ĜØŁĐ - Capítulo 19
- Inicio
- Todas las novelas
- ĜØŁĐ
- Capítulo 19 - Capítulo 19: Capítulo 19 "¡La persona que acabe con su vida seré yo!"
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 19: Capítulo 19 “¡La persona que acabe con su vida seré yo!”
Mientras caminaba por la calle, el recuerdo regresó.
Aquella noche en el callejón.
—Qué temperamento el tuyo, Nox…
Su voz.
Siempre su voz.
—No has cambiado nada…
nada…
El eco se arrastraba por mi mente como una sombra pegajosa.
—No importa quién soy.
—Lo importante es quién me envía.
—Aquella persona…
persona…
—está muy decepcionada de ti.
Apreté los dientes.
—Has obedecido…
obedecido…
—pero también has dudado.
dudado…
La duda.
—La duda…
—es el primer paso…
—hacia la traición.
Sentí el pulso en las sienes.
—Tu corazón dice otra cosa.
—Te preguntas si ella volverá…
¿no es así?
Mi paso vaciló por un instante.
—Si todo este sufrimiento…
—toda esta sangre…
—valdrá la pena.
—No olvides con quién hiciste el pacto.
El aire se volvió pesado.
—Él lo ve todo.
—Lo sabe todo.
—Y no tolera errores.
—Esto es solo una advertencia.
—La próxima vez…
—no hablaremos.
Mi mano se cerró en un puño dentro del bolsillo.
—Has dejado que la compasión te distraiga.
—Ese chico…
—Jay.
El nombre cayó como una sentencia.
—No era parte del trato.
—Ahora sus ojos…
—están sobre ti.
—Cumple tu misión, Nox.
—Hazlo sin dudar.
—Mañana recibirás la siguiente.
—Y esta vez…
—no habrá segundas oportunidades.
—Suerte, Nox…
—La vas a necesitar.
El eco se apagó.
Pero las palabras siguieron ahí.
No podía soportarlo.
Sacudí la cabeza, intentando apartar la voz, cuando choqué con alguien.
—Perdón… —murmuré por reflejo.
Alcé la vista.
Nuestros ojos se cruzaron.
Y lo supe.
Aquella “misión” de la que ese hombre había hablado…
había llegado.
No intercambiamos más palabras. La persona siguió su camino como si nada. Yo hice lo mismo.
Pero algo no estaba bien.
Metí la mano en mi gabardina negra.
Había algo ahí.
Una carta.
Así que fue en el choque…
La abrí mientras caminaba.
Instrucciones claras. Frías. Directas.
¿Un museo?.
Y por lo visto uno muy famoso.
¡Oh! conque un objeto. ¡hee!.
¡Ja! “recuperar” si claro.
Por lo visto lo tendré que tomar, por no decir que lo voy a robar.
¡!..
Cerré la carta lentamente.
El papel crujió entre mis dedos antes de desaparecer otra vez en el interior de la gabardina.
Pero la pregunta no se fue con él.
¿Por qué ese objeto…?
¿Qué podía tener de especial para alguien como él?
Cuando alcé la mirada pude ver mi reflejo en la vitrina de una tienda. Ojeras profundas. Mirada apagada. La mirada de alguien que carga con la pérdida y el peso de una promesa sobre sus hombros.
Alguien sin rumbo y roto.
—Siempre es lo mismo… —susurré—. Todo empieza con una promesa… y termina con algo que no puedo devolver.
Mi voz se perdió entre el ruido lejano de la ciudad.
Seguí caminando.
Cada paso era automático, como si el cuerpo supiera el camino antes que la mente. El tráfico se fue apagando poco a poco, reemplazado por un silencio más pesado.
Entonces lo vi.
A lo lejos.
El museo se alzaba entre los edificios como un mausoleo de piedra y vidrio. Iluminado. Imponente. Hermoso… y condenado.
Me detuve un segundo.
El viento movió la gabardina.
—Así que ahí… —murmuré, con una sonrisa cansada que no llegó a mis ojos—. Ahí es donde todo vuelve a empezar.
Mis dedos se cerraron dentro del abrigo, apretando instintivamente las cadenas invisibles de mi pacto.
