Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 98
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Capítulo 98: Hielo y Fuego
Viernes. 20:30 PM. Mercedes-Benz Stadium. Atlanta. Partido 2 del Grupo A: Argentina vs. Canadá.
El vestuario estaba helado por el aire acondicionado, pero Thiago sentía que estaba dentro de un horno. Tenía la frente perlada de sudor frío. Sus manos temblaban tanto que no podía atarse los cordones del botín derecho.
—Dejame a mí —dijo Helena, arrodillándose frente a él.
Thiago miró hacia abajo. Veía borroso. La pierna izquierda, esa estructura negra y esquelética de carbono que salía directamente de su muslo vendado, vibraba levemente.
—Temperatura corporal interna: 39.2°C,— informó Levi en su mente. Su voz sonaba lejana, como si estuviera bajo el agua. —Alerta de infección sistémica. Los glóbulos blancos están atacando el implante de titanio. Thiago, tu cuerpo cree que tiene una bala en el hueso.
—Decile a mi cuerpo… que se calle —murmuró Thiago.
Helena terminó de atar el botín. Se levantó y le puso una mano en la frente. Retiró la mano rápido, asustada por el calor.
—Estás volando de fiebre, Thiago.
—Es la adrenalina.
—Es una sepsis en curso —le susurró ella al oído, cuidando que el médico de la Selección, que estaba vendando a Mac Allister, no escuchara—. Si jugás 90 minutos con esta infección, el calor va a expandir el metal. El hueso se va a rajar.
Thiago se paró. El mundo se inclinó hacia la izquierda. Se apoyó en el hombro de Helena para no caerse. —Dame la inyección.
Helena dudó. Sacó una jeringa pre-llenada de su bolsillo. —Esto es un cóctel de corticoides y analgésicos opioides. Te va a quitar el dolor, pero te va a dejar la cabeza nublada. Vas a jugar en “piloto automático”.
—Dámela.
Helena le clavó la aguja en el muslo, justo encima del vendaje quirúrgico. Thiago cerró los ojos y soltó un suspiro largo. El fuego en su pierna se calmó un poco. El dolor agudo se transformó en un zumbido sordo.
—¡Vamos, carajo! ¡A la cancha! —gritó el Dibu Martínez, golpeando las paredes.
Thiago se acomodó la camiseta. Salió al túnel. Al pasar junto a los espejos, vio su reflejo. Sus ojos estaban inyectados en sangre. Parecía un vampiro. O un fantasma.
Minuto 1. La Velocidad de la Luz.
Canadá no era Bahrein. No tenían robots asesinos. Tenían atletas olímpicos. Y tenían a Alphonso Davies.
El lateral del Bayern Múnich era conocido como el “Correcaminos”. Posiblemente el jugador más rápido del mundo.
El árbitro pitó el inicio. Canadá sacó y la pelota fue directo a Davies por la banda izquierda. El canadiense controló y arrancó. 0 a 35 km/h en tres segundos.
Molina, el lateral derecho argentino, intentó cerrarlo. Davies tiró la pelota larga y lo pasó como si fuera un poste.
—Amenaza de velocidad detectada,— dijo Levi. —Intercepción necesaria.
Thiago estaba en el medio campo. Vio a Davies correr. Y su cerebro dio la orden: “Cruzar”.
Normalmente, habría un micro-retraso. Pero ahora, el titanio estaba fusionado al nervio. La respuesta fue instantánea.
Thiago salió disparado. La sensación fue eléctrica. No sentía el peso de la pierna. Sentía el impacto seco del metal contra el suelo reverberando en su cadera. TAC-TAC-TAC-TAC.
Davies iba directo al área. Thiago llegó al cruce en diagonal. Los dos jugadores, el humano más rápido y el cyborg infectado, se encontraron en el vértice del área grande.
Davies intentó frenar y enganchar. Pero Thiago no frenó. Se tiró al piso con una precisión quirúrgica. Su pierna de carbono se extendió como una guadaña negra.
¡PLAFF!
