ĜØŁĐ - Capítulo 18
- Inicio
- Todas las novelas
- ĜØŁĐ
- Capítulo 18 - Capítulo 18: Capítulo 18 " Firme y con una voluntad de hierro"
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 18: Capítulo 18 ” Firme y con una voluntad de hierro”
Apenas podía mantenerme de pie.
El pitido en mis oídos no se iba. Era como si el mundo se hubiera reducido a un zumbido constante, lejano, ajeno. Sentía algo caliente correr por mi cuello. Sangre. Lo supe sin necesidad de tocarme.
Mis piernas temblaban, pero no caí.
No podía caer.
Entre el mareo vi cuerpos en el suelo. Algunos inconscientes y otros moviéndose apenas. Busqué a Jay de inmediato, con desesperación.
Ahí estaba.
Tambaleándose.
No.
No, no, no…
Esto no puede estar pasando. Tengo que sacarlo de este lugar.
Antes de pensarlo, cerré los dedos alrededor de su muñeca y tiré de él. Teníamos que salir. Ahora. Lo arrastré hacia la salida de emergencia, obligándome a mantener los pasos firmes aunque mi propio cuerpo gritaba.
Cuando se soltó, llevándose una mano a la cabeza, me giré de golpe, lista para sostenerlo.
—S-sé… lo que intentas hacer…
Su voz era frágil. Rota.
Mi pecho se apretó.
Quise decirle que callara y caminara. Quise ordenarle que obedeciera. Pero entonces habló de nuevo.
—P-pero no puedo irme…
Scarlett.
Claro.
Siempre Scarlett.
Y los demás.
—Hay… hay personas que no han escapado… Tenemos que ayudarlos…
Mis labios se tensaron. Esto era peligroso. Estúpido. Imposible.
…y aun así.
—P-por favor, Lilith… ¿me puedes… ayudar con esto?
Sentí algo extraño en el pecho.
No era miedo.
Era… calor.
Él me estaba pidiendo ayuda.
Por primera vez.
Mi rostro se calentó de inmediato. Lo sentí. Pero no debía notarse. No podía permitírmelo.
Incliné la cabeza.
—Su seguridad es primordial, amo —dije con voz firme—. Pero sus deseos son órdenes. Estoy dispuesta a seguirlo a donde sea.
Lo decía en serio.
Aunque me costara la vida, lo acompañaría hasta el mismísimo infierno.
—Bien…
Se acercó más.
Demasiado cerca.
Cuando bajó la voz para explicarme el plan, sentí su respiración. Su rostro estaba tan cerca que tuve que concentrarme para no retroceder.
No mires.
Escucha.
Concéntrate.
—El museo está dividido en tres secciones…
Asentí mientras escuchaba, pero mi mente iba más rápido. Cálculos. Distancias. Tiempo.
Treinta minutos.
Tal vez menos.
—Lo sentí cuando llegaron —respondí—. Son muy peligrosos… además, es posible que tengan más artefactos como el que utilizaron. Por lo cual solo tenemos treinta minutos… pero si llegan antes… se reduciría a quince.
Debido a la explosión, mi cuerpo estaba demasiado débil, pero debía aguantar. Al menos hasta que él escapara.
—Ya veo…
Pensaba demasiado. Siempre lo hacía.
—No podremos evacuar a todos a tiempo…
No.
No podríamos.
—Lo dejaremos así… ya veremos cómo nos las arreglamos. No tenemos suficiente tiempo. Pongamos en marcha el plan.
Asentí.
Y corrí.
El hielo respondió al instante.
El frío salió de mí como un rugido contenido, atravesando el aire, congelándolo todo.
—¡Frost Wall!
El muro se alzó. Enorme. Sólido. Perfecto.
No lo miré.
No había tiempo.
Volví por más personas. Una. Dos. Tres. Mi cuerpo se movía solo. La maldición empujaba, ignorando mis límites.
Quince minutos.
Demasiado poco.
Resiste.
Solo un poco más.
—Lilith, ¿cómo vas?
—Si seguimos así… podríamos terminar en treinta minutos.
Mentira.
Pero necesitaba que él lo creyera.
Que siguiera moviéndose.
Entonces lo sentí.
El impacto.
Sin pensarlo, grité.
—¡¡¡JAY, ABAJO!!!
El estallido me atravesó el cuerpo.
Otro.
Otro más.
El hielo se agrietó.
Caí de rodillas un segundo.
No.
No aquí.
Entonces Jay se acercó, preocupado.
—¿Puedes repararlo?
—Sí…
Mi voz tembló.
