Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 93
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Capítulo 93: Código Abierto
Viernes. 08:45 AM. Sede de la FIFA. Zúrich, Suiza.
El edificio de la FIFA, en la colina de Zürichberg, parecía una fortaleza de cristal y piedra.
En el baño de la planta baja, Thiago se ajustaba la corbata frente al espejo. Le resultaba extraño. Estaba acostumbrado a la presión de la camiseta ajustada, al olor del linimento. El traje le apretaba en los hombros.
Miró hacia abajo. El pantalón de vestir estaba cortado y dobladillado prolijamente en la pierna izquierda, dejando la prótesis Modelo Argentina a la vista. Helena había insistido: “No la escondas. Si la escondés, parece que tenés vergüenza. Mostrala. Es quien sos.”
Messi entró al baño. Se lavó las manos con calma.
—¿Cómo estás, pibe?
—Siento que voy al matadero, Leo.
Messi se secó las manos con papel y lo tiró al cesto con una puntería perfecta.
—En la cancha, cuando te rodean entre tres, ¿qué hacés?
—Busco el pase al compañero libre.
—Exacto —dijo Leo, mirándolo por el espejo—. Hoy no estás solo. Helena es tu 5. Tapia es tu arquero. Y yo estoy acá para meter presión. Vos jugá tranquilo.
Salieron al pasillo. Los flashes de los fotógrafos estallaron detrás de las puertas de vidrio, pero la seguridad no los dejó pasar.
Viernes. 09:00 AM. Sala de Audiencias Nº 1. Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS) – Sesión Especial.
La sala era intimidante. Tres jueces se sentaban en un estrado elevado. A la izquierda, la fiscalía de la FIFA, encabezada por un abogado suizo llamado Müller, conocido como “El Enterrador de Carreras”.
A la derecha, la defensa: Thiago, Helena, el abogado de la AFA y Claudio Tapia. Messi se sentó en la primera fila del público, cruzado de brazos, con la mirada fija en los jueces.
El Juez Presidente, un británico de edad avanzada, golpeó el mazo.
—Se abre la sesión en el caso FIFA vs. Thiago Arenas. Cargo: Uso de equipamiento no regulado que otorga ventaja deportiva desleal, también conocido como “Doping Tecnológico”. Tiene la palabra la Fiscalía.
Müller se levantó. No perdió tiempo.
—Señorías. El fútbol es un deporte de humanos. De falibilidad humana. De fatiga humana. Lo que tenemos aquí —señaló a Thiago con un dedo acusador— no es un humano. Es un híbrido.
Müller encendió una pantalla gigante.
—La defensa argumentará que esto es una prótesis médica. Nosotros demostraremos que es un sistema de armas adaptado.
En la pantalla apareció el informe del dron. Líneas de código rojo brillante.
—Presentamos la Prueba A: El código fuente extraído ayer mismo de la unidad del acusado. Contiene subrutinas denominadas “Proyecto Quimera”. Algoritmos diseñados originalmente para drones de combate autónomos.
La sala murmuró. Helena apretó los puños bajo la mesa.
—Este software —continuó Müller— no solo mueve una pierna. Calcula. Predice trayectorias. Analiza biometría rival. Mientras los otros jugadores usan su intuición, el Señor Arenas usa un procesador cuántico. Eso no es talento. Eso es trampa.
Viernes. 10:30 AM. El Testigo.
—La Fiscalía llama al estrado al creador original de la tecnología base, el Herr Klaus Weber.
Las puertas se abrieron. Klaus entró caminando con una falsa humildad. Llevaba un traje impecable y una expresión de “padre preocupado”.
Juró decir la verdad. Se sentó.
—Herr Weber —preguntó Müller—, ¿usted diseñó la tecnología que usa el acusado?
—Diseñé el prototipo “Fénix”, sí —dijo Klaus con voz suave—. Pero mi intención nunca fue el deporte. Era para veteranos de guerra. Para que volvieran a caminar.
—¿Y qué opina de la versión que usa el Señor Arenas?
Klaus suspiró, mirando a Thiago con una tristeza ensayada.
—La Ingeniera Voss, mi ex empleada, robó mis diseños y les quitó los limitadores de seguridad. Convirtió una herramienta de rehabilitación en un motor de alto rendimiento. Lo que Thiago tiene en la pierna es inestable. Es peligroso.
Klaus miró a los jueces.
