Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

ĜØŁĐ - Capítulo 2

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. ĜØŁĐ
  4. Capítulo 2 - 2 Capítulo 2 Mi tranquilidad dorada
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

2: Capítulo 2 “Mi tranquilidad dorada” 2: Capítulo 2 “Mi tranquilidad dorada” Hice todo lo posible por evitar que la maestra Yaki hablara con dirección.

La idea de que me investigaran más a fondo era un peso insoportable; no podía arriesgarme a que alguien descubriera mi secreto.

—De verdad estoy bien —le aseguré, aunque mi voz todavía temblaba un poco—.

No quiero que esto llegue más lejos.

Yaki me observó en silencio unos segundos.

Su mirada era tan tranquila que me incomodaba; parecía ver más de lo que yo quería mostrar.

Finalmente, suspiró.

—Está bien, no diré nada —dijo, entregándome el uniforme prestado—.

Pero recuerda que no puedes cargar solo con todo lo que te pase.

La tranquilidad no siempre se consigue escondiendo las cosas.

Asentí en silencio.

No quería discutir.

Cuando me sentí más calmado, me despedí con una ligera reverencia y salí del salón desocupado.

El pasillo estaba vacío, silencioso, como si nada hubiera ocurrido.

Mientras yo me alejaba sin mirar atrás, Yaki cerró la puerta y se quedó de pie frente a ella por un momento.

Entonces, apenas perceptible, curvó sus labios en una sonrisa cómplice… como si supiera mucho más de lo que estaba mostrando.

Regresé al salón con nerviosismo, ya que no hacía mucho que había sonado el timbre.

Al entrar, el maestro levantó la vista hacia mí, sus ojos se detuvieron en el golpe que llevaba en el rostro y solo suspiró con resignación, como si ya supiera lo que había pasado pero eligiera no hacer nada.

—Siéntate en tu lugar —dijo finalmente, sin más.

Las miradas de todos se clavaron en mí, algunos con burla disimulada.

Cuando me dirigí a mi asiento, un escalofrío recorrió mi espalda: el grupo de Xenón me observaba con una sonrisa torcida, como si con la mirada me dijeran “en la salida nos vemos”.

Me senté con resignación, evitando cualquier contacto visual, y me forcé a concentrarme en las clases, tratando de aferrarme a esa mínima tranquilidad que aún me quedaba.

Las horas pasaron volando, hasta que finalmente sonó el timbre de salida.

Guardé mis cosas con rapidez, salí del salón y, antes de irme de la escuela, regresé al baño en el que había estado antes.

Allí, en el rincón donde los había escondido, me esperaban la botella y las prendas que había tocado durante el altercado.

Las tomé con cuidado, como si fueran demasiado frágiles o peligrosas, y las metí en el fondo de mi mochila, asegurándome de que quedaran bien ocultas.

Antes de salir, eché un vistazo a mi alrededor; cada sombra, cada paso en el pasillo me parecía sospechoso.

Solo cuando estuve seguro de que nadie me observaba, respiré hondo y abandoné el lugar.

Al dirigirme hacia la salida, vi al grupo de Xenón esperándome junto a la puerta.

El corazón me dio un vuelco, pero aproveché el bullicio de los estudiantes para mezclarme entre ellos.

Aun así, no pude evitar sentirlo: la mirada de Xenón se me clavaba en la espalda como un peso insoportable.

Aunque mis pies seguían caminando y la gente me protegía con su ruido y movimiento, una parte de mí sabía que él no iba a dejarlo pasar.

Ya en camino de regreso a casa, una sonrisa se dibujó en mi rostro.

No lo había pasado tan mal… quizás la tranquilidad sí era posible.

Alcé los ojos al cielo y suspiré, deseando que esa calma durara para siempre.

Pero justo cuando pensé eso, un grito desgarrador rompió el aire.

—¡Auxilio!

Mi corazón se detuvo por un instante, el eco del grito retumbaba en mis oídos, arrancándome de golpe de mi ilusión de paz.

