ĜØŁĐ - Capítulo 13
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- Capítulo 13 - Capítulo 13: Capítulo 13 " Venganza Dorada"
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Capítulo 13: Capítulo 13 ” Venganza Dorada”
El estruendo del muro sacudió toda la Sección 2. Pedazos de hielo volaron por el pasillo.
El equipo se detuvo al instante, armas listas.
Nadie entendía cómo se había formado esa cosa.
No era normal.
No era parte del edificio.
El líder levantó la mano y avanzaron.
El aire se sentía raro. Frío de golpe. Como si algo invisible hubiera pasado por ahí hacía poco.
—Eso no es del sistema —murmuró uno, examinando un trozo del hielo.
—Quizá alguien activó un protocolo que no conocemos —dijo otro, encogiéndose de hombros.
El líder no dijo nada, pero frunció el ceño. Él sí había visto algo parecido antes… aunque no lo suficiente como para explicarlo. Tampoco pensaba contarlo.
Primeros 5 minutos
Revisaron el área completa.
Encontraron marcas en el piso, huellas, incluso un par de gotas de sangre.
Nada de guardias. Ningún uniforme. Ninguna señal de personal del instituto.
—No me gusta esto —murmuró uno—. Parece que alguien más llegó antes que nosotros.
Del minuto 5 al 10
Instalaron sensores, revisaron rincones, buscaron objetos escondidos.
Intentaron reconstruir el camino de quienes habían pasado por ahí.
Pero algo los desconcertó:
Cada vez que no miraban, volvía a aparecer una capa muy fina de escarcha en el piso.
Nada grave, pero lo suficiente para ponerse nerviosos.
—¿El sistema de refrigeración está fallando?
—No hay tuberías aquí…
—Entonces ¿qué lo causa?
Nadie sabía.
Y eso era lo que más molestaba.
El líder observó el hielo más viejo. Lo tocó con cuidado.
Estaba frío de una forma que no tenía sentido.
Su mirada se endureció.
No lo entendía del todo, pero sabía que eso no era natural.
Del minuto 10 al 15
Mientras preparaban cargas térmicas para romper cualquier otro obstáculo, el aire volvió a cambiar.
Una ráfaga fría recorrió el pasillo de punta a punta.
Y entonces pasó.
El muro del fondo volvió a levantarse.
Más grueso.
Más pesado.
Completamente nuevo.
Se formó ante sus ojos, como si alguien lo estuviera creando desde dentro.
Los secuaces se quedaron quietos.
—¿Qué demonios fue eso?
—¿Un sistema automático?
—Nunca vi uno que hiciera… eso.
El líder se acercó.
Dentro del hielo había una mancha rojiza.
Sangre.
Muy reciente.
—Están resistiendo —dijo en voz baja, sin querer sonar impresionado.
Uno de los hombres se apartó, incómodo.
—Sea quien sea, está desesperado.
—Mejor —respondió el líder, enderezándose—. Carguen las térmicas.
No vamos a detenernos por esto.
Los hombres obedecieron.
El líder miró el muro una última vez.
Sabía que detrás había alguien cansado, herido… forzándose al límite.
Y aun así, se mantenía firme.
—Vamos —ordenó—.
Si ellos no se rinden, nosotros tampoco.
El hielo volvió a crujir.
La Sección 2 tembló otra vez.
El ataque continuó hasta que el muro de la Sección 2 cedió entre explosiones.
El aire caliente de las cargas chocó contra el frío extraño que seguía flotando en el ambiente, creando un vapor espeso.
Cuando la entrada quedó despejada, el líder levantó la mano.
—Avancen. Repitan el procedimiento. Sección completa. No quiero nada sin revisar.
Los seis intrusos asintieron y se separaron automáticamente en dos grupos de tres, como ya lo habían practicado antes.
Primeros minutos en la Sección 2
El lugar era un caos.
Muebles volcados, lámparas rotas, sangre en el piso, mochilas abandonadas.
