Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 96
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Capítulo 96: Obsolescencia Programada
Martes. 21:10 PM. Minuto 65 del Segundo Tiempo. Marcador: Argentina 1 – Bahrein 0.
El aire alrededor de Thiago olía a plástico derretido y carne quemada.
Cada paso era una tortura. La pierna modificada no amortiguaba el impacto; lo transmitía directamente a su cadera. CLACK. CLACK. CLACK. Era como correr con una pata de palo electrificada.
—Temperatura de la bobina: 180°C,— advirtió Levi. Su voz sonaba entrecortada por la estática. —El aislante térmico del encaje se está derritiendo, Thiago. Te estás quemando la piel.
—No siento nada —mintió Thiago, apretando los dientes. La adrenalina estaba actuando como la morfina más potente del mundo.
Bahrein atacaba. O mejor dicho, Kain atacaba. El cyborg recibió la pelota en tres cuartos de cancha. Tenía tres opciones de pase. No tomó ninguna. Bajó la cabeza y cargó hacia adelante, directo hacia la zona donde Thiago patrullaba como un perro herido.
—Viene por el centro,— calculó Levi. —Velocidad: 38 km/h. Fuerza de impacto estimada: 4.000 Newtons.
Thiago no retrocedió. Se plantó. —¡Dale carga al imán! ¡Toda la que tengas!
—¡Ejecutando Disparo de Riel!
Thiago no movió la pierna con sus músculos. Levi liberó un pulso magnético brutal desde la batería. La pierna izquierda de Thiago salió disparada hacia adelante con un ZAP ensordecedor, una patada que era más rápida que el ojo humano, pero totalmente rígida.
El pie de metal de Thiago impactó la pelota justo cuando Kain iba a patear.
¡BAM!
La pelota salió despedida hacia el cielo, deformada por la presión de dos fuerzas hidráulicas y magnéticas chocando a la vez. Kain, sorprendido por la velocidad de reacción de esa “chatarra”, perdió el paso. Thiago aprovechó el rebote magnético para girar sobre su pierna sana y poner el cuerpo.
Kain chocó contra la espalda de Thiago y rebotó. El público rugió. El lisiado estaba aguantando al tanque.
Minuto 72. El Error de Cálculo.
Kain se levantó del suelo, frustrado. Sus algoritmos no tenían sentido.
—Análisis de patrón fallido,— procesaba su CPU interna. —El objetivo se mueve de manera errática. Sus movimientos no son fluidos. Son espasmódicos. No puedo predecir su trayectoria.
Esa era la ventaja de Thiago. Su pierna “Frankenstein” funcionaba mal. A veces tardaba 0.1 segundos en reaccionar, a veces 0.05. A veces daba una patada corta, a veces una larga. Para un humano, eso es terrible. Pero para una IA de combate como la de Kain, que se basa en la predicción perfecta… el caos era indescifrable.
Thiago recibió un pase de De Paul. Kain calculó la intercepción: “El objetivo controlará con el borde interno y girará a la izquierda”. Se lanzó hacia la izquierda.
Pero la pierna de Thiago tuvo un micro-corte de energía. Thiago no controló. La pelota rebotó en su espinillera de metal y salió disparada hacia la derecha, pasando por entre las piernas de Kain.
Un caño involuntario. Pero un caño al fin.
—¡OOOLEEEE! —gritó el estadio, burlándose del robot.
Kain se quedó congelado un milisegundo, recalvulando. Thiago recuperó el control, rengueó y tocó para Julián Álvarez.
Desde el palco, Viktor se arrancó los auriculares. —¡Es un inútil! ¡Ese chico lo está bailando con una pierna atada con alambre! ¡Kain! ¡Dejá de jugar! ¡Rompelo!
Minuto 80. La Zona Roja.
El cansancio empezó a pesar. Argentina seguía con 10. Bahrein, viendo que Kain estaba obsesionado con Thiago, empezó a jugar por las bandas.
Un centro llovido cayó en el área argentina. Otamendi saltó a cabecear, pero un delantero de Bahrein (uno de los “importados” con mejoras físicas menores) le ganó en el salto. Cabezazo picado.
Dibu Martínez voló. No fue una atajada. Fue un milagro. Sacó la mano izquierda y desvió la pelota con la punta de los dedos. La pelota pegó en el palo y salió.
—¡SALGAN! ¡SALGAN DEL FONDO! —gritó el Dibu, sacudiendo a sus defensores.
Thiago estaba apoyado en sus rodillas en el círculo central. Le costaba respirar. El humo que salía de su pierna era visible ahora. Olía a goma quemada. Miró el reloj gigante del estadio. 80:15. Faltaban diez minutos más el descuento.
