Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

ĜØŁĐ - Capítulo 17

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. ĜØŁĐ
  4. Capítulo 17 - Capítulo 17: Capítulo 17 "El dulce sabor a Sangre"
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 17: Capítulo 17 “El dulce sabor a Sangre”

Apenas recobré las fuerzas, sin soltar el guante de la boca, lo vi moverse.

El secuaz flexionó la pierna.

No fue un gesto casual.

Los músculos de su muslo se hincharon, tensos, marcados de forma antinatural, como cuerdas a punto de romperse. El brazalete de su brazo brilló con un tono rojizo intenso, pulsando al ritmo de su respiración.

¿Qué…?

No entendía qué hacía ese objeto.

Pero mi instinto gritó.

En el instante siguiente, desapareció.

—¡Ahora! —pensó él, apretando los dientes—.

Con este refuerzo… ni siquiera podrá reaccionar.

Mi vista no logró seguirlo.

No fue velocidad normal.

Fue un vacío repentino, como si el espacio se hubiera plegado.

Y entonces lo vi.

A centímetros de mí.

Su brazo ya estaba extendido.

Los músculos de su hombro y antebrazo se tensaron de golpe, inflándose de manera grotesca justo antes del impacto.

—Muere —pensó el secuaz—. Con este golpe debería quedar hecha pedazos.

Alcé los brazos por reflejo.

Demasiado tarde.

El golpe cayó.

La fuerza no fue solo un impacto… fue presión, como si todo el peso del mundo se concentrara en un solo punto. Sentí cómo mis brazos crujieron, no con un sonido limpio, sino con algo más profundo, torcido, como madera húmeda forzada más allá de su límite.

El dolor explotó.

Salí despedida.

CRASH.

Mi cuerpo atravesó una vitrina. El vidrio estalló a mi alrededor en una lluvia afilada mientras mi espalda chocaba contra la base. El mundo se volvió blanco por un instante.

El guante seguía en mi boca.

No lo solté.

Ni siquiera cuando el dolor me atravesó los nervios como fuego.

—…ah…

Intenté mover los brazos.

No respondieron bien.

Colgaban.

Estaban mal.

Se sentían pesados.

Cada respiración hacía que el dolor regresara en oleadas, punzante, cruel, como si algo dentro de mí estuviera roto y rozara cada vez que me movía.

—Debería estar inconsciente… —pensó el secuaz, frunciendo el ceño—.

Ese golpe destroza huesos.

Me incorporé lentamente entre los restos de vidrio.

Mis manos temblaban.

Mis brazos gritaban que me detuviera.

Pero entonces—

La sangre.

La que había quedado dentro del guante.

La mordí con más fuerza.

El sabor caliente me llenó la boca.

Tragué.

Y el mundo cambió.

El dolor no desapareció…

pero se volvió lejano.

Opaco.

Como si ya no fuera lo más importante.

Ah… ahí estás.

La maldición despertó del todo.

—¿Qué…? —pensó el secuaz al verme sonreír—.

No… eso no es normal.

Mis latidos se aceleraron. Sentí un calor denso recorrerme desde el estómago hasta el pecho, bajando por los brazos rotos como si los envolviera desde dentro.

Bebí más.

Cada trago apagaba el dolor…

y encendía algo peor.

Mi respiración se volvió irregular.

Mis pupilas se dilataron.

Más.

La voz ya no susurraba.

Exigía.

—Heh… —reí bajo, con la sangre aún en los labios—.

Eso dolió…

El secuaz retrocedió medio paso sin darse cuenta.

—No… —pensó—.

No puede estar recuperándose. Esto es imposible.

Me levanté del todo.

Mis brazos seguían mal, frágiles, torcidos…

pero mi cuerpo ya no los escuchaba.

Solo había una idea clara en mi mente.

Jay.

Solo mío.

Mi sonrisa se volvió lenta, torcida, peligrosa.

