ĜØŁĐ - Capítulo 16
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Capítulo 16: Capítulo 16 “Victoria a Cualquier Costó”
Estábamos frente a frente.
Ninguno se movía.
Sabíamos que el primer paso podía decidirlo todo.
Un error… y uno de los dos no saldría con vida.
El secuaz lo tenía claro.
Era la primera vez que se enfrentaba a alguien con un poder tan anormal. No entendía cómo funcionaba del todo, pero sí sabía una cosa: no podía dejar que esa mano lo tocara.
Por eso su mirada estaba fija en mi brazo izquierdo.
En mis dedos.
En cualquier mínimo gesto.
El aire se volvió pesado.
Denso.
Como si el museo contuviera la respiración.
Entonces, él dio el primer paso.
Se lanzó hacia mí sin aviso.
Yo reaccioné al instante, avanzando también, extendiendo la mano izquierda con desesperación. Solo necesitaba alcanzarlo. Un roce. Nada más.
Pero fui yo quien cayó en su trampa.
Su pierna se elevó de golpe y me golpeó directo en el pecho.
—¡Ugh…!
El impacto fue seco, brutal. Sentí cómo el aire salía de mis pulmones de golpe, como si me los hubieran aplastado. Mi cuerpo salió disparado hacia atrás y caí al suelo con violencia, el golpe sacudiéndome por completo.
El secuaz pensó con frialdad:
Bien… un teep perfecto. Está en el suelo. Ahora debo acabarlo.
Me vio caer, vio cómo mi cuerpo temblaba, cómo luchaba por volver a respirar. Estaba convencido de que ese era el momento.
Pero no contaba con una cosa.
Antes de que pudiera avanzar, mi cuerpo se movió solo.
No pensé.
No planeé.
No decidí.
Me levanté de golpe, retrocediendo torpemente, tomando distancia por puro instinto, como un animal acorralado que se niega a morir.
El secuaz frunció el ceño, sorprendido.
Yo jadeaba con fuerza, el pecho ardiéndome como si estuviera en llamas. Cada respiración dolía. Las piernas me temblaban. Sentía un nudo en el estómago y un mareo que no se iba.
Ese golpe… sí me había afectado.
Si seguía recibiendo ataques así, no duraría mucho.
Apreté los dientes, obligándome a mantenerme en pie, aunque mi cuerpo gritaba que me detuviera.
El secuaz avanzó un paso, ahora más cauteloso.
—Te levantaste rápido… —murmuró, sin bajar la guardia—. Pero no te va a salvar.
Yo levanté la mano izquierda, temblorosa pero firme.
Tal vez no sabía pelear.
Tal vez no entendía técnicas ni estilos.
Pero mientras pudiera mover esta mano…
la pelea aún no estaba decidida.
Y él también lo sabía.
Mientras buscaba una forma de ganarle, un pensamiento cruzó por mi mente.
Era peligroso.
Suicida.
Pero ya no tenía alternativa.
Si no puedo vencerlo con fuerza… entonces lo haré engañándolo.
Me lancé contra él.
Forcé mi cuerpo más allá del dolor, más allá del mareo que me nublaba la vista. Cuando estuve lo suficientemente cerca, extendí mi mano izquierda para tocarlo.
El secuaz reaccionó de inmediato.
Demasiado obvio.
Se movió con precisión. Esquivó mi intento, me sujetó del brazo y, en un solo movimiento fluido, pasó su brazo alrededor de mi cuello. Me llevó el brazo a la espalda, bajó su centro de gravedad y me arrojó contra el suelo.
Control.
Presión.
Ahora, inmovilizarlo.
Mi pecho golpeó el piso con fuerza. El aire escapó de mis pulmones.
Estaba atrapado.
Mi cuerpo contra el suelo.
Su peso sobre mí.
Sin espacio para moverme.
No te levantarás. Así se neutraliza a alguien peligroso.
Levantó el puño.
—Aquí termina.
Ahora.
Mientras me derribaba, mientras su atención estaba en mantenerme inmóvil, me quité el guante de la mano derecha con la boca y lo dejé caer al suelo sin hacer ruido.
Este era el plan.
Desde el principio.
El secuaz no lo notó.
Estaba convencido de que había ganado.
Cuando levantó el brazo para rematarme, lancé un movimiento rápido con mi mano derecha.
No lo toqué de lleno.
Solo rocé su playera.
Fue suficiente.
El secuaz se quedó helado.
—¿…?