—Estado de la batería: 12%,— susurró Levi. —A este ritmo, nos quedamos sin energía en cuatro minutos. Si la batería muere, el seguro magnético se suelta. La pierna se va a caer, Thiago. Literalmente se va a desprender.
—Cuatro minutos… —jadeó Thiago—. Tengo que aguantar cuatro minutos.
Kain lo escuchó. Estaba parado a cinco metros. Sus sensores auditivos captaron el susurro de la batería baja. Los ojos de Kain brillaron con un rojo intenso.
—Se te acaba el tiempo, Hermano,— dijo Kain, caminando hacia él. —Tu batería muere. Mi reactor nuclear tiene autonomía para cien años.
Kain miró al árbitro, que estaba amonestando a un jugador de Bahrein lejos de la jugada. Luego miró a Thiago.
—Voy a acelerar el proceso.
Kain no esperó a que se reanudara el juego. Empezó a correr hacia Thiago. No iba a disputar la pelota. Iba a chocar. Iba a forzar a Thiago a usar sus últimos recursos de energía para defenderse. Iba a desgastarlo golpe a golpe hasta que la batería llegara a cero.
Thiago se enderezó. Sentía el calor abrasador en su muñón. Sentía que la carne se le cocinaba. Pero vio a Messi mirándolo desde lejos. Leo le hizo un gesto: “Aguantá”.
Thiago cerró los puños. —Vení, lata de conservas. Vení a buscarme.
Martes. 21:20 PM. Minuto 88 del Segundo Tiempo. Batería: 4%.
El juego se había convertido en una cacería cruel. Kain tenía la pelota en sus pies de titanio. No avanzaba hacia el arco de Dibu Martínez. Avanzaba hacia Thiago.
—Vení,— provocó Kain, pisando la pelota. —Quitámela.
Thiago respiraba como un motor ahogado. El sudor le entraba en los ojos. Su pierna izquierda ya no zumbaba; emitía un gemido agónico, intermitente.
—Thiago, advertencia final,— suplicó Levi. —Las bobinas están al rojo vivo. Si hacés una descarga más, el calor va a fundir el encaje óseo. Te vas a quemar el hueso.
Thiago ignoró a la IA. —Si me quemo, me quemo.
Kain arrancó. Esta vez, no fue una finta. Fue un atropello. Kain corrió directo al cuerpo de Thiago, protegiendo la pelota, buscando el choque físico.
Thiago se plantó. —¡Descarga! —ordenó mentalmente.
—¡Ejecutando al 3%… Potencia reducida!
La pierna de Thiago se movió, pero lenta. El impacto fue brutal. Kain, con su batería al 90%, pasó por encima de la defensa débil de Thiago. El hombro del cyborg golpeó el pecho de Thiago.
Thiago cayó de espaldas. Kain siguió corriendo, riéndose. —Se te acabaron las pilas, juguete.
Minuto 89. El Apagón.
Thiago intentó levantarse. Apoyó la mano en el pasto. Hizo fuerza. Y entonces… silencio.
El zumbido eléctrico cesó. Las luces blancas de la cinta aisladora se apagaron. El humo dejó de salir con presión y se convirtió en una columna fina y triste.
—Batería: 0%,— dijo Levi. Su voz se desvaneció hasta convertirse en un susurro y luego… nada. —Apagando sis… te… ma…
La pierna izquierda de Thiago murió. Ya no era una prótesis. Era un ancla de metal y plástico de 8 kilos, colgada de su muñón quemado. Sin el sistema magnético activo, la articulación de la rodilla se bloqueó en posición recta.
Thiago quedó arrodillado. No podía levantarla. Pesaba una tonelada.
Kain, que había llegado al borde del área, se dio vuelta. Vio a Thiago en el piso. Y tomó una decisión. Podía patear al arco y empatar el partido. Pero su programación, corrompida por el odio de Viktor, eligió otra cosa.
Kain giró. Y empezó a correr de vuelta hacia Thiago. Iba a humillarlo. Iba a pasarle por encima una última vez antes de meter el gol.
Minuto 90 (+4 de adición). Inercia.
El estadio gritaba horrorizado. —¡TERMINALO, JUEZ! ¡TERMINALO! —gritaba Scaloni, metiéndose en la cancha.
Pero el árbitro dejó seguir.
Kain venía a toda velocidad. 40 km/h. Una locomotora negra. Thiago lo vio venir. No tenía energía. No tenía movilidad. No tenía a Levi. Solo tenía física.
—Masa por velocidad,— pensó Thiago, recordando las lecciones de Helena. —Si no puedo moverme… entonces soy un objeto inamovible.
Thiago no intentó levantarse para correr. Hizo lo contrario. Usó su pierna derecha (la humana) para impulsarse hacia adelante, arrastrando la pierna muerta como si fuera un tronco.