Y retomé el paso.
Directo hacia el museo.
Mientras subía los escalones que conducían a la entrada del museo, algo llamó mi atención.
Dos camionetas negras permanecían estacionadas al otro lado de la calle. Motor encendido. Vidrios polarizados. Demasiado quietas.
—Hmph… —exhalé—. Qué casualidad.
No les di mayor importancia.
Si no interferían en mi misión, podían hacer lo que quisieran.
Di un paso más… y choqué contra algo invisible.
Un impacto seco, como golpear una pared de cristal.
—¿…?
Levanté la mano y la apoyé en el aire. La superficie vibró levemente, reaccionando a mi contacto. Seguí el contorno con la mirada.
La barrera cubría todo el museo.
—Así que eso es… —murmuré—. Una barrera de alto nivel.
Sonreí de lado.
—Quieren tiempo. Y privacidad.
Giré lentamente la cabeza hacia las camionetas.
—Lástima.
Bajé los escalones y crucé la calle con paso tranquilo.
No aceleré. No escondí mis intenciones.
Las puertas de ambas camionetas se abrieron casi al mismo tiempo.
Dos hombres bajaron. Uno de cada vehículo.
Chaquetas oscuras. Miradas duras. Manos cerca de la cintura.
—Oye —dijo uno, avanzando un paso—. Este lugar está cerrado.
—Sí —añadió el otro, observándome de arriba abajo—. Será mejor que sigas tu camino.
Me detuve a unos metros de ellos y ladeé la cabeza, fingiendo curiosidad.
—¿Cerrado? —pregunté—. Qué raro… no vi ningún anuncio.
El primero chasqueó la lengua.
—No te hagas el listo, mocoso.
Vete ahora… si no quieres salir herido.
Lo miré en silencio unos segundos.
Luego sonreí.
—¿Y si me niego?
Ambos se tensaron.
—Entonces será por las malas —respondió el segundo, dando otro paso—. Última advertencia.
—Vaya… —suspiré—. Definitivamente están haciendo algo sospechoso.
El primero frunció el ceño.
—Basta. Agárrenlo.
Se acercaron al mismo tiempo.
Fue entonces cuando las cadenas ocultas bajo mi gabardina, en mi brazo derecho, comenzaron a brillar.
—…¿Qué demonios…? —alcanzó a decir uno.
El aire se volvió pesado.
Con un crujido metálico, el ataúd se manifestó sobre mi espalda, materializándose como si siempre hubiera estado ahí.
Los dos se detuvieron en seco.
—Oye… —murmuró uno, retrocediendo—. Esto no estaba en—
El ataúd se abrió.
El mismo humo espeso y antinatural del hospital se derramó como una marea viva, envolviéndolos antes de que pudieran reaccionar.
—¡Aléjate! —gritó uno, sacando su arma— ¿¡Qué eres tú!?
No respondí.
El humo entró en sus bocas, en sus ojos, en sus pulmones.
Sus gritos se apagaron.
Cuando la neblina se disipó, ambos permanecían de pie. Inmóviles. Vacíos.
—Eso es… —dije con calma—. Quédense ahí.
Sus cuerpos reaccionaron al instante.
—Obedezcan —susurré.
Asintieron al unísono, como muñecos rotos.
Miré una última vez la barrera que cubría el museo.
—Bien… —murmuré mientras el ataúd desaparecía de nuevo—. Ya nadie va a interferir.
Di media vuelta.
—Ahora solo queda una cosa…
Alcé la mirada, calculando.
—Encontrar la forma de entrar.
Empecé a caminar alrededor de la barrera, siguiendo su contorno con paciencia, buscando aunque fuera la más mínima irregularidad.
Nada.
Di la vuelta completa al museo.
Ni una sola apertura.
Suspiré, deteniéndome frente a la fachada principal.
—Genial… —murmuré—. Entonces no dejan opciones.
Alcé la vista.
—Solo queda comprobar si puedo saltarla.
El ataúd a mi espalda vibró.
Un sonido metálico, profundo, resonó desde su interior y, acto seguido, las cadenas surgieron alrededor del ataúd, deslizándose como serpientes vivas antes de dispararse hacia la barrera invisible. Se clavaron en ella con fuerza y, con un tirón preciso, mi cuerpo fue impulsado hacia arriba.
