ĜØŁĐ - Capítulo 20
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Capítulo 20: Capítulo 20 “Dos voluntades, Un Objetivo”
La conciencia regresó poco a poco.
Como si alguien me arrastrara desde el fondo de un pozo.
—Sacrificio aceptado.
La voz descendió desde lo alto, hueca, carente de emoción.
Parpadeé.
Arriba, la cúpula comenzó a deshacerse.
No cayó en pedazos.
No explotó.
Simplemente se diluyó, como humo empujado por el viento, dejando al descubierto el techo destrozado del museo y las luces parpadeantes.
Me incorporé con dificultad.
El suelo frío bajo mis dedos me devolvió un poco de realidad.
—Lilith…
—Scarlett…
Giré la cabeza con urgencia, ignorando el dolor que me atravesó el cuello. Vitrinas rotas. Columnas agrietadas. Estatuas caídas.
Nada de ellas.
El corazón me golpeó el pecho.
Me puse de pie a medias, tambaleándome, y avancé hacia el pasillo donde había visto a Lilith por última vez.
Entonces—
El museo tembló.
No fue una explosión.
Fue un choque.
Las paredes vibraron, el polvo cayó del techo y los cristales tintinearon al unísono.
Otro impacto.
Y otro más.
Venía de lo profundo del museo.
—Nox… —murmuré.
No necesitaba verlo.
Sabía contra quién estaba peleando.
Me detuve.
La idea apareció de inmediato.
Escapar.
Buscar a Scarlett.
Y reunirnos con Lilith.
Salir del museo antes de que todo empeorara.
Mis pies casi se movieron solos.
Pero entonces pensé en el jefe.
En su mirada.
En lo que pasaría si derrotaba a Nox.
Vería los cuerpos de sus subordinados.
Entendería lo ocurrido.
Y vendría.
Por mí.
Por Scarlett.
Por Lilith.
Apreté los puños.
Mi estado era patético. Apenas podía mantenerme en pie. Si ese hombre llegaba hasta nosotros…
No podría protegerlas.
Ni siquiera un solo segundo.
Tragué saliva.
La decisión pesó como una losa.
—Si va a perseguir a alguien… —susurré—. Que sea a mí.
Giré el cuerpo.
No hacia la salida.
Hacia el origen de las vibraciones.
Hacia la pelea.
Cada paso resonó entre las salas del museo, acompañado por el crujido del concreto dañado y el eco lejano de los golpes.
El aire se sentía cargado.
Denso.
Como si todo el edificio contuviera la respiración.
—Más te vale aguantar, Nox… —murmuré, sin saber si podía oírme—. Ni se te ocurra perder contra él.
Aceleré el paso, ignorando el dolor, ignorando el mareo.
Si tenía que enfrentar al jefe…
Sería antes de que él decidiera venir por ellas.
Y mientras el museo seguía temblando a mi alrededor, supe una cosa con claridad absoluta:
No estaba corriendo hacia una victoria.
Estaba corriendo para ganar tiempo.
Aunque me costara todo.
Avancé entre los muros destrozados.
Cada pared atravesada era una marca del combate. Concreto partido. Varillas retorcidas. Restos de vitrinas y esculturas reducidas a polvo.
—Esto es una locura… —murmuré, respirando con dificultad.
Mi cuerpo protestaba con cada paso. El costado ardía. La cabeza me zumbaba. Pero la mente seguía funcionando.
Tenía que hacerlo.
Ya había visto al jefe pelear.
Demasiado bien.
Era rápido.
Preciso.
Y esa maldita protección… reaccionaba a casi cualquier ataque frontal.
—De frente no sirve… —pensé—. Nunca baja la guardia.
La única opción era clara.
Por la espalda.
Por sorpresa.
Un solo toque.
Apreté la mano izquierda, ignorando el temblor.
Entonces llegué.
Vi a Nox salir volando.
El impacto contra el muro fue brutal. El sonido seco de carne y hueso contra piedra me heló la sangre. El polvo se levantó a su alrededor mientras su cuerpo quedaba recostado contra la pared, apenas sostenido por ella.
