Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 91
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Capítulo 91: Norte Frío
Viernes. 10:00 AM. Sala de Video. Hotel de Concentración, Miami.
El aire acondicionado zumbaba. La sala estaba a oscuras. En la pantalla gigante, once camisetas rojas se movían en cámara rápida.
Lionel Scaloni tenía el puntero láser en la mano, pero no señalaba nada. Estaba perplejo.
—Miren esto —dijo el técnico—. Minuto 88 de la semifinal contra Uruguay. Miren a los canadienses.
En la pantalla, los jugadores de Canadá no parecían cansados. Corrían con la misma intensidad que en el minuto 1. Pero lo más inquietante no era la energía. Era la sincronización.
Cuando el lateral derecho subía, el volante central cubría su espacio exactamente 0.5 segundos después. No se hablaban. No se miraban. Se movían como una bandada de pájaros, virando al unísono.
—No hay huecos —murmuró Messi, sentado en primera fila, con el mate en la mano—. Juegan de memoria. Pero es una memoria… rara.
Thiago estaba al fondo, con el Ruso. Su pierna Modelo Argentina brillaba tenue bajo el pantalón.
—Levi —pensó Thiago—. Analizá el patrón de movimiento de Alphonso Davies.
—Procesando,— respondió la IA. —Resultado: Anomalía detectada. La frecuencia cardíaca y la cadencia de paso de Davies están sincronizadas matemáticamente con sus tres compañeros más cercanos. Es como si compartieran un mismo sistema nervioso.
—¿Es tecnología? —preguntó Thiago.
—Negativo. No detecto prótesis ni exoesqueletos. Es orgánico. Pero es… optimizado. Sospecho el uso de “Neuro-Feedback Táctico”. Están recibiendo estímulos auditivos que marcan el ritmo del equipo. Son un metrónomo humano.
Scaloni apagó el proyector y encendió las luces.
—No sé qué desayunan estos pibes, pero vuelan. Davies es la clave. Juega de todo. Empieza de 3, termina de 9. Thiago, te va a tocar bailar con la más fea otra vez.
Thiago asintió.
—Si corre, lo alcanzo.
—No es solo correr, Thiago —dijo Aimar, serio—. Davies no tiene tu pierna, pero tiene un físico privilegiado y una disciplina militar. Si Vini era el caos y la gambeta, Davies es la eficiencia pura. No comete errores.
Viernes. 14:00 PM. Paseo Marítimo de South Beach.
Helena Voss caminaba rápido, mirando hacia atrás. Había salido del hotel para comprar un componente electrónico específico en una tienda de radioaficionados, pero sentía que la seguían desde hacía tres cuadras.
Se metió en un Starbucks lleno de turistas.
—Un Café Latte grande, por favor —pidió en la caja.
—Yo invito —dijo una voz suave a su lado.
Helena se heló. Giró la cabeza.
Era el Dr. Strauss. El ingeniero jefe de Weber Technologies. Llevaba una guayabera blanca y lentes de sol, tratando de parecer un turista más, pero su postura rígida lo delataba.
—No grite, Fraulein Voss —dijo Strauss, sonriendo—. Solo quiero hablar.
—No tengo nada que hablar con ustedes. Intentaron romper a mi paciente.
—Negocios son negocios. Aquí tiene su café. ¿Nos sentamos?
Helena dudó, pero vio que dos hombres de seguridad de Weber estaban bloqueando discretamente la salida. No tenía opción. Se sentó en una mesa apartada.
Strauss sacó una tablet y la puso sobre la mesa.
—Herr Weber quedó… impresionado con su trabajo en el partido contra Brasil. La refrigeración por plasma. La visión nocturna. Brillante. Realmente brillante.
—¿Qué quieren?
—Queremos comprarlo.
Helena soltó una risa nerviosa.
—¿La pierna? No está a la venta. Es de Thiago.
—No la pierna —corrigió Strauss—. A usted. Queremos comprar su cerebro, Helena. Weber Technologies le ofrece el puesto de Directora Global de Innovación. Laboratorio propio en Berlín. Presupuesto ilimitado. Un salario de siete cifras anuales.
Helena miró la tablet. El contrato ya estaba redactado. La cifra era obscena.