Se tiró al piso. Pero no fue una barrida. Clavó la punta de su pie metálico en el césped sintético. Sin energía, los servos no amortiguaron. La pierna se convirtió en una estaca rígida, clavada en la tierra.
Thiago cerró los ojos y abrazó su propia pierna muerta, convirtiendo su cuerpo en un obstáculo de carne y metal en la trayectoria de Kain.
Kain intentó saltar en el último segundo. Pero subestimó la inercia de la pierna muerta de Thiago. El pie de Kain se enganchó en la “estaca” metálica.
¡CRASH!
Fue el sonido de un accidente de auto. Kain salió despedido por el aire, dando tres vueltas de campana. Su sistema de giroscopios no pudo compensar la violencia del tropiezo. Cayó de cabeza contra el piso, diez metros más adelante. Se escuchó un CRACK seco. No de hueso. De cristal y circuitos.
Kain quedó inmóvil, con el cuello torcido en un ángulo antinatural. Sus luces rojas parpadearon una vez y se apagaron.
Thiago quedó tirado donde estaba. Su pierna izquierda se había desprendido del encaje por la violencia del impacto. Estaba tirada a un metro de él, humeando, inerte. Su muñón sangraba, quemado y desgarrado.
La pelota rodó suavemente y se detuvo al lado de la cabeza de Thiago.
¡PIIIIIIIII! ¡PIIIIIIIII! ¡PIIIIIIIII!
El árbitro señaló el centro del campo. Final del partido. Argentina 1 – Bahrein 0.
Martes. 21:35 PM. El Campo de Batalla.
Nadie festejó. Messi no levantó los brazos. Corrió hacia Thiago.
Los médicos de la FIFA entraron con la camilla de trauma. Kain seguía en el piso, “muerto”. Sus técnicos corrían desesperados con laptops para intentar reiniciarlo.
Thiago miraba el cielo nocturno de Atlanta. Las estrellas se veían borrosas. Sentía que se iba. El dolor era tan intenso que su cerebro estaba apagando las luces para protegerlo.
Sintió una mano en su cara. Era Leo.
—¡No te duermas, pibe! —le gritaba Messi, con lágrimas en los ojos—. ¡Mirame! ¡Ganamos, carajo! ¡Ganamos!
Thiago intentó sonreír. Movió los labios, pero no salió voz. Solo salió un susurro.
—…la pierna…
—¿Qué? —preguntó Messi, acercando el oído.
—…juntá… la pierna… Helena… la necesita…
Messi miró la prótesis destrozada, quemada y separada del cuerpo de Thiago. La agarró con sus propias manos. Pesaba y estaba caliente.
Los médicos subieron a Thiago a la camilla. Lo sacaron corriendo hacia la ambulancia que esperaba en el córner.
El estadio entero, 75.000 personas, se puso de pie. No cantaron canciones de cancha. Aplaudieron. Un aplauso lento, respetuoso, ensordecedor. El aplauso que se le da a los soldados que vuelven del frente.
En la pantalla gigante, enfocaron el rostro de Thiago mientras se lo llevaban. Tenía los ojos cerrados.
Y en la tribuna VIP, Viktor, el creador de Kain, miraba la escena con una mueca de asco. Su máquina perfecta había perdido contra un chico roto con una batería agotada.
—Esto no terminó —murmuró Viktor—. Recién empieza la fase de grupos.
Martes. 22:00 PM. Vestuario de la Selección Argentina.
No hubo música. No hubo cánticos. No hubo fotos grupales para Instagram. Los jugadores entraron uno por uno, arrastrando los pies, cubiertos de sudor y marcas de golpes.
Lionel Messi entró último. No llevaba su botinero. Llevaba en sus brazos la pierna izquierda de Thiago.
La colocó con cuidado sobre la camilla vacía en el centro del vestuario, donde Thiago debería haber estado sentado. La prótesis estaba negra por el hollín. La cinta aisladora que habían usado se había derretido, fusionándose con el metal. Olía a circuito quemado, un olor acre que penetraba la nariz.
El “Dibu” Martínez se sentó en el piso, apoyando la espalda contra la pared. Se sacó los guantes y los tiró con bronca. —Ganamos, sí… —murmuró—. Pero se sintió como si nos hubieran cagado a palos.
Scaloni entró, secándose la cara con una toalla. Sus ojos estaban rojos. Miró a sus jugadores. Miró la pierna quemada en la camilla.
—Escuchen bien —dijo el técnico, con la voz quebrada pero firme—. Hoy no festejamos. Hoy descansamos y rezamos. Porque ese pibe que se acaba de ir en ambulancia dejó la piel para que ustedes sigan en el Mundial.
Señaló la pierna inerte. —Ese pedazo de fierro vale más que cualquier copa. Thiago no jugó con una pierna. Jugó con el corazón en la mano. Y si alguno de ustedes piensa quejarse por un dolorcito mañana… miren esa mesa.