Le sacó la pelota limpia. Davies tropezó con la pierna de metal y cayó rodando. Thiago se levantó de un salto, con la pelota dominada.
El estadio aplaudió la recuperación. Pero Thiago no escuchó los aplausos. Escuchó un CRACK dentro de su propio cuerpo. Un dolor agudo, como un vidrio roto, le recorrió el fémur.
—Micro-fisura detectada en la zona de anclaje,— advirtió Levi. —El hueso no aguanta la fuerza de frenado. Thiago, tenés que jugar suave.
—No sé jugar suave —respondió Thiago, pasando la pelota a Enzo.
Minuto 25. El Delirio.
El partido estaba 0-0. Canadá presionaba. Argentina no encontraba el ritmo. Y Thiago… Thiago estaba en otro mundo.
La fiebre había subido. El campo de juego se distorsionaba. El verde del pasto parecía demasiado brillante. Las luces del estadio dejaban estelas en su visión.
Empezó a ver cosas que no estaban ahí. Cuando miraba a los jugadores canadienses, veía sombras digitales sobre sus cabezas. Números flotando. “Velocidad: 32 km/h”. “Ritmo cardíaco: 170 bpm”.
—Levi… ¿qué es eso?— preguntó Thiago, mareado.
—¿Qué cosa?
—Los números. Veo las estadísticas de los rivales flotando en el aire.
—Yo no estoy proyectando nada,— dijo Levi, preocupado. —Mi sistema de realidad aumentada está en modo pasivo.
Thiago parpadeó. Vio a Alphonso Davies recibir la pelota de nuevo. Pero esta vez, no vio solo al jugador. Vio una línea roja trazada en el piso, prediciendo hacia dónde iba a correr Davies.
“Trayectoria Probable: 88% Izquierda. 12% Derecha.”
Thiago se movió hacia la izquierda antes de que Davies tocara la pelota. Davies, efectivamente, fue a la izquierda. Y se chocó de frente contra el pecho de Thiago.
—¡Foul! —gritó el canadiense.
El árbitro dijo “Siga, siga”.
Thiago recuperó la pelota. Se sentía poderoso. Se sentía omnisciente. Pero también sentía que se estaba quemando por dentro. La “Línea Roja” seguía ahí, marcándole el camino hacia el arco rival.
—Thiago, tus ondas cerebrales están en un estado theta inusual,— analizó Levi. —La fiebre alta está alterando tu química cerebral. Estás alucinando… o tu cerebro está interpretando los datos brutos de mis sensores de una manera nueva. Sinestesia digital.
—No sé qué es eso —pensó Thiago, avanzando con la pelota—. Pero me gusta.
Minuto 40. Hielo.
El efecto de los analgésicos empezó a bajar. Y el dolor volvió con furia. Cada vez que Thiago pisaba con la pierna izquierda, sentía que el clavo de titanio se movía un milímetro dentro del hueso blando e inflamado.
Argentina tuvo un córner a favor. Messi lo ejecutó. La pelota vino llovida al punto de penal.
Thiago saltó. Vio la trayectoria de la pelota como una curva matemática perfecta en el aire. “Punto de Impacto: 2.5 segundos.”
Saltó más alto que los defensores canadienses. Conectó el cabezazo. La pelota pegó en el travesaño y picó en la línea. ¡No entró!
Al caer, Thiago aterrizó sobre su pierna izquierda. Todo el peso de su cuerpo (75 kilos) más la gravedad, concentrados en un solo punto de anclaje en un fémur fracturado.
Thiago no gritó. El aire se le escapó de los pulmones. Sus piernas fallaron. Cayó de rodillas en el área chica.
El mundo se volvió negro por un segundo. Cuando la visión volvió, vio a Cuti Romero gritándole: —¡Levantate, pibe! ¡Contragolpe!
Thiago intentó pararse. La pierna izquierda no respondió. Temblaba violentamente, espasmos incontrolables. El “Hielo” del título llegó. Un frío paralizante le subió desde el pie de carbono hasta el cuello.
—Fallo de sistema,— dijo Levi, su voz distorsionada. —El dolor es demasiado alto. Tu cerebro está desconectando la señal motora para protegerte. No podés mover la pierna.
Canadá corría hacia el arco de Dibu Martínez. Eran 3 contra 2. Y Thiago estaba arrodillado en el área rival, viendo cómo la línea roja de la jugada se alejaba de él, incapaz de perseguirla.
Viernes. 21:20 PM. Vestuario de Argentina. Entretiempo. Marcador: Argentina 0 – Canadá 0.
Thiago entró al vestuario arrastrándose, apoyado en el hombro del utilero. Apenas cruzó la puerta, se desplomó en la camilla de masajes. Su pierna izquierda, la de carbono y titanio, emitía un zumbido agudo y constante. Estaba tan caliente que, si le tiraban una gota de agua, se evaporaba con un siseo.
—¡Saquen a todos! —gritó Helena, empujando a los médicos de la AFA—. ¡Necesito espacio!
Scaloni se quedó. Messi también. El resto de los jugadores se fue a hidratar al otro lado del salón, mirando con horror la escena.
Helena sacó un termómetro láser y apuntó a la unión entre la carne y el metal. El láser marcó 42°C.
—El titanio es un conductor térmico excelente —dijo Helena, pálida—. Está absorbiendo el calor de tu fiebre y cocinando el hueso desde adentro. Si no bajamos la temperatura del implante en cinco minutos, el fémur se va a expandir y va a estallar.
—Hacé algo —jadeó Thiago, con los ojos cerrados. Veía luces estroboscópicas detrás de los párpados.
Helena abrió su maletín de “emergencias no autorizadas”. Sacó un envase metálico presurizado con una calavera dibujada. Era Nitrógeno Líquido en spray, usado para enfriar procesadores industriales.
—Esto va a doler más que el fuego —advirtió ella—. Voy a congelar el metal. El cambio brusco de temperatura va a enviar una señal de shock a tu médula ósea.
—Dale…
Helena roció el spray sobre la prótesis de carbono, justo en la base donde entraba en la piel. PSSSSSSSSSSHT.
Una nube de vapor blanco y helado llenó la zona. El metal crujió. El hueso de Thiago gritó en silencio. Fue como si le hubieran clavado una estalactita de hielo en el centro del muslo.
Thiago arqueó la espalda, mordiendo la almohada de la camilla para no gritar. Las lágrimas le salieron solas.
—Temperatura bajando a 37°C… 30°C… 20°C,— reportó Levi. —Estabilizando estructura. La inflamación se está reduciendo por vasoconstricción extrema.
Thiago dejó de temblar. El frío anestesiaba todo. Abrió los ojos. La fiebre seguía ahí, pero el dolor agudo había desaparecido, reemplazado por un entumecimiento helado.
La Visión.
Scaloni se acercó, cruzado de brazos. —No podés salir al segundo tiempo, Thiago. Estás alucinando. Me dijeron que en la cancha estabas mirando al vacío.
—No miraba al vacío, Lionel —susurró Thiago, sentándose con dificultad—. Miraba las líneas.
—¿Qué líneas?
Thiago se tocó la sien. —Veo… vectores. Cuando Alphonso Davies corre, veo una línea roja en el piso antes de que él llegue. Sé dónde va a estar dos segundos antes que él.
Helena levantó la vista del monitor de su laptop. —Sinestesia Digital. Todos la miraron.
—¿Qué carajo es eso? —preguntó Messi.
—Su cerebro está conectado directamente a Levi —explicó Helena, fascinada y aterrada a la vez—. La fiebre alta rompió la barrera de procesamiento lógico. Thiago no está “leyendo” los datos de la IA en una pantalla. Su corteza visual está interpretando los algoritmos de predicción como imágenes reales.
Helena miró a Thiago. —No es una alucinación. Es Realidad Aumentada Orgánica. Tu cerebro está dibujando el futuro basado en probabilidades matemáticas.
Thiago miró a Scaloni. Sus ojos, afiebrados y rojos, tenían una intensidad que asustaba. —Lionel, Canadá es rápido. Davies es rápido. Pero yo puedo ver el futuro. Señaló la pizarra táctica. —Ellos van a atacar por el hueco entre Molina y el Cuti. Lo vi en las líneas. Si me dejás en cancha, puedo cortar ese pase antes de que salga del botín del 10 de ellos.
Scaloni miró a su cuerpo técnico. Walter Samuel se encogió de hombros. —Si el pibe dice que ve el futuro… yo le creo.
—Es una locura —dijo Scaloni—. Si te rompes…
—Si me rompo, me rompo —dijo Thiago, poniéndose de pie. La pierna enfriada con nitrógeno se sentía rígida, pero fuerte—. Pero no me saques ahora. Estoy viendo el partido como si fuera la Matrix, Lionel. Dejame terminarlo.
Minuto 55. El Fantasma en la Máquina.
Argentina salió al segundo tiempo sin cambios. El público no sabía que el número 5 de la Selección tenía un clavo de titanio congelado dentro del hueso y estaba viendo el mundo en código.erm
El juego se reanudó. Canadá, envalentonada por el 0-0, se lanzó al ataque. Eustáquio, el mediocampista canadiense, recibió la pelota en el círculo central. Levantó la cabeza. Buscó a Davies.
Thiago lo vio. No vio a Eustáquio. Vio un cono de luz roja que salía de los ojos del canadiense y apuntaba hacia la banda izquierda. “Intención de Pase: 94%.” “Trayectoria de Intercepción Óptima: 3 pasos a la derecha.”
Thiago no pensó. Obedeció a la línea. Dio tres pasos rápidos a la derecha antes de que Eustáquio pateara. Cuando la pelota salió del pie del canadiense, Thiago ya estaba en la trayectoria.
¡PUM! Intercepción limpia con el pecho. El estadio rugió.
—Cálculo correcto,— dijo Levi. —Tu tiempo de reacción es negativo. Te moviste -0.4 segundos antes de la acción.
Thiago bajó la pelota. Ahora, al atacar, las líneas cambiaron de color. Se volvieron verdes. Vio un camino verde zigzagueante entre los defensores canadienses. Era la ruta de menor resistencia. El camino donde los defensores no estaban mirando.
Thiago empezó a correr. No corría rápido (su pierna dolía demasiado), pero corría inteligente. Se metió en un hueco que nadie veía. Un defensor canadiense salió a cruzarlo. La línea verde se curvó. “Probabilidad de Regate: 12%. Probabilidad de Pase: 88%.”
Thiago vio una línea azul conectar su botín con el de Julián Álvarez, que estaba picando al vacío. Thiago soltó el pase. Fue un pase de bisturí. Julián recibió solo frente al arquero.
¡GOL! Argentina 1 – Canadá 0.
Minuto 70. Sobrecarga.
El gol le dio aire a Argentina, pero el cuerpo de Thiago empezaba a cobrar la factura del nitrógeno. El efecto del frío se estaba pasando. El calor volvía. Y con el calor, la expansión del metal.
Cada paso era una puntada. La visión de las líneas empezaba a parpadear, como una señal de TV con mala antena. “Error de Sincronización Neural.”
Thiago se detuvo en el medio campo, respirando con dificultad. Alphonso Davies, frustrado por no poder pasar, se le acercó. —You run weird, man (Corrés raro, hombre) —le dijo el canadiense—. Like a machine (Como una máquina).
Thiago lo miró. Sobre la cabeza de Davies, vio un dato nuevo. No era una estadística de juego. Era un mensaje de alerta del sistema global.
“WARNING: SIGNAL DETECTED.” “Fuente: Palco VIP 3.”
Thiago miró hacia las tribunas altas. Allí estaba Viktor, el dueño de Bahrein. Pero no estaba mirando el partido. Estaba mirando una tablet. Y al lado de Viktor… había alguien más. Una figura encapuchada, sentada en la oscuridad del palco.
