Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 95
- Inicio
- Todas las novelas
- Fútbol: El Sistema del Renacer
- Capítulo 95 - Capítulo 95: Zona de Impacto
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 95: Zona de Impacto
Martes. 19:30 PM. Mercedes-Benz Stadium. Atlanta. Minuto 1.
El sonido no fue el de un golpe de fútbol. No sonó a cuero contra tela, ni a hueso contra hueso. Sonó como dos autos chocando en una esquina a cuarenta kilómetros por hora. ¡CRAAAAACK!
El estadio entero ahogó un grito.
Kain había impactado a Thiago con el hombro, justo en el lado izquierdo del pecho. Una carga “legal” según el reglamento antiguo, pero con una fuerza cinética capaz de derribar una pared de ladrillos.
Thiago salió despedido hacia atrás. Sus tapones de aluminio rasgaron el césped sintético, dejando dos surcos profundos de tres metros. Pero no cayó.
Los giroscopios de Levi aullaron, corrigiendo el centro de gravedad mil veces por segundo. Los pistones de la pierna Modelo Argentina se clavaron en el suelo como anclas.
Thiago se detuvo, humeando por la fricción, pero de pie.
—Integridad estructural al 96%,— reportó Levi con urgencia. —Impacto absorbido. Costillas 4 y 5 con micro-fisuras. Nivel de dolor: 7/10. Inyectando bloqueador neural.
Thiago escupió al pasto. Sentía el pecho como si le hubiera pateado un caballo. Levantó la vista. Kain estaba parado frente a él, inmóvil, con sus luces rojas brillando. Parecía decepcionado de que Thiago no se hubiera desarmado.
—Siga, siga —dijo el árbitro italiano, haciendo el gesto con las manos, aunque estaba pálido.
—¡¿Qué siga?! —le gritó De Paul al árbitro—. ¡Casi lo mata! ¡Es un camión, no un jugador!
—Hombro con hombro —balbuceó el árbitro—. Es legal.
Thiago le hizo una seña a Rodrigo para que se calmara. —Está bien, Rodri. Estoy bien.
Kain le habló a través de la conexión neural. —Buen sistema de amortiguación, Hermano. Pero eso fue solo el saludo.
Minuto 15. La Trampa.
El partido era una pesadilla táctica. Bahrein no jugaba al fútbol. Se replegaba con 9 hombres en su área y dejaba a Kain suelto en el medio como un perro de caza.
Cada vez que Argentina tenía la pelota, Kain iba al bulto. No buscaba interceptar el pase. Buscaba interceptar la pierna del pasador.
Enzo Fernández y Mac Allister tocaban rápido, con miedo, soltando la pelota como si quemara. El ritmo de Argentina estaba roto. El miedo paralizaba la creatividad.
Scaloni gritaba desde el banco: —¡El plan! ¡Acuérdense del plan! ¡Úsenlo a él!
Thiago, que estaba pegado a la banda izquierda, respiró hondo. Le dolía el pecho al inhalar. —Levi, dame potencia máxima en el arranque. Vamos a pescar.
—Entendido. Redirigiendo energía a los servos del tobillo.
Thiago pidió la pelota. —¡Enzo! ¡Acá!
Enzo le tiró un pase largo. Thiago la bajó con la zurda, de espaldas a Kain. Sintió la vibración en el piso. El depredador venía.
En lugar de tocar rápido y escapar, Thiago hizo lo prohibido: La pisó. Se quedó quieto, ofreciendo el blanco. Esperó. Un segundo. Dos segundos.
El público gritaba “¡Cuidado!”.
Kain vio la oportunidad. Thiago estaba estático. Era una presa fácil. El cyborg aceleró, preparando una barrida con su pierna de titanio que apuntaba directamente al tobillo de carbono de Thiago. Si conectaba, no solo rompería la prótesis; arrancaría la conexión nerviosa de cuajo.
—Proximidad: 2 metros,— contó Levi. —1 metro. Ahora.
Justo cuando Kain se lanzó al suelo como un misil tierra-tierra, Thiago no saltó. Hizo un movimiento de torero. Pivotó sobre su pierna derecha (la humana) y arrastró la pelota con la suela de la prótesis hacia adentro, dejando que Kain pasara de largo.
El cyborg pasó rozándolo, el viento de su paso agitó la camiseta de Thiago. Los tapones de metal de Kain mordieron el aire donde un milisegundo antes había estado el tobillo de Thiago.
Kain quedó desparramado en el piso, fuera de la jugada. El mediocampo de Bahrein estaba abierto.
Thiago levantó la cabeza. —¡Leo!
Metió un pase filtrado, quirúrgico, entre los centrales aterrorizados.
Messi recibió solo en la medialuna. Sin la sombra del cyborg persiguiéndolo, Messi tuvo tiempo. Y con tiempo, Messi es letal. Control, amague corto, zurdazo al ángulo.
¡GOL DE ARGENTINA!
El estadio estalló. 1-0.
Messi no corrió al córner a festejar. Corrió hacia Thiago y lo abrazó con fuerza. —¡Buena, bestia! ¡Lo limpiaste!
Thiago sonreía, pero la sonrisa le duró poco. Miró hacia atrás.
Kain se estaba levantando del suelo. No miraba la pelota dentro del arco. No miraba el tablero. Estaba mirando su propia pierna, donde tenía una marca de roce de los tapones de Thiago. Luego levantó la vista. Sus luces rojas parpadearon más rápido, cambiando a un tono violeta intenso.
—Sobrecarga detectada en el enemigo,— avisó Levi. —Está desactivando los protocolos de seguridad de la FIFA. Está entrando en “Modo Berserker”.
—¿Qué significa eso? —preguntó Thiago.
—Significa que ya no le importa que lo expulsen. Va a intentar retirarte del fútbol. Ahora.
Kain caminó hacia el círculo central para el saque, pero se desvió. Caminó directo hacia Thiago mientras los compañeros de Bahrein sacaban del medio.
El árbitro pitó la reanudación. Kain no corrió. Caminó. Thiago se puso en guardia.
—Esto ya no es fútbol,— dijo la voz de Kain en su cabeza. —Helena te diseñó para ganar copas. Viktor me diseñó para ganar guerras. Vamos a ver qué aleación es más fuerte.
Kain levantó su pierna derecha y la dejó caer con fuerza contra el piso. El impacto agrietó el cemento debajo del sintético.
Thiago miró al árbitro. El italiano estaba mirando para otro lado, fingiendo demencia. La FIFA no quería un escándalo en el partido inaugural.
—Bueno —dijo Thiago en voz alta, apretando los dientes—. Si querés guerra, tenemos guerra.
Scaloni vio lo que pasaba y mandó a calentar a Paredes. —¡Leandro! ¡Entrá y pegale a todo lo que se mueva! ¡Protegé al pibe!
Pero antes de que pudiera hacerse el cambio, Kain cargó de nuevo. Esta vez, no iba a fallar.
Martes. 19:48 PM. Minuto 22 del Primer Tiempo.
Kain venía a la carrera. Ya no miraba la pelota, que la tenía Molina en la otra banda. Sus ojos-pantalla estaban fijos en Thiago.
—Trayectoria de intercepción confirmada,— dijo Levi. —No va a frenar. Thiago, tenés que saltar. ¡Ahora!
Pero Thiago no podía saltar. Estaba atrapado contra la línea de cal. Si saltaba, caía fuera de la cancha y dejaba el pasillo libre hacia el área.
Kain bajó el hombro metálico para el impacto final.
Pero no contó con el factor argentino.
Un segundo antes del choque, una sombra apareció de la nada. Cristian “Cuti” Romero.
El central cordobés no fue a disputar la pelota. Fue a disputar la vida. Se lanzó con los dos pies hacia adelante, en una barrida criminal, apuntando a las piernas de titanio de Kain.
¡CLANG!
El sonido fue horrible. Hueso contra aleación aeroespacial. Kain tropezó, perdiendo el equilibrio por primera vez. Cayó de rodillas, arrastrando pasto y caucho.
Pero el Cuti no se levantó. Se quedó en el piso, agarrándose la tibia derecha, gritando con una furia que helaba la sangre.
Thiago corrió hacia él. —¡Cuti! ¡Cuti!
Romero lo miró con los ojos desorbitados por el dolor, pero con una mueca salvaje. —No pasa nada… es solo el golpe… ¡No dejes que pase, pibe! ¡Que no pase!
El árbitro llegó corriendo, con la tarjeta roja en la mano. Se la mostró al Cuti Romero. Violencia desmedida. Expulsión directa.
El estadio estalló en abucheos. —¡¿Y A ÉL QUÉ?! —le gritaba Messi al árbitro, señalando a Kain que ya se estaba poniendo de pie como si nada—. ¡Él nos está cazando y echás al mío!
Kain se sacudió el polvo de las rodillas. Sus pistones sisearon. Miró al Cuti en la camilla mientras se lo llevaban los médicos. —Sacrificio inútil,— transmitió Kain a la mente de Thiago. —Un peón menos. Quedan diez.
