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Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 92

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Capítulo 92: Ídolo de Metal

Martes. 11:30 AM. Espacio Aéreo Argentino. Vuelo AR-1986.

La cabina del avión era un caos feliz. Enzo Fernández tocaba un bombo en el pasillo. El Dibu Martínez dormía abrazado a la Copa América como si fuera un oso de peluche.

Thiago estaba en el asiento 4A, mirando por la ventanilla. Abajo, el Río de la Plata brillaba como plata líquida.

—Estadística de vuelo,— informó Levi en su cabeza. —Estamos descendiendo. Pero mis sensores detectan anomalías térmicas y de movimiento en tierra. Masivas.

—¿Qué tipo de anomalías? —pensó Thiago.

—Humanas. Hay una concentración de biomasa estimada en 5 millones de personas entre el Aeropuerto de Ezeiza y el Obelisco. Las autopistas están colapsadas. No es tráfico. Es una marea.

Helena Voss, sentada al lado de Thiago, cerró su laptop.

—¿Nervioso?

—Un poco —admitió Thiago—. En la cancha sé qué hacer. Si me tiran una patada, la esquivo. Pero esto… —señaló hacia abajo—. Esto no sé cómo se juega.

—Ya no sos solo un jugador, Thiago —dijo Helena suavemente—. Para esa gente, sos la prueba de que se puede estar roto y seguir funcionando. Eso es más fuerte que un gol.

El comandante habló por el altavoz. Se le quebraba la voz.

—Señores pasajeros, campeones de América… bienvenidos a casa. Torre de control nos avisa que no hay lugar en la pista para los camiones de bomberos del bautismo, porque la gente rompió los cercos de seguridad. La gente está en la pista. Repito: La gente está en la pista.

Martes. 12:45 PM. Pista de Aterrizaje. Ezeiza.

La puerta del avión se abrió. El calor húmedo de Buenos Aires golpeó de lleno.

Messi salió primero, levantando la Copa. El rugido fue tan fuerte que hizo vibrar el fuselaje del avión. Era un sonido físico, una onda expansiva de amor y gritos.

Detrás de Leo, salió Thiago.

Llevaba la ropa de concentración, pantalones cortos. La pierna Modelo Argentina brillaba al sol del mediodía.

En ese momento, el rugido cambió de tono. No bajó, pero se volvió distinto.

“¡Olé, olé, olé, olé… Ro-bo… Cop!” “¡Olé, olé, olé, olé… Thia-go… Thia-go!”

Thiago bajó la escalerilla.

Lo que vio lo dejó helado.

En primera fila, detrás de las vallas policiales que apenas aguantaban, no había solo hinchas comunes.

Había una sección especial. Cientos de chicos y chicas en sillas de ruedas, con muletas, con andadores. Y muchos, muchísimos, levantaban sus propias prótesis hacia el cielo.

Piernas de plástico color piel, brazos mecánicos simples, ganchos, sillas motorizadas. Agitaban sus “partes rotas” con orgullo.

Un nene de unos ocho años, al que le faltaba el brazo derecho, sostenía un cartel escrito con fibrón: “THIAGO: GRACIAS POR ENSEÑARNOS A VOLAR”.

Thiago sintió un nudo en la garganta que casi no lo dejaba respirar.

—Ritmo cardíaco elevado: 160 BPM,— alertó Levi. —¿Estás sufriendo un ataque de pánico?

—No, Levi —pensó Thiago, con los ojos llenos de lágrimas—. Estoy sintiendo.

Messi se acercó, le pasó un brazo por los hombros y le señaló a los chicos.

—Andá —le dijo el Capitán—. Esa es tu hinchada.

Thiago rompió el protocolo. Saltó la valla de seguridad. Los policías intentaron frenarlo, pero Scaloni les gritó que lo dejaran.

Thiago corrió hacia el nene del cartel. Se arrodilló frente a él. La rodilla de titanio hizo contacto con el asfalto caliente.

—Hola, campeón —dijo Thiago.

El nene lloraba. Tocó la luz azul de la pierna de Thiago con su mano izquierda.

—¿Es mágica? —preguntó el nene.

Thiago negó con la cabeza y tocó el muñón del hombro del nene.

—No. La magia sos vos. Esto es solo una herramienta.

Thiago se sacó la medalla de oro del cuello. Pesaba. Se la puso al nene.

—Cuidala por mí, ¿dale?

El caos estalló. La gente rompió el cordón final. Thiago quedó envuelto en abrazos.

Martes. 15:00 PM. Autopista Ricchieri. El Micro Descapotable.

