ĜØŁĐ - Capítulo 1
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
1: Capítulo 1 “Un nuevo comienzo” 1: Capítulo 1 “Un nuevo comienzo” El agua fría me despertó de golpe, mezclando el sueño con el frío que sabía a nuevo comienzo.
Mientras lavaba mi rostro frente al espejo, las ventanas de cristal de mi habitación dejaban entrar la luz de la ciudad que se extendía a mis pies, brillante y ajena.
Me puse el uniforme con algunas arrugas que no me importaba planchar, ajusté la corbata torpemente y colgué la mochila en mi hombro.
El sonido del despertador aún resonaba dentro de mi cabeza, recordándome que no había vuelta atrás.
Feliz de un nuevo ciclo escolar.
Solo, alejado de los problemas familiares, la casa quedó atrás, con sus susurros y miradas que siempre pesaban más que el aire.
Ahora era solo yo, y la sensación de alejarme de todo me dibujaba una sonrisa que no recordaba tener.
Cada paso que daba estaba lleno de emoción, con más determinación que el anterior.
El camino hacia la escuela se sintió corto; entre el bullicio y murmullo de estudiantes que caminan de un lado a otro, la ciudad parecía acompañar mi ánimo.
Al llegar a la entrada del edificio, las voces se mezclaban con risas, mochilas golpeando los pasillos y el crujir de puertas abriéndose.
Respiré hondo frente al portón principal: un nuevo lugar, nuevas caras…
y, por fin, la oportunidad de empezar de cero.
Me puse los guantes negros de cuero, un hábito que nadie parecía notar y que yo prefería mantener en silencio.
Con ellos puestos, respiré más tranquilo, aunque cada día cargaba con el miedo de que alguien preguntara por qué nunca me los quitaba.
Sin perder tiempo, me dirigí a mi salón asignado, mezclándome entre el ruido de los pasillos, deseando que nadie se fijara demasiado en mí.
El murmullo de los estudiantes llenaba el aire: risas, saludos de reencuentro y pasos apresurados.
En el momento en el que entré al salón, varias miradas se alzaron un instante, curiosas por el nuevo estudiante.
Algunos volvieron enseguida a sus conversaciones, otros se quedaron observando unos segundos más de lo necesario.
Me dirigí en silencio hacia un asiento libre cerca de la ventana, buscando un rincón tranquilo, mientras el murmullo seguía envolviendo el ambiente.
El maestro entró al salón, con semblante serio y de pocos amigos; cada paso suyo resonaba con autoridad, y en cuestión de segundos la clase quedó en silencio absoluto.
El ambiente se volvió incómodo, hasta que el profesor decidió romperlo con una voz firme: – Como ya saben, es un nuevo inicio de clases.
Veo a personas conocidas y rostros nuevos, así que quiero que pasen uno a uno al frente para presentarse.
Así, uno a uno se fueron presentando hasta que llegó mi turno.
Nerviosamente pasé al frente; sentí la presión y las miradas de mis compañeros.
Las presentaciones comenzaron.
Algunos hablaban con confianza, otros apenas murmuraban su nombre.
Mi turno se acercaba, y con cada compañero que terminaba, mi estómago se encogía un poco más.
Cuando finalmente escuché mi nombre, me levanté con nerviosismo.
Sentí las miradas de todos clavarse en mí, y cada paso hacia el frente pesaba más que el anterior.
Cuando me di cuenta, ya estaba al frente; mi corazón latía a mil por hora y mis manos no dejaban de temblar.
Respiré hondo; con determinación, e inspirado por la oportunidad de un nuevo comienzo, comencé a presentarme: – Hola…
me llamo Jay.
Espero llevarme bien con todos ustedes este año.
Un murmullo leve recorrió el salón; algunos apenas levantaron la vista, otros se limitaron a asentir con indiferencia.
Para la mayoría, yo no era más que otro rostro nuevo en medio de tantos.
Un par de risas apagadas se escucharon en el fondo, más por costumbre de fastidiar que por algo que yo hubiera dicho.
La mayoría volvió a sus conversaciones, pero cuando iba a ir a mi asiento, alguien preguntó en voz alta: – ¿Por qué llevas guantes puestos?
Un escalofrío recorrió mi espalda al escuchar esa pregunta.
Traté de evadirla caminando de regreso, aunque en el fondo sabía que tarde o temprano volverían a cuestionarme.
– Jajaja…
porque sí –respondí, escondiendo mis manos en los bolsillos del pantalón.
Algunos se miraron entre sí, otros soltaron una risa corta.
Yo solo me dejé caer en mi asiento y suspiré, deseando que no insistieran más en ese tema.
Cuando todos terminaron de presentarse, el profesor comenzó a hablar sobre los reglamentos de la escuela, lo que aprenderíamos y… bla, bla, bla.
Un montón de cosas que en ese momento me parecían irrelevantes.
Las horas pasaron hasta que finalmente llegó la hora del almuerzo.
Caminé hacia la cafetería con cierta emoción; quería conocer cada rincón de aquella enorme escuela.
La cafetería estaba llena de ruido y olor a comida recién servida.
El golpeteo de las bandejas, las charlas y las risas hacían que el lugar pareciera una colmena.
Después de esperar mi turno en la fila, por fin conseguí mi almuerzo y me senté en una mesa vacía, cerca de la ventana.
No había pasado ni un minuto cuando sentí una sombra caer sobre mí.
Levanté la vista y vi a tres tipos de mi salón mirándome con sonrisas que no presagiaban nada bueno.
— Mira nada más —dijo el primero, un chico alto y musculoso, cruzándose de brazos—.
El nuevo ya se adueñó de una mesa para él solito.
— Sí… y además se cree misterioso con esos guantes negros —añadió el segundo, delgado y con una risa chillona que irritaba.
El tercero se inclinó un poco hacia mi comida y arrugó la nariz.
— ¿Ni siquiera vas a invitarnos?
Qué maleducado.
Yo bajé la mirada hacia mi bandeja e intenté seguir comiendo, como si no los escuchara.
— ¿Nos estás ignorando?
—dijo el musculoso, dando un golpe suave en la mesa.
La charola vibró y el vaso de agua se tambaleó.
Las risas de los tres se mezclaron con el murmullo del lugar, pero yo sabía que no se detendrían ahí.
Entonces apareció el cuarto, el que parecía ser el líder.
Caminó con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo, y se colocó justo frente a mí.
— Tranquilos, tranquilos —su tono era burlón pero firme, el tipo de voz que hacía que los demás lo obedecieran—.
El chico nuevo solo necesita un poco de… orientación.
Me miró directamente a los ojos y después señaló mis manos cubiertas.
— Dime, ¿qué escondes detrás de esos guantes?
Tragué saliva.
— Nada.
El líder sonrió de lado.
— Entonces no tendrás problema en mostrárnoslo —chasqueó los dedos—.
Chicos, vamos.
Antes de darme cuenta, sentí cómo me rodeaban.
Una mano me sujetó del hombro y otra trató de alcanzar mis guantes.
La cafetería seguía llena de ruido, pero para mí todo se había reducido al golpeteo de mi propio corazón.
Las pocas personas que se habían percatado de la pelea susurraban entre ellas mientras los matones se alejaban: — ¿Ya viste?
—decía uno—.
Sí, ese grupo de Xenón sigue sin expulsarlos.
— Como siempre, abusando de los chicos nuevos.
— Yo no pienso meterme a que me den una paliza —murmuró otro, y se fueron.
Logré zafarme y escabullirme entre las mesas, pero no hubo escape: el grupo de Xenón me persiguió hasta acorralarme en un pasillo estrecho.
El musculoso me sujetó por los hombros; Xenón dio un paso adelante y me soltó un puñetazo en el rostro, luego otro en el estómago.
El mundo dio un vuelco: me costaba respirar.
En medio del empujón, sentí cómo una mano impaciente tiraba de mi guante.
Me lo arrancaron.
El frío del aire contra mi piel me quemó por sorpresa.
Instintivamente me cubrí la mano con el pecho; la otra mano, temblando, intentó proteger la que me habían quitado.
Los golpes me dejaron aturdido.
En el forcejeo, mi mano chocó contra una botella de plástico tirada en el suelo.
Esta rodó y cayó —y en un segundo mi visión pareció alterar la realidad: la botella brilló, su superficie tomó un tono distinto, como si el plástico se volviera… pesado.
Antes de entender, la cogí con manos torpes e intenté esconderla, pero al hacerlo mi mano rozó la tela de mi camisa y la corbata.
Noté que donde las tocó algo cambiaba de color, un brillo extraño que me heló la sangre.
Me aparté en pánico.
Con un movimiento impulsivo le arranqué el guante de la mano a Xenón, recuperándolo.
Sin pensarlo, salí corriendo con el corazón desbocado.
Oí gritos a mis espaldas, pasos que intentaban alcanzarme, pero me escabullí hasta encontrar la puerta del baño y cerré la puerta de golpe, apoyando la espalda contra ella mientras mi respiración se descontrolaba.
Dentro, todo se volvió vacío y ruidoso al mismo tiempo: el eco de mis respiraciones, las luces fluorescentes, el zumbido de los secadores de manos.
Me apoyé contra el azulejo frío y temblé.
Mis manos no dejaban de moverse, el pulso me vibraba en la garganta.
Con manos torpes y temblorosas me quité la camisa y la corbata; ambas estaban rígidas en tonalidades que no correspondían, como si se hubieran quedado con un brillo metálico, pero no hacía falta que nadie me lo dijera para saber que algo iba mal.
Un ataque de ansiedad me vino de golpe.
Me esforcé por ponerme el guante, pero las manos me fallaban.
Las lágrimas me picaron los ojos.
Salí del cubículo intentando recomponerme y entonces una voz se adelantó antes de que pudiera desaparecer: — ¿Estás bien?
—preguntó una maestra, ladeando la cabeza con preocupación.
Era ella: se presentó después como Yaki.
Tenía una forma tranquila de moverse, como si ya hubiera visto mil problemas y supiera cómo apaciguarlos.
Me miró sin juzgar y me señaló con suavidad la puerta del salón desocupado a un lado.
— Ven, vamos a sentarnos —dijo—.
Tienes sangre en el labio, y tus manos tiemblan mucho.
No supe qué responder.
Me dejé llevar hasta el aula vacío y me desplomé en una silla mientras ella cerraba la puerta detrás nuestro.
Yaki me ofreció un vaso de agua y una toalla, y con voz baja me preguntó otra vez: — ¿Qué pasó?
Si no quieres decirlo todo, está bien.
Dime solo lo necesario para ayudarte.
Quise minimizarlo, pero la voz me traicionó.
Murmuré algo vago: — Me empujaron… intentaron quitarme los guantes.
Nada más.
Ella asintió, pero no se quedó en el “nada más”.
Con gesto profesional, buscó entre un armario un uniforme de repuesto —pequeño, como si la escuela guardara de todo— y me lo puso delante.
— Ponte esto —ordenó—.
No me interesa que me ocultes lo que ocurrió, pero tampoco voy a obligarte a dar una explicación pública ahora mismo.
Primero respira.
Después hablamos.
Mientras me cambiaba, Yaki se sentó frente a mí, cruzó las manos sobre la mesa y habló con calma: — Si quieres que informe a orientación o a la dirección, lo haré.
También puedo acompañarte si prefieres ir a enfermería.
Si tienes miedo de represalias, lo entiendo —palmeó la mesa con suavidad—.
No te voy a presionar, pero esto no está bien y no deberías cargarlo solo.
¿Quieres que hable con tu tutor o con tus padres?
Me costó responder.
Lo único que logré articular fue: — No quiero problemas… solo quiero que esto no vuelva a pasar.
Ella dejó escapar una sonrisa pequeña, comprensiva.
— Entonces empezaremos por lo más sencillo: te quedas aquí hasta que me asegure de que estás estable.
Luego me cuentas lo que quieras y yo me encargo del resto.
Y si necesitas consejo para manejar la ansiedad, puedo enseñarte técnicas para calmarte en el momento.
Nadie debería vivir con ese miedo constante.
Su tono no era paternalista ni condescendiente; era práctico y protector.
Me ofreció una libreta y un lápiz.
— Escribe lo que recuerdes, aunque sea por fragmentos.
Si no puedes ahora, lo guardas.
Cuando estés listo, vienes y lo revisamos juntos.
No sé cuánto tiempo estuve sentado ahí, respirando de forma irregular mientras la tensión iba cediendo poco a poco.
Cuando le devolví la mirada, por primera vez desde la pelea sentí que no iba a quedar totalmente solo en aquello.
— Gracias —le dije, apenas audible.
— No me des las gracias todavía —respondió ella con una ligera sonrisa—.
Solo quédate aquí.
Y cuando te sientas con fuerzas, me cuentas tu nombre completo y más o menos qué pasó.
Yo me encargo del resto.
Mientras la puerta permanecía entreabierta y se escuchaban a lo lejos los rumores de la escuela, apareció la figura de unas pequeñas manos sosteniendo algo que creía irrecuperable: la posibilidad de no enfrentar todo en soledad.
Permanecí en ese salón vacío, con un uniforme prestado y el corazón aún acelerado, y comprendí que guardar mi secreto sería mucho más complicado de lo que imaginaba.
Y aquello apenas había sido el primer día.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Agente000 Gracias por leer el primer capítulo!
Esta historia cuenta la vida de un chico que carga con la maldición de Midas y solo quiere vivir tranquilo, aunque el destino le tenga preparado algo más grande.
Es mi primera novela en Webnovel, así que cualquier comentario, opinión o apoyo me ayudará muchísimo a mejorar y seguir escribiendo.
Espero que disfruten de lo que se viene porque ¡será épico papus!.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com