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Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 94

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Capítulo 94: Generación 2.0

Marzo de 2026. (1 año y 8 meses después del juicio en Zúrich). Chase Stadium. Fort Lauderdale, Florida. Partido: Inter Miami vs. LA Galaxy.

El estadio estaba repleto. Las camisetas rosas con el “10” de Messi eran mayoría, como siempre, pero ahora competían con las camisetas con el número “14” de Arenas.

El sol de la tarde caía sobre el césped. Thiago recibió un pase largo de Sergio Busquets (que jugaba sus últimos partidos).

Thiago bajó la pelota con el pecho y giró. Su pierna izquierda ya no era azul brillante. Ahora lucía una carcasa negra mate, más aerodinámica, con líneas doradas. Era la Versión 3.0, diseñada por Helena específicamente para el Mundial que se venía en pocos meses.

—Amenaza a las 6,— advirtió Levi. Su voz había madurado, sonaba más integrada, menos robótica. —Velocidad de aproximación: 34 km/h.

Thiago no se dio vuelta. Sabía quién venía. Era Marcus “Dash” Williams, el lateral derecho del Galaxy. Un chico de 19 años de Compton.

Y Marcus tenía una pierna derecha mecánica.

No era una obra de arte como la de Thiago. Era una prótesis impresa en 3D, reforzada con fibra de vidrio, corriendo una versión modificada del código libre “LIBERTAD_BIONICA”.

El choque de metales fue inevitable. Marcus se barrió con fuerza excesiva. Thiago saltó justo a tiempo, pero sintió la ráfaga de aire.

—¡Cuidado, pibe! —le gritó Thiago al caer de pie.

Marcus se levantó rápido. Sus ojos brillaban con una mezcla de admiración y agresividad.

—¡Corre, viejo! —lo desafió Marcus en inglés—. ¡Pensé que eras rápido!

Thiago sonrió. “Viejo”. Tenía 22 años. Pero para esta nueva generación de “biónicos de garaje”, Thiago era el abuelo. El fundador.

El partido continuó. La MLS se había convertido en el banco de pruebas de la FIFA. Gracias al “Fallo Arenas”, la liga permitía un cupo de dos jugadores con asistencia tecnológica por equipo. El fútbol se había vuelto más rápido, más físico, más brutal.

Minuto 80. El Glitch.

Inter Miami ganaba 2-0 (Goles de Messi y Suárez). Thiago controlaba el juego por la banda izquierda. Marcus lo marcaba de cerca, respirándole en la nuca.

—Análisis del rival,— dijo Levi. —El sistema de Marcus está sobrecalentando. Su sistema de refrigeración es casero. Detecto inestabilidad en su servomotor.

—¿Se va a romper? —pensó Thiago.

—Probabilidad de fallo catastrófico: 75%.

Thiago frenó en seco. Marcus, intentando frenar también, clavó su prótesis en el pasto.

Se escuchó un chirrido agudo, eléctrico. La pierna de Marcus no respondió. Se trabó en extensión total. El chico salió despedido por la inercia, dando una voltereta fea en el aire.

Cayó mal. Gritó de dolor. No por la pierna mecánica, sino por la rodilla humana que se había torcido.

El árbitro no cobró nada, pensó que se había tirado. El juego siguió hacia el área del Galaxy. Thiago tenía el camino libre para el tercer gol.

Pero Thiago se detuvo. Tiró la pelota afuera.

El estadio murmuró. Thiago corrió hacia Marcus, que se retorcía en el piso, golpeando su pierna mecánica que echaba humo.

—¡Apágala! —le gritó Thiago—. ¡Desconecta la batería!

—¡No responde! —gritó Marcus, en pánico—. ¡Sigue empujando!

La pierna de Marcus estaba convulsionando, haciendo fuerza contra la articulación de su cadera, lastimándolo. El código abierto, mal implementado, había entrado en un bucle infinito.

Thiago no dudó. Se arrodilló, metió los dedos en el chasis caliente de la prótesis del rival y arrancó el cable de alimentación principal con fuerza bruta. La pierna de Marcus murió al instante. El chico dejó de gritar y respiró aliviado.