Messi se acercó a la prótesis. Tocó la carcasa fría. —Levi…— susurró Leo. —¿Estás ahí?
No hubo respuesta. La luz azul de estado estaba apagada. La IA, el alma de la máquina, estaba en silencio absoluto.
Martes. 22:15 PM. Zona Mixta / Estacionamiento de Ambulancias.
Mientras la ambulancia de Thiago se alejaba con las sirenas aullando hacia el Grady Memorial Hospital, otra escena ocurría en la zona de carga del estadio.
Un camión negro, sin marcas, estaba estacionado. Un grupo de técnicos con overoles grises cargaba el cuerpo de Kain. El cyborg estaba “apagado”. Su cuello estaba torcido de manera grotesca, y salían chispas de su columna vertebral expuesta.
Viktor, el mánager, supervisaba la operación mientras fumaba un cigarrillo electrónico. Parecía aburrido.
—Señor Viktor —dijo uno de los técnicos, nervioso—. El daño es extensivo. El giroscopio central estalló. La placa madre tiene fracturas de estrés. Y la FIFA… la FIFA ya mandó un correo citándonos a declarar mañana a primera hora.
Viktor soltó una nube de vapor con olor a menta. —La FIFA no me preocupa. Son burócratas. Se asustan con un poco de sangre. Les pagaremos la multa y diremos que fue un fallo de software.
Se acercó al cuerpo de Kain. Le dio unas palmaditas en la mejilla de polímero sintético. —Lo que me preocupa es el defecto de diseño.
—¿Defecto, señor?
—Sí —dijo Viktor, mirando hacia donde se había ido la ambulancia de Thiago—. Kain es perfecto. Es fuerte. Es rápido. No siente miedo. Y sin embargo… perdió contra un chico que se estaba quemando vivo.
Viktor tiró el cigarrillo al piso y lo pisó. —La Obsolescencia Programada no es solo para las máquinas, muchachos. También es para los humanos. Thiago Arenas ya cumplió su ciclo. Se rompió. No va a volver.
Miró al técnico. —Carguen a Kain. Tenemos trabajo. Vamos a instalarle el Parche 2.0.
—¿Qué hace el parche, señor?
Viktor sonrió, una sonrisa de tiburón en la oscuridad. —Elimina la última restricción que le quedaba: La necesidad de tocar la pelota.
Martes. 23:30 PM. Grady Memorial Hospital. Sala de Espera de Trauma.
Helena Voss estaba sentada en una silla de plástico naranja, con la cabeza entre las manos. Tenía la ropa manchada de grasa y sangre seca de Thiago. El Ruso caminaba de un lado a otro, cebando un mate que ya estaba lavado y frío.
La puerta de la Unidad de Quemados se abrió. Salió un médico afroamericano, alto, con cara de cansancio.
Helena se levantó de un salto. —¿Doctor? ¿Cómo está?
El médico se quitó el barbijo. —Está sedado. El dolor era inmanejable.
—¿Y la pierna? —preguntó Helena, temiendo la respuesta—. No la prótesis. Su pierna. El muñón.
El médico suspiró y miró su planilla. —Señorita Voss… usted es ingeniera, ¿verdad? Entenderá los términos técnicos. Hubo una fusión térmica de los tejidos blandos con el encaje de la prótesis. Básicamente, se cocinó la piel. Tuvimos que desbridar mucho tejido muerto.
—¿Va a poder caminar? —preguntó el Ruso.
—Caminar, sí. Con tiempo y rehabilitación. Pero…
El médico hizo una pausa. Esa pausa que hacen los doctores cuando traen el final de una carrera.
—El hueso fémur sufrió micro-fracturas por el impacto final. Y la piel del muñón está demasiado dañada para soportar la presión de una prótesis deportiva de alto rendimiento. Si intenta correr de nuevo… el hueso podría colapsar.
Helena sintió que el mundo se le venía abajo. Habían ganado el partido. Pero habían perdido la guerra.
—¿Me está diciendo que no puede jugar más? —preguntó Helena con un hilo de voz.
—Le estoy diciendo que, médicamente, su pierna ya no es apta para el fútbol profesional. Lo siento mucho.
El médico se retiró. Helena se dejó caer en la silla. El Ruso, por primera vez en su vida, no tenía nada gracioso para decir. Se sentó al lado de ella y le pasó el brazo por los hombros.
En la pantalla de TV de la sala de espera, repetían el gol de Messi. Y repetían el sacrificio de Thiago. El título del noticiero decía: “HÉROE CAÍDO”.
En el vestuario, la luz azul de la prótesis muerta parpadeó una sola vez, muy débilmente, como un último latido, y se apagó para siempre.
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