Comprendí, con un escalofrío, que la tranquilidad que tanto deseaba… estaba mucho más lejos de lo que creía.

Me acerqué con cautela hacia el lugar de donde provenían los gritos.

Al doblar la esquina, mi corazón se detuvo: una compañera de mi salón estaba siendo asaltada por un hombre encapuchado.

Por un momento dudé… podía irme, fingir que nunca lo vi.

Pero entonces, el ladrón intentó aprovecharse de ella, y sus ojos, llenos de lágrimas, me hicieron recordar un incidente de mi infancia que aún me perseguía.

No pude quedarme parado.

Me lancé contra el hombre, derribándolo con todo mi peso y tirándolo al suelo.

Él se levantó rápidamente, sacó un arma y me apuntó directo al pecho.

Sin pensarlo, corrí hacia él, me quité el guante de la mano izquierda con los dientes y agarré su arma con mi mano descubierta.

El hombre observó con terror cómo el metal comenzaba a brillar, transformándose desde la empuñadura hasta la punta.

El miedo lo dominó, soltó el arma y retrocedió tambaleante, con los ojos abiertos de par en par.

Yo avancé hacia él, con el rostro endurecido por la rabia y la impotencia.

Trató de huir, pero el callejón no tenía salida.

Cuando estuve cara a cara con él, levanté mi mano lentamente y la acerqué a su rostro.

El hombre, entre lágrimas, apenas alcanzó a sollozar antes de sentir mi toque.

Entonces, lo inevitable ocurrió: su piel se tornó dorada, endureciéndose poco a poco hasta que todo su cuerpo quedó convertido en una brillante estatua de oro.

Mi respiración se volvió pesada.

Había actuado consumido por la ira y los recuerdos, pero ahora, al ver lo que había hecho, el peso de la realidad me aplastó.

Había quitado una vida.

Mis manos temblaban descontroladas, el aire se me escapaba como si el mundo se cerrara sobre mí.

Sentí náuseas, el estómago me ardía, y las lágrimas me nublaban la vista.

Entonces recordé a mi compañera.

Me giré hacia ella, intentando contener mi llanto y forzando una sonrisa inútil.

—¿Estás bien?

—pregunté con la voz rota.

Pero en su mirada no vi alivio.

Solo horror.

Horror hacia mí.

Y entendí que tarde o temprano esto pasaría: que mi secreto se revelara de la peor forma posible.

—Lo siento… —fue lo único que pude decir.

El callejón, antes lleno de gritos y violencia, quedó en un silencio desolador.

Las sombras parecían más densas, y el aire, más frío.

Todo a mi alrededor transmitía un vacío aplastante, como si la ciudad misma me diera la espalda.

Corrí sin mirar atrás, con lágrimas desbordando en mis mejillas, hasta llegar a casa.

Me arrojé a la cama, hundiendo el rostro en la almohada.

El llanto me consumió hasta que, agotado, caí rendido en un sueño pesado.

Sabía que la tranquilidad que tanto anhelaba… había muerto junto a ese hombre, una tranquilidad destruida por mi maldición dorada.

————————————————— El sol entraba con fuerza por mi ventana, obligándome a abrir los ojos antes de que sonara la alarma.

Me estiré con energía y me levanté de un salto de la cama.

Otro día de escuela, otro día para ver a mis amigas.

No siempre era fácil, pero mis padres hacían un esfuerzo enorme para mantenerme en esa escuela, y yo no pensaba desaprovecharlo.

Me puse el uniforme lo más rápido que pude, tarareando una canción cualquiera, y bajé corriendo las escaleras.

El desayuno ya me esperaba en la mesa.

—¡Buenos días!

—dije con una sonrisa enorme, mientras mis padres me miraban cansados, pero aliviados al verme tan animada.

Después de despedirme de ellos, salí rumbo a la escuela.

El camino lo conocía de memoria; ya no era la nueva, pero aún sentía esa emoción en el pecho cada vez que cruzaba la puerta de la institución.

Al entrar, mis amigas me recibieron con un grito alegre: —¡Ya era hora!

Me uní a ellas riendo, como siempre.

Entre risas y pláticas, caminamos hasta el salón.

Cuando llegó el momento de presentarnos, todo transcurría normal, hasta que fue el turno de un chico nuevo.

Lo vi ponerse de pie con un nerviosismo evidente: sus manos temblaban un poco y su voz al inicio casi se apagaba.

Pero entonces, de repente, respiró hondo y empezó a hablar con una seguridad inesperada, como si hubiera encontrado fuerzas de la nada.

Eso me llamó la atención.

No todos eran capaces de sobreponerse a los nervios en un instante.

Y entonces lo vi: los guantes que llevaba puestos.

Negros, ajustados, fuera de lugar en un salón donde nadie usaba nada parecido.

—Está guapo, ¿no creen?

—susurró una de mis amigas entre risitas.

—Sí, pero se ve tan tímido —añadió otra, recargándose en el pupitre.

—Yo digo que tiene un aire tierno —comentó la tercera, con una sonrisa curiosa.

Yo me limité a observarlo, sin unirme a sus comentarios.

Algo en esos guantes me parecía… distinto.

No sabía si raro o interesante, pero definitivamente distinto.

Cuando llegó mi turno de presentarme, me levanté con una sonrisa amplia y energía, como siempre hacía.

Dije mi nombre, conté un poco sobre mí y algunas bromas que sacaron risas entre varios del salón.

Volví a mi asiento sin problemas, como si lo mío hubiera sido solo un trámite.

Pronto llegó la hora del almuerzo, así que junto con mis amigas fuimos a la cafetería.

El lugar estaba como siempre: lleno de voces, risas, el ruido de charolas golpeando las mesas y el aroma de comida que se mezclaba con el murmullo constante de los estudiantes.

Tomé mi charola, agarré mi comida y me dirigí con ellas hacia una mesa libre.

Apenas nos sentamos, empecé a escuchar ciertos murmullos a nuestro alrededor.

—¿Ya viste?

—susurraba un chico un par de mesas más allá.

—Sí, por lo visto el grupo de Xenón todavía no los han expulsado.

—Como siempre, abusando de los chicos nuevos.

—Yo no pienso meterme, no quiero que me den una paliza.

—Lo siento por el pobre, pero nadie puede ayudarlo.

Fruncí un poco el ceño y, casi sin querer, giré la cabeza.

A lo lejos, vi a ese chico de los guantes rodeado por Xenón y sus amigos.

No escuchaba con claridad lo que decían, pero la forma en que se inclinaban sobre él lo dejaba claro: lo estaban acosando.

Mis amigas no parecían darle importancia y siguieron con su plática habitual, riendo y comentando sobre cualquier cosa.

Yo, en cambio, aparté la vista de inmediato.

No quería mirar más ni mucho menos involucrarme.

Conocía demasiado bien a Xenón y a su grupo, y si había algo que había aprendido en esta escuela, era que ellos solo traían problemas.

Suspiré, forcé una sonrisa y me concentré en mi comida, fingiendo que nada había pasado.

Cuando regresé de la cafetería al salón, el profesor —como siempre, con su semblante serio y de pocos amigos— empezó a dar la clase.

Todo transcurría con normalidad hasta que la puerta se abrió de golpe.

Era el chico de los guantes negros.

Caminó hacia su asiento con la mirada baja, y fue imposible no notar el golpe en su rostro.

Supe en ese instante que algo le había pasado, pero decidí no preguntar ni indagar más.

El día pasó volando, y pronto la campana de salida sonó.

Guardé mis cosas y esperé a mis amigas en la puerta.

Mientras caminábamos juntas, vi cómo el chico pasó a nuestro lado, pero en dirección contraria a la salida.

Eso me pareció extraño, aunque no le di más importancia.