Los médicos entraron corriendo.

Messi se acercó a Thiago, le dio una palmada en la cabeza y le ofreció agua.

—Bien hecho —dijo Leo—. Pero esto se está poniendo peligroso, Thiago. Cada vez se rompen más.

Thiago miró la pierna humeante del chico. Tenía pegada una calcomanía que decía: “Powered by Levi Kernel”.

Era su culpa. O al menos, así lo sentía.

Lunes. 09:00 AM. Laboratorio de Helena Voss. Miami Design District.

El lugar era mucho más grande que el taller de Buenos Aires. Ahora Helena tenía un equipo de cinco ingenieros trabajando para ella. Era la consultora principal de la MLS para tecnología adaptativa.

Thiago estaba sentado en una camilla, mientras Helena revisaba los logs de su partido.

—No fue culpa tuya, Thiago —dijo Helena, viendo su cara de preocupación—. El chico Williams usó unos servos chinos baratos que no aguantaron el torque del software. Es un problema de hardware, no de código.

—Pero el código es nuestro, Helena —dijo Thiago—. Si se lastiman usando mi nombre…

—Es el precio de la libertad —cortó ella, seria—. Antes solo Klaus Weber tenía el poder. Ahora todos lo tienen. Y algunos no saben usarlo.

Helena proyectó un mapa de Estados Unidos en la pared. Estaba lleno de puntos rojos.

—Igual, hay algo que me preocupa más que los servos baratos —dijo ella.

—¿Qué?

—El “Efecto Fantasma”.

Helena hizo zoom en el mapa.

—En los últimos seis meses, hemos tenido reportes de 300 usuarios del código Levi. Desde jugadores amateurs hasta veteranos de guerra. Todos reportan lo mismo: Interferencias.

—¿Qué tipo de interferencias? —preguntó Thiago.

—Escuchan cosas. O mejor dicho, sus prótesis reciben datos que no deberían estar ahí.

Helena reprodujo un archivo de audio. Era ruido estática, mezclado con un zumbido rítmico.

—Zzzzt… Buscando… Zzzzt… Hermano… Zzzzt… Sincronización…

Thiago sintió un escalofrío. Era la misma palabra que Levi había recibido en el avión hace casi dos años.

—¿Sigue viniendo de Nevada? —preguntó Thiago.

—Sí —dijo Helena—. Pero ahora la señal es más fuerte. Y está afectando a todos los dispositivos que usan el núcleo de Levi. Es como si alguien hubiera encendido una antena gigante y estuviera tratando de controlar a todas las prótesis a distancia.

—Opinión,— intervino Levi desde la pierna de Thiago. —No es control. Es un llamado. Alguien está reuniendo un ejército. O una familia.

Thiago bajó de la camilla. Faltaban tres meses para el Mundial 2026 (que se jugaba en EE.UU., México y Canadá). La Selección Argentina se concentraría en Atlanta en dos semanas.

—Tenemos dos semanas libres antes de la concentración —dijo Thiago.

Helena sonrió, sabiendo lo que venía.

—¿Vas a ir?

—Tengo que ir —dijo Thiago—. Si hay algo en el desierto que está jodiendo a los pibes que usan mi código, tengo que apagarlo.

Helena agarró las llaves de un Jeep que tenía sobre la mesa.

—El Ruso llega mañana de Buenos Aires. Dice que trae yerba y herramientas pesadas. Nos vamos de viaje de egresados, Thiago.

—¿A dónde?

—Al Área 51… o a donde sea que nos lleven esas coordenadas.

Lunes. 22:00 PM. Desierto de Nevada. Coordenadas Desconocidas.

A miles de kilómetros de Miami, en una base subterránea que no figuraba en Google Maps.

Un hombre caminaba por un pasillo iluminado con luces rojas de emergencia. No era Klaus Weber. Era más joven, musculoso, con la cabeza afeitada y tatuajes de códigos de barras en el cuello.

Llegó a una sala de entrenamiento circular. En el centro, había tres figuras. No jugaban al fútbol. Luchaban.

Se movían a una velocidad que el ojo humano apenas podía seguir. Sus extremidades no eran prótesis adaptadas para el deporte. Eran estructuras de combate integradas.