—Nox… —susurré.
No se movía.
Respiraba… apenas.
El jefe avanzó hacia él con calma insultante, como si ya no existiera peligro alguno. Sus pasos resonaban en la sala destruida.
—¿Eso es todo? —dijo con desdén—. ¿Ese es el monstruo del que tanto hablan?
Nox alzó la cabeza con esfuerzo. La sangre le corría por la sien y caía por su mentón.
—Tch… —escupió, dejando una mancha roja en el suelo—. Sigues hablando demasiado para alguien que ya debería estar muerto.
El jefe soltó una risa corta.
—Sigues ladrando… admirable.
—Eres fuerte —continuó—, pero predecible. Toda esa furia, todo ese poder… y aun así estás ahí. Pegado al muro. Esperando.
Se inclinó un poco, mirándolo a los ojos.
—Te lo advertí. Este lugar no es para niños jugando a ser demonios.
Nox sonrió apenas.
Una sonrisa cansada. Torcida.
—Y aun así… —murmuró— sigues sin poder matarme.
El jefe frunció el ceño.
Fue mi oportunidad.
Me moví.
Silencioso.
Rápido.
Todo lo rápido que mi cuerpo roto me permitió.
Aparecí detrás de él y estiré la mano izquierda, concentrando todo en ese instante.
—Ahora… —pensé.
Mis dedos rozaron su mano derecha.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
—¿Qué…?
El jefe se giró al instante. Demasiado rápido.
Su pierna se movió antes de que pudiera reaccionar.
La patada me impactó directo en el estómago.
El aire salió de mis pulmones en un golpe seco y mi cuerpo salió disparado hacia atrás, estrellándose contra varias estatuas de cerámica.
¡CRASH!
Sentí el impacto en la espalda, en los hombros, en la cabeza. Fragmentos me llovieron encima.
Caí al suelo, tosiendo, sin poder respirar.
Pero sonreí.
Porque lo había sentido.
El jefe miró su brazo.
El oro comenzaba a extenderse desde donde lo había tocado. Primero la piel. Luego los músculos. Avanzando lento… pero imparable.
—No… —gruñó.
Retrocedió un paso, apretando los dientes. La expresión de control se quebró por primera vez.
—Maldito… —escupió—. ¡¿Qué me hiciste?!
El dorado ya cubría gran parte del antebrazo.
El jefe no dudó.
Sacó una daga militar de su cinturón. Negra. Simple. Letal.
—No —alcancé a murmurar, aún en el suelo.
Demasiado tarde.
Con un movimiento seco y brutal, se amputó el brazo.
La hoja bajó sin vacilación.
Sangre.
Un grito ahogado.
El brazo dorado cayó al suelo con un golpe pesado, rompiéndose en fragmentos metálicos.
El jefe respiraba agitado, apretando el muñón con la otra mano.
—No voy a caer… —dijo entre dientes—. No contra ti.
Entonces—
Las cadenas se movieron.
Sentí el aire cambiar.
Desde la espalda de Nox, el ataúd se estremeció y las cadenas surgieron con violencia, impulsándolo hacia adelante como si el propio acto lo arrancara del muro.
—¿No esperabas esto, verdad? —murmuró Nox.
Las cadenas envolvieron su brazo y su mano, tensándose, reforzándolo.
El jefe apenas tuvo tiempo de alzar la vista.
—¿Qué…?
El golpe lo alcanzó de lleno.
No fue solo fuerza.
Fue todo.
Atravesaron una pared.
Luego otra.
Y otra más.
El estruendo sacudió la sección 3 mientras el cuerpo del jefe desaparecía entre escombros y polvo, lanzado hacia lo profundo del museo.
El silencio cayó de golpe.
Yo permanecí en el suelo, respirando con dificultad.
Miré hacia Nox.
Él estaba de pie.
Apenas.
Pero de pie.
Y supe que, al menos por ahora…
Lo habíamos detenido.
Aunque el precio todavía no estaba escrito.
Nox se acercó lentamente.
Sus pasos eran pesados, arrastrados. El ataúd a su espalda crujía en silencio. Se detuvo a mi lado y me miró desde arriba.
Una sonrisa ladeada apareció en su rostro.
—Hmph… —soltó—. Te ves patético ahí tirado.
Gruñí, sin fuerzas para incorporarme.
—En lugar de hablar… —jadeé— podrías… no sé… agradecer.
Nox alzó una ceja, genuinamente confundido.
—¿Agradecerte?
Se cruzó de brazos.
—¿Por qué exactamente?
Sentí el enojo subir, mezclado con el dolor.
—Tal vez —dije entre dientes— porque te salvé el cuello… y porque si no fuera por mí, ahora estarías decorando el piso.
Nox chasqueó la lengua y desvió la mirada.
—Tch.
—¿Sabes? —respondió—. Yo tenía todo calculado.
Lo miré incrédulo.
—Claro… —murmuré—. ¿También calculaste que te estamparan contra un muro?
Nox volvió a mirarme. Por un segundo, su expresión se suavizó… apenas.
—No te pedí ayuda —dijo—. Pero…
Se quedó en silencio.
Luego añadió, más bajo:
—…no fue inútil.
No sonrió.
Pero tampoco volvió a burlarse.
Y por alguna razón, eso pesó más que cualquier agradecimiento.
Intenté incorporarme.
Mis piernas no respondieron.
El temblor era incontrolable, como si no me pertenecieran. Apreté los dientes, frustrado… y al final tuve que tragarme el orgullo.
—Bueno… —murmuré—. A todo esto… ¿y si me ayudas a ponerme de pie?
Nox se detuvo apenas un segundo.
Luego giró la cabeza con una sonrisa burlona.
—Ja. Qué patético.
Desvió la mirada.
—Además —añadió—, correr el riesgo de convertirme en una estatua de oro… no, gracias.
Sin decir más, comenzó a caminar en dirección a donde el jefe había salido volando.
Volví a intentarlo por mi cuenta.
Nada.
Mis brazos flaquearon y estuve a punto de caer de nuevo.
Entonces lo escuché.
El sonido metálico.
Las cadenas de Nox se deslizaron desde su espalda y se enrollaron alrededor de mi torso con firmeza. Con un tirón seco, me levantaron y me dejaron de pie.
Parpadeé, sorprendido.
Miré hacia él.
Nox no se había girado.
Seguía observando los huecos abiertos en la pared, las capas de concreto destrozadas por donde el jefe había atravesado la sección del museo.
—Gracias… —dije al final—. Supongo que esa fue tu forma de agradecer, ¿no?
No respondió.
Ni siquiera se movió.
Su expresión era seria. Tensa. Los ojos fijos, atentos, como los de alguien que sabe que la pelea todavía no ha terminado.
Y que lo peor…
aún no ha aparecido.
Me acerqué a Nox con pasos torpes, cada movimiento era un castigo para mi cuerpo.
—¿Qué tanto estás miran…?
No terminé la frase.
El mundo se apagó.
No fue como cuando se va la luz.
Fue absoluto. Total. Como si el museo jamás hubiera existido.
El aire se volvió pesado, denso, y por un instante sentí que flotaba en la nada.
—¿Esto… no será… obra tuya, verdad? —pregunté, intentando mantener la calma—. ¿No… estarás… usando lo mismo que hiciste en el hospital?
Escuché a Nox respirar hondo antes de responder. Su voz no sonaba burlona esta vez.
—No… —dijo—. Además… yo alteré el entorno, no el espacio mismo.
Esto… —tragó saliva— …esto supera por mucho lo que hice en el hospital.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—Ya veo… entonces esto debe de ser obra de—
—¡¿En serio creyeron que con eso me derrotarían, mocosos?!
La voz resonó desde todas partes a la vez.