Sintió la resistencia extra al moverse. Bajó la mirada y vio cómo la tela comenzaba a endurecerse, perdiendo flexibilidad.
¿Qué demonios…?
Saltó hacia atrás de inmediato y, sin pensarlo, se arrancó la playera, tirándola lejos.
—No… no voy a caer así.
Su respiración se aceleró.
Calma. Retrocede. Reposiciona.
Me vio avanzar otra vez hacia él.
No me tocarás de nuevo.
Se preparó para esquivar.
Y entonces…
Sintió el peso.
Sus piernas no respondieron como esperaba.
Miró hacia abajo.
Su pantalón… ya no se movía como tela.
Era pesado.
Rígido.
Dorado.
—¿Cuándo…?
Trató de retroceder, pero el oro tiraba de él hacia el suelo.
—¡Maldita sea!
Mi plan había funcionado.
Mientras estaba en el suelo…
mientras él creía que había ganado…
lo había tocado sin que se diera cuenta.
Ahora solo tenía que terminarlo.
Me lancé una vez más, extendiendo la mano derecha, apuntando directo a su torso.
—¡No! —pensó él, entrando en pánico—. ¡No ahora!
Con un grito desesperado, lanzó un golpe cruzado, usando todo lo que le quedaba de fuerza, pero sin técnica.
—¡No… no caeré así…! —apretó los dientes—. ¡Aunque sea… te irás conmigo!
Lo vi venir.
Era lento.
Demasiado lento.
Intenté avanzar, intenté tocarlo con la mano derecha para terminarlo ahí mismo.
Pero mi cuerpo… ya no respondió.
Había llegado al límite.
El impacto contra mi mentón fue brutal.
Todo giró.
Mis piernas fallaron.
El mundo se volvió distante.
…ya está…
Sentí cómo mi cuerpo cedía, cómo la conciencia se me escapaba entre los dedos.
Después de todo… no fui suficiente…
Una amargura me apretó el pecho.
No.
No puedo rendirme aquí.
Tendré la vida tranquila que deseo…
no importa el precio.
No importa lo que tenga que sacrificar.
Con lo último que me quedaba…
Mientras caía…
Extendí mi mano izquierda.
Un movimiento torpe.
Instintivo.
Desesperado.
Mi palma rozó su abdomen.
El secuaz abrió los ojos de par en par.
—No… —pensó—. ¡No…!
Caí al suelo.
Y en el último instante antes de perder la conciencia, lo vi intentar lanzar otro golpe…
Pero su cuerpo ya no obedecía.
El oro lo cubrió por completo.
Quedó congelado para siempre, convertido en una estatua dorada, atrapado en el momento exacto en que creyó haber ganado.
La pelea había terminado y mientras caía inconsciente por el agotamiento solo pensaba en una cosa.
Yo…
había ganado.
—————————————————
La mañana comenzó con caos.
Como siempre.
—¡Scarlett! ¡Levántate o llegarás tarde otra vez! —gritó mi mamá desde la cocina.
Me giré en la cama, enterrando la cara en la almohada.
—Cinco minutos más…
—¡Tu novio ya llegó!
Abrí los ojos de golpe.
—¿¡QUÉ!?
Me incorporé tan rápido que casi me caigo de la cama.
—¡Mamá, deja de decir eso! ¡No es mi novio!
—Ajá, ajá —respondió con ese tono burlón que tanto odiaba—.
Gruñí mientras me ponía cualquier cosa encima y bajé las escaleras casi corriendo.
Y ahí estaba.
Jay.
Con esa sonrisa nerviosa que siempre pone cuando no sabe cómo explicar algo…
Y ella.
La chica de cabello plateado.
Alta.
Elegante.
Demasiado tranquila.
Mi cerebro tardó unos segundos en reaccionar.
—¿Jay? —dije, parpadeando—. ¿Qué haces aquí tan temprano?
—Necesito tu ayuda —respondió.
Antes de que pudiera preguntar más, mi mamá apareció detrás de mí como un demonio invocado y me susurró:
—¡Scarlett! ¡Qué grosera! ¡Saluda bien a tu novio!
—¡MAMÁ!
Sentí cómo la sangre se me subía a la cara.
—Buenos días, señora… —dijo Jay, claramente incómodo.
—Ay, qué educado —sonrió ella—. Los dejo solos.
Y se fue, riéndose.
Suspiré largo.
—Lo siento… —murmuré—. De verdad.
—Estoy empezando a creer que lo hace a propósito —respondió Jay con una risa nerviosa.
Entonces me explicó todo.
La excursión.
El museo.
Y que Lilith no sabía qué era ropa casual.
Miré a la chica de nuevo.
Ella me observaba con calma, como si nada de esto le pareciera extraño.
¿Cómo alguien puede verse tan… perfecta… sin intentarlo?
—Está bien —dije al fin—. Ayudaré.
Y aunque no lo admití en voz alta…
me divertí más de lo que esperaba.
Abrí mi clóset como si fuera una batalla.
—No, eso no.
—Eso tampoco.
—¡Esto definitivamente no!
Lilith solo asentía, obediente, sin quejarse.
Cuando salió del baño con esa blusa y falda…
Se me quedó el aire atorado.
Jay también se quedó mirándola.
Y ahí fue cuando algo me pinchó el pecho.
No era enojo.
No exactamente.
Celos…
—Bueno… —dije rápido—. Quedó mejor de lo que imaginé.
Me cambié enseguida.
No iba a quedarme atrás.
Me metí a mi clóset y salí al poco rato con una camiseta ajustada beige y un short negro a media pierna.
Entonces pude ver cómo Jay se sonrojaba.
Por dentro estaba feliz de que él reaccionara así.
Hasta me sonrojé un poco, pero no dejaría que me viera así.
—¿Q-qué? —dije al notar su reacción—. Es ropa normal.
—S-sí, normal… —respondió, mirando a otra parte.
En el autobús, mis amigas no tardaron ni un segundo.
—¡SCARLETT!
—¿Quién es esa chica?
—¿Por qué parece salida de una revista?
—No es modelo —respondí, cruzándome de brazos—. Es… amiga de Jay.
Decirlo fue más difícil de lo que pensé.
Desde mi asiento los observaba.
Cada chico que se acercaba a Lilith salía derrotado.
Ella ni siquiera los miraba.
Pero con Jay…
se sentó a su lado sin pensarlo.
Claro…
—Es intimidante —susurró una de mis amigas.
—Sí… —respondí—. Un poco.
No quería admitirlo, pero sentía que algo estaba cambiando.
El museo era enorme.
Frío.
Silencioso.
Mis amigas se tomaban fotos, reían, hablaban de tonterías.
Yo también reía…
pero algo no estaba bien.
—Oigan… —dije—. ¿No sienten raro aquí?
—Es solo tu imaginación —respondió una—. Relájate.
Intenté hacerlo.
Entonces ocurrió.
Un zumbido profundo.
Una vibración que atravesó el suelo.
—¿Qué fue eso…?
Las luces titilaron.
El aire se volvió pesado.
Sentí un dolor agudo en la cabeza.
Vi a estudiantes caer.
Otros gritar.
Mis piernas temblaron.
—Jay… —murmuré.
Lo busqué desesperada.
Lo vi tambaleándose.
Y vi a Lilith.
Se esforzaba por mantenerse de pie…
Su rostro estaba tenso.
Su mirada, alerta.
Intenté acercarme.
Cada paso era más difícil.
El sonido se apagaba.
No… todavía no…
Mi cuerpo cedió.
Lo único que vi fue la oscuridad.
El techo del museo estaba roto.
Grietas como telarañas recorrían el concreto. Polvo suspendido en el aire.
El olor metálico… intenso.
Sangre.
Mis labios se curvaron solos.
—Ah… —exhalé—. Ya desperté.
Mi voz sonó distinta. Más baja. Más lenta.
Más mía.
Me incorporé sin dificultad. Demasiado fácil para alguien que había estado inconsciente. Mi cuerpo se sentía ligero, caliente, vivo de una forma antinatural. Como si algo dentro de mí se hubiera desperezado después de una larga espera.
Miré alrededor.
Estudiantes tirados por el suelo. Algunos respiraban. Otros no se movían.
Vidrio roto. Vitrinas destrozadas.
Y hombres.
Cuatro.
No.
Uno de ellos estaba avanzando hacia Jay.
Mis ojos se clavaron en su espalda.
Algo dentro de mí se tensó.
No fue preocupación.
No fue miedo.
Fue molestia.
Irritación pura.
—No toques… —murmuré— lo que es mío.
Mi cuerpo se movió antes de que mi mente pudiera intervenir.
Corrí.
El impacto de mi rodilla contra su rostro fue limpio, brutal, perfecto. Sentí el crujido del hueso bajo mi pierna.
CRACK.
El hombre salió disparado y se estrelló contra una columna. Su cuerpo cayó al suelo como un muñeco roto.
Me detuve.