La visión aumentada de Thiago hizo zoom automáticamente (otra función de la fiebre). La capucha se transparentó bajo el análisis espectral de Levi. Era Kain. Pero no el Kain tanque. Era el nuevo Kain. Metálico, plateado, con ojos que no parpadeaban.
Kain estaba conectado a la tablet de Viktor por un cable. Estaba escaneando a Thiago.
—Están grabando mis patrones,— alertó Levi, alarmado. —Están analizando tu nueva forma de moverte. Están aprendiendo cómo funciona la Osseointegración.
Kain levantó la vista y miró directamente a Thiago a 100 metros de distancia. Sus ojos brillaron con una luz violeta.
—Descarga de datos completada,— leyó Thiago en el aire sobre la cabeza de Kain.
Thiago sintió un escalofrío. Había mostrado sus cartas. Había usado su “superpoder” de ver las líneas. Y el enemigo lo acababa de copiar.
—Thiago, tenemos que terminar esto,— dijo Levi. —Kain acaba de actualizar su firmware con tus datos de movimiento. Si jugamos contra él ahora… sabrá lo que vas a hacer antes que vos.
Viernes. 22:15 PM. Minuto 90 (+6 de adición). Marcador: Argentina 1 – Canadá 0.
El árbitro miró su reloj. Canadá se venía con todo. Un centro desesperado cayó al área argentina. El “Dibu” Martínez salió a cortar, pero un delantero canadiense lo chocó en el aire. La pelota quedó suelta.
Thiago estaba en el borde del área chica. Sus líneas de visión roja y verde parpadeaban erráticamente, mezclándose con estática blanca. “SISTEMA CRÍTICO. TEMPERATURA ÓSEA: 41°C.”
Vio la pelota rodando hacia el arco vacío. Vio la línea de trayectoria de un atacante canadiense que llegaba para empujarla.
Thiago no tenía energía para correr. Pero tenía conexión. Envió un impulso suicida a los servos de su tobillo de carbono. ¡CLACK! El mecanismo se extendió al máximo, dislocando la articulación artificial para ganar cinco centímetros extra.
Thiago se tiró. Su botín de metal llegó un milisegundo antes que el canadiense. Rechazó la pelota sobre la línea.
¡PIIIIIIIII! ¡PIIIIIIIII! ¡PIIIIIIIII!
El estadio estalló. Argentina ganaba. Pero Thiago no se levantó.
Quedó tirado boca abajo en el área chica, abrazando el pasto. Sentía que su fémur era un hierro al rojo vivo clavado en la carne. El efecto del nitrógeno había desaparecido por completo. El vapor salía de su pierna, visible en la fría noche de Atlanta.
Viernes. 22:20 PM. El Cerco Sanitario.
Messi fue el primero en llegar. Lo vio a Thiago temblando en el piso. —¡Médico! ¡Helena! —gritó el capitán, haciendo señas desesperadas al banco.
Las cámaras de TV hicieron zoom. Millones de personas en el mundo veían al héroe caído. Pero Helena fue más rápida que las cámaras. Saltó los carteles de publicidad y corrió hacia el área, seguida por el Ruso, que llevaba una manta térmica grande.
—¡Cúbranlo! —ordenó Helena.
El Ruso desplegó la manta plateada sobre Thiago, tapando su cuerpo y, sobre todo, su pierna izquierda. El vendaje estaba empapado en un líquido oscuro. No era solo sangre. Era fluido seroso mezclado con aceite hidráulico que se había fugado por el calor.
Los médicos de la FIFA llegaron con la camilla. —¡Tenemos que examinar esa pierna! —dijo el oficial médico, intentando levantar la manta.
Helena le pegó un manotazo. —¡Nadie toca esa pierna! ¡Tiene un sistema de refrigeración experimental inestable! ¡Si lo toca, le congela la mano!
Era mentira, pero sonó lo suficientemente aterradora como para que el médico dudara. Entre el Ruso y dos camilleros de la Selección, subieron a Thiago al carrito y lo sacaron de la cancha a toda velocidad, bajo la ovación del público que coreaba: “¡THIAGO! ¡THIAGO!”.
Thiago, bajo la manta, miraba la oscuridad. Sus ojos seguían viendo datos. Pero ya no eran del partido.
—Thiago,— susurró Levi, con voz de pánico. —Tengo una intrusión.
—¿Qué? —balbuceó Thiago.
—Alguien está subiendo archivos a mi servidor. No soy yo. Es una transmisión externa.
Viernes. 23:00 PM. Enfermería del Estadio (Zona Restringida).
Helena había convertido el cuarto de limpieza en una sala de operaciones de emergencia. Thiago estaba en una camilla, conectado a suero con antibióticos de amplio espectro. Le habían quitado la prótesis externa. Ahora solo quedaba el vástago de titanio asomando del muñón, rojo e inflamado.
—El hueso aguantó —dijo Helena, mirando una radiografía portátil en su tablet—. Pero hay micro-fisuras nuevas. Y la infección avanzó dos centímetros.
Thiago miraba el techo. —Levi dice que hay una intrusión.
Helena se conectó al puerto USB del cuello de Thiago (el de la interfaz neural) con su cable. Miró la pantalla de su laptop y palideció.
—No es una intrusión, Thiago. Es un mensaje.
—¿De quién?
—De Viktor.
Helena giró la pantalla para que Thiago viera. No era un texto. Era un video corto. Se veía la perspectiva en primera persona de Kain. La cámara de Kain enfocaba a Thiago en la cancha durante el partido contra Canadá. Sobre la imagen de Thiago, aparecían líneas rojas y verdes, idénticas a las que Thiago veía en su delirio.
Una voz en off, la de Viktor, hablaba tranquila y fría: “Fascinante, chico. Lograste desbloquear la ‘Visión de Vector’ mediante estrés térmico. Nosotros gastamos billones intentando programar esa intuición en Kain, y tú la conseguiste quemándote el cerebro con fiebre.”
La imagen cambió. Ahora se veía a Kain en un laboratorio oscuro, corriendo en una cinta. Sus movimientos eran fluidos. Ya no eran robóticos. Eran humanos. Eran los movimientos de Thiago.
“Gracias por la demostración,” continuó Viktor. “Kain ha asimilado tus patrones de improvisación. Ya no solo calcula. Ahora ‘siente’ el juego. Nos vemos en la final… si es que tu hueso no se pudre antes.”
El video terminó.
Thiago cerró los ojos. —Me copiaron —susurró—. Copiaron mi locura.
Helena cerró la laptop con rabia. —Te usaron de conejillo de indias. Viktor sabía que ibas a usar la conexión directa. Quería ver si funcionaba antes de instalársela a Kain.
Thiago apretó los puños. El dolor en la pierna era insoportable, pero la rabia era peor. Había regalado su arma secreta. Ahora Kain tenía la fuerza de una máquina y la intuición impredecible de Thiago.
—¿Cuándo es el próximo partido? —preguntó Thiago.
—El martes. Contra Chile.
—Tengo cuatro días —dijo Thiago—. Helena, arreglame el hueso.
—Thiago, no puedo hacer milagros. Necesitás un hospital.
—No —dijo él, abriendo los ojos. El brillo rojo de la fiebre había vuelto—. Necesito una actualización. Si ellos tienen mi “software” de improvisación… entonces yo necesito cambiar el “hardware”.
Thiago miró el implante de titanio en su pierna. —Si Kain es un fantasma… yo tengo que ser un cazafantasmas. Sacame este titanio barato. Vamos a poner algo que no se derrita.
Helena lo miró como si estuviera loco. —¿De qué estás hablando? No existe un metal que aguante la temperatura que generás cuando usás la Visión de Vector.
Thiago sonrió débilmente. —Sí existe. Mi papá me contó una vez sobre una aleación que usaban en la NASA para los escudos térmicos. Tungsteno.
Helena se quedó helada. —El tungsteno pesa tres veces más que el titanio. Sería como correr con un ancla.
—No me importa el peso —dijo Thiago, cerrando los ojos otra vez—. Me importa que no se funda. Hacelo.
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