Antes de poder reaccionar, la oscuridad se rompió como un cristal.
Parpadeé.
Y entonces lo vi.
Una vía de tren.
El rugido metálico llegó primero. Ensordecedor. Un tren avanzaba a toda velocidad directo hacia nosotros.
No tocábamos el suelo.
Estábamos en el aire.
—¡Nox—!
No hubo tiempo.
Nox me sujetó del cuello de la camisa con fuerza, tirándome hacia él mientras las cadenas surgían del ataúd a su espalda como lanzas vivas.
—¡Agárrate!
El tren nos arrolló.
O eso habría pasado… si no fuera porque las cadenas se dispararon hacia adelante, atravesando el metal como si fuera papel. Nox me arrastró con él, rompiendo el costado del vagón y entrando violentamente al interior.
Rodamos por el suelo del tren mientras chispas y metal retorcido nos rodeaban.
El vagón temblaba mientras que el tren seguía su rumbo.
Me quedé jadeando, el corazón a punto de salirse del pecho.
—Genial… —murmuré con dificultad—. Ahora peleamos…
…en un tren en movimiento.
Las cadenas se replegaron lentamente alrededor de Nox.
—Mantente alerta —dijo con voz baja—.
Si pudo movernos aquí…
Alzó la mirada, serio.
—Significa que aún no ha mostrado su verdadero poder.
La luz del día hacía que todo se sintiera peor. Más real. Más expuesto.
Miré alrededor del vagón destrozado. Asientos arrancados, metal retorcido, ventanas hechas añicos… pero ni una sola persona.
Ni gritos.
Ni cuerpos.
—Oye, Nox… —dije con un hilo de voz—. ¿No te parece extraño que no haya nadie en el tren?
Nox no respondió.
Pero su expresión cambió.
Solo un segundo.
Fue suficiente.
De pronto me agarró del cuello de la camisa.
—¡¿Qué—?!
Las cadenas brotaron del ataúd como arpones, atravesaron el techo del vagón y se tensaron con violencia.
El mundo se volcó.
El tren quedó abajo.
El viento me azotó el rostro mientras éramos impulsados hacia arriba, rompiendo metal, cayendo así en el techo del tren que avanzaba sin control.
Y entonces lo vimos.
El jefe.
Suspendido en el aire, con el cielo azul de fondo, como si la gravedad hubiera decidido ignorarlo solo a él.
No caía.
No se impulsaba.
Simplemente… estaba ahí.
Sentí un vacío en el estómago.
Nox soltó un suspiro cansado.
—Haaa… —murmuró—. Cómo rayos no pensé en eso.
Lo miré, desconcertado.
—¿Pensar en qué? —pregunté—. ¿De qué rayos estás hablando?
Nox alzó el brazo y señaló.
Entonces lo vi.
En la mano derecha del jefe sostenía un objeto extraño.
No parecía un arma.
No parecía tecnología común.
Tenía forma de un nudo trilobulado, retorcido sobre sí mismo, como una cinta de Möbius incompleta.
Brillaba débilmente, de una forma que no reflejaba la luz… la doblaba.
No era más grande que una pelota de tenis, pero mirarlo hacía que la profundidad se distorsionara a su alrededor.
—No tiene sentido seguir ocultándolo —dijo Nox—, pero esa cosa…
Apretó los dientes.
—…es el objeto que me ordenaron obtener a toda costa.
Algo encajó dentro de mí.
—Con que por eso llegaste a la excursión… —murmuré—. No porque te interesara el museo.
Nox no me miró.
—Sí, así es.
Respiré hondo.
—Genial… —dije—. ¿Así que te enfrentarías a cosas peores solo porque alguien te dio órdenes?
No respondió.
El jefe sonrió desde el aire.
—¿Ya terminaron de hablar?
El espacio vibró.
Y a su alrededor comenzaron a formarse grietas.
No eran oscuras.
Eran transparentes.
Como cristales invisibles suspendidos en el aire.
A través de ellas se veían vías de tren, multiplicadas hasta el infinito.