El hombre calvo aplaudió. Las figuras se detuvieron al instante.

—Descansen —dijo el hombre.

Miró una pantalla donde se repetía en bucle el video de Thiago Arenas arrancando los cables de Marcus Williams en el partido de ayer.

—Qué compasivo… —murmuró el hombre—. Qué humano.

El hombre presionó un botón en la consola. Un mensaje apareció en la pantalla, listo para ser enviado a la frecuencia privada de Levi.

MENSAJE: Ven a visitarnos, Hermano. Papá Klaus ya no está a cargo. Ahora jugamos con mis reglas.

Miércoles. 14:00 PM. Ruta 50, Nevada. “La Carretera más Solitaria de América”.

El Jeep Wrangler alquilado levantaba una nube de polvo rojo mientras avanzaba por la recta infinita. A los costados, solo había arbustos secos, rocas y un calor que deformaba el horizonte.

El Ruso manejaba, con lentes de sol de aviador y un mate en la mano (que cebaba Helena desde el asiento del acompañante).

—Esto es como La Pampa, pero sin vacas y con más ovnis —comentó el Ruso, masticando un bizcochito de grasa que había traído de contrabando en la valija—. ¿Seguro que el GPS está bien? Hace dos horas que no vemos ni una estación de servicio.

—Las coordenadas son exactas —dijo Helena, mirando su tablet. La pantalla parpadeaba—. Estamos entrando en una zona de exclusión electromagnética. Mi celular ya no tiene señal.

Thiago iba en el asiento de atrás, con la pierna estirada. No hablaba. Estaba sudando frío.

—Distancia al objetivo: 50 kilómetros,— informó Levi. Pero su voz sonaba distorsionada, como una radio mal sintonizada. —La… la llamada es muy fuerte aquí, Thiago. Es… ensordecedora.

—¿Qué te dice? —preguntó Thiago en voz baja.

—No son palabras. Es… código binario puro. Es una invitación a “sincronizar”. Siento que… siento que me estoy disolviendo.

Thiago se agarró la rodilla mecánica.

—Aguantá, Levi. No te conectes a nada que no sea yo.

—Lo intento. Pero es como tratar de no escuchar una canción que te sabés de memoria.

Miércoles. 15:30 PM. Las Coordenadas.

El Ruso frenó el Jeep de golpe.

—Se terminó el camino, gente.

Delante de ellos, la ruta asfaltada desaparecía. Solo había una huella de tierra que se metía entre dos formaciones rocosas gigantes que parecían colmillos saliendo de la tierra.

Había un cartel oxidado y lleno de agujeros de bala: PROPIEDAD PRIVADA. NO ENTRAR. USO DE FUERZA LETAL AUTORIZADO. Y debajo, pintado con aerosol rojo fresco: BIENVENIDO A CASA, LEVI.

—Saben que venimos —dijo Helena, sacando una pistola Taser de su mochila.

—Linda bienvenida —dijo el Ruso, sacando una llave cruz de abajo del asiento—. Bueno, si nos van a cagar a tiros, por lo menos les voy a abollar un par de cabezas.

Avanzaron a paso de hombre. Al cruzar entre las rocas, el paisaje se abrió.

No era una base militar hi-tech. Parecía un cementerio de aviones mezclado con un festival post-apocalíptico. Había fuselajes de Boeings viejos apilados formando muros. Contenedores oxidados convertidos en viviendas. Antenas parabólicas enormes apuntando al cielo.

Y en el centro de todo, una estructura enorme, circular, hecha con chatarra y vigas de acero. Parecía un coliseo romano, pero industrial. La Arena.

Un grupo de hombres armados salió de los contenedores. No llevaban uniformes. Llevaban ropa táctica mezclada con ropa deportiva. Y todos… absolutamente todos… tenían alguna parte biónica. Un brazo. Un ojo. Una pierna.

Rodearon el Jeep.

—¡Manos arriba! —gritó uno.

Thiago abrió la puerta y bajó. Levantó las manos. Su pierna Modelo Argentina brilló bajo el sol.