—Aquí hubo pelea —dijo uno mientras iluminaba el pasillo.
—O evacuación rápida —contradijo otro.
—¿Y el frío? —agregó un tercero, frotándose los brazos—. Esto no es normal.
El aire seguía helado, pero no de forma constante. Venía en ráfagas cortas, impredecibles, como si alguien invisible hubiera pasado justo antes que ellos.
Minuto 5
Los dos grupos empezaron a registrar salones, bodegas y pasillos.
Abrían puertas, revisaban escritorios, levantaban objetos caídos, escaneaban paredes con sus dispositivos.
—Líder, no encontramos cuerpos. Nada —informó uno por radio.
—Sigan buscando —respondió él.
El líder examinó una marca en el piso.
Arrastre reciente.
Muy reciente.
—Hay alguien delante de nosotros —murmuró para sí.
No lo dijo por radio.
No quería nervios innecesarios.
Minuto 8
El segundo grupo encontró algo más.
—Aquí hay sangre —reportó uno, agachándose.
Todos se acercaron.
—Está fresca… demasiado para que hayan evacuado hace rato.
—¿Un herido?
—Quizá más de uno.
El líder guardó silencio.
Ya reconocía ese patrón.
A alguien lo habían sacado del lugar.
A la fuerza.
Minuto 10
Comenzaron a instalar sensores en las entradas secundarias. Necesitaban asegurarse de que nadie escapara por rutas alternas.
Uno de los hombres notó algo mientras colocaba un detector térmico.
—Líder… mire esto.
El hielo del primer muro se había derretido casi por completo… excepto una capa fina que había vuelto a formarse sola.
—¿Otra vez ese hielo? —preguntó otro con frustración.
—¿Cómo demonios se forma sin temperatura?
—¿Y si no es el sistema?
Hubo un silencio incómodo.
—No inventen cosas raras —cortó el líder—. Sigan revisando.
Pero él no se tragaba esa explicación.
Minuto 12
Ya habían cubierto casi toda la Sección 2.
El líder revisaba una sala amplia cuando su comunicador vibró.
—Líder, encontramos algo al fondo… creo que debería verlo usted.
Fue.
Y cuando llegó, todos estaban paralizados.
Frente a ellos, cerrando casi toda la entrada a la Sección 3…
…había otro muro de hielo.
Más grueso.
Más definido.
Más reciente.
El vapor del ambiente se convertía en escarcha solo por acercarse.
—No puede ser…
—¿Qué demonios está pasando aquí?
—Esto no es natural…
El líder observó el muro detenidamente.
No lo tocó.
Podía sentir el frío desde donde estaba.
Dios…
Esto había sido creado hace nada.
—Líder… ¿qué hacemos? —preguntó uno, tragando saliva.
El líder respiró hondo.
Sabía que, del otro lado, alguien estaba luchando contra el tiempo, el dolor y el agotamiento para mantener ese muro en pie.
—Lo mismo que hicimos con el anterior —dijo finalmente—.
Prepárense.
Sus hombres tragaron saliva.
Encendieron las cargas.
Se posicionaron.
Mientras el líder veía cómo la superficie del hielo se congelaba aún más, pensó:
Quien sea que esté detrás de esto… está peleando por su vida.
Y no pensaba rendirse.
Pronto uno de los secuaces dio un paso al frente.
Miró el muro de hielo con curiosidad.
—Se ve frágil… —murmuró, extendiendo la mano.
El líder, que estaba observando desde unos metros atrás, sintió un escalofrío inesperado.
Una sensación profunda.
Peligro puro.
Algo dentro de él se encendió como un grito.
—¡William, no lo toques! ¡¡¡WILLIAM, NOOO!!!
Pero ya era tarde.
La mano de William rozó la superficie del muro…
y en menos de un segundo, el hielo se volvió dorado.
Un brillo extraño recorrió la pared desde su punto de contacto, avanzando como un rayo que lo tragaba todo.
