último partido. Va a ser doloroso.

La delegación alemana salió de la sala.

Cuando la puerta se cerró, el Chiqui Tapia se derrumbó en la silla y se aflojó la corbata.

—Casi me da un infarto, la puta madre.

Scaloni miró a Thiago y sonrió.

—Bien jugado, pibe. Ni pestañeaste.

—Gracias, Leo.

—Ahora vamos a lo importante —dijo Scaloni—. Vamos a la habitación 303. Helena nos espera. Hay que tirar esta basura a la basura.

Martes. 14:00 PM. Habitación 303 (La “Cueva”).

La habitación estaba a oscuras, iluminada solo por luces LED azules. Las ventanas estaban selladas con cinta para evitar drones o fotos de larga distancia.

Helena Voss estaba trabajando sobre una mesa llena de componentes.

Thiago entró con el Ruso. Se sentó y se desabrochó la pierna Fénix vieja. La dejó sobre la cama.

—Adiós, vieja amiga,— pensó Thiago. —Nos diste la clasificación.

—Fue un honor quemarme por el equipo,— respondió el Levi de la pierna vieja antes de apagarse.

Helena se dio vuelta. Tenía en sus manos la nueva obra maestra.

El Modelo Argentina (MK-II).

Era impresionante. La estructura ya no era negra monolítica. Era una aleación de titanio blanco mate y fibra de carbono azul cielo. Tenía tres franjas doradas sutiles en el gemelo (las tres estrellas).

Pero lo más llamativo era el núcleo de la rodilla. Brillaba con una luz azul pálida, pulsante, casi líquida.

—Klaus cree que ganaste porque rompiste la pierna anterior —explicó Helena, mientras le aplicaba gel conductor en el muñón a Thiago—. Lo que no sabe es que esa pierna era un sacrificio.

—¿Qué tiene de especial esta? —preguntó Thiago.

—Refrigeración por Nitrógeno Líquido de ciclo cerrado —dijo Helena, conectando la prótesis—. Ese brillo azul es el refrigerante. Nunca se va a calentar. Podés correr una maratón a velocidad de sprint y va a seguir helada.

Click. Psssshh.

El encaje se selló.

Thiago sintió la diferencia al instante. No pesaba nada. Era como si su pierna hubiera vuelto a crecer, pero hecha de aire.

—Y una cosa más —agregó Helena—. Le cargué una nueva versión de Levi. La llamo Levi-Playmaker.

—Hola, Thiago,— sonó la voz de la IA en su cabeza. Era la misma voz, pero se sentía más nítida, más rápida. —Sincronización neural al 100%. Latencia: 0.001 segundos. Prácticamente telepatía.

—¿Y es legal? —preguntó el Ruso, preocupado.

—El hardware es legal —dijo Helena—. El software… digamos que es indetectable. Si Klaus la escanea, va a leer lo que yo quiero que lea. Es un “Caballo de Troya”. Por fuera parece una pierna estándar. Por dentro, es un Fórmula 1.

Thiago se puso de pie. Dio un salto. Aterrizó sin sonido. La amortiguación era perfecta.

—Se siente increíble —dijo Thiago.

—Vas a necesitarla —dijo Scaloni, entrando a la habitación con una tablet bajo el brazo—. Ya se confirmó el rival.

Scaloni puso la tablet sobre la mesa.

En la pantalla se veía el resultado del otro partido de Cuartos: BRASIL 3 – URUGUAY 1.

Y en la foto principal, aparecía la nueva estrella de Brasil. No era Neymar. No era Endrick.

Era Vinicius Jr., celebrando un gol. Y a su lado, abrazándolo, había un nuevo lateral derecho que Brasil había convocado de urgencia tras la lesión de Danilo.

Un lateral joven, rápido y conocido por ser el jugador más sucio de la liga brasileña. Fagner.

—Brasil viene completo —dijo Scaloni—. Vini está volando. Y saben que tu pierna vieja estaba rota. Van a atacarte por tu lado todo el partido. Van a buscar el 1 contra 1. Velocidad contra velocidad.

Thiago miró su nueva pierna blanquiceleste. El núcleo de plasma brilló.

—Que vengan —dijo Thiago—. Tengo ganas de correr.

Miércoles. 19:00 PM. MetLife Stadium, Nueva Jersey. Semifinal.

El mundo estaba mirando. Era el Clásico de las Américas.