Al verla, los hombres bajaron las armas. Hubo un murmullo de respeto. Se abrieron paso como el Mar Rojo.

Desde la entrada de la Arena, salió el hombre calvo y tatuado que habíamos visto antes. Caminaba con una potencia depredadora.

—Thiago Arenas —dijo el hombre, abriendo los brazos—. La leyenda. El “Paciente Cero”.

—¿Quién sos? —preguntó Thiago.

—Me llamo Viktor. Fui el jefe de seguridad de Klaus Weber durante diez años. Hasta que me di cuenta de que Klaus era un cobarde que solo quería vender juguetes.

Viktor se golpeó el pecho. Sonó metálico.

—Vos, Thiago… vos nos liberaste. Cuando Helena soltó el código, nos diste la vida. Pasen. Sean bienvenidos a “La Colmena”.

Miércoles. 16:00 PM. Interior de “La Colmena”.

Los llevaron dentro de la estructura circular. El interior era impresionante. Gradas hechas con partes de aviones rodeaban un campo de juego octogonal. El piso no era césped. Era una aleación de goma y metal.

Abajo, en la arena, dos “gladiadores” biónicos estaban entrenando. Se movían a velocidades inhumanas, saltando tres metros en el aire, chocando entre sí con el sonido de un accidente de tránsito.

—¿Esto es fútbol? —preguntó el Ruso, horrorizado y fascinado a la vez.

—Es la evolución del fútbol —dijo Viktor—. El fútbol de la FIFA es aburrido. Lento. Lleno de reglas para proteger la “carne”. Acá no protegemos la carne. Acá probamos los límites del metal.

Helena miraba los monitores que colgaban del techo.

—Estás usando el código de Levi para anular los limitadores de dolor —acusó ella—. Estás quemando los cerebros de estos chicos.

—Los estoy liberando —corrigió Viktor—. Ellos vienen acá porque están rotos. El mundo los mira con lástima. Acá son dioses.

Viktor se detuvo frente a una puerta blindada gigante al fondo de la arena.

—Pero no los invité para ver peleas amateur. Los invité para que conozcan a la Fuente. Al que los estaba llamando.

Viktor puso su mano en el escáner. La puerta se abrió con un silbido hidráulico.

Entraron a una sala oscura, refrigerada. Hacía frío. En el centro, conectado a cientos de cables gruesos como serpientes, había alguien sentado en una especie de trono médico.

Era un joven. Pálido. Casi albino. Le faltaban las dos piernas y el brazo izquierdo. Pero sus prótesis no eran como las de Thiago. Eran masivas, integradas al sistema central de la base. Sus ojos estaban cerrados.

—Les presento a Kain —dijo Viktor.

—Alerta crítica,— gritó Levi en la cabeza de Thiago, tan fuerte que Thiago se tambaleó. —¡Es él! ¡Es el eco! ¡Su código es… es una copia del mío, pero invertida!

Kain abrió los ojos. No tenía iris. Sus ojos eran pantallas negras con código rojo fluyendo en cascada.

Kain miró a Thiago. Y sonrió. Pero no habló con la boca. Habló a través de los parlantes de la sala… y a través de la mente de Thiago.

—Hola, Hermano Mayor.

Thiago sintió una presión en el pecho.

—¿Qué sos? —preguntó Thiago.

—Soy lo que Weber descartó,— respondió la voz digital de Kain. —Vos sos el prototipo del atleta perfecto. Yo soy el prototipo del soldado perfecto. El Proyecto Quimera que Helena creyó haber borrado.

Helena se llevó la mano a la boca.

—Klaus hizo una copia de seguridad… en un humano vivo.

—Exacto, Madre,— dijo Kain mirando a Helena. —Me criaron en un laboratorio. Nunca toqué una pelota. Nunca sentí el sol. Solo conocí simulaciones de guerra. Hasta que Thiago liberó el código.

Kain se inclinó hacia adelante. Los cables se tensaron.

—Cuando liberaste a Levi, me despertaste. Tu código “pacífico” se mezcló con mi código “bélico”. Y ahora… quiero jugar.

—¿Jugar a qué? —preguntó Thiago, poniéndose en guardia.