—Pero con el daño constante… no podré mantenerlo por mucho…
Cada regeneración era como arrancarme algo del interior.
—¿Cuánto tiempo puedes resistir?
—Quince minutos… tal vez menos.
Él me pidió que aguantara.
Por favor…
No respondí.
Si hablaba, quizá no podría seguir. Pero sabía que no aguantaría mucho. El costo de cada regeneración era enorme… aun así, no dejaría que se preocupara más de lo necesario.
Apoyé la mano en el muro.
El hielo brilló.
Con cada ráfaga de explosiones sentía cómo mi cuerpo se rompía, pero aguantaría el tiempo necesario.
Pronto perdí la noción del tiempo. Ya ni siquiera me importaba cuánta sangre escupía. Lo único que veía era el muro manchado con mi sangre.
No caigas.
Mientras él esté aquí…
Esa idea era lo único que me mantenía en pie, pero pronto mis piernas fallaron.
Aun mientras perdía la conciencia, seguía regenerando el muro. Tenía que darle más tiempo, aunque fuera un segundo más.
No sentí cuándo caí.
Solo supe que el frío ya no dolía.
Débilmente percibí cómo Jay me cargaba, cómo se esforzaba por llevarnos a Scarlett y a mí a la sección tres.
Pronto él cayó al suelo, pero sabía que incluso en ese estado se levantaría para tratar de protegernos.
Así que decidí darle aunque fuera un poco de tiempo extra.
Aunque fuera a costa de mí.
—…frost… wall…
Mi cuerpo respondió por última vez y un nuevo muro se alzó.
El último.
Sentí cómo mi cuerpo se despedazaba, pero no me importó. Sabía que eso le permitiría recuperar fuerzas.
Y debido al dolor perdí la conciencia.
Después de un rato, comencé a despertar.
Sentía cómo mi cuerpo se enfriaba. Había ido más allá de lo que podía soportar… pero entonces sentí calor.
Brazos rodeándome.
Firmes.
Protectores.
Jay.
Mi corazón se calmó.
Estoy… segura.
Débilmente percibí cómo en su rostro se reflejaba culpa, y noté cómo se quitaba su guante.
Quise moverme. Quise decirle que no usara su poder. Que huyera.
No pude.
Pero me aferré a esa sensación.
A su calor.
A su presencia.
Ojalá este momento durara para siempre.
Me hundí en la oscuridad con una sonrisa que nadie vio, pensando una sola cosa:
Estoy con él.
Eso es suficiente.
No sé cuánto tiempo pasó, pero pude sentirlo.
Algo no estaba bien.
Una sensación repugnante y siniestra me recorrió el cuerpo, como si algo antinatural se hubiera despertado cerca. Ese sentimiento me alertó y me obligó a abrir los ojos, aun cuando mi cuerpo suplicaba seguir inconsciente.
Intenté incorporarme.
Cada músculo protestó, pero aun así logré ponerme de pie, tambaleándome. Fue entonces cuando lo entendí.
Jay.
Estaba encerrado dentro de una extraña cúpula.
Aun así, incluso en esa situación, su atención no estaba en él mismo… sino en Scarlett.
Ella estaba peleando.
Y no solo eso.
Vi cómo otras dos personas se acercaban hacia su posición.
Entonces lo sentí con claridad.
Esa sensación repulsiva… provenía de Scarlett.
Mi respiración se tensó.
Ella ya no era la misma.
No era solo violencia. No era solo ira. Era algo más torcido, más profundo… como si otra voluntad se hubiera apoderado de su cuerpo.
Era como si fuera otra persona.
Mi mano se cerró con fuerza.
No podía permitir que eso continuara.
Tenía que actuar.
Así que decidí intervenir.
Primero me encargaría de los dos secuaces que se dirigían hacia ella.
Después… sin importar el resultado de su enfrentamiento, me encargaría de Scarlett.
Porque en ese estado…
Era demasiado peligrosa.
Y no podía permitir que algo así estuviera cerca de Jay.
Me preparé y lancé una gran ventisca de hielo que hizo retroceder a los dos secuaces. Mi cuerpo estaba sobrepasando sus límites y, debido al esfuerzo, empecé a toser sangre, además de un frío intenso en el corazón, pero no me importó. Soportaría cualquier cosa con tal de protegerlo.
Mientras continuaba con la ventisca, dirigí mi mirada hacia Jay, haciéndole ver que yo me encargaría de los dos secuaces y que él se concentrara en su pelea.
