ĜØŁĐ - Capítulo 22
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Capítulo 22: Capítulo 22 “Sombras por su Amanecer”
Podía sentir mi final acercándose.
La sangre se escapaba de mi cuerpo con cada latido, caliente, espesa, imposible de detener. La furia me quemaba el pecho, pero no era por haber perdido contra unos simples mocosos.
Era por mí.
Por mi incompetencia.
Por mis decisiones.
Por haber llegado hasta aquí.
Un único pensamiento se repetía en mi mente, una y otra vez, como un rezo desesperado:
—Por favor, Zora… perdona a tu estúpido padre.
Mientras la oscuridad comenzaba a cerrarse sobre mí, mis pensamientos retrocedieron. No al combate. No al artefacto.
Sino al origen de todo.
—¡Papá, papá, papá!
La voz de mi hija rompió mis recuerdos con una alegría imposible de ignorar. Zora llegó corriendo hacia mí, agitando un papel en el aire, con los ojos brillándole de emoción.
—¡Mira, mira, mira!
Tomé el papel y comencé a leerlo.
Era su historial académico.
Mis ojos se abrieron de par en par.
Puros dieces. En todo.
Levanté la mirada hacia ella, sorprendido, y una sonrisa sincera se me escapó sin darme cuenta.
—¡Felicidades, hija! —le dije—. Con esto podrás entrar a una muy buena preparatoria.
Ella inclinó un poco la cabeza, como si no entendiera por qué decía eso.
Entonces habló.
—¿De qué hablas, papá? No planeo seguir estudiando —dijo con total naturalidad—. Me quedaré aquí para ayudarte en casa.
Sentí que el mundo se detenía.
Abrí la boca para responder, para decirle que no, que eso no era justo, que su futuro era más grande que estas cuatro paredes… pero no me dio tiempo.
Zora ya se había dado la vuelta.
Caminó hacia su cuarto y cerró la puerta, dejándome solo en la sala, con el papel aún temblando entre mis manos y un nudo formándose en el pecho.
Sin saber qué hacer.
El día pasó como si nada, demasiado rápido, demasiado silencioso.
Y por la noche, mientras dejaba todo listo para el día siguiente, mis pasos me llevaron sin pensarlo hasta la habitación de mi hija. Abrí la puerta con cuidado.
Zora ya dormía.
Me acerqué a su cama y, con suavidad, le di un beso de buenas noches en la frente, como hacía desde que era pequeña. Cuando estaba a punto de irme, algo llamó mi atención.
Una libreta, sobre su mesa de noche.
La tomé con la intención de guardarla en su mochila… pero entonces lo vi.
No eran apuntes.
Era su diario.
Sabía que no debía leerlo, que estaba mal, que eso era personal.
Pero la curiosidad fue más fuerte.
Y cuando comencé a leer…
Mis manos comenzaron a temblar.
El nudo en mi pecho se apretó hasta volverse casi insoportable, como si algo invisible me estuviera estrujando el corazón desde dentro.
Las primeras líneas estaban escritas con una letra cuidadosa, pequeña, ordenada.
Querido diario:
Papá siempre se esfuerza por mí y es el mejor de todos.
Pero desde que regresó de la guerra no ha sido el mismo.
Por las noches se veía muy mal.
A veces lo encontraba tirado en la sala después de haber tomado alcohol.
Eso me ponía muy triste, porque me dolía ver a mi papá así.
Con el tiempo dejó de hacerlo.
Y fue gracias a mamá, quien le dio un motivo para seguir adelante.
haciendo que los días fueran más felices.
Pero pronto ella enfermó gravemente, ocasionando que su cuerpo no lo soportara.
Y aunque papá no soportó su muerte, se esforzaba todos los días por cuidarme y por no volver a tomar alcohol.
Pero gracias a él pude superar lo de mamá.
Y por un breve tiempo todo parecía ir bien… o al menos eso es lo que papá quería que yo creyera.
Notaba lo mucho que le costaba pagar mis estudios.
Lo veía esforzarse por conseguir trabajo, haciendo que incluso él dejara de comer para dármelo a mí.
Incluso era capaz de sonreír, aunque estaba cansado.
Por eso decidí que, cuando termine la secundaria, dejaré la escuela para ayudar en casa y así reducir los gastos.
Aunque, sinceramente… me hubiera gustado seguir estudiando.
Quería ser doctora.
Para que otras personas no pasaran lo que es ver a alguien muy enfermo.
Pero así está bien.
Mientras papá esté bien… yo estaré bien.
La última página estaba limpia.
No había más.
Lentamente cerré la libreta, como si al hacerlo pudiera encerrar también todo ese dolor que mi hija había cargado en silencio. La dejé con cuidado sobre la mesita de noche, exactamente en el mismo lugar.
Me giré.
Y salí del cuarto sin hacer ruido.
Apenas crucé la puerta, el aire me abandonó por completo.
Salí afuera, buscando desesperadamente respirar, buscando un poco de aire fresco… pero no importaba cuánto inhalara.
El peso en mi pecho no desaparecía.
Mientras estaba perdido en mis pensamientos, una voz me sacó de golpe de ellos.
—Ha pasado tiempo, ¿no es así, Magnus?
Al girarme, la reconocí de inmediato.
—Jajaja… supongo que sí, capitana. Pero dime, ¿qué te trae por aquí?
—No me hables con formalidades —dijo sentándose a mi lado—. Al igual que tú, hace tiempo que dejé de ser capitana.
Solté una breve risa.
—Tienes razón. Supongo que mi cabeza sigue en la guerra… qué ironía, ¿no es así? Después de darlo todo por el país, de perder hombres, de arriesgar la vida, terminamos siendo solo recuerdos incómodos.
—Pero gracias a usted, general, ganamos la guerra.
Negué despacio.
—Ganarla no sirvió de nada. Disolvieron el pelotón y enterraron los sacrificios —Y mientras me cubría el rostro con una mano, continué diciendo—. Ya ni siquiera puedo dormir sin ver a los soldados morir frente a mí. Así que no me llames general porque ese título murió en la guerra.
Guardó silencio unos segundos.
—Entonces dime —dijo al fin—, ¿qué te parecería ayudarnos a cobrarnos lo que nos deben?
Solté una risa seca.
—Así que viniste a reclutarme —la miré con seriedad—. No. No me interesa.
Me levanté y caminé hacia la casa. Cuando tomé la manija, su voz volvió a sonar.
—Jajaja, pensar que no guardabas rencor… incluso después de que te abandonaron cuando terminó la guerra.
—Ya basta.
—O cuando tu esposa enfermó —continuó—. ¿Dónde estaban entonces los que prometieron cuidarlos?
Apreté la mandíbula.
—Cállate.
—¿Y ahora? —siguió, sin detenerse—. ¿También sigues sin odiarlos, aun cuando no puedes pagar la educación que tu hija merece?
—¡¡¡DIJE QUE TE CALLARAS!!!
Mi respiración era agitada. El silencio cayó entre nosotros.
—Tienes una hija —dijo con calma—. Y necesitas dinero.
Solté la manija de la puerta.
—Ven conmigo —añadió—. Y nos aseguraremos de que reciba la mejor educación.
Me giré lentamente y con tono serio.
—Así que necesitan ayuda… —la miré fijamente—. Dime qué tengo que hacer.
Una sonrisa se dibujó en su rostro. Sacó un sobre y me lo extendió.
—Ve a esa dirección. Ahí te lo dirán todo.
—¿No eres tú quien está organizando esto?
Rió suavemente mientras se alejaba.
—Pronto lo sabrás.
—Espera —dije—. Hay personas que podrían unirse.
Se detuvo y me miró por encima del hombro.
—Valió la pena venir a buscarte. Ya veo que aún sigues influyendo en la gente.
Antes de irse del todo, pregunté:
—¿Por qué sigues usando el uniforme si el pelotón ya está disuelto?
No se giró. Solo bajó ligeramente la gorra.
—Al igual que tú, después de la guerra dejé de ser la misma. Y esta es mi forma de no olvidar a quienes se quedaron ahí.
Y con ello, mientras se alejaba, su figura terminó por fundirse con la oscuridad de la noche.
Entré a la casa. El silencio me recibió como siempre. Me recosté en la cama, mirando el techo, dejando que los pensamientos dieran vueltas sin control.
¿Había sido una buena decisión aceptar?
No encontré respuesta.
Y con esa duda, me quedé dormido.
A la mañana siguiente abrí el sobre.
Dentro no solo estaba la dirección a la que debía ir. También había dinero. Mucho más del que había visto en años. Lo suficiente como para no preocuparme durante mucho tiempo.
Debajo, otro documento llamó mi atención.
Una inscripción.
“The Universe Arcane”.
La academia más prestigiosa que existía.
Sentí cómo el peso en el pecho se aflojaba. Las dudas de la noche anterior se disiparon casi por completo.
Fui a la habitación de mi hija. Estaba sentada en la cama, frotándose los ojos.
—Papá… ¿Vas a salir temprano?
—Sí —respondí, forzando una sonrisa—. Conseguí trabajo.
Ella inclinó un poco la cabeza, observándome con atención.
—¿Trabajo…? —repitió—. ¿De verdad?
—Así es —le dije mientras ponía mi mano para acariciar su cabeza—. Ya no tendrás que preocuparte por dejar la escuela. Todo va a estar bien.
Su expresión no cambió. Se levantó despacio y me abrazó, aferrándose a mi ropa más de lo habitual.
—No me gusta —murmuró.
—¿Qué cosa?
—No sé… —dijo separándose apenas—. Siento algo raro. Como si no fueras a volver igual.
Me quedé en silencio unos segundos. Luego apoyé mi mano sobre su cabeza.
—Solo estoy trabajando, nada más. Te prometo que volveré.
Ella no respondió. Solo asintió, aunque sus ojos seguían inquietos.
Tomé mis cosas, me detuve un instante en la puerta y la miré una última vez.
—Pórtate bien.
—Ten cuidado, papá.
Cerré la puerta detrás de mí.
Con la carta en el bolsillo y la dirección marcada en mi mente, me dirigí al lugar indicado, sin saber que ese paso no solo cambiaría mi vida…
Sino que ya había sellado algo imposible de deshacer.
Una vez que llegué al lugar, me detuve en seco.
Era un bar.
La fachada era discreta, casi olvidable. Durante unos segundos dudé si no me habría equivocado de dirección. Aun así, empujé la puerta y entré.
El lugar estaba vacío.
No había música, ni risas, ni clientes. Solo el bartender, limpiando copas con calma detrás de la barra, como si el tiempo no existiera allí dentro.
Me acerqué despacio y, sin decir una palabra, le mostré el sello de la carta.
El hombre apenas levantó la vista. No hizo preguntas. No mostró sorpresa.
Guardó la copa, tomó varias botellas de alcohol y las movió a un lado.
Con un leve clic, una sección de la pared se abrió, revelando un pasaje oculto.
Sin mirarme, habló por primera vez.
—Adelante.
Nada más.
Entré.
El pasillo era estrecho y mal iluminado. Al fondo, una puerta aguardaba como si supiera que yo debía cruzarla. La abrí y entré al cuarto.
Allí estaba ella.
La capitana.
Pero no estaba sola.
Un hombre se encontraba sentado en el centro de la habitación. La luz era tenue, demasiado como para distinguir su rostro con claridad. A su alrededor, además de ella, había varias personas más. Por su postura, su físico y la forma en que me observaban, era evidente que todos estaban bien entrenados.
Soldados. O algo muy parecido.
Mientras los analizaba uno por uno, el hombre sentado habló.
—Conque tú eres el famosísimo general del que tanto me habla tu capitana.
Su voz era firme, segura.
—Yo ya no soy general de nada ni de nadie —respondí sin rodeos—. Dejé de serlo hace tiempo.
El hombre soltó una leve risa.
—Oh, ya veo… —dijo—. Pero bajo mis órdenes. Yo decido si usted vuelve a ser general o no.
De pronto, lanzó algo hacia mí.
Atrapé los objetos en el aire.
Brazaletes.
—Me gusta tu actitud —continuó, y luego giró ligeramente la cabeza hacia ella—. Tenías razón con él. Buen trabajo.
La capitana dio un paso al frente y respondió con firmeza:
—Es un honor que le haya agradado.
El silencio volvió a caer sobre la habitación.
Pesado. Expectante.
Hasta que él volvió a dirigirme la palabra.
—Como puedes ver, necesitamos de tu ayuda.
Chasqueó los dedos, y la capitana dio un paso al frente, entregándome una imagen.
Al observarla, sentí un leve escalofrío.
El objeto era extraño. Tenía la forma de un nudo trilobulado, retorcido sobre sí mismo, como una cinta de Möbius incompleta. No parecía natural… ni tampoco algo creado con tecnología común.
—Tu misión es robar ese artefacto —continuó—. Además, como tu capitana me informó que tienes personas en mente para esta misión, no te preocupes. Nosotros te proporcionaremos los recursos necesarios.
Señaló los brazaletes que aún sostenía en mi mano.
—Los siete brazaletes que te di son para usarlos solo en casos de emergencia, o si te encuentras con alguien que también vaya tras el artefacto. Úsalos adecuadamente, porque poseen un poder que supera tu entendimiento.
Luego hizo una seña con la cabeza hacia la capitana.
—Guía a nuestro nuevo miembro a la salida y entrégale eso.
Ella obedeció sin decir palabra.
Mientras caminábamos hacia la salida, me entregó unos cilindros metálicos de aspecto extraño. Los observé con curiosidad antes de preguntar:
—¿Qué son estos cilindros y para qué sirven?
—Es un arma experimental que desarrollamos —respondió—. Su función es aturdir y dejar fuera de combate a un gran número de personas mediante una onda expansiva. No te preocupes, también creamos un traje especial para que no afecte a quienes lo utilicen.
—Por lo visto, esta cosa vale mucho dinero —dije mientras cruzábamos la salida del bar.
Antes de irme, me detuve.
—Si por alguna razón me llega a pasar algo… en esta o en futuras misiones —dije sin mirarla—, por favor, cuida de mi hija.
Ella respondió de inmediato, sin detenerse:
—No digas cosas sentimentales, me dan asco. Además, claro que regresarás para seguir cuidando de tu hija.
La miré.
Esta vez, ella entendió que hablaba en serio.
Se detuvo apenas un instante y, mientras se daba la vuelta y bajaba un poco la gorra, añadió con voz más baja:
—Pero si realmente llegara a pasarte algo… te prometo que cuidaré de tu hija.
Y sin decir nada más, se alejó.
Mientras caminaba para encontrarme con las personas que me ayudarían, el sonido de mis pasos resonaba más fuerte de lo normal en mi cabeza.
Le había dicho a la capitana que podrían estar interesados.
Lo había dicho con seguridad.
Con la voz de alguien que todavía fingía tener control.
Pero ahora, lejos del bar y de las promesas, avanzaba con una verdad distinta clavada en el pecho.
No sabía si aceptarían.
No sabía si todavía confiaban en mí.
Ni siquiera sabía si tenía derecho a pedírselos.
Aun así, seguí caminando.
Porque ya no se trataba solo del artefacto, ni del dinero, ni de la guerra que otros habían decidido olvidar.
Era por mi hija.
Y por una decisión que, una vez tomada, ya no podía deshacerse.
Con esa incertidumbre como única compañía, me perdí entre las luces apagadas de la ciudad.
Y así, sin saber quién estaría dispuesto a seguirme…
Fue ahí… donde comenzó realmente todo.
Este capítulo no habla de héroes ni de villanos, sino de un hombre cansado tomando la peor decisión posible por la mejor razón imaginable. Antes de los artefactos, las misiones y la violencia, está Magnus como padre: alguien que ya perdió demasiado y que, aun así, sigue cargando con culpas que nunca fueron solo suyas.
El recuerdo de Zora y su diario es el verdadero punto de quiebre. No es el dinero ni el rencor lo que lo empuja a aceptar la oferta, sino la certeza de que su hija estaba sacrificando su futuro en silencio por él. Desde ese momento, cada paso que da deja de pertenecerle. Ya no elige por sí mismo, elige por ella.
La capitana y la organización no llegan como salvadores, sino como tentación: una salida fácil envuelta en promesas justas. Magnus sabe que algo está mal, lo intuye desde el principio, pero decide mirar hacia otro lado porque necesita creer que esta vez el sacrificio valdrá la pena.
Este capítulo marca el verdadero inicio de la historia. No cuando se acepta la misión, sino cuando se cruza la línea sin retorno: cuando un padre decide convertirse en algo que no quiere ser… con tal de darle a su hija un futuro que él mismo cree no merecer. Así que prepárense porque lo que viene ¡será aún más fuerte papus!
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