Al poco rato, el grupo de Xenón estaba reunido cerca de la entrada.

Escuché parte de lo que decían: —Hoy alguien va a aprender la lección… No quise escuchar más.

Sentí un escalofrío recorrerme y preferí acelerar el paso con mis amigas.

Solo pensé con lástima en el pobre que se cruzara en su camino.

Tras unos minutos de caminata, llegamos al punto donde cada quien tomaba su rumbo a casa.

Me despedí de ellas con una sonrisa como siempre, pero esa sonrisa se borró cuando me quedé sola.

Avancé unos metros más, y de repente, de entre las sombras, apareció un hombre encapuchado.

Sacó un arma y me apuntó de lleno.

Mis piernas comenzaron a temblar, no podía moverme.

El aire me faltaba mientras el miedo me consumía.

El hombre se relamió los labios y comenzó a acercar su mano a mis muslos, subiendo lentamente.

Sentí un nudo en la garganta y lágrimas resbalando por mis mejillas.

Nadie iba a ayudarme.

Nadie iba a aparecer.

O al menos eso pensé… hasta que de pronto, alguien lo derribó con un empujón brutal.

¡Era él!

El chico de los guantes negros.

El encapuchado rodó por el suelo, pero logró incorporarse con rapidez y me heló la sangre cuando apuntó al chico con la pistola.

Sin dudar, el de los guantes corrió hacia él.

Con un movimiento desesperado, se quitó un guante con los dientes y, al tocar el arma, ésta comenzó a brillar hasta volverse completamente dorada.

¡Era oro!

El hombre lo soltó aterrado, retrocediendo como si hubiera visto a un demonio.

Quiso huir, pero no había salida en ese callejón.

El chico avanzó lentamente hacia él, con el rostro duro y serio, y entonces… lo tocó.

El cuerpo entero del encapuchado se transformó en una estatua dorada, inmóvil, fría, aterradora.

Me quedé paralizada.

Mis labios temblaban y mi corazón golpeaba con tanta fuerza que sentí que iba a desmayarme.

Lo único que pensé fue: ¿qué habría pasado si me hubiera tocado a mí?

El chico se volteó hacia mí.

Sus ojos estaban llenos de dolor, y su mano desnuda temblaba sin control.

Avanzó un par de pasos y me preguntó con voz entrecortada: —¿Estás bien?

Yo no pude responder.

Mis ojos solo reflejaban terror.

Pero también noté algo en él… una fragilidad escondida, como si lo que había hecho lo estuviera destrozando por dentro.

Antes de que pudiera agradecerle, él se alejó corriendo.

Vi cómo sus lágrimas se mezclaban con la sombra del callejón hasta desaparecer.

Me quedé allí, con un vacío en el pecho.

Lo había mirado como a un monstruo, pero en el fondo sabía que no lo era.

Me había salvado.

Se arriesgó sin pensar en las consecuencias, incluso cuando yo lo ignoré en la escuela.

Miré mis propias manos.

Quizás no soy tan diferente a él.

Un pensamiento me atravesó como un rayo: si yo tuviera que mostrar quién soy en realidad, ¿también me mirarían con esos mismos ojos de terror?

El nudo en mi garganta se hizo más grande.

Me levanté tambaleando y caminé hacia mi casa, pensando en cómo agradecerle… y cómo disculparme.

Quizás, solo quizás, podría acercarme a él.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Agente000 Gracias por leer el segundo capítulo.

Aquí ya empezamos a ver un poco más del verdadero peso de la maldición y cómo puede cambiarlo todo en un instante.

También fue la primera vez que mostré la perspectiva de la chica, que será muy importante en la historia.

¿Qué les pareció este giro?

¿Creen que ella deba acercarse al protagonista o seguir guardando distancia por miedo?

Sus comentarios me ayudan muchísimo a mejorar y me motivan a seguir escribiendo.

¡Lo que viene será todavía más intenso, así que prepárense para lo que se viene.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo