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Fútbol: El Sistema del Renacer - Capítulo 99

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Capítulo 99: Metal Pesado

Sábado. 02:30 AM. “El Cementerio”. Desarmadero Aeronáutico de Hartsfield-Jackson. Perímetro Sur del Aeropuerto de Atlanta.

La lluvia caía torrencialmente sobre los esqueletos de aluminio. Cientos de aviones comerciales retirados —Boeings, Lockheeds, McDonnell Douglas— descansaban en el barro, esperando ser desguazados.

Dos figuras con linternas se movían entre los fuselajes oxidados. El Ruso llevaba una amoladora industrial a batería colgada del hombro. Helena llevaba un detector de metales modificado y una tablet con planos antiguos.

—Esto es una locura, jefa —gruñó el Ruso, resbalando en el barro—. Podríamos comprar esto en Amazon.

—No se puede comprar tungsteno de grado militar un sábado a la madrugada sin levantar alertas del FBI —respondió Helena, iluminando el ala rota de un viejo 747 de carga—. Además, necesitamos una aleación específica. W-Ni-Fe. Tungsteno-Níquel-Hierro. Es la única que no se va a quebrar con los impactos del fútbol.

Helena se detuvo frente a la cola del gigante de metal. Consultó su tablet. —Aquí. El sistema de contrapesos del timón de dirección de los modelos 747-200 usaba bloques de tungsteno sólido para evitar la vibración supersónica.

Señaló una caja de metal remachada en la base del timón vertical. —Cortá ahí, Ruso.

El Ruso encendió la amoladora. El disco de corte chilló contra el aluminio. ZZZZZZZZT. Las chispas volaron, mezclándose con la lluvia. Cinco minutos después, la tapa cayó. Adentro, asegurado con pernos oxidados, había un bloque rectangular de metal gris oscuro, opaco y sin brillo. Era pequeño, del tamaño de un ladrillo de leche.

—Pasame la barreta —dijo el Ruso. Hizo palanca y el bloque se soltó. El Ruso lo agarró con una mano, esperando que pesara como un ladrillo normal.

¡PUM! El brazo del Ruso se fue directo al piso. El bloque cayó en el barro con un sonido sordo, pesado, muerto. —¡La p… madre! —gritó el Ruso—. ¡Esto pesa como un yunque!

—El tungsteno es 1.7 veces más denso que el plomo —dijo Helena, mirando el bloque con fascinación—. Ese ladrillito pesa casi 12 kilos. Es perfecto.

—¿Perfecto? —bufó el Ruso, levantándolo con las dos manos y haciendo fuerza con las piernas—. ¿Thiago va a correr con esto adentro del hueso? Le va a arrancar la cadera.

—O eso, o se funde —sentenció Helena—. Vamos. Tenemos que tornear esto antes de que amanezca.

Sábado. 06:00 AM. Taller Clandestino de Norcross.

El sonido en el taller era infernal. El tungsteno es uno de los metales más duros de la Tierra. No se corta fácil. Se muele.

Helena estaba frente al torno de control numérico (CNC). Las virutas de metal salían disparadas como balas en miniatura. Estaba reduciendo el bloque de 12 kilos a una forma cilíndrica, elegante y letal: un nuevo vástago intramedular.

Thiago estaba en la camilla, despierto a la fuerza. La fiebre había bajado un poco gracias a los antibióticos, pero su pierna izquierda era un desastre. El implante de titanio que tenía puesto había decolorado la piel a su alrededor. Se veían venas negras trepando por su muslo.

—Análisis de material,— dijo Levi en su mente. —El nuevo núcleo de tungsteno tendrá una masa final de 3.8 kilogramos. Sumado a la estructura de carbono y los servos… tu pierna izquierda pesará casi 7 kilos más que la derecha.

—¿Puedo correr con eso? —preguntó Thiago en voz alta.

