ĜØŁĐ - Capítulo 14
- Inicio
- Todas las novelas
- ĜØŁĐ
- Capítulo 14 - Capítulo 14: Capítulo 14 "El despertar en el Museo (Parte 2)"
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 14: Capítulo 14 “El despertar en el Museo (Parte 2)”
Estaba recostado contra la pared de hielo, intentando recuperar fuerzas. Sabía que en cualquier momento llegarían. Mientras abrazaba a Lilith para mantenerle el calor, me quité el guante izquierdo. En cuanto salió, la sangre cayó a chorros desde dentro.
Al mirar mi mano, la herida de la apuñalada estaba completamente abierta otra vez.
Me recargué más contra el muro, intentando conservar la poca energía que me quedaba. La hemorragia también estaba bajando mi temperatura corporal. Sabía que no podría seguir dándole calor a Lilith por mucho tiempo, así que, con cuidado, la dejé recostada junto a Scarlett para que ella pudiera compartirle el suyo. Todo lo hice con la mano derecha, la única que aún podía mover sin sentir que se me rompía.
El cansancio me estaba arrastrando al sueño.
No quería, pero cada vez que parpadeaba demasiado tiempo, mi cuerpo cedía.
Me obligaba a abrir los ojos de golpe… hasta que finalmente me quedé dormido por unos segundos.
Dormía un poco, despertaba sobresaltado… dormía otro poco, reaccionaba. Sabía que si me quedaba dormido de verdad, ahí terminaba todo.
Y entonces lo escuché.
Pasos.
Pasos acercándose.
Ya estaban aquí.
Mi enojo despertó antes que mi cuerpo. Una rabia fría, directa. No quería huir. No quería hablar. Solo quería que tocaran ese maldito muro… y morirían.
Me preparé. Apreté los dientes.
Cuando escuché que alguien golpeaba el muro con fuerza, estiré mi mano izquierda hacia él.
No lo hice con miedo.
Lo hice con ganas.
Con esa furia que solo aparece cuando alguien te quiere arrebatar lo poco que te queda.
—Tóquenlo… —murmuré con rencor.
Apenas mi mano rozó el hielo, el oro comenzó a expandirse como una corriente viva.
No sabía si el intruso seguía ahí… hasta que escuché:
—¡William, no lo toques! ¡¡¡WILLIAM, NOOO!!!
Demasiado tarde.
Uno había caído.
Uno menos.
Y no me arrepentía en lo absoluto.
Solté una risa suave al principio… pero terminó siendo una risa llena de satisfacción, casi oscura.
Era raro sentirme tan… bien por algo así.
—Jajaja… —exhalé, sin fuerzas—. Uno menos… pronto romperán el muro. Será mejor que me prepare…
Me puse el guante y, tambaleando, me levanté usando el nuevo muro dorado como apoyo. Caminé hasta Scarlett y Lilith, las tomé con lo poco que me quedaba de fuerza y las arrastré para alejarlas lo más posible del muro. Las dejé juntas, recargadas contra un pilar.
Luego retrocedí unos pasos, poniéndome frente a ellas.
Miré el muro de oro y levanté mi mano izquierda.
Con la boca, me quité el guante. El sabor a hierro invadió mi lengua: mi propia sangre empapaba la tela. Intenté sujetarlo entre los dientes… pero estaba tan débil que cayó al suelo.
No me importó.
Subí mis puños.
Eso era todo lo que tenía.
Nunca aprendí a pelear.
Mi postura era mala.
Mi guardia aún peor.
Nox tenía razón cuando dijo que solo le gané por pura suerte.
Y esta vez, el enemigo no iba a bajar la guardia.
Solo me quedaba esperar a que entraran.
Las explosiones no cesaban. Cada una sacudía la sección como un golpe directo al pecho.
El muro de oro vibraba, se hundía, se deformaba como si algo quisiera atravesarlo con pura brutalidad. El metal se doblaba hacia adentro, arrancando chispas y desprendiendo una tensión que me mantenía despierto a la fuerza.
Yo solo observaba… con los puños apretados.
Mis nudillos dolían.
Mi mandíbula también.
—Vamos… rompan el muro… —murmuré con rabia contenida—. Entren…
Otra explosión, aún más fuerte, casi me tiró al suelo.
El oro se desgarró por un costado.
Retrocedí apenas, manteniéndome firme entre el muro y el pilar donde estaban Lilith y Scarlett.
No iba a permitir que algo o alguien pasara por encima de ellas.
Aunque mi cuerpo estuviera destrozado.
Aunque me temblara el brazo izquierdo por la sangre perdida.
Aunque mis piernas ya no aguantaran mucho.
Chhhhhhh—chhhhhh—chhhhhhh.
El sonido cortante se volvió más claro.
Una sierra.
Una sierra cortando oro.
El chillido subió de tono y las chispas volaron hacia dentro de la sección. Algunas casi me golpearon el rostro, obligándome a cubrirme la cara con el brazo derecho. El olor a metal caliente me ardió en la garganta.
Muy pronto estarían aquí.
Muy pronto entrarían.
Tragué saliva.
Apreté mis puños aún más.
Mi respiración era irregular, pero mis ojos no se apartaron del muro ni un segundo.
—Vengan… —susurré con una sonrisa torcida—. Vengan…
La ranura hecha por la sierra se abrió.
La luz del otro lado empezó a filtrarse.
El metal cedió, vibrando como si estuviera a punto de gritar.
¡CRACK!
El muro se partió.
Un pedazo enorme cayó dentro, levantando polvo y haciendo temblar toda la sección.
Y entonces lo vi.
El líder.
Cruzó el hueco con pasos pesados, respirando con furia.
Su rostro era puro odio.
Pero también había miedo.
Pánico disfrazado de violencia.
Me miró.
Me vio frente al pilar, cubriendo a Lilith y Scarlett con mi propio cuerpo.
Y estalló.
Avanzó un paso, rugiendo con una voz que casi pareció quebrarse:
—¡¡¡TÚ… TÚ ERES EL CULPABLE!!! —bramó—. ¡¡¡POR TU CULPA MURIÓ MI HOMBRE!!!
Su grito rebotó por toda la sección.
Los demás se quedaron congelados por un instante, mirando la estatua dorada de William detrás de él… y luego mirándome a mí.
Yo no respondí.
Solo levanté mis puños otra vez, tambaleándome, respirando con dificultad…
pero firme.
Esperándolos.
Los hombres levantaron sus armas, alineando los cañones hacia mi cabeza.
El silencio era tan pesado que podía oír mi propia respiración temblar.
Decidí romperlo.
—Te quejas de que maté a tu hombre… cuando ustedes atacaron a unos simples estudiantes. Yo solo me defendí.
El líder abrió los ojos apenas, como si mis palabras le hubieran dado una pieza que no sabía que faltaba.
Miró alrededor… y entonces vio los cuerpos inconscientes de mis compañeros.
Volvió a mirarme.
Esta vez, sin la más mínima duda de que decía la verdad.
—Parece que no nos informaron bien sobre quién estaría aquí hoy —admitió—. Pero eso no cambia nada. Tú mataste a uno de los míos.
Así que hagamos un trato. A cambio de uno de tus brazos… te dejaremos ir.
Antes de que pudiera responder, uno de sus secuaces explotó de furia.
—¡¡¿CÓMO PUEDES DECIR ESO?!! ¡¡ÉL MATÓ A WILLIAM!! ¡¡ERA TU GENTE!! ¿¡ACASO NO TE IMPORTABA!?
El líder lo miró de reojo… y rompió en una risa hueca.
—Jajaja… solo bromeaba. Jamás lo dejaría ir por un brazo.
Sus ojos volvieron a clavarse en mí.
No había risa ahora.
Solo decisión.
—A cambio de tu vida —dijo con voz baja y segura— no lastimaremos a tus compañeros… ni a las dos chicas detrás de ti.
Mi sangre se heló.
Sentí cómo un incendio de rabia quería estallar dentro de mí… pero no podía.
Si me movía, los mataban.
Se suponía que era un día tranquilo…
Se suponía que Lilith debía estar disfrutando…
Y ahora estaba así por mi culpa.
Todo por mi maldita presencia.
El líder vio mi expresión y sonrió.
—Quita esa mirada.
A menos que quieras que les vuele la cabeza a esas dos chicas.
Mi respiración se cortó.
No podía permitirlo.
No podía.
Tragué saliva. Mis puños temblaban de impotencia.
—…Está bien —dije al fin, con la voz quebrándose de rabia—. Acepto.
Pero no les harás nada. A nadie.
—Perfecto —respondió él, satisfecho—. Sabía que entrarías en razón.
Los secuaces levantaron de nuevo las armas, apuntando a mi frente.
Pero uno levantó la mano.
—Alto.
Yo… me encargaré personalmente de él.
Se acercó lento, con una mirada llena de odio.
Cuando estuvo frente a mí, apretó los dientes y murmuró:
—Esto… es por mi hermano William.
El golpe al estómago fue tan brutal que el aire salió de mis pulmones de inmediato.
Caí al suelo como un trapo.
No podía respirar.
No podía moverme.
Solo veía borroso cómo levantaba su pistola, apuntándome directo a la cabeza.
No podía defenderme.
No podía intentar nada.
Si lo hacía… ellos dispararían hacia Lilith, Scarlett y los demás.
Este era mi final.
Pero… al menos ellos vivirían.
Una sonrisa débil se formó en mis labios.
Me resigné.
Cerré los ojos.
Sentí el dedo apretando el gatillo.
Y entonces…
¡CRRSSSSHHHHHH!
El techo del museo se partió de golpe, rompiéndose como si fuera de papel.
Una figura cayó en picada, directo hacia nosotros.
El secuaz no tuvo ni un segundo para reaccionar.
¡BHAAAM!
El impacto fue tan brutal que el cuerpo del hombre se hundió contra el suelo, aplastado bajo el peso de Nox, quien apenas alcanzó a usar sus cadenas para amortiguar un poco la caída.
El secuaz murió al instante.
No hubo grito.
No hubo tiempo.
El polvo se elevó alrededor.
Las cadenas vibraron en el aire con un sonido metálico.
Nox quedó de pie sobre el cadáver.
Con su expresión fría de siempre, bajó la mirada hacia el cuerpo… y por un segundo pareció sorprendido.
Como si no hubiera sido su intención caer justo ahí.
Y lo confirmó con lo que dijo a continuación:
—Jajaja… vaya mala suerte debiste tener —comentó con ligereza—. Yo solo amortigüé mi caída. ¿Quién iba a pensar que estarías justo donde caí?
Luego giró la cabeza y me vio.
Su expresión cambió de golpe.
Esta vez la sorpresa fue absoluta.
—¡¡¿Qué rayos haces tú aquí?!! —exclamó Nox.
Yo, débil, apenas pudiendo mantenerme en pie, le respondí con una mueca cansada.
—No lo sé… tal vez porque había una excursión al museo.
Nox se quedó en silencio unos segundos.
Entonces lo recordó.
Su postura se tensó apenas… y por puro orgullo decidió no admitirlo.
—Ya sabía —dijo rápido, con un tono claramente nervioso—. Solo que… se me hizo tarde.
Luego, creyendo que no lo escucharía, murmuró casi en un susurro:
—Es verdad… ese maestro dijo que hoy habría una excursión… ¿cómo pude olvidarlo?
Antes de que pudiera decir algo más, una voz cargada de furia cortó el aire.
—…Así que tú eres el otro.
El jefe dio un paso al frente, los ojos ardiendo de ira, y levantó la mano.
—¡Fuego! —ordenó sin dudar.
Los secuaces abrieron fuego al instante.
El estruendo de los disparos llenó la sala…
pero las balas nunca llegaron a su objetivo.
Las cadenas de Nox comenzaron a girar a su alrededor, describiendo círculos perfectos, creando un escudo metálico que repelía cada impacto con chispas y estruendos secos. Las balas rebotaban, deformadas, cayendo al suelo sin fuerza.
Nox ni siquiera parecía prestar atención.
Ignorando por completo los disparos, giró la cabeza hacia mí y caminó con calma hasta donde estaba tirado en el suelo. Se inclinó, su sombra cubriéndome por completo.
Su voz fue fría.
Sin emoción.
—Pensar que podría quitarte la vida justo en este momento…
Mientras hablaba, una de sus cadenas se deslizó y se enrolló lentamente alrededor de mi cuello. El metal estaba frío. Pesado.
—Estás en bandeja de plata —continuó—. Es una lástima que esto no haya pasado justo después de que te recuperaras.
Me faltó el aire por un instante.
Luego Nox se incorporó.
La cadena se retiró de mi cuello como si nunca hubiera estado ahí.
Sin voltear a verme, avanzó hacia el jefe y sus secuaces.
—Quédate ahí —dijo con tono cortante—. Y no interfieras con mi misión.
Las palabras me golpearon más fuerte que cualquier golpe.
Ahí lo entendí.
Nox no había venido por la excursión.
No había sido casualidad.
No estaba ahí por mí.
Había venido por una orden.
Por la orden de esa persona.
Mientras intentaba ponerme de pie, apoyándome como podía en mis rodillas temblorosas, vi cómo Nox se lanzaba directo contra el jefe sin dudarlo un segundo.
Sus cadenas salieron disparadas hacia adelante, afiladas en la punta, apuntando directamente al cuello del hombre.
Era un ataque para matar.
Por un instante pensé que lo había logrado.
Pero entonces…
Clang.
Las cadenas chocaron contra algo invisible y fueron desviadas con violencia.
El jefe ni siquiera retrocedió.
Al fijarme mejor, lo vi.
El brazalete en su brazo brillaba con un tono púrpura intenso, formando una especie de escudo translúcido frente a él. Las cadenas de Nox rebotaron, dejando chispas en el aire.
El jefe sonrió.
Una sonrisa tranquila.
Segura.
Como si hubiera estado esperando exactamente eso.
—Interesante… —murmuró.
Metió la mano en su abrigo y sacó un cilindro negro.
Mi sangre se heló.
Lo reconocí al instante.
Era lo mismo que habían usado al inicio del ataque.
—¡Nox! ¡Espera, eso es—! —intenté gritar.
No llegué a terminar.
El jefe apretó el cilindro.
La onda expansiva sacudió el museo una vez más.
El mundo explotó en silencio.
El suelo se levantó.
Las paredes vibraron.
Las luces parpadearon hasta apagarse.
Sentí cómo mi cuerpo era lanzado hacia atrás. Caí al suelo con violencia. El dolor fue inmediato, insoportable. Mis oídos comenzaron a sangrar, un zumbido agudo atravesó mi cabeza. Sentí cómo la sangre bajaba por mi nariz y ardía en mis ojos.
No podía moverme.
No podía respirar bien.
Solo podía quedarme ahí… tumbado.
Con esfuerzo, giré la cabeza.
Vi a Nox.
Al principio parecía estar bien… de pie… inmóvil.
Pero entonces sus rodillas cedieron.
Cayó de rodillas al suelo.
El impacto había sido directo para él.
La sangre brotaba de sus oídos, de su nariz, de sus ojos. Su respiración era pesada, irregular. Estaba aturdido. Vulnerable.
El jefe comenzó a reír.
Una risa baja, satisfecha, mientras caminaba lentamente hacia Nox.
Sus pasos resonaban en la sala silenciosa.
Se detuvo frente a él y lo miró desde arriba.
—¿Lo sientes? —dijo con voz tranquila, casi amable—. Esa presión en la cabeza… ese vacío… No es daño físico. Es tu mente siendo aplastada.
Se inclinó un poco, quedando frente al rostro de Nox.
—¿Lo sientes? —repitió, ahora con voz firme—. Esa presión en la cabeza… ese silencio forzado… No es dolor común.
Se inclinó lo justo para que Nox pudiera verlo de frente.
—Es tu voluntad siendo aplastada.
El jefe caminó un paso alrededor de él, con calma absoluta.
—Eres fuerte —admitió—. Lo suficiente como para causar problemas. Pero la fuerza sin control… sin preparación… solo sirve para alargar lo inevitable.
Se detuvo frente a Nox y lo miró desde arriba, como se mira a algo que ya está vencido.
—Aquí, arrodillado, sangrando… este es tu verdadero lugar.
Levantó el cilindro aún caliente y habló con una seguridad aplastante.
—Este lugar no es para mocosos como tú.
Bajó la mirada, fría, definitiva.
—Ahora dime…
¿dónde quedó tu confianza ahora?
¡Uf, qué capítulo tan intenso! Escribir esta escena me tuvo al borde del asiento, porque aquí el protagonista toca fondo: herido, exhausto, pero con esa rabia fría que lo define. No es un héroe invencible; es humano, frágil, y por eso duele tanto verlo sacrificarse por Lilith y Scarlett. Nox llega como un torbellino inesperado, recordándonos que sus rivalidades pasadas ahora se cruzan con algo mucho más grande. ¿Será esta la oportunidad para que entiendan que están del mismo lado? El cliffhanger con el jefe aplastando la voluntad de Nox… ¡ay, no sé si podré esperar a escribir el siguiente! Gracias por leer hasta aquí.
¿Qué piensan? ¿Sobrevivirán? Comenten abajo y prepárense porque el siguiente capítulo ¡Será aun más épico, papus!
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com