Una vez enviado el mensaje, me dirigí hacia los dos secuaces, quienes estaban confundidos y aterrados.
Mi respiración era pesada. Sabía que mi cuerpo no resistiría otro uso prolongado de la maldición. A lo mucho, podría activarla una vez más.
Así que decidí apostarlo todo.
El hielo respondió a mi voluntad.
Frente a mí, el aire se congeló y tomó forma, compactándose hasta convertirse en un espadón de hielo, enorme, pesado, tan desproporcionado que parecía imposible de manejar.
Aun así, lo sujeté.
Forcé a mi cuerpo a moverse.
Y me lancé contra ellos.
Cuando lancé el primer golpe, el impacto no ocurrió como esperaba.
¿…?
El espadón chocó contra algo invisible.
CLANG.
La vibración me recorrió los brazos hasta los hombros, obligándome a retroceder un paso. El frío del hielo se desestabilizó por un instante.
No… lo bloqueó.
Frente a ellos, el secuaz había levantado el brazo. Su brazalete brillaba con un tono verde, y delante de ambos se extendía un escudo semitransparente, un campo de fuerza verdoso que ondulaba como una superficie líquida tras recibir el impacto.
—¿Viste eso? —dijo el secuaz del escudo con una sonrisa tensa—. Funcionó.
—Te dije que aguantaría —respondió el otro, soltando el aire que había contenido—. Mientras ese campo esté activo, no puede tocarnos.
Un escudo…
Así que ese es su truco.
Apreté los dientes. El peso del espadón comenzaba a sentirse demasiado real en mis brazos.
Mi cuerpo ya está al límite… no puedo darme el lujo de fallar golpes.
Los secuaces se miraron.
Y entonces algo cambió en sus expresiones.
La duda desapareció.
—Ahora sí —dijo uno de ellos—. Vamos a acabar con ella antes de que vuelva a lanzar otra cosa rara.
—Ve tú primero —ordenó el del escudo—. Yo te cubro.
El otro asintió y dio un paso al frente.
Su brazalete brilló de color naranja.
—No te muevas, muñeca —se burló—. Esto se va a acabar rápido.
El aire frente a él se distorsionó.
En un parpadeo, un clon idéntico apareció a su lado y se lanzó directo hacia mí.
¿Un duplicado…?
No tuve tiempo de analizarlo.
Me agaché por reflejo cuando el golpe pasó silbando sobre mi cabeza. El mundo giró y, usando ese mismo impulso, levanté el espadón con ambas manos.
—¡Ahora…!
El hielo cortó el aire.
El espadón atravesó al clon limpiamente, partiéndolo en dos. Su forma se deshizo como niebla rota.
Por un instante, sentí alivio.
Entonces escuché el sonido.
Un jadeo ahogado.
—¡Ghh…!
Alcé la vista.
El secuaz original se dobló hacia adelante y escupió sangre, llevándose una mano al pecho. Sus ojos se abrieron de par en par, llenos de confusión y dolor.
—¿Q-qué…? —balbuceó—. ¿Por qué…?
El del escudo retrocedió un paso.
—¡Oye! ¿Qué te pasa? ¡Solo fue el clon!
…Ya lo entiendo.
Mi respiración se volvió más lenta.
Más fría.
—Así que… —murmuré— si destruyo al clon… el daño regresa a ti.
El secuaz levantó la mirada hacia mí.
Su rostro había perdido todo rastro de confianza.
—No… espera… como rayos sabria yo que parte del daño se me regresaria… literalmente apenas nos dieron estas cosas como quieren que lo usemos bien…—susurró con voz temblorosa.
—¡Cierra la boca! —le gritó el del escudo, intentando recuperar el control—. ¡Solo mantente atrás! ¡Mientras yo sostenga la barrera, ella no—
Lo interrumpí dando un paso al frente.
Ajusté el agarre del espadón.
Un clon que comparte daño…
Un escudo que no puede atacar.
Perfecto.
—Entonces —dije, alzando el arma una vez más— solo tengo que romperte una y otra vez.
Ambos me miraron.
Y por primera vez…
Los vi dudar.
—Tengo un plan —dijo el del escudo en voz baja, sin apartar los ojos de mí—.
Tú solo atácalá. Yo me encargo del resto.
El otro secuaz sonrió, todavía con sangre en la comisura de los labios.
—Hmph… con gusto.
Su brazalete volvió a brillar de naranja.
El aire se distorsionó.
Uno.
Dos.
Cuatro.
Cuatro figuras idénticas se lanzaron contra mí al mismo tiempo.
¿Otra vez…?
Esperé.
Forcé a mi cuerpo a mantenerse firme pese al temblor en mis piernas. El frío en mi pecho se hacía más intenso, como si algo se quebrara por dentro.
Ahora.
Me lancé hacia adelante.
Esquivé al primero por centímetros. Giré el cuerpo y ataqué al segundo—
CLANG.
Mi espadón chocó contra algo invisible.
El escudo.
El secuaz del brazalete verde había extendido su campo de fuerza justo a tiempo, cubriendo al clon que estaba a punto de recibir el corte.
—¡No te distraigas! —gritó—. ¡Sigue atacando!
—¡Tch…! —chasqueó el del clon—. ¡Muévete, muévete!
Intenté fintar, cambiar el ritmo, atacar desde ángulos distintos, pero era inútil.
Cada vez que intentaba golpear a uno, el escudo aparecía.
Así que…
él decide a quién proteger.
Entonces ocurrió.
Más luz naranja.
—¿Qué…? —susurré.
Los cuatro se volvieron ocho.
Los ocho, dieciséis.
Dieciséis… treinta y dos.
Mi respiración se volvió errática.
No… no puedo…
Los ataques comenzaron a superponerse. Brazos, piernas, sombras idénticas viniendo desde todos los ángulos.
Esquivé los primeros.
Luego vinieron los golpes.
Uno en el hombro.
Otro en el costado.
Sentí algo crujir.
—¡Ja! —rió uno de los clones—. ¡Ya está cayendo!
—¡No la dejen respirar! —ordenó el del escudo, con el rostro tenso—. ¡Así, así…!
Mi cuerpo… ya no responde bien…
El mundo giró cuando retrocedí. Mis rodillas flaquearon.
Treinta y dos figuras se abalanzaron sobre mí al mismo tiempo.
Si sigo así… aquí termina todo.
Clavé la punta del espadón en el suelo.
—…lo siento —murmuré, sin saber a quién se lo decía.
Forcé mi maldición.
El dolor fue inmediato.
No fue frío.
Fue como si mi corazón se rompiera por dentro.
—¡¡GH—!!
El hielo explotó desde el suelo en todas direcciones.
Carámbanos afilados surgieron como lanzas, atravesando el aire, destrozando clones, clavándose en cuerpos.
—¡¿QUÉ DEMON—?! —gritó uno.
El secuaz del escudo reaccionó de inmediato, expandiendo su campo de fuerza para cubrir a los clones.
Pero entonces lo vi.
Una línea roja apareció en su mejilla.
Sangre.
…te herí.
Mis ojos se abrieron con claridad.
No puede protegerse a sí mismo y a los clones.
El escudo… solo cubre a uno.
—¡¿Estás bien?! —le gritó el del clon, alarmado.
—Cállate —respondió el del escudo, tenso—. Solo fue un ras—
No le di tiempo.
Me obligué a seguir despierta.
Ignoré el dolor.
Corrí.
—¡¿QU—?! —sus ojos se abrieron cuando me vio venir directo hacia él.
No lo esperaba.
Mi espadón descendió.
CRACK.
Su mano salió volando.
—¡¡¡AAAAAAAH!!! —su grito desgarró el aire mientras caía de rodillas, sujetándose el brazo mutilado.
El brazalete golpeó el suelo, apagándose.
Respiré hondo.
Sabía la verdad.
Este es mi último ataque.
Mis piernas temblaban.
Mi visión se nublaba.
Pero no me importó.
—Si voy a caer… —susurré—. Me los llevo conmigo.
Forcé la maldición una vez más.
El dolor fue peor.
Mucho peor.
Sentí cómo si mi corazón se quebraba.
El hielo volvió a estallar.
Carámbanos atravesaron a todos los clones… y al secuaz del escudo.
—¡NO—! —alcanzó a gritar el del clon.
Entonces ocurrió.
Todo el daño regresó a él.
Su cuerpo se arqueó.
Los ojos se le pusieron en blanco.
Cayó al suelo sin vida, atravesado por el dolor de decenas de heridas reflejadas.
Yo ya no podía mantenerme en pie.
Caí de rodillas.
…lo logré…
Pronto la oscuridad empezó a notarse cada vez más.
Scarlett…
No podré… encargarme de ella…
Pero ese pensamiento se desvaneció rápido.
El último que quedó fue otro.
Jay.
Mi único arrepentimiento…
es no habértelo dicho.
Aunque fuera imposible…
quería que lo supieras.
Quería que supieras que… te amo.
Mi visión se apagó por completo, cayendo al suelo como un trapo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com