El oro creció sin freno, devorando la textura helada y transformándola en una masa lisa, brillante, pesada…
William intentó apartarse, pero sus dedos ya estaban cubiertos de oro.
—¿Eh? ¿Qué—?
No alcanzó a terminar.
La transformación lo envolvió entero en un parpadeo.
Su piel, su ropa, su rostro sorprendido…
todo quedó atrapado en una estatua de oro perfecta.
Un silencio heló el pasillo.
Los hombres retrocedieron, horrorizados.
—Lí… líder… ¿qué… qué fue eso? —balbuceó uno.
El líder apretó los dientes, sin despegar la mirada de lo que había sido su compañero.
Un muro dorado.
Un hombre convertido en oro.
Y un mensaje claro:
Del otro lado, había alguien que no estaba dispuesto a caer.
El líder respiró hondo.
—Tengan mucho cuidado —dijo, con la voz dura y la expresión cargada de tensión—.
Lo que sea que esté ahí dentro… no es algo normal.
El líder se quedó mirando la estatua dorada que segundos antes había sido William.
Su mandíbula tembló apenas, pero logró controlarse.
No era miedo cualquiera…
era ese miedo que te aprieta el corazón y te obliga a pensar dos veces antes de respirar.
Dio un paso atrás.
Los otros cinco hombres se agruparon detrás de él, nerviosos, apuntando sus armas al muro dorado como si eso sirviera de algo.
—Líder… —dijo uno, tragando saliva—. Esto no puede ser real. ¿Quién carajos hace eso?
—No es tecnología… —susurró otro—. Eso… eso parece maldito.
La palabra cayó como una piedra en el ambiente.
El líder apretó los puños.
No quería que lo dijeran.
No quería escucharlo.
—Cállense —gruñó—. No digan esa palabra sin saber lo que significa.
Los subordinados bajaron la cabeza, tensos.
El líder respiró lento.
Analizó el muro dorado.
Analizó la estatua.
Analizó la sangre seca en el piso que marcaba un rastro hacia la sección 3.
Alguien herido… alguien peligroso… alguien usando una maldición muy fuerte…
Ese pensamiento le picó la nuca.
—Escuchen —dijo finalmente, girándose hacia sus hombres—. Nadie toca nada más. Nadie. Si algo raro aparece, me lo reportan de inmediato.
—Sí, líder —respondieron al unísono.
El líder levantó la mano y señaló la entrada a la sección 3.
—Vamos a seguir avanzando.
Con cuidado.
Demasiado cuidado.
Los hombres asintieron, tragando saliva.
Uno de ellos murmuró:
—¿Y William…?
El líder no volteó a verlo.
—No lo toquen. No lo miren. No lo mencionen.
Ya murió.
Y con esa respuesta fría, todos entendieron que no había vuelta atrás.
El líder avanzó primero.
Caminaron despacio, bordeando el muro dorado, observando cada rincón como si en cualquier segundo algo pudiera saltar sobre ellos.
El silencio era tan pesado que dolía.
Una sola respiración fuerte podía romperles los nervios.
Al llegar a la entrada, uno de los secuaces apuntó su linterna a los bordes del muro dorado.
—Líder… mire esto…
Había marcas profundas, como si algo al otro lado hubiera golpeado hasta deformar el hielo antes de que se transformara en oro.
Y mezclada con esas marcas…
…había sangre.
Mucha.
El líder se puso tenso.
—Esa sangre… es reciente —murmuró uno.
—La persona detrás del muro está herida —añadió otro.
El líder entrecerró los ojos.
Herido… pero capaz de convertir un muro completo en oro en un instante.
Eso no le gustaba.
Eso no le gustaba nada.
Se giró hacia el resto.
—Mantengan las armas listas.
Nos acercamos al objetivo…
pero también a alguien que no quiere que lo encontremos.
Los hombres tragaron saliva una vez más.
Dieron dos pasos adelante.
Y entonces lo vieron.