—¿Y si digo que no?
Strauss se quitó los lentes de sol. Sus ojos eran fríos.
—Si dice que no, el lunes a la mañana, después de la final, vamos a liberar un informe forense a la FIFA y a la prensa. Tenemos pruebas de que el software “Levi” utiliza algoritmos de grado militar prohibidos en el deporte civil.
Helena tragó saliva. Era verdad. Levi tenía base en código de drones de combate.
—Descalificarán a Argentina —continuó Strauss—. Le quitarán la medalla a Thiago. Lo prohibirán de por vida. Y usted irá a la cárcel por fraude internacional.
Strauss empujó la tablet hacia ella.
—O… firma con nosotros. Thiago juega la final tranquilo, gana o pierde en la cancha, y el lunes usted anuncia que se une a Weber para “estandarizar” la tecnología en el fútbol. Thiago se queda con su carrera. Nosotros nos quedamos con su talento. Todos ganan.
Helena miró por la ventana. El sol de Miami brillaba sobre el mar.
Estaba acorralada.
—Necesito tiempo —dijo ella.
—Tiene hasta el pitazo inicial del domingo —dijo Strauss, levantándose—. Piénselo, Helena. Usted creó a un dios. Pero los dioses necesitan un Olimpo. Y nosotros somos el Olimpo.
Sábado. 11:00 AM. Día de Medios. Hard Rock Stadium.
El estadio era un hervidero. Periodistas de todo el mundo se empujaban.
En el podio de la conferencia de prensa, estaban sentados los capitanes y las figuras. Messi y Thiago por Argentina. Alphonso Davies y Jonathan David por Canadá.
Un periodista canadiense levantó la mano.
—Pregunta para Alphonso Davies. Mañana te enfrentas a Thiago Arenas. Se dice que su prótesis es la pieza de ingeniería más rápida del mundo. ¿Te asusta?
Alphonso Davies sonrió. Tenía una mirada tranquila, casi zen. Se acercó al micrófono.
—La máquina es rápida —dijo Davies con un inglés perfecto—. Pero la máquina no tiene alma. La máquina no sueña.
Davies giró la cabeza y miró directamente a Thiago.
—Nosotros no corremos con baterías, Thiago. Corremos con hambre. Mañana vas a ver lo que pasa cuando la tecnología se enfrenta a la naturaleza perfecta.
Thiago sintió un escalofrío. No fue una amenaza de barrio como las de los chilenos o colombianos. Fue una declaración de principios.
Cuando terminó la conferencia, se cruzaron en el pasillo.
Davies le extendió la mano a Thiago.
—Buena suerte, Cyborg —dijo el canadiense.
Thiago le apretó la mano. La mano de Davies estaba caliente, fuerte. Y notó algo.
En el oído de Davies, casi invisible, había un dispositivo diminuto. Un audífono de conducción ósea.
—¿Qué escuchás ahí? —preguntó Thiago, señalando el oído.
Davies se tocó la oreja y sonrió enigmáticamente.
—El sonido del Norte, amigo. El sonido del invierno.
Davies se alejó caminando con una fluidez extraña, rítmica, como si siguiera una música que solo él podía oír.
Thiago se quedó parado.
—Levi —pensó—. Escaneaste eso?
—Afirmativo. El dispositivo emite pulsos de baja frecuencia. Es una señal de sincronización neural. Davies no está jugando solo. Está conectado a una red.
Thiago fue a buscar a Scaloni.
—Lionel —dijo Thiago, agitado—. Ya sé lo que son. No son robots. Son una colmena.
Domingo. 20:00 PM. Túnel de Vestuarios. Hard Rock Stadium.
Helena Voss estaba parada cerca de la entrada al campo, con el pase de “Staff Técnico” colgado del cuello. Su teléfono vibró. Era un mensaje de un número desconocido.
“El partido empieza en 10 minutos. ¿Tenemos un trato? – K.W.”
Helena miró hacia el campo, donde Thiago estaba haciendo los ejercicios de calentamiento. La pierna Modelo Argentina brillaba con su luz azul, una obra de arte que ella había creado con amor y ciencia, no para la guerra, sino para la superación.