Mis botas pisaron el aire sólido.
—Así que es un cubo… —dije al avanzar—. Interesante.
Caminé sobre la barrera como si fuera cristal, sintiendo una vibración constante bajo mis pies. Me agaché y apoyé una mano sobre la superficie.
Cerré los ojos.
Me concentré.
La barrera reaccionó, pulsando con energía irregular. No toda tenía la misma densidad… solo había que encontrar el punto correcto.
Pasaron unos segundos.
Entonces lo sentí.
—Ahí estás… —sonreí de lado.
Sección 3 del museo.
Abrí los ojos.
—Qué suerte… —pensé—. Justo donde debe estar el objeto.
Me coloqué directamente sobre esa zona. A mi espalda, el ataúd volvió a estremecerse, y las cadenas comenzaron a moverse solas, chocando entre sí con un sonido inquietante.
—Entro, tomo el objeto… y me voy —susurré—. Fácil.
Adopté una postura firme.
Concentré toda mi fuerza en un solo punto.
—Vamos…
Las cadenas se lanzaron desde el ataúd con violencia, golpeando una y otra vez el mismo punto de la barrera. La superficie invisible se tensó, vibró con un zumbido agudo… y finalmente cedió.
Pero no solo ella.
—¿…?
El techo del museo también colapsó.
¡CRASHHHHHH!
Todo se vino abajo de golpe.
—Oh, rayos…
Caí.
El aire me golpeó el rostro mientras descendía a toda velocidad. El suelo se acercaba demasiado rápido, envuelto en polvo, luces rotas y escombros.
—Piensa, Nox… ahora.
El ataúd a mi espalda se estremeció violentamente.
La tapa se abrió de golpe y, desde su interior, las cadenas surgieron como bestias liberadas, disparándose hacia abajo antes de que mi cuerpo impactara. Se clavaron en el suelo con un chirrido metálico y se tensaron al máximo.
¡BHAAAM!
El impacto fue brutal.
Demasiado.
Las cadenas absorbieron parte de la fuerza, pero no toda. Sentí cómo algo se rompía bajo mí. Hueso. Carne. El suelo tembló con violencia.
Cuando el polvo comenzó a asentarse, estaba de pie.
El ataúd seguía abierto a mi espalda, las cadenas vibrando lentamente alrededor.
Miré hacia abajo.
Un secuaz.
No gritó.
No se movió.
No respiraba.
Parpadeé una vez.
…No había sido mi intención.
—Jajaja… —dejé escapar una risa seca—. Vaya mala suerte debiste tener.
Las cadenas se replegaron poco a poco, regresando al ataúd como si nada hubiera pasado.
—Yo solo amortigüé mi caída —añadí—. ¿Quién iba a pensar que estarías justo donde caí?
Levanté la vista.
Y entonces lo vi.
Jay.
Ahí.
De pie.
Malherido.
Mi mente se quedó en blanco.
—¡¡¿Qué rayos haces tú aquí?!! —se me escapó antes de poder detenerme.
Apenas podía sostenerse, pero aun así tuvo el descaro de sonreír.
—No lo sé… tal vez porque había una excursión al museo.
Silencio.
Un recuerdo me golpeó tarde.
Demasiado tarde.
Mi postura se tensó apenas. No iba a admitirlo.
—Ya sabía —respondí rápido, demasiado rápido—. Solo que… se me hizo tarde.
Me giré un poco, dándole la espalda.
—Tch…
Murmuré, casi sin darme cuenta:
—Es verdad… ese maestro dijo que hoy habría una excursión… ¿cómo pude olvidarlo?
Antes de que pudiera decir algo más, una voz cargada de furia atravesó la sala.
—…Así que tú eres el otro.
Sentí la intención asesina incluso antes de verlo.
—¡Fuego!
No me giré.
Las armas rugieron.
El ataúd reaccionó de inmediato.
Desde su interior, las cadenas salieron disparadas, girando a mi alrededor en círculos perfectos, formando un torbellino metálico. Las balas chocaban contra ellas, rebotando en chispas, deformadas, cayendo sin fuerza al suelo.