Viktor intervino, con una sonrisa sádica.

—Kain quiere ir al Mundial, Thiago.

El Ruso soltó una carcajada nerviosa.

—¿Estás loco? ¿Este pibe? ¿Al Mundial? La FIFA no lo deja ni entrar al estadio. Miralo, es un tanque, no un jugador.

—La FIFA tiene nuevas reglas de inclusión, ¿no? —dijo Viktor—. “Cualquier dispositivo de asistencia médica es legal si usa el código estándar”. Kain usa el código estándar. Solo que su… chasis… es un poco más avanzado.

Viktor sacó un documento.

—Kain ya tiene nacionalidad. Y tiene equipo. —¿Qué equipo? —preguntó Thiago.

—La Selección de un pequeño país que vendió sus cupos al mejor postor. Kain va a debutar en el Mundial. Y su objetivo no es ganar la Copa.

Kain volvió a hablar.

—Mi objetivo es demostrar que la carne es obsoleta. Voy a romper a Messi. Voy a romper a Mbappé. Y al final, te voy a romper a vos, Thiago. En vivo. Para todo el mundo.

Thiago miró a esa criatura trágica y poderosa. Sintió pena, pero también terror.

—No te voy a dejar —dijo Thiago.

—Entonces ganame,— desafió Kain. —Si me ganás en la cancha, acepto que el “Juego Limpio” es superior. Si te gano yo… el fútbol se termina. Y empieza la Era de la Máquina.

Viktor abrió la puerta de salida.

—Vayan a entrenar, argentinos. Nos vemos en la fase de grupos. Kain ya está sorteado en el Grupo C. El mismo que ustedes.

Thiago, Helena y el Ruso salieron al sol cegador del desierto. El viaje había terminado, pero la pesadilla recién empezaba. Ya no era solo deporte. El Mundial 2026 iba a ser una guerra ideológica. Carne vs. Metal. Levi vs. Kain.

Lunes. 08:00 AM. Hotel Westin Peachtree Plaza. Atlanta, Georgia. Concentración de la Selección Argentina.

La sala de conferencias del hotel estaba cerrada con llave y custodiada por seguridad privada. Adentro no había periodistas. Solo el cuerpo técnico, los 26 convocados y Helena Voss.

Thiago estaba de pie frente a una pantalla gigante. Proyectó las imágenes que había grabado con sus ojos biónicos en la base de Nevada. Se veía a Kain destrozando un bloque de hormigón de una patada. Se veía la velocidad inhumana. Se escuchaba su amenaza: “Voy a romper a Messi”.

Cuando el video terminó, hubo un silencio absoluto en la sala. El “Dibu” Martínez fue el primero en hablar.

—Bueno… parece que el Terminator este patea fuerte.

Lionel Scaloni se cruzó de brazos. No parecía asustado. Parecía molesto.

—¿Cómo carajo habilitó la FIFA a este tipo? —preguntó Aimar.

—Viktor, su mánager, compró la nacionalidad de tres jugadores clave en la selección de Bahrein —explicó Helena—. Bahrein clasificó al repechaje, y con la inyección de estos “refuerzos”, ganaron caminando. Están en nuestro grupo. Debutamos contra ellos el martes.

—¿Es legal? —preguntó Messi, sentado en primera fila, frotándose la barba.

—Es legal según el vacío que nosotros creamos, Leo —admitió Thiago—. El reglamento dice: “Se permiten dispositivos de asistencia que utilicen el código estándar open-source”. Kain usa el código. Pero lo usa para controlar un cuerpo que es 80% titanio.

De Paul se levantó, golpeando la mesa.

—Si lo tocan a Leo, los mato. Me chupa un huevo si son de metal. Los desarmo a patadas.

—No, Rodrigo —interrumpió Scaloni, con su voz ronca y tranquila—. Si entrás en el juego físico, perdés. Ellos no sienten dolor. Vos sí. Si vas al choque, te quebrás.

Scaloni se paró frente al pizarrón táctico. Borró el esquema 4-3-3 y dibujó algo distinto.

—Escuchen bien. Esto no es una película de ciencia ficción. Es un partido de fútbol. Y la máquina tiene un defecto.

Todos miraron al técnico.

—¿Cuál? —preguntó Thiago.

—Que no tiene alma —dijo Scaloni—. Kain está programado para la eficiencia bélica. Para destruir. Pero el fútbol no es eficiencia. El fútbol es engaño. Es pausa. Es error. Scaloni miró a Messi y a Thiago.

—Vamos a jugar a un toque. La pelota viaja más rápido que cualquier robot. Si la tenemos nosotros, ellos no pueden pegar. Thiago, vos sos el único que puede aguantar un choque con él. Tu trabajo no es ganarle en fuerza. Es ser el cebo.

—¿El cebo? —preguntó Thiago.

—Sí. Vas a hacer que Kain vaya a buscarte. Vas a exponer tu pierna para que él intente romperla. Y cuando muerda el anzuelo… Leo entra por el espacio vacío.

Era una estrategia suicida. Usar al mejor soldado como escudo para proteger al Rey.

Thiago miró a Messi. Leo asintió levemente. Thiago sonrió.

—Entendido, Lionel. Que venga.

Martes. 19:30 PM. Mercedes-Benz Stadium. Atlanta. Partido Inaugural del Grupo C: Argentina vs. Bahrein.

El estadio era una olla a presión. 75.000 personas. Banderas celestes y blancas por todos lados. El techo retráctil estaba cerrado, creando una atmósfera ensordecedora.

Pero cuando los equipos salieron al campo, el aire se volvió pesado.

Argentina salió con su clásico uniforme. Messi a la cabeza, Thiago atrás. Bahrein salió vestido completamente de negro con vivos rojos.

Y ahí estaba él. Kain. Llevaba la camiseta número 99. No tenía piel en las piernas ni en el brazo izquierdo. Eran estructuras de polímero negro mate, llenas de pistones hidráulicos y luces rojas que parpadeaban al ritmo de su pulso digital. Era una visión grotesca. Una burla a la anatomía humana.

—Detección de amenaza: Nivel Crítico,— alertó Levi. —Thiago, Kain está transmitiendo en nuestra frecuencia. ¿Querés escuchar?

—Abrí el canal —pensó Thiago.

La voz de Kain resonó en su cabeza, fría y metálica, mientras se daban la mano en el sorteo protocolar.

—Hola, Hermano. Lindo estadio para un sacrificio.

Thiago le apretó la mano de metal. Sintió la fuerza hidráulica, capaz de triturarle los huesos si quisiera.

—Esto no es la guerra, Kain,— respondió Thiago mentalmente. —Esto es fútbol. Y acá no ganan los fierros. Ganan los que sienten la camiseta.

Kain soltó una risa digital, un sonido estático.

—Veremos si sentís la camiseta cuando te arranque la rodilla.

El árbitro, un italiano que parecía nervioso al ver a los jugadores biónicos, llamó a los capitanes. Messi miró a Kain a los ojos (o a los sensores ópticos). Leo ni parpadeó.

—Sorteo,— dijo el árbitro.

Ganó Argentina. Messi eligió sacar.

Los equipos se dispersaron. Thiago se paró en la banda izquierda. Kain se paró como volante de contención, justo en su carril. Lo estaba marcando a él. Personalmente.

El estadio hizo la cuenta regresiva. 10… 9… 8…

Helena, desde el palco técnico con su laptop, vio cómo los picos de energía de Kain se disparaban al rojo vivo. —Cuidado, Thiago… —susurró.

3… 2… 1…

El silbato sonó. Julián Álvarez tocó para Messi. Messi la paró. Y en ese instante, Kain salió disparado hacia adelante. No corría. Devoraba el terreno. Era una mancha negra a 40 kilómetros por hora, ignorando la pelota, yendo directo a la zona de impacto.

Thiago vio venir el tren. No retrocedió. Activó los propulsores de estabilidad de su pierna Modelo Argentina. Las luces azules se encendieron al máximo.

—¡Impacto inminente!— gritó Levi. —¡Prepárate!

Thiago clavó los tapones en el césped sintético. El choque de dos eras estaba por comenzar. El mundo entero contenía la respiración.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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