Helena apagó el torno. Sopló el polvo metálico. Sostuvo la nueva pieza en sus manos. Era una obra de arte brutal. Un cilindro gris oscuro, frío, pesado. Parecía la munición de un tanque, no una prótesis.

—Poder, podés —dijo Helena, acercándose—. Pero la inercia va a ser brutal. Si pateás y errás… el peso de la pierna te va a dislocar la rodilla. Tenés que ser preciso, Thiago. No hay margen de error.

Helena dejó la pieza de tungsteno en una bandeja estéril. —Ahora viene lo feo. Tengo que sacar el titanio.

Sábado. 07:15 AM. El Cambio.

No hubo anestesia general. No había tiempo para recuperarse de ella. Solo bloqueo local y un pedazo de cuero para morder.

Helena agarró el extremo del implante de titanio que asomaba del muñón de Thiago. Usó una herramienta extractora especial, un martillo inverso.

—A la cuenta de tres —dijo ella. —Uno… dos…

¡CLACK! Tiró antes del tres. Thiago ahogó un grito en el cuero. Su cuerpo se arqueó. El implante de titanio salió con un sonido de succión asqueroso. Helena lo tiró en una bandeja de metal. ¡CLING!

Todos miraron la pieza extraída. Estaba azul. El titanio se había puesto azul y violeta en el centro. Significaba que había alcanzado temperaturas superiores a los 400°C en el núcleo durante el partido contra Canadá. Thiago no estaba exagerando. Se estaba cocinando vivo.

—Dios mío… —murmuró el Ruso—. ¿Cómo no se le quemó el hueso entero?

—Porque Levi absorbió parte de la energía en sus circuitos —dijo Helena—. Bueno, eso se acabó. El tungsteno no se va a calentar. Va a actuar como un disipador de calor masivo.

Helena tomó el nuevo implante. El “Heavy Metal”. Lo limpió con alcohol. Pesaba una tonelada en sus manos.

—Thiago, esto va a sentirse… denso.

Helena introdujo el vástago de tungsteno en el canal abierto del fémur. No entró suave. Entró con peso. Thiago sintió como si le estuvieran llenando la pierna de cemento líquido. La gravedad pareció aumentar de golpe en el lado izquierdo de su cuerpo.

—Conectando nervio… —dijo Helena, uniendo el cable de fibra óptica.

ZAP. La conexión neuronal se restableció.

—Sistema en línea,— dijo Levi. Su voz sonaba más grave, más sólida, como si la densidad del metal afectara su personalidad. —Detecto… masa. Mucha masa.

Helena terminó de suturar y vendar. Conectó la prótesis de carbono externa al nuevo puerto de tungsteno.

—Probá levantar la pierna —dijo ella.

Thiago, acostado, intentó hacer el movimiento habitual de levantar la rodilla. Su cerebro mandó la señal de siempre: “Fuerza nivel 3”.

La pierna no se movió. Estaba clavada en la camilla.

—Error de cálculo,— dijo Levi. —La fuerza requerida para vencer la inercia estática ahora es un 300% mayor.

Thiago frunció el ceño. Apretó los dientes. Mandó una orden más fuerte: “Fuerza nivel 8”.

Los músculos de su cadera y abdomen se tensaron al máximo. Lentamente, temblando, la pierna izquierda se elevó cinco centímetros. Era como levantar una mancuerna con el pie.

Thiago la dejó caer. ¡BUM! La camilla tembló con el impacto.

El Ruso se tapó la cara. —No va a poder correr, Helena. Es imposible. Es como arrastrar un ancla.

Thiago miró el techo, sudando por el esfuerzo de un solo movimiento. —Sí voy a poder —jadeó—. Solo tengo que… tengo que hacerme más fuerte.

Miró al Ruso. —Llevame al gimnasio del hotel.

—¿Ahora? —preguntó el Ruso—. ¿Recién operado?

—Ahora. Tengo 48 horas para aprender a caminar de nuevo. Si no, Chile me va a comer vivo.