—No vuelvas a tocarme… —dije en voz baja—.

Ni a él.

El secuaz tragó saliva.

—¿Qué demonios…? —pensó—.

Esto ya no es una pelea.

Me lancé hacia él.

No para pelear.

Para cazar.

Y mientras avanzaba, con la sangre aún en mi boca y la mente deslizándose hacia el borde…

Supe una cosa con absoluta claridad:

Ya no iba a detenerme.

El secuaz dejó de lado el asombro.

Ya no había espacio para dudas ni miedo.

Esto no es una estudiante.

Esto es un error que debo borrar ahora.

Apretó los dientes y el brazalete volvió a brillar con violencia. El refuerzo recorrió su cuerpo como una descarga. Sus músculos se tensaron aún más, empujando sus límites hasta el borde.

—No te levantarás otra vez —pensó—. Aquí se acaba.

Yo ya estaba moviéndome.

Mi cuerpo se lanzó hacia él sin permiso, sin cálculo, como una fiera guiada solo por el hambre y el nombre de Jay latiendo en mi cabeza.

Mío.

No lo toques.

No lo mires.

Pero él se adelantó.

No esperó mi golpe.

Leyó mi trayectoria.

Se movió antes de que pudiera reaccionar, colocándose justo en el punto donde mi ataque iba a nacer. De pronto estaba demasiado cerca, demasiado rápido, y mi cuerpo no estaba preparado para cambiar el movimiento.

—Ahora —pensó el secuaz—. La detuve.

Mi golpe murió antes de nacer.

Y entonces su puño vino hacia mí.

Directo al rostro.

No me importó.

La sangre de Jay seguía caliente en mi boca, su sabor dominándolo todo. El dolor ya no era una advertencia… era solo ruido.

Pero justo antes del impacto—

Giré la cabeza.

No fue algo que pensara.

No fue técnica.

Fue instinto puro.

Moví mi rostro hacia el golpe, siguiendo su trayectoria, dejando que pasara en lugar de oponerse de frente.

El impacto llegó.

Pero no explotó.

El golpe me sacudió, sí, pero no fue ese martillazo devastador de antes. El daño se dispersó, se deslizó, como si mi cuerpo hubiera decidido ceder en lugar de romperse.

—¿Qué…? —pensó el secuaz, sorprendido—.

¿Por qué no cayó…?

Sonreí.

Sentí el calor subir.

Ese instante fue suficiente.

Giré sobre mí misma y lancé una patada directa a su cuello, con todo el peso de mi cuerpo, con toda la rabia y la posesión ardiendo en mi pecho.

El impacto fue brutal.

O al menos… eso esperaba.

Pero lo que sentí fue otra cosa.

Duro.

Inmóvil.

Como si hubiera pateado una enorme roca.

—Tch… —chasqueé la lengua, aterrizando con torpeza.

Mi pierna vibró por el choque.

El secuaz dio apenas medio paso atrás.

Había sentido el golpe.

No lo ignoró.

Pero no fue suficiente.

—Lo sentí… —pensó—.

Pero con este refuerzo… no es nada.

Alzó la guardia de nuevo, respirando con fuerza.

—Eres peligrosa —murmuró en voz alta—.

Demasiado.

Mis ojos ardieron.

Me llevé el guante más profundo a la boca, bebiendo otra vez.

La sangre volvió a fluir.

Más.

Más.

Mi sonrisa se torció.

—¿Peligrosa…? —susurré—.

No…

Di un paso al frente, lenta, saboreando cada latido.

—Yo solo estoy protegiendo lo que es mío.

—¿Lo que es tuyo…? —repitió el secuaz, soltando una carcajada áspera—.

Solo te la pasas diciendo eso, mocosa.

Ya vi que estás bien loca.

Sus músculos volvieron a tensarse bajo la piel, marcándose de forma antinatural. El brazalete pulsó una vez más, rojo, violento.

—Y a mí… —añadió mientras avanzaba— no me gustan las locas.