Argentina vs. Brasil. Messi vs. Vinicius. El hombre biónico vs. El Jogo Bonito.

En el túnel, Thiago se alineó. Se había puesto una media larga blanca para tapar la prótesis nueva, pero el brillo azul del núcleo traspasaba la tela, dándole un aura fantasmal a su pierna izquierda.

Vinicius Jr. se le acercó. El brasileño masticaba chicle, relajado, bailando un poco con la música del estadio.

—E aí, Robocop,— saludó Vini con una sonrisa carismática—. Me dijeron que estás roto. Que te duele.

Thiago lo miró.

—Te mintieron, Vini.

—Mejor —dijo el brasileño, guiñándole un ojo—. Porque si estás roto no tiene gracia ganarte. Hoy vamos a ver quién es más rápido: tu motor o mis piernas.

El árbitro agarró la pelota.

—¡A LA CANCHA!

Thiago salió al césped. El estadio rugió.

Klaus Weber, desde el palco VIP, miraba con binoculares. Vio el brillo azul bajo la media de Thiago y frunció el ceño.

—Strauss —dijo Klaus por radio—. Dijiste que la batería estaba al 40%. Esa luz es demasiado intensa para una batería agotada.

—Debe ser un LED decorativo, señor —respondió Strauss—. La física no miente. Ese chico no aguanta 20 minutos.

Klaus bajó los binoculares. Algo no le gustaba.

El árbitro pitó el inicio.

La pelota rodó. Y Thiago Arenas estaba a punto de demostrar que la física, a veces, se equivoca cuando hay magia de por medio.

Miércoles. 19:15 PM. MetLife Stadium. Minuto 10. Marcador: Argentina 0 – Brasil 0.

El plan de Brasil era obvio y despiadado: Buscar a Thiago.

En el banco de suplentes de Brasil, Dorival Júnior gritaba: “¡Vai pra cima dele! ¡Tá quebrado!” (¡Andá arriba de él! ¡Está roto!).

Vinicius recibió la pelota pegado a la línea de cal. Tenía diez metros de campo libre y a Thiago parado enfrente, en posición defensiva.

Vini sonrió. Hizo su clásica bicicleta. Una, dos, tres veces. Thiago no se movió. Su centro de gravedad estaba bajo, clavado al piso.

—Análisis de patrón,— susurró Levi. —Finta corporal a la izquierda. Salida explosiva a la derecha. En 3, 2, 1…

Vinicius arrancó hacia la derecha. Fue un estallido de velocidad pura, de 0 a 30 km/h en dos pasos. Normalmente, dejaría a cualquier lateral del mundo mirando su número de dorsal.

Pero cuando Vini levantó la cabeza para centrar, se encontró con una pared blanca y celeste.

Thiago ya estaba ahí.

No solo había llegado; lo había esperado.

Thiago metió el cuerpo, limpio, y le robó la pelota.

Vini frenó, derrapando en el pasto, con los ojos abiertos de par en par. Miró hacia el banco de Brasil como preguntando: “¿No dijeron que estaba lento?”

Minuto 25. El Corredor de la Muerte.

El partido se rompió temprano. Brasil atacaba, Argentina contraatacaba.

Thiago recuperó una pelota en su propia área y vio la autopista por la banda izquierda.

—Temperatura del núcleo: -180°C,— informó Levi. —Sistema de refrigeración por plasma activo. Sin restricciones térmicas. ¿Desplegamos toda la potencia?

—Mostrales lo que compramos, Levi —pensó Thiago.

Thiago arrancó.

Fue algo visceral. La nueva pierna Modelo Argentina no hacía ruido. No había zumbido de motor, ni vibración. Era silencio y viento.

Pasó a Paquetá como si fuera un poste. Pasó a Bruno Guimarães como si estuviera caminando.

Desde el palco VIP, Klaus Weber se puso de pie, tirando su copa de champagne.

—¡Imposible! —bramó el alemán—. ¡Esa aceleración es de 36 km/h! ¡Con una batería al 40% debería haber explotado a los veinte metros!

En la cancha, Thiago volaba. La luz azul bajo su media brillaba intensamente, dejando una estela fantasmal.

Le salió al cruce Fagner.

El lateral brasileño, veterano y conocido por su juego brusco, no fue a la pelota. Fue a la rodilla. Se tiró con los dos pies hacia adelante, una tijera criminal apuntando directamente a la articulación mecánica de Thiago.

El estadio contuvo el aliento. CRACK.

El sonido del impacto fue seco, metálico.

Fagner rodó por el piso gritando y agarrándose el tobillo. Thiago trastabilló, pero no cayó. Siguió corriendo.

El titanio de grado aeroespacial de la pierna de Thiago ni se abolló. Los tapones de Fagner, en cambio, se habían doblado contra la aleación.

El árbitro cobró ley de ventaja.

Thiago llegó al fondo. Levantó la cabeza.

Julián Álvarez picaba al primer palo. Messi entraba por el medio.

Thiago centró. Un pase quirúrgico, calculado por la nueva IA Levi-Playmaker para caer exactamente en el punto ciego de los centrales brasileños.

Julián anticipó a Marquinhos. ¡PUM!

La red se sacudió.

¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOL ARGENTINO!

El estadio explotó. Julián corrió a abrazar a Thiago, que estaba parado cerca del córner, respirando tranquilo, sin una gota de sudor en la frente, mientras su pierna izquierda emitía un vapor frío tenue, casi invisible.

En el piso, los médicos de Brasil atendían a Fagner.

—Me pegué contra una pared —lloraba el brasileño—. ¡Esa pierna es de piedra!

Minuto 40. El Cambio de Actitud.

Brasil estaba confundido. El eslabón débil que Klaus Weber les había prometido resultó ser una pieza de adamantium.

Vinicius Jr. se acercó a Thiago mientras esperaban un saque de arco. Ya no sonreía. Ya no había bailecito. Su mirada era la de un depredador que respeta a otro depredador.

—Você é rápido, hein? —dijo Vini, serio—. Pero esto no termina acá.

—Recién empieza, Vini —respondió Thiago.

Brasil cambió la táctica. Dejaron de atacar a Thiago. Empezaron a evitarlo. Rodrygo se cambió de banda para no cruzarse con él. Vinicius empezó a tirarse al medio.

Thiago había logrado lo que pocos defensores en la historia consiguen: Zona de Exclusión Aérea. Nadie quería entrar en su radio de acción.

Pero Klaus Weber no se iba a rendir tan fácil.

En el palco, el alemán sacó su teléfono.

—Strauss —dijo—. Activa la Fase 2.

—Señor… la Fase 2 es experimental. Interferencia de señal masiva. Puede apagar las luces del estadio. Puede afectar la transmisión de TV.

—¡HÁGALO! —gritó Klaus—. Si no puedo apagar esa pierna, voy a apagar todo el maldito estadio. Quiero oscuridad. Quiero caos.

Minuto 45+2. El Apagón.

Era la última jugada del primer tiempo. Argentina ganaba 1-0 y controlaba el juego.

Messi tenía la pelota. Iba a filtrar un pase para Thiago.

De repente, un zumbido agudo, doloroso, atravesó los parlantes del estadio. La gente se tapó los oídos.

Y entonces… Negro.

Las torres de iluminación del MetLife Stadium se apagaron de golpe. Las pantallas gigantes murieron. 70.000 personas quedaron en la penumbra, iluminadas solo por miles de celulares que se encendieron como luciérnagas.

El árbitro pitó el final del primer tiempo en medio de la confusión.

—Alerta de sistema,— dijo Levi en la oscuridad. —Pulso electromagnético (EMP) localizado detectado. Mis sensores ópticos están fallando por la falta de luz. Pero… Thiago, mirá tu pierna.

Thiago bajó la vista.

En la oscuridad casi total del campo de juego, su pierna izquierda brillaba con una luz azul neón intensa, pulsante, hermosa.

Era la única luz fuerte en el césped.

Los jugadores de Brasil lo miraban como si fuera un fantasma. Los jugadores de Argentina se acercaron a él, guiados por el brillo.

—Parece que sos nuestra linterna, pibe —dijo De Paul, apareciendo de la nada.

En el palco, Klaus sonreía.

—Ahora empieza el verdadero juego —susurró—. Sin cámaras. Sin VAR. A oscuras. Vamos a ver cuánto aguanta tu batería cuando el sistema de visión nocturna drene toda la energía.

El Ruso corrió hacia Thiago con una linterna.

—¡Thiago! —gritó—. ¡No es un corte de luz normal! ¡Es un ataque! ¡Quieren que Levi consuma toda la batería procesando el entorno oscuro! ¡Tenés que apagar la luz de la pierna!

—No puedo —dijo Thiago—. Es el refrigerante de plasma. Si lo apago, me quemo.

El estadio estaba en penumbras. El segundo tiempo era una incógnita.

Y en la oscuridad, los jugadores brasileños, frustrados y perdiendo, vieron una oportunidad. Sin cámaras claras, sin árbitros que pudieran ver los detalles… el partido se iba a poner físico. Muy físico.

Miércoles. 20:30 PM. MetLife Stadium. Segundo Tiempo. Condiciones: Visibilidad al 30%.

El árbitro reunió a los capitanes.

—La organización dice que los generadores principales tardarán veinte minutos en reiniciar —gritó para hacerse oír sobre el murmullo de la gente—. ¿Esperamos o seguimos?

Marquinhos, capitán de Brasil, miró la pierna brillante de Thiago. En la oscuridad, era un blanco perfecto.

—Jugamos —dijo el brasileño—. Es igual para los dos.

Messi miró a sus compañeros. Eran guerreros.

—Jugamos —confirmó Leo.

El partido se reanudó. Pero ya no era fútbol profesional. Era fútbol de potrero nocturno. Era “el que mete gol gana” en la plaza del barrio cuando se corta la luz.

Minuto 65. El Empate Fantasma.

Brasil aprovechó la penumbra. Sin VAR operativo y con los jueces de línea entrecerrando los ojos, el juego se volvió sucio.

Vinicius Jr. desbordó por la izquierda. Thiago fue a cerrarlo, pero esta vez, otro jugador brasileño (Guimarães) le hizo una “cortina” de básquet, chocándolo en la oscuridad. El árbitro no vio la falta.

Vini tiró un centro buscapié al área chica.

El Dibu Martínez salió a cortar, pero una sombra se le cruzó. La pelota rebotó en una pierna, luego en otra. Era un flipper invisible.

Rodrygo, guiándose por instinto, punteó la pelota entre el bosque de piernas.

La pelota entró mansa junto al palo.

GOL DE BRASIL. 1 – 1.

El Dibu se levantó como una furia, pateando el pasto.

—¡No se ve un carajo! —le gritó al árbitro—. ¡Había offside! ¡Seguro había offside!

—No hay líneas, Dibu —respondió el árbitro, señalando el centro—. Saquen del medio.

En el palco, Klaus Weber sonreía iluminado por la pantalla de su celular.

—El caos es un gran ecualizador —dijo—. Ahora están asustados.

Minuto 80. Ojos de Cazador.

Thiago respiraba agitado. No por cansancio, sino por frustración. Su pierna azul brillaba tanto que los brasileños lo veían venir a diez metros y se preparaban. Era un faro andante.

—Sugerencia táctica,— dijo la voz de Levi, clara y tranquila en el caos. —La visibilidad óptica es insuficiente. Pero mis sensores LIDAR y Térmicos funcionan perfectamente.

—¿Podés ver en la oscuridad? —pensó Thiago.

—Puedo ver el calor. Puedo ver la estructura 3D del entorno. Para mí, el estadio está iluminado. ¿Activo el HUD (Head-Up Display) en tu nervio óptico?

—Hacelo. Convertime en un depredador.

De repente, la visión de Thiago cambió.

Ya no veía sombras ni camisetas.

Veía siluetas de calor. Los jugadores brasileños eran figuras naranjas y rojas brillando contra el fondo azul frío del estadio. La pelota, caliente por la fricción de las patadas, era un punto amarillo intenso.

Podía ver a través de la gente. Podía ver los espacios vacíos que la oscuridad ocultaba.

Thiago sonrió.

—Ahora sí —susurró—. Bienvenidos a mi mundo.

Minuto 89. La Visión.

El partido moría en empate. Todo indicaba penales. Brasil se replegaba, conforme con la lotería.

Argentina recuperó la pelota en el fondo. Cuti Romero se la pasó a Thiago.

—Escaneando campo,— procesó Levi. —Amenaza a las 10 en punto (Vinicius). Hueco defensivo a 40 metros. Trayectoria de pase óptima detectada.

Thiago recibió. Vinicius se le vino encima, confiado en la oscuridad.

Pero Thiago no necesitó verle la cara. Vio su firma térmica acelerando.

Thiago hizo un movimiento sutil. Esperó hasta el último segundo y tocó la pelota a través de las piernas de Vinicius, justo cuando este daba el paso. Un caño invisible.

El estadio bramó.

Thiago arrancó. Ahora veía todo.

Vio que Marquinhos estaba mal parado, con el peso del cuerpo hacia la izquierda. Vio que Fagner estaba rengueando (su huella térmica en el tobillo era de un rojo inflamado).

Thiago condujo la pelota sorteando rivales como si tuviera un radar. Esquivó una patada que venía de la sombra sin siquiera mirar.

Llegó a tres cuartos de cancha.

Todos esperaban que Thiago siguiera corriendo o pateara.

Pero la visión térmica de Levi detectó algo más. Una silueta pequeña, con un calor corporal intenso, separándose de la defensa brasileña por el lado ciego, entrando al área en silencio.

Lionel Messi.

Nadie más lo había visto. Para la defensa de Brasil, Messi estaba oculto en la penumbra.

Pero para Thiago, Leo era un sol.

Thiago no miró. No giró la cabeza. Con la pierna Modelo Argentina, soltó un pase de tres dedos, con efecto invertido, hacia un lugar donde parecía no haber nadie.

La pelota viajó por el aire, girando, brillando bajo las luces de emergencia.

Los defensores brasileños se quedaron quietos, pensando que era un mal pase.

Y entonces, de la oscuridad, apareció el 10.

Messi la bajó con el pecho. Solo.

El arquero Alisson salió desesperado.

Leo no perdonó. Toque suave, de zurda, al palo contrario.

GOL. GOOOOOOOOOOOOOOOOOOL DE ARGENTINA.

El estadio se vino abajo. Las linternas de los celulares se agitaron frenéticamente, creando un mar de estrellas locas.

Messi corrió hacia Thiago y saltó sobre él. Thiago lo sostuvo, con su pierna biónica brillando en azul plasma, firme como una columna de templo.

—¿Cómo me viste? —le gritó Messi al oído en medio del festejo—. ¡Yo no veía nada!

—Tengo ojos en la pierna, Leo —rio Thiago—. Tengo ojos en la pierna.

Jueves. 09:00 AM. Aeropuerto de Teterboro, Nueva Jersey.

El jet privado de Weber Technologies estaba calentando motores.

Klaus Weber subía la escalerilla, derrotado. Llevaba el maletín de inspección vacío.

El Dr. Strauss lo seguía, cabizbajo.

—Señor… —dijo Strauss—. ¿Nos volvemos a Berlín?

Klaus se detuvo antes de entrar al avión. Miró hacia el horizonte, donde se veía la silueta de Nueva York.

—No —dijo Klaus—. Berlín puede esperar.

—¿Entonces?

—Arenas ganó la batalla. Pero la guerra es por el futuro del deporte. Y acabo de ver algo que vale más que mil millones de euros.

—¿Qué cosa, señor?

—Vi a un humano y a una máquina jugar como un solo organismo. Esa “visión” en la oscuridad… no fue suerte. Fue integración total.

Klaus apretó el puño.

—Quiero secuestrar a la chica.

—¿A Helena Voss? —Strauss se puso pálido—. Señor, eso es un delito federal.

—Ofrécele el puesto de CEO. Ofrécele mi puesto si es necesario. Pero tráigala a mi lado. Si tengo a Helena, tengo a Thiago. Y si tengo a Thiago… tengo el mundo.

Klaus entró al avión y cerró la puerta.

Mientras tanto, en el hotel de la Selección, Thiago dormía abrazado a su nueva pierna, soñando con la Final.

El rival ya estaba definido. No era Uruguay. No era Colombia.

En la otra llave, había ocurrido un milagro. Un equipo que nadie esperaba había llegado a la final a fuerza de disciplina, táctica y… algo extraño.

El televisor de la habitación de Thiago estaba encendido en TyC Sports. El zócalo decía:

FINAL CONFIRMADA: ARGENTINA VS. CANADÁ. LA SORPRESA DEL NORTE.

Y en la imagen, se veía a la estrella canadiense, Alphonso Davies, corriendo a una velocidad inhumana.

Thiago abrió un ojo y miró la tele. Levi se activó solo.

—Análisis preliminar de Alphonso Davies:— dijo la IA. —Velocidad superior al promedio humano. Patrón de movimiento… sospechosamente eficiente.

Thiago se sentó en la cama.

—¿Decís que ellos también tienen tecnología?

—No lo sé, Thiago. Pero Davies corre como si tuviera viento a favor constante. Prepárate.

La Final de la Copa América no iba a ser solo un partido. Iba a ser la prueba definitiva.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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