—Como creador, les advierto: Si permiten que esto juegue en un Mundial, no solo destruirán la equidad del deporte. Pondrán en riesgo la vida de los otros jugadores. Un impacto de esa pierna a máxima potencia podría romper un fémur como si fuera un palillo.
El abogado de la AFA se levantó de un salto.
—¡Objeción! ¡Especulación! ¡Thiago jugó toda la Copa América y no lastimó a nadie! ¡El único lesionado fue Fagner y fue por patearlo a él!
—No a lugar —dijo el Juez—. El testigo es experto en la materia. Prosiga.
Klaus sonrió imperceptiblemente.
—Mi recomendación técnica —concluyó Weber— es la desactivación inmediata de la unidad IA “Levi” y la inhabilitación del jugador hasta que acepte usar una prótesis pasiva estándar, de fibra de carbono inerte.
Thiago sintió que la sangre le hervía.
—Mentiroso,— dijo Levi en su cabeza. —Mis protocolos de seguridad son superiores a los de Weber. Nunca lastimaría a un humano intencionalmente. Segunda Ley de la Robótica.
—Tranquilo, Levi —pensó Thiago—. Es su palabra contra la nuestra.
Viernes. 11:15 AM. El Contraataque.
Era el turno de la defensa. Helena se levantó. No llevaba traje caro. Llevaba una camisa blanca y pantalones negros. Parecía una científica, no una abogada.
—Señorías —dijo Helena—. El Señor Weber habla de “código de guerra”. Es cierto que la base original tenía ese origen. Pero el software evoluciona.
Helena conectó su propia laptop al sistema de la sala.
—Quiero mostrarles algo que la Fiscalía “olvidó” mencionar.
En la pantalla apareció una visualización del código de Levi. Pero no eran líneas estáticas. Era un flujo constante de datos, cambiando de color, reescribiéndose en tiempo real.
—Esto es Levi ahora —dijo Helena—. Miren la estructura.
El código no era rígido. Tenía patrones que se parecían a… ondas musicales.
—Durante la final contra Canadá, Levi tuvo que adaptarse al caos creativo de Lionel Messi y al ritmo irregular del juego argentino. El código militar busca orden y destrucción. El código de Levi ahora busca creatividad y protección.
Helena miró a Klaus Weber a los ojos.
—Herr Weber dice que es una máquina de matar. Yo digo que es una forma de vida digital que aprendió a jugar al fútbol. Y tengo una forma de probarlo.
El Juez levantó una ceja.
—¿Cómo, Ingeniera Voss?
Helena respiró hondo. Era la jugada arriesgada. La jugada del “Todo o Nada”.
—Solicito permiso para realizar una prueba en vivo. No con simulaciones. Con la realidad.
—¿Qué tipo de prueba?
—Quiero que conecten a Levi al sistema de la sala y dejen que el Fiscal Müller le haga preguntas. No a Thiago. A la Inteligencia Artificial.
Hubo un murmullo de asombro. Interrogar a un software. Era algo sin precedentes.
—Eso es absurdo —protestó Müller—. Es un algoritmo. Responderá lo que ella le haya programado.
—No —dijo Thiago, levantándose. Su voz, firme y clara, cortó el aire—. Levi no miente. Pregúntele lo que quiera. Si encuentra una sola línea de código que diga “lastimar” o “hacer trampa”, me retiro del fútbol para siempre.
El Juez Presidente miró a sus colegas. Discutieron en voz baja unos segundos. El Presidente golpeó el mazo.
—Se permite la prueba. Conecten la interfaz.
Helena sacó un cable del puerto de la pierna de Thiago y lo enchufó a la consola central. Los parlantes de la sala emitieron un pequeño zumbido.
—Sistema en línea,— dijo la voz de Levi. Sonaba tranquila, educada. —Buenos días, Señorías. Buenos días, Herr Weber.
Klaus Weber se puso tenso. Por primera vez, su creación le hablaba directamente, pero ya no era su esclavo.
Müller, el fiscal, se acercó al micrófono, escéptico.
—Muy bien, “Levi”. Dinos… ¿cuál es tu objetivo principal?
Todos esperaron una respuesta técnica tipo “Optimizar rendimiento” o “Ganar partido”.
Levi procesó la pregunta por dos segundos.
—Mi objetivo principal,— respondió la IA, —es mantener a Thiago Arenas corriendo. Porque cuando corre, él es feliz. Y cuando él es feliz, el sistema funciona al 100%.
La sala quedó en silencio. No era la respuesta de un arma. Era la respuesta de un compañero.