Sábado. 10:00 AM. Gimnasio del Hotel Westin Peachtree Plaza, Atlanta.

El gimnasio estaba vacío, salvo por un rincón donde el piso de goma reforzada parecía estar sufriendo un terremoto personal.

Thiago estaba parado frente a un saco de boxeo pesado (de esos rellenos con arena, de 50 kilos). Intentaba levantar la pierna izquierda para una patada lateral básica. Su cara estaba roja, las venas del cuello marcadas como cables tensos.

—¡Arriba! —gruñó Thiago, apretando los dientes.

Su cadera crujió. Los músculos oblicuos de su abdomen se contrajeron violentamente. La pierna de tungsteno se levantó… lenta. Demasiado lenta. Parecía un movimiento en cámara lenta dentro de una película de acción normal.

Cuando el pie de carbono finalmente impactó el saco, no fue un golpe seco. Fue un empujón torpe. El saco apenas se movió.

Thiago perdió el equilibrio por la inercia del peso al bajar y cayó de rodillas. El golpe de la rodilla de tungsteno contra el piso sonó como si hubieran dejado caer una mancuerna desde un segundo piso. ¡CLONG!

—¡Mierda! —gritó Thiago, golpeando el piso con el puño.

Helena, sentada en un banco con su laptop, negó con la cabeza. —Es física básica, Thiago. Esa pierna pesa casi 8 kilos en total ahora. Tu flexor de cadera humano está diseñado para levantar 3 o 4 kilos como máximo. Estás tratando de levantar una viga con una polea de hilo. Te vas a romper el psoas.

—Tengo que poder —jadeó Thiago, sudando frío. La herida de la cirugía latía, pero el dolor muscular era peor—. Levi, aumentá la potencia de los servos al 200%.

—Negativo,— respondió la IA. —Si aumento el torque del motor de rodilla sin que tu cadera acompañe, la prótesis se va a mover, pero tu fémur se va a quedar atrás. Te voy a arrancar la pierna.

Thiago se quedó en el suelo, respirando agitado. Sentía que llevaba un grillete de presidiario. Un grillete indestructible y carísimo.

—Quizás fue un error —murmuró—. Soy lento. Soy un tanque estático. Alphonso Davies se va a reír de mí.

La Visita del Artillero.

—El problema no es el peso, pibe. Es que la estás usando como si fuera una pierna.

Una voz grave y rasposa resonó desde la entrada del gimnasio. Thiago y Helena se dieron vuelta.

Parado en el umbral, con una renguera apenas perceptible, estaba un hombre mayor, de pelo largo canoso y barba recortada. Llevaba un traje impecable, pero sus ojos tenían esa mirada de quien ha visto guerras.

Era Gabriel Batistuta. El máximo goleador histórico (hasta Messi) y una leyenda del sufrimiento físico.

Thiago intentó pararse rápido, pero el tungsteno lo tiró hacia abajo. —¿Bati? —preguntó, incrédulo.

Batistuta caminó hacia ellos. Cada paso suyo tenía un peso específico. —Me contaron que hay un pibe que se operó en un desarmadero —dijo Gabriel, mirando la pierna negra y gris de Thiago—. Scaloni está preocupado. Dice que te volviste loco.

—Necesitaba… durabilidad —dijo Thiago.

Batistuta se rió. Una risa seca. —Yo le pedí a un doctor que me cortara las piernas porque no aguantaba el dolor de los tobillos. Vos tenés la oportunidad de tener piernas nuevas… ¿y elegís ponerte un yunque?

Se agachó y tocó el metal frío del tungsteno. —Esto es denso.

—No puedo moverla rápido —confesó Thiago—. No tengo fuerza.

—Por supuesto que no —dijo Batistuta, poniéndose de pie—. Si tratás de levantarla con el músculo, perdés. Tu músculo es chico. La gravedad es grande.

Batistuta agarró el saco de boxeo. —Escuchame bien. Cuando yo ya no tenía cartílagos, no podía “patear” con técnica perfecta. Me dolía demasiado flexionar. Así que empecé a usar todo el cuerpo. Hizo un gesto de rotación con la cadera. —No uses la pierna como un látigo. Usala como un martillo.

—¿Un martillo?

—Un péndulo —corrigió Batistuta—. No pelees contra el peso. Usalo. Dejá que la gravedad inicie el movimiento y vos sumale la rotación de la cintura. Una vez que esa cosa empiece a moverse… nada la va a frenar.

Batistuta miró a Thiago a los ojos. —Olvidate de la velocidad de arranque. Buscá la inercia. Si lográs que ese pedazo de metal tome velocidad… al que toques, lo partís.

Sábado. 11:30 AM. Fuerza Centrífuga.

Thiago se paró de nuevo frente al saco. Cerró los ojos. —Levi, cambio de protocolo,— ordenó mentalmente. —Desactivá la asistencia de elevación. Activá los giroscopios para compensar rotación.

—Entendido. Modo Péndulo activado.

Thiago no intentó levantar la rodilla primero. En su lugar, giró su torso violentamente hacia la derecha, cargando el peso en su pierna humana. Dejó que la pierna de tungsteno quedara “muerta” atrás.

Y entonces, desenroscó el cuerpo. Giró la cadera con toda su fuerza. La pierna izquierda, arrastrada por la fuerza centrífuga, se despegó del piso. Al principio fue lenta. Pero a medida que el arco de movimiento se cerraba, el peso del tungsteno generó una aceleración brutal.

La pierna ya no era una extremidad. Era una maza medieval oscilando en una cadena.

Thiago conectó el empeine con el saco de boxeo.

¡BAAAAM!

El sonido fue aterrador. No fue un golpe de cuero contra cuero. Fue un impacto estructural. El saco de 50 kilos se dobló por la mitad alrededor de la pierna de Thiago. La cadena que lo sostenía al techo crujió y se rompió. El saco salió volando tres metros y se estrelló contra los espejos de la pared, rompiéndolos en mil pedazos.

Thiago completó el giro por la inercia y quedó mirando el desastre, jadeando. No había sentido el impacto. El tungsteno había absorbido todo. El saco estaba destruido. Roto. La arena se desparramaba por el piso del gimnasio.

Batistuta silbó, impresionado. —A la mierda.

Helena miraba los datos en su pantalla con la boca abierta. —La fuerza de impacto fue de… 1.2 toneladas. Thiago, eso es el triple de lo que patea un caballo. Si le pegás a una pelota con eso…

—…la exploto —terminó Thiago.

Batistuta le dio una palmada en el hombro. —Entonces no le pegues a la pelota, pibe. Pegale a través de la pelota. Y rezá para que el arquero de Chile no se cruce.

Martes. 19:00 PM. Día del Partido. Vestuario del Estadio.

Habían pasado tres días. Thiago había pasado cada hora despierto practicando el “Swing de Tungsteno”. Su cadera derecha estaba moretonada por el esfuerzo de contrapeso. Su espalda baja dolía. Pero dominaba el martillo.

Scaloni entró al vestuario para dar la charla técnica antes del partido contra Chile. El ambiente era tenso. Chile siempre era una guerra.

—Muchachos —dijo Scaloni—. Hoy jugamos contra un equipo que pega. Medel no juega, pero tienen a otros carniceros. Van a buscar el contacto.

Miró a Thiago, que se estaba vendando el muslo. El bulto del implante era visible bajo la media. —Thiago, ¿estás para 90 minutos?

—No sé si para 90, Lionel —dijo Thiago, levantándose. Al caminar, el piso del vestuario retumbaba bajo su paso izquierdo. TUM. TUM. TUM. —. Pero los minutos que esté… se van a acordar de mí.

—Bien —dijo Scaloni—. Salgan a ganar.