Argentina se quedaba con 10 hombres a los 25 minutos. Y el monstruo seguía en cancha, intacto.
Minuto 35. Guerra de Guerrillas.
Scaloni no hizo cambios defensivos. No sacó a un delantero para poner un defensor. Hizo una seña con la mano: “A la yugular”.
Si iban a perder, iban a perder peleando.
El partido se transformó. Argentina, con uno menos, empezó a tocar la pelota con una precisión furiosa. De Paul, Enzo y Mac Allister formaron un triángulo en el medio.
La estrategia cambió. Ya no buscaban el arco. Buscaban calentar a Kain. Le movían la pelota de un lado a otro. Tac. Tac. Tac.
Kain corría detrás de la pelota, frustrado. Su programación militar exigía contacto, pero la pelota se iba antes de que él llegara.
—Temperatura del núcleo de Kain subiendo,— informó Levi, analizando los datos térmicos a distancia. —Sus ventiladores están al máximo. El “Modo Berserker” consume mucha energía. Se está sobrecalentando.
—Bien —pensó Thiago—. Vamos a fundirle el motor.
Thiago recibió la pelota en la banda. Kain giró hacia él. Thiago amagó ir por fuera, frenó, y tocó hacia adentro para Messi. Kain intentó frenar y sus servos chirriaron.
—¡Oleee! —gritó la hinchada argentina.
Kain, el soldado perfecto, estaba cometiendo errores humanos. La rabia lo cegaba.
Minuto 44. La Línea Roja.
El cuarto árbitro levantó el cartel: 5 minutos de adición.
Bahrein recuperó la pelota en un rebote fortuito. Su número 10 lanzó un pelotazo largo, sin sentido, hacia el campo argentino.
La pelota cayó en la zona de nadie. Pero Kain vio algo que nadie más vio.
Lionel Messi estaba bajando a buscar juego, de espaldas, cerca del círculo central. Kain no fue a buscar la pelota. Cambió de dirección. Aceleró al máximo.
—¡Alerta!— gritó Levi. —¡Objetivo cambiado! ¡Target: Lionel Messi!
Thiago lo vio. El tiempo se congeló. Kain iba a cumplir su promesa. Iba a romper al Capitán. Iba a terminar con la carrera del mejor de la historia en un partido de fase de grupos.
Messi giró la cabeza. Vio venir la mole negra. Leo intentó saltar, pero Kain venía demasiado rápido.
Thiago estaba a diez metros. Demasiado lejos para llegar corriendo. Demasiado lejos para una barrida.
—Levi…— pensó Thiago.
—Calculando… Solo hay una opción. Sobrecarga de los actuadores de salto. Romperemos los sellos hidráulicos.
—¡HACELO!
Levi liberó los limitadores de seguridad de la pierna de Thiago. La prótesis Modelo Argentina brilló con una luz blanca cegadora, como un flash de magnesio.
Thiago se impulsó. No fue un paso. Fue una explosión. Salió disparado como un proyectil humano, cruzando el aire en diagonal.
Justo cuando Kain se lanzaba con los tapones hacia la rodilla de Messi, Thiago aterrizó en el medio. No con los pies. Con todo el cuerpo.
¡BOOOOM!
El impacto fue devastador. Kain chocó contra Thiago en el aire. La pierna biónica de Thiago impactó contra el pecho de titanio de Kain.
Los dos salieron volando en direcciones opuestas. Messi cayó al suelo por la onda expansiva, pero intacto.
Thiago rodó por el césped, dando tres, cuatro vueltas, hasta quedar inmóvil boca abajo cerca del área. Su pierna humeaba. Chorreaba un líquido azul brillante (refrigerante y fluido hidráulico) sobre el pasto verde.
Kain cayó de espaldas. Su pecho estaba abollado. Las luces rojas de sus ojos parpadeaban erráticamente. Intentó levantarse, pero su sistema falló. Cayó de nuevo.
El árbitro pitó el final del primer tiempo en medio del caos. Los médicos de ambos equipos entraron corriendo.
Messi se levantó rápido y corrió hacia Thiago. Lo dio vuelta. Thiago tenía los ojos abiertos, mirando el techo del estadio. Respiraba con dificultad.
—¿Pibe? ¿Pibe, me escuchás? —le gritaba Leo, sacudiéndolo.
Thiago tosió. Se llevó la mano al pecho. Miró su pierna izquierda. La carcasa negra y dorada estaba partida. Se veían los circuitos internos, chisporroteando.
—Daños críticos en el hardware,— susurró la voz de Levi, débilmente. —Sistema motriz… offline. No puedo mover el pie.
Thiago miró a Messi. —¿Te tocó? —preguntó Thiago con un hilo de voz.
Messi negó con la cabeza, con los ojos vidriosos. —No. Me salvaste, loco. Me salvaste.
En la otra punta, Kain estaba siendo arrastrado por sus compañeros. Su “Modo Berserker” había colapsado tras el impacto. El monstruo estaba apagado.
Helena llegó corriendo con su maletín de herramientas, saltando los carteles de publicidad. Se arrodilló junto a Thiago. Conectó un cable de diagnóstico a la pierna destrozada.
Miró la pantalla de su tablet y su cara se transformó en terror.
—Lionel… —dijo Helena, mirando al técnico que acababa de llegar—. No puede seguir. El pistón principal está fundido. Si pisa, la pierna explota.
Thiago intentó sentarse. —¡No! ¡No salgo! ¡Vendámela con cinta! ¡Lo que sea!
—Thiago, entendé —dijo Helena, casi llorando—. La pierna está muerta. No tenés rodilla. Es peso muerto.
Scaloni miró el banco de suplentes. Miró a Thiago. Miró a Messi. Argentina ganaba 1-0. Tenían 10 hombres. Y su mejor soldado acababa de sacrificar su arma para salvar al rey.
—Traigan la camilla —ordenó Scaloni con voz fría.
Thiago agarró la camiseta del técnico. —¡No me saques! ¡Puedo jugar en una pierna!
Scaloni se agachó y le habló al oído. —Hiciste tu trabajo, hijo. Salvaste al fútbol. Ahora dejá que nosotros ganemos el partido por vos.
Thiago se dejó caer en la camilla mientras el estadio coreaba su nombre: “¡Olé, olé, olé, olé… Thia-go, Thia-go!”
Lo sacaron por el túnel. Mientras la oscuridad del pasillo lo tragaba, Thiago vio una última cosa: Kain, en la banca de Bahrein, estaba siendo reiniciado por los técnicos de Viktor. Le estaban cambiando la batería. El monstruo iba a volver para el segundo tiempo. Y Thiago ya no estaba ahí para frenarlo.
Martes. 20:20 PM. Vestuario de Argentina. Entretiempo.
El ambiente olía a linimento, sudor y pánico. Los jugadores estaban sentados, respirando con dificultad. El desgaste de jugar con diez contra un equipo de robots había sido brutal.
En una camilla apartada, Thiago gritaba mordiendo una toalla. Helena y el Ruso trabajaban sobre su pierna como mecánicos de Fórmula 1 en un pit stop desastroso.
—¡El sistema hidráulico está muerto! —gritó Helena, con las manos llenas de grasa azul—. ¡Perdió toda la presión! Sin fluido, la rodilla no flexiona. Es un palo rígido.
—Poné la de repuesto —ordenó Scaloni, entrando al círculo.
—¡No está calibrada! —respondió Helena—. La de repuesto es una Modelo Standard. Si Kain lo toca con esa, se la parte en dos y le astilla el fémur. Necesita esta carcasa reforzada.
—Pero esta no anda, nena —dijo el Ruso, que estaba cortando cables quemados con un alicate—. Los pistones están fundidos.
Thiago escupió la toalla. Estaba pálido, sudando frío. —Sáquenle los pistones —jadeó—. Sáquenle todo lo que pese.
—¿Y cómo vas a mover la pierna? —preguntó Helena—. Sin hidráulica, no hay fuerza para patear ni para correr.
—Sugerencia,— intervino Levi desde los parlantes de la laptop de Helena.
Todos se callaron.
—El sistema hidráulico es para potencia. Pero el sistema magnético de los rodamientos sigue activo.
—Los imanes son para estabilizar, Levi —dijo Helena—. No tienen fuerza para mover una pierna de 80 kilos a velocidad de sprint.
—No en configuración normal,— respondió la IA. —Pero si puenteamos la batería directo a las bobinas magnéticas… podemos crear un efecto de “Railgun” (Cañón de Riel).
Helena abrió los ojos grandes. —Estás loco. Eso va a generar una temperatura de 90 grados en la piel de Thiago. Lo vas a cocinar vivo. Y la batería va a durar… ¿cuánto? ¿Quince minutos?
—Veinte minutos si no usa el freno,— calculó Levi. —Y sobre el dolor… Thiago tendrá que aguantarlo.
Thiago se incorporó en la camilla. Sus ojos brillaban con una determinación febril. —Hacelo.
—Thiago, te vas a quemar los nervios del muñón —advirtió Helena.
—¡HACELO! —gritó Thiago—. ¡Kain va a salir a matar a los pibes! ¡Hacelo ahora!
El Ruso miró a Helena. Ella asintió, aunque le temblaban las manos. —Ruso, pasame el soldador y la cinta aisladora industrial. Vamos a hacer un Frankenstein.
Martes. 20:30 PM. Túnel de Salida.
El equipo de Bahrein ya estaba formado. Kain lucía impecable. Sus mecánicos le habían cambiado las placas del pecho abolladas. Sus luces estaban verdes, sistema reiniciado y optimizado. Parecía un auto 0km salido de la concesionaria.
Los jugadores argentinos empezaron a salir. Messi iba al frente, con la cara seria. Kain escaneó la fila. —Uno, dos, tres… nueve,— contó el cyborg. —Falta uno. Parece que el hermanito no aguantó.
Kain soltó una risa digital. —Débiles.
Y entonces, se escuchó un ruido. No era el paso suave y silencioso de la tecnología de punta. Era un zumbido eléctrico, agresivo, sucio. Como un generador viejo forzado al máximo. ZZZZT… CLACK. ZZZZT… CLACK.
Kain se dio vuelta.
Del fondo del túnel salió Thiago. Su pierna izquierda ya no era una obra de arte. Le habían arrancado las carcasas aerodinámicas para que ventilara. Se veían los cables de colores, las bobinas de cobre expuestas y pegadas con cinta gris. Salía humo de la unión con la rodilla. Y en el centro del mecanismo, brillaba una luz blanca, inestable, pulsante.
Thiago caminaba rengueando levemente, pero con la cabeza alta. Al pasar junto a Kain, el calor que irradiaba su pierna se sentía en el aire.
—¿Volviste para morir?— preguntó Kain.
Thiago se detuvo. Lo miró a los ojos-pantalla.
—Volví para enseñarte algo que no está en tu código.
—¿Qué cosa?
—Que los argentinos jugamos mejor cuando estamos rotos.
Thiago corrió hacia la cancha. El zumbido eléctrico se convirtió en un aullido al acelerar. El estadio, al verlo salir, se vino abajo. El rugido de 75.000 personas tapó el sonido de los motores.
Scaloni agarró a su ayudante, Pablo Aimar. —Pablito, rezá lo que sepas. —¿Por qué? —Porque ese pibe tiene una bomba de tiempo atada a la pata. Si explota, nos quedamos sin jugador y sin pierna.
Martes. 20:35 PM. Segundo Tiempo.
El árbitro pitó. Bahrein sacó del medio. Y la dinámica cambió instantáneamente.
Thiago no se fue a la banda. Se paró de 5. En el medio del campo. Al lado de Enzo Fernández. Con una pierna menos ágil pero con una potencia eléctrica bruta, Thiago se convirtió en un muro.
Cada vez que corría, dejaba una estela de olor a ozono y plástico quemado. La pierna funcionaba por pulsos magnéticos. No tenía “tacto”. Era encendido o apagado. Cero o cien. Sus pases eran cañonazos. Sus quites eran descargas eléctricas.
Kain intentó cruzar la mitad de cancha con la pelota. Thiago lo vio. —Levi, ¡Descarga!
Levi inyectó toda la corriente en las bobinas. La pierna de Thiago se disparó hacia adelante. No fue una barrida técnica. Fue un hachazo magnético.
Thiago trabó la pelota contra Kain. La fuerza del “Railgun” improvisado fue tal que la pelota se deformó. Kain salió rebotado hacia atrás, sorprendido por la potencia irracional de ese mecanismo defectuoso.
Thiago recuperó la pelota, giró (con un chirrido de metal torturado) y lanzó un pase de 40 metros a Julián Álvarez.
—¡Vamos! —gritó Thiago, ignorando el dolor ardiente en su muñón. La piel se le estaba ampstando por el calor de las bobinas, pero la adrenalina lo tapaba todo.
Kain se levantó del piso. Sus sensores indicaban algo imposible: OBJETIVO DAÑADO PERO RENDIMIENTO AUMENTADO AL 120%. LÓGICA NO ENCONTRADA.
Kain miró a Viktor en la tribuna. Viktor estaba golpeando el vidrio del palco, furioso. —¡Acabalo! ¡Acabalo de una vez!
Kain activó sus propulsores. Ya no le importaba la pelota. Iba a chocar contra Thiago hasta que esa chatarra que tenía en la pierna se desintegrara.
Quedaban 40 minutos. Argentina ganaba 1-0. Y en el círculo central, dos fuerzas de la naturaleza se preparaban para el colapso final.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com