No les presté atención.
Caminé hacia Jay.
Cada paso era pesado.
Me incliné frente a él, mi sombra cubriéndolo por completo.
—Pensar que podría quitarte la vida justo en este momento… —dije con frialdad.
Una cadena se deslizó desde el ataúd, lenta, deliberada, enrollándose alrededor de su cuello. El metal estaba frío. Pesado.
Sentí el temblor en su respiración.
—Estás en bandeja de plata —continué—. Es una lástima que esto no haya pasado justo después de que te recuperaras.
Por un instante…
Solo un instante…
Lo consideré.
Luego me incorporé.
La cadena se retiró, deslizándose de vuelta al ataúd como si nada hubiera pasado.
—Quédate ahí —ordené sin mirarlo—. Y no interfieras con mi misión.
No necesitaba verlo para saber que esas palabras dolieron.
Me di la vuelta.
El jefe ya me esperaba.
No dudé.
El ataúd se abrió por completo.
Las cadenas salieron disparadas, afiladas en la punta, directas a su cuello.
Matar.
Ahora.
—Clang.
El impacto fue seco.
Violento.
Las cadenas fueron desviadas con fuerza.
Mis ojos se estrecharon.
Un escudo translúcido, púrpura, brillaba frente a él. El brazalete en su brazo pulsaba con energía.
El bastardo sonrió.
—Interesante…
Sacó algo de su abrigo.
Un cilindro negro.
Mi estómago se hundió.
Antes de que pudiera reaccionar—
La explosión.
No hubo sonido.
Solo presión.
El mundo se dobló.
Sentí como si mi cabeza fuera aplastada desde dentro. El suelo me golpeó como si hubiera caído desde kilómetros. La sangre brotó de mis oídos, de mi nariz… de mis ojos.
No podía respirar.
No podía pensar.
Mis rodillas cedieron.
Caí.
El ataúd golpeó el suelo detrás de mí con un estruendo pesado.
Todo giraba.
El jefe reía.
Sus pasos resonaban mientras se acercaba.
—¿Lo sientes? —dijo con calma—. Esa presión en la cabeza…
No podía levantar la vista.
—No es daño físico —continuó—. Es tu mente siendo aplastada.
Se inclinó frente a mí.
—Es tu voluntad siendo aplastada.
Quise moverme.
No pude.
—Eres fuerte —admitió—. Pero la fuerza sin control solo sirve para alargar lo inevitable.
Sentí su presencia encima de mí.
—Aquí, arrodillado, sangrando… —dijo—. Este es tu verdadero lugar.
Levantó el cilindro aún caliente.
—Este lugar no es para mocosos como tú.
Mi visión se nubló.
La presión aumentó.
—Ahora dime… —su voz fue lo último que escuché con claridad—
¿dónde quedó tu confianza ahora?
Las rodillas me golpearon el suelo.
Otra vez.
El impacto no dolió de inmediato.
Eso vino después.
La sangre cayó de mi rostro, caliente, espesa.
Manchó el piso en pequeñas gotas oscuras.
Respirar se volvió difícil.
Irregular.
Forzado.
Pero seguía consciente.
No porque quisiera.
Sino porque algo dentro de mí se negaba a apagarse.
No necesitaba verlo para saberlo.
El jefe estaba furioso.
Ya no lo ocultaba.
Su presencia era pesada. Densa.
Como si el aire mismo le perteneciera.
Cuando alzó la voz, no hubo emoción.
Solo una orden.
—Acaben con todos los presentes.
Sentí cómo algo se rompía.
—No dejen ni a uno vivo.
Mis dedos se movieron apenas.
No respondieron.
Mi cuerpo no quería levantarse.
Luego sus pasos se detuvieron frente a mí.
—Yo me haré cargo de este mocoso.
Escuché a los secuaces avanzar.
El sonido de los artefactos activándose.
El aire volviéndose espeso.
Quise moverme.
Quise gritar.
No pude.
Entonces…
Las cadenas se movieron.
Salieron del ataúd con violencia, como si no necesitaran mi permiso. Se enredaron en las armas, las arrancaron, las aplastaron contra el suelo.
Metal retorciéndose.
Chispas.
Silencio interrumpido.
—No… —mi voz salió rota—. No van… a tocar… a nadie.
Levanté la cabeza.
El jefe me miró.
Y eso fue suficiente.
El golpe llegó sin aviso.
El mundo se volvió piedra.
Mi cuerpo salió disparado y chocó contra el muro. El sonido fue seco. Definitivo.
Caí.
Las cadenas perdieron tensión.
El ataúd pesó más.
Todo giraba.
—No te metas donde no te corresponde —escupió.
El suelo estaba frío.
Entonces reí.
No fue fuerte.
No fue voluntario.
—Jajaja…
Las cadenas vibraron.
Apoyé una mano y me incorporé, temblando. La sangre seguía cayendo, pero ya no me importaba limpiarla.
—No van a tocar a nadie.
Di un paso.
Luego otro.
—Porque el único que puede hacerles algo… soy yo.
Las palabras salieron solas.
La risa volvió.
—Jajaja…
—¿Todavía puedes moverte…? —gruñó.
Lo miré.
No sentí miedo.
No sentí dolor.
—La única razón por la que no dejaré que maten a nadie… es porque también matarían a mi objetivo.
Giré la cabeza apenas.
Lo vi.
Jay.
—Y yo… soy la única persona que lo matará.
Cerré la mano.
El suelo tembló.
Las cadenas emergieron desde abajo, rompiendo el concreto, destrozando las armas restantes. Todo ocurrió rápido. Demasiado.
Había preparado eso antes.
Mientras me rompían.
El jefe lo entendió tarde.
—Maldito…
Se lanzó.
No retrocedí.
El impacto atravesó muros. Uno. Otro. El polvo lo cubrió todo mientras desaparecíamos en la sección 3.
El mundo se redujo a golpes.
Cuando recuperé el aire, ya no estaban conmigo.
Solo destrucción.
Y lejos…
muy lejos…
El combate seguía.
Scarlett.
Sentí esa presencia.
Luego el hielo.
Lilith.
No sonreí.
Pero seguí de pie.
Volví a concentrarme en el frente.
En el jefe.
La pelea no había terminado.
Ni siquiera había empezado.
Porque mientras la presión volvía a aplastarme la mente, vi cómo él sacaba otro cilindro y mientras se dirigia hacia mi…
Entendí algo.
Esto no era una misión.
Nunca lo fue.
Era otro caprichode esa persona.
Y como siempre…
Iba a terminar con sangre que no podría devolver.
Este capítulo muestra a Nox atrapado en una promesa que jamás debió aceptar. La voz que lo persigue no es solo una amenaza: es el recordatorio constante del pacto que hizo por desesperación. La promesa de revivir a la persona que amaba es el ancla que lo mantiene obedeciendo, incluso cuando cada misión lo deshumaniza un poco más. No actúa por ambición ni por lealtad… actúa porque cree que, al final del camino, todo este horror tendrá sentido si ella vuelve.
El museo no es solo un objetivo; es otra pieza del precio. Cada cadena, cada orden, cada cuerpo que cae es una deuda más acumulándose en nombre de ese milagro prometido. Por eso Nox avanza aunque dude, aunque su mente se quiebre bajo la presión: rendirse significaría aceptar que la promesa fue una mentira… y que su sacrificio fue inútil.
La presencia de Jay es clave porque representa lo que Nox ya no puede permitirse: vínculos reales, decisiones propias, humanidad. Protegerlo no nace de bondad, sino de conflicto. Jay no debía existir dentro del trato, y su sola cercanía amenaza con romper el pacto. Por eso la contradicción es tan peligrosa: Nox no quiere matarlo todavía, pero tampoco puede permitir que viva fuera de su control.
Este capítulo deja claro algo fundamental: Nox no lucha para ganar, lucha para pagar. Y mientras “esa persona” siga sosteniendo la promesa de devolverle a su amada, Nox seguirá caminando directo hacia la sangre que no puede devolver… aunque en el fondo empiece a sospechar que, cuando llegue el final, ya no quedará nadie a quien salvar, así que prepárense para el próximo capítulo porque será aún más ¡épico papus!.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com