El mundo espejo había sido activado.
Una realidad doblada sobre sí misma, creada para observar sin alterar, para romper sin consecuencias. Allí, las leyes físicas eran solo una sugerencia.
Cada vía mostraba un paisaje distinto: mares detenidos en el tiempo, montañas repetidas como reflejos, cielos fragmentados en paneles flotantes.
Nox apretó los dientes.
No eran simples caminos.
Eran posibilidades.
—De verdad creyeron —continuó con calma— que pelear conmigo sería solo fuerza contra fuerza.
Las grietas se abrieron por completo.
Y de ellas…
Salieron trenes.
Con vagones completos emergieron de los cortes del espacio, atravesándolos como si el aire fuera agua. Algunos venían de frente, otros giraban, otros caían en ángulos imposibles.
El estruendo fue brutal.
El sol se reflejaba en el metal mientras los trenes descendían como meteoritos de acero.
—¡Nox! —grité.
Las cadenas reaccionaron al instante, envolviéndonos, tensándose como músculos vivos mientras un tren pasaba rozándonos, partiéndose al chocar con otro que caía desde un plano distinto.
El aire se llenó de polvo, chispas y ondas de choque.
El jefe nos observaba desde arriba.
Tranquilo.
Seguro.
Su brazo derecho se deformó un instante, el espacio a su alrededor se onduló… y la carne volvió a reconstruirse como si nunca hubiera sido dañada.
—Veamos —dijo— cuánto pueden resistir…
Las grietas siguieron expandiéndose.
Los trenes seguían cayendo.
Uno tras otro.
El escudo que Nox había formado con sus cadenas se cerró por completo alrededor de nosotros, una cúpula metálica vibrante que chirriaba bajo cada impacto. El acero se retorcía, las cadenas se tensaban al límite, y cada golpe hacía temblar el aire dentro como si el mundo fuera a colapsar.
El estruendo era ensordecedor.
El suelo, el cielo… todo parecía romperse a la vez.
Me encogí instintivamente, cubriéndome el rostro mientras fragmentos de metal y chispas resbalaban por la cúpula.
Nox no decía nada.
Lo sentía.
Cada impacto lo forzaba a gastar más fuerza, más concentración. Las cadenas vibraban como si compartieran su agotamiento.
Apreté los dientes.
Miré hacia arriba, hacia el cielo deformado, hacia las grietas transparentes de donde seguían emergiendo más trenes imposibles.
Y entonces la pregunta me golpeó con más fuerza que cualquier impacto.
¿De verdad había alguna forma de vencerlo?
La duda se instaló en mi pecho, pesada, asfixiante.
Porque no estábamos peleando contra un hombre.
Estábamos luchando contra alguien que doblaba el mundo a su antojo.
Y mientras la cúpula resistía un golpe más…
solo uno más…
entendí algo con una claridad aterradora:
si no encontrábamos una respuesta pronto,
este lugar no sería nuestro campo de batalla…
sería nuestra tumba.
Este capítulo no trata de ganar, sino de resistir un poco más. La retirada de la cúpula marca el momento en que huir deja de ser una opción, y el protagonista decide convertirse en el objetivo para proteger a Scarlett y Lilith, aun sabiendo que no puede vencer. No es valentía: es aceptación del costo.
El jefe se define en un solo gesto. Al cortarse el brazo sin dudar, deja claro que está dispuesto a perder partes de sí mismo con tal de no perder el control. No pelea por orgullo, pelea por dominio.
Nox y el protagonista no se vuelven aliados por palabras, sino por necesidad. Las cadenas que lo levantan dicen más que cualquier discurso: ambos saben que seguir luchando solo significa retrasar lo inevitable.
El final lo deja claro: los trenes cayendo y el espacio rompiéndose no son solo poder, son inevitabilidad. La pregunta ya no es si pueden ganar… sino si existe siquiera una forma de hacerlo.
Estén preparados porque sin duda el siguiente capítulo ¡será Épico Papus!
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com