Justo donde el muro dorado terminaba…
El líder respiró hondo, mirando la estatua que había sido William.
Luego al enorme muro dorado frente a ellos.
No había grietas.
No había puntos débiles.
Era una pared totalmente lisa… y pesada como un monstruo dormido.
—Maldita sea… —murmuró uno de los hombres, tocando el dorado con cuidado—. Esto… esto es oro de verdad.
Pero retiró la mano tan rápido como la puso, como si temiera que el metal le devolviera el toque.
El líder caminó hasta quedar a centímetros del muro.
Golpeó con el nudillo.
Clonk.
Un sonido grave, profundo.
Un sonido que no daba esperanza.
El líder tensó la mandíbula.
—El oro es blando, sí… —dijo—. Pero también es denso. Muy denso.
No lo vamos a romper con fuerza bruta.
—¿Y qué hacemos entonces? —preguntó uno, nervioso.
El líder alzó la vista, evaluando.
—Podemos deformarlo… aplastarlo… abollarlo… pero no romperlo.
Necesitamos abrir una entrada por compresión, no por impacto.
Los subordinados intercambiaron miradas confundidas. Era evidente que no entendían del todo, pero lo seguían.
El líder continuó:
—No vamos a destruirlo. Vamos a hundirlo hasta que ceda.
—¿Cómo? —preguntó otro.
El líder levantó la mano.
—Preparando carga pesada. La de presión sostenida. No la explosiva.
Los hombres reaccionaron de inmediato.
Uno sacó un cilindro corto con un símbolo rojo.
Otro sacó placas metálicas de su mochila.
Otro colocó soportes para estabilizar el marco del pasillo.
Trabajaban rápido, pero con una tensión que podía cortarse con el aire frío.
Mientras uno ajustaba la carga especial, murmuró:
—¿Y si la persona que hizo esto todavía está detrás…?
—Entonces no lo toquen —dijo el líder, mirando fijamente el muro dorado—.
No quiero un segundo William.
Se hizo un silencio incómodo.
Un silencio que decía mucho más que cualquier palabra.
Cuando terminaron, conectaron el cilindro a las placas, pegándolas firmemente al muro.
—Listo, líder.
Pero… esto no va a romperlo. Solo lo va a hundir.
—Exacto —respondió el líder—. Y cuando tengamos suficiente espacio, abriremos paso por el borde. El oro no se parte, pero sí podemos cortarlo si lo debilitamos antes.
Uno de los hombres tomó una especie de sierra térmica, algo improvisada, pero diseñada para metales blandos.
—¿De verdad vamos a cortar oro a mano…?
El líder lo miró serio:
—¿Quieres volver sin el objetivo?
—No, líder.
—Entonces prepárate.
Porque esto apenas empieza.
Uno de los secuaces tragó saliva.
—En tres segundos activo la presión —avisó el que controlaba el cilindro—.
Tomen distancia.
Los cinco retrocedieron varios pasos.
El líder no lo hizo.
Se quedó frente al muro dorado, observándolo como si quisiera memorizarlo.
—Algo o alguien hizo esto —susurró para sí mismo—.
Y quiero saber quién demonios fue.
El hombre del cilindro contó:
—Tres…
Dos…
Uno…
Activó el dispositivo.
El metal vibró.
Las placas comenzaron a empujar.
Primero lento…
Luego más fuerte…
Un chirrido grave empezó a llenar el pasillo, como si el oro estuviera peleando contra sí mismo.
El muro… empezó a hundirse.
Muy poco, pero suficiente para demostrar que el método funcionaba.
Los hombres lo vieron con asombro y miedo.
El líder, con una sonrisa tensa, dijo:
—Perfecto.
Sigan así.
Abriremos este muro… cueste lo que cueste.
El cilindro seguía presionando.
Las placas gemían contra el metal.
El oro, denso y terco, cedía milímetro a milímetro…
pero cedía.
—Ya casi… —dijo uno, apretando los dientes mientras estabilizaba el soporte.
El líder no apartaba la mirada del muro hundido.
—Cuando el hueco sea lo bastante grande, empezaremos a cortar —ordenó.
Pasaron minutos tensos.
Los hombres sudaban, a pesar del frío que seguía impregnando el aire.
En el minuto ocho, uno avisó:
—¡Líder! El oro ya se deformó un metro y treinta centímetros. Podemos cortar.
—Bien. Prepárense.
El que cargaba la sierra térmica dio un paso al frente.
La encendió.
Fshhhhhhhh.
Una línea rojiza iluminó el muro mientras el metal comenzaba a derretirse con lentitud.
El líder levantó la mano.
—Corta solo el borde. No quiero que esto caiga encima de alguien del otro lado.
—Sí, líder.
La sierra avanzaba.
El olor a metal caliente llenaba el pasillo.
El oro se abría como mantequilla muy dura.
Y de pronto…
—¡Líder! —llamó uno—. Algo en el suelo.
El líder agachó la mirada.
En la base del muro dorado, entre las placas y el polvo…
había manchas.
Rojas.
Secas.
Y en varios puntos… frescas.
—¿Es… sangre? —preguntó uno, retrocediendo un paso.
El líder frunció el ceño.
Agachó la mano, tocó con un dedo.
La frotó con el pulgar.
—Sí… esto es sangre.
Todos se quedaron congelados.
—¿Entonces… sí hay gente ahí dentro…? —susurró uno.
—Pero en la sección 2 no había nadie… —dijo otro.
—¿Es alguien que se quedó atrás…? ¿Otro grupo como nosotros? —murmuró otro.
El líder se enderezó lentamente.
Su voz fue grave. Fría.
—No.
Este tipo de muro… nadie normal lo crea.
Los subordinados se miraron confundidos.
—¿Qué quiere decir, líder?
—Que el que está ahí detrás no es un estudiante despistado.
Es alguien peligroso.
Alguien muy peligroso.
Y está… herido.
Sus ojos se endurecieron.
—Eso lo hace aún más impredecible.
La sierra terminó de cortar el borde.
—¡Hueco listo, líder! —avisó el operador—. Podemos tirar esta parte hacia afuera.
—Háganlo.
Empujaron con cuidado.
El oro, pesado, cayó hacia delante con un golpe seco.
Thunk.
Una bocanada de aire helado salió desde dentro de la sección 3.
Todos levantaron sus armas.
—Líder… esto está demasiado frío…
—Silencio. Avancen.
Los seis cruzaron el borde cortado, entrando a la sección 3 con pasos tensos.
La luz era tenue.
El ambiente pesado.
Y el frío… casi insoportable.
El líder avanzó primero.
Su respiración salía como humo.
—Busquen señales. No disparen sin mi orden.
Avanzaron entre vitrinas, moviendo linternas, atentos a todo.
Y entonces… uno de ellos tragó saliva.
—Líder… allá…
A unos metros, entre sombras…
Dos cuerpos.
Tendidos.
Una chica de cabello blanco… abrazada a otra joven inconsciente.
Y frente a ellas, apenas de pie, tambaleándose…
Un chico cubierto de sangre.
El líder lo miró.
El chico levantó la cabeza.
Sus ojos brillaban con una furia silenciosa.
Una furia que quemaba desde muy adentro.
El que había convertido a William en oro.
El que había creado ese muro imposible.
El que estaba dispuesto a matar si daban un paso más.
Una rabia ardiente recorrió al líder, mezclada con una satisfacción retorcida.
Apretó los dientes.
Se adelantó un paso.
Y explotó con furia:
—¡¡¡TÚ… TÚ ERES EL CULPABLE!!! —rugió—. ¡¡¡POR TU CULPA MURIÓ MI HOMBRE!!!
El eco de su grito retumbó en todo el museo.
Y el verdadero enfrentamiento…
apenas comenzaba.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com