Se lanzó.

Su puño izquierdo vino primero, rápido, directo al rostro.

Reaccioné por reflejo.

Mi cuerpo se inclinó hacia la derecha, forzando una esquiva torpe, apenas suficiente. El aire se cortó a centímetros de mi cara.

Demasiado rápido…

Pero no terminó ahí.

Sentí el giro antes de verlo.

Su cuerpo rotó sobre su eje con una fluidez brutal, y su brazo derecho se cargó con todo el peso del movimiento. El golpe venía de atrás, amplio, imposible de esquivar en tierra.

No había espacio.

Salté.

Mi cuerpo se impulsó hacia atrás y, en el aire, apoyé el pie contra su brazo derecho. No para atacarlo… sino para usar su propia fuerza.

El impacto del golpe me empujó.

Mi cuerpo salió disparado hacia atrás, alejándose de él.

Por un instante pensé que había funcionado.

Pero entonces—

—Te tengo.

Su mano se cerró alrededor de mi tobillo.

El agarre fue firme. Demasiado firme.

Sentí cómo el mundo se invertía.

—Ahora sí —pensó el secuaz, apretando los dientes—.

No te levantas más.

Tiró de mí con violencia.

El suelo subió a mi encuentro.

No tuve tiempo de cubrirme.

Mi espalda y mi cabeza golpearon contra el piso con un estruendo seco que sacudió el aire. El impacto me arrancó el aliento, una explosión blanca cruzó mi visión.

Dolor.

Mucho.

Pero incluso mientras el mundo temblaba…

Mis dientes no soltaron el guante.

La sangre seguía fluyendo.

Caliente.

Mía.

No.

Suya.

Mi sonrisa apareció, torcida, peligrosa, incluso mientras yacía en el suelo.

—H-huh… —exhalé, riendo bajo—.

Eso dolió…

El secuaz levantó el brazo para rematar.

—Se acabó —gruñó.

Pero mis ojos rojos se clavaron en él.

Antes de que pudiera lanzar el golpe final, mi cuerpo reaccionó solo.

Ambas piernas se tensaron y, desde el suelo, descargué un golpe directo a su pecho.

No fue elegante.

No fue técnico.

Fue puro instinto.

Mis pies impactaron justo en el centro, donde el aire se le roba al cuerpo.

El golpe fue tan violento que lo levanté del suelo.

Literalmente.

Su cuerpo se arqueó mientras era empujado hacia arriba, el aire escapando de sus pulmones en un sonido ahogado.

—¡…!

Salté tras él.

Mi pierna subió, lista para rematarlo en el aire.

Pero reaccionó.

Su puño salió disparado y chocó contra mi patada con una fuerza brutal.

El impacto resonó como un trueno.

La vibración recorrió mi pierna y explotó en dolor.

Ambos salimos despedidos.

Él se estrelló contra una vitrina.

Yo atravesé otra.

El cristal me envolvió.

Sentí cómo se incrustaba en mi piel, en mis brazos, en mis piernas. El suelo me recibió con otro golpe seco.

Todo dolía.

Todo.

Mi pierna… la que había recibido su puño… no respondía bien. Se sentía blanda, torcida, inútil.

El secuaz, en cambio, solo estaba aturdido.

Se incorporó con un gruñido, sacudiendo el cuello, y comenzó a caminar hacia mí con paso firme.

—Se acabó —dijo entre dientes.

Y entonces…

Empecé a reír.

No una risa alegre.

Era rota.

Baja.

Enferma.

Me levanté lentamente, como un cadáver arrastrándose fuera de su tumba.

Cristales incrustados en mi cuerpo.

Sangre bajando por mi rostro.

Mi pierna torcida, apenas sosteniéndome.

Pero mi boca…

Mi boca seguía aferrada al guante.

La sangre de Jay era cada vez menos.

Lo sentía.

—Je… jejeje… —reí, levantando la mirada—.