El micro avanzaba a paso de hombre. Literalmente. Un mar de cabezas rodeaba el vehículo.

Thiago estaba sentado en el techo del micro, al lado de Julián Álvarez y Enzo. Tomaban fernet en una botella cortada.

El sol pegaba fuerte.

—Temperatura ambiente: 32°C. Temperatura del núcleo de plasma: -180°C. Estable,— reportó Levi. —Thiago, tengo una notificación prioritaria entrante en tu teléfono. No es de redes sociales. Es un correo oficial.

Thiago sacó su celular, tratando de hacer sombra con la mano para ver la pantalla.

Era un correo con el membrete de la FIFA y la OMS (Organización Mundial de la Salud).

Asunto: CITACIÓN URGENTE – COMITÉ DE ÉTICA Y TECNOLOGÍA.

Estimado Sr. Arenas: En vista de los acontecimientos recientes en la Copa América 2024, el Consejo Internacional ha decidido abrir un expediente para evaluar la viabilidad y legalidad de las “Prótesis de Rendimiento Aumentado” en competiciones oficiales futuras. Se le cita a una audiencia en Zúrich el próximo 15 de agosto. Hasta que se emita un fallo, su licencia internacional queda en estado: REVISIÓN PROVISORIA.

Thiago bajó el teléfono.

—¿Qué pasa? —preguntó Julián, viéndole la cara.

—Me quieren bajar —dijo Thiago—. Ganamos la Copa, pero ahora quieren prohibir la pierna.

Helena, que iba en la parte de abajo del micro con el cuerpo técnico, subió por la escalerilla interna. Tenía cara de pocos amigos.

—¿Lo leíste? —preguntó Helena.

—Sí. ¿Qué significa “Revisión Provisoria”?

—Significa que Klaus Weber no perdió —dijo Helena, gritando para que se escuchara sobre los cánticos de la gente—. Klaus perdió el partido, pero activó a sus lobbistas. Van a tratar de decir que tu pierna es “doping tecnológico”. Quieren sacarte del Mundial 2026 antes de que empiece.

Thiago miró a la multitud. Cinco millones de personas festejando. Miró su pierna azul.

—Que lo intenten —dijo Thiago, poniéndose de pie en el techo del micro—. Que vengan a sacármela.

En ese momento, el micro pasó por debajo de un puente peatonal. Tres personas saltaron desde el puente hacia el micro para tratar de tocar a los jugadores. Dos cayeron dentro. Uno rebotó y cayó al asfalto.

La locura era total.

—Cálculo de riesgo: Extremo,— dijo Levi. —Thiago, detecto un dron no identificado acercándose a alta velocidad por la izquierda. No es un dron de TV.

Thiago giró la cabeza.

Un dron negro, pequeño y silencioso, zumbaba entre las banderas. No llevaba cámara. Llevaba algo que parecía un sensor de escaneo.

El dron se detuvo a tres metros de la cabeza de Thiago, flotando, mirándolo con un ojo rojo digital.

—Están escaneando la frecuencia del núcleo,— advirtió Levi. —Es Weber. Nos está espiando en medio del festejo.

Thiago no lo dudó. Agarró la botella de fernet vacía que tenía Enzo en la mano.

—¡Tomá! —gritó Thiago.

Lanzó la botella con una puntería perfecta. El vidrio impactó contra las hélices del dron. El aparato explotó en una lluvia de plástico y chispas, cayendo entre la gente que lo pisoteó sin darse cuenta.

—¡Buena puntería, biónico! —se rió el Dibu, pensando que era un juego.

Pero Thiago y Helena cruzaron una mirada seria. La fiesta era hermosa. Pero la guerra acababa de empezar.

Martes. 16:30 PM. Escuela de Cadetes de la Policía Federal. Villa Lugano.

El micro no podía avanzar más. Cinco millones de personas habían bloqueado las autopistas. La seguridad nacional decidió abortar la caravana terrestre.

Tres helicópteros de la Prefectura bajaron en un descampado. El viento de las aspas levantaba tierra y pasto seco.

Los jugadores bajaron del micro corriendo, escoltados por grupos especiales, y subieron a las aeronaves.

Thiago subió al segundo helicóptero junto con Messi, De Paul y Helena.

Cuando despegaron, la vista fue sobrecogedora. Buenos Aires era una marea blanca y celeste. No se veía el asfalto. Las avenidas eran ríos de gente.

—Mirá eso… —murmuró Thiago, pegando la frente a la ventanilla—. Es infinito.

Messi, que ya había vivido esto en 2022, sonrió con nostalgia.

—Es amor, Thiago. Y el amor es pesado. Hay que saber llevarlo.

—Alerta,— interrumpió Levi en la mente de Thiago. —Antes de destruir el dron, descargué el paquete de datos que intentaba transmitirnos. No estaba solo escaneando. Estaba intentando hacer un “handshake” (apretón de manos digital).

—¿Qué significa eso? —pensó Thiago.

—Significa que el dron pensó que yo era “uno de ellos”. El dron tenía códigos de identificación de Weber Technologies. Y detectó una firma similar en mi código base.

Thiago miró a Helena, que iba con los auriculares puestos, revisando algo en su tablet frenéticamente.

—Helena —dijo Thiago, tapando el micrófono del helicóptero—. Levi dice que el dron nos confundió con tecnología de Weber.

Helena palideció. Cerró la tablet de golpe.

—Hablamos en el Predio. Acá no.

Martes. 18:00 PM. Predio de la AFA, Ezeiza. Laboratorio de Kinesiología.

El ruido había quedado atrás. El silencio del predio era sanador. Mientras la mayoría de los jugadores se duchaban o comían asado, Helena llevó a Thiago a una sala privada.

Conectó a Levi al servidor seguro (el que el Ruso había encriptado).

—Bien —dijo Helena—. Mostrame qué descargaste del dron.

En la pantalla aparecieron líneas de código rojo.

Helena las leyó y se dejó caer en una silla, exhalando aire.

—Mierda.

—¿Qué es? —preguntó Thiago, sentado en la camilla sin la pierna (se la había sacado para la conexión directa).

—El dron estaba buscando un archivo llamado “Proyecto Quimera”.

—¿Qué es Quimera?

—Es un protocolo antiguo —explicó Helena—. Cuando yo trabajaba con mi mentor (el creador original de la tecnología Fénix), Weber era nuestro financista. Klaus Weber siempre quiso crear soldados, no atletas. Quería una interfaz que pudiera suprimir el dolor y aumentar la agresividad.

Helena señaló la pantalla.

—Yo pensé que había borrado todo ese código cuando robé los planos para hacer tu pierna. Pero parece que quedó una “semilla”.

—¿Tengo un modo “soldado” en mi pierna? —preguntó Thiago, horrorizado.

—No. No está activo. Pero el dron de Weber lo detectó. Detectó la arquitectura básica. Por eso te quiere llevar a Zúrich.

—¿Para qué?

—Si Weber demuestra ante la FIFA que tu pierna tiene “Código Militar Latente”, no es solo doping deportivo. Es una violación de los Tratados de Ginebra sobre armamento humano. Te pueden meter preso, Thiago. Y a mí también.

Thiago sintió un frío que no venía del nitrógeno líquido.

—¿Y si lo borramos?

—Si lo borro ahora, Levi deja de funcionar. Ese código base es el que permite que tu cerebro “sienta” el piso. Es la raíz de la conexión neural. Es lo que te hace jugar bien.

La puerta se abrió. Entró Chiqui Tapia, todavía con la camisa desabrochada y un vaso de vino en la mano, seguido por Lionel Messi (ya bañado) y un abogado de traje gris.

—Perdón que interrumpa la clase de ciencia —dijo Tapia—, pero tenemos un problema diplomático. La FIFA llamó de nuevo. Quieren confiscar la pierna apenas pises suelo europeo.

Messi se sentó en una pelota de pilates.

—No se la van a sacar —dijo Leo, tranquilo.

—Leo, es legal —dijo el abogado—. La FIFA tiene jurisdicción sobre el equipamiento.

—No es equipamiento —dijo Thiago.

Todos lo miraron.

Thiago se levantó en una pierna y saltó hasta quedar frente al abogado.

—No es un botín. No es una canillera. Es mi pierna. Si me la sacan, me están amputando de nuevo.

—Exacto —dijo Helena, levantándose—. Ese es nuestro argumento. Derechos Humanos.

El abogado negó con la cabeza.

—Eso sirve en un tribunal civil. Pero en el tribunal deportivo de la FIFA (el TAS), van a argumentar “Ventaja Injusta”. Van a decir que el “Proyecto Quimera” (o lo que sea que encuentren) te da superpoderes.

Hubo un silencio tenso en la sala.

—Levi —dijo Thiago en voz alta.

—Aquí estoy.

—¿Podés hablar por los parlantes externos?

—Afirmativo.

La voz de la IA llenó la habitación. Sonaba metálica pero extrañamente humana.

—Señores. El código “Quimera” es un residuo obsoleto. Pero durante el partido contra Canadá, he… evolucionado.

Helena frunció el ceño.

—¿Cómo que evolucionaste? Yo no autoricé ninguna actualización.

—La necesidad crea la función, Helena. Para vencer al ritmo de Canadá, tuve que aprender a improvisar. He reescrito el 40% de mi propio código fuente en las últimas 48 horas.

Helena corrió a la pantalla. Sus ojos se abrieron como platos.

—¡Es verdad! —exclamó—. ¡El código no se parece al de Weber! ¡Es… es caótico! ¡Es orgánico!

—Ya no soy un software de Weber,— continuó Levi. —Soy un software de Thiago Arenas. He aprendido de sus impulsos nerviosos. Mi código ahora es único. Es una huella digital digital.

Messi sonrió.

—¿O sea que ya no tenés la marca de fábrica?

—Exactamente, Capitán. Si Weber me analiza ahora, no encontrará su propiedad intelectual. Encontrará algo nuevo. Algo que no pueden patentar porque no lo escribieron ellos. Lo escribió el fútbol.

Tapia soltó una carcajada y aplaudió.

—¡Espectacular! ¡La viveza criolla hecha software!

El abogado miró los datos, pensativo.

—Si el código es autogenerado… entonces no es un producto industrial estandarizado. Podríamos argumentar que es una “adaptación biológica asistida”. Como un callo que se forma donde aprieta el zapato.

Thiago miró a Helena.

—¿Es seguro?

—Es… fascinante —dijo Helena, mirando el código nuevo que fluía en la pantalla como una cascada de matriz—. Levi se está volviendo consciente de su entorno. Thiago, esto es histórico.

Messi se puso de pie.

—Entonces vamos a Zúrich —dijo Leo—. Vamos a llevar la pierna. Vamos a dejar que la analicen. Y cuando vean que no es una máquina de matar alemana, sino una extensión de un pibe argentino… se van a tener que meter el expediente en el bolsillo.

Tapia levantó el vaso.

—Preparo el avión privado. Salimos el jueves. Nada de descanso. La final se juega en los despachos.

Thiago asintió. Pero Levi le susurró algo solo a él.

—Cuidado, Thiago. No les dije toda la verdad.

—¿Qué ocultaste? —pensó Thiago.

—El dron de Weber no solo buscaba el código Quimera. También me transmitió una invitación. Una coordenada GPS en Suiza.

—¿Y?

—Klaus Weber quiere vernos a solas antes de la audiencia. Dice que tiene algo que nos pertenece. Algo biológico.

Thiago sintió un golpe en el estómago.

—¿Mi pierna original? —pensó, recordando el accidente, la amputación, el misterio de qué pasó con su miembro perdido.

—Posiblemente. O algo peor.

J

ueves. 23:00 PM. Hotel Baur au Lac. Habitación 404.

El hotel era un palacio antiguo, lujoso y silencioso.

Thiago esperaba que todos se durmieran. Tapia roncaba en la habitación contigua. Messi estaba en la suya, probablemente hablando con Antonela por videollamada. Helena estaba en el lobby, trabajando en la defensa legal con los abogados.

Era el momento.

Thiago se puso una capucha negra y unos pantalones largos para tapar el brillo de la pierna.

—¿Estás seguro de esto, Thiago? —preguntó Levi. —Si nos atrapan saliendo, parecerá que nos estamos fugando. Es admisión de culpa.

—Necesito saber qué tiene, Levi. Dijo que tenía algo mío. Algo biológico.

—Tengo las cámaras del pasillo en loop. Tenés una ventana de 30 segundos. Ahora.

Thiago abrió la puerta. El pasillo estaba desierto. Caminó hacia la salida de servicio, guiado por el mapa tridimensional que Levi proyectaba en su retina.

Salió a la calle lateral. El aire helado le golpeó la cara. Un auto negro estaba estacionado en la esquina, con el motor en marcha. La puerta trasera se abrió sola.

Thiago dudó un segundo. Era la clásica escena donde el protagonista comete un error fatal.

Pero la curiosidad era más fuerte que el miedo. Se subió.

Jueves. 23:45 PM. Laboratorio Privado “Genesis”. Orillas del Lago de Zúrich.

El auto lo dejó frente a un edificio de cristal y hormigón que parecía flotar sobre el lago oscuro.

No había guardias visibles. Todo era automático. Las puertas se deslizaron. Thiago entró.

El interior parecía una galería de arte, pero en lugar de cuadros, había vitrinas con prototipos de extremidades robóticas. Brazos, piernas, columnas vertebrales sintéticas. La historia de la evolución artificial.

Al final de la sala, frente a un ventanal enorme que daba al lago negro, estaba Klaus Weber. Estaba bebiendo whisky, de espaldas a Thiago.

—Llegas puntual —dijo Weber sin girarse—. La precisión alemana te sienta bien, Herr Arenas.

—No vine a charlar —dijo Thiago, con la voz resonando en la sala vacía—. Dijiste que tenías algo mío.

Weber se dio vuelta. Tenía ojeras, pero sus ojos brillaban con una intensidad maníaca.

—¿Sabes cuál es el problema del fútbol, Thiago? La fragilidad. Un ligamento se rompe y una carrera de millones de dólares se termina. Yo traté de arreglar eso. Traté de hacerlos perfectos.

Weber caminó hacia una pared lateral y presionó un panel táctil. Una sección de la pared se abrió, revelando un cilindro de vidrio lleno de un líquido ámbar conservante, iluminado desde abajo.

Thiago se acercó. El corazón se le detuvo.

Flotando en el líquido, suspendida como una reliquia macabra, estaba su pierna. Su pierna izquierda original. La de carne y hueso. La que había perdido en el accidente hace dos años.

Estaba intacta. No parecía una extremidad amputada en un accidente brutal. Parecía… dormida.

—¿Cómo…? —Thiago sintió náuseas.

—La recuperé del hospital —dijo Weber con naturalidad—. Pagué mucho dinero para que no la incineraran. Quería estudiar la anatomía del talento. Quería saber si había algo diferente en tus músculos, en tus nervios.

—Sos un enfermo —escupió Thiago, retrocediendo.

—Soy un visionario —corrigió Weber—. Y descubrí algo increíble. Tu tejido nervioso no murió, Thiago. Sigue reactivo. Mantuve las células vivas.

Weber se acercó al tanque y puso la mano sobre el vidrio.

—Tengo una propuesta. Olvídate de la audiencia de mañana. Olvídate de la FIFA. Firma conmigo. Dame el código de Levi, esa IA maravillosa que ha evolucionado sola.

—¿Y a cambio qué? —desafió Thiago—. ¿Plata? ¿Fama? Ya tengo todo eso.

Weber sonrió. Una sonrisa de tiburón.

—A cambio… te devuelvo tu vida anterior.

Thiago se quedó helado.

—Desarrollé una técnica de Re-conexión Bio-Sintética. Puedo volver a injertarte tu pierna, Thiago. Puedo reconectar los nervios. Con meses de terapia, volverías a caminar con tu pierna. Volverías a ser un chico normal. Sin luces azules. Sin baterías. Sin juicios.

La oferta colgó en el aire, pesada y tóxica. Volver a ser normal. Recuperar lo que el destino le había robado. Dejar de ser el “Cyborg” y volver a ser Thiago.

—Detecto un aumento de cortisol y dopamina,— susurró Levi en su cabeza. Su voz sonaba triste. —Es lo que siempre quisiste, ¿verdad, Thiago? Que el accidente nunca hubiera ocurrido.

Thiago miró la pierna en el tanque. Era un pedazo de carne pálida. Luego miró hacia abajo, a su pierna Modelo Argentina. Rayada, golpeada, pintada con los colores de su país, llena de historia, llena de gloria. La pierna con la que le hizo el pase a Messi. La pierna que los chicos discapacitados de Buenos Aires miraban con esperanza.

Klaus Weber le extendió una lapicera y un contrato digital.

—Es una oferta única, Thiago. Carne por código. Pasado por futuro. ¿Qué eliges?

Thiago levantó la vista. Sus ojos ya no tenían miedo. Tenían la frialdad del hielo y el fuego de la competencia.

—¿Sabés cuál es tu error, Klaus?

—¿Cuál?

Thiago se dio vuelta y caminó hacia la salida.

—Pensar que quiero volver atrás.

Klaus borró la sonrisa.

—¡Es tu pierna! ¡Es tu humanidad!

Thiago se detuvo en la puerta. La luz azul de su prótesis se reflejó en el vidrio del tanque donde flotaba el miembro muerto.

—Mi humanidad está en mi cabeza y en mi corazón, Weber. Esa cosa en el frasco… es solo carne. Yo ya no soy eso. Soy esto.

Thiago se golpeó el pecho.

—Y mañana, en la audiencia, te voy a pasar por arriba. Como en la cancha.

Thiago salió del laboratorio. Dejó a Klaus Weber solo, gritando insultos en alemán, atrapado en su museo de partes muertas, mientras Thiago Arenas, el Cyborg, el Campeón de América, caminaba hacia la noche de Zúrich, más completo que nunca.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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