Respiré hondo.
El pulso en mis oídos era fuerte.
Delicioso.
Qué… bien se sentía.
Los otros tres se quedaron congelados.
—¿Qué demonios fue eso…? —susurró uno, retrocediendo.
Giré lentamente el rostro hacia ellos.
Mi sonrisa ya no fingía ser humana.
—Ups —dije, ladeando la cabeza—. Creo que me emocioné.
Entonces lo sentí.
El latido.
No era solo un corazón. Era algo más profundo.
La maldición estaba despierta.
No gritaba.
No empujaba.
Susurraba.
Más.
Miré hacia Jay.
Estaba en el suelo. Sangrando. Forzándose a mantenerse consciente.
Y ese olor…
Tragué saliva.
Mi lengua cosquilleó.
Me acerqué despacio. Los otros no se movieron. Me observaban con miedo.
Como debía ser.
Me agaché frente a Jay y tomé el guante que se había quitado.
—Scarlett… —susurró él, tenso.
Lo miré a los ojos.
Y sentí algo que me hizo estremecer.
No ternura.
No amor.
Posesión.
Me llevé el guante a los labios.
El sabor explotó en mi boca.
Caliente.
Espeso.
Íntimo.
Perfecto.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
—Tu sangre… —susurré junto a su oído— es deliciosa.
Deslicé un dedo por sus labios, marcándolos de rojo.
—Después de esto… —murmuré— quiero quedarme contigo.
Sonreí.
—A solas.
Mis ojos ardieron un instante en rojo.
—Sin que Lilith moleste.
No era yo.
O tal vez sí.
Tal vez esta…
también era yo.
—¡Se levantó! —gritó uno de los hombres.
Chasqueé la lengua.
—Tsk… siempre interrumpen.
Me incorporé justo cuando el hombre al que había derribado se levantó, sacudiéndose el cuello con furia.
—Maldita perra… —escupió—. Te voy a—
No lo dejé terminar.
Agarré el guante con la boca.
Quería su sangre.
Toda.
Me lancé contra él.
El combate fue corto. Violento. Mis movimientos no eran elegantes ni técnicos. Eran instintivos. Voraces. Cada golpe lo hacía retroceder. Cada error suyo lo acercaba más al suelo.
Pero entonces—
Sentí algo más.
Los otros dos se estaban moviendo.
No hacia mí.
Hacia Jay.
Giré la cabeza.
Una cúpula translúcida lo rodeaba. Aislándolo.
—Tsk… —chasqueé la lengua—. Qué fastidio.
El hombre frente a mí intentó atacarme. Lo esquivé sin pensarlo y le clavé el codo en el pecho.
Pero ya no importaba.
No iba a dejar que nadie más se acercara a Jay.
El aire cambió.
Un rugido helado atravesó la sala.
Escarcha cubrió el suelo.
Me quedé inmóvil.
Lilith.
De pie.
Temblando.
Pálida.
Usando su poder.
Algo desagradable se retorció en mi pecho.
Celos.
—Siempre tú… —susurré.
El calor dentro de mí comenzó a apagarse. La maldición retrocedía, dejándome cansada, pesada… insatisfecha.
—Justo ahora… —murmuré, llevándome una mano a la frente.
Pero no había terminado.
Frente a mí, el secuaz respiraba con dificultad. Me miraba con terror.
Sonreí.
Despacio.
—Bien… —dije, acomodándome—. Sigamos.
Acomodé el guante del lado donde había más sangre.
Lo sentí.
La fuerza volvió a mí.
Sonreí.
Él sería mi presa.
Después iría con Jay.
Quería ver qué cara pondría Lilith al entenderlo.
Al comprenderlo.
Jay no era de nadie más.
Nunca lo fue.
Nunca lo será.
Él es mío.
Solo mío.
¡Uf, qué capítulo tan brutal! Escribir esta pelea me dejó exhausto, porque el protagonista pasa de presa a depredador con ese truco genial del guante, fingiendo debilidad para convertir al secuaz en oro puro.
Mientras que por otro lado Scarlett explota en su lado oscuro, bebiendo sangre con esa posesión celosa hacia Jay que da escalofríos – ¡esos celos con Lilith son fuego! Y el flashback matutino relaja justo antes del caos, recordándonos cómo todo escaló de un día normal.
¿Scarlett lo reclamará todo?
¿Quién les gustó más, la astucia de Jay o la ferocidad de Scarlett? ¡No aguanto esperar al siguiente capítulo porque Será mucho más Épico, Papus!
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