Si firmaba con Weber, salvaba su carrera y la de Thiago, pero entregaba su alma. Si no firmaba, Weber destruía todo mañana por la mañana.
Helena escribió una respuesta rápida. Sus dedos temblaban, pero su decisión era firme.
“No.”
Guardó el teléfono. Se acercó al Ruso, que estaba preparando las botellas de agua.
—Ruso —susurró Helena—. Necesito que hagas algo ilegal.
El Ruso levantó una ceja.
—¿Más ilegal que ponerle un motor de caza a un pibe de 20 años?
—Necesito que entres a los servidores de la nube de Levi. Hacé una copia de seguridad de todo el código fuente. Y programá un bot de “hombre muerto”.
—¿Qué significa eso?
—Significa que si mañana sale alguna noticia negativa sobre nosotros en la prensa… el bot libera automáticamente todos los registros de espionaje de Weber que encontramos en la pierna vieja. Si nosotros caemos, ellos caen con nosotros. Destrucción Mutua Asegurada.
El Ruso sonrió, mostrando un diente de oro.
—Me gusta cómo pensás, jefa. Consideralo hecho.
Minuto 1. La Colmena.
El árbitro brasileño pitó el inicio.
Argentina movió la pelota.
Y de inmediato, algo se sintió mal.
Canadá no presionaba de a uno. Presionaba en bloques geométricos perfectos. Cuando Julián Álvarez recibía la espalda, tres camisetas rojas lo rodeaban en un triángulo exacto, cortando todas las líneas de pase simultáneamente.
—¡Están en todos lados! —gritó De Paul, perdiendo la pelota ante Eustaquio.
El contraataque canadiense fue clínico. Alphonso Davies corrió por la banda izquierda. Thiago, activando sus propulsores de plasma, fue a su encuentro.
Thiago era más rápido. Llegó antes a la posición. Pero Davies no intentó pasarlo por velocidad.
Davies frenó en seco. Al mismo tiempo, Jonathan David (el 9 de Canadá) hizo una diagonal hacia afuera. Y Buchanan (el extremo derecho) cortó hacia adentro.
Fue una coreografía.
Davies soltó el pase sin mirar. La pelota pasó a milímetros de la pierna biónica de Thiago.
—Cálculo de intercepción fallido,— reportó Levi. —El patrón de pase no siguió la lógica del juego. Siguió un tempo preestablecido.
Minuto 25. El Metrónomo.
Argentina no podía tocar la pelota. La posesión era de Canadá: 65%.
El público argentino estaba callado, nervioso. No entendían qué pasaba. Parecía que Canadá tenía 15 jugadores en la cancha.
Thiago estaba frustrado. Cada vez que intentaba anticipar, llegaba una fracción de segundo tarde o temprano.
—Levi, ¿qué está pasando?
—Están sincronizados por audio, Thiago. Confirmado. Los dispositivos de conducción ósea emiten un pulso rítmico. Un metrónomo a 120 BPM (beats por minuto). Todos se mueven al mismo golpe. No reaccionan al juego, reaccionan al ritmo.
—Es como jugar contra una orquesta —pensó Thiago.
En ese momento, Alphonso Davies recibió la pelota en mitad de cancha.
Thiago fue a la marca.
Davies lo miró. Sus ojos estaban vidriosos, concentrados en el sonido interno.
El canadiense empezó a correr. Pero no corría fluido. Corría a golpes. Uno, dos, cambio. Uno, dos, freno.
Thiago intentó seguirlo, pero el ritmo era hipnótico, extraño, anti-natural.
Davies hizo una finta en el “beat” fuerte. Thiago mordió el amague. Davies salió disparado en el “contratiempo”.
Lo dejó pagando.
Davies llegó al fondo y tiró el centro de la muerte. Cyle Larin entró por el segundo palo, empujándola a la red.
GOL DE CANADÁ. 0 – 1.
El estadio enmudeció. Los jugadores canadienses no celebraron con euforia. Se abrazaron en un círculo perfecto, palmearon sus espaldas al unísono y volvieron a su campo trotando al mismo paso.
Daba miedo.
Entretiempo. Vestuario Argentino.
El clima era de velorio. Nadie hablaba. Se escuchaban botellas de agua siendo aplastadas.
Scaloni entró, rojo de furia, pero se detuvo al ver las caras de sus jugadores. No era falta de actitud. Era confusión.
—No les podemos entrar, Lionel —dijo Messi, secándose el sudor—. Juegan de memoria. Saben dónde estamos antes de que lleguemos.
Thiago se levantó. Su pierna azul zumbaba suavemente.
—Es el ritmo —dijo Thiago.
Todos lo miraron.
—Tienen un metrónomo en el oído —explicó—. Se mueven a 120 golpes por minuto. Por eso no se equivocan. No están jugando al fútbol, están marchando.
—¿Y qué hacemos? —preguntó el Cuti Romero—. ¿Les arrancamos los auriculares?
—No —dijo Messi. La mirada del Capitán cambió. Se le iluminaron los ojos.
Leo se paró en el medio del vestuario.
—Si ellos tocan música clásica… nosotros vamos a tocar Jazz.
—¿Qué? —preguntó Mac Allister.
—Ellos necesitan orden —dijo Messi—. Necesitan que el partido sea predecible para que su ritmo funcione. Si nosotros jugamos ordenados, perdemos. Tenemos que romper el tablero.
Messi miró a Thiago.
—Thiago, tu pierna tiene parlantes, ¿no?
Thiago se sorprendió.
—Tiene un emisor acústico para alertas de sistema, sí. Es bastante potente.
—¿Podés hacer que haga ruido? —preguntó Messi—. ¿Ruido blanco? ¿Estática? ¿Cumbia? Lo que sea.
—Levi puede emitir una frecuencia disonante —dijo Thiago—. Algo que rompa la concentración.
—No —interrumpió Scaloni, que había captado la idea—. No ruido. Samba.
El técnico sonrió.
—Thiago, quiero que cambies tu patrón de movimiento. No corras en línea recta. No seas eficiente. Quiero que bailes. Y quiero que Levi emita un sonido que no sea de 120 BPM. Ponelo a… ¿cuánto es una chacarera?
—¿Variable? —preguntó Thiago.
—Exacto. Vamos a cambiarles la música.
Helena, que había entrado discretamente, se acercó a Thiago con una tablet.
—Puedo reprogramar el actuador de la rodilla para que haga un sonido mecánico fuerte cada vez que pisás —dijo Helena—. Un CLACK metálico. Si lo sincronizamos a destiempo del metrónomo de ellos… los vamos a volver locos. Es guerra psicológica.
Thiago asintió.
—Hagamos ruido.
Segundo Tiempo. El Cambio de Ritmo.
Salieron a la cancha. Canadá seguía en su formación de falange espartana.
Alphonso Davies recibió la pelota y encaró a Thiago de nuevo, esperando repetir la jugada del gol.
Davies escuchaba su metrónomo interno: Tick, tick, tick, tick.
Thiago salió a marcarlo. Pero esta vez, Thiago no se deslizó silenciosamente.
Cada vez que Thiago pisaba con la pierna biónica, se escuchaba un sonido seco, amplificado, brutal. ¡STOMP! … ¡STOMP!
Y no era rítmico. Era ¡STOMP!… (pausa)… ¡STOMP-STOMP!… (pausa larga)… ¡STOMP!
El cerebro de Davies intentó seguir su ritmo interno de 120 BPM, pero el sonido irregular de los pasos de Thiago, que sonaba como un martillo hidráulico roto, se le metía en el oído.
Davies dudó. Su sincronización se rompió por un milisegundo.
Ese milisegundo fue todo lo que Thiago necesitó.
Thiago metió la pierna y le robó la pelota limpiamente.
—¡Cambio de música, Davies! —le gritó Thiago mientras salía de contra.
Thiago corrió hacia el ataque. El sonido de su pierna resonaba en el estadio, un latido irregular, caótico, argentino.
¡CLACK-CLACK! … ¡CLACK!
Los defensores canadienses, condicionados a reaccionar a un ritmo constante, entraron en pánico. El ruido de Thiago rompía su concentración zen.
Messi recibió el pase de Thiago. Leo empezó a gambetear, y como había dicho en el vestuario, era puro Jazz. Impredecible. Hacia un lado, hacia el otro, frenaba, aceleraba.
La defensa en bloque de Canadá se desmoronó. Trataban de mantener la formación, pero el caos individual de Argentina los estaba mareando.
Messi filtró un pase imposible para Julián. Julián no pudo definir, rebote. La pelota le quedó a Di María (que había entrado para su último baile).
Fideo la picó. Suave. Por arriba del arquero.
La pelota bajó en cámara lenta.
GOL DE ARGENTINA. 1 – 1.
El estadio explotó.
Davies se sacó el auricular disimuladamente y lo tiró al pasto con bronca. La “Colmena” se había roto. Ahora era un partido de fútbol.
Y en un partido de fútbol, mano a mano, sin máquinas de ritmo… Argentina tenía al mejor del mundo y al Cyborg más rápido de la historia.
Faltaban 20 minutos. Era matar o morir.
Domingo. 21:40 PM. Hard Rock Stadium. Minuto 88. Marcador: Argentina 1 – Canadá 1.
El calor de Miami era sofocante. La humedad del 90% hacía que las camisetas pesaran cinco kilos.
Alphonso Davies corría por la banda, con la lengua afuera, pero sin bajar la velocidad. Ya no llevaba el auricular. Ya no había metrónomo. Era él contra el mundo.
Thiago lo perseguía. La pierna Modelo Argentina estaba cubierta de pasto y marcas de tapones, pero el núcleo de plasma seguía brillando con un azul estoico, frío, imperturbable.
—Niveles de energía al 15%,— advirtió Levi. —Recomiendo conservar potencia para una eventual prórroga.
—No va a haber prórroga —jadeó Thiago.
Davies frenó de golpe y tiró un centro llovido al área. El “Dibu” Martínez salió volando entre tres torres canadienses y descolgó la pelota con una mano. Cayó al piso y abrazó el balón como si fuera su hijo.
—¡SALGAN! —gritó el Dibu, sacando rápido con la mano.
La pelota voló hacia la mitad de la cancha.
Minuto 90+1. La Última Bala.
La pelota le cayó a Exequiel Palacios, que había entrado fresco. Palacios giró y vio el hueco.
—¡LEO!
El pase fue rasante, rompiendo líneas.
Messi recibió en tres cuartos de cancha. Estaba de espaldas al arco. Dos canadienses se le fueron encima.
El estadio contuvo la respiración. Era “La Zona Messi”.
Leo no tocó la pelota. Dejó que pasara entre sus piernas, girando el cuerpo en un movimiento de cintura que dejó a los defensores chocando entre sí.
Messi quedó de frente al arco. Tenía tiro. Pero por el espejo retrovisor, vio un destello azul.
Thiago venía corriendo por la izquierda. Era un tren bala.
—Probabilidad de éxito de tiro de Messi: 40%,— calculó Levi en milisegundos. —Probabilidad de pase a Thiago: 85%.
Messi no necesitaba una IA. Messi era la IA del fútbol.
Leo amagó el disparo. La defensa y el arquero canadiense se movieron hacia el centro. Y entonces, con la suavidad de quien acaricia a un perro, Leo soltó el pase filtrado a la izquierda.
Thiago entró al área a toda velocidad.
Quedó mano a mano con el arquero Crépeau.
El tiempo se detuvo.
Thiago tenía dos opciones:
Potencia: Romperle el arco. Riesgo: Tirarla a la tribuna por la inercia.
Colocación: Definir suave. Riesgo: Que el arquero la toque.
Pero Thiago sintió algo distinto. No escuchó a Levi. No escuchó a Scaloni. Escuchó el silencio de su propia intuición.
El arquero salió a achicar, tapando todo el ángulo.
Thiago no pateó. Pisó la pelota con la suela de fibra de carbono. El arquero pasó de largo, deslizándose por el piso.
Fue un movimiento de potrero. Una pisada de futsal.
Con el arco vacío, y Alphonso Davies llegando desesperado para cerrar… Thiago empujó la pelota suavemente con la cara interna.
La pelota rodó. Lenta. Dramática. Cruzó la línea blanca justo antes de que Davies pudiera barrerla.
¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL! ¡GOOOOOOOL ARGENTINO! ¡GOL DE THIAGO!
El estadio estalló en un grito que se debió escuchar hasta en Buenos Aires.
Thiago no corrió. Se dejó caer de rodillas en el área chica, con los brazos abiertos, mirando al cielo negro de Miami.
Messi llegó primero y se tiró encima de él. Después Julián, De Paul, Otamendi. Se formó una montaña humana celeste y blanca sobre el chico de la pierna biónica.
—¡Lo hiciste, carajo! —le gritaba Messi al oído—. ¡Lo hiciste!
Minuto 90+6. El Pitazo Final.
Canadá intentó la heroica, pero ya no había piernas ni alma.
El árbitro miró su reloj. Se llevó el silbato a la boca.
Piiiii… Piiiii… PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII.
¡ARGENTINA BICAMPEÓN DE AMÉRICA!
El campo de juego se llenó de gente. Papelitos celestes y blancos volaban por el aire.
Thiago estaba sentado en el círculo central, llorando. Se había sacado la canillera de la pierna derecha (la humana) y la sostenía junto a la prótesis izquierda.
Carne y metal. Ambas habían corrido lo mismo. Ambas eran campeonas.
Helena Voss entró corriendo a la cancha, saltando los carteles de publicidad. El Ruso la seguía con una bandera argentina atada al cuello.
Helena llegó hasta Thiago y lo abrazó fuerte.
—No se rompió —dijo Thiago entre lágrimas, tocando el núcleo azul—. Helena, no se rompió.
—Vos tampoco te rompiste, Thiago —respondió ella, sonriendo con los ojos llenos de lágrimas—. Vos tampoco.
La Ceremonia.
El podio estaba armado. Gianni Infantino y el Chiqui Tapia entregaban las medallas.
Cuando Thiago subió, el estadio coreó su nombre.
“¡Olé, olé, olé, olé… Thia-go… Thia-go!”
Messi recibió la Copa. Caminó hacia el grupo con ese paso lento y feliz que tiene. Miró a Thiago y le hizo un gesto para que se acercara al centro.
—Vení, pibe. Levantala conmigo.
—No, Leo. Es tuya.
—Es de todos —dijo el Capitán—. Pero hoy… hoy vos nos diste las piernas que nos faltaban.
A la cuenta de tres, Messi y Thiago levantaron el trofeo.
Fuegos artificiales. “Live is Life” sonando de fondo. La foto que daría la vuelta al mundo: El mejor jugador de la historia y el primer jugador biónico, unidos por el oro.
Lunes. 02:00 AM. Estacionamiento VIP del Estadio.
La fiesta seguía en el vestuario, pero Helena había salido a tomar aire.
Un auto negro de vidrios polarizados se detuvo frente a ella. La ventanilla trasera bajó.
Klaus Weber estaba ahí. Parecía más viejo que hace dos días.
—Felicidades —dijo el alemán. Su voz era seca.
—Gracias —dijo Helena, cruzándose de brazos.
—Vi el “bot de hombre muerto” que su amigo el mecánico programó —dijo Klaus—. Muy astuto. Si intento denunciarlos, mis propios secretos salen a la luz. Jaque mate.
—Déjenos en paz, Klaus. Thiago ya demostró lo que tenía que demostrar.
Klaus miró hacia el estadio, donde las luces seguían encendidas.
—Ganaron esta ronda, Fraulein Voss. La tecnología ganó. Pero la próxima vez… el fútbol no será suficiente. Estoy trabajando en algo nuevo. Algo que hará que la pierna de Thiago parezca un juguete de madera.
—No me interesa.
—Le interesará —dijo Klaus, subiendo la ventanilla—. Porque el Mundial es en dos años. Y ahí no habrá límites.
El auto negro aceleró y desapareció en la noche de Miami.
Helena suspiró. Sabía que la guerra no había terminado. Pero esa noche… esa noche era para festejar.
Volvió a entrar al túnel. Adentro, se escuchaba cumbia. Se escuchaban risas. Y se escuchaba la voz de Thiago, cantando desafinado pero feliz, mientras el Levi-Playmaker proyectaba luces de discoteca desde su rodilla contra el techo del vestuario.
El “Cyborg” era humano después de todo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com