Se va a acabar…

Eso me molestó.

No.

Eso no podía pasar.

Así que decidí apostarlo todo.

Me lancé contra él.

El choque fue brutal.

Nuestros cuerpos chocaron con violencia, y enseguida comenzó el intercambio.

Puños.

Rodillas.

Codazos.

Uno tras otro.

El sonido de los golpes llenó la sala.

Él golpeaba con fuerza monstruosa. Cada impacto me sacudía los huesos, me arrancaba aire, me hacía escuchar cómo algo dentro de mí se rompía.

Pero yo no me detenía.

Golpeaba de vuelta.

Una y otra vez.

El secuaz fruncía el ceño, sorprendido.

¿Por qué…?

¿Por qué sigue de pie…?

Sentía mis golpes.

No le dolían demasiado… pero estaban ahí.

—Tch… —pensó con una mueca—.

Está igualando el ritmo…

Luego sonrió internamente.

No importa.

Esto es una pelea de desgaste.

Mis golpes la están destruyendo.

Los suyos apenas me afectan.

Ya gané.

Mientras tanto, yo…

No sentía miedo.

No sentía duda.

Solo el sabor.

Dulce.

Cálido.

Adictivo.

Cada trago de la sangre de Jay apagaba el dolor, incluso mientras escuchaba mis propios huesos crujir.

—Más… —pensé—.

Solo un poco más…

Entonces ocurrió.

El brazalete del secuaz volvió a brillar.

Pero ya no era rojo.

Se volvió negro.

El cambio fue inmediato.

Los músculos que antes se tensaban ahora se retraían, como si algo les arrancara la vida desde dentro. La piel se le pegó al hueso. Sus brazos temblaron.

—¿Qué…? —murmuró, alarmado, sintiendo un tirón extraño en el brazo. No dolor. Algo peor.

Debilidad.

Miró su mano.

Los músculos, que segundos antes estaban tensos como cables, comenzaron a retraerse. A encogerse. La piel se le pegó al hueso.

No…

No, no, no…

Intentó cerrar el puño.

No respondió como debía.

—¿Qué… qué demonios…? —murmuró.

El pánico empezó a filtrarse.

El brazalete vibró una última vez… y murió.

Y con él, su cuerpo.

Los músculos de sus piernas temblaron y se secaron, perdiendo volumen a una velocidad antinatural. El soporte desapareció. Su postura firme se volvió torpe.

Esto no está pasando.

Esto no debería pasar.

El refuerzo… el refuerzo no falla así…

Intentó dar un paso.

Casi cae.

—¡No! —pensó, ahora desesperado—.

¡Muévete! ¡Muévete, maldita sea!

El terror lo golpeó de frente.

Atrofia…

La palabra apareció en su mente como una sentencia de muerte.

Está… devorando mis músculos.

Su respiración se aceleró.

Miró a la chica.

Scarlett.

Ella lo observaba.

Sonriendo.

No como una estudiante.

No como una humana.

Sino como un depredador al que acababan de quitarle la jaula.

—Ah… —susurró ella—.

Ahora sí…

El secuaz intentó retroceder.

Falló.

Su cuerpo ya no le pertenecía.

No…

Yo tenía la ventaja…

Esto era una pelea de desgaste…

Yo iba a ganar.

La comprensión lo destrozó.

No es normal.

Ella nunca fue normal.

Esta cosa… disfruta esto.

El miedo llenó su rostro.

Puro.

Crudo.

Sus ojos se abrieron de par en par mientras levantaba los brazos, inútiles.

—E-espera… —intentó decir.

Fue inútil.

El primer golpe lo lanzó contra el muro.

El impacto le arrancó el aire.

Luego vinieron los demás.

Uno.

Dos.

Tres.

Cada golpe era una sentencia.

No puedo… defenderme…

No puedo… huir…

Voy a morir.

Cayó al suelo, inconsciente.

Pero ella no se detuvo.