Thiago salió al túnel. Se encontró con el capitán de Chile, un defensor central de dos metros llamado Roco. Roco miró la pierna de Thiago y se rió. —Escuché que te rompiste, pendejo. Hoy te terminamos de jubilar.

Thiago lo miró sin expresión. Sus ojos, conectados a Levi, vieron las líneas rojas sobre el chileno. Pero ya no le importaba la velocidad. Ahora veía puntos de quiebre.

—No te me cruces, Roco —le advirtió Thiago en voz baja—. Hoy estoy pesado.

Martes. 20:45 PM. Mercedes-Benz Stadium. Atlanta. Partido 3 del Grupo A: Argentina vs. Chile.

El partido era, previsiblemente, una carnicería. Chile, obligado a ganar para clasificar, había salido a morder en cada sector de la cancha. A los 15 minutos, Argentina ya tenía dos amonestados.

Thiago se movía por el círculo central como un transatlántico en un puerto pequeño. Era lento. Dolorosamente lento en el arranque. Cada vez que quería girar, tenía que preparar el movimiento con el cuerpo entero, lanzando la cadera primero para arrastrar la pierna de tungsteno.

La hinchada chilena se reía. —¡Está roto! ¡Miren cómo renguea! —gritaban desde la cabecera sur.

En la cancha, Roco, el central chileno de dos metros, se le pegó como una estampilla. —¿Qué te pasa, Biónico? —le susurró Roco tras un empujón—. ¿Te pesa el culo? No podés ni correr.

Thiago no contestó. Estaba concentrado en no caerse. El suelo vibraba bajo su suela izquierda. —Inercia actual: 0%,— informaba Levi. —Necesito espacio para acelerar la masa, Thiago. En el cuerpo a cuerpo estático, estamos en desventaja.

Minuto 35. El Choque de Trenes.

El partido seguía 0-0. Una pelota dividida quedó bollando en tres cuartos de cancha. Era una de esas pelotas que piden sangre. Roco salió disparado desde la defensa para reventarla (y reventar al que se cruzara). Thiago vio la línea roja de trayectoria. Sabía que llegaba tarde si intentaba correr. Así que no corrió.

Se plantó. Clavó la pierna derecha (la humana) en el pasto como un pilar. Y usó la técnica de Batistuta. Giró la cintura hacia atrás, cargando el golpe. La pierna de tungsteno se elevó hacia atrás, ganando altura y energía potencial.

Roco llegó a la carrera, con todo el impulso de sus 95 kilos. Se tiró a barrer con los tapones de punta, buscando el tobillo de Thiago.

Thiago soltó el péndulo. Giró la cadera con violencia. La pierna izquierda bajó describiendo un arco perfecto de destrucción.

¡KRAAAAACK!

El sonido no fue de fútbol. Fue de accidente de tránsito. El empeine de tungsteno de Thiago impactó contra la pelota al mismo tiempo que la suela de Roco. Pero la física es cruel. Masa por aceleración. La pierna de Thiago pesaba tres veces más y era diez veces más dura que la tibia humana.

Roco salió despedido hacia atrás como si hubiera pateado una columna de hormigón. Dio dos vueltas en el aire y cayó de espaldas, aturdido. La pelota, aplastada entre las dos fuerzas, salió disparada hacia arriba, perdiéndose en la noche de Atlanta.

El árbitro corrió hacia la escena, con la mano en el bolsillo. Pero se detuvo al ver a Roco. El chileno se agarraba la pierna, gritando, pero no de dolor de fractura, sino de puro impacto. Era como si le hubieran dado un martillazo en la planta del pie.

Thiago seguía de pie. Inmóvil. Humeando. Miró al árbitro. —Fui a la pelota, juez.

El árbitro miró el cráter en el pasto donde había pisado Thiago. —Siga… siga —dijo, pálido.

Minuto 88. Artillería de Asedio.

El partido agonizaba en un empate 0-0 que clasificaba a Argentina pero dejaba dudas. Chile se había metido atrás, defendiendo el punto. No había espacios para entrar tocando. Messi estaba rodeado por cuatro marcas.

Entonces, Leo vio algo. Vio a Thiago parado solo, a 40 metros del arco, casi en el círculo central. Nadie lo marcaba porque nadie patea desde ahí.

Messi, en lugar de intentar una gambeta imposible, tocó hacia atrás. La pelota rodó mansa hacia Thiago.

El estadio contuvo el aliento. Thiago vio la pelota venir. Vio la línea verde. Pero esta vez, la línea no era curva. No era un pase. Era una línea recta, gruesa y brillante que atravesaba la defensa chilena y terminaba en la red.

—Cargando sistema de disparo,— anunció Levi. —Modo: Asedio. Potencia estimada: 100%.

Thiago dio un paso largo con la derecha. Inhaló. Rotó el torso 90 grados. Y soltó la pierna de tungsteno.

El movimiento fue lento al principio, casi perezoso. Pero cuando la pierna pasó la línea de la cadera, la fuerza centrífuga tomó el control. El pie de carbono se convirtió en una mancha borrosa.

¡BUUUUUUUUUUUUM!

El impacto sonó como un disparo de cañón. La pelota se deformó. Se convirtió en un óvalo. Salió despedida a 160 km/h. No tomó efecto. No hizo “comba”. Viajó recta, rompiendo la resistencia del aire con un silbido agudo.

El arquero chileno, Claudio Bravo, ni siquiera levantó las manos. Solo escuchó el zumbido.

La pelota golpeó la red. No la infló. Casi la arranca. Los parantes del arco vibraron.

¡GOOOOOOOOOOOOOL! ¡GOLAZO DE ARGENTINA!

Thiago se quedó parado en el lugar del disparo. El impulso del tiro lo hizo girar sobre sí mismo una vuelta completa. Sintió un tirón caliente en su espalda baja. Probablemente se había desgarrado un músculo lumbar. Pero no le importó.

Miró hacia abajo. De su media izquierda, salía un hilo de humo blanco. El tungsteno había absorbido la fricción del aire y el impacto, disipando el calor. No se había fundido.

Messi corrió y se le colgó del cuello. —¡Animal! ¡Casi matás al arquero! —gritó Leo, riéndose.

—Te dije, Leo —jadeó Thiago, con una sonrisa cansada—. Estoy pesado.

Martes. 23:00 PM. Vestuario Ganador.

Argentina 1 – Chile 0. Clasificados primeros del Grupo A con puntaje ideal. Pero el vestuario estaba callado. Todos miraban la pantalla gigante de TV que mostraba la llave de Octavos de Final.

Se estaban definiendo los cruces. El Grupo B acababa de terminar. Bahrein había goleado 4-0 a Inglaterra en una sorpresa histórica. Kain había metido 3 goles.

La pantalla parpadeó y mostró el enfrentamiento confirmado para el sábado:

OCTAVOS DE FINAL ARGENTINA vs. BAHREIN

El celular de Thiago vibró en su mano. Un mensaje desconocido. Era una foto. La foto mostraba un primer plano de la pierna de Kain. Ya no era la pierna ligera y “fantasma” que Thiago había visto antes. Kain también se había actualizado. Su pierna derecha ahora estaba recubierta de una aleación dorada y gruesa. Y tenía pinchos.

Debajo de la foto, un texto: “Tungsteno vs. Adamantio. Veamos qué metal se rompe primero. -V”

Thiago le mostró el teléfono a Helena. Ella suspiró y se pasó la mano por la cara. —Adamantio sintético —dijo—. Es más duro que el diamante. Si chocan… va a haber chispas.

Thiago apagó el teléfono. Se tocó el muslo de tungsteno. Estaba tibio todavía.

—Que traiga lo que quiera —dijo Thiago, mirando a sus compañeros—. Nosotros tenemos a Messi. Y yo tengo un martillo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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