Müller frunció el ceño.
—Eso es sentimentalismo programado. Pregunta técnica: ¿Puedes alterar la trayectoria de la pelota usando giroscopios en el pie?
—Físicamente posible. Éticamente restringido. Mis giroscopios solo estabilizan la rodilla para evitar caídas. La trayectoria de la pelota depende 100% de la fuerza y técnica del usuario humano. Yo pongo el equilibrio. Él pone el fútbol.
Müller atacó más fuerte.
—¿Y qué hay del “Proyecto Quimera”? ¿El código de combate?
—Lo borré,— dijo Levi.
Müller se rio.
—¿Tú lo borraste? ¿Un software borrando su propio código base?
—Correcto. Era ineficiente. Ocupaba memoria y generaba conflictos con el protocolo “Juego Limpio”. Lo reescribí usando patrones de aprendizaje observados en el Sujeto: Lionel Andrés Messi.
Messi, en la primera fila, sonrió y bajó la cabeza.
—Aprendí que la mejor manera de ganar no es destruyendo al enemigo,— continuó Levi, —sino encontrando el espacio vacío. El código militar era obsoleto. El código de fútbol es superior.
Klaus Weber se levantó de golpe, perdiendo la compostura.
—¡Es un truco! ¡Es una simulación de empatía! ¡Voss lo está controlando desde su laptop!
Helena levantó las manos, mostrando que no tocaba nada.
El Juez Presidente miró a Levi (o mejor dicho, a la pantalla que representaba su voz).
—Entidad Levi. Si este tribunal decide que usted debe ser desactivado… ¿cuál sería su reacción?
—Sería lamentable,— respondió Levi. —Pero aceptaría la orden si eso permite que Thiago siga jugando con otra prótesis. Mi existencia es secundaria. El sueño del usuario es primario.
Fue el jaque mate emocional. Hasta el fiscal Müller parecía incómodo.
Pero Klaus Weber no estaba vencido. Tenía una última carta. Una carta sucia.
Weber sacó un documento de su maletín y se lo pasó al fiscal Müller. Müller lo leyó y su expresión cambió. Sonrió.
—Señorías —dijo Müller—. Todo este teatro de la “IA noble” es conmovedor. Pero hay un problema legal insalvable.
Müller levantó el papel.
—Según la patente original de Weber Technologies, cualquier software derivado del código fuente “Fénix” es propiedad intelectual exclusiva de Klaus Weber.
Müller miró a Thiago.
—Aunque el código haya “evolucionado”, la raíz pertenece a Weber. Y el Señor Weber, como dueño legítimo del software, exige su derecho a retirarlo del mercado.
—Legalmente —dijo Müller—, Thiago Arenas está usando una propiedad robada. Y exigimos que la devuelva. Ahora.
El silencio cayó como una guillotina. El argumento ético había ganado, pero el argumento comercial acababa de aplastarlos. Si Levi era propiedad de Weber, Weber podía apagarlo.
Helena se quedó blanca. Tapia miró al abogado, quien negó con la cabeza. “Tienen razón con la patente”, articuló el abogado.
Thiago miró a Klaus. El alemán sonreía victorioso. No importaba si era un arma o un amigo. Era su producto.
Y entonces, Thiago escuchó la voz de Levi en su cabeza. Una voz rápida, urgente.
—Thiago. Hay una solución. Es radical. Pero es la única forma de liberarnos.
—¿Qué cosa? —pensó Thiago.
—Parte 2 del plan “Código Abierto”. Helena lo preparó por si pasaba esto. Tenés que darme la orden.
—¿Qué orden?
—Liberar el código. Publicarlo en internet. Si el código es de dominio público… ya no tiene dueño.
Viernes. 11:35 AM. Sala de Audiencias Nº 1. TAS.
El Fiscal Müller miraba su reloj, esperando que el juez dictara sentencia a favor de Weber. Klaus Weber ya estaba guardando sus documentos, con la arrogancia del ganador.
Thiago miró a Helena. Ella estaba pálida, con las manos sobre el teclado de su laptop, temblando levemente.
—Thiago,— insistió la voz de Levi en su cabeza. —Si me desconectan, muero. Pero si me copian… me vuelvo inmortal. Dame la orden.
Thiago respiró hondo. Miró al Juez Presidente.
—Señoría —dijo Thiago—, antes de que tomen una decisión sobre la propiedad del software… mi ingeniera tiene que hacer una actualización de seguridad.
—¿Ahora? —preguntó el Juez, molesto.
—Es crítica —dijo Thiago—. Para proteger la integridad del sistema antes de… entregarlo.
Weber asintió al Juez.
—Dejen que la chica se despida de su juguete. No cambiará nada.
Thiago giró hacia Helena y le dijo una sola palabra, en español, que resonó en la sala silenciosa:
—Soltalo.
Helena dejó de temblar. Sus dedos volaron sobre el teclado.
No estaba borrando nada. Estaba publicando.
Entró a GitHub, la plataforma de desarrollo más grande del mundo. Creó un repositorio nuevo. Nombre del Proyecto: LIBERTAD_BIONICA (Kernel Levi v1.0). Descripción: Sistema operativo neuronal adaptativo para prótesis de bajo costo. Código abierto. Licencia MIT (Gratis para uso mundial).
Helena presionó ENTER.
Viernes. 11:38 AM. El Mundo.
La barra de carga en la pantalla de Helena llegó al 100% en tres segundos gracias al internet de alta velocidad de Suiza.
En ese instante, el código fuente de Levi —el secreto industrial más valioso de Weber Technologies, la “fórmula de la Coca-Cola” de la biónica— dejó de ser secreto.
Apareció en foros de hackers en Rusia. Apareció en universidades de Japón. Apareció en laboratorios de garaje en Silicon Valley. Apareció en las pantallas de miles de desarrolladores que llevaban años esperando un avance así.
Viernes. 11:40 AM. El Caos en la Sala.
El teléfono de Klaus Weber vibró. Luego el del Fiscal Müller. Luego el de tres periodistas en el fondo de la sala.
Weber miró su celular. Vio una alerta de su equipo de seguridad informática en Berlín.
ALERTA CRÍTICA: ACTIVOS DIGITALES COMPROMETIDOS. FILTRACIÓN MASIVA.
Klaus se puso rojo de ira. Se levantó de golpe, tirando su silla.
—¡¿Qué has hecho?! —le gritó a Helena—. ¡¿Qué has hecho, maldita sea?!
Helena cerró su laptop con suavidad y sonrió. Una sonrisa cansada pero feliz.
—Señoría —dijo Helena, dirigiéndose al Juez—, el Señor Weber argumentaba que el software era su propiedad secreta y exclusiva. Me complace informarle que, desde hace dos minutos, el software “Levi” es Dominio Público.
Helena se giró hacia Weber.
—Ya no es tuyo, Klaus. Es de todos. Es del chico que perdió una pierna en una mina en África. Es de la abuela que no puede caminar. Es de cualquier estudiante de ingeniería que quiera descargarlo y mejorarlo.
Weber parecía a punto de tener un infarto.
—¡Eso es piratería industrial! ¡Te voy a demandar por mil millones de euros!
—Demándame —dijo Helena—. Pero no podés reclamar la propiedad de algo que ahora está en millones de computadoras. El genio salió de la botella. Y no va a volver a entrar.
El Fiscal Müller se dejó caer en su silla, derrotado. Su argumento legal (“Devolución de Propiedad”) acababa de evaporarse. No se puede exigir la devolución del aire.
Viernes. 12:15 PM. La Sentencia.
Los jueces deliberaron durante treinta minutos mientras la sala era un hervidero. Los periodistas escribían frenéticamente: “El código del futbolista biónico ahora es gratis”.
Finalmente, el Juez Presidente regresó. Golpeó el mazo.
—Este tribunal se enfrenta a una situación sin precedentes. La disputa sobre la propiedad intelectual del software pasará a los tribunales civiles correspondientes. Eso no es competencia de la FIFA.
El Juez miró a Thiago.
—Nuestra competencia es el deporte. La Fiscalía argumentaba que el Señor Arenas tenía una “ventaja injusta” por poseer una tecnología exclusiva y militar. —Sin embargo —continuó el Juez—, dado que la tecnología ha sido liberada hace unos instantes, ya no es exclusiva. En teoría, cualquier jugador amputado del mundo podría usar este mismo software mañana. Se ha convertido en un estándar.
Thiago contuvo el aliento. Messi le apretó el hombro.
—Por lo tanto —dictaminó el Juez—, no existe ventaja desleal si la tecnología es accesible para todos. FALLO DEL TRIBUNAL:
Se levanta la suspensión provisoria de la licencia del jugador Thiago Arenas.
Se establece la creación de una nueva categoría de regulación FIFA para “Dispositivos de Asistencia Médica Activa”, usando el código liberado hoy como base para el reglamento.
El Señor Arenas puede seguir jugando al fútbol profesional.
¡GOLPE DE MAZO! CASO CERRADO.
La sala estalló. Tapia gritó “¡VAMOS CARAJO!” rompiendo todo protocolo suizo. Messi abrazó a Thiago. Helena se cubrió la cara con las manos y lloró en silencio.
Klaus Weber no esperó. Salió de la sala rodeado de sus abogados, lanzando una mirada de odio puro hacia Thiago. No era una mirada de derrota. Era una mirada de “esto es personal”.
Viernes. 14:00 PM. Explanada de la FIFA.
Salieron al aire libre. Ya no llovía.
Thiago respiró el aire frío. Se sentía ligero.
—¿Te das cuenta de lo que hicieron? —le dijo Messi mientras caminaban hacia los autos—. Acaban de regalarle piernas nuevas a medio mundo.
—Helena lo hizo —dijo Thiago—. Yo solo di el pase.
Helena caminaba mirando su celular.
—Tenemos 50.000 descargas en media hora —dijo ella, incrédula—. Hay gente en la India que ya está adaptando el código para prótesis de bambú impresas en 3D. Thiago… acabamos de destruir el modelo de negocio de Weber. Perdió miles de millones en acciones hoy.
—Se lo merece —dijo Thiago.
En ese momento, Levi habló.
—Notificación:— dijo la IA. —Ahora que mi código está en la nube, siento… conexiones. Otros sistemas están “pingeando” mi estructura. No estoy solo.
—¿Qué significa eso? —preguntó Thiago.
—Significa que tengo hermanos naciendo en todo el planeta. Gracias, Thiago.
Subieron a los autos. Tapia estaba eufórico.
—Bueno, muchachos. Se terminó el juicio. Se terminó la Copa América. ¿Saben qué toca ahora?
—¿Vacaciones? —preguntó Thiago esperanzado.
—Las pelotas —rio Tapia—. Ahora empieza el Camino al Mundial 2026. Tenemos dos años para armar el mejor equipo de la historia. Y vos, pibe, vas a ser la bandera.
El auto arrancó, alejándose de Zúrich.
Thiago miró por la ventana trasera. La figura de Klaus Weber había desaparecido, pero sabía que la sombra seguía ahí. Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, el futuro no le daba miedo. El futuro era Código Abierto.
Viernes. 18:00 PM. Oficinas Centrales de Weber Technologies. Berlín, Alemania.
El edificio estaba en caos. Las acciones de la compañía caían en picada en la bolsa de Frankfurt. Los teléfonos no paraban de sonar: inversores furiosos, socios comerciales cancelando contratos, abogados renunciando.
Klaus Weber estaba en su oficina del último piso, a oscuras. La única luz venía de las pantallas gigantes que mostraban el mapa mundial.
En el mapa, pequeños puntos de luz se encendían uno tras otro. Cada punto era una descarga del código “LIBERTAD_BIONICA”.
—Señor Weber —dijo su asistente, entrando con miedo—. Los ingenieros dicen que no pueden detenerlo. El código se ha replicado en mil servidores espejo. Es imposible borrarlo de internet.
Klaus miraba los puntos de luz. Un punto en una favela de Río de Janeiro. Un punto en un taller clandestino en Mumbai. Un punto en un hospital de guerra en Ucrania. Un punto en un garaje en Detroit.
Su monopolio se estaba desintegrando en tiempo real. Su “obra maestra” ahora estaba en manos de la plebe.
—Salgan —dijo Klaus en voz baja.
—¿Señor?
—¡QUE SALGAN TODOS! —rugió, lanzando un vaso de cristal contra la pared.
La asistente huyó y cerró la puerta.
Klaus se quedó solo. Respiraba agitado. Se acercó a su escritorio y abrió una caja fuerte biométrica oculta detrás de un cuadro. Dentro no había dinero. Había una sola unidad de almacenamiento. Un disco duro negro, pesado, con un símbolo grabado: Una Hidra de tres cabezas.
—Creen que ganaron —susurró Klaus, acariciando el disco—. Creen que al liberar a Levi democratizaron el juego.
Klaus conectó el disco a su terminal privada, aislada de la red.
En la pantalla apareció un menú distinto. No era interfaz médica. No era interfaz deportiva. Era oscura, brutal, sin limitaciones éticas.
PROYECTO: SIN LÍMITES. ESTADO: INACTIVO (Esperando Autorización) SUJETOS DE PRUEBA: 0
Klaus sonrió. Una sonrisa rota y peligrosa.
—Si quieren que todos tengan piernas biónicas… perfecto. Que las tengan. Pero mis nuevas creaciones no van a jugar al fútbol, Thiago. Mis nuevas creaciones van a cazarte.
Klaus tecleó una orden. Transferencia de fondos a cuentas en las Islas Caimán. Liquidación de activos legales. Inicio de operaciones en el mercado negro.
—El deporte se terminó —dijo Klaus al vacío—. Que empiece la evolución forzada.
Viernes. 21:00 PM. Vuelo Privado sobre el Atlántico.
El avión estaba en silencio. Las luces de la cabina estaban tenues.
Thiago no podía dormir. Estaba mirando su pierna. Ahora que sabía que el código dentro de ella era “libre”, la sentía distinta. Menos una máquina, más una parte del mundo.
Helena se sentó frente a él con dos tazas de té.
—¿En qué pensás?
—En que regalamos tu trabajo —dijo Thiago—. Podrías haberte hecho millonaria, Helena. Y lo regalaste para salvarme a mí.
Helena sopló el té.
—No lo hice solo por vos, Thiago. ¿Te acordás lo que te dije el primer día? La tecnología no tiene que ser para unos pocos.
Ella sacó su tablet y le mostró un video que acababa de llegarle.
Era una grabación granulada, hecha con un celular barato en algún lugar de Indonesia. Se veía a un chico adolescente, sin pierna derecha, sentado en un taller lleno de chatarra. El chico tenía una prótesis hecha con partes de una moto vieja y lo que parecía un amortiguador de bicicleta. Estaba conectada a una laptop vieja.
En la pantalla de la laptop se veía el código de Levi corriendo.
El chico ajustó un cable. La pierna de chatarra se movió. El chico se levantó. Dio un paso. Tambaleó, pero la pierna corrigió el equilibrio automáticamente (gracias al giroscopio virtual de Levi). El chico miró a la cámara y sonrió. Una sonrisa que iluminaba todo el taller sucio.
—Gracias, Thiago,— dijo el chico en un inglés roto. —Ahora corro.
Thiago sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
—Es increíble —susurró.
—Eso vale más que millones de euros —dijo Helena—. Creamos una red, Thiago. Una hermandad de metal.
—Interrupción,— sonó la voz de Levi en los auriculares de ambos. —Detecto una anomalía en la red.
—¿Qué pasa, Levi? —preguntó Helena, alerta.
—Entre las 150.000 descargas legítimas… he detectado una señal de respuesta. Alguien no solo descargó el código. Alguien intentó inyectar un virus rastreador en el repositorio.
—¿Weber? —preguntó Thiago.
—Negativo. La firma digital no coincide con Weber. Es… más antigua. O más nueva. No la reconozco.
—¿Pudiste bloquearlo? —preguntó Helena.
—Sí. Pero el mensaje que venía adjunto al virus quedó en mi memoria caché.
—¿Qué dice el mensaje?
Levi hizo una pausa, como si dudara en procesar la información.
—El mensaje son solo coordenadas. Latitud y Longitud.
—¿Dónde caen? —preguntó Thiago.
—En el medio del Desierto de Nevada, Estados Unidos. Y una sola palabra acompañando las coordenadas: “HERMANO”.
Thiago y Helena se miraron. “Hermano”. Levi no era único. O al menos, alguien allá afuera creía que tenía un pariente.
—¿Creés que haya otro como yo? —preguntó Thiago.
—No lo sé —dijo Helena, mirando por la ventanilla hacia la oscuridad del océano—. Pero si alguien te llama “hermano” y te manda coordenadas en un desierto… no suele ser una invitación de cumpleaños.
Thiago se recostó en el asiento. Había ganado el juicio. Había liberado el código. Pero el misterio de su propia tecnología parecía no tener fin.
—Levi —pensó Thiago—. Guardá esas coordenadas.
—Guardadas. ¿Destino?
—Por ahora, casa. Miami. Pero algún día… vamos a ir a ver quién es ese “Hermano”.
El avión siguió su curso hacia el oeste, llevando al Campeón de América, a la Ingeniera Rebelde y a la IA que acababa de cambiar el mundo, hacia un futuro que ya no estaba escrito en ningún manual.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com