Scarlett se lanzó sobre él.

Golpeó.

Una vez.

Otra.

Y otra.

—Mío… —repetía entre risas—.

Mío… mío… mío…

Cada golpe arrancaba más sangre, bañándome el rostro, el cabello, el cuerpo entero.

No sabía cuándo parar.

No quería.

Solo cuando mi respiración se volvió pesada y mis brazos temblaron, me detuve.

Me quedé de pie.

Cubierta de sangre ajena.

Sonriendo.

Y mientras el mundo del secuaz se apagaba por completo,

su último pensamiento fue tan claro como aterrador:

No fue una pelea…

Fui cazado.

Mis pasos se volvieron torpes.

Pesados.

Cada movimiento costaba más que el anterior, como si el suelo quisiera tragarme.

Fue entonces cuando lo noté.

El guante.

Lo llevé instintivamente a los labios.

Vacío.

Nada.

Ni una sola gota más.

Mis dedos temblaron.

—Ah… —susurré, con una mueca triste—. Se acabó…

El calor que recorría mi cuerpo comenzó a apagarse. Esa fuerza deliciosa, ese pulso salvaje que me mantenía en pie… se retiraba lentamente, como una marea que ya había cumplido su capricho.

Mis piernas flaquearon.

Me apoyé contra una vitrina rota, dejando una mancha de sangre que ya no sabía si era mía o suya.

—Qué cruel… —murmuré—. Justo cuando me estaba divirtiendo…

Tragué saliva.

El sabor persistía apenas en mi lengua.

Dulce.

Adictivo.

Y la ausencia dolía más que cualquier golpe.

No poder beber más de la sangre de Jay…

Eso sí me entristecía.

Fruncí el ceño.

—Quería un poco más… —susurré—. Solo un poco…

Mi respiración se volvió irregular.

Cada latido era más lento.

Más pesado.

El mundo comenzaba a inclinarse.

Pero entonces sonreí.

Porque había ganado.

Lo había destrozado.

Lo había protegido.

Y, más importante…

Me imaginé su cara.

La de Lilith.

Esa expresión fría rompiéndose al verme junto a Jay. Al darse cuenta de que yo había sido la que peleó. La que sangró. La que probó su sangre.

La que lo reclamó.

Una risa escapó de mis labios.

Baja.

Satisfecha.

—Jajaja…

Mis rodillas cedieron.

El guante cayó de mi boca y golpeó el suelo con un sonido hueco.

Mis dedos ya no podían cerrarse.

El cansancio me envolvió como un manto pesado.

—Vale… —susurré, dejando caer la cabeza hacia atrás—. Ya estuvo bien por hoy…

La última cosa que sentí…

Fue satisfacción.

Después…

Nada.

Mi cuerpo cayó al suelo, inmóvil, mientras la sangre corría sobre mi piel y la oscuridad me reclamaba por completo.

Este capítulo marca un punto de quiebre para Scarlett. No solo por la violencia del combate, sino por lo que despierta dentro de ella cuando es llevada al límite. La pregunta no es si ganó o perdió la pelea, sino quién fue realmente la que peleó. Scarlett no es del todo consciente de lo que hace cuando la sangre entra en juego; sus recuerdos se vuelven difusos, sus decisiones automáticas, como si otra voluntad tomara el control de su cuerpo. ¿Fue ella quien cazó al secuaz… o algo más despertó en su interior?

La sangre de Jay no solo funciona como un catalizador de poder, sino como una llave que abre una puerta peligrosa. Esa “otra Scarlett” no siente culpa, no duda, no se detiene. Disfruta. Y cuando la sangre se acaba, lo único que queda es el vacío… y la confusión de haber hecho algo que no recuerda del todo.

Prepárense, porque el siguiente capítulo ¡será aún más épico, papus!

Las consecuencias de esta pelea apenas comienzan, y lo que despertó dentro de Scarlett ya no puede volver a dormirse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo